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Relato No Oficial Caos: La batalla de Purgatory

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Marine caos berserkers khorne batalla.jpg

"¿Aún no hay rastro de ellos, Sargento?" La voz del Capitán Vaughan crepitó en el comunicador.

El Sargento Sern escudriñó el irregular paisaje barrido por el viento, por lo que le parecía la centésima vez antes de acercar el micrófono a su boca. "Todavía nada, señor. Tenemos todo este sector bajo vigilancia, pero por el momento no hay novedad."

"De acuerdo. Manténgame informado de cualquier cambio. Vaughan fuera." El aparato chasqueó y quedó en silencio.

Un golpe de gélido viento barrió la llanura rocosa. Sern sintió un escalofrío. Si era por cansa del viento, o por causa de una profunda sensación premonitoria, era algo en lo que no quería pensar.Desde que Purgatory había sido rescatado por el Imperio de su estado de baja tecnología, una pequeña fuerza de Tropas de Choque de Cadia había sido acuartelada en el planeta. La misión de la Guardia imperial era apoyar a la inexperta y mal equipada milicia de Purgatory Desde su base en el único espaciopuerto del planeta, las tropas de Cadia llevaban a cabo patrullas regulares hasta las remotas colonias humanas en las inhóspitas regiones salvajes.

Purgatory era un mundo frío y poco acogedor. La mayor parte de su superficie estaba cubierta por oscuros y tétricos bosques, cadenas montañosas cubiertas de hielo y áridas llanuras azotadas por fuertes vientos y huracanes. Por causa de ello, los nativos de Purgatory vivían en colonias aisladas, compuestas por apretujados edificios robustos y otras construcciones de gran solidez. Los edificios de más de dos pisos eran una edificación muy poco frecuente. Los habitantes de estas colonias aisladas subsistían explotando los yacimientos minerales del lecho rocoso del planeta y cultivando los suelos pobres en nutrientes, mientras la milicia planetaria defendía a los trabajadores de los mamíferos carnívoros nativos con sus primitivos mosquetes y ballestas.

Sern había odiado Purgatory desde el momento en que vio por primera vez la superficie del planeta desde las ventanas de la nave de desembarco. Un lugar gris e inhóspito, habitado por gente gris e inhóspita. De eso hacía dieciocho meses, y el paso del tiempo no había hecho nada para mejorar su opinión.

Un pequeño remolino recorrió el risco, las cenizas grises giraban entorno al pequeño vórtice. El viento se arremolinó sobre las ropas del guerrero como si buscase una forma de atravesarlas, como un ejército invasor intentando descubrir un punto débil en las defensas del enemigo.

El Sargento Sern desvió por un momento su mirada de la monotonía del paisaje, y observó al triste grupo de hombres que formaban la patrulla. Ésta estaba formada principalmente por miembros a tiempo parcial de la milicia, que además trabajaban en las minas de Purgatory cuando no estaban de servicio. Los mal armados y peor equipados nativos no cumplían ninguno de los requisitos que el Sargento de Cadia consideraba debía tener un soldado, ni mucho menos. Todos eran o bien famélicos y enfermizos, o gordos y demasiado viejos. El peor adversario al que habían tenido que enfrentarse había sido alguna tribu exaltada de la primitiva población humanoide indígena.
Además de él, los únicos guerreros de la Guardia Imperial de la patrulla eran Kratz y Dolst, dos veteranos guerreros que habían luchado a sus órdenes en varias campañas a lo largo de la Frontera Oriental del Imperio. Cada uno de ellos había tenido su ración de muerte y destrucción, e incluso aquí, en este planeta desértico, sin haber estado en combate desde hacía más de un año, los soldados sentían una alegría casi perversa ante la posibilidad de que hubieran desembarcado invasores en Purgatory. La larga espera y las guardias habían empezado a hacerles sentir inquietos, temerosos de estar perdiendo el dominio de sus habilidades. Los entrenamientos y las maniobras no eran un sustituto adecuado para la brutal enseñanza de la guerra. Nada pulía mejor los reflejos de un soldado que las descargas de adrenalina en el fragor de la batalla, cuando se cargaba contra un bunker Orko, o se rechazaba una horda Tiránida. En estos casos, o aprendías, y aprendías rápido, o no veías otro amanecer para cometer una vez más el mismo error.

Cuando empezaron a llegar noticias de otros destacamentos del planeta que hablaban de ataques de salvajes tropas sedientas de sangre equipadas con Servoarmaduras de diseños arcaicos y acompañadas de monstruos que lanzaban extraños gruñidos, gran parte de los nativos se dejaron dominar por el pánico y quedaron sumidos en un estado histérico, pero las Tropas de Choque de Cadia se vieron presas de una morbosa alegría. La principal instalación minera fue puesta inmediatamente en estado de alerta, y se enviaron patrullas para informar del avance del grupo de incursores del Caos.

Una fuerte explosión, a sólo unos pocos metros, sacó a Sern de su ensueño. Una lluvia de polvo y rocas procedentes del punto de impacto, derribó a uno de los hombres de la milicia; la cara y el pecho del soldado habían quedado reducidos a una pulpa sanguinolenta a causa del proyectil que había explotado justo frente a él.

El Sargento Sern entrecerró los ojos y rápidamente recorrió con la mirada la llanura cubierta de rocas. Y entonces, donde antes no había nada excepto el vacío y rocoso desierto, aparecieron de repente numerosas figuras con armaduras oscuras, avanzando decididamente a través de la llanura gris.

"¡Cuerpo a tierra y fuego a discreción!" - gritó el Sargento.

Kratz y Dolst reaccionaron instantáneamente a la orden del Sargento, pero los conmocionados milicianos tardaron unos segundos preciosos en reaccionar, y lo hicieron más por miedo y sorpresa que por obedecer las órdenes. Las tropas de Cadia dispararon una y otra voz sus Rifles Láser contra los atacantes. Parecía como si estos hubiesen surgido de la nada.

AI principio, a Sern las siluetas le recordaban Marines Espaciales, posiblemente del Capitulo de los Ángeles Oscuros o miembros de la infame Compañía de la Muerte de los Ángeles Sangrientos, pero cuando continuaron avanzando, rápidamente reconoció al enemigo como lo que realmente era.

Cuernos retorcidos y pinchos afilados adornaban los cascos de los guerreros y las hombreras de ceramita. Sin embargo, algunas de las armaduras de los atacantes parecían de diseño menos flexible, construidas con placas de plástico ribeteadas. Imágenes de muerte y emblemas del Caos cubrían las Servoarmaduras melladas y corroídas por los años, así como inscripciones de maldiciones y gritos de guerra. Ojos humanos sin vida miraban desde las podridas cabezas que colgaban de cadenas atadas a los cinturones de los Marines. La insignia del cráneo alado permitía reconocer a los atacantes como Marines Espaciales del Caos de la Legión de los Amos de la Noche: la execrable progenie del Acechante Nocturno.

Cadia era la primera línea defensiva del Imperio contra los ataques del Caos procedentes del Ojo del Terror. Los soldados de la Guardia Imperial reclutados en Cadia estaban acostumbrados a enfrentarse a los Marines Espaciales del Caos. A causa de las frecuentes incursiones de las Legiones Traidoras sobre la superficie del planeta, las Tropas de Choque ya se habían enfrentado a enemigos como los Amos de la Noche en numerosas ocasiones. Sin embargo, los representantes de la humanidad en Purgatory habían permanecido ajenos a las acciones de los siervos del Caos al permanecer aislados e incomunicados durante milenios.

Sern tragó saliva. La súbita aparición de los Amos de la Noche en medio de lo que parecía una llanura sin refugio posible, indicaba una increíble habilidad para infiltrarse y desplegarse practicada hasta la perfección en numerosas guerras. Eso, y la formación abierta con que ahora se aproximaban, así como el hecho que éste fuese el primer contacto con los defensores de la instalación minera, dispararon la alerta en la conciencia del Sargento. No eran simples Marines Espaciales del Caos, sino veteranos de mil batallas que ya habían luchado durante la Herejía de Horus.

Sern se había enfrentado al poder de los Oscuros Dioses del Caos en una ocasión anteriormente y había sobrevivido, pero en aquella ocasión formaba parte de un regimiento de la Guardia Imperial. Ahora disponía tan sólo de dos soldados y un puñado de mineros mal entrenados y sin apoyo de armamento pesado. No se molesto siquiera en considerar las posibilidades de supervivencia de su patrulla.

Las armas de la milicia eran totalmente inútiles contra las robustas armaduras de los veteranos. Las balas de escopeta rebotaban en las placas de blindaje, o simplemente se desintegraban inofensivamente con el impacto. Y los dardos de las ballestas apenas parecían penetrar unos milímetros de blindaje ceramítico.

El Sargento Sern levantó su comunicador. En ese instante algo cayó entre las piedras a su espalda con un sonido metálico. En una repentina y desgarradora explosión de estática, el comunicador se sobrecargó con una lluvia de chispas al estallar la granada de Disrupción.

Mientras oía un agudo siseo a su derecha, el Sargento dio media vuelta, seguro de saber qué iba a suceder. Tal y como había, sospechado, el siseo se convirtió de repente en una espeluznante explosión cuando el aire se calentó a su alrededor, y en cuestión de segundos el Soldado Kratz se convirtió en un pellejo seco cuando la explosión del Rifle de Fusión de los Amos de la Noche evaporó todos los líquidos de su cuerpo, que reventó en un estallido de polvo y restos calcificados.

Los Amos de la Noche prácticamente habían llegado hasta ellos, ya que las armas de la patrulla no podían hacer nada para mantenerlos a raya. Si los Marines Espaciales del Caos no hubieran conseguido acercarse tanto, al menos habrían tenido la posibilidad de retirarse hacia la instalación. Pero ahora, huir era imposible: la lucha era la única opción.
El Sargento Sern eligió a un guerrero de aspecto salvaje, que tenía tres cabezas como trofeo balanceándose sobre su armadura erizada de pinchos, y apuntó con su Pistola Bólter. Al apretar el gatillo, disparó varios proyectiles contra el casco del Marine. Por encima del rugir de los disparos de ambos bandos, a Sern le pareció oír un rugido de dolor y vio cómo su objetivo caía hacia atrás. Recuperando el equilibrio, el veterano levantó la cabeza y el Sargento pudo ver el partido muñón de un cuerno demoniaco, y la expuesta y desgarrada piel que asomaba por un agujero en el casco.

Sern vio cómo el Marines Espacial del Caos levantaba su adornado Bólter para disparar y entonces, inexplicablemente, descubrió que estaba caído en el suelo al otro lado del risco. Necesitó varios segundos para que su sistema nervioso comprendiera lo que había sucedido. La primera cosa que le sugirió que algo iba mal fue el ver su brazo tirado a varios metros de distancia. Entonces, de repente, el enfermizo conocimiento de la realidad inundó su conciencia al sentir la sangre caliente manando por el muñón de su hombro con cada uno de los latidos de su corazón, acelerados por la adrenalina. El dolor le dominó con un frío abrazo y sintió cómo se le revolvía el estómago.

Al ver a su oficial gravemente herido, muchos de los colonos perdieron el deseo de enfrentarse a fuerzas tan superiores. Dejando caer sus inútiles armas se pusieron en pie, levantando los brazos en señal de rendición. Los soldados de Cadia vieron impotentes como todos y cada uno de los colonos eran abatidos por certeras ráfagas de Cañón Automático.

El resto de los mineros dieron media vuelta para escapar y descubrieron que estaban cara a cara con más guerreros del Caos. Una segunda escuadra de Amos de la Noche Veteranos había rodeado su posición por retaguardia. ¿Quién podía saber cuánto tiempo habían estado esperando antes de iniciar el ataque? Probablemente habían esperado hasta estar seguros de que conseguirían el máximo placer con su acción, masacrando a los aterrorizados colonos mientras intentaban su inútil huida. No había duda de que estaban disfrutando de cada espasmo de muerte de sus víctimas, saboreando cada expresión de amarga desesperación en los rostros de los hombres que sabían que iban a morir. Estos no eran los valientes y honorables héroes veteranos de los Capítulos Imperiales. Los Amos de la Noche asesinaban a inocentes o a quienes eran más débiles que ellos sin remordimiento. Tenían su propia gama de valores.

Una bota ribeteada pisó la cima del risco, y una figura cubierta con una armadura negra se situó junto al Sargento Sern, mirándole malévolamente desde el interior de la máscara infernal de su casco, que parecía inclinado y desequilibrado al quedarle solamente un cuerno. El miedo dominó el dolor que sacudía su cuerpo, y Sern se arrastró por el polvoriento terreno, intentando llegar hasta el brazo mutilado y la Pistola Bólter que todavía empuñaba.

El veterano observó cómo el guerrero intentaba patéticamente arrancar el arma de la presa de su mano muerta, pero los dedos le resbalaban sobre la ensangrentada culata. "¡Deberías rezar por que te llegará la muerte, perro Imperial! -gruñó el guerrero y a continuación rió con una cruel y gutural carcajada.

Tras saborear aquel último momento, el Marine Espacial del Caos se cansó del espectáculo. Apuntó su Bólter y disparó.

El Hermano Veterano Nadrak recorría el escenario de la carnicería. Allí dónde creía ver algún movimiento, disparaba varias ráfagas con su Cañón Automático. Aquél era el objetivo de la Guerra Eterna. Su objetivo no era iniciar una sangrienta cruzada a nivel galáctico en nombre de los Dioses Oscuros, como aquellos idiotas Berserkers adoradores del Dios de la Sangre, sino matar, y disfrutar haciéndolo. Y dar al Imperio una lección más sobre los despiadados métodos de los Amos de la Noche, sólo servía para obtener un mayor placer.

Pero aquello era sólo el principio. Los Amos de la Noche no habían terminado aún con aquel patético planeta y todo lo que tenía que ofrecerles. Una vez lo hubieran hecho, no quedaría ni un alma con vida sobre el planeta. Aquellos que se opusiesen a su voluntad o no sirviesen para los campos de esclavos morirían, y los Amos de la Noche disfrutarían con sus muertes. Los habitantes de aquel inhóspito planeta pronto pensarían que habían vivido en un paraíso cuando conociesen los horrores de la Disformidad. El infierno había llegado a Purgatory.

El tanque de batalla Leman Russ rugió a lo largo del paso. Sus orugas chirriaban como protestando, mientras el vehículo rodaba a gran velocidad sobre el terreno rocoso. Las escarpadas rocas en lo alto de las laderas de la garganta se levantaban amenazantes a cada lado; los negros muros volcánicos mantenían el paso en una penumbra permanente. Detrás del tanque avanzaba una pequeña columna de Chimeras Imperiales. Los Multilásers de los vehículos blindados de trasporte de tropas giraban a uno y otro lado, cubriendo las laderas del paso como previendo un ataque enemigo.

En el interior del Leman Russ, el Comandante de Tanque Rosman observó a través de los visores del vehículo el desierto plagado de rocas que se extendía frente a él. Su mente sólo estaba parcialmente concentrada en el viaje, ya que estaba ocupada pensando en el ataque de las fuerzas del Caos a la instalación. Existían muchas bases avanzadas como esa, y la fortaleza había sido construida por los colonos del planeta para proteger a las diversas minas de los ataques de los depredadores y los belicosos aborígenes primitivos.

¿Pero por qué interesaba el lugar a una Legión Traidora como los Amos de la Noche? ¿Era tan sólo otra muestra de la afición por la destrucción gratuita e indiscriminada que caracterizaba a los Marines Espaciales del Caos? ¿O los hermanos descarriados de los Adeptus Astartes tenían un propósito todavía más siniestro, más allá de aniquilar a otro mundo indefenso en nombre de sus obscenos dioses?

En cuanto el cuartel general de la Guardia Imperial en Purgatory recibió el informe sobre el inminente ataque contra la fortaleza y la solicitud de refuerzos, el Coronel Drax había enviado inmediatamente la unidad de tan¬ques al mando de Rosman. Rosman había llevado a cabo numerosos ataques contra los enemigos del Imperio por todos los sistemas estelares del Segmentum Ultima, desde romper el asedio de unos invasores Orkos o rescatar a las Fuerzas de Defensa Planetaria de un ataque Eldar.

Pero los Marines Espaciales del Caos eran algo distinto. Imponían respeto y miedo a los soldados de la Guardia Imperial. Aquellos malditos guerreros habían desafiado al Emperador durante siglos, adquiriendo una gran experiencia a lo largo de miles de combates. Pero no era sólo eso, sino que avanzaban hacia el combate junto a los grotescos habitantes del espacio Disforme; criaturas con cuerpo de metal vivo y sangre de fuego líquido.

"Aunque camino por el Siniestro Valle de la Muerte..." - Rosman empezó a murmurar en voz alta.

"¿Perdón, señor?" - preguntó el artillero del Cañón Láser sentado debajo de él en la estrecha panza del tanque.

"¿Qué? Oh, sólo es parte de un proverbio que me enseñó alguien de la vieja tierra, soldado." - explicó Rosman.
"¿Cuánto falta?" - continuó, intentando apartar las imágenes de demonios de sus pensamientos.

"¿Tiempo estimado de llegada?"

"Once minutos, Señor."

El tanque de batalla se estremeció de repente, alcanzado por la onda expansiva del disparo de un arma en el interior del paso. Observando a través de los visores, Rosman vio como una parte del acantilado a la derecha de la garganta estallaba en una erupción de pedruscos. La mayor parte de aquella área del desfiladero empezó a desplomarse en fragmentos de roca tan grandes como el Leman Russ que caían rodando al fondo del paso, obstruyendo parcialmente la ruta de los refuerzos.

Una segunda explosión, como un retumbante estallido, sacudió el tanque y a través del comunicador Rosman oyó un alarido de dolor procedente de uno de los otros vehículos. El comandante de tanques rastreó la parte superior del paso a través de los visores del tanque, pero no pudo ver nada. En ese momento, parte de la ladera detrás del tanque se derrumbó, aislando el Leman Russ del resto del convoy.

"¿Qué ha sucediendo?"

"El Multiláser del Chimera número dos ha sido alcanzado, señor," - respondió un artillero de Bólter desde su posición.

‘’¿Por quién?’’ – Preguntó el desconcertado Comandante.

"Ehm... no lo sé, señor. Podría haber sido un impacto de arma pesada."

"¡Tripulación, todos atentos!" - ordenó Rosman. – ‘’ ¡Si veis algo, disparad a discreción!"

La parte posterior del segundo Chimera se abrió de repente y el vehículo blindado vomitó su carga de soldados de Cadia junto a una nube de humo aceitoso. El disparo que había destruido el Multiláser del trasporte de tropas había provocado una explosión secundaria en el interior del habitáculo. Libres del humo asfixiante, los Guardias Imperiales buscaron inmediatamente posiciones defensivas en el paso.

El soldado Lyle se echó al oscuro suelo de la garganta, manteniendo su cuerpo agachado mientras corría, y se unió a dos de sus compañeros detrás de la gran roca detrás de la cual se habían cubierto mientras trataban de averiguar la posición exacta de sus atacantes.

Y entonces los vieron: Marines Espaciales con Servoarmaduras pintadas de colores brillantes, de pie sobre la cima del acantilado. Los llamativos contrastes de colores y los extravagantes símbolos pintados sobre sus armaduras permitían distinguirlos con claridad contra la línea gris del cielo. Sólo podían ser Marines Ruidosos, Marines Espaciales del Caos dedicados a la adoración del sensual Señor del Placer.

Mientras la Servoarmadura de los Marines Espaciales leales al Emperador era de un color puro y uniforme, las deformadas placas de cerámica y plastiacero de los Marines Ruidosos estaban decoradas con desquiciantes combinaciones de colores. Puntos y líneas irregulares se alternaban con bandas fluorescentes y torbellinos de color. Los contrastes y el uso de colores tan perversos eran suficiente para desquiciar la mente de cualquier hombre cuerdo. Todo ello demostraba los estímulos extremos a los que los sentidos adormecidos de los elegidos por Slaanesh necesitaban exponerse para conseguir una respuesta emocional a sus experiencias. Un oído sobredesarroliado, combinado con siglos de abusos sensuales, habían dejado una huella permanente en la psique de todos los Marines Ruidosos.

Lyle sólo necesitó un segundo para contemplar todo aquello, el cual fue todo el tiempo que necesitaron los Marines Ruidosos para dividirse sus objetivos. Los oídos de los soldados fueron asaltados de repente por un aullido cacofónico que aumentaba y disminuía repentinamente de intensidad. En el interior de las notas metálicas viajaba una extraña armonía, y el soldado de Cadia empezó a sentir un dolor agónico al aumentar el volumen. La tierra vibraba en resonancia con el rugido sónico.

Las armas de varios de los trasportes de tropas resultaron destruidas bajo el fuego de los Marines Ruidosos en medio de una lluvia de chispas carmesíes o violentas explosiones de esquirlas de metal al rojo vivo. Lyle contempló como una Escuadra de Tropas de Choque, que se había parapetado junto al Chimera que había recibió el primer impacto, echaba a correr para atacar al enemigo. Tras avanzar apenas unos metros fueron abatidos por chirriantes ráfagas de sonido procedentes de los Destructores Sónicos de los Marines Ruidosos. Las atormentadoras ondas sónicas destrozaron los órganos vitales, partieron los huesos y desgarraron los cuerpos de los soldados.

Una nota baja, inconcebiblemente profunda, asaltó entonces los oídos de Lyie; parecía seguro que el ruido le dejaría sordo. Desde donde se encontraba, con las manos apretadas sobre las orejas intentando aislarse del demencial aullido de las armas de sus atacantes, el guerrero de Cadia vio como algunos de sus compañeros empujaban un Cañón Automático montado en un afuste sobre ruedas del interior de un Chimera inmovilizado.

Antes de que ni siquiera tuvieran la oportunidad de disparar, los Marines Ruidosos dispararon de nuevo sobre ellos. Lyle miró horrorizado, incapaz de apartar la vista, mientras el cañón se doblaba y el mecanismo explotaba en medio de un gran despliegue pirotécnico. Los restos ardientes y los pedazos de carne chamuscada llovieron sobre el fondo de la garganta.

El Guardia Imperial buscó desesperadamente el tanque de batalla Leman Russ que encabezaba la columna de refuerzos. Pero éste también estaba atrapado y estaba siendo atacado por otros guerreros con Servoarmaduras de colores extravagantes y equipados con armas pesadas de largos cañones.

Y entonces empezó a gritar, a través de los dientes apretados, intentando ahogar el sonido que retumbaba en el interior de su cabeza. Con un retumbar parecido al de un trueno, la enorme roca quedó hecha pedazos. Herido por los afilados fragmentos de piedra, el guerrero de Cadia cayó hacia atrás, sin disponer ya de protección alguna frente a las armas sónicas de los Marines Ruidosos. Las frecuencias agónicas del Amplificador Sónico emitieron señales contradictorias que recorrieron su sistema nervioso, provocando en el Guardia Imperial una serie de espasmos incontrolables. Lyle pudo sentir cómo, primero un ojo y luego el otro, estallaban dentro de su cabeza antes de que le fuese concedido el piadoso descanso de la muerte, al reventar su cuerpo en una deflagración de sangre que bañó las rocas a su alrededor.

En el interior del tanque de batalla, el Comandante Rosman oyó cómo la nota profundamente baja aumentaba de intensidad. Había presenciado la carnicería a través de los visores, mientras su tripulación intentaba inútilmente rechazar a los atacantes. Los Marines Ruidosos caminaban alrededor de los restos ardientes de sus blindados y los cuerpos despedazados de los guerreros de Cadia. No se apreciaban signos de vida en ninguno de los soldados. Algunas figuras, con sus armaduras decoradas con distorsionados motivos de camuflaje de colores anaranjados y púrpuras, estaban aproximándose al tanque por encima de los montones de pedruscos del desprendimiento; en sus manos podían apreciarse descomunales armas de destrucción.

De repente hubo una ensordecedora explosión y el tanque fue sacudido por una onda de choque de increíble potencia, lanzando despedidos a los tripulantes, que quedaron esparcidos por todo el habitáculo. A largo alcance, las armas sónicas de los Marines Ruidosos no causaban ningún efecto contra el habitáculo blindado de plastiacero, pero a corto alcance el impacto era como el de un proyectil antitanque. Los engranajes crujieron dolorosamente cuando el artillero intentó girar la torreta, indicando que alguna pieza esencial podría romperse si seguía intentándolo.

"¡Informe de daños!" - gritó Rosman por encima del discordante crescendo del ataque de los Marines Ruidosos y el traqueteo de los disparos de los Bolters Pesados de las barquillas.

"Cañón Láser inutilizado, -respondió un tripulante, con una herida sangrante en la frente,- y la torreta está averiada. ¡Sólo podemos disparar hacia delante!"

"Y esos malditos de Slaanesh están detrás de nosotros y a los lados," - maldijo Rosman entre dientes.

Aullando por el éxtasis, disfrutando de la reverberación de sus gritos de total desenfreno a través de los extraños tubos acoplados a sus cascos, los Marines Ruidosos bombardearon el tanque de batalla con otra salva de ensordecedores estallidos sónicos de sus Amplificadores Sónicos. Los remaches salían disparados y rebotaban por el interior del vehículo blindado, causando todavía más heridas a sus ocupantes. Liberados del Leman Russ, algunos eslabones de las orugas volaron por los aires.

Un Bólter Pesado explotó bajo las ondas de choque, haciendo explotar la munición en el interior del habitáculo, justo cuando el eje principal de transmisión del vehículo se partió. Al romperse el gran eje de adamantio, éste despedazó los sistemas motrices y de conducción; el siguiente impacto del muro de sonido levantó el tanque en vilo y lo dejó caer de nuevo, cayendo invertido al suelo sobre su aplastada torreta.

Un gran hurra de perverso placer surgió de los Amplificadores Sónicos de los miembros de la Escuadra de Marines Ruidosos que en ese momento rodeaba el tanque volcado. Bajo un ataque tan directo, y con un impacto tras otro de sus temibles armas, el Leman Rass se estaba debilitando. Los continuos disparos hicieron volar por los aires las escotillas y las armas, hasta que el tremendo esfuerzo fue demasiado incluso para el robusto chasis del tanque de batalla.

El metal empezó a deformarse, el blindaje empezó a resquebrajarse y el habitáculo del tanque de batalla acabó siendo penetrado por el estallido sónico. Unos pocos tripulantes, desangrándose por las orejas, la nariz y los ojos, salieron arrastrándose entre los restos del vehículo antes de caer al suelo inconscientes cuando su cerebro se convirtió en gelatina bajo los efectos de las ráfagas de sonido.

Los Marines Ruidosos de Slaanesh celebraron la victoria con un último y feroz acorde de sus armas sónicas, mezclando sus exultantes gritos con el rugido discordante de una cacofoninía infernal de notas destructivas. El Señor del Placer había recompensado su lealtad con la muerte del arma más poderosa de la Guardia Imperial.

Los refuerzos que iban al rescate de los mineros ya no llegarían nunca. Los humanos acorralados en la fortaleza tendrían que rechazar a las hordas del Caos sin ayuda de nadie, o sufrirían una condenación eterna.


El Teniente Corda miró hacia abajo desde el muro de la fortaleza minera y entendió lo que era realmente el miedo. La llanura que se extendía frente a la instalación estaba cubierta de tropas enemigas. Además de los guerreros de armaduras de negro azulado de la Legión de los Amos de la Noche, entre la horda que se aproximaba pudo distinguir a Berserkers de Khorne equipados con armaduras del color de la sangre. La horda del Caos se estremecía y gritaba ansiosa. Los cobrizos Juggernauts gruñían por encima de los cánticos de los Berserkers de Khorne, que se mezclaban con los aullidos y gritos de batalla de los Amos de la Noche.

Los sonidos del interior del fuerte y base minera fronteriza contrastaban dramáticamente con los ladridos y rugidos de la partida de guerra del Caos. En el interior, el Teniente no podía oír nada excepto el llanto de las mujeres y los niños que se apretujaban paralizados por el miedo, en espera de lo inevitable. Todos habían oído historias y mitos medio olvidados sobre el destino de aquéllos que no tenían la suerte de morir directamente a manos de los siervos de los Dioses Oscuros.

Debía haber cientos de enemigos ahí fuera, pensó para sus adentros el Teniente Corda. Muchos más de los que el contingente de tropas del fuerte podía eliminar, pero al menos había refuerzos en camino. Sin embargo, hasta que no llegaran los refuerzos, eran los mineros, los hombres de la milicia y una Escuadra de Tropas de Cadia quienes tenían que defender la posición.

El fogonazo en la bocacha del Lanzamisiles de las Tropas de Cadia saludó el inicio del ataque de los Amos de la Noche. Corda vio cómo uno tras otro, los Misiles de Fragmentación impactaban a su objetivo. A pesar de las explosiones de metralla, los misiles no parecían afectar a los Marines Espaciales del Caos. El Teniente sabía que al final las tropas del fuerte tendrían que enfrentarse a los malditos guerreros de la Disformidad en combate a corta distancia.

"¡Sangre para el Dios de la Sangre! ¡Cráneos para Khorne! ¡Sangre para el Dios de la Sangre!" Aquél era el constante cántico de los Berserkers; sus voces rudas y guturales parecían cualquier cosa excepto humanas. Los nativos esperaron en tensión detrás de los muros del fuerte, que temblaban con cada impacto de los antiguos Cañones de Plasma y los Cañones Láser de los Amos de la Noche.

Corda miró a su alrededor. Las tropas de la milicia estaban parapetadas detrás de defensas construidas o reforzadas a toda prisa. Un viejo depósito de combustible en desuso había sido colocado contra las puertas para formar una barricada, pero Corda dudaba que eso representara alguna diferencia para los feroces Berserkers. Un vehículo sólidamente construido y con forma de jaula había sido transportado hasta el frente por el enemigo, y un grupo de Amos de la Noche estaba intentando liberar lo que había en su interior. Cuando los estimulantes recorrieron el maltrecho cuerpo del Marine Espacial del Caos enterrado dentro de su sarcófago de adamantio, el Dreadnought se liberó de su jaula, finalmente libre de sus cadenas.

Sin rastro alguno de humanidad, con la mente carcomida por la locura y una rabia bestial causada por su encarcelamiento en el interior de su cuerpo robótico, el Dreadnought era como un monstruo salvaje guiado por una ira ciega y psicótica. Con zancadas que hacían temblar la tierra, la amalgama de carne y antigua tecnología poseída por el Caos, avanzó pesadamente hacia las líneas de defensa enemigas. La máquina parecía obedecer más a un instinto asesino, primario e irracional que a un propósito determinado.

Las puertas cedieron, bajo la sucesión de embestidas, y las bisagras saltaron disparadas de sus goznes. En medio de una lluvia de fragmentos de roca y hierros retorcidos, algo muy grande chocó contra el depósito de combustible. Una gigantesca garra de metal mecánica agarró la parte superior del depósito, aferrándolo en una trituradora presa. Los pistones hidráulicos del Dreadnought silbaron protestando al levantar el depósito de combustible del suelo; sus afilados apéndices rasgaron el metal oxidado, y a continuación lo lanzó contra los petrificados defensores. Sus dos antiguos Bolters Pesados entraron en acción simultáneamente, barriendo a los soldados y sus familias con una larga ráfaga de una potencia mortífera.

Corda vio como un guerrero de las Tropas de Cadia atacaba valerosamente a la monstruosa máquina desde un lado, esquivando el ataque de su garra y la mortífera ráfaga de sus Bolters, mientras intentaba seccionar los cables de energía del Dreadnought con la bayoneta de su Rifle Láser. La gigantesca máquina de guerra agarró al guerrero y, con un tijeretazo de sus poderosas garras de adamantio, lo partió por la mitad.

El Teniente apartó la vista de la carnicería que acababa de presenciar, sintiendo cómo el contenido de su estómago le subía por la garganta, sólo para ver cómo otro de los valientes guerreros de las Tropas de Cadia era partido por el Hacha Sierra de un Berserker, de un tamaño obscenamente grande. Los dientes monomoleculares atravesaron la armadura Antifrag y la carne con la misma facilidad; el chirriante filo del arma salpicó el aire con un chorro de sangre del guerrero de las Tropas de Cadia.

El Teniente Corda se encontró de repente en medio de un combate entre colonos, Tropas de Choque y Marines Espaciales del Caos sedientos de sangre. Los Berserkers de Khorne habían penetrado en el fuerte, y los defensores habían sido rodeados. Era imposible resistir la ferocidad de los enloquecidos guerreros y su magnífica habilidad en combate. Sólo era una cuestión de tiempo.

Mientras la caja de mecanismos de sus Bolters Pesados empezaba a brillar de un color naranja incandescente, el Dreadnought se abalanzó contra la multitud de refugiados, abatiendo a los habitantes de Purgatory en una indescriptible matanza sin distinciones de sexo o edad. Los cadáveres destripados eran apartados en una incesante orgía de muerte, mientras varias toneladas de tecnología asesina seguían avanzando, dejando a su espalda una estela de rojas entrañas.

La masacre y el derramamiento de sangre en el interior del fuerte eran palpables; impregnaban el aire con un olor pegajoso y dulzón. Y por encima del ruido de la contienda resonaba el incesante canto de los Berserkers de Khorne sobre el campo de batalla: "¡Sangre para el Dios de la Sangre! ¡Sangre para el Dios de la Sangre!"

"¡Retirada! ¡Replegaos hacia el edificio central!'" - ordenó Corda. La orden la cumplieron inmediatamente todos aquellos que todavía eran capaces de correr. Vendándose una herida en el brazo, el Teniente se abrió paso hasta la última sección del fuerte que todavía no había sido arrasada. El Lanzamisiles que quedaba había sido emplazado allí, y los colonos reemplazaron las bajas sufridas por las tropas en la línea defensiva.

Algo extraño e inquietante estaba empezando a ocurrir en el interior de la instalación. Observando desde su posición elevada, el Teniente Corda estaba seguro de que podía ver una niebla roja que empezaba a envolver los cuerpos de los combatientes situados al pie de las murallas. Era como si la furia salvaje de los Berserkers estuviera adoptando forma física a partir de una nube escarlata que parecía surgir de las armaduras de los guerreros del Caos.

Mientras seguía observando el increíble horror, la tangible rojez pareció espesarse, con formas que se retorcían haciéndose visibles en el interior de la nube, y Corda estuvo convencido con una gélida certeza que Purgatory estaba perdido.

El cielo se había vuelto tan rojo como la sangre que relucía sobre las hachas de los Berserkers, y las tórridas nubes de tormenta, teñidas de carmesí, empañaron el sol. Donde quiera que mirase, el suelo estaba teñido de rojo por la sangre derramada por las víctimas de los Amos de la Noche. Pero incluso entre la horda del Caos nadie podía compararse con los Berserkers de Khorne en el número de colonos y Tropas de la Guardia Imperial que habían caído bajo sus Hachas Sierra y el salvajismo con que ejecutaban la matanza.

Y entonces Corda se percató de repente que los Marines Espaciales del Caos ya no luchaban solos. En medio de los guerreros con armadura había otras criaturas: seres escamosos de piel roja, con largos y musculosos brazos rematados con garras asesinas. El olor de la batalla había atravesado el universo material hasta el espacio Disforme. Su olor dulzón había atraído a los guerreros de la muerte de Khorne al festín de carne mortal. Empuñando resplandecientes espadas, los demonios saltaron sobre los aterrorizados colonos con alaridos inhumanos, enloquecidos por la sangre.

Mientras Corda observaba, anonadado por los monstruosos horrores del espacio Disforme, vio cómo la nube roja iba aglutinándose en algunos puntos. Numerosas criaturas demoniacas del Dios de la Sangre surgieron de la niebla ante sus propios ojos. Todos los horripilantes monstruos del subconsciente colectivo de la humanidad parecían materializarse entre las escenas de carnicería, materializándose a partir de la niebla roja.

Mastines con collares de bronce, cada uno más grande que un hombre, arrastraban a los colonos desde las barricadas, y hundían sus colmillos largos como cuchillos en sus cálidas gargantas. Figuras deformes corrían lanzando alaridos a través de los defensores, con aserradas Espadas Infernales reluciendo con una energía absorbedora de vida. Aquí un horror demoniaco gritaba a través de una boca llena de colmillos que tenía en su estómago; allí el suelo se estremecía con miembros humanos medio formados.

En un punto envuelto por las emanaciones procedentes del espacio Disforme, una pared de cemento se había convertido en carne, con su superficie ondulándose malignamente. Mientras otro Mastín de Khorne arrancaba un pedazo de carne del cadáver de un soldado, cerca de él un sádico Desangrador arrancaba la cabeza de un miliciano con sus manos, lamiendo el jugo carmesí que manaba de ella con su áspera lengua.

El Teniente Corda no pudo soportarlo más. Ordenó al soldado que había junto a él sobre el tejado del fuerte que disparasen con todo lo que tuvieran. Sus compañeros en el interior de la instalación no podían salvarse. Si los soldados de las Tropas de Cadia y los colonos caían a causa de los Misiles de Fragmentación de propio bando, Corda consideraría que les habría rescatado de un destino peor que la muerte. Porque todos sabían que la muerte física a manos de los demonios no constituía el final de ésta; el alma de un hombre podía permanecer cautiva y torturada durante toda la eternidad d espacio Disforme, sin esperanza de libertad, a los pies del trono trono del Dios de la Sangre.

Los demonios, los Marines Espaciales del Caos y colonos de Purgatory fueron abatidos por una tormenta de Misiles de Fragmentación, de Plasma y de Fusión. Por unos instantes, el avance del Caos fue detenido, pero donde caía un miembro de la horda, cinco más estaban ansiosos de ocupar su lugar. El principio del fin se aproximaba para las tropas del Teniente.

Aullando, el Hermano Sargento Melchor de los Berserkers de Khorne partió por la mitad a otro colono con un salvaje golpe de barrido de su Hacha Sierra. En su estado de furia había perdido la cuenta del número de cráneos que ese día había depositado a los pies de Khorne, pero nunca podían ser demasiados. La niebla roja estaba sobre él en ese momento. Podía asegurar que el Dios de la Sangre estaba satisfecho de su Paladín por todo lo que había conseguido, cuando la energía pura del espacio Disforme tomó forma alrededor de él y de sus asesinos hermanos.

La energía del espacio Distarme se arremolinó a su alrededor; las corrientes empezaron a contorsionarse agónicamente cuando empezaron las dolorosos contracciones de las pesadillas de los defensores. La repulsión por el imperio y la necesidad de venganza habian fermentado durante largo tiempo en el atemporal Reino del Caos, y ahora se expresaban en del asalto de los Marines Espaciales del Caos contra el fuerte.

Las mentes y las almas se concentraron exclusivamente en el acto de matar, permitiendo que la influencia del Dios de la Sangre se extendiera desde el espacio Disforme. La ira, el odio y la sed de sangre que cubrían el campo de batalla, empezaron a materializarse a partir del éter en forma de esperpénticas imitaciones de seres vivos. Cuanta más sangre derramaban los Berserkers, más grande era el nexo de unión entre lo material y lo inmaterial. Esto no hacía más que aumentar el deseo de los guerreros oscuros de derramar más sangre y aumentar su terrible ferocidad.

En un extraño momento de lucidez, Melchor, Vengador de Khorne, se concentró en algo más que el cadáver descuartizado de su próxima víctima, y pudo constatar la posición de sus tropas. Por doquier, los Berserkers y los Amos de la Noche parecían controlar la situación; las antiguas Servoarmaduras estaban teñidas de la sangre de sus enemigos. Tanto en número como en salvajismo, los guerreros corrompidos por el Caos gozaban de la superioridad.

Un certero disparo de Rifle Láser de Cadia explotó en el pecho de la armadura del Hermano Melchor, pero ni tan sólo consiguió frenar un poco la carga del Berserker. Por su parte, la armadura Antifrag del soldado no consiguió impedir la despiadada y sangrienta réplica de Melchor. Con cuatro golpes bien dirigidos, el Guardia Imperial fue desmembrado por completo.

El Berserker de Khorne aulló con cruel satisfacción. Aplastarían aquel mundo patético y lo despojarían de su botín. Así el que se hacía llamar Emperador conocería su poder y la desesperación; y en las profundidades de su desesperación los siervos de los Dioses Oscuros tendrían su venganza. La victoria sería de ellos y la Guerra Eterna habría llegado a su fin.

Melchor se recreó en la carnicería de los que se encontraban a su alrededor; su mente estaba completamente dominada por una nube roja. Entonces sintió la aproximación de algo a través de la Disformidad, algo poderoso y terrible: una concentración de sádica crueldad y una bestial ansia de derramar sangre que sólo las masacres más violentas podían atraer y satisfacer. Atraído por el hedor de la batalla y los agonizantes espasmos de muerte de las víctimas, estaba llegando.

El líder de los Berserkers recibió al espíritu demoniaco en el
pinito que divide el tiempo y el espacio, y le habló de todo lo que haría para mayor gloria de Khorne si el Hermano Paladín accedía a sus deseos. Sólo el espíritu de un Gran Demonio podía hacer aquella petición, y Melchor no se entregaría a aquel sacrificio por nadie inferior. Sin apenas pensarlo, el pacto quedó sellado.

Al instante, el Marine Espacial del Caos sufrió una terrible transformación. El cuerpo del Berserker empezó a hincharse rápidamente; la carne revestida de piel reventó las placas de plastiacero, despedazando la armadura. Los brazos se echaron atrás en un brutal espasmo y se alargaron con un audible sonido elástico.

Todo su cuerpo tembló y se retorció mientras su esqueleto y se retorció mientras sus órganos internos se reorganizaban desde el interior. Unos muñones óseos de color negro surgieron entre sus hombros, creciendo a una velocidad desmesurada hasta que se desplegaron formando un gran par de alas de murciélago, ocultando la tenue luz del sol. Las articulaciones se doblaron dolorosamente mientras del interior del cráneo del Marine Espacial del Caos se abría paso el morro de un animal. Durante todo el proceso el cuerpo del guerrero aumentó de tamaño mientras el demonio que le poseía extraía la energía del espacio Disforme vara acelerar la trasformaeion.

La posesión ya estaba completada. Melchor el Vengador ya no existía, y en su lugar había un gigantesco Devorador de Almas. El demonio se acercó a ìas murallas del todavía invicto núcleo del fuerte. Los hombres huían gritando, incapaces de permanecer frente al aura de terror que irradiaba la presencia del demonio. El Devorador de Almas agarró al Teniente de las Tropas de Cadia con una mano gigantesca e introdujo al forcejeante mortal en sus fauces cubiertas del colmillos, masticando con sus dientes afilados la armadura de caparazón y los huesos del humano.

Algunos fragmentos de la Armadura del Marine Traidor seguían colgando de sus monstruosas alas. El demonio de Khorne avanzó por el interior de la instalación, demoliendo muros de hormigón bajo sus pezuñas de bronce y propagando la muerte con su látigo llameante.


El Inquisidor andaba entre los escombros ardientes de la base minera. En su arrugado rostro había una expresión inescrutable. Era evidente por sus fruncidas cejas que los sucesos que habían tenido lugar allí implicaban terribles consecuencias para el Imperio. Una Escuadra de Ultramarines lo seguía por el campo de batalla, manteniendo con orgullo una formación precisa en todo momento. A pesar de su aparente calma exterior, cada uno de los miembros de la Escuadra observaba horrorizado lo sucedido sin dar crédito a sus ojos. El fuerte fronterizo había sido arrasado hasta los cimientos: no quedaba ninguna pared en pie. Algunos cadáveres de Marines Espaciales del Caos yacían entre las cenizas, pero eran superados con creces por los cuerpos descuartizados de los colonos y de las Tropas de Choque de Cadia que cubrían el paisaje.

¿Qué tipo de atrocidades del espacio Disforme habían sido cometidas allí? Todo lo que estuviese relacionado con los Marines Espaciales del Caos enfermaba por completo a los Ultramarines. Los Amos de la Noche, y los otros herejes que se habían aliado a la partida de guerra, constituían la antítesis de los Capítulos leales al Emperador. Habían renegado de lo que una vez habían creado y de lo que los Ultramarines ahora se esforzaban en proteger. No mostraban remordimiento alguno en aniquilar la población entera de un planeta y todo porque en un megalomaníaco capricho creían que tenían algo mejor con qué reemplazarla, algo que ellos podrían dominar mejor.

¡Cómo lamentaba el Inquisidor la debilidad de la condición humana! ¿Cómo podían los mejores Marines Espaciales del Emperador haberse dejado llevar tan lejos de la gracia salvadora del Emperador? ¿Cómo podía aquel poder oscuro haber provocado que los hermanos de armas de los Ultramarines se convirtieran en algo peor que animales salvajes, en algo completamente inhumano?

El Inquisidor tomó nota mental de que no había ningún superviviente; nadie había escapado de una condenación eterna. No había ni rastro de mujeres o niños. Sin duda estaban encadenados en las entrañas de las astronaves de los Amos de la Noche, destinados a una vida de esclavitud en alguno de los abominables Mundos Infernales del Ojo del Terror.

El Inquisidor había sospechado durante mucho tiempo que los Amos de la Noche encontrarían finalmente el camino hasta Purgatory, y que cuando lo hicieran toda la humanidad temblaría frente a sus maquiavélicos planes. Enterrado bajo la superficie del planeta había un artefacto del que se hablaba en la Ordo Maellus entre acallados susurros acompañados de gestos protectores.

Siguiendo el consejo de la adivinación efectuada por los
Psíquicos de la Inquisición, el arma apocalíptica conocida únicamente como Mano de la Noche había sido enterrada en aquel pequeño mundo olvidado. Se decía que era un regalo de los Dioses Oscuros, enviada al universo material directamente desde el corazón del Reino del Caos. Nada podía comparársele en potencia destructiva; ni siquiera los procesos de purga planetaria del Exterminatus.

Tras enviar hebras de energía mental a través del éter del planeta, el Inquisidor percibió que algo faltaba en la intensamente traumatizada aura Psíquica de Purgatory. Algo grande, mortífero y anegado con el poder corruptor del espacio Disforme. Entonces supo que había llegado demasiado tarde. Los Amos de la Noche, y el arma con la cual podían destruir sistemas planetarios enteros, ya se habían marchado.

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