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- ¡SANGRE PARA EL DIOS DE LA SANGRE! -gritó Khârn el Traidor, cargando en medio de una lluvia de proyectiles hacia el Templo de la Suprema Indulgencia. Los proyectiles de Bólter que rebotaban en su armadura ni siquiera frenaron su carrera. El Marine Espacial del Caos sonrió para sí mismo. La antigua ceramita de su armadura le había protegido durante diez mil años. Estaba seguro de que hoy tampoco le fallaría.

A su alrededor los guerreros morían intentando taponarse sus heridas, gritando de dolor y miedo.

Más almas ofrecidas al altar de la batalla del Supremo Señor de la Masacre, pensó Khârn mientras reía como un poseso. Seguro que en el día de hoy el Dios de la Sangre quedaría satisfecho.

Por delante de él, Khârn vio como caía uno de sus Berserkers, su cuerpo había sido cosido a balazos y su armadura se había agrietado y fundido por los proyectiles de plasma. El Berserker aulló de rabia y frustración, sabiendo que no iba a poder participar en la matanza; que no podría hacer más ofrendas a Khorne ni ese, ni ningún otro día. En medio de su frustración, el moribundo guerrero activó su Espada Sierra a máxima potencia y se cortó su propia cabeza de solo tajo. Su sangre manó como una fuente roja para saciar la sed de Khorne.

Khârn pateó la cabeza del guerrero muerto, lanzándola por encima del parapeto de los defensores. Al menos de esta forma su camarada sería testigo de cómo Khârn masacraba a los adoradores de Slaanesh durante los breves y deliciosos instantes que le quedaban antes de morir. En las actuales circunstancias, ésta era la única recompensa que Khârn podía ofrecer a un guerrero tan devoto.

El Traidor saltó por encima de un montón de cadáveres, mientras disparaba su Pistola de Plasma. Uno de los adoradores de Slaanesh cayó, agarrándose los restos de su fundida cara. Destripadora, el hacha demoníaca de Khârn, aullaba en sus manos. Khârn la blandió por encima de su cabeza mientras aullaba su desafío al enfermizo y amarillento cielo del Mundo Infernal.

- ¡Cráneos para el Trono de Cráneos! -aulló Khârn. Por todas partes los Berserkers respondieron a su grito como un eco. Más proyectiles zumbaron junto a Khârn, pero éste los ignoró como podía ignorar el zumbido de un insecto molesto. Cayeron más camaradas suyos, pero Khârn seguía desafiantemente erguido, confiado en la bendición del Dios de la Sangre, pues sabía que todavía no le había llegado la hora.

Todo estaba pasando conforme al plan.

Una marea de guerreros de Khorne fluía a través de las llanuras cubiertas de cráteres hacia el gigantesco reducto de los adoradores de Slaanesh. El fuego de apoyo de la artillería de los Titanes del Caos había reducido a ruinas la mayor parte de las murallas que rodeaban el complejo del antiguo templo. Los desagradables murales pintados en colores fluorescentes habían sido reducidos a átomos. Los obscenos minaretes que coronaban las torres habían sido totalmente destruidos. Las lujuriosas estatuas yacían como colosales cadáveres sin extremidades, mirando al cielo con inexpresivos ojos de mármol.

Mientras Khârn observaba la situación, los misiles seguían surcando el cielo para convertir otra de las secciones de la muralla defensiva en meros fragmentos manchados de sangre, en medio de grandes nubes de polvo. El suelo tembló. Las explosiones retumbaban como un lejano trueno.

Una enfermiza alegría recorrió las venas de Khârn ante la perspectiva de la inminente violencia desenfrenada.

Khârn vivía tan sólo para esto, para estos momentos de acción en que podía probar una vez más su superioridad ante todos los otros guerreros que servían a su Señor. En sus diez mil años de existencia, Khârn no habían encontrado ningún placer comparable al de la batalla, ningún deseo más reconfortante que el deseo de verter sangre. Allí, en el campo de batalla, se encontraba una vez más en su elemento. Estaba donde siempre había deseado estar. Este deseo había sido lo que le había impulsado a traicionar su juramento de lealtad al Emperador de la Humanidad, su destino genético como Marine Espacial, e incluso a sus antiguos camaradas de la Legión de los Devoradores de Mundos. Nunca había lamentado ni por un instante haber tomado estas decisiones. La dicha de la batalla era suficiente recompensa para disipar cualquier posible duda.

Saltó la zanja que había frente al parapeto, ignorando las estacas envenenadas que cubrían el fondo como promesa de una muerte extática a cualquiera que cayera sobre ellas. Gateó por la deslizante superficie rocosa y saltó por encima de la muralla, mientras clavaba firmemente su bota en la cara de un defensor. El hombre gritó y cayó hacia atrás, tratando de detener el chorro de sangre que le salía por la nariz. Khârn blandió a Destripadora y acalló sus gemidos para siempre.

- ¡La muerte ha llegado hasta vosotros! -rugió Khârn mientras se lanzaba sobre una masa de depravados adoradores.

Destripadora zumbó. Sus dientes mordieron la dura ceramita, haciendo saltar chispas en todas direcciones. El golpe atravesó la armadura de su objetivo, abriéndole un profundo tajo desde el estómago hasta el esternón.

Los restos del guerrero cayeron hacia atrás, todavía sosteniéndose sus entrañas. Khârn se desprendió de él de un golpe con el dorso de la mano y cargó contra los compañeros del finado, golpeando a diestra y siniestra, matando a un enemigo con cada golpe.

El líder de los adoradores gritó frenéticamente varias órdenes, pero ya era demasiado tarde. Khârn estaba entre ellos, y ningún hombre había conseguido jamás, enfrentarse a Khârn en combate cuerpo a cuerpo y vivir para contarlo.

El número 2243, seguido del 2244, parpadearon ante sus ojos. Las antiguas cifras góticas del contador de bajas digital que se sobreimpresionaban en el campo de visión de Khârn crecieron rápidamente. Khârn estaba muy orgulloso de este arcano dispositivo, que le había regalado el Señor de la Guerra Horus hacía muchos años. En esta era de degeneración ya no se construían dispositivos como éste.

Khârn gruñó orgullosamente mientras su número de ofrendas para la campaña seguía creciendo rápidamente. Todavía le faltaba mucho para poder superar su marca personal, pero no por eso iba a dejar de intentarlo.

Los hombres gritaban y aullaban mientras morían. Khârn rugía de placer, matando a todos los que se ponían a su alcance, regocijándose con el crujir de los huesos y las salpicaduras de sangre. El resto de las tropas de Khorne aprovechó la gran destrucción causada por el Traidor. Asaltaron las murallas como una masa aullante, despedazando a los adoradores de Slaanesh. Desmoralizados por la muerte de su líder, ni siquiera estos fanáticos adoradores del Señor del Placer consiguieron mantener sus posiciones. Desmoralizados, se dejaron dominar por el pánico y huyeron.

No merecía la pena matar a unos patanes tan patéticos, decidió Khârn, golpeando mientras reflexionaba y matando a aquellos adoradores de Slaanesh que pasaban demasiado cerca de él mientras huían. 2246, 2247, 2248, el contador de bajas seguía aumentando. Había llegado el momento de cumplir su propia misión.

Había llegado el momento de encontrar el objeto que había venido a destruir, un arcano artefacto conocido como el Corazón del Deseo.

- ¡Al ataque! - rugió Khârn mientras cargaba hacia la boca abierta de la maliciosa cabeza de piedra que formaba la entrada al edificio del templo principal.

El interior estaba en silencio, como si el rugido de la batalla no pudiera penetrar sus muros. El aire estaba cargado de extrañas fragancias.

Los muros tenían un aspecto poroso, como si estuvieran hechos de carne. La tenue luz teñida de rosa era extraña; lo iluminaba todo, pero no podía discernirse cuál era su origen. Khârn cambió al sistema de sensores automáticos de su casco, por si en la penumbra se ocultaba alguna sorpresa desagradable.

Sacerdotisas con ropas de cuero y máscaras cubriéndoles la cara, emergieron de las acolchadas entradas del templo. Fustigaron a Khârn con látigos que provocaban corrientes de dolor y de placer por todo su cuerpo.

Un hombre menos endurecido que Khârn, se habría visto abrumado por las sensaciones, pero Khârn había servido durante milenios a su dios, y las impresiones que sacudían su cuerpo no eran más que un pálido reflejo de las sensaciones que la batalla había despertado en él. Cortó de un tajo la carne serpentiforme de uno de estos látigos vivientes. Del corte empezó a manar sangre venenosa. La mujer gritó como si hubiera sido ella la herida.

Observando con más detenimiento, Khârn comprobó que la mujer y el látigo eran una misma entidad. Una cabeza demoníaca mordió la empuñadura de su arma y enterró sus colmillos en su muñeca. La curiosidad de Khârn ya había sido saciada. Mató a la sacerdotisa con un golpe lateral de Destripadora.

Un extraño y ahogado grito de rabia y odio le advirtió de un nuevo peligro. Se giró y vio que uno de los otros Berserkers, espiritualmente menos puro que él, se había dejado dominar por la maldad del látigo. El hombre había roto su casco y su cara estaba distorsionada por una enfermiza y ensoñadora sonrisa que estaba totalmente fuera de lugar en los rasgos de uno de los elegidos del Khorne. Como un sonámbulo, avanzó hacia Khârn y le atacó con su Espada Sierra. Khârn se rio a carcajadas mientras paraba el golpe y mataba al hombre con un golpe de revés.

Un rápido vistazo a su alrededor le permitió comprobar que todas las sacerdotisas estaban muertas y que la mayoría de sus seguidores habían matado a los camaradas que habían sucumbido al efecto de las drogas. Bien, pensó Khârn, pero una parte de él estaba decepcionado. Había esperado que más de sus camaradas sucumbieran a la traición. Lo mejor era medirse contra verdaderos guerreros, no contra esos decadentes adoradores de un dios débil. Destripadora aulló su frustrado deseo de sangre, gimiendo en su mano como si quisiera volverse contra él si no la alimentaba con más sangre, y pronto. Khârn sabía cómo se sentía su hacha. Se giró, ordenó con un gesto a sus camaradas que le siguieran, y siguió adelante corriendo por el corredor.

- Seguidme -gritó-, ¡a la matanza!

Al atravesar una gran arcada, los antiguos Marines Espaciales entraron en el santuario interior del templo, y Khârn supo en seguida que había encontrado lo que había venido a buscar. La luz atravesaba el techo de cristal tintado. Mientras observaba el lugar, Khârn se dio cuenta de que la luz no atravesaba el techo, sino que se generaba en el propio cristal. Los motivos del techo brillaban con una fantasmagórica luz interna y se movían.

Estaban formados por una confusa masa de hombres y mujeres, mutantes y demonios que representaban todos y cada uno de los terribles actos que los depravados adoradores de un dios corrupto podían llegar a imaginar. Y, como pudo notar Khârn, podían imaginarse un montón.

Khârn levantó su pistola y disparó, pero el cristal simplemente absorbió la energía del arma. Un sonido similar al de un gemido de placer llenó la sala, mientras una risa burlona atraía la atención de Khârn hacia el trono que dominaba el otro extremo de la gigantesca sala. En trono estaba esculpido en una única gema que latía y cambiaba de color, pasando del ámbar al lavanda, de éste al rosa, del rosa a un blanco calizo, y vuelta a empezar, pasando por un titilante y aleatorio surtido de colores iridiscentes sin ningún sentido y que hacían daño a los ojos. Khârn sabía sin que nadie se lo dijera, que ese trono era el Corazón del Deseo. Sus sentidos, acostumbrados por miles de años de exposición a la materia del Caos, le dijeron que el objeto irradiaba poder. En su interior se encontraba atrapada la esencia de un Príncipe Demonio, sometido para toda la eternidad al capricho de Slaanesh como castigo a alguna antigua traición. El hombre sentado tan regiamente en el trono no era más que una marioneta que apenas merecía la atención de Khârn, excepto como la de algo que debe aplastarse como una mosca.

El hombre miró con desprecio a Khârn, como si hubiera cometido la temeridad de sentir lo mismo con respecto al siervo más devoto de Khorne. Su maza izquierda acariciaba el pelo de la atraillada y desnuda mujer que se acurrucaba a sus pies como si fuera una mascota. En su mano derecha sostenía una espada rúnica de forma obscena, que brillaba con una luz siniestra.

Khârn avanzó para enfrentarse a su nuevo enemigo. El golpetear de las pesadas botas de ceramita contra el mármol le dijeron que sus camaradas Berserkers le seguían. En poco más de un centenar de zancadas, Khârn llegó a los pies del trono, donde alguna extraña fuerza mística le obligó a detenerse y clavar la vista en él.

Khârn no dudó ni por un instante que se encontraba frente al líder del culto.

El hombre tenía el asqueroso y depravado aspecto de un antiguo e inmortal devoto de Slaanesh. Su cara era pálida y fantasmagórica; el maquillaje ocultaba las oscuras bolsas que tenía bajo los ojos. Un repugnante casco le cubría la parte superior de la cabeza. Mientras se levantaba, su capa rosácea y blanca onduló detrás de él.

Gruesas tiras de cuero endurecido cruzaban su torso desnudo, dejando entrever extravagantes e inquietantes tatuajes.

- Bienvenido al Corazón del Deseo -dijo el servidor de Slaanesh con una voz suave e insinuante que de alguna forma podía oírse claramente por toda la sala y exigía una atención inmediata y respetuosa. Khârn se puso inmediatamente en guardia al notar la magia de esa voz, del persuasivo poder capaz de doblegar la voluntad de los mortales ante la voluntad de quien lo utiliza. Luchó para evitar que la furia que arde eternamente en un pecho se apagara bajo la influencia de esos mesmerizantes tonos-. ¿Qué deseas?

- ¡Tu muerte! -bramó el Traidor, aunque sentía como su avidez de sangre se veía atemperada por esa extrañamente confortante voz.

El líder del culto le observó detenidamente.

- Vosotros, los adoradores de Khorne sois tan terriblemente predecibles... Siempre la misma tediosa y poco imaginativa cantinela. Supongo que se debe a que adoráis a esa monomaníaca deidad vuestra. Sin embargo, supongo que no se os debe criticar por la falta de imaginación de vuestro dios.

- ¡Cuando Khorne haya devorado tu alma, pagarás por esta blasfemia! -gritó Khârn. Sus camaradas gritaron su conformidad, pero de forma menos entusiasta de lo que Khârn había esperado. Por algún motivo, el hombre del trono no parecía estar preocupado por la presencia de tantos hombres armados en su santuario.

- Permíteme decirte que lo dudo. Como puedes ver, mi alma hace mucho que pertenece al tres veces bendito Slaanesh, por lo que a no ser que Khorne quiera meter sus garras por la garganta de Slaanesh o algún otro orificio, le será muy difícil conseguirla.

- ¡Ya está bien de cháchara! –Gruñó Khârn- ¡Vas a morir!

- ¡Oh! Sé un poco más sensible -dijo el líder del culto mientras levantaba una mano. Khârn sintió una oleada de placer que intentaba dominarle, como la que había sentido anteriormente cuando le habían atacado con los látigos, pero mil veces más fuerte. A su alrededor pudo oír como sus hombres gemían y jadeaban.

- ¡Piénsatelo! Puedes conseguir una eternidad de placer con una simple caricia de mi señor Slaanesh, mientras tu alma se pudre lentamente y se sumerge en su confortable abrazo. Cualquier cosa que desees, cualquier cosa que jamás hayas deseado, puede ser tuya. Lo único que debes hacer es jurar lealtad a Slaanesh. Créeme, no hay ningún problema.

Mientras el líder del culto hablaba, las imágenes se agolpaban en la mente de Khârn. Tuvo visiones de su juventud y de toda la felicidad que había conocido antes de la rebelión de Horus y la Batalla de Terra. Por alguna causa todo aquello le parecía tan evidente y reciente, y sobre todo tan deseable, que casi le hizo humedecer los lagrimales.

Vio infinitos banquetes de comida y bebida. Por unos instantes su paladar fue estimulado por todo tipo de extraños y maravillosos sabores, y su cerebro se estremeció con una miríada de placeres y estímulos. Visiones de doncellas diáfanamente vestidas bailaron frente a sus ojos, tentándole seductoramente.

Por un instante, y muy a su pesar, Khârn sintió la casi imperceptible tentación de traicionar su antiguo juramento al Dios de la Sangre.

¡Realmente se trataba de una magia muy poderosa! Sacudió la cabeza y se mordió el labio hasta que éste sangró.

- ¡Ningún auténtico guerrero de Khorne se dejaría seducir por un truco tan patético! -gritó.

- ¡Bendito sea Slaanesh! -gritó uno de sus seguidores.

- ¡Alabemos al gran Señor del Placer! -gritó otro.

- Sirvámosle y adorémosle -dijo un tercero mientras el resto de sus camaradas se postraban ante el Líder del Culto.

Khârn se giró para observar a sus hombres. En su mente se agolpaban los sentimientos de incredulidad y odio. Al parecer, sus hombres no poseían su fuerza de voluntad ni su fe en el poder de Khorne, por lo que estaban dispuestos a traicionarle por unas ridículas promesas de placer. En todas las caras, en cada postura, podía ver una bobalicona adoración hacia el pavoneante gallo presumido del trono.

Khârn sabía que en estas circunstancias tan sólo podía hacer una cosa.

El líder de Slaanesh llegó obviamente a la misma conclusión.

- ¡Matadle! -ordenó- ¡Entregad su alma a Slaanesh y seréis recompensados con un éxtasis indescriptible!

El primero de los camaradas de Khârn levantó su Pistola Bólter y apretó el gatillo. Khârn saltó rodando hacia un lado, evitando el proyectil que iba bien apuntado hacia su cabeza por tan sólo unos milímetros. El Traidor recompensó al desertor con la medicina de Destripadora. El Hacha Sierra chirrió cuando mordió la armadura, partiéndola limpiamente en dos. El guerrero emitió un mudo gemido mientras su alma corrompida por Slaanesh iba directamente al infierno.

El resto de los Berserkers se lanzaron de repente sobre él. Khârn se vio obligado a luchar por su vida inmortal. Esta vez no se trataba de meros adoradores de Slaanesh. A pesar de haber sido tentados por éste, antaño habían sido valientes adoradores de Khorne; feroces, mortíferos y sanguinarios guerreros. Poderosos mazazos golpearon a Khârn. Gigantescas Espadas Sierra intentaban partir su armadura cubierta de runas. Los proyectiles de Bólter arrancaban fragmentos de su placa pectoral. Khârn siguió luchando impertérrito, henchido por el placer de la batalla, sintiendo un gran placer cada vez que Destripadora se cobraba una nueva vida. ¡Al fin podía enfrentarse a un enemigo digno de ser considerado como tal! El contador de bajas había llegado a 2460 y seguía creciendo rápidamente.

Khârn detuvo instintivamente un golpe lateral que destruyó uno de los cráneos de metal que colgaban de su cinturón.

El Traidor se prometió a sí mismo que lo sustituiría por el cráneo del que lo había roto. Su contragolpe le permitió cumplir su promesa. Blandió a Destripadora formando una trayectoria en forma de ocho, y despejó un área a su alrededor, enviando a dos traidores más a pedir excusas al Dios de la Sangre. Una irrefrenable avidez de sangre le estimuló de pies a cabeza, dominando incluso la soporífera influencia del Corazón del Deseo. Por unos instantes Khârn luchó con todo su poder desenfrenado. Se había transformado en una imparable máquina de matar, ante la que nada podía resistir.

Los corazones de Khârn latieron con fuerza.

La sangre le hervía en sus venas y el deseo de matar le hizo aullar incontrolablemente. Los huesos se partían en mil astillas a cada golpe de hacha. Su pistola arrancaba inmisericordemente la vida a sus objetivos. Khârn pisoteó la cabeza de los caídos, aplastándolas como si fueran de gelatina. Khârn ignoró cualquier dolor o sentido de la auto-conservación, y luchó por el puro placer del combate.

Mató, y siguió matando sin cesar.

Todo acabó en breves instantes, y Khârn quedó solo en medio de un círculo de cadáveres.

Jadeaba, y pequeños hilos de sangre manaban de una docena de puntos en que su armadura había sido perforada.

Le parecía que el último golpe de la maza le había roto una costilla, pero había triunfado. Según su contador, el número de muertos ya ascendía a 2485.

Notó la presencia de una víctima más y se giró para enfrentarse a la figura del trono.

El líder del culto seguía de pie, observándole con una estúpida expresión de incredulidad y disgusto en su cara. La chica desnuda había huido. El trono pulsaba tentadoramente.

- Es cierto lo que dicen - dijo el hombre con un suspiro.- Si quieres que las cosas estén bien hechas, debes hacerlas tú mismo.

La insinuante voz calmó la furia de Khârn, y le hizo notar todo su cansancio y agotamiento. El líder del culto bajó del trono. Khârn se sentía demasiado cansado para detener su ataque. Sabía que debía sobreponerse rápidamente al hechizo. La espada rúnica penetró su armadura, y una oleada de dolor y placer sacudió el cuerpo de Khârn como una descarga eléctrica. Reuniendo todo vestigio de la rabia que le quedaba, Khârn se lanzó al ataque. Demostraría a este afeminado lo que era un auténtico guerrero.

Khârn golpeó. Destripadora mordió los tatuajes de la muñeca del hombre. En los dientes de la sierra quedaron pegados trozos de carne y gotas de sangre. El fétido olor a hueso quemado llenó el aire mientras la mano se separaba del cuerpo, y empezaba a arrastrarse con vida propia. Khârn la pisoteó y un rictus de dolor apareció en la cara de su poseedor, como si la mano todavía estuviera unida a su cuerpo.

Khârn volvió a golpear. La cabeza del adorador del Slaanesh se separó de su cuerpo. El cuerpo sin cabeza siguió blandiendo la espada, como una marioneta todavía controlada por las cuerdas de la voluntad de su amo. La espada alcanzó a Khârn y la descarga de sensaciones casi le hizo hincar una rodilla en tierra.

- ¡Buen truco! -rugió Khârn, notando como la mano serpenteaba alrededor de su bota- Pero ya lo había visto antes.

Enterró su Hacha Sierra en la cabeza, partiéndola por la mitad. El cuerpo cayó al suelo, como una marioneta a la que se le cortan las cuerdas. 2486, pensó Khârn con satisfacción.

El Traidor avanzó hacia el trono. Éste latía seductoramente ante él. Entre sus múltiples facetas le pareció ver la cara de una hermosa mujer, la más bella que jamás había visto, y también la más maligna. Su cabello era largo y dorado, y sus ojos eran azules. Sus labios eran carnosos y rojos, y los pequeños colmillos blancos que emergían de su boca no estropeaban en absoluto no perfecta belleza. Ella le miró suplicantemente. Khârn sabía que estaba cara a cara con el demonio atrapado en el interior del Corazón del Deseo.

- Bienvenido, Khârn -dijo una voz seductora en su cabeza-. Sabía que vencerías. Sabía que eres el mejor. Sabía que tú serías mi nuevo amo.

La voz era conmovedora. En comparación, la voz del líder del culto no era más que un pálido eco. Pero la voz también era engañosa. Orgulloso como era, poderoso como había llegado a ser, Khârn sabía que ningún hombre podría llegar a dominar realmente a un demonio. Ni siquiera un antiguo Marine Espacial como él.

Khârn sabía que su alma estaba una vez más en peligro, y que debía hacer algo rápidamente. Pero una vez más se vio subyugado por la suavidad de la voz de un adorador de Slaanesh.

- ¡Siéntate! Conviértete en el nuevo gobernante de este mundo, y expulsa a esos impertinentes entrometidos de la superficie de tu planeta.

Khârn tuvo que hacer un gran esfuerzo de voluntad para permanecer sereno mientras el trono pulsaba hipnóticamente frente a él, y un fuerte olor almizcle llenaba su nariz. Khârn sabía que si se sentaba estaría atrapado, como había quedado atrapado el demonio. Se convertiría en un esclavo de la criatura encerrada en el trono. Le sería arrebatada toda su voluntad, y se convertiría en una decadente e inútil sombra de lo que había sido Khârn.

Aún así sus miembros empezaron a moverse con voluntad propia. Sus pies le llevaron lenta pero decididamente hacia el trono.

Una vez más, la mente de Khârn fue seducida por visiones de una eternidad de corruptos placeres. Una vez más se vio a sí mismo abandonándose a todos los excesos imaginables. El demonio le prometió todos los éxtasis posibles, pues estaba en su poder la posibilidad de conceder esos placeres y muchos más. Khârn sabía que era muy fácil conseguir todo lo que pudiera llegar a desear. Todo lo que tenía que hacer era salir al exterior y decir que había destruido el Corazón del Deseo. Él era Khârn. Si él lo decía, le creerían, y después de todo sería fácil seducir a los adoradores de Khorne para que aceptaran una extática servidumbre o una gozosa destrucción.

¿Y no lo merecía después de todo? Le habían apodado el Traidor, cuando lo único que había hecho era ser más leal a su dios que los débiles y estúpidos siervos que había degollado. La voz del demonio calló y las visiones acabaron, como si la criatura del trono se hubiera dado cuenta de su error, pero ya era demasiado tarde.

Khârn era totalmente leal a Khorne, y sólo había lugar para una cosa en su salvaje corazón. Khârn había traicionado y matado a sus camaradas de los Devoradores de Mundos porque éstos no habían permanecido fieles a los verdaderos ideales de Khorne y se habían retirado del campo de batalla antes de haber conseguido la victoria o haber sido destruidos.

El recuerdo de lo sucedido le dio las fuerzas que necesitaba. Se giró y observó la habitación. El hedor de los cadáveres desmembrados y la sangre llenaban sus conductos olfativos como si se tratara de un perfume. Recordó la alegría del combate, la emoción de vencer a sus camaradas. Recorrió con la mirada la sala cubierta de cadáveres y el suelo teñido de sangre. Él era el único ser vivo de la habitación, y era él quien lo había logrado. Se dio cuenta de que comparado con este placer, el sentimiento de conquista y victoria, lo que el demonio le ofrecía no era más que una mera ilusión.

Khârn se giró y golpeó el trono maldito con Destripadora. Su hacha aulló sedienta mientras sorbía con frenesí la antigua y corrupta alma atrapada en su interior. Y una vez más, Khârn sintió la emoción de la victoria, y supo que jamás se lamentaría de haber rechazado la oferta del demonio.

2487. La vida después de todo no es nada más que esto, pensó Khârn.

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