Fandom

Wikihammer 40k

Relato No Oficial Guardia Imperial: Sargento Ghaam I

7.592páginas en
el wiki}}
Crear una página
Comentarios0 Share

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.


Inqsello.png Por orden del Ordo Wikia de la Santa Inquisición, este artículo se considera fuera del Canon Imperial. Se declara carente de toda veracidad y blasfemo; y todo el que lo lea sufrirá purga inmediata. Si usted es el autor, diríjase a las autoridades competentes para someterse a la penitencia pertinente.

Atención: Material No Oficial sin Sello de Calidad Wikihammer

El coronel Jonus observó meticulosamente el terreno en el que tendría lugar la batalla. Había recibido órdenes de tomar un potente complejo de trincheras que defendía la carretera Norte-9. Un paso crucial para tomar la ciudad de Karima, donde el impío gobernador planetario Korum se escondía de las represalias imperiales por su herético proceder.

Jonus tenía la cara cruzada por varias cicatrices. Sus duros ojos estudiaron las trincheras enemigas desde lo alto de su tanque de mando.

- Es una gran trampa -dijo a Marton, capitán al mando de la infantería- La idea es irnos desgastando a medida que avanzamos. Las primeras trincheras son fáciles de tomar, pero la línea de búnkers que hay detrás nos dejaría clavados, a merced de la artillería.

Marton escuchaba atentamente, sin interrumpir. El curtido capitán de infantería se apoyaba en la torreta por cuya escotilla estaba asomado Jonus. Su opinión era que debían hacer avanzar la brigada acorazada en primer lugar para eliminar tanto las trincheras como los búnkers. Echó una ojeada al terreno circundante a su posición con sus magnoculares. Se trataba de un territorio yermo y lleno de colinas y formaciones rocosas, con abundantes montones de rocas para cubrirse. Pero había mucho terreno hasta las posiciones enemigas, y la artillería no les pondría fácil avanzar.

- Esas trincheras de delante nos impiden avanzar con los tanques en vanguardia -continuó el coronel, casi respondiendo al pensamiento de Marton-. Lo más probable es que estén infestadas de armas anticarro. Debemos lanzar una ofensiva coordinada: que la infantería tome esas trincheras antes de que los tanques avancen para reducir los búnkers.

El capitán comprendió que el coronel Jonus tenía mucha razón en su sospecha, pero se necesitaría coordinar perfectamente a la infantería con los tanques.

Media hora después, los pelotones de infantería marchaban a paso ligero entre las formaciones de blindados. El sargento Ghaam, de la escuadra verde, primer pelotón, echó un fugaz vistazo a sus hombres. No le divertía que la idea del fuego enemigo causando el atropellamiento de su escuadra bajo sus propios tanques. Alzando la voz por encima de los chirridos de los carros dijo:

- ¡Tened cuidado con las orugas de los tanques! ¡Permaneced junto a ellos y mantened la formación sin deteneros! ¡Separaos, no os agrupéis! ¡Calad bayonetas!

El capitán Marton avanzaba a su vez rodeado por los guardias de su pelotón. El guardia que portaba el comunicador le pasó el voco-cuerno y empezó a transmitir órdenes.

- Soy el capitán Marton, a todas las unidades. Nuestras órdenes son proteger a la brigada acorazada del fuego antitanque enemigo hasta que puedan destruir los búnkers enemigos. La primera línea de trincheras enemigas es el lugar más probable en el que se encuentran tales armas. Comandos de choque, informen.

Tres voces marciales respondieron a la del capitán.

- Escuadra Alpha, sargento Kyle, a la orden, señor.

- Escuadra Vectus, sargento Grason, preparados, señor.

- Escuadra Lerah, sargento Framus, listos y a la espera, señor.

Permanezcan en segunda línea con sus Chimeras en reserva hasta que les de la señal para avanzar.

- ¡Si, señor! -respondieron las voces una detras de otra en el mismo orden.

- El resto, sigan avanzando junto a los carros. Atentos a mis órdenes. Que el Emperador esté con nosotros.

Todo el ejército de Cadia profirió un sonoro y corto grito en respuesta a las palabras del capitán.

Ghaam sabía reconocer a un buen oficial por sus órdenes, y Marton era un gran capitán. Una vez tuvo que soportar cómo un estúpido oficial enviaba a una sola escuadra a asaltar un edificio tomado por eldars a través de una calle abierta. Ni uno solo llegó a acercarse al edificio, y si un francotirador no hubiera eliminado a ese cretino de oficial, no podría jurar que él no lo hubiera hecho.

Se estaban acercando a distancia de fuego de la artillería enemiga. Alzando sus magnobinoculares, Ghaam pudo ver dos Basilisk por detrás de la línea de bunkers. Más valía que no destruyeran sus Demolishers antes de que hubieran destruido las fortificaciones o quedarían a merced de los herejes. Echó un vistazo al Demolisher que avanzaba a escasos dos metros de él.

- Espero que el Emperador esté hoy atento a esta batalla -dijo, como bendiciendo el blindaje del tanque.

Ghaam no había acabado su frase cuando un estruendo de artillería le sorprendió. El enemigo había abierto fuego. Los proyectiles de mortero tardaron pocos momentos en explotar alrededor de su pelotón. El primero sólo levantó una nube de rocas por delante de él, el segundo impactó junto a la escuadra del sargento Tarso y un guardia resultó decapitado por la metralla. El tercero dio justo sobre el Demolisher de su izquierda. La explosión le dejó un doloroso y ensordecedor pitido en los oídos durante unos momentos, pero el tanque resistió.

Marton tomó el voco-cuerno de la radio cuando el operador se lo tendió diciéndole que el coronel le estaba llamando. Tras recibir nuevas órdenes, Marton conectó con todos los oficiales de radio de la infantería.

- ¡Carga general contra las trincheras enemigas! ¡Hay que negarles sus objetivos principales, los tanques! -oyó Ghaam por el comunicador de su unidad- ¡Comandos de choque, infantería mecanizada, encabecen el ataque! ¡El resto avancen para apoyarlos! ¡Adelante, por el Emperador!.

Todas las tropas de infantería volvieron a dar un corto grito al oir las órdenes. Ghaam transmitió a su pelotón las órdenes del capitán y avanzó junto a su escuadra acelerando el paso. Fue consciente de que sólo los Chimeras seguían su ritmo, los tanques de batalla se rezagaron y empezaron a disparar sus armas de larga distancia. Por delante de él avanzaba la escuadra roja.

El fuego de morteros y Basilisks se hizo más violento. Por fortuna para la infantería, los Basilisk disparaban contra los carros; eran lo único que amenazaba a los tanques por ahora. Ghaam elevó una plegaria al Dios-Máquina en sus adentros para que la puntería de los enemigos no fuera buena aquel día.

Un proyectil de fragmentación explotó por delante de la escuadra que les precedía. No causó bajas, pero acto seguido otra explosión dio de lleno sobre el sargento, que saltó por los aires a casi cuatro metros de altura sin brazo ni pierna izquierdas. La escuadra se detuvo para ponerse a cubierto entre las rocas e intentar socorrer a su oficial, pero incluso cuando estaba en el aire Ghaam supo que no había nada que hacer.

- ¡Avanzad, avanzad! -les gritó conforme se acercaba a ellos- ¡Ya está muerto! ¡Haced que su muerte valga la pena!

Los guardias se mostraron indecisos entre obedecer o huir.

- ¡Vamos vamos vamos!

La escuadra de Ghaam les sobrepasó. Ghaam no podía detenerse y hacerles avanzar, ese era el trabajo de los comisarios. Pero no hizo falta, ya que el cabo se puso en pie y ordenó el avance.

Ahora Ghaam y sus hombres iban en primera línea, algo que muy pocos soldados envidiaban. El fuego de morteros y Basilisks se hizo más intenso, pero ello no detuvo la carga imperial. Por fortuna para la infantería los cañones Estremecedores disparaban contra los retrasados tanques, que estaban resistiendo bien los pocos impactos que les alcanzaban. Con un gran crujido energético, las líneas enemigas abrieron fuego con sus rifles láser.

- ¡A cubierto! ¡Fuego a discreción! -gritó Ghaam.

El sargento se tumbó tras una roca afilada y quitó el seguro de su bolter de asalto recitando un corto salmo al espíritu del arma. El operador de radio se cubrió junto a él y el resto tomaron posiciones entre las coberturas posibles. Sus hombres devolvieron el fuego con sus rifles láser. Farhaim activó su rifle de plasma y rezó a los espíritus de la guerra mientras el arma se calentaba. Era un buen soldado, y su solicitud se ascenso a comando de asalto había sido aprobada. Ghaam estaba orgulloso de él. El arma emitió un corto pitido como en respuesta a las plegarias de Farhaim. El soldado apuntó y disparó.

Observando por sus magnobinoculares, Ghaam vio el disparo de plasma, como una bola de magma blanco-anaranjado, carbonizar en el acto a un enemigo con una leve llamarada. Tras unos segundos descubrió lo que estaba buscando: varios renegados estaban preparando rifles de fusión y granadas perforantes. Uno de ellos asomó con un lanzamisiles y le dio la impresión de que le disparaba a él, pero el proyectil salió muy desviado y ni siquiera pudo ver la explosión. Rápidamente llamó a Grimn a su lado y tomó el voco-cuerno del comunicador.

- Aquí escuadra verde llamando a escuadra oro, escuadra verde llamando a escuadra oro, cambio.

- Aquí escuadra oro. Adelante, escuadra verde -le respondió el oficial de comunicaciones de la escuadra de mando de Marton.

- Confirmada la presencia de enemigos con armas antitanque en las trincheras. Principalmente rifles de fusión y granadas perforantes, cambio -Ghaam siguió estudiando las líneas enemigas para asegurarse de que no se equivocaba.

Otra voz habló por el comunicador.

- Aquí el capitán Marton. A todas las escuadras, confirmada la presencia de armas antitanque en la vanguardia de las defensas enemigas. Avancen y tomen posiciones de disparo. Eviten que las armas anticarro alcancen a los Chimeras.

Ghaam devolvió el voco-cuerno a su receptáculo en la mochila de Grimn y gritó:

- ¡Guardias, adelante! ¡No dejéis de disparar!

Se levantó y disparó los cañones gemelos de su bolter de asalto. No alcanzó a nadie pero pudo ver cómo los proyectiles explotaban justo delante de la trinchera y cómo los renegados se ocultaban. Un rugido a sus espaldas se hizo volver la vista atrás para ver que uno de los Chimeras de los comandos de choque les iba a adelantar por la izquierda. Llevaba el distintivo de la escuadra alpha.

- ¡Guardias, vamos a cubrir a este Chimera del fuego antitanque enemigo!

Un disparo láser le pasó tan cerca del brazo que pudo sentir el calor. Alguien gritó detrás de él, un corto quejido de agonía.

- ¡Cabo Lester! -dijo la voz de Grimn.

- ¡A cubierto! -gritó Ghaam- ¡Fuego fuego fuego!

Mientras su escuadra seguía su orden, miró hacia atrás y dijo:

- ¡¿Alguien está herido?!

- ¡El cabo Lester está muerto, sargento! -dijo Grimn, que estaba arrastrando el cadáver para ponerlo a cubierto.

El cabo había recibido el impacto en pleno corazón. Ghaam extendió la culata de su arma y volvió a disparar. Uno de sus proyectiles bolter reventó la cabeza de un renegado en su trinchera, y los disparos láser de sus hombres abatieron a dos más. La radio parecía un avispero de órdenes e información. El Chimera estaba a punto de entrar en distancia de asalto. Dos cañones asomaron de una trinchera, dos rifles de fusión. Estaban preparándose para disparar al Chimera. Ghaam volvió a ladrar:

- ¡Rifles de fusión a las once!

Su orden fue comprendida de inmediato, justo cuando los dos traidores emergían de su trinchera y apuntaban al transporte de tropas blindado. Todos los disparos de su escuadra se concentraron en los soldados enemigos con rifles de fusión. El abdomen del primero fue carbonizado por un disparo de plasma y se deshizo en cenizas a la vez que el segundo moría acribillado.

- ¡Bien! ¡Guardias, al asalto! ¡Por el Emperador!

Con el popular ladrido, la escuadra de Ghaam volvió a avanzar, esta vez con una rápida carrera.

- ¡No olvidéis proteger al Chimera hasta que los chicos gloriosos hayan desembarcado!

Casi como en respuesta a sus palabras, el Chimera deceleró hasta detenerse. La rampa posterior descendió y nueve soldados con armadura y rifles infierno tomaron posiciones tras el tanque. Se estaban preparando para avanzar por la izquierda del transporte. Ghaam y su escuadra pasaron por la derecha disparando sin cesar.

- ¡Bien! ¡Adelante, adelante! ¡Preparad granadas fragmentarias! ¡En cuanto tomemos la trinchera, granadas en todas las posiciones enemigas anexas!

Disparando con una sola mano para mantener la presión sobre el enemigo, Ghaam cogió una de las granadas de fragmentación que llevaba al cinto y metió el índice en la anilla. Los renegados habían centrado su atención en los comandos de choque, les temían más que a las tropas regulares. Ghaam se apoyó el bolter de asalto en la muñeca de la granada para disparar más certeramente.

Los comandos de choque de su derecha también avanzaban a la carrera disparando con los rifles infierno a la altura del pecho y bajo el apoyo del multiláser del Chimera. Cada disparo suyo abatía a un nuevo enemigo con un impacto preciso en la cabeza o el pecho. El sargento de los comandos llevaba una espada sierra bien alta mientras disparaba su pistola infierno. Algunos disparos láser impactaron en sus armaduras, pero no cayó ni un solo comando. A una orden del sargento, también ellos se prepararon para el asalto con granadas de fragmentación.

Ghaam vio que otros dos soldados estaban sacando los rifles de fusión de debajo de sus camaradas muertos. A toda prisa les disparó y les eliminó a ambos con una mortífera ráfaga, pero entonces sintió el doloroso y abrasador impacto de un láser en el brazo en cuya mano llevaba preparada la granada. No por ello se detuvo y continuó con su carga. El multiláser del Chimera brindó su apoyo a la escuadra verde, acabando con aquel renegado y con los dos que tenía al lado. Con gran esfuerzo, debido al dolor, quitó la anilla de la granada con los dientes.

- ¡Ahora!

A su voz, él y sus hombres quitaron los seguros y lanzaron sus granadas hacia la trinchera antes de lanzarse cuerpo a tierra. Los artefactos explotaron enviando metralla en todas direcciones y obligando a los rebeldes a cubrirse. Una granada había ido a parar a los pies de uno de ellos; Ghaam se dio cuenta cuando el desdichado dio un involuntario salto de tres metros y cayó fuera de la trinchera en forma de despojos sanguinolentos. Cuando volvieron a tomar posiciones de tiro la escuadra verde cayó sobre ellos.

Ghaam saltó sobre los hombros de un rebelde que aún estaba a cubierto, manteniéndolo contra el suelo de la trinchera durante el microsegundo necesario para volarle la cabeza de un disparo gemelo de su bolter de asalto. El contenido de la cabeza de aquel hombre le manchó todo el uniforme con una masa roja. Su escuadra le imitó tomando al asalto la trinchera, pero uno de sus hombres quedó ensartado por una bayoneta enemiga y otro fue abatido de varios disparos antes siguiera de poder entrar en la zanja. Soltando su arma y dejando que colgara de la bandolera, el sargento desenfundó su largo cuchillo y lo clavó entre las costillas del siguiente enemigo después de esquivar la estocada de su bayoneta. Siguió acuchillándolo hasta estar seguro de que no iba a volver a moverse. Farhaim pisó el arma de un enemigo y le pateó la cabeza antes de saltar en la trinchera y romperle el cuello a culatazos.

Los comandos de choque alpha tomaron un puesto defendido con sacos de arena a la izquierda de la escuadra verde. Con sus disparos habían acabado con cinco de los soldados que la ocupaban y los otros cinco salieron huyendo, antes de que los comandos consolidaran su posición en el puesto y les abatieran en su retirada. Las líneas rebeldes se estaban desmoronando.

- ¡Granadas a las tres! ¡Consolidad la posición! -ordenó Ghaam, y añadió- ¡Grimn, ven aquí!

Mientras la escuadra verde saturaba de disparos y granadas de fragmentación la trinchera a la derecha de su posición, Grimn se acercó a su sargento, tendiéndole el voco-cuerno de la radio antes de que se le pidiera. Ghaam lo cogió con muda aceptación mientras se recostaba en el fondo de la zanja para cubrirse de los zumbantes disparos láser que la línea de búnkers había empezado a vomitar.

- Aquí escuadra verde, trinchera tomada y consolidada. Posición -hubo una pausa mientras consultaba con su auspex- trinchera enemiga 5 K. El apoyo blindado puede avanzar por aquí, cambio.

Sus hombres habían cumplido su orden y la trinchera anexa a la suya era un hervidero de

explosiones de granadas y disparos de rifle de plasma. Otra escuadra de guardias, la escuadra roja a

juzgar por sus distintivos, asaltó esta posición sin mayores dificultades gracias a sus esfuerzos.

- Escuadra verde, aquí escuadra oro -dijo el comunicador-. Buen trabajo, mantengan su posición hasta nueva orden. Los carros van a pasar sobre vosotros, cambio.

- Aquí escuadra verde -respondió Ghaam-. Recibido, mantenemos la posición, cambio.

El sargento devolvió el comunicador al soldado y se asomó lo mínimo imprescindible por el borde de la zanja con sus magnobinoculares. A unos sesenta metros, dos líneas alternas de búnkers de sólido plastiacero les impedían el paso hacia Karima. Por detrás de la línea defensiva podía ver varios cañones estremecedores asomados, descargando su mortal munición sobre sus tanques. Los disparos láser provinientes de uno de los búnkers casi le alcanzaron.

El soldado Kort se le acercó.

- Informe de heridos, sargento. Hemos perdido al cabo Lester, a Jerome y a Vanar. Pillah casi recibe un disparo en la cabeza pero no es más que un rasguño. Otama está herido...

- ¡Puedo seguir, sargento! -interrumpió Otama, que se apretaba con fuerza un vendaje sobre el costado-. ¡Déjeme devolverles cada disparo a esos cerdos!

- Muy bien, guardia -Ghaam asintió y le dio un golpecito en la pierna al herido-. ¡Soldados, nuestros tanques van a pasar sobre nosotros para abrir de una vez esas latas de ahí delante! ¡No disparéis a los búnkers, no servirá de nada! ¡Tened cuidado cuando los carros lleguen! ¡Farhaim!

- ¡Sí, señor!

- ¡No dispares ahora, deja que tu arma se enfríe!

- ¡A la orden, sargento!

- Pero, sargento –dijo Grimn- si los tanques pasan por aquí los Basilisk nos harán picadillo.

- Negativo, soldado. Estas trincheras están demasiado cerca de los Basilisk para que puedan efectuar fuego indirecto. Y la línea de búnkers les bloquea la visibilidad.

Un disparo láser impactó en el borde de la trinchera, demasiado cerca de la cabeza de Grimn. El guardia se agachó hasta besar el suelo como si creyera que ni estando enterrado estaría a salvo.

- Lo cierto –añadió el sargento- es que aquí estamos más seguros que en esos tanques.

Farhaim se puso a cubierto de rodillas junto a sus compañeros y entonó otra bendición sobre el arma, humeante y con la boca del cañón casi al rojo vivo, mientras la sujetaba por el guardamano de termocaucho. Ghaam se tomó unos segundos para inspeccionar la trinchera haciendo caso omiso de Kort mientras le vendaba la herida del brazo. Vio los rifles de fusión que habrían destruido el Chimera y comprometido a la escuadra de comandos alpha de no haber sido por su intervención.

- ¡Pillah! ¡Satvu! ¡Comprobad esos rifles de fusión! ¡Nos los llevamos! ¡El resto, recuento de municiones!

Un irregular frente de tanques de batalla Leman Russ Demolisher y Exterminator avanzaba a medida que las posiciones de vanguardia enemigas eran capturadas por la infantería. Todos los pelotones habían encontrado varias armas antitanque en las trincheras, pero pocas habían podido ser utilizadas contra los vehículos. Sólo algunos tanques habían sido destruidos por impactos de cañones láser y cañones estremecedores desde la segunda línea de defensa. Los primeros carros se acercaron a las trincheras ocupadas por la escuadras roja y verde y los comandos alpha. Los Exterminators disparaban sus cañones automáticos con un gran estruendo similar a una batería de tormentas. Los impactos de los Basilisk enemigos se hacían más certeros con cada metro que se ganaba. Un Demolisher recibió un explosión brutal justo delante de su morro; el grueso blindaje frontal resistió pero el bolter de asalto que colgaba del afuste de la escotilla del comandante salió volando.

En el frente de infantería, los guardias permanecían agazapados en las trincheras capturadas mientras disparos láser e impactos de mortero ligero batían la tierra a su alrededor. Ghaam echó un cuidadoso vistazo hacia su retaguardia. Pillah, que tenía la cabeza vendada a la altura de la frente, le llamó:

- Sargento, uno de los rifles está fundido pero éste está en buen estado -el soldado alzó el rifle de fusión que empuñaba.

- Bien, llévalo tu, Pillah, y recoge toda la munición que puedas. ¡Atentos! ¡Los tanques se acercan! ¡Cuando dé la orden os quiero ver a todos besando el suelo! ¡Y procurad alejaros lo más posible de ellos cuando pasen sobre la trinchera!

Ghaam volvió a mirar a los tanques. Un Exterminator se dirigía directamente hacia ellos. Iba a pasar justo entre la posición de los alphas y la suya, pasando una de sus orugas sobre la zanja. Ya lo tenían casi encima.

- ¡Un carro va a pasar por nuestras nueve! ¡Todos al suelo!

El sargento no pudo evitar una fría punzada de temor en la espalda. Si reventaban el tanque sobre ellos no saldrían vivos; se achicharrarían entre la deflagración y el combustible incendiado. Morir quemado vivo en una trinchera mientras el enemigo espera a volarle la cabeza no era su idea de un final digno para un soldado. Los chirridos de cadenas y los zumbidos de motores se acercaron.

Sólo entonces Ghaam se dio cuenta del dolor de su brazo, del sudor que empapaba todo su uniforme y del cansancio acumulado en sus piernas. Cuando el tanque pasó sin estallar, tuvo que dar las gracias al Emperador en voz alta.

El frente blindado continuó su avance. Los Leman Russ imperiales se acercaron tanto a los búnkers que los Basilisk posicionados tras ellos ya no podían dispararles por encima de los mismos. Ghaam pudo ver cómo los cañones autotransportados maniobraban para disparar directamente por entre los huecos que dejaba el complejo acorazado. El rítmico golpeteo de los cañones Exterminator, ahora muy cerca, resultaba ensordecedor, pero no más que cuando los cañones Demolisher llegaran a distancia de disparo.

- ¡A por ellos, chicos! -Ghaam oyó susurrar a Pillah cuando los Leman Russ Demolisher de detuvieron-. ¡Lástima que no tengamos ningún Vanquisher con nosotros! ¡Atravesaríamos esos búnkers como si nada!

Tras un breve periodo para preparar los desproporcionados cañones Demolisher, periodo que se transformó en una eternidad entre los impactos de mortero ligero y rifles láser que ahora caían sobre los blindados como la lluvia, la primera salva tronó ensordecedora. Un manto de humo blanco producto de la gran deflagración del disparo colectivo cubrió casi por completo a la línea de tanques para disiparse en pocos instantes. Como consecuencia la infantería perdió momentáneamente de vista el frente enemigo y el penetrante olor de la detonación les inundó. Cuando el humo se disipó, Ghaam y sus hombres esbozaron grandes sonrisas antes los enormes agujeros que se habían abierto en las superficies blindadas.

Se podía ver en el interior de los búnkers impactados. Los bolters de asalto montados en afustes de los tanques abrieron fuego en dirección a los agujeros en un intento de matar a los renengados que los ocupaban.

- Aquí el capitán Marton, atención a todas las escuadras -dijo de repente el comunicador-. Prepárense para asaltar las posiciones enemigas, permanezcan detrás de nuestros blindados hasta que dé la orden.

Ghaam cogió el bolter de asalto por el guardamano y dijo:

- ¡Ya lo habéis oído! ¡A cubierto de...

La segunda andanada de cañones Demolisher ahogó por completo su voz. Tuvo que esperar a que el estruendo se apagara y sus oídos dejaran de silbar. Pillah soltó un comentario:

- ¿Decía usted, sargento?

- ¡A cubierto detrás de los tanques! ¡Todas las armas preparadas!

Toda la infantería salió de las trincheras y puestos defensivos para colocarse tras el apretado frente de tanques. Ghaam se dio cuenta de que el Exterminator que acababa de pasar sobre él y tras el cual se estaba cubriendo era el tanque de mando del coronel Jonus. Miró a las restantes escuadras mientras tomaban posiciones tras cada tanque. Los comandos alpha se movían como si hubieran estudiado cada paso y cada maniobra durante un año. Un disparo pasó entre dos tanques y abrasó un pequeño punto en el suelo, muy cerca del pie de Ghaam, pero el cañón Exterminator del tanque de mando no le permitió oírlo. Un cañón láser disparó desde algún lugar en una posición de plastocemento e impactó justo en la torreta del tanque de mando. Incluso la escuadra verde pudo notar el intenso calor y el siseo de metal torturado. La zona impactada estaba al rojo vivo, ¡el comandante de carro debía de estar asándose en su silla de mando!. El cañón Exterminator dejó de disparar y el grito de dolor y desesperación que se hizo audible confirmó la sospecha de Ghaam. Varias voces ahogadas por el blindaje gritaron:

- ¡La munición va a estallar! ¡Evacuad!

- ¡Mierda! -exclamó Ghaam- ¡Alejaos del tanque, rápido!

El volante de la escotilla de la torreta giró un poco, pero se detuvo y el grito de dolor aumentó. El sargento de subió a la parte trasera del tanque y se cubrió tras la torreta mientras su escuadra se refugiaba tras el carro situado a las tres.

- ¡Sargento...! -replicó alguien. Ghaam ni siquiera se dio cuenta de quién era.

- ¡He dicho que largo de aquí!

- ¡Le cubrimos, sargento!

Ghaam se giró y vio que tanto Farhaim como Kort habían hecho caso omiso de su orden. Se apostaron a ambos lados del tanque de mando y abrieron fuego sobre las líneas enemigas. Estuvo a punto de repetirles la orden, pero no lo hizo. Sacó su vial de agua del bolsillo de la pernera y la vertió toda sobre la escotilla. Algunos enemigos se habían fijado en él, se dio cuenta cuando varios disparos láser quemaron la pintura de la torreta. Como esperaba, el volante sobrecalentado siseó como una serpiente al transformar el agua en vapor con el mero contacto. Al vaciar el vial agarró el volante con ambas manos y giró. Se quemaba, pero tenía que sacar al coronel de allí. Abrió la escotilla y un hombre saltó fuera impulsado por la desesperación. Ghaam lo agarró en seguida por debajo de los brazos y corrió arrastrándolo por el tanque hasta saltar tras él.

- ¡Ayudadme a llevar al coronel a cubierto! -gritó.

Tres guardias con uniforme de tripulación de carro a los cuales Ghaam no había visto salir tomaron al comandante y lo llevaron en volandas junto a la escuadra verde seguidos por su sargento y dos de sus hombres. Justo cuando Ghaam se ponía a cubierto tras el Demolisher de al lado, los dos cañones acoplados del Exterminator de mando salieron disparados hacia adelante como flechas a causa de una detonación que destruyó su torreta.

- ¡Kort, atiende al comandante! ¡Grimn, la radio!

- Quitadle la guerrera y la chaqueta antifrag -pidió Kort a los tripulantes.

En cuanto cogió el comunicador pulsó la clavija sin dejar de mirar al coronel. Su guerrera estaba quemada en varios puntos, y la piel de sus manos y cara...

- Aquí escuadra verde llamando a escuadra oro, cambio.

- Aquí escuadra oro -era el capitán Marton el que hablaba-. Lo hemos visto, ¿el coronel está herido?, cambio.

- Afirmativo, señor. Le han abrasado. Eh... aguarde un momento, señor.

- Se pondrá bien, coronel -Kort intentaba tranquilizar a Jonus mientras echaba polvo de fenolato y aplicaba una pomada a las quemaduras de sus manos y cara-. No es nada grave, esto le aliviará -Kort le inspeccionó los ojos tirándole de las cejas con sumo cuidado-. Los ojos no están dañados, no hay peligro de ceguera...

- Se pondrá bien, capitán -informó Ghaam. Pero hay que sacarlo de aquí, cambio.

- Nooh... -el coronel intentaba hablar, pero su voz era un susurro entrecortado de dolor que escapaba entre sus labios agrietados- llévenme... a mi tanque.

- El Puño de la Rectitud está destruido, señor -dijo uno de sus tripulantes-. La munición del cañón ha explotado.

Una lenta exhalación escapó de la deformada boca del oficial, consciente de que sin su tanque de mando era una carga más que una ayuda para la infantería. Ghaam buscó alguna respuesta a su alrededor. Vió el Chimera de los alpha...

- Capitán -dijo rápidamente al comunicador- el Chimera de los comandos alpha está muy cerca, podemos evacuar al coronel con él.

La tercera andanada de los Demolisher aisló de nuevo todo sonido que no fuera su trueno ensordecedor. Cuando el oído volvió a funcionar, el sargento oyó las órdenes de Marton.

- Que la tripulación del Puño de la Rectitud evacue el frente en el Chimera de la escuadra de comandos alpha, ¿me recibe, sargento Kyle?

- Señor, sí señor.

- A todos los blindados, alto la artillería. Efectúen fuego de apoyo. A todas las escuadras, asalto general contra las líneas enemigas. Hay que desmantelar la batería de Basilisk que se oculta tras los búnkers. ¡Adelante, por el Emperador! ¡Por el Coronel!

La escuadra verde abandonó a la tripulación del tanque de mando, a cubierto tras un Demolisher, y cargó junto a todos sus camaradas de infantería contra el destrozado frente de búnkers derruidos. Uno de cada dos tanques avanzó lentamente tras la infantería disparando bolters de asalto, bolters pesados y cañones Exterminator.

Los rebeldes que habían sobrevivido a la brutal andanada artillera se cubrían en los despojos de los búnkers que quedaban. La desesperación ante la carga de las tropas imperiales, que parecía ser definitiva, hizo a muchas escuadras renegadas abandonar sus puestos y batirse en retirada. Ghaam pudo ver cómo un sargento renegado era abatido por sus propios hombres antes de que éstos huyeran. El montón de escombros de plastocemento que ocupaban quedó abandonado.

- ¡A cubierto en esas ruinas! -ordenó Ghaam señalando con la mano extendida.

Acto seguido empuñó su bolter de asalto a la altura de la cadera y disparó hacia sus dos, hacia los enemigos que estaban frente a la escuadra roja. Sabía que los comandos alpha no necesitaban su ayuda. Farhaim disparó, pero el proyectil sólo consiguió fundir un pedazo de lo que había sido la esquina de un búnker. El soldado que se ocultaba detrás disparó y le dio a Grimn en la cadera derecha. El operador de radio gritó y cayó al suelo al no poder soportar el dolor que le producía apoyarse en la pierna derecha. Ghaam no quería ordenar cuerpo a tierra estando a tres metros de la cobertura.

- ¡Otama, ponlo a cubierto! ¡Pillah y Satvu, seguidme!

El sargento y dos de sus hombres corrieron hacia los enemigos mientras el resto de la escuadra les proporcionaba un intenso fuego de cobertura al tiempo que protegían a su compañero herido. Ghaam vio que la escuadra roja estaba a punto de caer sobre los soldados que habían disparado a Grimn, de modo que era innecesario un asalto por su parte. Los traidores abatieron a un soldado de la escuadra roja antes de que el resto tomara la posición. Sólo eran dos renegados contra una escuadra. Uno de ellos salió corriendo cuando el otro quedó ensartado por dos bayonetas. El soldado huyó siete metros antes de que Pillah le disparase con el rifle de fusión. La onda térmica incolora carbonizó por completo al soldado convirtiéndolo en una negruzca parodia de hombre. Sólo hubo una corta llamarada cuando su uniforme ardió hasta consumirse en un instante.

Ghaam hizo un gesto a su escuadra para que pusieran al herido a cubierto. Kort y Otama lo llevaron en volandas mientras Farhaim permanecía atento. Los comandos de choque habían tomado la posición de la izquierda sin problemas. Ya no quedaba infantería enemiga en los búnkers.

Kort le bajó el pantalón a Grimn para ver la herida. El impacto cauterizado estaba justo sobre la cadera, sin duda el hueso estaba afectado.

- No pasa nada, Grimn -le dijo-. Es un impacto feo pero no te morirás por esto. Más vale que no te pongas de pie. Relaja la pierna lo máximo que puedas.

Mientras le hablaba de echó por la herida un poco de fenolato y la tapó con una compresa antes de sujetarla con un vendaje. Informó al sargento de que no podría caminar por ahora mientras preparaba una inyección.

- Tranquilo, soldado -el sargento le puso una mano en el hombro-. Has cumplido bien con tu deber hoy. Descansa un poco y da gracias al Emperador por vivir donde los traidores han muerto. Otama, Satvu, quedaos aquí con él. ¡El resto! ¡Vamos a terminar con esto ahora! ¡Pillah, coge la radio, y pide un vehículo médico para los heridos!.

Los comandos ya estaban avanzando hacia el primer Basilisk con granadas perforantes preparadas.

Ghaam y los suyos salieron tras ellos en dirección a otro Basilisk que tenían delante. No podrían dispararles estando tan cerca.

- ¡Le daremos por el lateral, seguidme! ¡Farhaim, Pillah, preparad las armas!

Ghaam se desplazó hacia la derecha mientras avanzaba. No tenían granadas perforantes, pero los rifles de plasma y fusión harían mejor efecto. Una vez tuvo bien a la vista el flanco izquierdo del blindado, ordenó disparar. Sólo Pillah y Farhaim dispararon al habitáculo, ya que sus armas eran las únicas capaces de atravesar el blindaje, Ghaam y Kort apuntaron a los desprotegidos artilleros. El proyectil de plasma atravesó una de las orugas y el mamparo lateral entre un chorro de metal fundido a modo de sangre. Una llamarada surgió por la herida del carro antes de que el rifle de fusión practicara otro boquete al impactar su onda térmica. Uno de los impactos debió de alcanzar la santabárbara, ya que una brutal explosión pulverizó a los artilleros e hizo añicos el gran cañón. La onda expansiva derribó a todos los soldados en un radio de veinte metros.

Ghaam estaba tendido de espaldas con los brazos en cruz. Alzó la cabeza aturdido y vio que el frontal del Basilisk estaba más o menos intacto, si bien la parte posterior era una bola de fuego. Se incorporó con esfuerzo y notó que su arma había desaparecido. A su alrededor, sus hombres le imitaron mientras se ponía en pié. Un ronco sonido le sobresaltó. El conductor del Basilisk había abierto la escotilla y asomaba por encima de su vehículo. Ghaam desenfundó su pistola láser y le encañonó. Tenía dificultades para mantenerse derecho debido al shock de la explosión, y aún le costaba más apuntar a aquel renegado.

- Al suelo... -su voz sonó como la de un borracho al borde de la inconsciencia. Nadie le oyó.

- ¡Al suelo, traidor! ¡Vamos, si no quieres que te fría ahora mismo! ¡Las manos donde yo las vea! ¡Ni un jodido movimiento brusco o te mandaré ante el Emperador antes de lo que te esperas!

Incluso a Ghaam sorprendieron las imponentes órdenes de Farhaim mientras encañonaba al traidor con su pistola láser. El conductor se deslizó por el frontal del tanque como un saco por una rampa y cayó al polvoriento y rocoso suelo. Farhaim se le echó encima sin perder el objetivo ni un instante. No mostraba ni un síntoma de mareo o desorientación.

Ghaam se aclaró la cabeza con una sacudida. Se dio cuenta de que su casco también había volado pero no había tiempo que perder.

- Kort, limpia el Basilisk. Pillah, comunica a la escuadra oro que tenemos un prisionero.

Kort quitó el seguro de una granada y la metió por la escotilla del conductor. El mamparo del morro ahogó la explosión pero la bola de fuego se agitó unos momentos al escapar la presión. Pillah esperó a la explosión antes de comunicar.

Los comandos alpha perseguían a un Basilisk disparando sin cesar para que ninguno de los tripulantes se asomara. El vehículo estaba huyendo en marcha atrás de las granadas perforantes, temeroso si quiera de detener su huida para girar. Ghaam vio la escena y ordenó:

- ¡Kort, encárgate del prisionero! ¡Farhaim, vas a poder lucirte! ¡Dispara a ese Basilisk! -señaló con su pistola.

Tras los correspondientes "si, señor" de sus hombres, Ghaam retrocedió rápidamente unos metros para recoger su bolter de asalto y su casco. Farhaim hincó una rodilla y apuntó cuidadosamente a las orugas del tanque, ya que si lo inmovilizaba de un disparo certero, los comandos podrían dar cuenta de él. Tiró del gatillo y la primera bola de plasma impactó en el blindaje frontal a sólo unos pocos centímetros de la oruga derecha. Por el lugar del impacto el conductor debía de haber muerto en el acto, pero el Basilisk no se detuvo, de modo que afinó la puntería dispuesto a fundir la oruga. Disparó, pero el arma no hizo más que emitir un tono grave seguido de un creciente pitido de alarma. Farhaim reaccionó como se le había enseñado un sinfín de veces, como debía reaccionar un artillero de plasma al oir aquella advertencia. Se descolgó el rifle y lo tiró.

Demasiado tarde. El acelerador lineal brilló como si de repente se hubiera llenado de magma volcánico. Justo antes de que el soldado arrojase el arma, su ropa se prendió debido al intenso calor generado por la fuga del plasma. Farhaim cayó al suelo aullando y revolcándose. Pillah se lanzó sobre él, cubriéndole con su cuerpo para ahogar el fuego. El sargento se hizo cargo del prisionero mientras Kort corría para socorrerle. Farhaim siguió emitiendo aullidos cuando las llamas se extinguieron. Kort sacó de inmediato una jeringa y la llenó con el contenido de una ampolla. Se la inyectó en el cuello y el artillero de plasma empezó a tranquilizarse.

Ghaam no apartó la vista del prisionero. Más allá vio que el primer disparo de Farhaim había matado al conductor del Basilisk, que se había detenido tras recorrer unos pocos metros más. El sargento de los alpha y dos de sus hombres dispararon sin piedad a los artilleros, barriéndolos de la zona de recarga del cañón. Otro comando metió la boca de su rifle por el agujero fundido y disparó en el interior del habitáculo. Dos más se subieron al techo e hicieron lo propio por las escotillas superiores. Estaba claro que querían capturar el Basilisk lo más intacto posible.

Hubo muchas más explosiones mientras los Basilisk caían uno a uno, víctimas de las bombas de fusión y los rifles de plasma. Al mirar más lejos, Ghaam vio que el terreno tras la línea de búnkers era mucho más llano. Una planicie de grava rojiza salpicada por algunos peñones. Más a lo lejos pudo distinguir una carretera y la negra mancha de la ciudad de Karima, donde Korum les esperaba con más de sus seguidores.

- Farhaim está bien, sargento -dijo Pillah a su espalda-. Kort dice que no es nada, en un día o menos estará bien.

- Ha luchado como un verdadero guardia imperial -contestó Ghaam sin apartar su vista de los ojos del traidor, utilizando sus palabras como una acusación-. Vigila a esta basura.

Ghaam llegó junto al artillero de plasma. Su aspecto le recordó al del comandante Jonus cuando lo vio emerger de la torreta de su tanque. Como si no supiera nada, preguntó:

- ¿Cómo estás, muchacho?

Farhaim ya tenía una venda alrededor de los ojos humedecida con algo que parecía agua, pero reconoció la voz del sargento. Sonrió durante un segundo.

- Estoy bien, señor. Debo de haber ofendido a los espíritus de la guerra en algún descuido -su sonrisa se diluyó en un gesto de remordimiento-. Pero espero poder honrarles pronto.

- Claro, compañero, sólo necesitas un poco de descanso -sentenció Kort.

- ¿Entonces porqué me has vendado los ojos?

- ¿Quieres conservarlos o no?. Mira, yo no soy el artillero de plasma pero he visto a los suficientes como para saber que lo primero que hay que tratar son los ojos. Tranquilo, chico glorioso, que podrás ponerte la armadura y disparar tu rifle de plasma junto a los demás chicos gloriosos. Una vez vi a un soldado en tu mismo caso, su rifle de plasma...

- Llega el vehículo médico -dijo Ghaam, alzando la vista hacia un pequeño blindado de cuatro ruedas-. Llévalo junto a Otama y que se los lleven. Y escuchadme bien los dos...

Ambos guardias imperiales miraron a su sargento.

- Cuando doy una orden, obedecedla. Nada de hacer de héroes cubriendo al sargento. Si mi orden es estúpida es cosa mía.

- Yo sólo pensaba en el bien de la Guardia Imperial, señor ¡qué sería de nosotros sin usted! -respondió Kort- y Farhaim ya casi es un chico glorioso, de modo que no necesita más gloria...

- Largaos ya.

- ¡Si, señor!. Como te decía, Farhaim, aquel soldado...

Kort siguió hablando de los artilleros de plasma heridos mientras guiaba a Farhaim hacia el resto de la escuadra verde. En algún momento Farhaim también se hartó de oírle y le dio un empujón.

Al anochecer, el ejército había acampado entre los búnkers derruidos. Varias hogueras serpenteaban mecidas por la leve brisa derramando su luz en los rostros de los guardias imperiales. La escuadra verde estaba sentada en torno a su propio fuego, en el interior de un búnker del que sólo quedaba una esquina en pie. Los guardias habían tendido una de sus tiendas sobre ellos utilizando el espigón de plastocemento como soporte. Todos estaban allí, excepto Grimn y Farhaim, que se encontraban en el pabellón médico, y Kort, que también estaba allí de visita. La herida de Otama no era grave después de todo. El soldado de ojos rasgados tomó otro trago de su sospechosa botella metálica y siguió acompañando al resto de la escuadra en sus cánticos de victoria. La moral del regimiento estaba muy alta; la estrategia combinada del coronel Jonus había provocado muchas menos bajas de las esperadas, y dentro de poco marcharían sobre Karima y aplastarían la rebelión.

Ghaam estaba un poco más lejos, aspirando profundamente el frío aire de la noche. Estaba pensando en las bajas de su escuadra. Ghaam nunca se paraba a pensar mucho en los caídos. Durante diez años en la guardia imperial había aprendido que la mejor honra que se le pueden hacer a los muertos no es llorarles, sino seguir luchando por lo que habían muerto. Pero ahora ya ni siquiera sentía su pérdida, se había endurecido hasta el punto en que tenía que obligarse a pensar en las bajas.

Alguien se le acercó por detrás y se detuvo junto a él.

- ¿El sargento Daniel Ghaam, escuadra verde, primer pelotón?

Ghaam gruñó para sus adentros al ver perturbada su solitaria meditación. Se giró y vio frente a sí la armadura de caparazón de un comando de choque, un chico glorioso. Le miró a la cara y contestó un escueto “¿sí?”. La cara del comando no tenía cicatrices, debido sin duda a la protección del casco que ahora colgaba de su cintura. Su pelo era totalmente blanco, pero era más joven que él. Debía de proceder de un mundo químico-industrial, muchas de las gentes que nacen en mundos de elevada industria química tienen el cabello teñido con colores extraños desde que nacen. Se acercó un poco más y se sentó en cuclillas junto a él.

- Soy el sargento Salvius Kyle, escuadra alpha de comandos de choque. Sé que le debo a usted el estar respirando ahora, sargento. Supo mantener inactivos aquellos rifles de fusión.

- Sólo cumplí con mi deber, sargento.

- Por supuesto. Sólo quería agradecérselo, y que supiera que es un honor luchar junto a usted y sus hombres.

Ghaam rió para sí. Le era difícil distinguir la educada disciplina de los chicos gloriosos de la vanidad.

- Por cierto –continuó el sargento Kyle- me han dicho que uno de sus hombres tiene aprobada una solicitud de ascenso a comando de choque.

- Mi artillero de plasma. Está herido, pero se repondrá. Su rifle se sobrecalentó –Ghaam soltó una breve risa antes de continuar- ¡Incluso ahora que está herido no han podido evitar que siga reparando su rifle de plasma!

- Ese hombre detuvo la huida de un Basilisk enemigo. Será un honor ponerle el primero en mi lista de reclutamiento.

Ghaam asintió.

- Farhaim Parsax es un buen soldado. Llegará a ser un chico... un comando de choque digno de la Guardia Imperial.

El sargento Kyle sonrió. Una sonrisa que dio un aspecto infantil a su rostro, delatando su juventud.

Pillah echó un vistazo a los sargentos, que siguieron hablando entre ellos. El soldado tomó otra bocanada del cigarrillo verdoso que llevaba en la comisura de los labios.

- Parece que el sargento se lleva bien con el chico glorioso -dijo.

- Después de todo, nosotros les salvamos el culo. Les habrían freído dentro de su Chimera si el sargento no hubiera visto los rifles de fusión a tiempo –dijo Otama antes de tomar otro trago.

- Sí, y si su Chimera no nos hubiera cubierto con su muliláser es posible que ninguno hubiéramos llegado ni a alcanzar la trinchera –añadió Satvu. El recio soldado se mesó su tupido bigote.

Kort se acercó desde el pabellón médico, con su silueta iluminada y desiluminada conforme pasaba frente a las hogueras de otras escuadras. Se sentó en el suelo junto a los suyos.

- ¡Hace frío esta noche! –dijo agarrándose los brazos.

- ¿Cómo están nuestros héroes heridos? –preguntó Pillah amagando un puñetazo al costado de Otama.

- ¡Jah! ¡Imagínate! En cuanto le quitaron la venda de los ojos a Farhaim y le dijeron que no tenía nada, me pidió inmediatamente su rifle de plasma para repararlo él mismo.

- ¡Joder! Ese tío no parará hasta que ese chisme le haga volar la cabeza –las palabras de Pillah sonaron entrecortadas por la risa.

Satvu tomó la botella que Otama le tendía y preguntó.

- ¿Y Grimn?

Kort perdió la sonrisa antes de contestar.

- El disparo... le ha carbonizado la cadera derecha. Puede quedarse con una sola pierna, pero lo más probable es que se le pueda instalar una prótesis biónica. En cualquier caso no volverá a caminar por lo menos hasta dentro de dos meses, o más.

Se hizo el silencio alrededor de la crepitante fogata. Pero poco después fue Pillah el que siguió hablando.

- No es tan grave –dijo-. Dos meses de vacaciones y cuando vuelva tendrá una pierna mucho mejor que la que le dio su madre.

Satvu, que estaba bebiendo en ese instante, pulverizó el licor al aire cuando explotó en risas. Era cierto que no era nada grave.

El sargento comando de choque se alejó de Ghaam, quien vino a calentarse junto al fuego.

- ¿Qué, sargento? ¿Buscando enchufe con el chico glorioso? –le gritó Satvu.

- Gracias, soldado Satvu por ofrecerse voluntario a ser el artillero de plasma mientras Farhaim se repone –respondió Ghaam secamente, pero la orden fue contestada con las carcajadas de todos menos de Satvu-. Otama, guarde esa botella; se acabó por esta noche.

Mientras todos reían, nadie se percató de un soldado con distintivos dorados en su uniforme. El soldado dijo algo, pero nadie le oyó.

- Sargento Ghaam –repitió acercándose más a los componentes de la escuadra verde.

- ¿Si? –contestó el sargento, sus hombres aún reían.

Entonces se dio cuenta de que aquel guardia no estaba solo. Un hombre permanecía tras él, en la oscuridad entre hogeras. Llevaba la gorra alta reglamentaria de los comisarios.

- Vaya, esta noche está muy solicitado, sargento –dijo Pillah sin mirar atrás.

- Éste es el comisario Jan Dreimel –prosiguió el soldado, ignorando a Pillah.-. Ha sido asignado a su escuadra. Y recojan sus cosas, señor, nos vamos dentro de quince minutos.

El guardia se marchó. Ghaam se incorporó de inmediato cuando el comisario avanzó hasta ser iluminado por el anaranjado halo de luz. Ghaam había visto muchos comisarios con la cara tan llena de cicatrices que sería imposible reconocerlos sin ellas. Y la mayoría habían perdido uno o ambos ojos, que habían sido sustituidos por implantes biónicos. Incluso una vez vio a uno que había perdido la mandíbula y llevaba una desagradable prótesis metálica que la imitaba. El comisario que estaba ante él era una excepción que sorprendió al sargento. Tenía la cara tan lisa y perfectamente afeitada que parecía un burócrata. Sólo una cicatriz, que le cruzaba la ceja derecha hacia la sien, rompía la armonía de su rostro.

La radio de Pillah emitió la orden que el soldado les acababa de comunicar. La actividad aumentó por todo el regimiento conforme las escuadras empezaban a prepararse para marchar sobre Karima al amparo de la noche.

- Ya lo habéis oído, guardias. Recoged el equipo. Quiero todo preparado en diez minutos.

Ninguno le recordó a Ghaam que tenían cinco minutos más para prepararse. El sargento se volvió hacia Dreimel, pero el comisario fue el primero en hablar. Mantuvo una expresión aburrida y distante, como si hubiera repetido todo aquello un millar de veces.

- Sargento Ghaam, he leído su ficha y algunos de sus informes. Su comportamiento es realmente ejemplar, pero se lo advierto. Ahora ya no importa lo buen soldado que haya sido, ni siquiera que haya salvado presuntamente al coronel. La más mínima señal de blasfemia, la más mínima retirada no autorizada y no dudaré en cumplir con mi obligación.

Ghaam ni asintió. Normalmente este tipo de advertencia acaba con un “¿Entendido?”, “¿Me he explicado con claridad?”, pero el comisario no dijo nada por el estilo. En lugar de ello, añadió:

- Tres miembros de la escuadra amarilla se nos unirán dentro de poco. Son los únicos que quedan de su escuadra, de modo que suplirán sus bajas.

Mientras recogía su equipo, el sargento de la escuadra verde, primer pelotón, meditaba, sopesando su situación. Ahora no podía cometer ningún error. Los comisarios no tienen piedad, y algunos ni siquiera tienen el juicio sano. Son máquinas de juzgar oficiales y suboficiales. Se diría que te sirven como asesores tácticos, pero incumple una orden del alto mando, blasfema contra el Emperador, o huye del enemigo aunque no tengas ninguna oportunidad, y se acabó. Antes de que te des cuenta te vuelan la cabeza, asumen el mando de tu escuadra y la lanzan hacia el enemigo. Miró a Dreimel para ver qué equipo llevaba. Su uniforme granate estaba cargado de medallas y condecoraciones, y el pecho estaba cubierto de broches dorados. Llevaba dos granadas perforantes colgadas en la pernera y una pistola bolter con visor de objetivos en una funda negra. Junto a su sable de comisario ricamente ornamentado colgaba un grueso látigo de cuero que tenía aspecto de ser capaz de rajar la piel de un petroceronte de Gollock II. Ghaam supo que la función principal de aquel látigo no era ser empleado contra el enemigo.

Diez minutos después la escuadra verde estaba preparada. Pillah había tenido que entregar el rifle de fusión que recogió y ahora era el operador de radio. Kort acabó de revisar su equipo médico, saqueado de un sinfín de botiquines enemigos. Satvu había ido al pabellón médico para recoger el rifle de plasma de Farhaim y el recién nombrado cabo Otama se estaba colgando granadas de fragmentación en el bolsillo de la guerrera. Dreimel desenfundó una pistola bolter negra ricamente decorada con grabados en oro, comprobó la recámara e insertó un cargador.

Los comandos de choque habían salido a pie hacía cinco minutos para reconocer el terreno. El resto saldrían dentro de otros cinco. La escuadra verde ya estaba lista y a la espera cuando un grupo de cinco guardias se acercó al sargento. Dos de ellos llevaban distintivos verdes, los otros tres los llevaban en amarillo.

- Se presenta el soldado Farhaim Parsax, sargento –dijo uno de ellos, que transportaba un rifle de plasma.

Ghaam comprobó que no era ninguna broma. Era su artillero de plasma, acompañado por Satvu y tres miembros de la escuadra amarilla, primer pelotón. Uno de ellos empujaba un bolter pesado sobre ruedas.

- ¿Qué haces tú aquí, Farhaim? –preguntó Ghaam.

- Los médicos me han dicho que estoy bien, señor. Un poco tostado pero no hay nada que me impida volver al combate. Los espíritus de las máquinas fueron clementes conmigo.

La piel de la cara y manos del guardia tenían mucho mejor aspecto que hacía unas horas, pero aún se notaban pequeñas quemaduras y el tono era mucho más oscuro de lo normal. Quizá no había sido tan grave como le pareció tras el accidente. Después de ver el estado del coronel, debió de parecerle que Farhaim tenía el mismo aspecto.

Contento por tenerle de vuelta, le dio una palmada en el hombro al artillero de plasma y se giró hacia los tres nuevos miembros de su escuadra.

- Preséntense, guardias –les dijo con un repentino tono marcial.

- Soldado Iyurso –dijo el más bajo.

- Cabo Rilan –siguió otro.

- Soldado Rarminio –terminó uno especialmente musculoso, casi tanto como Satvu, que se apoyaba en el bolter pesado.

La piel de Rarminio era oscura como el ébano, como la piel del propio Ghaam, y su cabello era tan ondulado que parecía una masa compacta cortada al cepillo. El sargento se acercó a él y le hizo un gesto señalando el bolter pesado. El soldado se puso en posición de firmes en el acto.

Ghaam les estudió unos momentos y luego empezó a hablar mientras deshacía su macuto buscando algo.

- Bien. Yo soy el sargento Ghaam. Su sargento. Y ése es el cabo Otama. Tendrán que obedecerle como si sus órdenes fueran mías. ¿Entendido?

- Sí, señor.

Ghaam sacó de su mochila tres insignias verdes y se las pasó a cada soldado. Ellos se quitaron sus insignias de la escuadra amarilla de los hombros y se pusieron las de la escuadra verde. Pillah observó a Rarminio, sin duda había sido elegido para transportar el bolter pesado por su corpulencia.

- ¿Sabéis manejar eso? –preguntó Pillah con un gesto de cabeza hacia el arma de apoyo.

Rarminio alzó las cejas, como si acabara de oír una burla de un niño de tres años.

- Podemos meterte un proyectil por el culo a un kilómetro –dijo de pronto Iyurso.

Todos le sacaban la cabeza a Iyurso, pero parecía ser muy nervioso. Llevaba colgados al hombro varios cargadores enormes de proyectiles bolter que parecían demasiado pesados para su estatura.

La radio emitió orden de avanzar hacia el suroeste, hacia Karima. La escuadra verde primer pelotón fue de las primeras en avanzar. Dreimel se remetió el fajín rojo de su uniforme y comenzó la marcha con su nueva escuadra, otro suboficial más a juzgar en su carrera.

Durante la marcha por aquel grisáceo suelo de piedra sólida bajo la luz de las estrellas, la escuadra azul primer pelotón empezó a marcar el paso entonando el himno de la victoria del regimiento 54º de la Guardia de Kirmhal. Rápidamente, el resto de la infantería se unió a ellos formando un grandioso desfile cuyo coro podía oírse a un kilómetro.

Marton avanzaba por retaguardia junto a su escuadra de mando. Se llevó los magnoculares a los ojos, pero Karima aún estaba muy lejos y aparecía como un borrón luminoso verde el visor nocturno. Varios tanques maniobraron por detrás de ellos para iniciar su marcha junto a la infantería mientras que varios carros dañados permanecían en el campamento para iniciar reparaciones. Un poco más abajo, Marton vio una ancha franja en el suelo que aparecía mucha más oscura que el terreno rocoso, una carretera. Varias formas se movían a ambos lados de ella como fantasmas fosforescentes. Eran unas treinta y avanzaban hacia la ciudad en formación dispersa y siempre evitando pisar el pavimento. Eran los comandos de choque. Muy por delante de ellos, una gran masa verde se les acercaba desde Karima por la carretera. Era una multitud de gente.

- Presa llamando a Tigre, Presa llamando a Tigre. Adelante Tigre.

Las figuras más cercanas se detuvieron al mismo tiempo que la radio empezó a transmitir la voz del sargento Kyle. Hablaba bajo, pero con firmeza y claridad.

- Aquí Tigre –respondió Marton al comunicador tapándose una oreja con la mano para amortiguar el sonido del himno.

- Un grupo de civiles sale de la ciudad en nuestra dirección. Ninguno con el uniforme de la guardia de Karima pero algunos van armados. Cambio.

- ¿Les han visto?

- Negativo.

- Bien. Rodéenlos y dejen que nos encontremos con ellos. Mantengan los ojos abiertos.

- Recibido, corto.

Volviendo a mirar por los magnoculares, Marton comprobó cómo los comandos de choque se apartaban aún más de la carretera dejando vía libre al multitudinario grupo. Se separaron unos cincuenta metros y luego tomaron posiciones de tiro cuerpo a tierra. El capitán radió un aviso a todas las escuadras advirtiéndoles de la situación, pero ordenó que el himno no dejara de sonar. Pasó un largo rato hasta que los civiles empezaron a marchar entre los Comandos, lejos del cobijo de la ciudad; si tenían intenciones hostiles, se encontraban sin saberlo en la peor situación para demostrarlas. La radio del oficial de comunicaciones de la escuadra oro volvió a sonar.

- Presa llamando a Tigre, cambio.

- Aquí Tigre.

- La mayoría son mujeres y niños. Todos parecen hambrientos y débiles. Veo a dos a la cabeza del grupo, uno lleva el uniforme de la guardia de Karima y el otro parece un civil. Lleva algo en una bolsa.

- ¿Explosivos?

- No puedo determinar.

- Recibido. Prepárense para cualquier cosa.

- Recibido, corto.

A una orden del capitán, el himno de la victoria cesó de golpe y todas las escuadras se pusieron a cubierto, listas para disparar. Marton hizo una señal a su oficial de comunicaciones, quien manipuló algunos mandos en el aparato de radio y le devolvió la misma señal. Se llevó el vocalizador a la boca y dijo:

- ¡Deténganse de inmediato! –su voz era amplificada por la propia radio hasta el punto de que incluso los civiles le oyeron con claridad, a más de ciento veinte metros-.

La multitud se detuvo. Ahora que estaban más cerca y gracias a la tenue iluminación de las estrellas Marton comprobó que debían de ser unas doscientas personas. Siempre receloso, el capitán volvió a mirar hacia la ciudad. Parecía desierta. Dio una segunda orden.

- Permanezcan donde están.

Hizo otra señal al oficial de radio. Cuando éste acabó de ajustar el aparato le devolvió el gesto y el capitán habló. Su voz no fue aumentada.

- A todas las escuadras. Primera línea, avancen en formación V. Segunda línea, permanezcan atentos.

El sargento Kyle volvió a contactar.

- Presa llamando a Tigre. El líder del grupo avanza con la bolsa. Va solo.

Marton lo confirmó visualmente. Uno de los fantasmas verdes se acercó en solitario.

- Recibido.

Un hombre se había separado del grupo y avanzaba hacia las líneas imperiales con los brazos abiertos en cruz. Su rostro era el de un hombre duro al que ya no le queda nada que temer. Llevaba la cabeza rapada y de la bolsa que sostenía en la mano izquierda goteaba un líquido carmesí. Sus ropas parecían haber pasado por el mismo infierno. Se llevó la mano a la pistola enfundada que llevaba al cinto, sacó el arma con dos dedos y la dejó caer antes de proseguir su marcha.

Marton estaba convencido de que no había ningún peligro, pero no se dejó llevar por las apariencias y prosiguió con su conducta defensiva. Estudió su frente para ver quién estaba más cerca de aquel hombre y...

- Aquí escuadra oro llamando a escuadra verde. Cambio.

El comunicador de Pillah trajo la voz del capitán a oídos de Ghaam. El sargento tomó el vocalizador.

- Escuadra verde a la escucha. Cambio.

- Adelántense y examinen a ese tipo. Procedan con suma cautela.

- Recibido, señor. Cambio.

Con un gesto de cabeza, Ghaam ordenó avanzar a su escuadra. Dreimel desenfundó su pistola bolter y la empuñó con ambas manos. El civil se acercaba en línea recta haca ellos. A Ghaam no le parecían más que un grupo de refugiados que huía de la ciudad al enterarse de que el complejo de búnkers había sido tomado por el Imperio, pero la experiencia de más de diez años le dijo que no se fiara de las apariencias. Cuando el hombre estuvo a diez metros de ellos, el sargento le ordenó detenerse. Si lo que llevaba en la mano eran granadas, ya se las habría lanzado, o mejor dicho, ya estaría muerto por intentarlo.

- ¡Alto ahí! –gritó.

Rarminio, en posición de tiro, amartilló el bolter pesado como advertencia. El hombre se detuvo en el acto.

- ¡Dese la vuelta!

Al girar, Ghaam pudo ver que no llevaba ningún bulto a la espalda.

- ¡¿Qué lleva en esa bolsa?!

El civil sostuvo la bolsa ante él y dijo:

- ¡Aquí está la cabeza de un traidor al Emperador! ¡Korum utilizó a este secuaz para incitar a nuestro pueblo a la rebelión, y el pueblo se rebeló contra los herejes!

Parecía haber ensayado esas palabras varias veces.

- Kort, Satvu.

En cuanto el sargento pronunció sus nombres, los dos guardias avanzaron hacia él. Kort permaneció a cinco metros encañonando al civil mientras Satvu tomaba la bolsa. El hombre no se movió más que para volver a alzar la mano. Satvu y Kort se retiraron hacia su escuadra. El recio guardia miró el interior.

- Es una cabeza humana, señor –informó Satvu con escaso asco antes de entregar la bolsa a Ghaam.

El tejido era plateado y suave como la seda. Parecía la capucha arrancada de un hábito. Al abrirla vio la cabeza de un hombre con los ojos vidriosos, de unos cuarenta y ocho años. Parecía, por la horrible expresión de su rostro, que se la hubieran arrancado en vida. Dreimel la miró y dijo:

- Es Tritino, el capitán en jefe de la guardia urbana de Karima. Lo que dice ese hombre es cierto –añadió el comisario mientras palpaba el tejido- sabemos que castigaba a los civiles que no se unían a Korum en su herejía. Pero esta capucha no puede ser suya; pertenece a la túnica de un gobernador.

El sargento vio un nombre bordado en oro en la capucha. Preguntó al civil de dónde la había sacado y, tras oír la respuesta, tomó la radio.

- Aquí escuadra verde llamando a escuadra oro. Señor, nos han traído un regalo: la cabeza del capitán Tritino, dentro de la capucha del mismísimo Korum.

Justo cuando Ghaan soltaba la clavija del comunicador, la escuadra oro apareció tras él con el capitán Marton a la cabeza.

- Descansen, guardias –dijo el capitán.

Pillah, Otama, Farhaim y el resto se pusieron en pie. Ghaam se fijó en que Marton también estaba acompañado por un comisario. La piel de la cara de éste parecía haber sido víctima de un lanzallamas, ya que era arrugada y curtida como el cuero del látigo de Dreimel. Llevaba una larga gabardina oscura muy engalonada. Aquel personaje alargó una mano enfundada en un guante granate hacia Ghaam y éste le entregó la capucha con su contenido. Al tocarle la mano el sargento se dio cuenta de que era rígida y dura como el metal, debía de tratarse de un implante.

Marton fue solo al encuentro del civil, que mantenía los brazos arriba. El capitán le tendió la mano.

- Bravo, pueblo de Karima –añadió a su gesto- estamos orgullosos de vosotros. ¿Cuál es vuestro nombre?

- Yural, señor –dijo el civil mientras la expresión de desconfianza desaparecía de su rostro-. Yural Plamatti. Ellos –prosiguió señalando haca atrás- son las pocas mujeres y niños que quedan libres en la ciudad. Korum ha encerrado a todos los que no le juraron fidelidad en las mazmorras bajo su cuartel de administración...

- Nosotros nos ocuparemos de ellos –interrumpió Marton-. Ahora traed aquí a esa gente. Necesitaremos toda la información que podáis darnos, y veo que vosotros necesitáis descansar.

Yural hizo señales a la multitud para que se acercase. Toda la gente empezó a lanzar alegres vítores y a correr al encuentro con sus salvadores. Mientras tanto, en la oscuridad, los comandos de choque permanecieron ocultos. Tal y como se les había ordenado, en cuanto tuvieron vía libre prosiguieron su aproximación a la ciudad sin ser vistos.

La infantería se apartó formando un gran pasillo para que los refugiados se dirigieran a retaguardia, hacia el puesto de mando. Cada civil quería estrechar la mano de todos los guardias imperiales que veía. Kort observó que los mayores problemas de aquella gente eran la malnutrición y deshidratación; nada que no se pudiera arreglar con tratamiento y una buena comida. Todos parecían alegres de salir de Karima. Marton se apartó junto a su escuadra y el tal Yural. Les acompañaba un tercero, uno de los refugiados que vestía el uniforme de la guardia urbana con galones de teniente. El comandante Darcadinus, oficial al mando de la brigada mecanizada del regimiento en sustitución de Jonus, llegó en un tanque de batalla Leman Russ Conqueror.

Yural empezó a explicar a Marton todo lo que había pasado desde el comienzo de la traición de Korum. El comienzo de la historia era conocido por el capitán: Korum, que se autoimpuso el mismo nombre del fundador de la ciudad, se negó a pagar el diezmo imperial aduciendo que el Adeptus Terra no hizo nada para protegerles de una pequeña partida de caza Sogho que se cobró casi la cuarta parte de las vidas de Karima. Los Adeptos determinaron que el ataque era tan insignificante que un buen gobernador habría podido rechazarlo con las mínimas bajas, pero Korum no supo dominar la situación y, hasta que el capitán Tritino no asumió el mando, los Sogho no pudieron ser expulsados. Sin embargo, Tritino estaba de acuerdo con Korum en que el Imperio no había hecho nada para ayudarles, y se unió a su rebelión arrastrando con él a gran parte de la guardia y a muchos civiles resentidos. Pero muchos ciudadanos estaban convencidos de que fue la incompetencia de Korum la que facilitó a los alienígenas tantas bajas humanas, y formaron una pequeña fuerza de resistencia en nombre del Emperador.

Yural prosiguió explicando cómo Tritino hacía fusilar a todos los miembros de esta fuerza que eran capturados, cómo ordenó encerrar a otros muchos en las mazmorras del centro de administración al enterarse de la caída del complejo de búnkers, y cómo su propio teniente, Ursimo Menet, el hombre que permanecía a su derecha mientras hablaba, le disparó en ambas piernas y le entregó a los ciudadanos fieles. Ursimo explicó que obedecía al corrupto capitán bajo la amenaza de una muerte lenta, al igual que muchos de los hombres bajo su mando que no se mostraban convencidos del bando en el que estaban. Según lo que él sabía, Tritino hizo que Korum permaneciera en el centro administrativo mientras él iba a establecer posiciones defensivas contra la Guardia Imperial, pero que cuando un grupo de guardias urbanos liderado por el propio Ursimo le entregó a la resistencia, Korum dio orden de establecer una plaza fuerte alrededor del centro administrativo con todos los hombres fieles que le quedaban. Después de eso, Ursimo se reunió con Yural, uno de los líderes de la resistencia, y organizaron a las mujeres y niños para sacarlos de allí y reunirse con el regimiento imperial que había acabado con los búnkers.

Una vez acabaron su historia, Ursimo Menet fue puesto bajo arresto a una orden de Darcadinus.

- ¿Es necesario arrestarle, comandante? –preguntó Yural mientras tres guardias se llevaban a Ursimo.

- Es un traidor igual que el propio Korum –la voz del comandante Darcadinus expresaba una seguridad total en lo que decía-. Los hechos de que despertara a la Luz del Emperador y que actuara bajo coacción redundan en su favor, pero todo hombre debe servir al Emperador antes que a ningún otro. Cuando Korum se negó a pagar el diezmo y Tritino se unió a él, Ursimo debió unirse a la resistencia. Ha derramado la sangre de ciudadanos fieles al Imperio, y por eso no puede quedar impune.

- Pero... ¿Qué le pasará ahora? –quiso saber el civil.

- Eso no es asunto vuestro –la respuestas del comandante eran inmediatas-. Habéis prestado un gran servicio y el Imperio os está reconocido, ahora id a descansar y dejad esto en nuestras manos.

Marton le acompañó unos metros hacia uno de los Chimeras que estaban transportando a los ciudadanos hacia el puesto de mando.

- Ser un traidor es algo muy grave –le dijo el capitán respondiendo a su anterior pregunta-. Pero dadas las circunstancias, lo más probable es que sea destinado a una legión penal. Recuerde siempre, Yural –Marton le miró a los ojos- traicionar al Imperio nunca es mejor que servirle.

De vuelta junto al tanque de mando de Darcadinus, Marton expuso su opinión del estado actual de las cosas al comandante. El comandante tenía ahora la capeza de Tritino en las manos; se la dio a un soldado con orden de colocarla sobre el morro de su tanque.

- Con Korum encerrado en un edificio de cuarenta pisos lleno de rehenes no va a ser fácil atraparle, señor.

- No, será muy sencillo –replicó Darcadinus-. La ficha de Korum demuestra que es un hombre cobarde, un gran gobernante aunque un general estúpido. La situación actual era previsible y por ello el coronel Jonus tuvo la sabia iniciativa de solicitar asistencia a los templos del oficio Asesinorum.

Marton empezó a comprender. El comandante miró a su alrededor para comprobar que ningún guardia estaba oyendo lo que no debía. La escuadra oro permanecía lo suficientemente lejos. Sólo Marton y su comisario, que no se despegaba de él, podían oírle.

- Ya hay un asesino Eversor oculto en las afueras de Karima esperando nuestra señal para actuar –concluyó el comandante con orgullo.

El capitán miró a su alrededor.

- Está al otro lado de Karima, capitán. La presencia del Eversor debe ser completamente secreta. Si Korum se entera de que un agente Asesinorum va tras él su eliminación se complicará más de lo necesario. Eso significa que cuantos menos sepamos de él, será mucho mejor para todos ¿Comprende lo que quiero decir?

- Completamente, señor.

- Bien. Prepare a sus hombres; hay que seguir adelante. Los civiles que quedan tendrán que ir a pie hasta el puesto de mando.

- A la orden, mi comandante.

Marton se reunió a paso ligero con su escuadra y cogió el comunicador.

- Atención. Escuadras plata y bronce, reúnan a sus pelotones. Listos para continuar la marcha –hizo algunos ajustes en la radio- Aquí escuadra oro a primer pelotón, preparados para reiniciar la marcha.

La calle estaba completamente desierta. Un vehículo civil estaba aparcado cerca de una entrada a un edificio de viviendas. Había un cadáver en el asiento del conductor y varios más a su lado y en la parte trasera. El vehículo y los alrededores estaban acribillados. El sargento Kyle emergió tras una esquina y se puso a cubierto tras el vehículo en una rápida y silenciosa carrera seguido por otro comando. Examinó cada esquina y ventana del cruce que tenía delante. Nadie. Ordenó avanzar con un gesto de la mano.

La escuadra Alpha de comandos de choque se movía pegada a la pared izquierda, evitando mostrarse a calle abierta. El comando que iba delante del sargento se apostó en la siguiente esquina y se asomó mientras Kyle comprobaba la calle opuesta. El comando puso la mano horizontal y la movió levemente de lado a lado; despejado. Vieron a la escuadra Lerah pasar por la calle paralela a la suya, a unos cincuenta metros. Utilizando el magnificador de imagen de su casco, Kyle vio las señales que le estaba haciendo el sargento Framus. Le estaba diciendo que todo estaba despejado.

Siguieron avanzando. El comando que iba en último lugar casi caminaba de espaldas vigilando la retaguardia. Las calles estaban completamente a oscuras, ni siquiera los focos que no estaban rotos brillaban; la energía debía de estar cortada. A través de los intensificadores de luz de su casco, Kyle y sus hombres podían verlo todo, pero en tonos verdosos. Más adelante había varios vehículos, cuatro en total, dos a cada lado de la calzada, pero parecían en buen estado.

Kyle miró el espacio entre los vehículos y la pared y observó que estaba lleno de basura. Escombros, puertas y ventanas caídos del edificio obligaban a pasar por el centro de la calle. Un sexto sentido templado en toda una vida de adiestramiento militar se disparó en el sargento, que inmediatamente ordenó detenerse con la mano en alto y miró la acera del otro lado de la calle. Estaba igualmente taponada. Si todos aquellos escombros habían caído de los edificios, ¿porqué las fachadas sólo tenían algunas marcas de disparos de rifle láser? ¿Dónde estaban las quemaduras de las explosiones que habían derribado todos aquellos cascotes?. Aún con la mano en alto, Kyle la bajó de una sacudida con el puño cerrado y sus hombres saltaron hacia las paredes buscando protección. Una rápida ojeada bajo los vehículos bastó para ver que cada uno tenía un explosivo pegado a los bajos. Reconoció una mina Estremecedora TZ-203 activada por cable-trampa. Un finísimo cable de filonylon casi invisible a simple vista la conectaba con el explosivo del vehículo de enfrente, que se trataba de una vulgar bomba casera. Sólo la mina Estremecedora podía arrancar las cadenas de un tanque, o las tripas de un hombre que la activara.

Mientras se separaba de aquella trampa explosiva abrió comunicación con el capitán Marton.

- Presa uno llamando a tigre, presa uno llamando a tigre. Cambio.

- Aquí tigre –le respondió el aparato.

- Trampa en calle 9H. Vehículos bomba. Procedemos a desactivarla. Cambio.

- Recibido, presa uno, Cambio y corto.

Tras algunos gestos de Kyle, ambos grupos de comandos entraron en los edificios por las destruidas ventanas dispuestos a superar por allí las minas. Dos de ellos se dedicaron a cada bomba con pequeñas herramientas extraídas de sus mochilas. El resto no perdieron ni un segundo por los interiores. Comprobaron rápidamente que los pasillos y habitaciones eran seguros y volvieron a salir por las ventanas al otro lado de los cuatro vehículos. Las minas fueron inutilizadas sin problemas.

- Presa uno a tigre. Trampa superada. Seguimos adelante. Corto.

Pillah pateó un escombro que rodó hacia la plaza de delante. Habían llegado a una rotonda de la que partían varias calzadas, una de ellas hacia las afueras de donde venían. El operador de radio llevaba su rifle láser sobre el hombro agarrado por el cañón en una postura poco marcial, sin que pareciera importarle que tenía a su sargento y a un comisario imperial a tres metros. La radio que llevaba a la espalda llamó a la escuadra verde.

- ¡Sargento! –llamó Pillah con el comunicador en la oreja- el capitán ordena que sigamos esa calle de ahí. Un blindado nos seguirá dentro de poco y tenemos que despejarle el camino. Eh, también dice que los comandos han localizados un par de trampas explosivas. Calles 5F y 9H.

- Nos toca el sector F, sargento –dijo Kort, que estaba consultando el mapa.

- Pues ya lo sabéis, guardias –respondió Ghaam a la vez que tomaba su escáner de su mochila-. Atentos a las trampas, nunca me he fiado de este chisme.

Girando una rueda activó el aparato; un pequeño monitor con un mango y varios controles. Entonces se percató de que Dreimel le estaba lanzando una dura mirada. Mantuvo sus ojos fijos en los del comisario sin pestañear y sin mostrar duda alguna en lo que acababa de decir. Al parecer a Dreimel no le gustaba que se despreciara la calidad del material. A Ghaam le quedó bien claro que el comisario nunca había perdido a un hombre por pisar una mina que según el auspex no existía.

La escuadra roja tomó el camino de la derecha mientras Ghaam y los suyos seguían adelante. Derimel empuñaba su pistola con una mano y llevaba la otra sobre la empuñadura de su sable, como en una de esas estatuas de los grandes generales del pasado que todos habían visto en los cuarteles de Kirmhal.

La calzada se abría camino por un gran espacio abierto lleno de hierba y matorrales floridos, como un enorme parque de jardines. A un lado un par de piernas sobre un pedestal eran todo lo que quedaba de una gran estatua del doble de tamaño que un hombre. Sus restos despedazados estaban por el suelo; la cabeza estaba apoyada contra el pedestal bajo un graffiti que decía “¡ASÍ ACABARÁS, CERDO SANGUINARIO!. La cabeza era la de Tritino.

- La gente de esta ciudad no se anda con chiquitas –dijo Pillah mirando a la estatua-. Si hubieran tenido más suerte ni siquiera habría hecho falta venir.

Le sacudió una patada a la gran cabeza de piedra, que ni siquiera se movió.

- Y además predicen el futuro –añadió Otama recordando el estado en que se encontraba la verdadera cabeza del capitán cuando les fue entregada.

- Los que luchan con la furia de los justos no pueden ser derrotados –dijo Dreimel de improviso.

A todos cogió un poco por sorpresa la participación del comisario. Pasado un rato divisaron que la calzada por la que iban entraba en una calle con edificios administrativos a ambos lados. Ghaam ordenó parar ante un montón de escombros que habían sido cuatro estatuas tan enormes como la de Tritino. Tras hacer una última comprobación desconectó el escáner y otreó son sus magnoculares. El comisario tomó sus propios magnoculares e imitó al sargento. A partir de aquel punto había energía en las calles. Las farolas estaban encendidas y algunas ventanas tenían luz.

Ghaam estaba intranquilo con Dreimel. Aparte de aquel pequeño discurso inicial y aquel comentario ante la estatua no había hablado. No había establecido más reglas, ni preguntado nada acerca de sus hombres. Al parecer quería juzgarle interfiriendo lo menos posible en sus actos. En parte agradeció aquello. Debido a su comportamiento ejemplar, Ghaam sólo había tenido un comisario asignado antes que Dreimel. Tuvo que cargar con él trescientos cincuenta días, y el tipo se pasó cada uno de ellos buscando un motivo para ir a por él. Pero aquel desgraciado charlatán se fue con las manos vacías.

Rarminio se arrodilló tras su bolter pesado. Le había desmontado el asiento de la cureña, quizá porque le venía estrecho, así que ahora tenía que ponerse de rodillas para empuñar el disparador. Iyurso se puso junto al alimentador del arma, que ya tenía un cargador insertado. Ambos estaban listos para la acción. Pillah se sentó contra uno de los pedestales de piedra con su rifle aún agarrado por el cañón.

- Eh, mi comisario, señor –llamó Pillah-. Antes creo que no le he entendido. ¿De veras cree que tener una causa justa es suficiente para vencer?.

Dreimel le contestó sin bajar los magnoculares:

- Cualquier soldado puede caer en la batalla, pero si su causa es la justa nunca será derrotado completamente. Sus ideales permanecerán vivos aún cuando el enemigo sólo sea un vago recuerdo.

Pillah sonrió mientras se echaba un cigarrillo a los labios. Kort iba a desviar su atención pero él volvió a hablar:

- Si usted lo dice, señor. Pero creo que más vale mantenerse vivo y luchando que convertirme en mártir por mis ideales.

Cuando Pillah acercó su electroencendedor al extremo del cigarrillo una especie de resorte se disparó en todo el cuerpo del comisario. Su mano libre desenfundó su sable describiendo un tajo hacia la cabeza del guardia. Pillah quedó paralizado al pasar la hoja curvada a sólo unos milímetros de su cara. El encendedor se le cayó de entre los dedos. Ghaam echó un fugaz vistazo, como si hubiera oído algo pero hubiera descubierto que no tenía importancia. Sabía cómo se las gastan los comisarios, pero obviamente Pillah lo acababa de descubrir.

- Tiene toda la razón, guardia –dijo Dreimel a Pillah mientras enfundaba el arma-. Un soldado vivo y luchando es mucho más útil que un mártir, pero no olvide que a todos nos llega nuestra hora del juicio. Procure comportarse como un guardia imperial, y no como un miliciano. Tal vez así pueda creerme que tiene usted algún ideal.

El comisario volvió junto al sargento. El cigarrillo cayó de los temblorosos labios de Pillah partido en dos. Con los ojos aún abiertos como platos, empuñó su rifle como todos los demás. Iyurso contuvo una risotada como pudo.

- Será mejor que andes con cuidado –susurró Iyurso acercándose a Pillah-. La próxima vez te cortará el cigarrillo a la altura de la nuez.

- ¿Ah, si? –tartamudeó el perplejo guardia-. ¿Tú quién eres, su agente de publicidad?.

Iyurso se bajó el cuello de la guerrera para mostrarle su garganta. Una larga cicatriz la cruzaba de lado a lado.

- No, yo sólo era un imbécil como tú.

- No me gusta un pelo –dijo Ghaam sin dejar de otear por entre los brazos de las estatuas-. Vete a saber quién hay en esas ventanas.

- ¿Por qué no utiliza el escáner, sargento? –sugirió el comisario; la primera sugerencia que había salido de su boca.

- Porque sólo tiene un alcance de veinticinco o treinta metros, señor

- ¿No ha presentado una solicitud a intendencia para conseguir otro?. Ese modelo es muy antiguo.

- Así es, señor. Y he persentado tres solicitudes a intendencia, pero aún funciona y por lo tanto aún puede utilizarse. Es poco más que un detector de minas, y a veces ni eso, pero ahora me vendría bien que me dijera si hay alguien esperándonos ahí delante.

Las estrellas daban suficiente iluminación a Otama para ver a lo que se refería el sargento. Cincuenta metros de pavimento raso los separaban de unos edificios cuyas fachadas eran una ventana junto a otra. Ghaam le pasó el visor y al mirar a través de él todo le pareció tan claro como el día, un día iluminado por un sol verde que no era más que la amplificación de la propia luz ambiental. El sargento pareció llegar a una conclusión:

- Nos acercaremos en dos grupos. ¡Equipo de bolter!.

- ¡Señor...! –respondieron Rarminio e Iyurso a la vez.

- ¡Tomen posiciones para cubrir esos edificios!. Otama; llévese a Farhaim, Rilan, Satvu y Kort hasta esa esquina –el sargento señaló la esquina derecha. Avancen sin correr y sin detenerse. Si algo les parece una mina no se acerquen.

Rarminio hizo rodar el bolter pesado junto a uno de los pedestales, justo al otro lado de donde Pillah estaba. El gran guardia permaneció semioculto tras el escudo del arma mientras Iyurso se situaba tras el pedestal con un cargador de repuesto preparado. Pillah tomó posición de tiro apoyándose en las estatuas apiladas, junto a Ghaam y el comisario.

Otama miró detenidamente el suelo que iba a pisar con los magnoculares antes de devolverlos a su sargento. Un disparo láser le arrancó el visor de la mano.

- ¡Joder!.

- ¡En la una, arriba! –gritó Pillah.

Un hombre apostado en una de las ventanas más altas del edificio de la derecha volvió a disparar en dirección a Ghaam. El sargento y el cabo ya se habían cubierto de modo que el disparo solo dio en la cobertura. Rarminio amartilló el bolter pesado, pero para entonces Dreimel ya se le había adelantado y había alcanzado en el hombro al renegado. El disparo del comisario arrancó de cuajo el brazo izquierdo del tirador. Un corto grito de dolor escapó de su garganta y llegó a oidos de Ghaam justo antes de que una ráfaga de proyectiles del bolter pesado despedazara las paredes lanzando escombros a la calle. Varios tiradores más asomaron por otras ventanas del mismo edificio y también del que estaba a su izquierda. Los disparos de láser cayeron sobre la escuadra verde como una brillante lluvia inclinada. El bolter pesado vomitó andanada tras andanada segando con cada serie de disparos a un enemigo. Ghaam se centró en los enemigos a las once disparando su fiel bolter de asalto por entre los brazos de una estatua. Otama se unió a él.

- ¿Por qué cojones no nos han disparado antes? –gritó Pillah sin dejar de disparar.

- ¡Creo que acaban de tomar posiciones! –dijo Kort también a voz en grito.

- ¡Pues qué jodida suerte la nuestra!. ¿Y por qué no han esperado a que salgamos?.

- ¡Yo qué se!. ¡Alguien se habrá puesto nervioso!. ¡Cállate y dispara!.

Farhaim apuntó bajo el marco de una ventana y disparó. La esfera de plasma atravesó la pared y el renegado que se ocultaba tras ella cayó hacia atrás a la vez que algo se inflamaba en aquella habitación. Dreimel apuntó con toda paciencia a otro a través del visor de objetivos de su pistola. En cuanto lo tuvo en el centro de la cruz que se proyectaba en su retina apretó suavemente el gatillo, volándole el corazón de un certero disparo. Un disparo arrancó un pedazo de piedra quemado muy cerca del rostro del comisario, que sólo se echó un poco atrás.

- ¡Pillah, comunicación!

Ghaam y Pillah dejaron sus puestos. El sargento tomó el comunicador a la vez que Kort y Satvu ocupaban sus posiciones. Al abrir un canal, Ghaam vio que la escuadra azul venía por el mismo camino que habían seguido ellos, y tras ella venía un tanque Leman Russ Demolisher.

- ¡Aquí escuadra verde!, ¡hemos encontrado fuerte resistencia en la salida este del parque del sector F!, ¡La escuadra azul ha llegado con un Demolisher!, ¡cambio y corto!

- Escuadra verde, aquí escuadra oro. Eliminen la resistencia y sigan adelante. Corto.

- ¡Me encanta cuando se despiden así, señor! –dijo Pillah cortando la comunicación.

- ¿Qué quieres guardia?, ¿que te pregunten por tu mujer y tus hijos?.

- ¡Al menos se me olvidaría que soy un caraperro, sargento! –añadió el guardia antes de volver a disparar.

El sargento de dio cuenta de que otra escuadra se acercaba a unos cincuenta metros a la izquierda del tanque, llevaban galones rojos pero debían de ser del segundo pelotón.

Aun estando a más de cien metros de los edificios, el Demolisher disparó el cañón láser instalado en su habitáculo y atravesó a uno de los tiradores más elevados. El rayo salió por el techo del edificio y se perdió en el cielo. Pillah aulló de alegría y el resto de la escuadra se puso a cubierto instintivamente y se volvió para ver de dónde venía el disparo. Entre los gritos de sus hombres Ghaam señaló con la mano extendida el camino entre él y la escuadra azul, indicando que ese era el camino libre de trampas. El sargento pareció entenderle y dio alguna orden a los suyos, que inmediatamente se colocaron detrás del tanque para avanzar a cubierto. Tres hombres se subieron al habitáculo y dispararon desde detrás de la torreta.

Varios disparos dieron en el escudo del bolter pesado haciendo que Rarminio intentara ocultarse mejor tras él. Soltando una maldición apuntó al origen de los disparos y lo acribilló justo antes de quedarse sin munición.

- ¡Recarga! –gritó.

Antes de que pronunciara palabra Iyurso ya había cogido el cargador vacío. Acto seguido colocó el que tenía preparado en el alimentador y dio una palmada en el gran hombro del artillero como señal. Ghaam se arrodilló junto a Otama y volvió a disparar desde el lateral de la barricada. Disparó a uno que había tomado posición en una ventana del segundo piso, pero falló. El Demolisher detuvo su avance a unos veinte metros de la escuadra verde y abrió fuego con los bolters pesados de sus barquillas laterales. Una zona de cinco metros cuadrados de fachada quedó pulverizada, y los dos renegados que habían estado allí simplemente se volatilizaron a la vista de los guardias. La escuadra roja abrió también fuego contra ellos. Ahora que estaban más cerca Ghaam pudo ver que llevaban una banda de plata en los galones; eran del segundo pelotón.

Tras presenciar aquello el resto de tiradores desaparecieron de sus posiciones, pero la escuadra verde aún realizó algunos disparos allí donde habían estado.

- Muy bien –dijo Ghaam-. Otama, como he dicho. Id a la derecha. ¡Los otros, conmigo!.

La escuadra verde se dividió en dos grupos que se dirigiron a cada esquina. La escuadra azul tomó sus posiciones bajo el cañón Demolisher como las crías de escorpión bajo la cola de su madre.

Los renegados parecían haber abandonado sus posiciones, ya que nadie intentó disparar. No obstante y a pesar del formidable apoyo con que contaban no dejaron de vigilar arriba y abajo. Ghaam saltó por encima de un gran pedazo de pared y se apostó en la esquina izquierda mientras Otama y sus cuatro hombres hacían lo propio al otro lado de la calzada. Dreimel se movía con agilidad felina a pesar de su elegante uniforme. Su manera de moverse recordaba a Pillah a los comandos de choque. Ghaam volvió a tomar el escáner y, tras conectarlo, dio orden de avanzar por la calle.

Spotlights de otros wikis

Wiki al azar