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Emperador 1ª Edición ilustración

Primera ilustración del Emperador en el Trono Dorado (1ª Edición).

"Cuida tu traje de combate y este te protegerá."
"Lo cuidamos con nuestras vidas."
"Tu armadura es tu alma, y la ocupación de tu alma es tu armadura."
"El alma de un guerrero es el escudo de la Humanidad."
"Honra a la máquina de la muerte."
"Solo el Emperador está más alto en nuestra devoción."
"Honra el traje de combate de los caídos."
"Solo buscamos servir.
"
Tomado del Catecismo de Devoción del Guerrero


Durante más de cien siglos, el Emperador ha permanecido sentado sobre el Trono Dorado de la Tierra. Él es el Señor de la Humanidad por la gracia de los dioses, y señor de un millón de mundos por el poder de sus incansables ejércitos. Él es una carcasa putrefacta que sobrevive merced a un poder que emana de la Edad Oscura de la Tecnología. Él es el Señor Carroñero del Imperio, al que le son sacrificadas un millón de almas diarias, y para el que la sangre es bebida y la carne comida.

Historia

Gracias al Culto Imperial a millones de personas les son familiares las fábulas sobre el Emperador. Los niños cantan sus alabanzas y escuchan historias sobre su vida. Este es el Emperador que la humanidad conoce: El Emperador del Culto Imperial. Tal es el poder del culto y tan grande es la necesidad del hombre de creer en su autenticidad que nadie cuestiona su autoridad. En cuanto al Emperador, no ha hablado ni se ha movido en los últimos diez mil años. Así, la verdadera historia de la extraordinaria vida del Emperador antes de su encarcelamiento en el sistema de preservación del Trono Dorado está ahora casi completamente maquillada por la pía doctrina de la Eclesiarquía. Esta sección explica quién y qué es el Emperador, cuáles son sus motivaciones, y cuál podría ser su destino final. Estos hechos se presentan aquí para ilustrar al lector. En el Imperio, solo el Emperador recuerda ya los sucesos descritos, si es que incluso él recuerda cosas tan tenues y distantes.

Nace el Emperador

Del nacimiento y la vida temprana del Emperador solo diremos un poco, pues el espacio no nos permite examinar cada detalle de una vida que abarca casi cincuenta mil años. Su madre y su padre eran humanos, sus hermanos y hermanas eran mortales como cualquier otro, así que cuando nació sus padres no tenían motivos para pensar que él era más que otro niño humano normal.

Solo mucho después identificaría él la fecha de su nacimiento como el octavo milenio antes de Cristo, o el lugar como Anatolia Central, y para entonces casi se había olvidado de su infancia entre las montañas yermas y los arrollos fríos.

El despertar de la Disformidad

La Disformidad es un universo alternativo compuesto por completo de energía psíquica generada por los pensamientos, emociones y actividades intelectuales de los seres vivos. Hasta cierto punto también es generada por la fuerza vital de hasta las criaturas vivas más simples, como las plantas o los animales pequeños. La Disformidad es un reflejo espiritual de la vida de todo el universo, y por esta razón a veces se le llama el Mar de las Almas. La Disformidad, el Mar de las Almas y el Reino del Caos son la misma cosa. Esta realidad alternativa también se conoce por muchos otros nombres en incontables cosmologías.

Originalmente la Disformidad estaba llena de las fuerzas psíquicas naturales de animales y plantas, de forma que sus energías fluían armoniosamente, creando una fuerza unificadora que se movía psíquicamente a través de todos los seres vivos. Cuando las primeras razas inteligentes se desarrollaron, sus mentes individuales y extremadamente potentes llenaron la Disformidad con nuevas y poderosas energías.

Sin embargo, mientras que la energía natural de la Disformidad era armoniosa, las almas de los hombres a menudo estaban atribuladas, obsesionadas, azotadas por la culpa o eran imperfectas de otras formas. Estas energías negativas se congregaban en la Disformidad, atraídas unas a otras hasta formar puntos problemáticos de disonancia, como un tumor en un animal o un árbol. Al final, estas fuerzas disonantes se convirtieron en los Poderes del Caos, entidades psíquicas creadas a partir de los miedos, represiones e insuficiencias de los humanos y otras especies inteligentes.

Los Poderes del Caos empezaron a crecer antes incluso del tiempo del Emperador, pero no alcanzaron su poder definitivo hasta muchos miles de años después. Durante la juventud del Emperador, los Poderes Ruinosos no eran suficientemente fuertes para perturbar la armonía natural de la Disformidad. La energía disforme seguía siendo libre para fluir a través de la psique de los seres vivos, manteniendo la unidad de la naturaleza y uniendo a todas las cosas bajo su cuidado.

El Nuevo Hombre

Desde que los primeros humanos primitivos evolucionaron, la especie desarrolló una especial relación con la Disformidad. Los simples cazadores y recolectores de los primeros tiempos reconocieron las fuerzas naturales que fluían a través de todas las cosas vivas como un gran río de vida que daba sustento a la tierra muerta. Algunos de estos primeros humanos eran más sensibles que otros a los movimientos ocultos de la Disformidad. Podían sentir el ritmo de la Disformidad cuando sus energías atravesaban los seres vivos, y en ocasiones podían predecir el futuro a partir de sutiles variaciones en el flujo de la energía disforme. Los más exitosos de estos humanos asumieron el papel de chamanes o brujas tribales, y usaron sus poderes para beneficiar a su gente.

A medida que el número de humanos se incrementaba y la civilización humana se apartaba de sus raíces naturales, las particulares energías disformes creadas por los humanos comenzaron a dominar la Disformidad. Mientras que las energías de la naturaleza eran armoniosas y benignas, las energías de los hombres eran a menudo impredecibles y peligrosas. Poder, ambición, codicia, lujuria y cientos de otros sentimientos humanos echaron raíces en la Disformidad y comenzaron a crecer. Al hacerse más poderosos y numerosos los pensamientos de los hombres, los ritmos naturales de la Disformidad se vieron perturbados y se volvieron menos accesibles a los chamanes. Inevitablemente, el proceso de civilización cortó los lazos de la Humanidad con las fuerzas naturales de la Disformidad, y crearon otras nuevas basadas en su propio carácter. Con el tiempo estas fuerzas disonantes crecerían y se transformarían en los Poderes del Caos.

El Emperador nació mientras el ritmo de la Disformidad aún fluía con fuerza a través de todas las cosas naturales. Los viejos chamanes eran guiados por la Disformidad y a su vez guiaban a su pueblo. Pero el crecimiento del poder de la Humanidad ya se estaba dejando sentir, y los chamanes temían que todo su conocimiento y su forma de vida llegaran a desaparecer. Las energías de las que dependían se estaban volviendo cada vez más difíciles de obtener. Aún peor, estaban perdiendo su habilidad para reencarnarse. Desde que todos tenían memoria, cuando un chamán moría su espíritu volaba a la Disformidad y se bañaba en sus energías, esperando el momento de renovarse en un otro cuerpo. Pero ahora esas almas se estaban perdiendo, cazadas y consumidas por los malignos Poderes del Caos.

Aterrorizados por el futuro de su raza, todos los chamanes de la Tierra se reunieron en un lugar y comenzaron el más largo e importante debate en la historia de la Humanidad, un cónclave que transcurrió durante varios siglos y que condujo al nacimiento del Nuevo Hombre.

Después de cientos de años de debates e investigación los chamanes se dieron cuenta de que estaban condenados, y que sin ellos la raza humana pronto caería presa de las entidades psíquicas que había creado en la Disformidad. Al mismo tiempo, la perturbación del ritmo natural de la Disformidad daría lugar a un inevitable declive de todo el planeta. Percibieron un futuro en el que toda la creación sería consumida por la avaricia y la ambición de la Humanidad.

Aunque su propio poder aún era fuerte, los chamanes se dieron cuenta de que solo podrían sobrevivir durante una o dos encarnaciones más. No eran hombres que aceptasen la muerte con facilidad. Muchos de ellos podían recordar el amanecer de su raza, cuando en otros cuerpos habían caminado bajo los cielos de África. Habiendo sobrevivido durante millones de años, no pensaban morir sin esperanza ni propósito. Por tanto, decidieron reunir sus energías reencarnándose en un único cuerpo. Miles de chamanes tragaron veneno, y murieron a millares, hasta que su estirpe desapareció de la Tierra.

En menos de un año nació el hombre que después se conocería como el Emperador. A medida que crecía sus poderes empezaron a manifestarse, y gradualmente recordó los miles de vidas que le habían precedido. Él era el Nuevo Hombre. Pero también era el pasado. Su poderosa mente aún podía cribar las energías naturales de la Disformidad, entrar en las vidas de plantas y animales, fomentar la armonía y calmar el sufrimiento de otros. Y recordó cómo se le había hecho inmortal, para que nunca tuviera que reencarnarse sino que sobreviviera sin cambiar por toda la eternidad. Al final recordó todo lo que había llevado a su nacimiento, y abandonó a su propio pueblo para empezar su viaje infinito por todo el mundo y toda la historia humana.

El Emperador y la historia humana

Durante treinta y ocho mil años el Nuevo Hombre vagó por la Tierra y la historia de la Humanidad. Al principio solo observó el mundo que le rodeaba, pero pronto empezó a ayudar donde podía, usando su antigua sabiduría para extender los gobiernos eficientes, el control de las cosechas, la cría de animales, la tecnología y la paz. Siempre usaba su influencia cuidadosamente, adoptando el aspecto de un hombre normal, y sin revelar su verdadera naturaleza.

A lo largo de los milenios el Emperador observó a la raza humana desarrollarse. Viajó por todo el globo, observando y ayudando, y en ocasiones adoptando la personalidad de un gran líder o consejero. En tiempos más problemáticos se convirtió en un cruzado, un líder religioso o un mesías, y en otros momento se mantuvo como un agente en las sombras, un consejero real, un mago de la corte o un científico pionero. Muchos de los disfraces que adoptó fueron humildes, otros se convirtieron en figuras monumentales de la historia o la religión. En tiempos de crisis siempre estaba ahí, dirigiendo a la raza humana por un estrecho camino hacia la supervivencia que solo él podía ver.

El Emperador y los Poderes del Caos

A medida que la raza humana prosperaba, la Disformidad se fue perturbando cada vez más, hasta el punto de que su flujo ya no podía continuar sustentando al planeta como antaño. El Nuevo Hombre era consciente de que los extremos del carácter humano estaban alimentando a los Dioses del Caos. A pesar de sus mejores esfuerzos por promover la paz y la armonía, los valores instintivos del honor marcial, la ambición, el desafío y la autosatisfacción nunca podrían ser erradicados. Algunos de los planes del Nuevo Hombre fracasaron: a menudo las semillas de sabiduría no florecían, o degeneraban en monstruosidades incontrolables que llevaban a la persecución y la guerra.

Los Poderes del Caos sintieron la presencia del Nuevo Hombre y sus esfuerzos por reprimir su poder y crecimiento. Antes incluso de alcanzar la plena conciencia los Poderes del Caos reconocieron en el Emperador a su mayor enemigo. Khorne fue el primero en despertar totalmente, y una era de guerras y conflictos rugió por todo el globo. Tzeentch fue el siguiente, y naciones y políticas maduraron hasta la adultez con todas sus intrigas y traiciones implícitas. Nurgle fue el tercero en despertar y las plagas se extendieron sobre los continentes, reclamando muchas almas para el Señor de la Podredumbre. A finales de la Edad Media estos tres Poderes del Caos habían despertado y eran plenamente conscientes. El cuarto Poder, Slaanesh, aún dormía.

Slaanesh

Hasta ahora hemos hablado de los Poderes del Caos desde un punto de vista puramente humano. Sin embargo, no se componen solo de los defectos humanos. La Disformidad que fluye por toda la galaxia alcanza muchos mundos y muchas razas, y sus energías proceden de todo tipo de vida, sin importar lo alienígena o remota que sea. Algunas de estas formas de vida son inteligentes de un modo similar a los humanos, y nutren esperanzas y sueños similares. Otras son criaturas extrañas e incomprensibles, pero también pueden tender al conflicto y la infelicidad a pesar de sus rarezas. Así, aunque la agresiva e inestable raza del hombre tiene la mayor parte de la culpa del crecimiento de las fuerzas disonantes en la Disformidad, no es la única causa. De todas las razas alienígenas, el caso de los Eldars es el más relevante, pues fueron clave en la creación del cuarto Gran Poder del Caos: Slaanesh.

Los Eldars ya eran una raza antigua cuando nació el Emperador. Del mismo modo que los pensamientos y emociones de los humanos contaminaban las energías que sus vidas generaban en la Disformidad, el carácter de los Eldars creó sus propias disonancias únicas. Sin embargo, el carácter Eldar es radicalmente distinto del de los humanos en muchos aspectos. Los sentidos y pensamientos de un Eldar están intensificados a un nivel incomprensible para un humano, de forma que sus emociones e imaginación son más profundas. Un Eldar puede sentir un gozo diez mil veces más potentes que el experimentado por cualquier humano, pero también puede sentir una desesperación igual. Aunque no están más inclinados al bien o al mal que el humano medio, el Eldar típico puede concebir el mal más oscuro y aspirar a la bondad más perfecta. Los propios Eldars reconocieron los peligros que representaba su "Naturaleza Oscura", como llamaron a esos extremos destructivos.

Con una imaginación tan vívida y unos sentidos tan afilados, el universo representa para los Eldars una fuente potencialmente infinita de placer y gratificación intelectual. Incluso si no se entregan a ese placer, la tentación sigue ahí, provocando una inquietud constante para su activa mente. Slaanesh nació casi completamente de los placeres reprimidos de los Eldars. Los vivos se esforzaban por negar sus propios deseos secretos, pero cuando morían sus sombras espirituales se fundían con el Caos, y sus tentaciones largo tiempo guardadas se liberaban para alimentar al Dios del Caos Slaanesh.

Aunque Slaanesh se hinchaba de energía, su desesperación por alcanzar la conciencia se veía frenada por la determinación de todos los Eldars de que permaneciera nonato. Sus aullidos temperamentales y sus pesadillas masoquistas resonaban por la Disformidad, perturbando su tejido y causando la locura por toda la galaxia. Con el paso de los milenios, los espasmos natales de Slaanesh se volvieron cada vez más fuertes, y los Eldars, la Humanidad y otras razas empezaron a verse peligrosamente afectadas.

Los avances científicos del tercer milenio d. C. en adelante aportaron ciertos conocimientos sobre la Disformidad a los humanos comunes. Aunque nadie imaginaba la verdadera fuente de su poder, la Humanidad aprendió a viajar por la Disformidad, y pronto las estrellas fueron pobladas por colonias humanas. El propio Nuevo Hombre fue clave en estos avances científicos. Sabía que mientras la Humanidad siguiera encadenada a su propio Sistema Solar toda la raza seguiría siendo vulnerable y podría extinguirse. Sus apariciones en momentos clave de la historia mundial le permitieron dirigir el rumbo del progreso humano hasta cierto punto. Pronto hubo colonias humanas por toda la galaxia.

Los espasmos de Slaanesh hacían aún más necesario que la Humanidad progresara lo más rápido posible. El viaje Disforme se volvió cada vez más difícil a medida que los horrorosos sueños de Slaanesh se volvían más intensos. Incluso los otros Poderes del Caos se vieron debilitados cuando todo el tejido de la Disformidad se retorció y agitó con tempestuosas tormentas disformes.

Como resultado, el viaje espacial se volvió casi imposible, y muchos mundos quedaron aislados durante largos periodos de tiempo. La sociedad humana se fracturó y la Tierra quedó aislada por completo del resto de la galaxia. Esta fue la Era de los Conflictos en la historia humana: una época de anarquía y locura que ni siquiera el Nuevo Hombre pudo prevenir. La Era de los Conflictos solo acabó con el nacimiento de Slaanesh, un suceso que traería nuevos problemas y peligros.

El nacimiento de Slaanesh

La raza Eldar estaba atrapada por su Naturaleza Oscura, que siguió afirmándose cada vez más a medida que crecían las energías de Slaanesh. Cuanto más les empujaba la Naturaleza Oscura hacia la decadencia moral, artística y social, más luchaban los Eldars contra ella. Pero fue inútil. Slaanesh era como un globo luchando por expandirse por la presión acumulada en su interior, y solo fue cuestión de tiempo que estallara.

Slaanesh saltó a la Disformidad con un terrible alarido, y una enorme onda expansiva psíquica se extendió por toda la Disformidad sacudiendo un golpe aturdidor a la sombra espiritual de cada ser vivo. Para los hipersensibles Eldars esto fue demasiado. Las almas de los vivos fueron absorbidas por Slaanesh, y sus cuerpos se evaporaron cuando el Caos hirvió sus mentes. Muy pocos Eldars sobrevivieron, y los que lo hicieron quedaron trágicamente afectados por la caída de su raza.

El choque psíquico del nacimiento de Slaanesh tuvo dos efectos inmediatos. La catarsis despejó las tormentas disformes creadas por Slaanesh, acabando así con el largo aislamiento de la Tierra. Sin embargo, el tremendo estallido psíquico fue tan grande que no pudo ser contenido por completo dentro de la Disformidad.

Allí donde las poblaciones Eldars habían sido más grandes, la Disformidad se derramó literalmente a través de sus mentes y se mezcló con el espacio material. Esto creó las dispersas zonas de superposición disforme en el universo material, la mayor y más significativa de las cuales es el Ojo del Terror.

El Emperador se prepara

Toda la estructura de la Disformidad quedó afectada por el crecimiento de los Poderes del Caos, de forma que por toda la galaxia las energías psíquicas encarnadas por los Poderes del Caos empezaron a corromper las energías naturales de los seres vivos. Mientras la Tierra estuvo aislada por las tormentas disformes, también estuvo protegida de las maléficas influencias del Caos que ya estaban corrompiendo a gran parte de la población humana de la galaxia en cuerpo y mente.

Esto era, como sabía el Nuevo Hombre, solo un descanso temporal. Una vez despertase Slaanesh, la increíble perturbación de la Disformidad alteraría su flujo ya debilitado. Tras casi cuarenta milenios era hora de que el Nuevo Hombre se implicase directamente en el futuro de la Humanidad. Era el momento de que se convirtiera en el Emperador.

En la Tierra, las ordenadas civilizaciones del pasado ya no existían. El gobierno había degenerado en una anarquía global. El Emperador emergió de esa anarquía como un salvador en un momento de crisis absoluta. Dirigió ejércitos desde la Antártida hasta Groenlandia y desde los desiertos de Amazonia hasta las montañas de África, y sus seguidores se hicieron cada vez más fuertes y numerosos. Su mensaje era claro y vital: unir a la Humanidad y llevar el orden a la galaxia.

Era un mensaje popular, un sueño largo tiempo adormecido de unión que los humanos adoptaron con un entusiasmo imparable. Durante más de cien años antes del nacimiento de Slaanesh, el Emperador estableció su gobierno sobre la Tierra y empezó a convertir a su pueblo en un ejército leal. Empezó a planear la reconquista de la galaxia en anticipación de la dispersión de las tormentas disformes que rodeaban.

Los Primarcas

El Emperador nunca cometió el error de subestimar la amenaza del Caos, y a fin de enfrentarse a esa amenaza puso a los mejores científicos de la Tierra a trabajar. Armas y naves espaciales se derramaron desde las factorías marcianas para apoyar a las fuerzas que combatían por toda la galaxia.

El plan más visionario del Emperador para contrarrestar la insidiosa influencia de los Poderes del Caos fue la creación de los Primarcas: superhombres genéticamente diseñados con poderes divinos. La intención del Emperador era crear toda una raza de superhombres a partir de la plantilla genética de los Primarcas. Haciéndolos leales y fuertes, tenía la esperanza de que serían inmunes a las tentaciones del Caos.

Los Primarcas serían brillantes ejemplos de humanos libres de la mancha de la corrupción. La energía de la Disformidad incorrupta fluiría a través de ellos como lo hacía a través del propio Emperador, vigorizándolos y confiriéndoles poderes especiales como los poseídos por los chamanes de la antigüedad.

Desafortunadamente, las cosas no salieron según el plan. A pesar de los mejores esfuerzos del Emperador por ocultar el proyecto de los penetrantes ojos de los Poderes del Caos, estos lograron descubrirlo. Los Primarcas aún estaban en su fase fetal, creciendo en tanques amnióticos especiales, cuando los Poderes del Caos combinaron sus energías para secuestrarlos en una jugada inesperadamente atrevida.

Hasta para los Poderes del Caos este secuestro supuso un gasto colosal de energía. Los Primarcas fueron absorbidos por la Disformidad y dispersados por distintos mundos humanos de partes lejanas de la galaxia. Los Poderes del Caos no tenían los recursos para destruir a los Primarcas, pero sí lograron ocultarlos al Emperador. Permanecerían perdidos hasta después del nacimiento de Slaanesh.

Los Marines Espaciales

El Emperador había perdido a los Primarcas y la primera baza de su renovada guerra contra los Poderes del Caos. Los Primarcas no podían ser recreados, e incluso si fuera posible, no había tiempo. Los espasmos de Slaanesh se hacían cada vez más intensos a medida que el momento de su despertar se acercaba. El Emperador desarrolló otro plan. Usando el material genético de los Primarcas que había quedado grabado en golems de laboratorio, algunas de sus cualidades podrían ser reproducidas como discretos órganos biológicos. Mediante la implantación de estos órganos en un cuerpo joven en crecimiento podría crearse una persona con algunas de las cualidades de los Primarcas. De esta forma se fundaron los Capítulos de Marines Espaciales. Cada Capítulo usaba material genético derivado de uno de los Primarcas.

La investigación y desarrollo que llevaron a la creación de los Marines Espaciales se llevaron a cabo en el trigésimo milenio, inmediatamente antes del inicio de la Primera Cruzada. Esta obra fue realizada en los soberbiamente equipados laboratorios construidos en las profundidades del planeta Tierra. El objetivo del programa era crear una casta de guerreros de élite, caracterizados por una fuerza sobrehumana y una lealtad inamovible.

Los Marines Espaciales fueron clonados a partir de los genes artificiales de los Primarcas, pero hasta ellos eran un pálido reflejo de sus impresionantes progenitores, cuyo material genético tenía que ser diluido mil veces para un solo Marine. Estos nuevos guerreros fueron organizados en sus propias unidades especiales, llamadas "Capítulos". Los Capítulos creados en la época de la Primera Cruzada son conocidos como los Capítulos de la Primera Fundación. Originalmente había 20, pero solo quedan 7 de ellos en el cuadragésimo-primer milenio. Desde la Primera Fundación ha habido otras veinticinco ocasiones en que el Emperador ha considerado necesario crear nuevos Capítulos. La más reciente, la Vigésimo-Sexta, fue en el año 738 del milenio actual.

La Gran Cruzada

Emperador Gran Cruzada 1ª Edición ilustración

El Emperador dirigiendo la Gran Cruzada (por Adrian Smith).

En el momento en que las tormentas disformes terminaron, los Marines Espaciales y otras fuerzas imperiales estaban listas para empezar su reconquista de la galaxia. Las fuerzas del Caos eran ya poderosas, y muchos mundos humanos habían sido tomados por cultistas del Caos u otros alienígenas. Fue un esfuerzo duro y prolongado, pero con cada victoria el joven Imperio se hacía más fuerte a medida que nuevos guerreros se unían a la Primera Cruzada, más conocida como la Gran Cruzada.

Las conquistas iniciales se concentraron en las áreas donde los Primarcas habían sido escondidos. Usando sus poderes psíquicos el Emperador localizó y recuperó una por una a sus creaciones originales y las reunió con los Capítulos de Marines Espaciales creados a partir de sus respectivos patrones genéticos. No parecían haber sufrido daños por su contacto con el Caos, y todos habían crecido hasta ser grandes líderes y guerreros entre sus poblaciones de acogida. En realidad, esta apariencia de normalidad era engañosa, pues algunos de los Primarcas habían sido contaminados por su temprano contacto con el Caos.

En cuestión de años, todos los Primarcas habían sido encontrados, y se convirtieron en los padres de veinte Capítulos de Marines Espaciales. Leman Russ, por ejemplo, se convirtió en el progenitor de los Lobos Espaciales, y fue considerado un leal sirviente del Emperador. Con la ayuda de los Primarcas, la Gran Cruzada barrió la galaxia. En cien años los Marines Espaciales habían reconquistado la galaxia, y nació el Imperio. La Humanidad se puso manos a la obra para reconstruir su antiguo legado, y en todas partes el opresor alienígena era derrotado y expulsado. El Caos se retiró a sus propios dominios, las zonas donde la Disformidad y el espacio real se solapan, como el Ojo del Terror.

La Herejía de Horus

Las fuerzas del Caos no eran tan fáciles de derrotar. Susurraron a los Primarcas desde la Disformidad, perturbando sus sueños con promesas de poder, apelando a su orgullo, su habilidad marcial y su coraje. Ningún Primarca fue totalmente resistente a estas tentaciones mudas. El carácter de cada uno fue puesto duramente a prueba, y la mitad de ellos no superaron esa prueba. Tan sutil fue su tentación que nunca llegaron a sospechar los cambios en sus lealtades.

Por ejemplo, Mortarion, Primarca del Capítulo de la Guardia de la Muerte, creía por completo que era el heraldo de una nueva era de justicia. Angron de los Devoradores de Mundos pensaba que solo él podía salvar a la Humanidad de la destrucción. También Horus, el mayor Primarca de todos, se convenció de la virtud de los ideales marciales por los que luchaba.

Apelando a su virtud y coraje, fueron tentados a liderar sus Capítulos contra el Emperador. Inicialmente, ni siquiera los Primarcas fueron conscientes de que habían caído en el Caos, pero cuando se rebelaron sus buenas intenciones acabaron por desaparecer en el Caos que fue saturando sus almas. Del mismo modo, los Capítulos que lideraban también se entregaron lenta pero inexorablemente al Caos.

El líder de la rebelión fue el Señor de la Guerra Horus, el Primarca más grande y fiable de todos. Había estado junto al Emperador durante todos los largos años de la Gran Cruzada. Habían luchado espalda contra espalda en el asedio de Reillis cuando el Emperador salvó la vida de Horus. En el campo de batalla de Gorro, Horus pagó su deuda cortando el brazo de un Orko frenético que intentaba asfixiar al Emperador.

Quizás Horus fue contaminado por el Caos cuando fue abducido de niño, o quizás fue debilitado por la exposición a la Disformidad. Sea cual sea la causa, Horus fue responsable de la mayor traición que jamás ha conocido la Humanidad. En un solo momento se despojó de su amor al Emperador y al Imperio, tiró por los suelos su orgullo, abandonó todo lo que antaño había defendido, y se rebeló. En cien mundos, miles de millones de hombres lloraron por su Emperador, que tan cruelmente había sido traicionado por un hombre al que llamaba amigo. Por primera vez, los Marines lucharían contra Marines en lo que se conocería como la Herejía de Horus.

La caída de Horus fue un shock tremendo para el Emperador. Durante un mes vital el Emperador dudó, aturdido por la escala de la traición de Horus, incapaz de creer que su amigo y general estuviera realmente reuniendo fuerzas contra él. Cuando estalló finalmente la guerra, fue salvaje y sangrienta. Marine luchó contra Marine y las facciones rivales se enfrentaron por la supremacía.

La Batalla por la Tierra

La verdadera tragedia de la Herejía de Horus fue la ruina de las creaciones del Emperador, no solo los Primarcas, sino también los Marines Espaciales. Las fuerzas rebeldes extendieron la destrucción material y el dolor, pero peor que eso fue la expansión de la corrupción del Caos allí donde iban.

Por toda la galaxia las fuerzas del Caos se volvieron más fuertes a medida que los humanos eran seducidos por los valores representados por los Poderes del Caos y hasta los adoraban. El gran espíritu del Emperador se vio debilitado cuando las mejores cualidades de la Humanidad fueron pervertidas y tergiversadas por la sutil influencia deformadora del Caos.

Así estaban las cosas cuando las fuerzas del Caos se reunieron en torno a la Tierra. Las Bases Lunares, el bastión de las defensas de la Tierra, cayeron ante Horus tras una dura lucha, y la flota rebelde alcanzó la órbita de la Tierra. Tras una breve batalla los láseres de defensa terranos fueron aplastados por un duro bombardeo desde el espacio. Los últimos escuadrones de cazas leales lanzaron andanada tras andanada contra las enormes naves, pero no lograron penetrar ni siquiera sus escudos. Cuando agotaron su munición, los pilotos lanzaron sus propios cazas contra las naves enemigas. No fue más que un gesto de desafío.

Las naves de desembarco de Horus cayeron como la lluvia sobre el Palacio Imperial, vomitando Compañía tras Compañía de Marines Traidores. El Palacio se extendía por kilómetros cuadrados de pasillos, patios y edificios administrativos, y la lucha fue feroz y decidida. Los Marines Traidores y las unidades rebeldes de la Guardia Imperial rechazaron gradualmente a los Marines Leales y a los Guardias del Emperador. En ambos bandos, los veteranos se revistieron con sus armaduras de Exterminador para el conflicto final, y del mismo modo los leales al Emperador se pusieron sus propias armaduras en previsión de una lucha larga y sangrienta. Aunque solo un número relativamente pequeño de Marines estaban equipados de esta forma, su valor en combate superaba tanto su número que pronto hubo Exterminadores de ambos bandos luchando en el propio Palacio Imperial.

Los defensores se negaron a ceder terreno, y los atacantes se vieron obligados a abrirse camino paso a paso sobre las bajas de ambos bandos. En algunos puntos los muertos se amontonaban en tal número que bloqueaban los pasillos con sus cadáveres.

La muerte de Horus

Horus vs Emperador Exterminador 1ª Edición ilustración

Horus y el Emperador se enfrentan sobre Terra revestidos con sus armaduras de Exterminador.

Se recoge en los anales imperiales que mientras las fuerzas rebeldes apretaban el lazo lentamente en torno a las tropas leales, el Emperador se puso su propia armadura de Exterminador y ocupó una posición defensiva con su guardia personal y el Primarca Rogal Dorn de los Puños Imperiales. Había llegado la última hora de la Humanidad y los últimos defensores valerosos se prepararon para una muerte segura. Entonces, cuando su victoria parecía segura, Horus cometió su único error. Algunos han dicho que no fue un error, sino que la humanidad subconsciente de Horus guió sus actos y le traicionó. Nunca se sabrá con seguridad.

Horus bajó los escudos de defensa de su Barcaza de Batalla en la órbita. En aquel momento pareció que deseaba usar un sondeo psíquico para presenciar por sí mismo los últimos momentos del Emperador. Fue su perdición, pues tan pronto como cayeron los escudos el Emperador fue consciente de su presencia. El Emperador no desaprovechó esta oportunidad crucial. En cuestión de segundos los enlaces de teleportación estaban apuntando a la nave de Horus y el Emperador, su séquito inmediato y dos Primarcas leales, Rogal Dorn y Sanguinius de los Ángeles Sangrientos, fueron transportados directamente al interior del nido de Horus.

Horus era el mayor de los Campeones del Caos, un Archicampeón y Capitán de los Grandes Poderes, un Señor del Caos del mayor rango. Cuando el Emperador y sus guerreros se materializaron en el interior de la Barcaza de Batalla de Horus vieron por primera vez la auténtica profundidad de la traición del Primarca. La nave había sido transformada en algo tan horrible que algunos de los Marines perdieron de inmediato la cabeza. Sus mentes quedaron destrozadas por la visión, balbuceando incoherencias mientras se arrastraban y retorcían por la cubierta. Los rostros de hombres y Demonios les sonreían desde los mamparos, sin cuerpos: su carne se fundía con las limosas paredes negras, y con un asqueroso sonido de ventosa las criaturas se arrojaron al interior de los pasillos, aferrándose y atacando a los miembros de la partida de abordaje.

Solo tardaron unos minutos en alcanzar el puente, pero muchos hombres valientes murieron en ese lapso de tiempo y hordas de cosas que ya no eran humanas perecieron entre las llamas y los cantos de los bólteres. Allí, en el puente, el Emperador se enfrentó a su antiguo Señor de la Guerra, solo para descubrir a Horus en guardia sobre el cuerpo quebrado de Sanguinius: el Primarca había encontrado a Horus primero y había muerto por su mano.

El Emperador lanzó su ataque, que fue tanto una pelea entre dos viejos amigos como una lucha por el destino de la Humanidad. Ambos sabían que quien ganase heredaría el gobierno de la galaxia y se convertiría en el indiscutido Emperador de la Humanidad. Si Horus ganaba, entonces el Caos reinaría supremo y la Humanidad sería otra raza perdida como los Eldars.

Durante su lucha con Horus el cuerpo del Emperador quedó herido de muerte y solo el recurso inmediato a una burbuja de estasis le salvó la vida. El daño hecho a sus poderes espirituales no fue menor que el sufrido por su cuerpo, pues la batalla con Horus se había librado en la Disformidad igual que en el universo material. Mientras sus cuerpos se golpeaban y herían mutuamente, sus espíritus luchaban por dominar la Disformidad. Aunque el Emperador era más poderoso, el combate estuvo ajustado porque Horus era ayudado por las fuerzas demoníacas de los Poderes del Caos. En un aspecto importante el Emperador era tan inferior a Horus que no podía esperar estar a la altura de su adversario. Pues el Emperador, a pesar de sus poderes, aún era un ser humano, mientras que Horus se había despojado de sus últimos vestigios de Humanidad. Al no estar ya afectado por la piedad o la amistad humanas, Horus descargó un golpe despiadado tras otro sobre el Emperador, pero el Emperador contuvo sus propios golpes y rogó a Horus que detuviera su ataque sobre la Tierra. El Emperador aún creía que podía rescatar de algún modo a su antiguo amigo de la corrupción que lo había poseído.

Cuando la batalla acabó era Horus el que yacía muerto a los pies del Emperador. Algunos podrían decir que el Emperador no tuvo elección, que si no lo hubiera hecho entonces Horus le habría matado a él. Pero esta no es la razón por la que el Emperador reanudó con ferocidad la lucha. El Emperador mató a su Señor de la Guerra porque se vio obligado a darse cuenta de que no había esperanzas de rescatar a Horus de la garra del Caos, y que él, el Emperador, había fallado a su amigo y por tanto a toda la Humanidad.

Cuando el Emperador se enfrentó a Horus vio la corrupción del Caos de primera mano. No debió serle difícil imaginar un universo futuro en el que el Caos triunfase y toda la Humanidad fuera tan corrupta como el propio Horus. Esta visión fue tan repelente para el Emperador como lo sería para cualquier humano en su sano juicio. No obstante, la victoria del Caos parecía segura, pues el Caos se abría camino hasta las mentes de los humanos aprovechando sus emociones naturales: su esperanza, amistad, independencia y otros rasgos humanos que no eran malignos de por sí. Ni siquiera el Emperador era invulnerable. Del mismo modo que Horus había sido corrompido, él también corría el riesgo de ser pervertido por el toque del Caos. Pero el Emperador era la encarnación de la Disformidad incorrupta, y que él fuera contaminado por el Caos sería una catástrofe sin igual desde la Caída de los Eldars y el nacimiento de Slaanesh.

Durante la feroz lucha Horus hirió gravemente al Emperador. Solo la oportuna intervención de una escuadra de Puños Imperiales con armadura de Exterminador impidió que el Señor de la Guerra se cobrase la vida del Emperador. La escuadra se abrió camino a través de muros y puertas selladas para alcanzar al Emperador y lanzó un contraataque inesperado contra el Señor de la Guerra. Distraído por su aparición, Horus bajó la guardia el tiempo suficiente para que el Emperador se lanzase al frente y le matase.

Cuando el Emperador se enfrentó a Horus recurrió a las energías de la Disformidad como nunca lo había hecho: su cuerpo creció y se hinchó de poder, descargando chasqueantes rayos de energía como un dios del trueno. Cuando el Emperador clavó su espada en el cuerpo de Horus, la energía de la Disformidad fluyó a través del Emperador y por su espada hasta hundirse en Horus, quemando la carne y los tendones del Señor de la Guerra y destruyéndole en un estallido abrasador. Pero el Emperador había sobrepasado sus capacidades, pues ningún hombre de carne viva podía actuar como conducto para tanto poder y sobrevivir. El cuerpo carbonizado del Emperador cayó al suelo en medio de una mortaja de humo y oscuridad.

Los poderes del Caos se disolvieron. Algunos de los que no llevaban demasiado tiempo al servicio del Caos quedaron liberados de repente de sus ilusiones y rápidamente cambiaron de bando, luchando con aún más vigor para tratar de compensar su traición. Otros, cuya corrupción estaba más arraigada, vieron que todo estaba perdido y se retiraron a sus naves para huir al espacio abierto.

La muerte en vida: El Trono Dorado

Mientras el Emperador yacía moribundo, su energía psíquica se disipó de su cuerpo. La inmortalidad que le había sustentado durante tantos siglos ya no existía, y el peso de la edad recayó sobre él. Su cuerpo se encogió y sus huesos se partieron, sus ojos se hundieron en su cráneo y su piel se oscureció, hasta que todo lo que quedó dentro de su armadura fue una momia reseca.

Liberado de su cuerpo, el poder psíquico del Emperador, su alma, fue arrojado a la deriva de las mareas de la Disformidad, para ser arrastrado por las corrientes y contracorrientes aleatorias del Mar de las Almas hasta que llegase el momento en que estuviera listo para renacer. Aunque los Poderes del Caos rastrearon sin descanso toda la Disformidad en busca del alma del Emperador, no pudieron encontrarla. La Disformidad es enorme, y sus energías dispersas y fluidas. Como los chamanes de los tiempos antiguos, el Emperador era uno con toda la Disformidad, así que su alma se fundió fácilmente en ella y permaneció oculta a los Poderes del Caos.

El cuerpo del Emperador fue recogido y colocado en una máquina de soporte vital. Aunque estaba muerto en cualquier sentido normal del término, mientras algunas de sus células aún vivieran servirían como un enlace a través del cual su espíritu podría comunicarse con el universo material. Mientras su cuerpo estuvo relativamente fresco, pudo ser reanimado, y fue capaz hasta de hablar un poco. Gracias a esto el Emperador fue capaz de supervisar la construcción de una máquina de soporte vital psíquica especial llamada el Trono Dorado. Aunque débil, el Emperador también fue capaz de ordenar que le quitasen la armadura y la fundieran, para que con sus restos se hicieran enseñas que todos los Capitanes Exterminadores vestirían en reconocimiento del servicio realizado en la derrota de Horus: las Crux Terminatus. Al principio fue capaz de comunicarse semi-coherentemente, pero después cayó en un completo silencio. Ese silencio ha permanecido imperturbado desde hace ya casi diez mil años.

Ni siquiera el Trono Dorado puede mantener las células del cuerpo muerto del Emperador vivas para siempre. A lo largo de los milenios el lazo entre su alma y su cuerpo se ha vuelto cada vez más tenue. Aún peor, los Poderes del Caos han empezado a infiltrarse en su mente, sembrando semillas de duda, disolución y miedo.

Es imposible decir cuánto puede sobrevivir el Emperador en estas condiciones. Es improbable que ni tan siquiera él sepa realmente cuánto tiempo le queda antes de que pierda el tenue contacto con su cuerpo físico o su mente sea destrozada por la locura.

Actualidad

Emperador momia palacio imperial
"Nuestros pensamientos iluminan la Oscuridad, y así otros pueden cruzar el espacio."
"Somos uno con el Emperador, nuestras almas están unidas a sus deseos."
"Alaba al Emperador, cuyo sacrificio es vida como el nuestro es muerte."
"Salve al nombre del Señor de la Humanidad.
"
Extraído del Credo del Astronomicón


El Emperador de la Humanidad, Señor del Imperio, lleva sentado en el Trono Dorado de la Tierra durante diez milenios. Su cuerpo se mantiene vivo gracias a la antigua tecnología y al esfuerzo conjunto de la voluntad, puesto que el Emperador es el psíquico más grande de todos, una fuente repositora casi sin fin de energía psíquica. No es un hombre ordinario... en muchos aspectos es un dios, y como tal es adorado por incontables billones. Finalmente, el Emperador tiene poderes absolutos dentro del Imperio. Sin embargo, el Imperio es tan inmenso y la labor de dirigir el destino de la Humanidad tan ingente, que el trabajo de supervisarlo diariamente está tan por debajo del Emperador como el destino de un único planeta o un mero puñado de billones de personas. Por esta razón los deseos del Emperador se ejecutan a través de dos organizaciones colosales: el Adeptus Terra (también conocido como el Clero) y la Inquisición.

Sus siervos más cercanos son los Adeptus Custodes, la guardia personal del Emperador. Los miembros de la misma tienen el privilegio de servir a las órdenes directas del Emperador, atendiendo sus necesidades, recibiendo y tomando registro de sus directivas. Estos hombres nunca abandonan la tierra y muy raramente dejan el Palacio Imperial: una negra colmena sin fin de tecnología prohibida y pasadizos subterráneos que descienden hasta las mismas entrañas del planeta.

Otros sirvientes imperiales con un estrecho lazo con el Emperador son los Adeptus Astra Telepática, denominados normalmente Astrópatas. Son siervos psíquicos del Emperador, psikos que han realizado el ritual de unión con el Emperador, proceso a través del cual parte de la fuerza del pensamiento del Emperador pasa a su servidor, con lo que este está protegido de enemigos con capacidades psíquicas malignas. Algunos Astrópatas, muy pocos, son juzgados lo bastante fuertes como para servir al Emperador sin el ritual de unión de almas (estos son los afortunados, puesto que el ritual es agotador y termina con la ceguera del servidor).

El esfuerzo de su vigilancia constante ha supuesto una pesada carga para el hombre que una vez fue humano, ya que su cuerpo ya no puede alojar vida, y su quebradiza carcasa permanece aún intacta gracias a que es mantenida por un espíritu sustentado por la más extraña de las máquinas: un antiguo artefacto construido por el Emperador mismo en una edad ya pasada.

Es irónico que esta criatura, cuyos deseos son obedecidos en más de un millón de mundos, sea incapaz de abandonar la máquina sustentadora de la vida que forma su trono imperial; incapaz incluso de levantar un dedo encogido o contraer un ojo revenido. La carcasa viviente que es el Emperador está inmóvil, mantenido dentro de la biomáquina que sustenta a su espíritu. La masa de esta máquina se aloja en el Palacio Imperial; habitación tras habitación de retorcida tecnología, pulsátil con una vida y una voluntad propias (viviendo, respirando, reproduciéndose y retorciéndose igual que un organismo gigante y sin cerebro). Mantenido dentro de esta aberración de la ciencia está el Emperador mismo, o lo que queda de él, el depósito de su voluntad omnipotente.

El Emperador conoce el peligro al que se enfrenta su raza y ha asumido el papel que ha visto prediseñado para sí: el de guardián. Quizás sea un fenómeno de feria, o quizás la naturaleza le ha creado como protector de su metamorfosis. Sea como sea, el Emperador es ahora el custodio de su raza, y solo él conoce su destino. Con este fin, el Emperador mantiene un control estricto sobre el desarrollo de la Humanidad y contribuye directamente a su supervivencia utilizando sus poderes. Por ejemplo, juega un papel vital dentro del Imperio.

Para poder guiar un navío a través de grandes distancias, un Navegante humano utiliza una señal de regreso mental, una especie de baliza psíquica que le guía a través del hiper-espacio. Emitir una señal mental a través del espacio controlado por el hombre no es algo realizable por un psiko ordinario. Sin embargo, el Emperador no es un psiko ordinario, sus poderes van más allá de los mortales. Incluso así, el esfuerzo de transmitir una señal continua es muy agotador, y él solo concentra su poder en dirigir la señal creada por otros. Estos otros son los sirvientes imperiales conocidos como los Adeptus Astronómica, psikos cuyos cuerpos y almas son absorbedores de energía. Esta energía es proyectada por la mente del Emperador en la forma de la baliza psíquica conocida como el Astronomicón. La cantidad de energía mental es tan enorme que solo la mente del Emperador es capaz de manejar tanta materia prima. El destino de los Adeptus Astronomica es muy triste, puesto que sus esfuerzos rápidamente los reducen a vainas huecas de huesos y carne reseca. Muchos mueren al cabo de cada día.

No son los únicos psikos a los que se les pide el sacrificio último, ya que el Emperador no puede comer como un hombre normal, o beber fluidos o respirar aire. Su vida ha atravesado el punto donde estas cosas pueden mantenerla. Para el Emperador la única sustancia viable es el hálito de la vida humana (sus almas) y tiene un apetito enorme e insaciable. Pero cualquier humano no es válido, el donante de alma debe ser, por sí mismo, una persona muy especial, alguien que tenga poderes psíquicos. La Inquisición purga al Imperio en una búsqueda incansable de nuevos psikos, individuos demasiado vulnerables como para ser dejados solos. Algunos de los hombres y mujeres serán reclutados por los Adeptus Terra (especialmente por los Adeptus Astronómica y Adeptus Astra Telepática) pero muchos servirán a su Emperador en una forma más espeluznante. Entregados a la fantástica maquinaria que rodea al Maestro de la Humanidad, sus almas son extraídas gradualmente de sus cuerpos para nutrir al espíritu del Emperador. Cientos de ellos deben morir cada día de esta manera para que el Emperador, el Imperio y la Humanidad sobrevivan.

Es muy sencillo pensar que el Emperador es una corrupción maligna de la naturaleza. No obstante, como los Adeptus Terra enseñan, el luto y la carnicería que nutren a su cuerpo divino son un precio ridículo a pagar por la supervivencia de toda la raza. Sin el Emperador, apenas habría viaje espacial, no habiendo protección en un universo hostil. Dejados sin control, la raza emergente de psíquicos humanos se convertirían en el vehículo inconsciente de la destrucción de la Humanidad. Porque hay muchos hediondos alienígenas que no solo se alimentan de la energía viva de otras razas, sino que usan dicha fuerza como medio para abrir portales en el hiperespacio, infiltrándose en planetas poblados a través de las mentes escasamente protegidas de los psikos sin experiencia. El Señor de la Humanidad sabe que para proteger a su raza debe sobrevivir, debe vivir para siempre si fuera menester, o hasta el tiempo en que los psíquicos humanos hayan desarrollado suficiente fuerza como para resistir los peligros que deben encarar. Si miles deben padecer dolor y muerte por su culpa, ¿cómo debe ser la agonía de una criatura cuyo cuerpo está destruido, cuya mente está encerrada en una carcasa putrefacta y cuyos deseos más íntimos están esclavizados al deber de servir a su raza?

Con estos poderes cuasi-divinos, es muy común para los ciudadanos del Imperio honrar a su Emperador como a un dios, especialmente en planetas primitivos o degenerados. Esta deificación del Emperador no está reconocida oficialmente, pero es aceptada (e incluso animada) entre los Adeptus Terra. El Emperador, por su parte, no sufre ninguna alucinación respecto a su humanidad y se ve a sí mismo únicamente como el primer sirviente de la Humanidad. Sin embargo, incluso aquellos que trabajan al lado del Emperador, los miembros de los Adeptus Custodes y de los Adeptus Mecánicus, están llenos de superstición y fervor. Esto ha llevado a una aceptación general de la deificación del Emperador y al establecimiento del Culto Imperial. El culto está pensado como un medio de reforzar la lealtad entre los mundos primitivos y salvajes, y entre los niveles incultos de la sociedad. Por tanto, con el paso de los siglos, el culto ha sido aceptado cada vez más e incluso los funcionarios se han vuelto "creyentes".

De las guerras que el Emperador desencadenó para llegar al trono del Imperio, de los incontables mundos en los que se luchó, actualmente ya no hay memoria. Solo el Emperador lo recuerda (si incluso una criatura tan extraña y antigua puede rememorar aquellos tiempos tan distantes). No obstante, las leyendas dicen que la ascensión del Emperador supuso el fin de una larga época en la historia humana, una edad tipificada por la guerra entre humanos y un declive gradual del conocimiento acumulado durante milenios. Esta fue la Edad de la Contienda. El punto máximo del logro tecnológico ocurrió miles de años antes, en la entonces vieja época denominada ahora como la Edad Oscura de la Tecnología. A través de la Edad Oscura de la Tecnología y la Edad de la Contienda, la humanidad llega hasta el tiempo presente, la el Imperio.

Por su parte, la Herejía de Horus es considerada por muchos el mayor desastre jamás sufrido por el Imperio. Los detalles específicos de la Herejía son conocidos solo por el Emperador, pero a grandes rasgos es tratada en leyendas populares. Según una versión de la historia, Horus fue una vez el sirviente más fiable del Emperador. Pero en su corazón habitaba un mal oculto, y fue seducido por este mal, y llegó a acoger a Demonios y a otras fuerzas de destrucción. Horus marchó sobre la Tierra con un tercio de las huestes del Imperio, a las que había seducido para este propósito. Durante siete días y siete noches las huestes combatieron hasta que el Emperador agarró a Horus por el talón y le arrojó al Ojo del Terror, y con él a la tercera parte de las huestes del Imperio. Los Marines Traidores aún gobiernan su lugar de exilio, y aunque se han vuelto tan corruptos en cuerpo como en alma, aún conservan mucho de su antiguo poder. Los Exterminadores del Caos de las Legiones Traidoras son grandes señores entre sus congéneres, la nobleza de una región no menos terrible que el infierno y cuyos esbirros no son en absoluto menos diabólicos. Y aún hoy día, cuando la oportunidad aviva las llamas del averno, las Legiones Traidoras reviven la Antigua Batalla en un millar de mundos humanos, y de nuevo los Exterminadores se enfrentan con Exterminadores para decidir el destino de la humanidad.

El Niño Estelar

Al flotar a la deriva por la Disformidad, el espíritu del Emperador se disolvió gradualmente en la corriente de energía, volviendo a la fuerza cósmica de la naturaleza del Empíreo en su forma incorrupta. Sólo un pequeño núcleo de la humanidad del Emperador permaneció completo, como si fuera un pequeño niño flotando sobre la corriente de una colosal tormenta en una pequeña barca de juncos.

Así fue arrojada el alma del Emperador a la deriva en la Disformidad. Mientras el alma del Emperador sobreviva aún hay esperanza para la Humanidad, pues tal y como el Nuevo Hombre nació de las almas combinadas de los chamanes de la antigüedad, el alma del Emperador podría renacer un día. Pero ese día queda lejos en el futuro, cuando los gritos por un nuevo salvador fortalezcan suficientemente el núcleo del alma del Emperador y le den una nueva vida.

Mientras tanto, el alma del Emperador es un mero potencial, un niño esperando a nacer: el Niño Estelar.

Los humanos que quedaron a cargo del Imperio no tenían una verdadera comprensión de lo que le había ocurrido al Emperador. El concepto de que podría renacer nunca se les ocurrió. Para los gobernantes del Imperio, el Emperador continúa vivo, aunque su cuerpo fue quebrado, por medio de sus indiscutibles poderes.

Sólo unos pocos individuos selectos conocieron dicho secreto a lo largo de los siguientes milenios, y se convirtieron en la muy secreta hermandad de los Illuminati. Los Illuminati esperan el nacimiento del Niño Estelar y la segunda venida del Nuevo Hombre. Saben que su conocimiento los convierte en peligrosos herejes a los ojos del Imperio, y consecuentemente mantienen un estricto secreto sobre sus actividades.

Mientras tanto, los Illuminati permanecen como una fuerza secreta en el espacio humano, realizando sus acciones tras la maquinaria del gobierno y el comercio, preparando el camino para el renacimiento del Nuevo Hombre.

Los Sensei

Cuando un Campeón de Khorne, Nurgle o cualquier otro Poder del Caos jura servir a su dios patrón, su misma alma se vuelve parte de las energías de ese Poder. El Niño Estelar también tiene sus propios Campeones, conocidos como los Sensei. Aunque no tienen por qué conocer su verdadera identidad, estas personas son en realidad descendientes biológicos del Emperador, y su genoma es similar al suyo. No todos los descendientes del Emperador son Sensei, y casi ninguno de ellos se da cuenta de que posee genes del Emperador o de que son ellos los que les dan sus poderes.

La fortuita combinación de genes que los Sensei han heredado del Emperador les hace muy especiales. Su rasgo más importante es su inmortalidad. Aunque pueden ser matados, no envejecen, y poseen impresionantes poderes de recuperación. También están protegidos de los Poderes del Caos, y el flujo impoluto de la Disformidad puede atravesarles sin estorbos. Un Sensei no puede experimentar odio, amargura o ira irracional, pues esas cosas son parte de la disonancia de los Poderes del Caos. Irradian una confianza natural y armonía, y pueden incluso recurrir a las energías de la Disformidad para usar sus poderes psíquicos. Los Sensei no se arriesgan a atraer Demonios u otras fuerzas psíquicas maliciosas al hacerlo, pues al no estar tocados por el Caos son totalmente invulnerables a sus depredaciones. De hecho, dado que no albergan ningún rastro de las emociones y conceptos encarnados por los Poderes del Caos, son prácticamente invisibles para ellos.

Los Sensei son héroes que vagan por la galaxia, a veces acompañados de una selecta banda de otros héroes poderosos. Los poderes psíquicos de un Sensei le convierten en un peligroso hereje a ojos del Imperio, de forma que él y sus compañeros se arriesgan a ser capturados y ejecutados por la Inquisición u otras fuerzas imperiales. No son tanto enemigos del Imperio como de la represión y la injusticia en todas sus formas, y la represión existe por todo el Imperio, en gran parte justificada, pero no toda. Allí donde aparece un Sensei puede esperar un enorme apoyo popular, mientras que las fuerzas del gobierno opresor le reconocerán como un enemigo implacable.

El Imperio ve a los Sensei y sus seguidores como bandidos peligrosos, nihilistas y psíquicos que, si no están aliados con el Caos, al menos debilitan las defensas dispuestas por el Imperio contra su amenaza.

Por todo el Imperio se despliegan fuerzas para perseguir a grupos de Sensei, por lo que estos se ven obligados a actuar como proscritos. Sin embargo, el conflicto no debilita la resolución de ninguno de los dos bandos. El Imperio es reforzado por la determinación de sus fuerzas armadas, mientras que los Sensei son empujados por su lucha contra la crueldad y la opresión.

Las bandas proscritas de Sensei son conocidas como bandas de aventureros. Aparecen por todo el Imperio como campeones de los oprimidos y azotes de la autoridad. Se esconden en cavernas subterráneas o en lo profundo de las ciudades, o dirigen ejércitos de liberación desde bosques y montañas. Algunos navegan los mares como piratas y actúan desde islas y calas secretas. Otros navegan por el mismo espacio como piratas de otra clase, abordando y robando naves de carga imperiales mientras estas se mueven con parsimonia entre planetas. Por todas partes lideran a los pobres contra los ricos, a los oprimidos contra los opresores. Son valientes, son populares, y se ven a sí mismos como los enemigos del Caos y la represión.

Del mismo modo que un Campeón del Caos exitoso puede convertirse en un Príncipe Demonio, los valientes Sensei pueden convertirse en Maestros Sensei, equivalentes a Príncipes Demonio del Niño Estelar. El Sensei se desvanece del universo material y su espíritu es absorbido por la Disformidad, donde pasa a formar parte del Niño Estelar. Sin embargo, su mente y personalidad individuales no son destruidas, y pueden emerger del Niño Estelar en cualquier momento para manifestarse como un Maestro Sensei. El Maestro Sensei tiene el mismo aspecto que el Sensei del que evolucionó. De hecho, un Maestro Sensei puede regresar al universo material y pasar prácticamente desapercibido, visitando a viejos amigos y hablando con ellos si lo desea. Sin embargo, un Maestro Sensei solo haría esto si sus amigos mortales estuvieran en algún tipo de peligro.

Debido a que el Maestro Sensei conserva un fuerte lazo emocional con sus antiguos camaradas, puede intervenir para ayudar a su vieja banda de aventureros y a su nuevo Sensei durante una batalla.

Conflicto de canon

El número e identidad de los Capítulos Traidores de la Herejía de Horus no se estabilizó hasta la 2ª Edición: aunque en Book of the Astronomican (1988) se dice que Horus sublevó a un tercio de los Capítulos y fuerzas imperiales, según Warhammer 40,000: Compilation (1989) actualmente solo quedan siete de los veinte Capítulos, con lo que se habrían sublevado o extinguido otros trece. En Realm of Chaos: The Lost and the Damned (1990) se dice que la mitad de los Primarcas fueron tentados por el Caos y sucumbieron junto a sus Capítulos, pero en Warhammer 40,000: Compilation (1991) se indica que Horus solo tenía el mando absoluto sobre cinco Capítulos.

Fuentes

  • Warhammer 40,000: Rogue Trader (1ª Edición).
  • Warhammer 40,000 Chapter Approved - Book of the Astronomican (1ª Edición).
  • Warhammer 40,000: Compendium (1ª Edición).
  • Realm of Chaos: The Lost and the Damned (1ª Edición).
  • Warhammer 40,000: Compilation (1ª Edición).

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