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Cuando nuestro cometido finalizó en la superficie de la luna de Protos V, cuando nos dirigíamos de nuevo a casa, cuando todo había acabado, paradójicamente fue cuando comenzó todo…

Habíamos limpiado el satélite, el cual había sido declarado templo en su totalidad al Emperador, amado por todos. El propio Lorgar lo había bautizado así durante la Gran Cruzada . Arrebatado por infieles, y ahora recuperado en nombre del Dios Emperador de la Humanidad…

Nos disponíamos a volver a la barcaza de combate “Prétura Peregrina”, habíamos cedido el cometido de pacificar los focos de resistencia a la Gloriosa Guardia Imperial del Regimiento 25º del sistema Daconte. Nuestras bajas eran cuantiosas, nuestros efectivos habían sido mermados. Un durísimo golpe para el honor, el espíritu, y el capítulo.


La Thunderhawk estaba realmente dañada, reparada en parte en la superficie del campo de batalla, más bien remendada por los servidores. Se había decretado extirpar el espíritu máquina de su cibernética, pues no merecía ser maltratada estando insertada en un cascarón tan dañado.

Hiornkai observó como el hermano apotecario Mordinian acariciaba con mimo su brazalete, llevaba las semillas en su narthecium, y tristemente eran cuantiosas. Nunca antes había llenado el cupo de su herramienta, y esta vez tuvo que pedir ayuda a los servidores médicos para trasportarlas todas.

Una victoria de sabor muy amargo, más que el de la propia bilis en la garganta. Se palpaba en el ambiente. Nadie mencionaba palabra, el dolor y el recuerdo de sus hermanos era suficiente distracción. El asedio a la ciudad colmena Goddeth había sido el sacrificio más grande que Hiornkai había tenido que asumir jamás.


Su mente no paraba de recordar cómo su señor, Anesko El Ilustre, había caído a escasos cien metros de su posición, al frente, incapaz de resistir en pie ante la imponente barrera de fuego de apoyo de aquellos malditos.

Hiornkai había quedado paralizado y desligado totalmente de la batalla ante esa estampa, y aunque no se había centrado en nada más que en su señor, ahora mismo pondría la mano en el fuego ante el Emperador, de que sus hermanos de batalla quedaron igual que él en ese instante.

Hincado de rodillas, El Ilustre seguía recibiendo impactos que atravesaban su sagrada servoarmadura y hacían que su cuerpo reaccionara en forma de espasmos una vez se introducían en su cuerpo.

A simple vista, nada parecía decir que su señor estuviera haciendo otra cosa más que, por alguna extraña razón, prestar atención a la tierra que tenía a sus pies. Sin embargo, algo dentro de él, indicó a Hiornkai que su señor los había abandonado.


Hiornkai había sido advertido poco después por su intercomunicador, de que el capitán de la Primera y el capitán de la Quinta habían caído también junto con el capellán Mortem, y en ese momento no pudo dejar de llorar mientras intentaba concluir la última empresa a la que sus héroes lo habían encomendado. Afloró en él el sentimiento de que era un cruda broma pesada por parte del enemigo.

Recordaba esos momentos ahora, de vuelta a casa. La mente de Hiornkai se colapsaba de imágenes de miles de causas correspondientes a la caída de sus capitanes; los imaginaba tal vez envueltos en una nube de fuego y metal cuando sus naves de combate fueron alcanzadas desde tierra, ante la imposibilidad de fintar las amenazas por el inexperto piloto, o acaso, los imaginaba cargar llenos de furia olvidando cualquier táctica establecida ante la noticia de la caída del señor Anesko, arrastrando con ellos a la perdición a sus respectivas compañías.


Sea cual sea la respuesta, no se atrevía a mencionar nada al respecto a sus hermanos en ese momento, no se atrevía a pensar siquiera en hacerlo. Se limitaba a mirar uno a uno sus rostros, el panorama era desalentador; unos lloraban y gemían, otros simplemente miraban el suelo de la nave que los transportaba de nuevo a la órbita, otros golpeaban sin cesar las débiles paredes de la dañada Thunderhawk expresando su más profunda ira… en su examen sin sentido a sus queridos hermanos, la vista de Hiornkai cayó en Akos, sentado a su lado.

Algo había resbalado al suelo, rompiendo el hechizo de recuerdos de Hiornkai. Se agachó a recogerlo; un colgante, sin embargo era algo exótico, flechas que formaban un círculo. Akos acercó su mano a la de Hiornkai y se lo reclamó suavemente, volviendo de nuevo a su calmada pose.

Akos estaba más turbado que nunca, susurraba y frotaba constantemente cerca de sus labios ese símbolo enganchado a su cuello, mientras sus párpados permanecían cerrados. Parecía no estar en el mismo momento que los demás.


Los días pasaban y la Prétura Peregrina seguía vestida de luto, tanto en cuerpo como en espíritu. Su casco había sido repintado de un negro más oscuro aún que el del propio capítulo, los Cónsules Negros.

El funeral del cuerpo del señor Anesko, el Ilustre, fue pomposo y ceremonial, propio del carácter del capítulo. Su cuerpo en la urna de estasis lo mantenía incorrupto, como en su último suspiro. A pesar de las heridas hechas jirones en su torso, su cuerpo no perdía la majestuosidad que siempre tuvo en vida, y la dignidad que desprendía cada poro de su piel. Así fue la despedida del señor del capítulo, guía y apoyo de todos y cada uno de los Cónsules Negros.


Todos los Cónsules supervivientes a la campaña de Protos V, caminaban enfundados en túnicas negras, arrastrando los pies por los largos y oscuros pasillos de la silenciosa nave insignia. Por las noches, sólo lamentos y sollozos ocasionales era lo que rompía el más puro silencio que Hiornkai había escuchado jamás. No durmió ni un solo día, pues la penitencia en honor a los caídos era el ayuno, el insomnio, y el silencio.

Largas misas en las capillas de la nave, ahora echando en falta a su querido capellán. Mortem había sido el más ferviente devoto de toda la nave insignia, y Hiornkai jamás pisó la capilla sin que Mortem ya la estuviera pisando. Ahora, las misas cada tres horas eran recitadas por el lector de lecturas del reverenciado Códex, y el altar permanecía vacío ante la mirada de la sagrada efigie.


Las noticias habían llegado de inmediato, y a falta de alto mando, fueron enviadas en forma de holograma a todos los compartimentos personales de cada Cónsul Negro de la Prétura Peregrina. En ellas, se anunciaba por parte del Alto Señor de Terra, que la era de los Cónsules Negros había concluido, sin respetar ningún tipo de funeral, ni el más mínimo gesto de agradecimiento. Exponía las causas de tal tremendamente dura decisión para Hiornkai:

Sin señor de capítulo al frente que dirigiera al capítulo, y sin segundo al mando que respondiera al cargo como capitán de la Primera Compañía, el capítulo estaba totalmente huérfano. Uniéndolo con la falta de guía espiritual con el reciente y profundo hueco que había dejado el capellán Mortem, los marines espaciales estaban confundidos y desorientados ahora. Además, sin un capellán operativo durante la selección de neófitos adecuados para la sustitución de las increíbles bajas de dos compañías completas, era posible la entrada al capítulo de individuos no suficientemente aptos y puros, y eso era un riesgo que el Alto Mando de la Sagrada Terra no podía correr. Por eso, se había declarado el “Terminus Citus”, por el cual, se ordenaba la disolución del capítulo, y la unión de los guerreros a las filas del capítulo más inmediato a su posición; los Lobos Espaciales.

Esta terrible noticia no hizo más que enturbiar aún más las almas de los desfallecidos Cónsules Negros, cuyos lamentos dejaron de ser tímidos sollozos contenidos, pasando a ser llantos desconsolados.


Hiornkai únicamente miraba el techo de su compartimento, tumbado sobre su plataforma de descanso, con el espíritu tan negro como la túnica que portaba. Sentía que su vida había perdido el sentido que le empujaba a luchar. Su amor por el capítulo le producía tanto dolor que pensó muchas veces en la cobardía de arrancar la vida de su cuerpo, tal como ya le había sido arrebatado lo más preciado para él. Sólo el Emperador inspiraba en él el suficiente arrojo para, una vez más, salir del compartimento y reunirse él y su dolor, con el de sus hermanos en la capilla.

Las salas de entrenamiento estaban ahora constantemente en operativo, algo corriente, pero ahora se había vuelto algo mucho más cotidiano cuando los marines no tenían ganas de otra cosa ni entretenimiento que hiciera borrar sus duros recuerdos más que la agilidad mental a la que los sometía la rutina de niveles aleatoria del sistema de combate. No existía el día en que Hironkai pasara junto a las jaulas y no viera un pequeño contingente de hombres combatiendo, solos o en parejas.


Una de esas veces, Akos se encontraba combatiendo con el servidor a máximo nivel de dificultad de combate múltiple, una demostración de habilidad marcial increíble incluso para un marine espacial. Las hojas serrantes y los cuchillos cruzaban el aire a escasos centímetros del cuerpo de Akos, quien como una mariposa esquivaba a la vez que gruñía, cada envite de las poderosas máquinas de guerra. Era un espectáculo soberbio, a simple vista contradictorio pensar que esa tremenda masa de músculo pudiera moverse con tal aparente fluidez.

Akos luchaba sin nada más que su ropa interior, había dejado a un lado su túnica funeraria. Aún no se había percatado de la presencia de Hiornkai. En su ensimismamiento ante el espectáculo, Hiornkai cayó en la cuenta del colgante que llevaba Akos al cuello que rebotaba en sus pectorales a cada brusco movimiento. Ese símbolo...

Se oyó la bocina del cambio de turno y los servidores se apagaron. Akos saltó de la jaula de entrenamiento, se secaba el sudor de su rostro y se dirigía a colocarse su túnica mientras con recelo observaba de soslayo a Hiornkai. Otros lo imitaban más allá, saliendo de las otras jaulas.


_ Toda tuya, he acabado_ dijo Akos mientras pasaba al lado de Hiornkai sin inmutarse.

Hiornkai posó una mano en su hombro al tiempo que Akos se detuvo para mirarlo.

_ Hermano Akos, esa insignia que llevas en tu cuello…_ dijo Hiornkai mirándolo ahora sin complejos.

Akos miró su pecho, y lo guardó por el interior de su túnica.

_ Es un amuleto. Nada más. No deberías hablar conmigo hermano Hiornkai, el silencio es nuestra penitencia_ otros astartes pasaban a su lado con actitud malhumorada.

Hiornkai no quería hacer perder el respeto a los muertos por su incordio, pero aún así no pudo contener su curiosidad.

_ Al final de la guerra, en la luna de Protos V, cuando estábamos en la thunderhawk…

_ ¿Ocurre algo hermanos?_ preguntó uno de los dos hombres que se acercaron a la espalda de Akos mientras no quitaban ojo de encima de Hiornkai. Akos hizo un gesto negativo con la cabeza a la vez que levantaba la mano.

_ Nada, respetemos el recuerdo de nuestros caídos_ sentenció Akos antes de alejarse con esos dos soldados a su espalda.


Hiornkai cerró el pico y agachó levemente la cabeza. Estaba enfadado consigo mismo por la falta de protocolo que había hecho en tan delicada situación. Sin embargo ese instante fue suficiente para apreciar algo tan llamativo en el pecho de esos dos amigos de Akos que lo dejaría aún más en vilo las siguientes noches si cabe; dos símbolos, unas flechas que formaban un círculo.


Los días pasaban y el tiempo que el Alto mando de Terra había impuesto como plazo para la disolución de los Cónsules Negros ya se había sobrepasado. Sin embargo el luto seguía, y Hiornkai ignoraba quién estaba al mando de la Prétura Peregrina, pero su rumbo era incesante e incierto. Quizás el Tecnomarine Octuvius dirigía a los servidores que manejaban la nave insignia, o tal vez se tratara del capitán Fillbretch de la Séptima.

Hiornkai no sabía exactamente lo que ocurría, y su voto de silencio impedía comunicarse con sus hermanos. Pero una noche todo cambió. Durante el día, sin saber porqué ni cómo, no se había celebrado ninguna misa ni ofrenda en honor a las almas de los Cónsules Negros recién perdidos. Las puertas de todas las capillas habían sido cerradas a cal y canto, lo que hizo que muchos marines se congregaran esa noche en la capilla principal, esperando que se abrieran las puertas como si el Emperador mismo fuera a salir caminando de ese portón.


Finalmente fueron abiertas, y se podría decir que Hiornkai no había visto tantos hermanos reunidos desde la última y desafortunada campaña en la luna de Protos V. Se sorprendió, además, de ver como esta vez no estaba en marcha el lector de lecturas, sino que un grupo de astartes se dirigía ceremonialmente al púlpito desde donde antaño Mortem recitaba sus sermones. Varios individuos acompañaban a otros dos notablemente distinguibles, los cuales no llevaban la túnica funeraria, sino unas brillantes y pulcras sotanas roja con rebordes y escritos dorados. Todos ellos llevaban unas capuchas negras que cubrían sus rostros, salvo los dos engalanados que lucían capuchas con los mismos detalles que sus vestiduras.

Hiornkai tomó asiento, apenas podía contener la cólera que le embargaba ante tal demostración de banalidad en un lugar y en un momento tan crucial y tan íntimo para el capítulo. Miraba enfurecidamente a los astartes sentados a su lado, espectadores como él de tan desagradable número. Sin embargo, la empatía que esperaba ver no era correspondida. Los Cónsules Negros observaban con indignante pasividad el ritual que se estaba llevando a cabo.

_ Queridos hermanos de armas_ dijo la voz de uno de los dos extravagantes astartes que habían usurpado el púlpito del honorable capellán Mortem_ Os saludo.


Mientras uno hablaba, su gemelo permanecía cruzado de brazos, unos pasos más reatrasado junto a toda la corte de misteriosos encapuchados.

Hiornkai no sabía qué hacer, pensaba en levantarse y reclamar el respeto que debía mostrarse, o bien podría abalanzarse sobre ese individuo y reclamárselo a golpes. Poco importaba ahora el voto de silencio, pero esa situación sería mancillar la noble capilla del Emperador.

_ Es hora de anunciar a toda la nave nuestro mensaje. Basta ya de silencio_ un murmullo en toda la estancia se alzó cuando el anónimo pronunció estas palabras. Hiornkai no sabía si el revuelo era un síntoma de indignación ante las palabras de ese blasfemo, o más bien eran la aprobación de ellas, pues pocos parecían realmente estar sorprendidos del espectáculo.

_ Lo que enuncio ahora, debe ser tomado como algo en beneficio del capítulo, de todos y cada uno de nosotros, además de la memoria de nuestros líderes, y de nuestros hermanos, los cuales nunca olvidaremos.

Su voz era grave, y extrañamente familiar, sin duda debía de tratarse de un Cónsul Negro, pues en la nave no había nadie que no perteneciera al capítulo a excepción de los servidores.


_ Por todos es conocido ahora, que nuestros dirigentes pretenden disolver a nuestros amados Cónsules Negros, nuestra memoria quedará en el olvido, nuestro sacrificio a lo largo de siglos de lucha, nuestras victorias, nuestros hermanos… El precio que pagamos por defender a la Humanidad, por defender a Terra, es enorme, y así es como nos lo pagan, destinándonos al más completo ridículo, y a la vergüenza de abandonar nuestros ideales para unirnos a otro capítulo. Un primarca extraño y ajeno a nuestra doctrina, cuya más conocida característica es la desobediencia y la rebeldía. Cuyas prácticas militares son irresponsables, brutales y bárbaras. Sin embargo, os traigo una alternativa, una salida a este infeliz final. He aquí mi muestra de amor hacia todos vosotros_ el palafrenero decía esto mientras alzaba un libro con una simbología tan blasfema que erizó el vello de Hiornkai de puro desprecio.

Hiornkai no aguantaba más esta farsa, no podía permanecer callado frente a una herejía tan evidente.

_ Habláis en nombre del capítulo pero ni siquiera conocemos vuestros rostros. ¿Quiénes sois? ¡Mostraros!_ se levantó ante la atenta mirada de todos los oyentes que llenaban los inmensos bancos de la capilla.


Cuando los anónimos procedían a retirarse de las sombras de sus rostros, un silencio general en el ambiente sucedió al grito de Hiornkai. Observó que varios de ellos eran guerreros de los Cónsules Negros; Hiornkai distinguió muchos rostros conocidos. El capitán Fillbretch, el apotecario Mordinian, y el capitán Yimbei de la Novena, estaban presentes en el acto. Los demás eran astartes poseedores, antaño, de un rango notable, y que sin lugar a dudas en estos momentos eran los rangos más altos del capítulo. Todos ellos tenían algo en común, algo en su cuello, ese “talismán”. Tal vez esa era la señal de haber abrazado abiertamente tan viles creencias.


_ Hermano Hiornkai_ continuó el aún enmascarado palafrenero_ No es necesario enturbiar la reunión con desprecio.

_ ¿Sabéis de lo que habláis, acaso? ¿Sabéis lo que hará el Bibliotecario cuando sepa la existencia de esa ofensa literaria en nuestra nave? No tenéis aprecio al capítulo y a vuestros pellejos. ¡Quemadla en nombre del Emperador aquí y ahora!

_ Calma, joven guerrero. Tu ímpetu…

_ ¡Tened el valor de descubrir también vuestras faces!_ gritó una vez más Hiornkai sin querer oír una palabra más.

Los dos palafreneros de sotana color carmesí, se miraron entre sí, buscando una aprobación mutua antes de darse a la luz. Lo que Hiornkai vio después de eso, fue de las estampas más horrendas que jamás había presenciado.

_ He satisfecho tu petición, siéntate ahora hermano…_ fueron las palabras del Bibliotecario Lorand Levi desde el púlpito.

Hiornkai se dejó caer como una piedra en un desfiladero en el banco de la capilla. Su mente era incapaz de asimilar cómo el Jefe Bibliotecario podía tener tal libro entre sus manos, alzándolo como si fuera un regalo de un dios.

_ Al principio todos estábamos como tú ahora, Hiornkai. Yo mismo era reticente a la idea de la palabra del Caos como otra cosa más que desagravio, pero él nos ha abierto los ojos. La palabra de Lorgar es pura y sincera. Debemos abrazarlo tal como él nos abre los brazos, al contrario de cómo nos vapulea el Imperio.

_ ¿Qué pretendéis? ¿Oponernos a la decisión de Terra?_ lloroso, Hiornkai no podía reprimir su pena por el pozo de oscuridad en el que todo su capítulo había caído. Era evidente que ése conclave era el definitivo de muchos otros, para convertir a aquellos que aún se aferraban con fuerza al Sagrado Códex, y a la fe en la Humanidad.

_ Evidentemente eso no es posible. No con nuestros medios en este momento. Pero Lord Albian nos ha prometido venganza, y acogimiento en nuestra fe. Nadie nos ha arrancado al Emperador de nuestro corazón si es eso lo que te preocupa hermano Hiornkai. Lorgar es permisivo y misericordioso, y respeta nuestra fe y a nuestro capítulo.

Lord Albian, al parecer ese era el nombre del otro astartes de sotana carmesí, no era un Cónsul Negro, y por supuesto Hiornkai sabía que tampoco era un marine leal al Emperador.


Algunos desinformados de tales prácticas lloraban como Hiornkai y llevaban sus manos al rostro ante la inconcebible escena de herejía, preguntándose quizás, en qué desgraciado momento habían perdido sus generales el sentido del propósito.

El foráneo Albian se acercó hasta la altura del Bibliotecario a rostro descubierto. Su ronca voz resonó en todo el templo.

_Hoy ha caído un capítulo, pero ha renacido la esperanza.


Escrito por DHILSO

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