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Relato No Oficial Caos: Batalla del Bastión de Czevak

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Atención: Material No Oficial sin Sello de Calidad Wikihammer


Ahriman.jpg

Ahriman en batalla

Soy Zhefon, Hechicero supremo, elegido de nuestro maestro Ahriman y fiel súbdito de El Que Cambia las Cosas, Tzeentch.

Después de sangrientas campañas sobre la superficie de Armaggedon, tuve el eterno honor de ser llamado por mi señor para formar parte de su escolta personal; me llamaban el Bendecido del Señor del Cambio, mi dios me había otorgado un tercer ojo que ocultaba bajo un casco dorado en forma de dragón, además poseía mucho más poder que cualquier otro mago de los elegidos de Ahriman.

Había llegado en el mejor momento, Ahriman había encontrado la base del inquisidor Czevak y dentro de poco conseguiríamos la información que necesitaba, la forma de llegar a la Telaraña Eldar y encontrar la Biblioteca Negra. Empiezo a contar mi historia desde que llegue a la batalla del bastión de Czevak.

Todo mi cuerpo se convulsionaba y cambiaba, estaba siendo teletransportado por la magia de Ahriman. Nada más acabar el hechizo me preparé, apunté y un proyectil infernal surcó el cielo hasta irse a estrellar contra la cabeza de un guardia imperial que explotó en mil pedazos. Luego rogué a Tzeentch que me protegiese y empecé a correr con mis compañeros hasta la entrada; íbamos a volar la puerta con un potente hechizo. Estábamos respaldados por nuestros hermanos autómatas que no habían soportado la grandiosa carga de la Rubrica. Corría a más no poder mientras disparaba a los Guardias que explotaban y se consumían en un infierno de llamas azules. Un Guardia enloquecido se dirigía hacia mí y le chamusqué en un abrir y cerrar de ojos escupiéndole fuego por la boca, pobre infeliz. Seguíamos corriendo y ya el hermano Zarvius y el hermano Vanyelius habían sucumbido a los disparos. Nos disponíamos a llegar a nuestro destino cuando un montón de ogretes cayeron del muro y empezaron a atacar. Le rebané a uno el brazo y a otro lo acribillé a disparos pero eran demasiados y empezaba a pensar que no resistiríamos.

Entonces apareció él, nuestro Maestro Ahriman; empezó a cantar los salmos del Cambio mientras unos tecnoherejes le acompañaban con sus incensarios, de repente, surgió un vórtice detrás de los ogretes y el corazón se nos lleno de regocijo, nuestro señor Tzeentch nos enviaba sus huestes de horrores, incineradores y aulladores. Los ogretes no duraron mucho tiempo, mientras uno era devorado por aulladores furiosos que le pasaban como avispas rabiosas, otros dos más morían abrasados por incinerados. Un horror saltó a la cara de un ogrete pero este le cortó por la mitad antes de que le alcanzase; lo que no se esperaba era que ese horror se había dividido en dos y al momento tuvo a docenas horrores atacándole por todas partes mientras se iban dividiendo en más cada vez que mataba a uno; al ogrete se le agotó la munición y con él se acabó la amenaza de ogretes ya que murió destripado por toda una horda de horrores que había creado él solo.

Por fin llegamos a la puerta, blandimos nuestras espadas demoníacas, concentramos todo nuestro poder en ellas y el hechizo funcionó; unos rayos surgieron de ellas, se juntaron y con una explosión, la puerta se destruyó. Entramos corriendo y utilizamos todo nuestro poder, los rayos láser silbaban pero mi ojo me ayudó mucho, mientras esquivaba los disparos del enemigo, yo se los devolvía causando más muertes.

cz Ahriman que había estado en el frente cubriéndonos, montó en un aullador y cruzó el cielo teñido de rojo para ayudarnos, se bajó en medio de la plaza y empezó a pedirle a Tzeentch más poder y Él se lo concedió, su cuerpo desprendió una energía desmesurada, clavó su Báculo Negro y toda esa energía salió despedida recorriendo las almenas y la plaza del fuerte como si de un viento letal se tratase; ningún guardia se salvó. Ya solo quedaba encontrar a Czevak, el muy cobarde no había ayudado a sus huestes; se había refugiado en su fuerte, seguramente preparándose para nuestra llegada. Mi espada demoníaca estaba contenta, rugía de placer ya que dentro del fuerte encontraríamos más resistencia, aunque nada difícil para el poder de los mismísimos hijos de Tzeentch.

Habíamos llegado; una horrorosa efigie del Emperador aparecía grabada en la puerta de la sala donde nos esperaba Czevak. Un hechicero vomitó una llamarada de fuego y derritió aquella abominación. Abrimos la puerta y allí estaba Czevak, pero no nos esperaba solo, había hecho llamar a una escuadra de Caballeros Grises, los cazadores de demonios, pero a nosotros sus alabardas Némesis no nos asustaban.

-Czevak, dentro de muy poco sacaré el secreto que guardas aunque sea lo ultimo que haga-le amenazó Ahriman a Czevak.

-Así será, pues de esta sala no saldréis con vida.

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Señor de la transformación

Dos compañeros míos empezaron a temblar, no sabía si por la emoción o porque los habían asustado los Cazadores pero de repente empezaron a brillar y a abrírseles la piel; cuando los Caballeros se dieron cuenta y empezaron a acribillarlos ya era demasiado tarde, Tzeentch había querido participar en esta batalla y para eso había ocupado los cuerpos de mis hermanos, dos hermosos Señores de la Transformación habían surgido de sus cuerpos, la batalla era nuestra. Czevak empuñó su espada y Ahriman comenzó a acumular disformidad, lo iba a dar todo en esta batalla. Las alabardas de los cazadores empezaron a crepitar energía y se lanzaron a por los demonios. La verdadera batalla había comenzado.

Los caballeros grises cargaron rápida y enfurecidamente. Los señores de la transformación se elevaron a la vez que agarraban fuertemente sus bastones para empezar a conjurar pero empezaron a recibir la primera lluvia de balas de los combibolter de los caballeros. Mientras, nosotros nos ocupábamos de crear un potente hechizo protector para Ahriman mientras esquivaba con una agilidad reptilínea a los caballeros y se aproximaba a Czevak. Los grandes demonios habían creado el mismo escudo protector para protegerse de las balas y ahora cargaban contra los caballeros a la vez que escupían fuego mágico por sus picos. Uno de ellos tuvo mala suerte, quiso pegarle un mordisco al comandante de los caballeros pero este lo esquivó y con un golpe ágil, cercenó la cabeza del ave. El otro demonio, desconcertado y viéndose en apuros, decidió pasar de los cazadores de demonios y siguió las ordenes que Tzeentch le había mandado; atacó a Czevak. Este que estaba distraído con la mortal carga de Ahriman, no le vio venir y cuando se quiso dar cuenta algo le quemaba la espalda. Una carcajada resonó por todo el inmaterium, los planes de Tzeentch iban a la perfección. En unos instantes, Czevak estaba dando vueltas mientras ardía en el fuego mágico.

-¡¡Noooo!!-aulló Ahriman. Todas sus esperanzas se habían ido en un cerrar de ojos, Czevak había muerto y con él su secreto.

Capitán caballero gris.jpg

Caballero Gris

Después de tantos años buscando a Czevak y ahora por culpa de un estupido demonio, todo se había evaporado. Le lanzó un rayo con tanta fuerza psíquica que éste explotó en mil pedazos y se convirtió en una masa sanguinolenta con plumas. Los caballeros estaban atónitos por lo que acababa de acontecer allí al igual que nosotros pero rápidamente nos percatamos que todavía había enemigos que eliminar. Con los dos demonios fuera de combate, los caballeros no dudaron un segundo más y cargaron contra nosotros. Agarré fuertemente la espada y me agaché justo a tiempo para evitar un ataque por la espalda, giré sobre mis pies mientras seguía agachado y le di un gran tajo en el vientre a mi atacante. Mientras las vísceras de mi enemigo le salían del vientre, me levanté el casco y dejé al descubierto mi ojo. Un relámpago verde surgió de él e impactó en las piernas de otro caballero, al momento sus piernas se convirtieron en papilla. Ya solo quedaban dos porque los otros cuatro ya habían sido eliminados. Cuando me disponía a atacarles, el pincho de un báculo dorado atravesó a uno y al otro le reventó la cabeza de repente. Donde se suponía que tenía la cabeza el guerrero estaba la pistola de Ahriman y el báculo que atravesaba al otro era su Báculo Negro. Miramos a Ahriman y sus ojos daban una sensación mezcla de ira y resignación.

-Vayámonos de aquí -nos susurró.

Al momento viajábamos teletransportados por las corrientes de la disformidad. Ya en nuestra base del planeta Arthemus, hablaba con Ahriman en sus aposentos:

-¿Ahora qué haremos maestro? Hemos perdido todas nuestras esperanzas en esa base.

-¿Te acuerdas del libro de Magnus?

-Como no me iba a acordar de él maestro, lo perdimos en el ataque de los lobos espaciales en Prospero. Todas las enseñanzas de nuestro primarca y nuestro dios estaban en él.

-Cuando yo todavía era el bibliotecario jefe de la Biblioteca de Prospero, leí un viejo fragmento relacionado con la Telaraña Eldar pero en su momento no le presté atención, eran los desvaríos de un viejo vidente eldar; como tu comprenderás en aquellos tiempos lo único que buscaba era sabiduría y poder.

-Lo comprendo maestro.

-Bueno, pues uno de nuestros hechiceros me ha informado que hemos capturado un “cruza-mundos”, un demente que viaja de planeta en planeta buscando desperdicios y objetos de valor. Cuando lo apresamos nos contó que buscando en uno de estos mundos había encontrado una comunidad de chamanes orkos mucho más poderosos que los demás chamanes y que se caracterizaban por tener un ojo pintado en su frente. Amigo mío, como comprenderás ahora acepto cualquier rumor o habladuría con tal de encontrar el paso a la Telaraña Eldar y quizás ese viejo loco esté en lo cierto, puede que esos orkos hayan encontrado el libro de Magnus ya que lo arrojé en una cápsula al espacio para protegerla, por si éramos exterminados en aquel fatídico día. Iremos a ese planeta, buscaremos la fuente de poder y te prometo que si no está allí el libro, haré que ese viejo sea lanzado a un vórtice espectral para que los demonios hagan con él lo que quieran.

Después de sonsacarle al viejo la ubicación del planeta, llamamos a los mejores hechiceros y partimos. En total éramos nueve hechiceros, el número sagrado de nuestro dios, como siempre; éramos los elegidos de Ahriman. Oramos al unísono para potenciar el poder de nuestro maestro y fuimos teletransportados al planeta Sehrom, uno de los planetas más salvajes de este sector. Ni qué decir que nos recibió el comité de bienvenida habitual.

Orko 1.jpg
Una pequeña patrulla formada por veinte orkos y cincuenta goblins registraban la selva cuando aparecimos de repente delante de ellos. Los orkos mandaron todo el regimiento de goblins a por nosotros pero cuando nos preparábamos a acabar con ellos, Ahriman se nos puso delante, cogió con las dos manos su báculo y lo puso delante suyo. Pronunció un conjuro y al momento una especie de neblina empezó a rezumar de su báculo, se movía como una serpiente y rápidamente y de una pasada acabó con todos los goblins. Al tocarlos, estos fallecían de repente, como si se desmayasen. Exterminada la molestia, nos dejó los orkos a nosotros, tarea fácil. Vi un par de nobles orkos entre ellos y decidí ir a por ellos. Un orko normal osó acercárseme y le partí en dos como quien corta mantequilla con un cuchillo caliente. Cuando llegué a ellos, me soltaron algo en su lengua y encendieron sus brazos mecánicos. Uno se me lanzó a cortarme en dos con un machete gigantesco que llevaba implantado en un puño y le esquivé de un salto, el otro empezó a dispararme, pero yo era mucho más rápido que su lento brazo así que le rodeé y se lo corté de un tajo. Como era un brazo mecánico, ni se inmutó pero la ira le poseyó. El otro, que volvía a cargar hacia mí, intentó aplastarme otra vez con su machete y al esquivarle por segunda vez, quedó clavado en el suelo y no pudo desenterrarlo; el primero volvió a intentar acribillarme, pero utilicé a su compañero de escudo. Cuando se le acabaron las balas, me acerqué a él con una velocidad impresionante, me puse a su espalda y le rebané el cuello de un corte limpio. Mis otros compañeros hechiceros ya estaban acabando con los últimos. Cuando me acercaba a ellos, un orko huía despavorido de la matanza así que haciendo gala de mis grandes dotes de tirador, le apunté con mi bolter y disparé a sus piernas. Como era normal, reventaron en una explosión y el orko quedó tendido en el suelo agonizante. Me acerqué a él y le interrogue antes de que falleciese:

-¿Dónde están los chamanes de tres ojos?¿Dónde se encuentra tu tribu? ¡Habla!

-Zi pienzaz que voy a decírtelo, lo llevaz claro. Un orko nunca traiciona a zuz compañeroz.

Miré al cielo resignado y con aire de impaciencia, odiaba tratar con seres tan estúpidos. Levanté la visera del casco y mostré mi tercer ojo. El ojo brilló con un fulgor y sometí al orko a hipnosis. Un hechicero siempre consigue lo que se propone...

Por lo visto, el poblado se hallaba en una antigua base de la guardia imperial que curiosamente habíamos devastado hace años. Después de caminar durante dos horas por la salvaje selva que cubría todo el planeta, llegamos a nuestro destino. Ya podíamos divisar un edificio que los mismos orkos habían erigido. Los chamanes, de alguna manera, habían desentrañado los misterios del libro de Magnus y ahora rendían culto a su persona y a Tzeentch. El templo culminaba en un gran ojo de piedra que parecía el mismo que vigilaba desde la torre de nuestro primarca Magnus. Cuando nos aproximábamos al poblado, divisamos una gran masa verde; parecía que los chamanes habían desarrollado también el poder de prevenir las cosas y ya nos estaban esperando. Aquello ya parecía una situación muy típica, siempre había alguien para darnos la bienvenida, pero un ejército de orkos no nos iba a detener, los hechiceros de Tzeentch siempre consiguen todo lo que se proponen...

Mientras nos acercábamos tranquilamente a la resistencia, nos íbamos preparando para el largo combate; ya que resultaría más difícil que la pequeña escaramuza que habíamos tenido anteriormente. Antes de avanzar más, un chamán se adelantó a sus huestes; llevaba dibujado con pintura un tercer ojo sobre su frente; solo esta afrenta ya exigía un duro castigo:

-Alto, falzoz zeguidorez de nueztro zeñor Chentz. Zi oz acercáiz máz, zereiz aniquiladoz.

Ahriman, que había estado más atento a otras cosas que a la advertencia del chamán, observó que éste caballeros grisesportaba el libro de Magnus. El libro estaba ajado y un poco maltratado. Otra insolencia que debía ser recriminada. Cuando nos disponíamos a dar un paso más, un orko miró hacia el cielo, que esa misma noche iba a contemplar una gran carnicería, pegó un fuerte grito y tanto nosotros como su pueblo miramos hacia arriba. No hacía falta esforzarse mucho para ver diez naves de la guardia imperial orbitando sobre el espacio. Esto solo podía significar una cosa, la inquisición estaba al tanto de nuestra pequeña incursión y se disponía a ejecutar su pena máxima, el exterminatus. Ahriman, no tuvo más remedio que tomar una rápida decisión. Su voz resonó en nuestras mentes, se comunicaba telepáticamente con nosotros: “Huid hijos míos, teletransportaros fuera de este planeta, poneos a salvo en nuestra base de Arthemus.”

Éste desapareció en una llamarada de color y cuando me preparaba para viajar por la disformidad vi como Ahriman volvía a aparecer al lado del chamán, le disparaba en la cabeza y antes de que éste cayese al suelo, le arrebata el libro y desaparecía, ahora sí, del planeta. Un fuerte alarido resonó en el planeta antes de que las cargas víricas acabasen con el culto orko a Tzeentch.

-¡Ya es nuestro!¡Al fin, hijo mío, podremos hallar la Telaraña Eldar!

-Es cierto maestro pero me preocupa una cosa, los eldars de Ulthwé ya nos deben de estar esperando. Tendríamos que ir preparando a las huestes.

-Así es Zhefon, debes convocar a todos tus hermanos para la gran batalla. Los eldars darán su vida con tal de que no me apodere de los secretos de la Biblioteca. El fin del Imperio se acerca.

-Me alegro maestro. Por fin poseemos la ruta hacia la Telaraña Eldar. Estamos muy cerca. Ya solo nos queda la última gran prueba.

-Magnus se arrepentirá de habernos desterrado de su planeta. Después de todo lo que hemos hecho por todos nuestros hermanos... Te prometo Zhefon que él será el primero en caer, después, el Emperador.

La ruta hacia la Telaraña Eldar era un camino de locos, durante una semana estuvimos vagando por las corrientes del segmentum obscurus sin encontrar nada. Explicar la ruta hacia ella sería como explicar el odio que sentimos hacia la Humanidad. Un par de naves se perdieron en un mar de locura, pero la intrepidez de nuestros navegantes y el valor férreo de nuestros hechiceros consiguieron hacer llegar las naves a buen puerto. La nuestra fue la primera en desembarcar en el astropuerto de la Telaraña. Una cosa nos extrañaba a todos. No vimos ningún rastro de vida en los alrededores, la entrada estaba desierta. Aquello era algo muy sospechoso. Ahriman y su séquito, entre ellos yo, fuimos subiendo las escaleras hacia el pórtico de entrada mientras las demás naves llegaban. Después de subir la larga escalinata, llegamos a la entrada. Una araña milenaria que se asemejaba al diseño de las armaduras eldar de las arañas de disformidad, guardaba la entrada al laberinto. Entonces fue cuando le divisamos, una figura humana encapuchada nos aguardaba. Nos aproximamos a él y al fin nos dirigió la palabra:

-Pensé que nunca llegarías, Ahriman.

Una mueca de disgusto se describió en el rostro de nuestro maestro y este farfulló con cierto tono de incomprensión:

-Czevak...

-Así es amigo mío. Pensarás: ¿cómo es posible? Czevak vivo; es imposible. ¡Já! Pues estas observando al autentico Czevak; sigo vivo y con más ganas de cazar herejes que nunca. Te preguntarás que como he llegado hasta aquí, es el momento que llame a mi ayudante y aliado. Eldrad, aparece.

Súbitamente, el vidente eldar apareció al lado del inquisidor como si no pasase nada.

-Eldrad es el mayor ilusionista de la galaxia. No me diréis que no, ya que ha conseguido engañar al más poderoso hechicero de Tzeentch. Allí, en la fortaleza, todo estaba previsto. Paró a tiempo el hechizo del demonio y rápidamente creó una gran ilusión, fingiendo mi muerte y consiguiendo así desbaratar todos tus planes. Te seguimos exhaustivamente durante los días siguientes para ver como reaccionabas y cuando vimos lo que te proponías, mandé llamar a la flota imperial para purgar el planeta y si se daba la ocasión, acabar contigo. Parece que has demostrado ser un poderoso enemigo pero hasta aquí has llegado. Es el fin, Ahriman, la Biblioteca nunca será profanada.

Eldrad dirigió un hechizo aturdidor a todos nosotros y la mente de Ahriman quedó en blanco sin poder reaccionar ante nada. Czevak desenfundó su cañón psíquico y apuntó a nuestro maestro. Cuando recuperé el sentido, mi maestro yacía en el suelo con una herida en el pecho. Me despreocupé del inquisidor y del vidente y corrí hasta donde estaba mi maestro y me postré a sus pies. Entonces me susurró estas palabras:

-Zhefon, la profecía era cierta... Esta noche tuve una visión; mi casco aparecía roto y de repente, de sus fragmentos resurgía el tuyo, una cabeza de dragón pero ésta portaba un ardiente ojo en su frente... La herida no es grave pero me sería favorable regresar a la base con mis hechiceros para que me escolten. No debes temerles Zhefon pues tú eres mi sucesor y el mismísimo elegido de Tzeentch. Vénceles y encuentra la Biblioteca por mí, ya tendré la oportunidad de volver a ella.

Czevak y Eldrad habían desaparecido, probablemente escondidos para acabar conmigo en cuanto Ahriman y su séquito se teletransportasen. Despedí a mi maestro con una mirada y agarré fuertemente el Báculo Negro que Ahriman me había cedido para la dura batalla. Me adentré por la puerta y nada más cruzarla, una descarga mortal recorrió todo mi cuerpo y me elevé por los cielos.

Entonces, en ese mismo instante y por la gracia de mi dios oscuro Tzeentch, alcancé la demonicidad.


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