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2º Clasificado en la III Edición del Certamen de  Relatos Warhammer

Lo veo todo. Veo todo en el vacío infinito, sentado eternamente en este trono que no para de regular los estimulantes de mi organismo. Cada día que pasa tengo más resistencia a ellos, y cada día que pasa puedo entrenar menos de las doce horas reglamentarias. Dentro de poco estaré acabado, y lo veo justo. He estado tiempo fuera, he estado mucho tiempo fuera. Esta es mi recompensa, este es mi castigo por una vida tan larga que solo los traidores la han conocido. En la luna perdida, mi nave se estrelló durante el injusto enfrentamiento de hermanos contra hermanos, y en ella permanecí durante siglos sin término. Congelado, esperando, acosado por la Maldición del Sueño eterno que consume a mi capitulo.

Este escrito es solo para los ojos de los Maestres Capitulares, para mis tres hermanos supremos, y es mi confesión. Nunca les dije en qué época nací, ni hasta donde llegaba realmente mi memoria. Esta será mi última misión, mi última cruzada. Una famosa remeradora llamada Petronela Vivar dijo una vez: "yo estaba ahí el día que Horus cayó". Es una triste y veraz frase... ¿en cuántos sentidos es cierta? Cayó en batalla, cayó en desgracia, cayó engañado, cayó ante el Emperador... cayó en el Caos. No pude creer lo que me contaron, no hasta que no lo vi. No hasta que sentí en mis propias carnes lo que era la traición de los hermanos. Dicen que todos los astartes eran capaces de llorar de alegría o aprensión ante el poder y la magnanimidad de los Primarcas. Nuestros comandantes, nuestros padres, hermanos, guías, amigos. Tan poderosos, tan únicos, tan especiales todos y cada uno de ellos. Mi Primarca probablemente hubiera podido hacerme llorar si lo hubiera querido, pero yo solamente lloré un día, unas horas. Lloré el día que mi nave fue derribada, el día que tuve que arrastrar a Valder Greyhelm hasta la tumba de éxtasis donde duerme ahora. Yo tuve que enterrar su cuerpo maltrecho, y tuve que huir abandonándolo a su suerte con los traidores acosándome. Lloré cuando uno de mis corazones se paraba por las heridas, pero no fue por la muerte en ciernes, sino porque solamente yo sabía dónde estaba enterrado. Me convertí en el marine más codiciado de la legión, en el que todos querían corromper o salvar, en la llave que abría la tumba del Primarca.

No solamente era portador de una plaga que temible Nurgle jamás podría imitar por lo esencial de su naturaleza, sino que soy el responsable directo de propagarla a mis hermanos. Soy el portador del Sueño Eterno, el paciente cero. Soy un arma viviente, y la ironía desgraciada que rodea a este hecho, me atormenta a cada minuto que pasa. Todas las legiones tenían algo particular, algo único. Nosotros éramos maestros en una sola cosa, y yo la eché a perder, al mismo tiempo que conservaba a nuestro padre. Su estertor final me contagió, y al estar solos, yo era el único que podía contagiar a los demás.

Pero esto es demasiado para empezar. Soy un guerrero y no un rememorador, de modo que me permitiré algunas licencias al exponer los terribles hechos que acontecieron, hablando de "nosotros" o de "ellos" dependiendo de quién enfoque nuestra odisea en ese momento. Esta, hermanos, es la memoria de la XI Legión. Nosotros... fuimos los Yelmos Grises, aunque nuestros hermanos nos llamaron siempre los Restauradores. Y esta, es nuestra historia.

Capítulo I:La era Pre-ImperialEditar

Los Eldars cayeron por culpa de su orgullo, de su suficiencia, de su hedonismo y egoísmo. Hubo pocos que escaparan, y aunque siempre fueran por orden del Emperador nuestros enemigos, Telor siempre los respetó. Era un buen primer capitán, y recordaba nuestra historia antes de la llegada del Imperio. La llegada lo cambió todo, lo puso todo patas arriba. Todo era... sencillamente gris. Nuestra civilización estaba en guerra civil, si bien habíamos alcanzado un tipo de guerra tan sumamente escalofriante en nuestro sistema que estábamos en un punto muerto. Bastante más muerto de lo que la gente podría imaginar.

El sistema estelar Varinos estaba compuesto de ocho planetas, y seis de ellos eran habitables, desde el tercero al último. Como una gran familia de hermanos pequeños y grandes, todos los elementos del sistema solar flotaban juntos en la inmensidad del Segmentum Tempestus, minúsculas partículas en el vacío infinito.

El primer planeta era Varinos primaris, un mundo asolado por radiaciones que caía lentamente hacia la órbita del sol. Era tan caliente, que solamente servía para mantener colectores de energía en órbita y alimentar nuestras reservas de plasma y energía a lo largo de todo el sistema solar. El segundo era Varinos Colossus, la hermana pequeña de la estrella, cuyo campo gravitatorio impedía a Primaris caer a plomo contra la corona solar. El tercero y cuarto eran mundos agrícolas, Verfil y Verdal respectivamente. Veryul era el planeta capital, y ocupaba el quinto puesto, mientras que Verial y Vertol eran minas y ocupaban los puestos seis y siete. El octavo mundo, alejado de todo calor y temiblemente frío, era lo que nosotros denominábamos... Caos. Allí era donde vivían los corsarios, la pesadilla de nuestra civilización.

En los cinco mil años de historia de la Vieja Noche, la sociedad se había desarrollado en un sinfín de guerras entre corporaciones. Hubo enfrentamientos por cada trozo de roca en el que se pudiera vivir, y la creciente población no se vio mermada por los sucesivos intentos de unas y otras corporaciones por tomar un centímetro más de los rivales. La intensa competitividad capitalista había llegado hacía tiempo a las manos, y el gobierno corrupto se vendía al mejor postor hasta el punto en que dejó de haber ejército público y empezaron a brotar corporaciones de mercenarios, que se subcontrataban al mejor postor para librar batallas en las que sólo importaba el contrato.

Tras el terrible incidente de la luna de Urax, que orbitaba alrededor de Verdal, se prohibieron las armas nucleares en el conocido Consejo de Veryul. La reunión entre las cien corporaciones puso límites a la guerra, y determinadas armas quedaron prohibidas bajo la amenaza de todas las demás corporaciones reunidas. Un grupo de comandos de la corporación Teresar, había detonado una bomba de doscientos megatones dentro de un búnker acorazado de la corporación Rankur en la luna, y el resultado había sido una grieta estructural en el satélite que abarcaba trescientos de sus mil kilómetros de diámetro. La lluvia de meteoritos destruyó dos ciudades de Veryul, matando a casi ciento treinta millones de personas y volviendo la atmósfera irrespirable durante seis meses. Podría haber sido mucho peor, si bien los edificios de Veryul estaban pensados para ser estancos como resultado de los enfrentamientos y el desastre climatológico solamente afectó a los más pobres.

Las corporaciones y el gobierno concluyeron que destruir planetas completos era sumamente malo para los negocios, y las armas se limitaron en gran medida. Las cabezas térmicas cabezamartillo de neutrones, las armas nucleares y termonucleares, las bombas incendia-atmósferas... se prohibieron. Y se destruyeron muchas armas de destrucción masiva en aquellos días, junto a los planos y personas responsables de construirlas. Por irónico que pueda parecer, esto desató un nuevo tipo de guerra, mucho más sofisticado y letal que el que padecíamos ante la amenaza constante de un holocausto nuclear panplanetario. Ante la creciente demanda de soldados, se comenzaron a hacer levas forzosas y a obligar a las condenadas y mujeres pobres a tener hijos contra su voluntad. Llegó hasta tal punto que los niños luchaban a los trece años, y que a muchos se los criaba para luchar. Las bajas de la guerra convencional eran mucho más terribles que en la guerra masiva, y esto provocó el evento que conocemos como la Ascensión de las Tres Grandes Casas de la Medicina. En resumidas cuentas, las tres grandes corporaciones médicas adquirieron un nivel de importancia tan sumamente vital a la hora de curar y reconstruir soldados que se adueñaron de todo.

Los médicos compraron a las compañías de armamento, luego a los proveedores, y luego directamente a las compañías de mercenarios completas. Todo habitante del sistema salvo los piratas llegó a ser esclavo de un chip de control que le obligaba a estar controlado durante día y noche, supeditado a las corporaciones sin rostro que los dirigían hacia sus intereses. Llegó un punto donde las tres corporaciones médicas conocidas como Clonus, Dna-Helix, y Moebius; controlaban todos los mercados financieros, todas las personas, todas las corporaciones e incluso a quienes supuestamente las controlaban. El individuo, incluso si era directivo, estaba supeditado al avance global de la corporación. Moebius llegó a destruir su propia cúpula directiva en un ataque de bandera dirigido por los encargados de los cálculos, ya que eso aumentaría sus beneficios.

Se comenzaron a desarrollar nuevas armas terribles, que mataban siguiendo cierto patrón genético o inutilizaban los blancos con neurotoxinas. Todos los venenos corporales imaginables surgieron en los laboratorios, y los antídotos se desarrollaban a la misma velocidad. Luego comenzó la mejora de los hombres que empuñaban las armas, y por último apareció el nuevo tipo de guerra. Era una guerra fría y silenciosa, una guerra de armas que mataban de un golpe, de modo que incluso un arañazo era letal. Era una guerra que había olvidado las armas de fuego, las armas de energía, e incluso los cañones. Fue la Era de los Asesinos, el tiempo de las pesadillas. Aparecieron los clones del soldado definitivo, y Clonus pasó del apogeo dominador a la destrucción absoluta en cuestión de meses.

Dna-Helix había planeado el arma definitiva, y no tuvo ningún reparo en utilizarla en dos de nuestros mundos con tal de ganar su guerra. ¿Quién iba a impedírselo, si Moebius anhelaba la victoria sobre Clonus tanto como ellos y el resto de corporaciones y gobiernos ya habían desaparecido? El enemigo del enemigo fue considerado amigo, y las dos corporaciones terminaron una de las mayores aberraciones de la galaxia. Verfil y Verial sencillamente desaparecieron bajo el ataque del virus, y Veryul no podía resistir sola sin el apoyo de los otros dos planetas de Clonus. Cada una de las otras dos corporaciones poseía dos planetas, y el octavo estaba en manos de los piratas. Los clones eran numerosísimos, así que la única forma de destruirlos era liberando la obra maestra conjunta sobre ambos mundos. Ese, y no otro, fue el origen del Virus Devorador de Vida. Nosotros, solo nosotros, lo inventamos... y redujimos los planetas habitables de un impresionante ocho a un triste seis.

Entonces, fue cuando llegó Valder.


Capítulo II:La llegada del PrimarcaEditar

Valder significa "el poderoso" en la lengua estándar de nuestros mundos. Cayó en Caos, el planeta helado donde los piratas y corsarios vivían en un régimen de estricta anarquía, a veces trabajando para las corporaciones y a veces saqueando a placer. Tras el evento conocido como La Alianza, Dna-Helix y Moebius habían alcanzado una incómoda alianza que ponía en peligro la piratería. Se habían prohibido los contratos de corso y se estudiaba entre las dos cúpulas aniquilar la única pústula de color que manchaba el inmaculado gris de las batas de laboratorio del sistema Varinos. Los clanes piratas se habían aliado a su vez, y el único objetivo viable era impedir que ninguna nave capaz de transportar al Devorador de Vida se pusiese en órbita alrededor de Caos. Tal aberración solamente podían dispararla una decena de naves, pues el sistema era complicado y peligroso incluso para los dos gigantes podridos, y ninguno quería que ni sus naves ni su valioso personal se convirtieran en restos descompuestos. El índice de suicidios en el pequeño mundo pirata se había multiplicado por ocho en el año en que el Primarca bajó del cielo.

Fue como una estrella caída desde el firmamento nublado por las tormentas de disformidad, que cruzó los páramos de los polos fríos para estrellarse en mitad de la tundra. El impacto abrió una brecha en la corteza hasta el punto de que varios kilómetros a la redonda se fundieron para dar paso a la vegetación de crecimiento rápido, latente en el permafrost. Las plantas crecieron en cuestión de horas, y para cuando el clan pirata Estrella Itinerante llegó a la zona a verificar de qué se trataba, encontraron un pequeño valle que parecía un edén de los planetas interiores. Los piratas se asombraron, y durante mucho tiempo estuvieron explorando el lugar en busca del milagro que había producido aquel asombroso efecto. La codicia se apoderó de sus corazones, pues en Caos solamente crecían un centenar de kilómetros de vegetación invernal alrededor del ecuador, y las siguientes horas fueron una batalla en la maleza. Los piratas lucharon contra sus hermanos de clan, dispuestos a quedarse con el artefacto capaz de generar microclimas en el planeta para ellos. Quizá era un experimento de las corporaciones que podrían vender o utilizar a cambio de su propio país sacado de la tierra baldía. Fue una lucha larga y sangrienta, terrible y dolorosa, desigual y desleal. Los aliados se convertían pronto en enemigos, los enemigos de repente colaboraban para matar a un traidor, y luego todos ellos volvían a traicionarse.

Al final, de cien hombres que habían ido, tan solo sobrevivió una mujer. Delara engañó al último par de piratas, que eran de los más sanguinarios, ofreciéndose a sí misma como premio al ganador. Los sacamantecas de Clonus la habían esterilizado para utilizarla de incubadora tan pronto como había alcanzado la mayoría de edad, y había sido de los pocos supervivientes de la corporación cuando una de sus naves había intentado huir a Caos. Eso la hacía candidata para un placer sin límites que nunca estaría interrumpido por la propia naturaleza de la procreación, de modo que era un trofeo irresistible para una cultura machista como era la del sistema. Cuando el pirata triunfador se acercó a ella, se dejó llevar por el impulso del hombre, y tras varias vueltas en la hierba que más tenían ya de retozo que de coqueteo, lo mató con sus uñas sintéticas capaces de cortar incluso el acero. Nadie hubiera esperado semejante implante en una mujer de cincuenta kilos, pero aquello era el Planeta de los Piratas, y todo era posible.

Volvió a vestirse y vagó examinando y saqueando los cuerpos de sus compañeros. Debido a la calidez de la zona, tardó bastante rato en darse cuenta de que se aproximaba la letal noche del planeta, y que el permafrost comenzaba a devorar de nuevo los límites del valle encantado. Horrorizada, trató de escapar de la inevitable tumba de hielo en la que se vería atrapada para siempre si la noche la alcanzaba. Intentó huir en uno de los pocos vehículos que quedaban intactos, pero las orugas patinaron y se vio arrastrada hasta el centro del cráter, como si cada pisotón desesperado del acelerador la llevase en dirección contraria a la que pretendía. Desesperada al llegar al punto más profundo del tazón, descubrió que la noche ya había alcanzado la mitad del cráter, quemando todas las plantas con una abrasadora capa de frío. Se echó a llorar de terror y de rabia, dejándose caer sobre la protuberancia cubierta de malas hierbas que había en el centro del cráter.

Se dio cuenta de que estaba caliente al tacto, tan caliente que quizá era el verdadero origen de aquel efímero edén. Comenzó a tirar de las hierbas, como poseída por algún tipo de instinto primario que se aferraba a la supervivencia con uñas y dientes. Sus uñas mejoradas pronto desbrozaron toda la hierba, y encontró lo que habían estado buscando todos. Por lo que sus hermanos de clan se habían matado unos a otros, por lo que ella misma había matado. Era una cápsula de emergencia, una especie de recipiente diseñado para transportar a los huidos de naves en problemas a la seguridad de los planetas. Demasiado pequeña para un adulto, de modo que no podría usarla. Las lágrimas amenazaron con regresar a su rostro cuando golpeó de rabia el duro metal, y casi sufre un infarto al ver que la pequeña nave se abría soltando chorros de vapor.

Delara no tenía nada que perder, así que miró en el interior, sin estar segura de que lo que hubiera dentro fuera siquiera humano. Su duro corazón de pirata se fragmentó en un millón de pedazos cuando descubrió qué había en el interior. Era un bebé, uno enorme, de ojos grises y pelo negro y lacio como la noche sin estrellas. Se chupaba el pulgar y la miraba con inteligencia, como esperando a que hiciera algo. Delara se maldijo a si misma por haber golpeado la cápsula. Era una asesina y una traidora, y merecía la ironía de morir congelada por haber matado a sus compañeros, no así un niño pequeño que nunca habría podido hacer daño a nadie. Las lágrimas se apoderaron de ella una vez más, y desconectó al pequeño de la cápsula con un instinto maternal que jamás había conocido y jamás volvería a conocer. Tenía un par de minutos antes de que el círculo mortal los consumiese, de modo que hizo lo único que podía hacer: se sentó en la cápsula con el niño en brazos, tapó a los dos con su abrigo y ropas. Lo último que pudo recordar antes de que la oscuridad la envolviera, era que tenía que proteger al niño a toda costa.

Cuando recuperó la consciencia, oía el rumor de los motores de más orugas de nieve. Abrió los pesados párpados, y descubrió al pequeño asomado por encima del abrigo, diciendo palabras en el incomprensible idioma de los bebés mientras agitaba una manita en dirección a los transportes. Era grande para ser un niño, pero le había parecido tan adorable que juró nunca desprenderse de él. Lo siguiente que se preguntó era por qué no estaban muertos, y descubrió con estupor que un área de varios metros alrededor de ellos estaba incólume, con la hierba todavía intocada por el frío. Los piratas de la banda que venía no la conocían, y escondió al niño bajo su ropa, con suerte, podría hacerles creer que la cápsula era la fuente del calor anormal y así salvar al pequeño. Delara sabía en lo profundo de su ser, que el bebé que la miraba ahora y sonreía como su fuera consciente de lo que pensaba, era la verdadera fuente.

Veinte años después, Valder hacía la guerra como lugarteniente de su madre, Delara. La mujer había perdido el ojo derecho en combate, y él era ya un hombre enorme cubierto de cicatrices. Su rostro, inexplicablemente a salvo, tenía un par de líneas grises provocadas por su vida de guerra. Una le surcaba una ceja, y otra el pómulo izquierdos. Era uno de los piratas más conocidos del sistema, y sin duda uno de los más terribles, hasta que la Alianza sacrificó la vida de cientos de civiles para capturar su nave. Pasó los siguientes diez años encerrado en un edificio de paredes blancas y sin puertas o ventanas visibles. Los análisis genéticos y químicos a los que le sometieron revelaban que se trataba de un ser superhumano y no de un simple mortal, así como la esterilidad de su madre y el hecho de que era adoptado. Enfureció al principio, pero luego obedeció todas y cada una de las órdenes de sus captores para proteger a su madre. Le mostraban imágenes de ella, le dejaban hablar y conversar con ella una vez por semana. Cuando se dieron cuenta de su increíble potencial mental, de lo rápido que aprendía de todas las pruebas a las que lo sometían, decidieron que valía incluso más como investigador que como cobaya.

Fue instruido por los mejores doctores y genetistas, que iban a darle lecciones privadas totalmente pagadas y alentadas por la Alianza. Esta fue la situación durante casi una década, y a pesar de que lo conminaban continuamente para crear nuevas armas, Valder trataba de explicarles que él no podría crear una monstruosidad que superase al Devorador de Vida, y por el contrario regalaba a las corporaciones fascinantes descubrimientos científicos que dejaban a toda la sociedad boquiabierta. Implantes cibernéticos, reconstrucción de miembros y órganos, curas casi totales para la mayor parte de cánceres, ciegos de nacimiento que veían de nuevo... nada estaba fuera de su alcance, y ninguna de las dos corporaciones sacaba ventaja sobre la otra, olvidando con ello a los piratas que habían cuidado del Primarca. Pronto ningún maestro tuvo nada que enseñarle, y dominó prácticamente todos los campos de la medicina y la genética mejor que ningún otro habitante del sistema.

La única forma de chantaje era su madre, y debían cuidarla para que trabajara, al mismo tiempo que nunca haría lo que ellos querían si no le hacían nada. En un determinado momento los directivos de Moebius tomaron cartas en el asunto, y el intento de secuestro acabó matando a Delara. Tan pronto como Valder se enteró montó en cólera, una cólera para la que su prisión de paredes blancas no estaba preparada. Usando sus productos químicos escapó, huyendo a los niveles más bajos y llenos de oscuridad de la ciudad colmena principal. Lenta pero inexorablemente, su resistencia comenzó a dejarse ver, asimilando cada vez más grupos descontentos, cada vez más gente que quería huir del control medicocrácico de las corporaciones de la Alianza.

Unos once años después del incidente, el Primarca ya controlaba una fuerza pareja a la de las dos corporaciones, contando sobre todo con núcleos de resistencia en todas las colmenas del sistema planetario. Era un enemigo que no podían destruir sin destruir el huésped, ellos mismos, y las invisibles corporaciones comenzaron a autodestruirse por la acción de topos, actos terroristas, experimentos fallidos y directivos asesinados. El Gremio de Asesinos trabajó sin descanso, enzarzándose en una terrible pelea invisible a tres bandas, pues la Alianza ya sospechaba hasta de sí misma, y tanto Dna-Helix como Moebius pensaban que el otro iba a traicionarlos gracias a Valder Greyhelm. Su apellido materno era una burla en sí mismo al uniforme de los médicos que pretendía destruir, y comenzó a corearse por muchos lugares. Poco después, algunos directivos hablaban ya de disolver las corporaciones antes de que fuera demasiado tarde, y a pesar de las ejecuciones sumarísimas de los detractores de la estructura monolítica esta acabó desmoronándose. Doce años y trece días después de la trágica muerte de Delara, todo el sistema solar convocaba nuevas elecciones democráticas, en las que se incluía Caos como planeta perteneciente al sistema. Se respetaron los Fueros de la Piratería y se consideró desde entonces a los piratas como milicia del ejército que podía ser llamada a filas, y a quienes se subvencionaría para poder autoabastecerse en su planeta, al que rebautizaron como Urthâk. La "roca helada", comenzó a convertirse en un gigantesco puerto estelar que debía servir de plataforma para la futura conquista de mundos.

Valder continuó muchas investigaciones y destruyó otras tantas, siempre procurando eliminar todo aquello que pudiera ser perjudicial para su nueva sociedad. Se cambiaron los estatutos de las corporaciones, se eliminaron los chips de control, y se declaró ilegal experimentar con seres humanos salvo que estos lo consintieran expresamente delante de una decena de testigos ajenos a las corporaciones. Se reabrió el libre comercio, la economía se volvió proteccionista, y se eliminó de la justicia la experimentación forzada. El final de los niños soldado y las mujeres incubadora llegó tan pronto como el primer gobierno libre había alcanzado su apogeo.

El Primarca estableció como símbolo de la nueva Medicina Pública dos serpientes que se enroscan alrededor de un bastón de mando, para recordar la terrible sombra de las corporaciones y que los errores nunca se repitieran. Se convirtió en embajador con los piratas, y en Investigador Supremo de la Universidad Libre de Veryul. Solamente se arrepentiría de una cosa durante su vida como investigador, y fue de no destruir el Devorador de Vida, pues su creciente orgullo le obligó a intentar buscar la forma de contrarrestar el arma biológica más terrible jamás inventada.

Ese era su objetivo final... cuando el Emperador llegó.

Capítulo III:La Era Imperial y la Gran CruzadaEditar

Los ojos grises hielo del Primarca se abrieron como platos el día que el Emperador apareció con su flota en el sistema. Solamente un pequeño ejército, los asesinos y los piratas podían considerarse una fuerza militar; de modo que el gobierno planetario no optó por la confrontación. A pesar de que Valder sintió de inmediato la presencia de su padre y la alegría que este emitía al saber que le había encontrado, no tuvo tiempo de destruir todo el material acerca del Devorador de Vida cuando apareció. Mientras era recibido con vítores y grandes agasajos propios de una sociedad avanzada y civilizada, él se escondió en el laboratorio más profundo para intentar eliminar la mayor aberración de su vida antes de que lo encontrara.

Su sistema se integraría en el Imperio como pocos, pero él no podría mirar a su padre a los ojos mientras el virus existiera.

Cuando el Emperador lo encontró, estaba en mitad de un laboratorio destrozado, con la bata médica hecha jirones y aporreando a toda prisa un teclado virtual. Los pocos astartes que acompañaban al Emperador se asombraron de ver la palidez en el rostro del Primarca cuando ambos se encontraron. Si hubiera podido tener miedo, aquella fue la ocasión que más cerca estuvo de tenerlo. Su padre frunció el ceño al verlo, y comprendió qué era lo que estaba protegiendo. Pidió a los marines de la XI legión que esperaran fuera, y conversó durante horas con el soberano de la humanidad. Cuando salieron, el Primarca había aceptado la verdad de su padre y declaró que se pondría al frente de su legión, si bien el pesar de conservar el Devorador de Vida no le abandonaría jamás.

Como el resto de legiones, la XI se adaptó rápidamente a los deseos y costumbres de su Primarca. Una vez estabilizada su semilla genética, lo que no representó ningún problema para el Maestro de la Medicina, comenzaron los reclutamientos. Entre los estudiantes más sobresalientes y físicamente preparados se escogieron cientos, si no miles, de candidatos a Astartes. El número de apotecarios de la legión era atroz comparado con el de otras legiones, y sus bajas en combate eran infinitamente menores. Muchos oficiales eran a la vez apotecarios, y sus conocimientos sobre el tratamiento de enfermedades llegaban mucho más lejos que los de sus hermanos de otras legiones. Eligió para ellos el brillante gris plata de las estrellas, tomando las hombreras rojas carmesí. Su emblema fue la doble serpiente y el báculo, a la que el Emperador añadió las alas del áquila para representar a los apotecarios de todas las legiones.

La legión se organizó en ocho capítulos, cada uno dirigido por un capitán capitular, y cada pareja de ellas respondería ante un Maestre de la Legión. De este modo, la XI Legión tendría una cadena de mando rígida y sin fisuras.

Su avance durante la cruzada a bordo del Descanso del Guerrero como parte de la trigésimo tercera expedición fue relativamente lento comparado con el de sus hermanos Primarcas, salvo quizá Lorgar, si bien el número de bajas fue ridículo comparado con el de ellos. Además, Valder consiguió el increíble promedio de tener que conquistar por la fuerza un mundo de cada diez. Solamente los Portadores de la Palabra conseguirían una tasa de éxitos mayor. Su habilidad diplomática, unida a su increíble despliegue pacifista presentándose como médico en vez de como conquistador hacía que cualquier mundo humano se rindiera ante su abrumadora presencia. Tal era su habilidad, que incluso corrigió de una generación para la siguiente la mutación de varios mundos, devolviéndolos a un estado de pureza humana que solo existía en Terra. Fue amonestado dos veces por el mismísimo Emperador por negociar con los Eldar su retirada de seis sistemas, pues parecía comprender que los alienígenas valoraban sus vidas por encima de los planetas que ocupaban. Esto le causó una terrible frustración que sellaría su destino...

Cuando se usó por primera vez el virus en un planeta alienígena, Valder se negó en redondo a apoyar a las fuerzas de su padre en el ataque. Retiró a todos sus médicos de las escuadras, y se colocó en posición de salto disforme antes de siquiera explicar qué estaba haciendo. Tal fue la estupefacción del Emperador, que le amenazó con disolver su legión y encerrarlo para siempre si no abandonaba de una vez su permisividad con los xenos y volvía a su posición. El Primarca médico le instó a ello si lo creía necesario, rogando al Señor de la Humanidad que le demostrase el amor de un padre destruyendo para siempre la abominación vírica que se había desarrollado en su mundo y que él había salvado de la quema de conocimiento prohibido. Su padre juró que solamente lo usaría en casos de extrema necesidad, pero aquello no fue suficiente para él. Con una orden precisa, dijo a su padre que no volvería a luchar a su lado mientras aquel horror existiera, y a pesar de que el mismo Emperador le pidió que lo reconsiderase, tanto el Descanso del Guerrero como su flota desertaron a su sistema, y encendieron un artefacto de incalculable poder que había permanecido oculto y en desarrollo desde que el Emperador se marchara, lejos incluso del alcance del Mechanicus: El Gran Escudo Disforme.

No todos los marines de los Yelmos Grises sufrieron la misma suerte. Casi la mitad de la legión estaba desperdigada por el cosmos, de modo que solamente parte de ellos regresó a tiempo antes de que se activara el Escudo. Muchos rumores apuntan a que todos aquellos marines pasaron a formar parte de los ultramarines, pero nada de esto ha sido confirmado jamás. Todo lo que sabemos es que el conocimiento de los Apotecarion procede de ellos.

Fuimos borrados, nuestro Primarca desapareció de su pedestal al igual que el Purgado y jamás se volvió a hablar de nosotros. Nos convertimos en fantasmas, en las sombras olvidadas para toda la eternidad. Todos se preguntarían dónde estábamos en los momentos de más necesidad, dónde habíamos terminado, por qué no acudimos a salvar y curar... al Emperador.

Hasta su exilio, Valder mantenía una buena relación con los Primarcas descubiertos, viajando a menudo con el Emperador. También reverenciaba a Horus, a quien consideraba el hijo predilecto del Emperador y un modelo a seguir, aunque todos los Primarcas eran demasiado violentos y sanguinarios para su gusto de curandero.

No fue hasta que encontró una nave Interexiana dañada en las patrullas camufladas fuera de su escudo disforme, cuando comprendió lo que había estado sucediendo en su ausencia. Los humanos avanzados les recibieron a tiros, pero su naturaleza protectora inculcada por su madre le llevó a minimizar las bajas contra ellos y a intentar parlamentar. Los Interexianos se sorprendieron de la benevolencia con la que les habían tratado, aunque se mostraron reticentes al contacto con el Primarca. Su líder, un interexiano manco de aspecto furibundo, le increpó durante seis días a través del comunicador de un cristal de seguridad, acusándole de traidor y de corrupto, sin que Valder comprendiera a qué se refería.

Cuando le quedó claro que no le haría daño, el interexiano concretó sus acusaciones, alegando que no trataría con un siervo del “Kaos”. La discusión se alargó durante horas, pues el Primarca pensaba que se refería a su planeta natal, que se había llamado así. Fueron seis días más los que hicieron falta para que el hombre accediera a explicarle que el Imperio había destruido su civilización, siendo comandados por un hombre que se llamaba Horus. Se sintió profundamente confundido cuando en ese momento Greyhelm le sacó de la celda y prácticamente le arrastró hasta un laboratorio, donde le conectó forcejeando a una máquina que le reconstruiría el brazo perdido en cuestión de días.

El interexiano dijo que había dejado atrás su nombre, perdido junto a su honor cuando un Lobo Lunar llamado Loken le había mutilado y convertido en un inútil. El Primarca lo conocía de oídas, y la actitud de robo y traición de ese Astartes concreto y de su hermano Horus le hacían doler la cabeza. No podía imaginarse qué clase de "mancha" era a la que se refería continuamente su invitado, que ahora más confiado por el trato recibido por él y sus camaradas tanto humanos como kinebrach, accedía a contarle más secretos. La ira del Primarca era fría y creciente a medida que el invitado hablaba, pero no dejaba de preguntarse qué verdad estaría ocultando. Ninguna prueba que él pudiera realizar con sus instrumentos denotaba mentira, y él se fiaba de los hechos médicos. Podía medir cualquier cosa, y a no ser que aquel hombre fuera un psíquico, era imposible que le ocultara la verdad. Tan pronto como sus astrópatas lo descartaron, se quedó en blanco por primera vez en su vida. Le faltaba algo.

Exigió al interexiano la verdad a cambio de su libertad y la de sus hombres, poniendo sobre la mesa una nave pequeña y las coordenadas de un mundo Eldar que había negociado no atacar. El otro aceptó, y le contó de manera científica y cuantificable lo que sabía sobre el "Kaos". Fueron necesarias muchas comprobaciones, muchos análisis por parte del capitán humano para comprobar que ni Valder ni sus hombres tenían ninguna "mancha". Le explicó a su invitado el verdadero objetivo del imperio, y le invitó a hacer todas las pruebas que quisiera con él para comprobar que no mentía. Asombrado, el capitán le concedió su confianza y le dijo como detectar y destruir el "Kaos", del modo en que los Eldar le habían enseñado.

Cumplió su palabra y liberó a los últimos Interexianos para que huyesen a donde pudieran, mientras él se preparaba para cometer el mayor error de su vida.

Como médico, pensó que el Caos era una enfermedad que podía curar, y su primer paso fue intentar contactar con Horus para que el "enfermo" reconociera su problema.

Decidió que si Horus lo necesitaba, bien valdría volver a enfrentarse a su padre, a pesar de que Russ pudiera hacerle lo que le hubiera hecho a su hermano el Purgado.

Capítulo IV:La HerejíaEditar

Cuando Valder rompió su exilio y alcanzó a Horus, fue en mitad de un salto intermedio camino de Istvaan III. El señor de la Guerra habló con su hermano largo tiempo Olvidado, y le explicó la visión de futuro que tenía, lo que había visto. Le contó que había estado presente cuando había sido engendrado, y se disculpó por haber golpeado su cápsula cuando solo era un bebé.

Por mucho que se desgañitó Greyhelm en presencia de Horus, no solamente no logró convencerle sino que al final cayó presa de sus palabras. El señor de la guerra lo dejó ir sin impedimentos, pues casi le había obligado a jurarle lealtad, alegando que su padre había usado varias veces el monstruoso virus de su planeta contra poblaciones enteras, y que él había sido testigo de lo mucho que disfrutaba jugando a ser un Dios que quitaba la vida a su antojo. No hay ningún dato sobre las palabras que cruzaron ambos Primarcas, si bien a la salida del encuentro el comandante de la XI Legión estaba colérico y rojo, en tanto que Horus sonreía con un gesto que algunos de los Guardias de Honor del capítulo afirmaron que podría tacharse de malicioso.

A la reunión asistieron también los dos miembros más antiguos y respetados del Mournival, un apotecario de los Hijos del Emperador, y el primer capellán Erebus. Esto enfureció gravemente a todos los Maestres de la Legión, quienes fueron excluidos de participar por la Corte de Lupercal, permaneciendo ellos y la Guardia unidos y desafiantes ante sus hermanos Astartes. Tenían instrucciones de evitar contagiarse de la enfermedad del Caos.

El contacto de Valder con la obra Fabius Bilis, antiguo alumno suyo, y sus increíbles avances en fisionomía y en la creación del Emperador lo abrumaron. Volvió a su sistema estelar tan rápido como pudo, negándose a la idea de enfrentarse a su padre. Desterró la tentación de la venganza con una nueva obsesión médica. Le habían mostrado algo que no se había atrevido a pensar nunca, que la obra del Emperador, los astartes, podía estar incompleta. Con esta idea envenenada en la cabeza, y creyendo firmemente que su padre debía ser obligado a entregar todas y cada una de las esferas del Devorador de Vida para su destrucción final demostrándole que podía equivocarse, se dispuso a participar en la guerra no como participante sino como garante de que el señor de Terra jamás volvería a usarla. No podía permitirlo. Todo lo que quedaba de nuestra legión estaba recluida en dos sistemas estelares a la espera desde hacía años de que el Emperador, único ser humano capaz de atravesar el escudo, viniera a reconocer su error.

Encerrado en su fortaleza de la Luna Quebrada de Urax, el Primarca tuvo visiones terribles sobre lo que debía hacer con sus Astartes. Comenzó a aplicar varios de los descubrimientos de Bilis en un grupo de control del Cuarto Capítulo. Telor, Primer Capitán de la Cuarta, comenzó a defender la teoría de que el Emperador estaba usando sus conocimientos superiores para fabricar una nueva y más terrible arma biológica en su retiro. Había sido el primero en experimentar los implantes de Fabius.

Los resultados del grupo de control fueron asombrosos, y a medida que el Primarca experimentaba más y más sentía la imperiosa necesidad de cambiar, transmutar todo. Era como si una voz invisible le susurrase todas las cosas que tenía que alterar para que sus marines espaciales alcanzaran la perfección.

La locura de los añadidos internos llegó a tal punto que algunos de sus marines ya no necesitaban comer o dormir, pues se alimentaban mediante generadores directamente de la energía disforme. Desarrolló armas que no necesitaban cargadores, servoarmaduras que no llevaban reactor, espadas que no necesitaban energía. Todo podía alimentarse directamente de poder disforme usando al portador como entrada, y era una fuente tan impensablemente infinita, que la galaxia podía ser conquistada varios miles veces antes de que el empíreo se diera siquiera cuenta de que estaban usando su esencia para alimentar tecnología. Y lo mejor era, que gracias a los Interexianos sabía cómo evitar la corrupción del Caos. Tan pronto como acabara el armamento para detener la guerra por pura disuasión, salvaría a Horus con una vacuna.

Cuando se produjo la matanza de Istvaan III, y posteriormente la matanza de Istvaan V, Greyhelm despertó. Tenía sus espías en el Imperio, y se dio cuenta de que Horus le había engañado al recibir el mensaje radiado a todo el Imperio de su hermano Dorn, y que el Interexiano le había dicho la pura verdad al advertirle sobre lo terrible que era la disformidad. Se arrepintió de lo que había hecho, pero la fuerza de Tzeench era ya tan intensa en él que necesitó de toda su tecnología para arrancar la presencia de su alma. En el proceso, arrancó parte de su propia conciencia, y debilitado por las operaciones para regresar a la normalidad, no tuvo más remedio que huir de sus propios Astartes. Las compañías de la Cuarta, de la Sexta, Séptima y Octava estaban ya cambiados, y pronto transmutaron su forma mortal por una posesión demoníaca.

Todas las criaturas que había alterado se transformaron en burlescas deformaciones afectadas por la esencia pura de la disformidad que alimentaba sus cuerpos y armas, fundiéndose en criaturas monstruosas. Algunos de ellos, ataviados con armaduras de exterminador que el mismo Horus le había regalado en su visita; fusionaron sus blindajes, pieles y armas, dando lugar a verdaderas aberraciones conscientes que podían mutar sus miembros para disparar de múltiples formas.

Algunos de ellos, los más inteligentes, huyeron aprovechando las grietas en la disformidad. Otros cazaron implacablemente junto a sus hermanos poseídos a los Astartes que todavía no habían cambiado y los arrastraron entre gritos y maldiciones hasta los laboratorios, pues algunas de sus armas eran tan letales y temibles, que atravesaban e inutilizaban a los exterminadores y dreadnoughts leales. Muchos cientos de la Tercera murieron para proteger al Primarca herido, que trataba de preparar un remedio para revertir lo que había hecho mientras la mente se le nublaba.

Yo era entonces poco más que un oficial de campo. Recibí la llamada de auxilio de mi señor, y entré con mi compañía completa en la Luna Quebrada para salvarlo.

Solamente tres escapamos, utilizando el cinturón de asteroides para poder esquivar a nuestros perseguidores semidemonio, y finalmente cuando nos alcanzaron, nos estrellamos. Allí fue donde construí durante meses la tumba de éstasis del Primarca con ayuda de mis compañeros, hasta que finalmente pudimos escapar cuando una batalla fratricida nos pasó cerca. Las naves de nuestro capítulo estaban divididas ahora en dos facciones enfrentadas, y los poseídos buscaban a nuestro señor para terminar su ascensión a Príncipe Demonio.

La guerra civil continuó durante siglos, aislados por el Gran Escudo. Generaba un campo disforme que rompía las rutas de salto alrededor de nuestros dos sistemas de reclutamiento, y la brutal contienda continuó arrasando nuestras tierras durante una centuria. Toda nuestra civilización colapsó, y como he dicho antes, me convertí en la única persona que sabía dónde estaba Valder Greyhelm cuando mis compañeros murieron. Durante cien años fui el botín más preciado, tocando a leales y traidores por igual, ya fuera en la hermandad o en la batalla.

Valder había generado una enfermedad sin desearlo, un mal terrible al sufrir el impacto del Dios de la Transmutación que intentaba reclamarlo. Me lo transmitió a mí, y yo lo propagué como una plaga que ni Nurgle podía imitar.

Yo creé, con mi presencia, la Maldición del Sueño Eterno.

Y tras ciento seis años de resistencia, caí bajo su influjo y fui enterrado en éstasis como un muerto en vida.


Capítulo V:El reencuentro con el Imperio.Editar

Las tormentas de disformidad hicieron infranqueables los sistemas Varinos y Varnaden a causa del experimento durante interminables años. Las dos estrellas donde la legión había nacido y desaparecido. Los informes fueron clasificados por el Emperador, pues hasta su desaparición, el Primarca constaba como uno de los pocos que se había resistido a la voluntad de su padre al encontrarse. Nuestra lealtad era desconocida, simplemente nos habíamos esfumado junto a nuestros mundos de reclutamiento cuando la tormenta disforme nos tragó. Los Exiliados bien podíamos habernos pasado al Caos, y siendo como éramos los inventores del Devorador de Vida, no podía permitirse que ese arma se asociara más a la destrucción de los Poderes Ruinosos más allá de lo que se había asociado en Istvaan III.

Igual que nuestra hermana, la Legión II, desaparecimos y el nombre de nuestro Primarca cayó en el olvido. No fue hasta el inicio del cuadragésimo primer milenio, cuando una nave de los Templarios Negros emergió de la disformidad atravesando el Gran Escudo. El artefacto se había averiado, y nuestros tecnoadeptos ya no es que no tuvieran medios para arreglarlo, es que ni siquiera tenían medios para llegar hasta la órbita del gigante gaseoso sin caer en su campo gravitatorio. La nave más grande que poseíamos entonces era una fragata destrozada que hacía las veces de transporte inter-sistema. Ya no era capaz ni de activar los escudos geller, y debía viajar a velocidad sublumínica durante dos meses.

Los Templarios Negros encontraron al estrellarse que el planeta granja que había sobrevivido a la guerra era ahora una jungla letal llena de Orkos. Los vestigios de civilización estaban en las pocas montañas que quedaban en el mundo, y todas las ciudades fortificadas se encontraban allí.

Emitieron una seña de auxilio a quien pudiera oírla, y los pieles verdes convergieron en su posición como una marea infinita. Cincuenta y seis astartes resistieron durante horas, hasta que la munición escaseó y las bajas indicaban que pronto serían desbordados. Fue entonces cuando aparecieron unas figuras con servoarmadura, acompañadas de lo que parecían varios cientos de soldados de la Guardia Imperial armados con lanzallamas.

La selva provocada por los sistemas agropecuarios destrozados estaba tan húmeda que solo ardía porque el prometio lo hacía, pero los Orkos retrocedieron ante la salvaje acometida Astartes. El capitán Casdellus no podía creer la pericia en cuerpo a cuerpo de los guerreros, que vistos de cerca tenían unas armaduras que cualquier tecnosacerdote hubiera enviado a fundir hacía mucho tiempo. Los recién llegados tenían un uniforme plateado con hombreras, grebas y manos rojas, y los Orkos les tenían miedo, combatían peor contra ellos que contra los Templarios Negros. Pronto la horda se dispersó, y los hermanos astartes evacuaron la nave a toda prisa mientras la Guardia les cubría con arcos de fuego. Hubo un impensablemente bajo número de muertos en el contingente, tan solo dos astartes y una veintena de guardias. La explicación era sencilla: habíamos descubierto que los Orkos creían que el rojo iba más deprisa, y algún tipo de poder o debilidad xeno hacía que los pieles verdes del sistema se sintieran inferiores cuando luchaban contra nuestros guerreros cuyas manos eran del mismo color exacto que sus vehículos. La guardia también vestía de rojo.

Al capitán se le explicó esto cuando se reunió con uno de los maestres del capítulo, Uxinor el Clarividente, que éramos la Legión de Plata. No había oído hablar de nosotros, pues habíamos cambiado nuestro nombre por vergüenza y nuestro símbolo era ahora una cruz potenzada plateada, signo del Emperador que ningún traidor llevaría. Cuando su apotecario se aseguró de que no estábamos contaminados por el Caos tanto como un no psíquico podía hacerlo, se nos comunicaron los cambios que había habido en el Imperio. El Diez Mil Veces Traidor había lisiado para siempre al Emperador, habían muerto o desaparecido todos los Primarcas, y el Imperio se desintegraba. Ninguno de los presentes había conocido nuestros días de gloria, y sin embargo todos se lamentaron. Algunos incluso hicieron un voto de silencio para el resto de sus vidas, en duelo por la Caída del Padre Supremo.

Nos sorprendió enterarnos de que el Emperador era considerado un Dios, como si el Lectio Divinatus hubiera elevado al Señor de Terra como Horus había predicho. Afortunadamente nosotros ya sabíamos cuál era el verdadero juego del Señor de la Guerra, y habíamos visto por nosotros mismos lo que hacía el Caos a los Astartes, de modo que lo aceptamos sin creerlo y sin decírselo a nadie. Había Inquisidores, y no le íbamos a hacer ningún favor a nuestro señor si declarábamos una herejía abiertamente ante un capítulo nuevo. Nos explicaron también que la palabra Legión ahora era inaceptable. Éramos Legión a pesar de que solamente quedábamos cuatrocientos doce de nosotros, y aunque era una deshonra aún mayor quitarnos hasta eso, decidimos cambiar nuestra denominación en señal de obediencia.

El resto de la flota de los Templarios llegó después a través de la fisura en el Gran Escudo. Se pusieron en contacto con Casdellus y con nuestros Maestres, y arrasaron con los Pieles verdes que se habían colado por el agujero dos siglos atrás en cuestión de días. Ellos tenían servoarmaduras perfectamente funcionales y no restos fabricados artesanalmente con lo que quedaba de nuestra PCE. Se sorprendieron mucho de que tuviéramos una, y sus tecnosacerdotes nos ofrecieron cualquier cosa a cambio de llevársela y estudiarla. Comenzaron a reconstruir la ciudad planetaria en ruinas de Veryul, a buscar la forma de repoblar la vegetación de los planetas que el Devorador de Vida y el Caos habían arrasado, y a enviarnos armas y equipo para reabastecernos.

A cambio, tenían permiso para buscar y llevarse todo el preciado conocimiento que encontraran. A pesar de lo vergonzoso e injusto que era, no teníamos más remedio.

Cuando hablamos del Gran Escudo Disforme, sus ojos fríos centellearon en una mezcla de anhelo y sorpresa. No existía en todo el imperio un artefacto capaz de anular los viajes de la disformidad a escala planetaria, mucho menos de embeber dos sistemas solares bajo su protección. Aunque nuestros tecnoadeptos y esos nuevos tecnosacerdotes hicieron todo lo posible por apagarlo o repararlo, un sobrecalentamiento catastrófico lo impidió. La luna hueca Reddil, que orbitaba Colossus, estalló junto a todo el dispositivo que albergaba. El efecto en cadena hizo que el primer planeta del sistema perdiera sustentación, cayendo a la estrella y provocando una llamarada solar tal que llegó a incendiar la atmósfera del gigante gaseoso.

Asombrados, vimos durante tres días como un segundo sol ardía en nuestro cielo. Esto se tomó al principio como un acto hostil, pero pronto el comandante de la cruzada de los Templarios negros vio caer por completo el escudo. Eso, en el fondo, nos dejaba tan a merced del Imperio que no tenía sentido haberlo hecho como acto de desobediencia. Los Templarios, al mando de Casdellus, nos tomaron bajo su protección. Durante seiscientos años estuvimos bajo el escrutinio del Ordo Heréticus, en lo que se reconstruía nuestro sistema solar, nuestro capítulo y nuestras costumbres.

Ahora somos libres, pero vigilados de cerca. Mis hermanos no saben de dónde venimos y dado que nuestra marca genética no coincide con nada, hemos aceptado ser reconocidos como capítulo de última fundación como bofetada final, hasta que podamos recuperar nuestro honor.

En cuanto a mí, encontraron mi vieja tumba de éstasis en Urthâk, el planeta de hielo que antaño se llamó Caos. Estaba guardado celosamente por los humanos que vivían allí, quienes me conocían como La Llave del Sepulcro, sin saber exactamente a qué se referían con ello. Se me presentó como una curiosidad médica, y se me rindieron honores como el Astartes leal más viejo de la historia, digan lo que digan de otros.

Tardaron casi medio siglo en recuperar la tecnología médica perdida en los laboratorios de Veryul para despertarme, y cuando lo hicieron estábamos preparados para lanzar la primera expedición en solitario con tres compañías completas. Fui nombrado sucesor de un Maestre recientemente difunto, y salté a las estrellas en compañía de un Inquisidor llamado Randus y dos apotecarios de las Sorotitas que vigilarían nuestra evolución.

Aquí estoy ahora, en consejo con xenos odiados por mi Emperador, cumpliendo la labor de mi Primarca de investigar la medicina sea por el medio que sea. Algún día podremos despertarlo a él también, y cuando lo hagamos... iremos juntos a Terra a devolver la vida a su propio padre.

Quizás no viva para verlo, pero sí de estos... seres puedo sacar algo en claro a cambio de lo poco que piden, usaré ese conocimiento para acabar con los poderes ruinosos. Podemos hacerlo, podemos hacerlos de carne y hueso. Devolverles su alma es algo que el Emperador podría hacer, y al menos hay una cosa que me tranquiliza mucho...

... y es que los Necrones son los únicos xenos inmunes a los Dioses Oscuros con los que se puede negociar.

AutorEditar

Alan Somoza