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Relato Oficial Caos: El Profanador

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Khorne medio sin fondo.png

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Profanador 2.jpg

El estruendoso retumbar de la artillería ahogaba por completo los gritos de los soldados heridos, lo cual era su única ventaja según el Capitán Perand. La densa niebla de humo y polvo que llenaba la atmósfera lo asfixiaba y lo dejaba prácticamente ciego, pero, aun así, fue andando a trompicones hacia los peldaños de piedra que conducían a las almenas situadas encima de él.

- ¡Kasrkin! ¡Seguidme! -gritó mientras empezaba a subir las escaleras.

Ya podía oír el distante rugido de los motores, lo que significaba que las compañías acorazadas enemigas se estaban aproximando. Las fuerzas del Saqueador lo habían arrasado todo a su paso aplastando un ejército tras otro en brutales batallas sin supervivientes y habían obligado a los restos de las fuerzas armadas de Urthwart a refugiarse en el Bastión de Bloden. Perand subió los escalones de dos en dos murmurando para sí los Principios Militares de Cadia.

-La rendición no existe, solo la victoria o la muerte.

El rugido de los vehículos que se acercaban era más fuerte en lo alto del muro y vio que los artilleros de las baterías de la muralla estaban subiendo por las escalas para manejar aquellos potentes cañones. En toda la muralla se fueron abriendo pequeñas compuertas por las que aparecieron grandes cañones láser y cañones automáticos. Perand esbozó una media sonrisa al imaginarse la carnicería que iban a causar aquellos cañones en las filas enemigas.

Sus soldados kasrkin se desplegaron corriendo tras él hasta situarse en sus posiciones en la tarima de disparo. Segundos más tarde, el sonido de los disparos láser surgió de las murallas y, después de que Perand se cerciorara de que sus hombres estaban cumpliendo con su deber a la perfección, él mismo se apostó en la muralla. Apoyó la culata de su rifle láser sobre el hombro y el cañón sobre el parapeto inclinado y apuntó a través del visor. Al haberse graduado entre los cinco mejores de su clase de puntería, se veía capaz de acertar al comandante de un tanque enemigo con relativa facilidad, así que escudriñó el suelo neblinoso en busca de un blanco.

Empezó a oírse una cadencia de golpes pesados parecidos a pisadas metálicas y Perand contempló una silueta borrorosa saliendo del humo. Levantó su rifle al dispersarse el humo de repente y sintió que el aliento se le congelaba en la garganta cuando una criatura aberrante apareció a través de la niebla. Apoyado sobre cuatro patas acorazadas, su cuerpo sostenía una torreta repleta de cuchillas y pintarrajeada con símbolos fulgurantes. De la torreta sobresalía un cañón largo que se movía de un lado a otro como si aquella máquina de guerra estuviera viva de alguna forma y fuera olfateando a su presa. Tenía el armazón de color negro con rebordes dorados en las extremidades repletas de púas. En su sección frontal se desplegaban unas garras que no paraban de abrirse y cerrarse bruscamente y Perand pudo sentir que la máquina irradiaba ondas de palpable malignidad. A través del humo apareció otra criatura igual, después otra y otra hasta que perdió la cuenta. Los disparos láser rebotaban sobre sus negros caparazones, incapaces de penetrar su gruesa armadura.

La primera máquina de guerra que Perand había visto se detuvo, extendió las patas y se agachó para disparar el cañón de la torreta. El proyectil detonó en el flanco derecho de las defensas y una docena de hombres fueron despedazados por la ensordecedora explosión. Siguieron cayendo proyectiles sobre el parapeto haciendo saltar por los aires pedazos enteros de las murallas bajo una verdadera tormenta de sangre y fuego.

Los gritos de los soldados heridos llegaban a sus oídos a intervalos cortos mientras las almenas crujían bajo sus pies. La sección de las almenas en la que se encontraba Perand empezó a emitir un ruido de piedra resquebrajada, que fue aumentando de intensidad hasta que se desprendió del resto del bastión y se derrumbó hasta la base de la muralla. Perand se lanzó hacia atrás para intentar agarrarse a una barra de refuerzo oxidada, pero no lo consiguió y se precipitó al vacío junto con la sección de la muralla. Cayó desde una altura de diez metros hasta llegar a los escombros y se rompió las piernas en un súbito estallido de ardiente agonía. Rodó por los cascotes y gritó al golpearse los extremos partidos de sus huesos. Un chorro de repugnante humo aceitoso lo envolvió por completo y alzó la vista para contemplar a través de una cortina de lágrimas a la bestia que se levantaba ante él rezumando maldad por toda su estructura. Los pistones chirriaron y de las rendijas manchadas de icor que tenía por todo el casco salieron unos chorros de un infernal vapor abrasador, como si se tratara del aliento de una ancestral bestia.

Perand gritó cuando la máquina maligna extendió sus garras hacia él.

FuentesEditar

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