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Relato No Oficial Caballeros Grises: Ubi mors est victoria tua

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Por Eladio Fernández.

BRAMMMMMMMMMMMMMMMM¡¡¡, la quinta y última de las compuertas se había cerrado, el temblor se extendió por todo la superficie de basalto y penetro en las profundidades del complejo. Aquel sonido pertenecía por si mismo a la naturaleza del lugar pero su tono siniestro le era completamente ajeno a Solomon Ran y consiguió que un escalofrío recorriera por entero su columna vertebral. Todo a su alrededor le recordaba a una tumba, fría y desangelada. Más, si cabe, porque las miradas de aquellos que le rodeaban parecían no tener vida y se le antojaban como los rostros pétreos de las Gárgolas de su planeta natal. Claro que poca es la vida que deja vislumbrar un yelmo y las imponentes y enormes figuras que le rodeaban cubrían sus cabezas con ellos. Una de ellas situada a su lado levanto un majestuoso brazo y señalo un lugar entre las sombras en el que titilaba un enorme cirio que pugnaba por romper el velo de tinieblas de la estancia y bajo el cual se encontraba un escabel de madera. Solomon levanto la vista hacia la estatua viviente intentando traspasar la mascara de silencio del gigante. - ¿Puedo sentarme? La pregunta no fue contestada y los titanes de adamantio abandonaron a Solomon con la duda y con el miedo. - De todos los intentos llevados a cabo, los anales solo recuerdan la derrota y nunca el éxito... - la voz cavernosa calló marcando una intencionada pausa destinada a su oyente. - Todos los que lo han intentado perecieron y con ellos nuestras esperanzas y anhelos... La voz concluyo su parlamento y el orador levantó la cabeza envuelta en una oscura capucha en dirección a su oyente. El silencio recobró su reino y cuando los últimos ecos perecieron se extendió una sensación de opresión que no paso desapercibida para el conferenciante. Aquello solo duró un instante, una nueva voz se impuso y su tono vibrante y abierto barrió las sensaciones pasadas. - Mi buen y docto Comendador, no temáis. ¿Acaso olvida su excelencia el lugar donde os encontráis y las fuerzas aquí presentes? Ninguna de vuestras Ordenes posee la virtud y fortaleza de la nuestra, ¿lo ponéis en duda? Las manos del encapuchado se unieron y comenzaron a frotarse entre sí. Su cabeza quedo girada hacia el suelo y la capucha añadió más sombras al oculto rostro. Delante de él se erguía un trono de mármol del que descendió una figura, la de un Titán de rostro marmóreo y mirada penetrante. El azul de sus ojos parecía traslúcido y la cara marcada por cicatrices terminaba en un mentón artificial hecho de oro, la marca personal del Gran Maestre de los Caballeros Grises Leonidas Ravenwood, dueño y señor del lugar donde se encontraban. Ravenwood caminó alrededor de la figura con los brazos a la espalda y su voz parecía una salmodia a los oídos del así llamado Comendador. - Por favor no toméis mis palabras como una amenaza. Nadie mejor que vos sabéis de mis esfuerzos y de la pureza de mi empeño. Ravenwood se detuvo detrás de la figura embozada, dándole la espalda y su mirada se recreaba en los frescos que adornaban la bóveda de la cámara. Hechos de armas legendarios, combatientes enfrascados en la batalla, héroes del pasado, amigos y recuerdos caídos. La figura embozada movió un poco la cabeza sin girarse del todo hacia el Gran Maestre y de nuevo se escuchó la voz cavernosa. - No tomare vuestra soberbia como afrenta, Gran Maestre. En numerosas ocasiones esa soberbia nos ha servido bien... Las manos se alzaron y la capucha que cubría la cabeza del comendador cayo hacia atrás. El rostro de un cadáver, más allá del recuerdo de lo que antaño fue un anciano se torno hacia Ravenwood. Sus ojos eran un velo gris y acuoso, sin pupilas, y unos escasos y sucios cabellos blancos serpenteaban entre el mar de arrugas que configuraban su cara. Allí donde estuvo la boca se encontraba un altoparlante fónico unido por varios tubos a sus traquea. El aparato entono una nota átona y la voz del Comendador se proyectó rotunda. - Pero... ¡recordad que estáis ante un Prefecto del Emperador, Comendador de la Inquisición... Yo soy un Primero entre mis iguales Ravenwood! Si los Priscilianos tienen noticia de esto yo fingiré no saber nada y un nuevo Maestre ocupará vuestro lugar. El anciano comenzó a andar con brío en dirección al Gran Maestre y por un momento pareció que la encorvada y ajada figura sobrepasaba en altura a la del ciclópeo soldado. - Os he traído al mejor orfebre, un artesano único, el mejor herrero que podáis encontrar pero a la vez una abominación arrancada de las garras del Caos - el anciano evito en el último momento el choque contra el cuerpo de Ravenwood y pasó de largo alejándose en dirección a la salida del aposento mientras su voz se perdía - Es vital que Ella no beba sangre sin ser blandida, ese es el único credo que debéis seguir. Ravenwood salió de su ensimismamiento, la pared de la derecha estaba sin pintar y su mente entrevió la posibilidad de que un nuevo fresco ocupara aquel lugar. Un fresco donde Leonidas Ravenwood fuera el retratado y su gesta recordada por toda la eternidad. "Quedara bien" pensó. Sólo existía otro campo suspensor de estasis como aquel en el universo y no era precisamente un moribundo el que en él se encontraba. Más bien un "algo" repleto de ganas de vivir, de ser libre, de expandir su universo conocido y librarse de la cruel atadura provocada por el generador de estasis. Pero todo esto le era desconocido a Solomon Ran. Criado en mundo distante y alejado de toda tecnología, la majestuosidad del ingenio y la sofisticación de todo lo que le rodeaba abrumaban su capacidad de asombro. A su lado se encontraba el Gran Maestre Ravenwood, quién con un gesto le invito a mirar al interior de la máquina. Solomon entorno los ojos para mirar a través del visor de protección. Se quedo allí un rato, después se incorporó, volvió de nuevo la vista hacia Ravenwood reclamando una explicación pero éste nada dijo. Para él, lo allí expuesto no le era desconocido pero lo enigmático era el entorno. Pensó que no había mirado bien y una vez más intento ver algo más allá de lo que parecía ser obvio. Quizás se le escapaba algún detalle, pero no había más que un objeto, familiar para él. Una simple espada rota en tres pedazos. - Monsieur Ran, la revocación de su condena a muerte depende únicamente de sus manos, en el sentido más literal de la palabra. Ravenwood paso un brazo alrededor de Solomon alejándolo del campo suspensor. Solomon a duras penas mantenía el peso del gigantesco apéndice mientras con andar vacilante era conducido por el Gran Maestre a una estancia contigua. - No se deje impresionar por lo que acaba de ver. Ese... objeto - los ojos de Ravenwood miraron hacia atrás fugazmente - sólo es una bella espada... - hizo una pausa - ...rota lamentablemente. El tono de la voz de Ravenwood pareció hacerse más grave tras decir esto pero de inmediato recupero su brío. - Un objeto preciado, sin duda. De valor incalculable, por supuesto, y por ese motivo, bien guardado. Se abrió una compuerta automática y un intenso calor azoto el rostro de Solomon tan pronto como la traspuso. Lo que allí encontró también le era familiar pues ante sus ojos se erguía una enorme fragua de piromancia y sus manos sabían manejarla perfectamente al igual que al resto de las herramientas de su gremio: tenazas, martillos, bigornias y yunques. Ravenwood soltó su presa y retrocedió hacia la puerta. - Herrero Ran, como acólito del culto de los Jaculari fuisteis juzgado y encontrado culpable por herejía y rebelión contra el emperador y sentenciado a morir por garrote vil - Ravenwood señalo las manos de Ran - Os lo repito, en vuestras manos y en vuestra destreza como herrero está la remisión de la condena. Forjar de nuevo esa espada y vuestros pecados os serán perdonados. Y Ravenwood salió dejando a Solomon sumido en la duda y una vez más con su miedo. El periodo orbital de Mimas es de 22,5 horas estándar y su elección como prisión de Titán no es fruto de la coincidencia. Lo suficientemente cerca como para que una nave ó una teleportación desde Titán sea rápida y lo suficientemente lejana como para que los terribles horrores que allí se guardan queden preservados de causar una hecatombe. Esa seguridad siempre está garantizada por la presencia en órbita de una plataforma de bombardeo clase Holocausto y la sombra que esta arrojaba sobre el destructor clase Hunter de los Caballeros Grises sumergió a sus ocupantes en un efímero eclipse antes de desembarcar a Leonidas Ravenwood y su escolta de Exterminadores. Habían transcurridos 3 días completos en Mimas hasta que Solomon Ran culminó la forja de la espada. La sacó por última vez del aceite de enfriamiento, se levantó el protector de los ojos y contempló su obra con abierta satisfacción e indisimulada admiración. Una joya de soberbia manufactura tal y como Ravenwood le había dicho. Sostuvo el arma entre sus brazos y de su interior surgió un súbito y arrebatado deseo de tocar con sus manos el acero templado. Depósito el arma en uno de los cajones de arena cercano y se limpio el sudor que le cubría a pesar de haber estado todo el tiempo con el torso desnudo. No había descansado ni comido en los tres días y solo bebió para compensar la pérdida de líquidos debida al inmenso calor de la fragua. En sus días jóvenes, allá en su planeta natal, Solomon había practicado la esgrima, un arte reservado a los caballeros de las clases más pudientes pero que como herrero le fue enseñado por su padre. Y dicho arte se volvió disciplina y necesidad para él cuando los destacamentos de la Armada Imperial iniciaron los reclutamientos forzosos. El pueblo protestó, se alzó en armas y de este modo se inicio la revuelta Jaculari para "echar" del planeta a los destacamentos de leva del Imperio. Luchó, mató y perdió. Ahora el destino le había dado una segunda oportunidad. Lo adivinó tan pronto como fue desembarcado del Navío Negro que le había trasladado desde los campos de sal de Mestela Tanlliere y posó sus pies en la desolada superficie de Mimas. Se dirigió al cajón de arena. Deseaba blandir aquella arma, batir el aire, fintar y lanzar una estocada. Se dispuso a asirla cuando Ravenwood penetro en la forja. Su voz sonó con estruendo. - ¡Vuestra culpa está a punto de ser purgada, maestro herrero... no tentéis a la suerte! Los pasos de la servoarmadura hicieron trepidar el suelo y Solomon se encontró de inmediato reflejado en la dorada barbilla del Gran Maestre, interpuesto entre él y el arma forjada. Los cinco exterminadores que le acompañaban se desplegaron en torno suyo con aquellos yelmos silenciosos carentes de vida y asiendo fuertemente unas alabardas de atemorizante aspecto. Solomon dio un paso atrás, pero en su interior brotaba una furia que él nunca tuvo. Por un momento dudó, pensando en arrebatar el arma y blandirla ante el gigante de plateada armadura que se erguía ante él. Su mente le dijo que vana era la esperanza de acaso dañar semejante coraza y el miedo venció su voluntad. Y así fue como Solomon Ran tuvo miedo por última vez en su vida. - Os dije que era una joya, ¿no es verdad? - Quizás falté a la verdad porque bella es, sin duda, pero es mucho más que eso. Es la culminación de mis deseos, la joya de nuestros afanes, la meta buscada por muchos y que solo yo, Leonidas Ravenwood he podido completar - el Gran Maestre extendió el guantelete hacia la espada levantándola para admirar el brillo de la hoja - ¡Y empuñada por mi brazo será también el Apocalipsis de nuestros enemigos, el verdugo del Emperador, y la perdición del Caos! Los ojos de Ravenwood parecieron licuarse en negro basalto, pero solo fue un breve instante, después sacudió la cabeza, como sorprendido, un leve instante de vacilación que desapareció para recuperar de inmediato su tono soberbio. - Habréis de saber maestro fundidor que para vos esta tarea ha supuesto alcanzar la cima de vuestra destreza y que sois ahora el único hombre que ha forjado un Arma Demonio y continua vivo para contarlo. El Gran Maestre dejó por un instante de admirar el arma y giró la cabeza en dirección a Solomon. Sólo un gesto de vanidad, un vacuo instante antes de volver a la admiración de su obra, pero algo le detuvo. El rostro de Ravenwood se torno pálido de inmediato, sus ojos se desencajaron y la sorpresa del espanto cubrió su cara cual mortaja. Allí delante de él se hallaba el herrero llamado Solomon Ran pero sus desnudos brazos y su pecho mostraban las sangrantes llagas causadas por las virutas de metal lanzado al rojo vivo sobre él por los golpes del martillo. Y esas llagas comenzaban a entrelazarse entre ellas abriendo nuevas llagas, largas y estrechas y Ravenwood asistía cautivado al recorrer de las virutas que dotadas de vida propia laceraban la piel del herrero retorciéndose cual gusanos sobre un cadáver descompuesto. La piel desaparecía para dejar paso a la carne desnuda que adquiría en instantes un ceniciento color metálico mientras se expandían las venas en el interior haciéndolas crecer de tamaño y con ellas todo lo que una vez fue el cuerpo de Solomon Ran, tornado ahora en una abominación que duplicaba en tamaño a cualquiera de los presentes. Y aunque su rostro seguía siendo reconocible no lo fue la voz que su torturada garganta emitió y que los Caballeros Grises apenas pudieron sofocar. Un grito que de ella surgía cargado de odio e ira, de crueldad inmisericorde y de regodeada maldad. - ¡¡¡Nunca, jamás, hombre alguno forjó nuestras armas y vivió para contarlo!!! De repente un trueno de lacerante poder resonó y por un breve e infinitésimo instante Leonidas Ravenwood vio reflejado en la placa de su barbilla su propia armadura y a escasos centímetros más allá el reflejo de lo que fueron antaño sus botas, mientras su cabeza rodaba junto a sus pies. Retazos de violencia se desarrollaban en su visión periférica mientras escuchaba el ruido de los disparos de bolter que se unían a la cacofonía reinante mientras el mismo infierno se desataba a su alrededor momentos antes de que su cráneo fuera aplastado por la abominación del Demonio liberado. Y con el amargor de la derrota Leonidas Ravenwood supo que jamás habría un fresco relatando sus hazañas. El Navío Negro abandonó la órbita de Titán arrumbando con destino a San Owen, iniciando el peligroso tránsito por la disformidad. En una de sus salas de control una mano decrépita y pálida retiraba sus dedos de un pulsador de disparo. La figura se irguió y con andar vacilante se alejo de la consola de control. Su voz cavernosa se dirigió al tecno-sacerdote que le acompañaba. - Del Prefecto al Alto Navegador del Astra Telepática. Os ruego informéis de la presencia de un nuevo campo de asteroides en las coordenadas antes ocupada por Mimas, cuarta luna de Saturno. Fin del mensaje. Código de envío Púrpura, Bermellón para el resto de los canales habituales. El tecnosacerdote asintió con la tradicional confirmación de la Armada. - Aye, Sire.

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