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Atención: Material No Oficial sin Sello de Calidad Wikihammer

3º Clasificado en la III Edición del Certamen de Relatos Wikihammer. Premio al Más Original.

Kalma siguió golpeando con todas sus fuerzas el aparato hasta que su musculoso brazo amenazó con desprenderse y huir a rastras. Por Gorko que aquello era insólito: había aporreado el panel de control durante casi una hora con herramientas de todos los calibres; le había escupido, insultado y maldecido invocando a los dioses gemelos e incluso al Emperador de los humanejos y a alguna que otra divinidad del Caos cuyo nombre le sonaba. Todo había sido en vano. Aquel infame cacharro se resistía a toda la lógica de la ilustre técnica mecánica tradicional del Kulto a la Velozidad.

Tosiendo y resollando, el reputado mekániko se incorporó trabajosamente y se enjugó el sudor de la frente con una manaza. La situación no invitaba al optimismo: el poderoso kaudillo Krustak, “Machakador de Imperioz, Arrazador de Reinoz, Churrazkador de Ziudadez y Líder Indizkutible de Todo lo Verde” según anunciaba con solemne y chillona voz su gretchin pregonero personal, confiaba en la plena operatividad del monstruoso Pezio Inzignia para alcanzar la victoria con su ¡Waaagh! Krustak había tenido una idea de brillantez superlativa para la mentalidad orka, sin duda inspirada por los mismísimos Gorko y Morko, que había favorecido la incorporación de docenas de tribus a la prometedora partida de guerra interestelar: consciente del hecho de que las bajas por averías o extravío de las naves que integraban la flota solían tener más peso en la merma de un ¡Waaagh! que las causadas por los combates, el kaudillo había resuelto acoplar todos los motores y cohetes de propulsión espacial al Pezio Inzignia, que debería remolcar al resto de aparatos. De ese modo ninguna nave podría quedarse atrás, y todos los chikoz llegarían al combate en una simultánea e irresistible acometida. Un plan perfecto. Nada podía salir mal. Salvo que el Pezio Inzignia se averiase, claro, en cuyo caso toda la flota circularía a la deriva. Pero… ¿qué probabilidades había de que sucediera algo así?

La lamentable velocidad a la que en aquel momento se desplazaba el Pezio no solo comprometía seriamente los planes del kaudillo, sino que comenzaba a hacer efecto en la moral de los muchachoz. Hasta el más estúpido de los orkos (que no es decir poco) se daba cuenta de que cuanto más lentamente se moviese la nave, más se tardaría en llegar al combate, lo que para un pielverde equivalía a ser arrastrado hacia las profundidades de un océano con el oxígeno de la superficie cada vez más lejos. El entusiasmo inicial, que había mantenido el número de muertes y mutilaciones por peleas dentro de niveles aceptables, estaba siendo sustituido rápidamente por una impaciencia y una inquietud poco recomendables. Los informes recibidos de los nobles de toda la flota evidenciaban que las trifulcas aumentaban en número e intensidad, y los ociosos artilleros de las naves habían empezado a abrir fuego contra otros aparatos para matar el aburrimiento (e, inevitablemente, a todo aquel desgraciado que se encontrara en la zona de los impactos). Si no se hacía algo, pronto el ejército se “deswaaagharía” como un snotling en la boca de un garrapato mamut.

En la cubierta de mando del pezio se hizo el silencio, solo roto por las estridentes carcajadas de Skragga, el kanijo graziento de Kalma, que se columpiaba en uno de los cables del techo visiblemente divertido ante la incierta situación en que se hallaba su patrón. Un disparo ensordecedor y certero de la piztola del estresado mekániko acabó rápidamente con el cachondeo. Eso estaba mejor, aunque no solucionara el problema. Justo en el momento en que el desbaratado cuerpecillo del kanijo golpeaba el suelo de la cubierta, un profundo carraspeo, similar al estruendo chirriante que acompañaría la marcha de una lata azezina, hizo temblar el pezio de proa a popa. La espina dorsal de Kalma se vio recorrida por un chispazo que nada tenía que ver con los implantes cibernéticos.

-Y bien, mekániko…- Gruñó Krustak, mientras observaba con aparente indiferencia las afiladas y mugrientas uñas de su mano izquierda.- ¿Kómo vez el azunto?

Cuando Kalma miró de reojo por encima del hombro, supo que el kaudillo no se refería con “el azunto” tanto a la reparación como a la boca del kombi akribillador- achicharrador con que le apuntaba la nuca. Sin duda, el jefe estaba molesto. Kalma pensó a la velocidad del rayo en unas cuantas patéticas excusas, relacionadas con lo defectuoso de las piezas que le habían proporcionado los chapuzaz de la flota, pero usarlas seguramente sería contraproducente. La única opción era preparar rápidamente un apaño para salir del embrollo, de modo que estrujó a su pringarrapato, que vomitó una sustancia oleosa con la que se impregnó las manos; se ajustó las gafaz telezkópikaz (que ni siquiera tenían cristales, por lo que no eran demasiado prácticas, pero le daban a su portador un aire molón que infundía respeto en sus seguidores) y abrió la chirriante tapa del panel para echar un último vistazo.

El sentir la fija y amenazadora mirada del kaudillo en la espalda no favorecía la concentración de Kalma (y menos sabiendo como sabía que el equipo personal de matazanoz del jefazo le había hecho unos “ajuztez” gracias a los cuales podía disparar su kombiarma con solo pestañear), y no pudo resistir el impulso de implorar patéticamente clemencia a los dioses gemelos: “Gorko, Morko; echadme un kable. Oz konztruiré unoz gargantez como ninguno, kon millonez de akribilladorez, kema-kemaz, mizilez y todo tipo de cosas pa matar. Zolo nezezito una zeñal”. De pronto, una pequeña lucecilla parpadeante de color rojo atrajo la atención del mekániko, cuyos ojos se abrieron como platos. No cabía duda, aquello era la señal; solo quedaba tratar el problema con la pericia y el saber hacer del Kulto a la Velozidad: haciendo acopio de todas sus fuerzas, Kalma asestó un poderoso puñetazo a la pequeña placa metálica sobre la que parpadeaba la luz. En un instante, la “zúperunidad de autopropulzión intereztelar” (que era el rimbombante nombre que los orkos habían dado a la precariamente unida amalgama de propulsores de distinta procedencia, la mayor parte de factura imperial, que impulsaba el Pezio Inzignia) se puso en marcha con un brutal rugido, dando a la flota un súbito impulso que arrojó a todos los ocupantes del puente de mando (salvo al kaudillo, para cuya mega-armadura aquello era poco más que una brisa de verano) al otro extremo de la sala. Tras la estabilización, Kalma, incorporándose con dificultad, trató de mantener la compostura y hacer visible una expresión de soberbia superioridad, mientras “limpiaba” sus grasientas manos en un mugriento trapo usado:

-Era, como zozpeché dezde el prinzipio, coza del retroalimentador plazmático de loz zircuitoz refrigerantez de turbopropulzión.

Krustak estaba de demasiado buen humor como para machacar a un patán semejante. Con una salvaje sonrisa en la bocaza atiborrada de afilados piñoz, agarró el oxidado intercomunicador: ahora que el Pezio estaba otra vez en marcha, había que elevar la moral de los chikoz, haciéndoles saber que la gresca estaba cerca y por lo tanto no era ya necesario destruir la flota en una orgía de combates intestinos. Debía pronunciar un discurso inspirador y grandilocuente, digno de tan celebérrima personalidad pielverde. El kaudillo meditó unos segundos y presionó el botón del comunicador:

-¡WAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAGH!

El Pezio se estremeció violentamente y ganó velocidad cuando los miles de salvajes bramidos de respuesta le hicieron crepitar con incandescente energía verde. Krustak se repanchingó complacido en su butacón de mando y escrutó el vasto espacio que se desplegaba al otro lado del ventanal frontal de la gigantesca nave. El universo llevaba demasiado tiempo siendo negro; era hora de teñirlo del color que siempre le había correspondido: el verde.


Gorghak el Zuertudo suspiró, empañando por dentro el visor de su “traje pa´ ir fuera”, el que le permitía salir al espacio exterior por un tiempo limitado. Tras detenerse el Pezio Inzignia, un chapuzaz le había ordenado ir con un equipo de kanijoz kitamugre a limpiar el interior de los propulsores para ver si se encontraba ahí el problema. No dejaba de ser un encargo con cierto caché, pues la limpieza era algo totalmente secundario para la sociedad pielverde, algo que solo se practicaba en situaciones verdaderamente singulares, por lo que los kitamugre eran un grupo muy especializado y selecto. Pese a todo, Gorghak no podía dejar de ver su nuevo puesto de kaporal como un paso atrás en su carrera. Recordó con nostalgia sus años de juventud con los petatankez del klan Zol Malvado, durante los cuales se había ganado su apodo. Recordó cómo, al ir a petar aquel leman russ imperial, había tropezado y caído en un pequeño cráter, justo a tiempo para evitar ser arrollado por el tanque. Evidentemente, el objetivo no había sido destruido; pero el ver a un camarada salir ileso de debajo de las orugas de un cacharro de varias toneladas de peso había impresionado al resto de la peña, que desde entonces pensaba que Gorko o Morko (o ambos) miraba de reojo al afortunado orko. La leyenda había crecido aún más aquel día en que, estando la partida de guerra combatiendo desesperadamente con unos “humanejoz enlatadoz”, Gorghak había hecho volar en pedazos un predator con un atinado disparo de su piztola. Claro que él sabía que aquel loko de la velozidad que se había estampado contra la parte trasera del tanque con su moto casi en el mismo instante probablemente había tenido algo que ver en la explosión, pero oye… ¿por qué minar la moral de los muchachoz quitándoles la ilusión? Además, lo de la moto no dejaba de ser una manifestación más de su extraordinaria suerte.

Dejando a un lado el recuerdo de los buenos viejos tiempos, Gorghak echó un vistazo a su alrededor, reparando en un artillero de la nave que se hallaba justo detrás de los propulsores. El orko exhibía sus piñoz en una malévola sonrisa, mientras jugueteaba con el gatillo del akribillador pezado que iba montado en su torreta. Era evidente que se estaba planteando matar el aburrimiento haciendo lo propio con el kaporal y su peña gretchin. Gorghak pidió fervientemente a los dioses gemelos que aquel estúpido no lo fuera tanto como para abrir fuego contra el aparato más peligrosamente volátil de aquel sector de la galaxia. Pero una sensación de inquietud interrumpió sus oraciones; se volvió y pudo comprobar que los kanijoz habían aprovechado su falta de atención para comenzar una trifulca. Era increíble: ni en el espacio exterior podía uno librarse de la patética animosidad de aquellas ratas. De todas maneras poco se podía hacer, ya que ni el látigo ni el atrapakuellos eran de mucha utilidad en aquellas condiciones de no gravedad. Al final, uno de los gretchins se las arregló para romper el tubo que suministraba aire y, al mismo tiempo, mantenía unido al pezio a uno de sus compañeros, que comenzó a alejarse dando vueltas sin control. En cuanto se hubo alejado lo suficiente de los propulsores, el artillero orko abrió fuego, acribillando al desdichado kanijo mientras su cara se contorsionaba en una serie de inaudibles pero evidentes carcajadas. Seguramente, consideró Gorghak, aquello debía ser visto como una señal para volver adentro; de todas formas, estaba claro que la higiene del aparato no era el problema.

Pero, en el momento mismo en que el kaporal se disponía a conectar el comunicador para dar a los kanijos la orden de regresar, un pequeño punto de luz originado en el centro del turbopropulsor tras el que se encontraban llamó su atención. Gorghak entrecerró los ojos para escrutar mejor el interior del cacharro, pero pronto volvió a abrirlos como platos cuando la luz se hizo más grande y brillante. Sí; definitivamente, aquel encargo iba a afectar seriamente a su carrera...


Renqueante y quejumbrosa, la flota pielverde se puso en marcha con brío. Sujetándose como buenamente podía para evitar salir disparado, pero sin poder omitir unas roncas carcajadas, Ozzrud dio la espalda al ventanuco para volverse hacia sus compañeros de kamarote.

-¡Pareze ke al viejo Gorghak ze le ha akabao la zuerte, muchachoz!

El variopinto grupo de orkos que se hacinaba en el pequeño habitáculo maloliente apenas mostró interés alguno por el asunto. Tampoco tuvo oportunidad: inmediatamente tras el comentario de Ozzrud, el atronador rugido amplificado del kaudillo Krustak y las miles de bestiales réplicas sacudieron aún más la ya no demasiado estable estructura de la nave. Bogrek, un joven piztolero que aún no había participado en un combate real, bramó con todas sus fuerzas mientras agitaba con entusiasmo su inmaculada rebanadora en el aire. El resto, pielesverdes veteranos y curtidos, con más cicatrices que pellejo, se limitó a proferir un gruñido de conformidad. Solo el taciturno Dorga se dignó a hacer un comentario, acaso relacionado con el destino del kaporal:

-A todo garrapato le llega zu Armaggedon.

El de aquellos orkos era un caso verdaderamente poco común. Contando algunos de ellos con varias décadas de existencia, podían considerarse auténticos ancianos según los estándares de su especie. Es cierto que, en la sociedad orka, el ser más viejo solo te hacía más venerable en la medida en que la edad avanzada estaba acompañada por un crecimiento exponencial del tamaño de tus músculos, colmillos y número de cicatrices, pero el simple hecho de haber sobrevivido durante unos cuantos años en el seno de una sociedad tan brutal como la pielverde puede considerarse impresionante. Además, la participación en docenas de batallas, la visión de innumerables mundos y el aplastamiento de cráneos de todas las tallas, formas y colores permitía a los orkos más experimentados disponer de algo que, visto siempre en su contexto, claro está, podría ser llamado “sabiduría”. Y ser capaz de aconsejar a los más jóvenes sobre el mejor ángulo para aporrear una cabeza y que salte la mayor cantidad posible de sesos de un solo golpe es una buena forma de ser útil en un ¡Waaagh!

Conviene insistir en que el de los orkos del Kamarote Dezimokuarto de la Zegunda Kubierta a la Izkierda del Kruzero Matamuchoz “Ezpíritu de Morko” del ¡Waaagh! Krustak era un caso singular. Los conocimientos y la forma de procesarlos e interrelacionarlos de que disponían estas criaturas les capacitaban para (y esto jamás sería reconocido por ningún magos biologis en su sano juicio) mantener conversaciones con cierta relevancia intelectual. Este extraordinario fenómeno podía manifestarse en las más rocambolescas situaciones, y la reanudación de la marcha de la flota y la consecuente renovación de las esperanzas depositadas en un futuro sangriento y brutal ofrecían condiciones suficientes para ello.

Así, en esta ocasión fue el viejo Uzzbek quien empezó. Que Uzzbek era un orko raro era algo que se sabía desde hacía años, desde su juventud, pero como no había mostrado talento para la mecánica, la cirugía ni la actividad psíquica, se había quedado como un orko raro a secas. Solía divagar y hablar entre dientes, y a veces se quedaba como alelado mirando a la nada y con un hilillo de baba colgando, pero a la hora de la “akzión” se mostraba competente, y sus compañeros le estimaban en la medida en que un orko puede estimar a otro que no sea sensiblemente más grande que él (que es, por cierto, bastante poca). El caso es que, cuando la flota comenzó a moverse de nuevo, Uzzbek, saliendo de uno de sus típicos “dezcanzoz de zezera”, como gustaba de llamarlos, lanzó una pregunta al aire:

- A ver, muchachoz… ¿Alguno de vozotroz zabe a dónde vamoz?

La cuestión pilló por sopresa a los demás orkos, acostumbrados como estaban a ser sometidos a muy pocas preguntas a lo largo de sus vidas, todas ellas del tipo “¿Ké me haz llamado?” o “¿Dónde demonioz haz puezto la munizión?”

-Zolo el jefe y zuz eztrambótikoz zaben a dónde vamoz.- gruñó Graknash, un corpulento piloto de buggies, visiblemente conmocionado por la pregunta. Uzzbek sacudió la cabeza con aire paternalista.

-No me habéiz entendido. Digo ke zi zabéiz a dónde vamoz, hazia dónde ze dirigen loz orkoz en general. Kuál ez nueztro deztino.-

Aquello era el colmo de la sandez para los orkos. Esa actitud olía a posesión demoníaca, o incluso peor, a pensamiento humano.

-Eztáz pirao.- Dijo Ozzrud.- Y zi al menoz fuezez un pirao de loz ke lanzan rayoz por loz ojoz... pero ni ezo.

-Yo una vez konozí a uno igual.- Intervino Oliki, que se las arreglaba para volver siempre (o casi siempre) ileso de sus incursiones en kóptero, quizá porque su aparato siempre se desviaba misteriosamente antes de establecer contacto con el enemigo, para volver a aparecer aullando sobre él cuando ya se batía en retirada.- Dezaparezió kuando luchábamoz con ezoz ezmirriadoz azulez que tienen armaz tan molonaz, y kuando volvió a aparecer iba veztido kon un mantel marrón y dezía no zé ké del Pie Zoberbio, o el Buey Zukulento, o algo azí. Al final el gran jefe Krustak ze kanzó de zuz chorradaz y lo amarró a la apizonadora de zu karro de guerra.-

-Ezo deberíamoz hazer kon ezte.- Asintió Ozzrud.- Antez de ke ze le ponga el pellejo zonrozadito y empieze a llamar al jefe emperador. -Los orkos estallaron en sonoras carcajadas, que sacudieron el kamarote. Uzzbek prosiguió sin inmutarse:

-Reíd lo que keráiz, pero en el fondo zabéiz que tengo razón. Todo el mundo zabe ke loz orkoz zomoz loz máz grandez, loz máz fuertez y loz máz liztoz, ¿no?- Los demás pielesverdes asintieron solemnemente.- Y zin embargo no akabamoz de ganar a todoz ezoz meketrefez de kolorez ke pululan por ahí. Puez ezo ez porke no tenemoz un gran plan.- Y se inclinó con los ojos muy abiertos para añadir:- No tenemoz una filozofía.

Quedaba confirmado que a Uzzbek le pasaba algo grave y potencialmente peligroso para los objetivos de la flota (es decir, para la gresca), y era deber de los demás orkos el ponerle fin. Así que Ozzrud se puso en pie tranquilamente mientras ponía a punto su rebanadora.

-¿Azí ke ze trata de ezo? Muy bien, puez... ¡Akí tienez tu filo-zofía!

Y, acompañándolo con un salvaje ¡Waaagh!, descargó el tosco pero afilado acero sobre el cráneo de Uzzbek, que se abrió como un melón maduro. Los otros pielesverdes recibieron la lluvia de sangre y sesos con alborozo, a excepción del joven Bogrek, cuyo color de piel pasó del verde brillante propio de los orkos fuertes y sanos a un tono parecido al de la hierba seca. El violento estallido resultó más que edificante; era algo necesario tras la tediosa travesía y, unido a la inminencia de la batalla, asentó el buen humor en el kamarote. Tras unos minutos de sosiego, y aprovechando la amabilidad del ambiente, Oliki se dispuso a hablar:

-Puez kizá penzar no zea algo tan malo.- Reflexionó. Al ver las perturbadoras miradas que le estaban dedicando sus kamaradaz, se apresuró a añadir:- Dezpuéz de todo, ez a lo ke ze dedican loz chapuzaz y eztrambótikoz, a penzar, y zin elloz no podríamoz ir tan lejoz a por pelea. Y luego eztán loz zezudoz, ke penzando y penzando krearon lo mejor de todo: a loz orkoz- El añadido dejó a los orkos pensativos, sin que ellos mismos se percataran de la herejía que estaban cometiendo.

-Ezo ez verdá.- Asintió Graknash.- Y penzando ze ha llegado a kozaz realmente buenaz, komo el rojo korremáz, ke tanta kaña le da a mi buggie.

-Pero nozotroz zomoz tipoz duroz, y eztamoz akí para zurrar, no para penzar.- Intervino Ozzrud.- Ademáz, todaz ezaz kozaz tan zezudaz kazi nunka funzionan, komo el rojo korremáz, prezizamente.

-¿Ké dizez?- Exclamó Graknash, ofendido.- Kómo no va a funzionar, zi todo lo ke korre bien ez rojo.

-Zí.- Corroboró Oliki. Yo una vez luché kontra unoz chikoz del Kaoz ke eran baztante legalez: llevaban piztolaz pero preferían atakar con hachaz, komo nozotroz. Puez bueno, iban todoz de rojo, y korrían ke ze laz pelaban. Lo rojo korre máz, eztá claro.

-No hay rojo ke por verde no venga.- Sentenció Dorga.

-Puez yo te digo ke no ez azí.- Insistió Ozzrud.- En una okazión dezkuartizé a un humanejo del todo; sin brazoz ni piernaz lo dejé. Kedó todo cubierto de rojo, y no tenía pinta de poder korrer demaziado, kréeme... ¿Y ké paza kon ezaz motoz voladoraz de loz orejotaz? No laz pintan de rojo y kazi ni laz vez pazar.

-Ezo ez porke lo que ez rojo ez el motor, ke no tienez ni idea.- Gruñó Graknash, cuyo enojo era ya más que evidente.

-¡Ni idea, ¿eh?!- Rugió Ozzrud.- Lo ke kreo ez ke tú también kierez un poko de filo-zofía, kanijo.

Tiene poco sentido describir con detalle el transcurso de la discusión a partir de este punto. Bastará decir que cuando el noble kapi pasó por el kamarote haciendo la ronda de inspección rutinaria se encontró con un pequeño lago de sangre verde salpicado de miembros amputados y cosas difícilmente identificables. En ese preciso momento, Bogrek salía con no muy buena cara de debajo del catre en el que se había escondido, y el maravillado noble, creyendo que era el autor de tamaña carnicería, decidió promocionarle a zoldado de azalto (en una flota orka, promocionar significa agarrar al interesado y arrojarle dentro del kamarote de sus nuevos compañeros, sin mucha más ceremonia). Aunque pueda parecer bizarro, lo cierto es que el ascenso de Bogrek siguió de forma bastante exacta las pautas de la sociedad orka: unos cuantos cadáveres y alguien en una posición desde la que asegurar que la generación de cadáveres se mantiene a niveles aceptables. Si fuera este un ensayo de carácter sociológico acerca de la naturaleza orka, llegaríamos a la conclusión de que, efectivamente, la capacidad de razonar para llegar a conclusiones complejas no complace a dicha naturaleza (o a Gorko y Morko), que se encarga de procesar adecuadamente a los individuos que llegan a desarrollarla por accidente.


En lo más profundo de las entrañas del Pezio Inzignia, en las peores condiciones higiénicas que pueden generarse en un lugar ocupado por orkos (peor aún, construido por ellos), se hallaba el kirófano del matazanoz Gruble Trincheras, jefe del Ekipo Médiko del kaudillo. Como a la mayor parte de los matazanoz orkos, a Gruble le encantaba acoplar planchas metálicas, implantes biónicos y kombiarmas enormes a los cuerpos mutilados de sus congéneres; la diferencia radicaba en que, a diferencia de los demás matazanoz, él tenía por pacientes habituales a los nobles de un kaudillo de renombre, orkos colosales y más duros que un piedro. Eran bestiales criaturas que, ocasionalmente y por pura cabezonería, incluso sobrevivían a las operaciones, y el resultado era toda una escuadra de guardaespaldas biomecánicos que sembraba el terror y la destrucción entre los enemigos de los orkos y, más frecuentemente, entre los propios orkos. Se trataba de todo un éxito profesional, pero a Gruble, y en esto sí que era como los demás, le importaba un garrapato el éxito mientras le dejaran seguir acoplando planchas metálicas a cuerpos mutilados.

En el momento en que la flota reanudaba la marcha, Gruble se encontraba en plena operación, una intervención rutinaria de “rekonverzión anatómika”. El paciente, uno de los lugartenientes del kaudillo, quería poder desplegar una cantidad de munición de akribillador suficiente como para reducir a pasta a un gran demonio en cuestión de segundos. Con la seguridad de alguien con años de experiencia (y de alguien a quien no le importa lo más mínimo el estado de su paciente) Gruble enredaba con sus herramientas: rajaba, cortaba y, sobre todo, trinchaba (¿o alguien pensaba que el apodo “Trincheras” en un orko podría tener algo que ver con la estrategia militar?). Los gretchins ayudantes danzaban alrededor de la mesa de operaciones imitando a su jefe con instrumentos más pequeños y riendo como dementes.

-¡Bizturí! ¡Zierra! ¡ZUDOR! – Chilló Gruble.

Un kanijo kamillero apareció corriendo con un gran bote de dulce sudor de garrapato-uva y puso la pajita al alcance del matazanoz, que sorbió haciendo un ruido impresionante y siguió a lo suyo: un brazo menos por aquí para colocar un akribillador; unos dedos del pie menos por allá, dejando un hueco perfecto para una caja de munición de emergencia... De pronto, la nave se estremeció violentamente; era el momento en que los propulsores volvían a la vida. Gruble, que en ese momento sostenía su famosa “zierra kirúrjika” (una motosierra normal y corriente, que solo tenía de particular la inscripción “ezto ez del dok”), perdió el equilibrio y rajó al desdichado sujeto desde el pecho hasta el muslo. Un puñado de tripas cayó al suelo del kirófano con un borboteo bastante poco agradable.

-¡Jefe, jefe! ¡Eztá muerto, eztá muerto!- Gritaba uno de los kanijos, dando saltitos de emoción.

-¡Kállate, y trae el tubo de elektrochoke!- Respondió el matazanoz.

El kanijo dudó unos instantes, decepcionado por la posibilidad de que el paciente se salvara. Pero pronto llegó a la conclusión de que un buen chispazo sería mucho más entretenido que un triste destripamiento, y fue a buscar el tubo. Gruble lo introdujo en el enorme tajo, giró una ruedecilla y apretó un botón. Una brutal descarga iluminó el kirófano, y brotaron chispas por doquier.

El electroshock tuvo un éxito parcial. Difícilmente iba a devolver a la vida al sujeto, pero sí logró arrancarle algunos estertores. En uno de ellos, uno de los brazos, cuya mano Gruble había sustituido por una rebanadora, describió un arco perfecto durante el cual cercenó limpiamente la cabeza del matazanoz, que cayó rebotando como una pelota de playa. Los kanijos estallaron en vítores y aplausos.

-¡Bravo, jefe, bravo!

Cuando el cuerpo de Gruble se desplomó, el comunicador que había en una de las paredes del kirófano chisporroteó, y de él emanó una voz poderosa que hizo retumbar la estancia:

-¡Matazanoz! ¿Eztá ya lizto mi chiko?

Al oir esto, los gretchins cayeron al suelo sin poder reprimir las carcajadas, revolcándose en el encharcado suelo del kirófano.

-¡Ze ke eztáz ahí, puedo oir a tuz kanijoz! ¡Komo me obliguez a bajar te arrancaré la kabeza!


Tal es la vida cotidiana a bordo de un pecio orko. Las razas que se consideran a sí mismo “superiores” ven a los pielesverdes como criaturas atrasadas y brutales (aunque esto último sería entendido como un piropo por los propios orkos); sin embargo, la esperanza de vida de un guardia imperial, un guerrero tau de la Casta del Fuego o una hermana de batalla no es demasiado superior a la de un pielverde. Además, ¿cuál de ellos podría confesar ante la implacable Inquisición habérselo pasado la mitad de bien durante su corta existencia?