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[Nota: la primera criatura tiránida que hace acto de presencia en esta historia es un arma simbionte y la otra es, supuestamente, un Acuchillador. Para más información visiten el artículo: Acuchillador Tiránido.] [Año 992.M41]

- ¿Sabes lo que debes hacer, Borshak? - preguntó secamente el Inquisidor Kryptman.

El psíquico asintió frenéticamente.

- Yo… yo debo descifrar ese artefacto alienígena y avisarle de lo que descubra.

Kryptman asintió. No se fiaba de Borshak; como todos los empáticos el psíquico era hipertenso, pero había algo más. Había una debilidad presente en el pálido joven que hacía sospechar a Kryptman de que Borshak podría ser receptivo a una influencia maligna. Decidió vigilarlo de cerca.

Continuaron descendiendo por el frío corredor de la base Talassa Prime. Los dos novicios de seguridad enfundados en sus túnicas negras saludaron a Kryptman en la puerta. Respondió a su saludo llevándose el puño al pecho.

- ¿Contraseña? - preguntó uno de los novicios. En otra situación más normal Kryptman no habría tenido ningún reparo en tener que dar los códigos de acceso. Incluso aquí, en las más fuertemente vigiladas fortalezas de la Inquisición podía entender la necesidad de vigilancia constante. Sin embargo, estaba nervioso por el artefacto alienígena y las circunstancias en las que había sido descubierto.

Saturado con informes sobre las agitaciones por todo el Sector, tenía los nervios a flor de piel. Se preguntaba si la aparición de esta extraña criatura era el heraldo de alguna nueva amenaza para la seguridad del Imperio.

- Opus Dei - respondió malhumoradamente. El novicio de ojos fríos se hizo a un lado. Kryptman alzó su anillo y apuntó al sello de la puerta -. Ninguna barrera se alza en el camino del verdadero fiel. - dijo. La joya roja de su anillo parpadeó. Las runas de la puerta se encendieron y ésta se disolvió en el aire. Kryptman hizo un gesto a Borshak para que le siguiese y entonces continuó hacia el área restringida. Sabía que estaban en absoluta soledad. El secreto de la puerta que se disolvía era uno de los secretos mejor guardados de la Inquisición y él era uno de los pocos hombres en el Universo que tenía acceso a él.

El artefacto descansaba sobre una columna en el centro de la habitación con un fantasmagórico aura azulado procedente del campo de éxtasis a su alrededor. Se movieron hasta el estrado y miraron hacia él.

- Pa-parece vivo - musitó Borshak. Se rascó su afeitada cabeza con una mano sucia de uñas mordidas -. No… no me gusta.

- No importa si te gusta o no - dijo Kryptman.

Comprendía la inquietud de Borshak. La pulposa y carnosa apariencia de la cosa hacía que su estómago se retorciese. Durante su propio noviciado había estudiado técnicas de tortura. La apariencia de la cosa le recordaba mucho a la de un brazo cuya piel hubiese sido arrancada para dejar a la vista prácticamente todo el músculo.

- Simplemente descífralo.

- ¿Dice que ha si-sido recuperado de los restos del carguero Ma-martillo de Enemigos? - preguntó Borshak.

- Sí. Estaba conservado en criostasis.

Eso estaba mejor. El psíquico había comenzado a recabar información para facilitar una aproximación a su lectura.

- Y que no había ningún tripulante a bo-bordo.

- Ningún tripulante vivo. Muchas de las cápsulas de escape habían sido lanzadas. Aún deben ser encontradas. Quedan unos tres tripulantes por ser encontrados. Tenemos los cuerpos del resto. Habían sido asesinados con algo que parecía ser material orgánico. Comidos en su interior como por alguna combinación de ácido y gusanos gigantes. La nave había sido despresurizada. Encontramos el cuerpo del Astrópata flotando cerca de la cámara de criostasis. Había muerto por falta de oxígeno. El artefacto estaba en la cámara.

Borshak respiró hondo. Su rostro anguloso se mostró aún más preocupado y cauteloso que de costumbre. Se quitó sus guantes con resignación.

- Estoy listo - dijo. Kryptman entonó la letanía correspondiente para que el campo de criostasis se desactivase. Durante un largo y tenso momento esperaron. Dado que de momento no ocurría nada ambos se relajaron visiblemente. Kryptman comprobó las lecturas que se mostraban en una pantalla delineada en bronce sobre el muro. Los Tecnosacerdotes habían acertado, no había indicios de contaminación biológica. Hasta entonces todo iba bien.

Se dio cuenta entonces de que Borshak le estaba mirando. Asintió. El psíquico procedió; un gesto de disgusto cruzó su rostro cuando tocó la capa mucosa de la cosa.

Retiró su mano. Una fina capa de brillante limo destacaba sobre su piel.

- Urgh. - comentó.

- Continúa con ello.

Con un ligero estremecimiento tocó la cosa una vez más. Cerró los ojos y aspiró varias veces profundamente, preparándose para el estado de trance necesario para la recepción psíquica. Una débil aureola de luz revoloteó junto al símbolo del ojo tatuado en su frente. Cuando volvió a hablar su voz sonó más profunda y segura.

- Está vivo - dijo con calma.

- ¿Siente? - preguntó Kryptman.

- Algo. Estoy recibiendo impresiones contradictorias. Acabo de establecer contacto. Es tan... alienígena. Es como intentar leer la mente de una araña.

- Intenta una lectura más profunda.

Borshal asintió y su respiración se hizo más lenta. Si Kryptman no hubiese estado tan familiarizado con aquello habría podido decir que Borshak se había dormido. Notó que un ligero tic había hecho acto de presencia en la mandíbula del psíquico.

- Está vivo y una parte de ello odia. Es tan fiero. No. Una de ellas es fiera. Vive para morder y desgarrar y escupir, masticando a la otra parte, la pequeña, que queda convertida en pulpa. Hay tres. Una muerde, otra guía y otra… la otra muere.

- ¿Una muere?

- Sí, una vive para morir. E-es extraño. La pequeña es muchas. Vive para morir. Es masticada y convertida en proyectiles que infectan al objetivo.

- Habla con sentido, hombre.

Borshak había comenzado a sudar. El esfuerzo del contacto con la cosa alienígena estaba comenzando a hacerse evidente.

- Es un arma, y está viva. Las balas están vivas. El sistema de disparo está vivo y el arma está viva. Es un tipo de organismo simbiótico co-como el cangrejo arborícola marciano. Está viva y nosotros… ella te odia… nos odia.

La mente de Kryptman trabajaba a toda prisa. ¿Una arma viviente? ¿Un rifle viviente? Trató de pensar cómo semejante ser podría haber evolucionado. Era una locura, las armas se diseñan, no nacen.

- Intenta la psicometría. Averigua lo que ocurrió en el Martillo.

- Somos detectados por la parte sintiente, la que habla a distancia. Siente nuestro odio y responde. Al principio se muestra curiosa y entonces crece para conocernos y amarnos. Está unida a nosotros. Siente nuestro amor por la sangre y cazamos, cazamos las cosas de carne, los enemigos de nuestros creadores. Conoce nuestra necesidad de plantar nuestra semilla en ellos. Conoce nuestra sed de enviar a los pequeños furiosos que comen la carne. Nos lleva y nosotros buscamos la presa a través de los largos pasillos de color rojo oscuro.

Kryptman se dio cuenta de lo agitado que estaba Borshak. El arma había comenzado a fundirse con su mano. Los sacos de músculo carnoso palpitaban como las cavidades de un corazón al aire libre. Sintió que algo iba mal.

- Suelta esa cosa. Está haciéndole algo a tu mente.

- Cazamos a las masas de carne, para poner los pequeños huevos en su interior. Una y otra vez los enviamos, el placer recorriéndonos mezclado con el dolor mientras seguíamos enviando pequeños devoradores hacia su destino. Dispáralos para atravesar la carne.

Borshak levantó el pesado arma para acomodársela mejor en la mano. Kryptman se arrojó hacia un lado. La cosa que sujetaba Borshak sufrió un espasmo. Hubo un horrible sonido de desgarro y aplastamiento.

Kryptman recordó lo que había dicho Borshak sobre las pequeñas cosas siendo masticadas para luego escupirlas. Hubo un sonido parecido al de un hombre vomitando. Una oleada de mucosidad salió despedida. Algo había chocado contra la pared a su espalda. Un hedor, como de excremento mezclado con bilis, llenó el aire.

- Sí, sí, cazamos a las masas de carne, pero huyen hacia la gran oscuridad y bloquean la nave. Pronto es difícil respirar, pero la masa de carne, nuestra portadora, nuestra compañera, nos deja en biostasis para que podamos vivir. Ahora tenemos un nuevo compañero. Mente completa.

Kryptman rodó hacia detrás del estrado, desenfundado su pistola. El sonido de molienda continuaba. Una andanada de proyectiles penetró en el estrado, haciendo salir vapor de la piedra donde las mucosidades ácidas erosionaron la piedra.

Kryptman se puso en pié de un salto y abrió fuego. El proyectil fue certeramente dirigido a través del pecho de Borshak. Su caja torácica explotó. Las entrañas que se desparramaron de su interior recordaron a Kryptman la apariencia del arma que ahora caía de las manos muertas del psíquico. Luchó contra el impulso de seguir disparando munición de bólter contra ella.

Volvía a yacer durmiente. La boca de Borshak continuaba abierta como la de un pez fuera del agua. El Inquisidor comprendía ahora lo que había ocurrido en el Martillo. El Astrópata de la nave se había vuelto uno con el arma y había cazado al resto de la tripulación desarmada. Habían escapado en las cápsulas de emergencia, después de desactivar los sistemas de compresión de la nave. Para no dejar que el arma muriese, el Astrópata la había colocado en biostasis para preservarla a costa de su propia vida. Con esa pregunta resuelta, Kryptman podía llevar el artefacto a los Tecnosacerdotes para su disección.

Sin embargo aún quedaban algunas incógnitas que necesitaban respuesta: quién había construido el arma, de dónde había salido, y si había otras. Kryptman tuvo la desasosegante premonición de que pronto el Imperio y él mismo necesitarían con urgencia tales respuestas. Kryptman las encontraría, tenía que hacerlo.

***

El Inquisidor Kryptman empujó lejos de sí la gran pila de papeles, se quitó sus gafas de lectura y se frotó los ojos. Había estado trabajando toda la noche intentando sacar algún sentido del montón de informes que llegaban desde todos lados del sector.

Como de costumbre, la habitación era gélida. Su joven ayudante Carel había encendido un pequeño fuego, pero no era lo suficientemente vigoroso como para caldear la oficina de techo alto. Se levantó de su sillón, estiró sus largos y fibrosos miembros y caminó hacia la ventana. Era una fría tarde de invierno y estaría completamente oscuro en un par de horas.

El Mundo de Kendrick era un lugar poco hospitalario, su población atrasada y muy supersticiosa. La presencia Imperial en ese planeta era meramente simbólica; el mundo en sí no tenía mucho que ofrecer. Excepto soledad, ya que estaba situado en el borde de uno de los brazos exteriores de la espiral de la Galaxia. Kryptman había viajado hasta allí para continuar las investigaciones de la Inquisición sobre el extraordinariamente elevado nivel de acontecimientos que se desarrollaban en el sector. Las razones estaban lejos de ser claras, y ahora un Capítulo de Marines desaparecido debía ser añadido a la creciente lista de revueltas planetarias e infestaciones de Genestealers. Al menos el austero régimen de la fortaleza imperial, un monasterio reconvertido, debía ser bienvenido. Había impuesto un nuevo horario riguroso al personal y la disciplina había mejorado mucho como resultado.

Desde el descubrimiento de la extraña arma biológica y la desagradable muerte de Borshak había estado muy inquieto. Kryptman no era un psíquico, pero confiaba plenamente en su intuición. No podía evitar pensar que todos estos acontecimientos estaban relacionados, pero hasta ahora la solución siempre se le había escapado, y el rostro sin vida de Borshak aún le perseguía en sus sueños.

Miró a través de la estrecha ventana y vio una lluvia de meteoritos describiendo un arco a través del pálido cielo con sus oscuras colas de humo dibujando espirales tras ellos. Habían estado cayendo durante una semana y los lugareños se estaban poniendo muy nervioso. Hablaban sobre todo tipo de tonterías sin sentido sobre el fin del mundo. Cuatrocientos años de instrucción en el Culto Imperial habían sido obviamente una completa pérdida de tiempo. Con un bufido de disgusto, Kryptman devolvió su atención a la abrumadora pila de informes.

***

Diez millas más abajo por el valle, un meteorito solitario aullaba cortando el frío aire de la noche invernal. Su impacto contra el lateral de una colina creó un pequeño cráter y el calor quemó un negro anillo en el brezo circundante. Un olor nauseabundo como el de la carne quemada se alzó desde el meteorito, que tenía una forma ovoide de unos 60 cm de alto. Curiosamente, su verrugosa e irregular superficie se parecía más a un organismo vivo, aunque embotado, que a un inerte pedazo de roca. Después de unos minutos, el meteorito rodó sobre uno de sus costados. Un gran pájaro nativo se aproximó y lo contempló con un ojo codicioso. La cosa de aspecto canceroso se sacudió una vez más, con unos apagados sonidos provenientes de su interior. El pájaro se acercó un poco más con curiosidad hasta que estuvo pegado al meteorito, que seguía temblando espasmódicamente.

El pájaro alzó su fuerte pico y lo dejó caer sobre el meteorito, abriéndolo como una fruta madura sin aparente esfuerzo. Una chorro de esputo amarillento salió disparado y una criatura sin forma definida saltó hacia el pájaro, engulléndolo en una brillante masa orgánica. Todo había terminado con rapidez. La criatura se acomodó fuertemente alrededor de su presa, comprimiéndola, absorbiéndola. No se desperdició ni una pluma ni una garra. Mientras se constreñía alrededor del ave, un reguero de sangre y fluidos corporales se escapaba de entre sus poros, convirtiendo el suelo circundante en un desagradable barro negro.

Pequeños cambios comenzaron a mostrarse por el cuerpo de la criatura mientras desarrollaba una apariencia más consistente: una espina dorsal embriónica y una cavidad pulmonar aparecieron entre los obscenos órganos palpitantes, su pálida piel se oscureció y brotaron pequeñas plumas. Con prolongados sonidos de succión un delgado cuello y una pequeña cabeza se abrieron paso en la parte alta del ser, mientras que por debajo aparecían largas patas con fuertes garras. Una rechoncha cola se alargó desde su columna vertebral y dos cristalinos ojos se abrieron al mundo.

Durante una hora o así estuvo en el suelo, articulando sus nuevos miembros, recobrándose del impacto de su metamorfosis. Finalmente se puso trabajosamente sobre sus patas y sacudió su cuerpo como lo haría un perro mojado, creando una nube de ceniza, fragmentos de hueso y fluidos sangrientos. La criatura ahora aparentaba ser una horrenda mezcla de pájaro e insecto. Alzando su musculosa cabeza, olisqueó el aire y se fue a saltitos sobre el brezo hacia la luz del amanecer.

"Frío, este lugar es frío. Frío y duro. Aire puro, transporta bien los olores. Poca vida alrededor, animales, pájaros. Estúpidos, lentos, buena comida. Hambre, necesito más comida, más materia prima. Debemos cazar. Mucha vida desde donde viene el viento. Encontrar el lugar de piedra. Encontrarlo y matar a la presa."

***

Kryptman no levantó la vista ante la llamada a su puerta.

- ¡Pase! - gritó irritado.

Carel, su joven ayudante, entró en la oficina, llevando una pila de papeles en sus delgados brazos. Cerró la puerta con cuidado y avanzó en silencio hacia el escritorio de Kryptman, demasiado atemorizado para hablar. Kryptman garabateó su firma al pie del formulario que estaba examinando y recolocó la pluma en un tintero con forma de gárgola.

- Bien, ¿qué ocurre? - preguntó por fin, alzando su mirada.

- La última remesa de informes de los puestos exteriores. Los problemas de comunicaciones están yendo a peor; hemos perdido el contacto con otros cuatro. Los ingenieros que hemos enviado no han dado señales de vida desde que se fueron.

A Kryptman no le gustaba nada eso. Las noticias de los puestos de avanzadilla eran invariablemente tediosas e irrelevantes, por lo que no las echaría de menos. Lo que cada vez le preocupaba más era por qué no se podían reestablecer las comunicaciones. Los sistemas de comunicación en aquel sistema eran tan simples que casi nunca daban problemas.

Un presentimiento opresivo le pesaba sobre los hombros. Todo se desmoronaba a su alrededor: fallos de equipo, nativos volviéndose histéricos, obstrucciones a la comunicación vía espacio disforme. Lo más preocupante de todo, el Capítulo de Marines Espaciales de los Lamentadores había desaparecido y no podía ser contactado. La fortaleza imperial se estaba quedando cada vez más aislada del resto del planeta, y ahora del mismo Imperio. Kryptman no creía en las coincidencias.

Pero eran los tiempos de disturbios como aquél los que probaban la verdadera pasta de la que estaban hechos los leales sirvientes del Imperio. Se ajustó su negra chaqueta damasquina, colocando el cuello de gala más confortablemente.

- Coloca los informes aquí.

Indicó un lugar libre en su abarrotado escritorio. Carel parecía más preocupado que de costumbre. El chico era un agorero nato, pero tenía un cerebro rápido y despierto para alguien tan joven. Con el tiempo, el Inquisidor sabía que podría convertir al joven en un leal sirviente del Imperio. Sintiéndose un poco culpable por su rudeza anterior, preguntó:

- ¿Qué ocurre, Carel? ¿Hay algo que te preocupe?

- Sé que me habéis dicho que no preste oídos a los cotilleos locales, señor, pero son las tormentas de meteoritos, y todas las demás cosas extrañas que están ocurriendo.

- Cosas. Sé más específico, Carel. La inexactitud es señal de un pensamiento confuso.

- No puedo, señor, son sólo rumores. Un número de lugareños horriblemente asesinados, el cordero del camino de Rakkish que le arrancó la cabeza a un niño de un mordisco, un perro monstruoso que ha estado aterrorizando a los granjeros de la Colina del Páramo Occidental...

- ¡Basta! Son justo la clase de acontecimientos que son magnificados por la superstición de los granjeros. No deberías tomártelos tan en serio, Carel. Los meteoritos son simplemente un fenómeno astronómico, no significan el fin del mundo. En el futuro, por favor intenta mantenerte por encima del nivel de tus supersticiosos antepasados. Te sugiero que te aprendas los primeros setenta versos de los Cánticos del Catecismo para limpiar tu mente. Estoy mucho más preocupado por lo que les ha ocurrido a los Lamentadores y lo que esté causando este fallo de comunicaciones. Dile al Astrópata Faren que me informe inmediatamente. ¡Rápido!

Carel hizo una rápida reverencia y se fue rápidamente, cerrando la puerta del estudio con un sonoro golpe. A solas, el sentimiento de opresión retornó. Le había dicho a Carel que todas esas historias de cuerpos mutilados y monstruos acechantes era mera histeria supersticiosa, pero ¿estaba intentando convencer a Carel o a sí mismo? Los lugareños, aunque irracionalmente supersticiosos, eran notablemente pragmáticos e inimaginativos. Estos extraños acontecimientos debían tener una base de verdad, aunque no podía imaginarse el qué.

Todo era tan vago. ¿Acaso los meteoritos portaban algún tipo de virus que había infectado a los animales volviéndolos locos? ¿Debería, estaba obligado, a investigar una posible actividad del Caos en la región? Había solamente una pequeña actividad de psíquicos nativos en el Mundo de Kendrick, por lo que parecía poco probable que hubiesen atraído la atención de la Disformidad. Y la población dispersa y la relativa poca importancia estratégica del mundo no eran alicientes para el asentamiento de un culto del Caos.
La luz parpadeó y disminuyó. Las sombras del anochecer invernal se cerraron en torno al Inquisidor. Abrió cansinamente el siguiente informe y trató de concentrarse.

***

La criatura galopó sin descanso ascendiendo por el valle, corriendo sobre laderas de montañas cubiertas de cantos rodados, saltando arroyos y árboles caídos. Detuvo su carrera para devorar a un roedor de gran tamaño, y cuando terminó de absorber su masa y cambiar nuevamente de forma, el sol se estaba poniendo. Su cuerpo ahora era mayor, más delgado, menos preparado para la velocidad pero más letal en ataque. El cuello del ser ya no estaba tan definido, causando que su cabeza se acercase más a los hombros; su mandíbula se ensanchó, con babas goteando de largos incisivos. Ahora se parecía más a un lobo desollado.

El viejo monasterio era visible a la entrada del valle, delineado con sangre por la luz del sol poniente. Era un edificio grande, achaparrado, construido hacía siglos por un pueblo austero más interesado en la solidez que en la estética, seguidores de la verdad y no del confort; hombres muy parecidos al Inquisidor Kryptman, de hecho. Edificado en y sobre un masivo peñasco de granito, parecía una extensión de la misma roca. Cuando el Imperio redescubrió el Mundo de Kendrick se decidió utilizar el vacío edificio como fortaleza administrativa y de comunicaciones principal.

La criatura se agazapó tras una roca, espiando el lugar. Sus ojos se habían dilatado para aprovechar la agonizante luz del día, y unos brotes orgánicos ondearon sobre su frente, leyendo los aromas que llevaba la brisa. Con un suave sonido de desgarro, largas garras ganchudas salieron de sus patas. Su cola se acortó y ensanchó, convirtiéndose en un cruel espolón. Mientras el sol se escondía definitivamente tras el monasterio, la criatura saltó sobre la roca, propulsándose después con sus poderosas patas.

"¡Hambre, hambre! Pequeña gran vida más adelante. ¡Allá voy! Reconocemos este lugar de piedra. Nuestra presa está aquí. ¡Recordamos su olor!"

En las alturas un joven guardia patrullaba los parapetos del monasterio, frotándose las manos para calentarlas. Su rifle láser pesaba sobre su hombro, y lo cambió de posición para soportarlo mejor. Desde su posición ventajosa podía ver a través del desolado valle hasta las montañas de más allá, un paisaje de brumas grises y marrones en la luz mortecina.

Los globos de luz cobraron vida, su parpadeante luz convirtiendo el lugar en algo subrealistamente bidimensional. Derruidas estatuas de olvidados dioses nativos se apiñaban contra las paredes, sus formas habían sido suavizadas por el tiempo y el clima.

El guardia caminaba sin descanso arriba y abajo por su parcela de muro. Había estado de patrulla durante tres horas y ya había caído la fría noche invernal. Escuchando al viento aullar y silbar, tuvo un escalofrío; se ajustó la casaca con más fuerza, sintiéndose cercado por la piedra y las sombras. No oyó acercarse a la Muerte.

Cuando se giró en una de sus vueltas, algo se catapultó por encima del parapeto para ir a caer sobre su espalda, tirándolo al suelo. Su cálido cuerpo envolvió su cabeza. El hedor a humedad era asqueroso. Soltó su rifle láser y se llevó las manos a la cabeza para intentar quitarse a la criatura. Salvajes garras desgarraron su garganta abriéndole la laringe.

Intentó gritar, pero todo su horror y dolor sólo se reflejaron en un apagado gorgoteo. Sus afanosas manos tiraron de la cosa, inútilmente tratando de agarrarla, pero estaba resbaladiza por un corrosivo fluido. Dientes como cuchillas despellejaron sus dedos. El dolor era insoportable, inundándolo desde dentro sin piedad. Fuego puro le atravesó la nuca cuando las garras se hundieron profundamente en la parte superior de su columna vertebral, destrozándosela. La sensación fue desapareciendo. La última cosa que pudo sentir fue algo atravesándole los globos oculares.

"Comida, comida caliente. Comer y absorber. Crecer, crecer. Dientes para desgarrar, garras para despellejar. Nuestro enemigo está aquí. Lo odiamos, lo encontraremos y lo destruiremos. Entrar en el lugar de piedra. Buscar a nuestro enemigo, cazarlo y destruirlo."

La criatura se alzó y abrió sus fauces, revelando fila sobre fila de goteantes dientes afilados como agujas. Agitando su cola de lado a lado, descendió los escalones hacia el monasterio. Todo lo que quedaba del guardia era una pila de ropa desgarrada y ensangrentada, una mancha resbaladiza sobre la piedra y un solitario ojo.

***

La puerta de la oficina de Kryptman se abrió para dejar paso a un preocupado Carel.

- ¿Dónde está el Astrópata Faren? - quiso saber Kryptman. - ¿No le has dado mi mensaje?

- Sí, señor. El Astrópata Faren ha dado sus disculpas pero no puede abandonar la Sala Astral, ya que están demasiado ocupados. Le ha enviado a usted un mensaje codificado y la última pila de mensajes de los puestos de vigilancia. El Astrópata Merril ha tenido un ataque, señor. Estaba echando espumarajos por la boca y...

- Muy bien, Carel, eso será suficiente. Quédate aquí mientras examino estos informes.

Carel permaneció obedientemente de pie junto a la puerta, mientras Kryptman estudiaba el estuche en el que venía el mensaje codificado de Faren. Kryptman sabía que el Astrópata hubiese ido a su despacho si hubiese podido. Sólo una verdadera crisis podía haberlo retenido.

Recogió el recipiente y apretó sus largos dedos índices sobre las runas que había a cada extremo. El cilindro vibró suavemente y se abrió por la mitad, revelando una fina hoja de vellum.

Kryptman ojeó la arácnida escritura del Astrópata, con dificultad para leer en la mortecina luz.

El mensaje decía:

- Kryptman, demasiado ocupado para verte. Empeorando los problemas con la comunicación astrotelepática. Todo está fragmentado, distorsionado. Es peor aún intentar enviar. Hay una gran presencia impenetrable, un vacío psíquico. No una tormenta de Disformidad, otra cosa. Algo definitivamente alienígena, nada que hayamos experimentado antes. Una oscuridad sólida, una sombra en la Disformidad. Y está creciendo. Retrocedemos ante ella, no podemos hacerle frente. Vacilamos ante su poder. El Astrópata Merril ha predicho un tiempo de oscuridad. Ven a la Sala Astral tan pronto como puedas.

Kryptman posó el vellum con una mano temblorosa. Cuando lo soltó, el papel se desintegró en una nube de humo ácrido. ¿Por qué tenía la sensación de que los acontecimientos se precipitaban más allá de su capacidad para entenderlos? ¿Y que quería decir con eso, una sombra en la Disformidad? ¿Por qué los Astrópatas tenían que usar siempre ese lenguaje tan florido, por qué no podían limitarse a los hechos puros y duros?

Kryptman recogió los otros impresos de comunicaciones y los examinó tan rápido como pudo. Pérdida de contacto con Darson VI tras un incremento de los informes de actividad Genestealer en el sector. Ni rastro de los Lamentadores. Era como si hubiesen sido barridos, lo cual era tan improbable como para ser considerado imposible - bajo circunstancias normales. ¿Qué fuerza podía hacer que un Capítulo entero de Marines Espaciales desapareciese? Un miedo gélido crecía en su estómago.

Estaba comenzando a leer un inventario incompleto sobre una estación de investigación devastada en un sistema cercano cuando un despeinado guardia entró en tromba en la habitación.

- ¡Inquisidor Kryptman, Haral ha sido asesinado! - gritó, la cara pálida por el shock. -. No ha quedado nada excepto… - Cerrando su boca y haciendo ostentosos ruidos de tragar, volvió a salir corriendo al pasillo.

- Carel, vete con él. Averigua lo que está pasando, y vuelve a informarme en cuanto puedas.

El ayudante dejó la puerta abierta, y Kryptman oyó las alarmas disparándose, sus aullidos apagados por los laberínticos corredores y los gruesos muros. Abrió un cajón y sacó su pistola bólter. Era una bella arma, construida hacía siglos, pasada de Inquisidor en Inquisidor. Su familiar peso en su mano, las finas tallas que adornaban su cañón, le dieron fuerza. Tras asegurarse de que el sello de pureza estaba intacto, abrió una caja de munición e insertó un cargador de quince broncíneos proyectiles en la pistola. Las balas eran pesadas y frías, cada una de ellas marcada con el sello de las factorías de armas de Marte. Colocó la pistola sobre su mesa, preparado.

***

La criatura caminaba lentamente por los sombríos corredores del viejo monasterio, con sus fosas nasales alerta para leer los aromas que flotaban en el aire. Era de la altura de un hombre alto, pero con un cuerpo mucho más corpulento que tenía el centro de gravedad más bajo que el de un humano. Sus dos brazos superiores eran cortos y fuertes, todo tendones y músculo sin piel. El cuello y los hombros se habían vuelto virtualmente una sola cosa, y su cara, básicamente compuesta por su feroz mandíbula, parecía estar hundiéndose en su torso. Un miembro a medio desarrollar salía de su frente, en el que se veía una mano con tres rudimentarias garras. Sus piernas traseras se habían acortado y ensanchado, con una cola secundaria que se doblaba hacia delante entre ellas acabada en una protuberancia ósea dura. La columna vertebral también terminaba en una cola musculosa, que se curvaba hacia arriba y atrás. Veneno corrosivo goteaba de su punta, dejando pequeñas marcas en el liso suelo de piedra. Corazas de una materia quitinosa pero flexible cubrían su espalda, y cuando se movía podían verse a través de ella órganos palpitantes y fosforescentes. Desprendía continuamente un repelente limo, eventualmente sacudiéndose el exceso que colgaba de su cuerpo y dejando un desagradable charco de sustancias orgánicas.

"Cuerpo humano, buena comida, fácil de absorber. Soy fuerte, puedo destruir. La presa está cerca, la he seguido. Soy un arma viviente. Recordamos este lugar de piedra fría. Recordamos a Kryptman. Ya llegamos. Somos el castigo."

***

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Kryptman volvió a sus informes. Había numerosas enumeraciones de sucesos paranormales, preocupantemente parecidos a los del Mundo de Kendrick. El contacto con los Guadañas del Emperador era confuso, pero posible, por ahora. Alguna mención a una nave de origen alienígena vista por los Lobos Espaciales de patrulla por el borde del brazo de la espiral, pero tras ello las comunicaciones se habían perdido (siempre había algún problema con las comunicaciones). No se sabía nada de otras tres naves mercantes, perdidas no en la Disformidad, sino en el espacio real. Actividades de nuevos cultos Genestealer.

Todas estas cosas podían considerarse hechos aislados, pero estaba convencido de que tenía que haber alguna conexión. ¿Por qué no podía verla, entender la trama? Todo daba vueltas alrededor de su cabeza: Genestealers, los Lamentadores, meteoritos, monstruos, cadáveres mutilados, la Sombra en la Disformidad. Su cabeza comenzaba a dolerle.

Carel volvió a la oficina, sin aliento.

- ¿Está siendo atacado el monasterio? - preguntó Kryptman.

- No, señor, pero lo que haya matado a Haral está ahora en el edificio. Había un baboso rastro de pisadas que descendía por las escaleras. Todos los guardias lo están buscando, pero podría estar en cualquier parte.

Hizo un gesto de impotencia. Kryptman entendió el problema. El monasterio era tan grande y caótico en su construcción que aún se estaban descubriendo nuevas zonas en su interior. Asumiendo que el atacante no se hubiese perdido él mismo, podría mantenerse oculto indefinidamente.

Carel dejó caer tres pesadas barras de hierro tras la puerta para reforzarla. Sacando la pistola láser oculta en la sobaquera bajo su túnica, se quedó de guardia junto a la puerta con el arma lista en la mano. Kryptman deseó que los guardias pudiesen encargarse del intruso con rapidez. Debería estar supervisando la búsqueda en persona, pero primero tenía que ir a hablar con el Astrópata Faren.

Con un repentino impacto demoledor, la puerta voló en pedazos enviando astillas y trozos de metal por toda la habitación. La criatura saltó dentro de la sala, preparándose para atacar al siguiente movimiento. Kryptman estaba aturdido por la espectacular aparición del ser y su horrible aspecto, y permaneció inmóvil durante unos segundos vitales. Mirando a sus brillantes ojos negros se vio a sí mismo, su adusto rostro dividido en una miríada de pequeños reflejos. Supo que esta criatura estaba buscándole a él, quería matarlo. Y el ser sabía perfectamente que había encontrado a su presa.

Buscó frenéticamente su pistola bólter, haciéndola caer con torpeza al suelo. Viendo su oportunidad, la criatura saltó hacia delante con un extraño movimiento de sus patas. Carel apareció entre el monstruo y Kryptman, disparando su pistola láser a quemarropa. El bicho se volvió contra él con una velocidad pasmosa para su apariencia tan desmañada, agarrando su cabeza, aplastando su cráneo. Proyectiles de cerebro y hueso se desparramaron por toda la estancia. Continuando el brutal movimiento de su garra, azotó el cuerpo inerte de Carel contra el techo, rompiendo el resto de sus huesos contra él con un horrible impacto. Instintivamente, el Inquisidor saltó sobre su silla y rodó por el suelo, quedando bajo su escritorio mientras la criatura saltaba sobre él astillando la madera. Disparó a ciegas a través de la mesa, y rodó para salir por el otro lado. Consiguió ponerse de pie con un movimiento medianamente fluido, aprovechando para disparar otra bala contra el ser que había saltado hacia el otro lado de la mesa. Este ataque tuvo algo de premio, arrancando parte de sus placas dorsales con una rojiza lluvia mucosa y dejando al aire algunos músculos. Furioso, el ser abrió sus fauces y emitió un horrible grito gorgoteante, tras lo cual saltó limpiamente el escritorio para ir a impactar contra el Inquisidor.

Kryptman no pudo apartarse lo suficientemente rápido y fue derribado, con una de sus piernas atrapada bajo todo el peso de la criatura. Disparó salvajemente mientras caía, pero falló y algunos proyectiles atravesaron la vidriera de la ventana. La criatura estaba sobre él, lanzando zarpazos contra su cuerpo con la aparente intención de inmovilizar sus brazos.

- Poderoso Emperador, dame fuerzas - rezó Kryptman, luchando para escapar del férreo abrazo de las garras. Mientras la presión del ser aumentaba, le golpeó con su cola más corta, intentando desgarrarle el pecho. Kryptman se dio cuenta de que el alien estaba acercándolo lenta pero inexorablemente a sus fauces abiertas. El fétido hedor rancio que exhalaba le provocó arcadas. Con un esfuerzo sobrehumano, Kryptman logró liberar su brazo izquierdo lo suficiente como para alzar su pistola y disparar una vez contra la abierta boca amenazante. El proyectil entró limpiamente y explotó en lo más profundo de su garganta.

La criatura fue destruida desde dentro; trozos de carne y hueso llovieron sobre el Inquisidor. Kryptman fue lanzado violentamente contra un muro; sintió como sus pulmones se quedaban sin aire y su espalda se resentía por un violento dolor.

Todo el combate había durado apenas unos segundos. Kryptman rebuscó entre los restos de su escritorio para recuperar algunas píldoras estimulantes y analgésicos. Uno de sus pies resbaló en los babosos restos del caparazón del alienígena y acabó cayendo sobre la silla, con un gemido de dolor.

¿Qué era esa cosa? ¿Por qué estaba aquí para matarme, y quién la ha enviado? No tenía ninguna duda de que el ser había recibido tales órdenes. A diferencia de un monstruo descerebrado, había atacado con implacable eficiencia, sin ser distraído por nada, como si estuviese guiado por una lejana y fría inteligencia.

La mezcla de drogas calmantes y analgésicos le estaba aclarando la mente. Un terrible conocimiento asaltó su conciencia. De alguna forma esta criatura era el eslabón que unía todos los acontecimientos, todas las extrañas noticias que recibía. Casi podía ver la pauta. ¡El Imperio debía ser advertido! Colocándose su desgarrada chaqueta negra, Kryptman salió tambaleándose de su oficina, hacia la Sala Astral.

***

El Astrópata Merril estaba tumbado en un diván a la entrada de la Sala Astral, con sus ojos en blanco, murmurando incoherencias sobre la Sombra en la Disformidad. Kryptman intentó calmarle sin éxito, tras lo cual desistió. Merril estaba más allá de cualquier ayuda que pudiese ofrecerle.

La Sala Astral era una gran estancia esférica, con su techo perdido en las sombras. Ornados asientos de mármol, distribuidos uniformemente contra los muros, miraban hacia el centro de la sala, donde se encontraba el estrado del Jefe Astrópata. En cada asiento se encontraba un Astrópata. La parte superior de los asientos quedaban ocultas por la pared, por lo que no se podía ver el rostro de los Astrópatas. La cámara estaba iluminada por una difusa luz rojiza, y cuando Kryptman entró tuvo la impresión de que los cuerpos pétreos de varias personas flotaban a su alrededor.

Faren, aparentando inquietud, bajó de su estrado para saludarle. Parecía viejo y cansado, con su pelo gris desordenado. Kryptman explicó rápidamente la situación, expuso con brevedad su teoría e hizo hincapié en la gravedad de la amenaza. Para su sorpresa, el Astrópata lo escuchó con seriedad sin decir nada, asintiendo de vez en cuando con la cabeza mientras asimilaba sus palabras. Mientras discutían la mejor forma de informar al Imperio sobre lo que ocurría, fueron interrumpidos por un Astrópata que había conseguido establecer contacto fiable con los Guadañas del Emperador.

- Los Guadañas del Emperador están bajo un fuerte ataque, no saben cuánto podrán aguantar. La situación es crítica. Deben recibir refuerzos. Esperad, están enviando una advertencia…

La respiración del Astrópata era rápida y fatigosa. El sudor caía de su frente mientras luchaba por mantener el contacto con el asediado Capítulo de Marines.

- ¡Avisadlos, avisadlos, llegan los Tiránidos! ¡LLEGAN LOS TIRÁNIDOS!

Con un grito apagado, el Astrópata cayó al suelo agarrándose la cabeza. Al mismo tiempo los cuerpos de otros Astrópatas saltaron de sus asientos mientras se rompía el contacto psíquico, el esfuerzo demasiado grande como para mantenerlo durante más tiempo. Uno de ellos se dirigió hacia Faren y Kryptman.

- ¡La Sombra! ¡La Sombra en la Disformidad! ¡Es demasiado fuerte como para romperla, es inhumana! - Se derrumbó sobre el suelo, sollozando.

Las luces de la Sala Astral parpadearon y se apagaron. Faren y Kryptman permanecieron en medio de la habitación, las siluetas de los Astrópatas que gemían y lloraban de dolor como almas en pena a su alrededor. Se miraron, sus sombríos rostros iluminados por las runas fosforescentes de la maquinaria.

- ¿Tiránidos? - murmuró Kryptman con horror.- ¿Otra Flota Enjambre?

Por primera vez en su vida, el Inquisidor estaba aterrorizado de verdad.


FuentesEditar

Escrito por Lindsey Paton - Dryzzit, foro de terrasomnia.com

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