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Relato Oficial Eldar: La Guerra en la Telaraña

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"Desde los tiempos de la Caída, nuestra raza ha estado maldita por culpa de aquello a lo que nosotros, en nuestra inconsciente persecución de una indulgencia hedonista, dimos vida. ¡Y pensar que nuestros deseos anegaban planetas y apagaban soles...! Ahora no somos más que una sombra de lo que fuimos y nos aferramos a la existencia sin esperanza. Ni el brillo de todas las estrellas que penden en el cielo puede eclipsar el vengativo fulgor del Ojo de la Luna Roja. El lugar de nacimiento del Gran Enemigo vibra con la malicia de un demonio que parece soñar y que proyecta su sombra sobre todo aquello que hemos hecho y haremos. Todo retorcido camino del destino y cada consulta de las runas me lleva a este momento y a este lugar y está claro que el combate final me aguarda en los antiguos Mundos Ancestrales. Un conflicto como no se ha visto desde que los mon-keigh se enfrentaran entre sí y el cadáver que tienen por Vidente cayera a manos del traidor de su hijo está a punto de desatarse; y todos mis pasos me conducen hasta esta guerra, por mucho que me empeñe en tomar otro camino. Veo las estrellas teñidas de rojo con la sangre de los mon-keigh y, aunque sus guerras no me interesan lo más mínimo y a gusto dejaría que se destruyeran unos a otros, sé que evitar la confrontación supondría condenar a los de mi raza a su inevitable perdición. Y, a pesar de que todo lo que veo es oscuridad, sé que no huiré de mi destino." - Eldrad Ulthran, Vidente del Mundo Astronave Ulthwé.




Su corazón latía rápida y agitadamente en su pecho y Niadien tenía que concentrarse para contener su excitación. Era difícil hacerlo estando tan cerca de la sala del trono del Avatar, y aún más en vísperas de una batalla; pero sabía que no podía mostrar signos tan evidentes de emoción frente al Vidente. Eldrad Ulthran le había llamado personalmente para que se presentara en la Cúpula de los Videntes de Cristal. Aunque tenía gran curiosidad por saber cuál era la razón (puesto que él era un guerrero y no un Brujo o Vidente), estaba impaciente por volver a su entrenamiento habitual. Niadien portaba su yelmo bajo el brazo; la flexible armadura de Hueso Espectral le resultaba tan cómoda como su piel y los espíritus de sus anteriores portadores le instaban a combatir. Vagamente, recordó el momento en el que había abandonado su vida como Niadien el poeta para convertirse en Niadien el Exarca de los Escorpiones Asesinos. Pero aquello había sucedido hacía mucho tiempo y estos pensamientos eran vanos y efímeros ante la perspectiva de la batalla contra el antiguo enemigo, que estaba próxima. El Hueso Espectral del Mundo Astronave vibraba con agresividad y una punzante corriente de violencia reprimida invadía a todos y cada uno de los Eldars e infundía en ellos ansias de batalla. El Avatar estaba a punto de despertar y sus sueños de violencia y derramamiento de sangre permeaban cada faceta de Ulthwé. El viento entonaba canciones que hablaban de batallas y guerras y Niadien sentía esta llamada resonando en cada una de las fibras de su cuerpo.

- El de la Mano Ensangrentada te llama, ¿no es así, Niadien? -dijo una suave voz a su espalda. Se giró al tiempo que su mano asía involuntariamente la empuñadura de su espada, pero se relajó en cuanto vio que se trataba del honorable Vidente. Eldrad Ulthran caminó bajo los resplandecientes árboles de cristal de la cúpula mientras se apoyaba fuertemente en su báculo. Niadien vio cómo su piel resplandecía también de manera suave y cristalina, como si fuera traslúcida y rígida como el cristal.

Niadien asintió bruscamente:

- Sí, puedo sentir su calor latiendo en mis venas. No puedo negar que siento la llamada a la guerra.

- Lo sé -dijo Eldrad suavemente-. Es tu camino. Y negarlo es aventurarse por la senda que solo tiene un final.

Eldrad se detuvo junto a un alto árbol curvado y de bellas formas. Su tronco transparente estaba recorrido por venas de luz y en ellas se podía adivinar una cara que transmitía una inmensa paz.

- Estos son tiempos oscuros para nuestra gente, Niadien -comenzó Eldrad-. Aquel a quien llaman el Saqueador prepara sus ejércitos para la guerra y los mon-keigh no escuchan mis advertencias.

- ¿Y en qué nos concierne esto, Señor Ulthran? -gruñó Niadien-. Si los mon-keigh desean destruirse entre sí, que lo hagan. Ulthwé es lo único que importa.

El Vidente negó con la cabeza:

- En otras circunstancias coincidiría contigo, pero esta vez otras fuerzas intervienen en el conflicto, Niadien. Los guerreros de plata de los Yngir han vuelto.

- ¿Los Necrontyr? ¿Ahora?

- Sí. Pretenden destruir los Talismanes de Vaul restantes y sin ellos estamos indefensos frente a los dioses de las estrellas.

- Deberíamos habérselos arrebatado a los mon-keigh antes de que el Saqueador hubiera tenido la posibilidad de robárselos -dijo Niadien, incapaz de impedir que el veneno inundase sus palabras.

- Es cierto -asintió Eldrad-, pero el Dios Chacal nos observa desde el principio de los tiempos y su mirada eclipsa hasta mis visiones. Aisló el Sector Gótico y nosotros no tuvimos la fuerza para detenerle. Pero es aún peor, Niadien. Ahriman, el hechicero del Cíclope Rojo, ha penetrado en la Telaraña y nos amenaza con sus guerreros sin alma y su arcaica magia.

Niadien notó que un escalofrío recorría su columna vertebral ante la simple idea de que este secuaz del Caos se hubiera introducido en el camino sagrado de los Eldars. Una afrenta así no podía ser tolerada y su espíritu guerrero se removió en su interior y la ira ardió en su corazón ante este atrevimiento inconsciente de los mon-keigh.

- Busca la Biblioteca Negra y los antiguos conocimientos en ella contenidos. Sabe que tiene que encontrarla, puesto que en ella se guardan secretos que nunca deberían haber sido revelados, ni siquiera a nosotros.

- No la descubrirá mientras a mí me quede un aliento de vida -aseguró Niadien-. Mis Lágrimas están dispuestas y nuestro portal a la Telaraña está preparado. Solo esperamos que lo ordenes y entraremos en la Telaraña. ¡Envíanos a la guerra, Señor Ulthran!

- Cada cosa a su tiempo, Niadien. Cada cosa a su tiempo -concilió Eldrad mirando fijamente los árboles de sus ancestros, Videntes que vivieron los tiempos de la Caída-. Los Oscuros también han sabido de la brecha en la Telaraña y se preparan para la guerra. Sus esfuerzos por salvar la ciudad de Commorragh serán en vano y el derramamiento de sangre que llevarán a cabo solo empeorará las cosas. Hay uno entre ellos que persigue mi muerte y no le importa que sus actos lleven a su gente, al igual que a la nuestra, a la perdición.

- ¿Qué quieres que haga, Señor Ulthran?

Eldrad se giró y puso su mano sobre la guarda del hombro de la armadura de Niadien. Sintió la ira y la sed de violencia de todos los Exarcas que habían vestido esa armadura antes que Niadien y cómo deseaban entrar en batalla una vez más.

- Debemos despertar al Avatar de Kaela Mensha Khaine, Niadien. Necesitaremos su fuerza y la furia de su presencia para prevalecer en la guerra que está por venir. He visionado muchos futuros que me llevan a este punto y en todos ellos el Avatar caminaba entre nosotros.

Niadien sintió que su corazón se llenaba de orgullo, pues sabía lo que venía a continuación.

- Es por lo que te he pedido que vengas -dijo Eldrad apesadumbrado mientras sacaba una guirnalda de huesos espectrales de un saquito que colgaba a su cintura.

- Has sido elegido, Niadien. Tú serás el Joven Rey.

FuentesEditar sección

  • Codex: Ojo del Terror (3ª Edición).

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