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Relato Certamen II: Sin salida

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SIN SALIDA

El convoy comercial había sido atacado apenas cuatro horas después de dejar atrás el último punto de control. Pensaban que estaban preparados, pero se equivocaban. La Cuarta Compañía de los Custodios del Tridente llevaba un mes protegiendo la ruta comercial que conectaba el sistema de la Tríada con el precario puesto avanzado de colonización más allá de las fronteras del Imperio. Habían sufrido ataques esporádicos, pero nada que no pudieran rechazar con facilidad. Sin embargo, aquella era la expedición comercial más grande con diferencia, y aunque se había asignado la casi totalidad de la Cuarta Compañía, las naves de que disponían eran escasas, así que las escuadras tácticas se habían repartido incluso por los pecios comerciales, enormes naves pesadas y lentas, ya que no podrían detener todos los intentos de los corsarios de tomar las naves.

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Nota bajo sus pies el impacto. Otro nuevo abordaje. La nave había recibido graves daños y era presa fácil. Junto con sus hermanos había repelido hasta el momento a los enemigos que habían tratado de tomar el control del pecio espacial, pero cada vez llegaban más piratas y había visto caer una escuadra completa de sus compañeros. La suya también había decrecido, e irremediablemente habían empezado a retroceder. Aquello lo enfurecía, un Tridente no debería dar ni un paso atrás.

- ¡Veltur!, ¿¡Veltur!?.

Miró hacia atrás, Koilo lo llamaba moviendo insistentemente la mano.

- ¡Por el Trono Sagrado!, date prisa hermano, tenemos que llegar a la sala de control antes que se reagrupen.

- Podemos hacernos fuertes aquí mismo, son sólo mutantes.

- Son las órdenes hermano, lo sabes, debemos retirarnos.

Retrocedió lentamente, cubriendo con su bólter el pasillo apenas alumbrado por las tenues luces de emergencia. Aquí y allá aparecían chorros de vapor saliendo de las tuberías acopladas a las paredes. Las nubes de vapor parecían teñirse de rojo de manera intermitente, haciendo que durante el último combate tuviera la sensación de verlo todo como a cámara lenta, entre pulsación y pulsación de luz, como si sus párpados estuvieran constantemente cerrándose y abriéndose. Por fortuna las sirenas de emergencia habían dejado de sonar, y ahora sólo podía oír las gotas que caían, el chapoteo de sus pies y los quejidos metálicos de la nave.

Empezó a escuchar un leve sonido de golpes, debían ser pasos apresurados. Ya vienen. Miró a su espalda, a sus compañeros. Les hizo un gesto con la cabeza y prepararon las armas. No pudo ver al sargento, así que dedujo que ya estaría cerca del centro de control. Esperaba que no hubieran perdido la nave, si era así sería sólo culpa suya, por su lentitud en retroceder. Pero odiaba tanto perder terreno en una batalla…

Una ráfaga de disparos láser golpeó el panel de metal de su lado, una tubería recibió un impacto, y justo cuando volvía la cabeza para enfrentarse al enemigo el chorro de vapor tapó completamente su visión. Los sistemas del casco trataron de contrarrestar el problema activando los infrarrojos, mientras él disparaba a ciegas el bólter. Sin embargo la situación empeoró, en un instante lo único que veía eran formas nebulosas en escalas de rojo y azul, el maldito casco debía estar estropeado, ¿para qué le servían en un lugar rodeado de vapor los rastros de calor?. Recibió varios impactos que rebotaron en la servoarmadura. Se agachó con un gruñido esperando que el sistema de infrarrojos se desactivara al alejarse de la tubería. Justo en aquél instante su bólter se quedó sin proyectiles. Los enemigos disparaban y gritaban cada vez más cerca, decidió arriesgarse y se lanzó hacia adelante. En tan sólo dos pasos tropezó con varios cuerpos vociferantes. Gritó con rabia y empezó a golpear a izquierda y derecha. Por fin el sistema de visión cambió a su manera normal. Y lo primero en lo que se posaron sus ojos fue en un rostro de palidez enfermiza, ojos inyectados en sangre y encías ennegrecidas. De un solo movimiento golpeó al mutante en la barbilla con el cañón del bólter, lanzándolo hacia atrás con un fuerte chasquido. Atrapó con la mano izquierda la cabeza de otro pirata y la aplastó contra la pared, dónde pareció estallar como un huevo crudo. Un hacha hizo saltar varias esquirlas del bólter antes de que se le echaran encima. Trataban de inmovilizarle los brazos, pero él no paraba de golpear y golpear.

Oyó a su espalda un grito de batalla que, estaba seguro, provenía de Koilo. Un mutante bastante alto se puso delante blandiendo una maza dentada, pero antes de que descargara el golpe le lanzó un salvaje cabezazo que le destrozó la cara.

- ¡Atrás!, ¡atrás!, ¡voy a disparar!.

Esta vez no dudó en dar un paso atrás y, mientras a su lado se asomaba el cañón del lanzallamas, buscó el último cargador que le quedaba. La llamarada formó un muro ardiente que envolvió a los enloquecidos corsarios, parando su acometida. El breve respiro le sirvió para amartillar el arma ya cargada. Pero Koilo lo agarró del brazo y le hizo retroceder. Pensó durante un instante en discutir de nuevo, pero un vistazo a su espalda le hizo entender que la escuadra debería reunirse de nuevo, no habían recibido noticias del sargento.

Comenzaron a retroceder mientras el enemigo se debatía entre las llamas y los cuerpos carbonizados. Momentos después penetraron en una sala amplia, dónde convergían un buen número de pasillos, y en cuyo centro se podían ver las puertas de la zona de control. En el suelo encontraron los cadáveres de corsarios, guardias y dos Tridentes. Uno era el sargento, le faltaba la cabeza y su puño agarraba la espada sierra aún activada. Se hizo el silencio, sólo roto por el zumbido del arma.

Como si se leyeran la mente todos dieron un grito de rabia. De la puerta doble de la sala de control salieron dos de sus hermanos. Ya sólo eran cinco Tridentes en la nave, no había ni rastro de la guardia del pecio. En un instante varios de los corredores se llenaron de gritos y ruido, los enemigos renovaban el ataque.

Veltur ardía de cólera. Aquellos corsarios tocados por el Caos habían logrado aniquilar a casi todo el equipo asignado a esa nave, y tenía la horrible impresión de que el resto de la Cuarta estaría también en problemas ahí fuera. Giró sobre sus talones preparado para enfrentar todo lo que pasara bajo el arco del corredor por el que había llegado.

- ¡No!, tenemos que entrar en la sala de control Veltur. Si la nave cae… - Koilo no dijo nada más, no hacía falta.

- No caerá – casi escupió la respuesta – ahí dentro nos estorbaríamos. No voy a retroceder más.

Koilo se dio por vencido. Veltur asintió con resolución, no le gustaba tomar el control, pero era un héroe para sus hermanos, y si se empecinaba en algo lo seguirían. No estaba seguro de que salieran vivos de ésta, pero tratarían de cumplir la misión demostrando a esos engendros de qué estaban hechos los Custodios del Tridente.

Recibió al primer mutante con una patada que lo dobló por la mitad, el segundo se encontró con varios agujeros nuevos en el pecho, mientras un tercero recibía otro impacto encima de los ojos. Los pedazos de seso cegaron a dos corsarios más, que no tardaron en caer tras una ráfaga de bólter. La servoarmadura detectó un aumento de calor a su derecha, mientras el visor le ofrecía una intensa luz en la misma dirección. Se alegraba de que el lanzallamas aún tuviera combustible, pero no duraría mucho. De pronto una enorme explosión lo tiró al suelo. Notó un pequeño pitido en el oído derecho mientras se levantaba con lentitud. Un pirata se lanzó sobre él golpeándolo repetidamente en el pecho con una especie de mazo. Se lo quitó de encima de un manotazo y miró en derredor.

Pensó que quizás el enemigo había usado un lanzagranadas o algo parecido, miró a la derecha, no había boquetes por ninguna parte, sólo una zona negruzca con algunos focos ardientes, y en medio pudo entrever la familiar servoarmadura marrón y amarilla de su capítulo. Se dirigió a ella con rapidez. Era Koilo. Le faltaba el brazo izquierdo y tenía la cara llena de ampollas sanguinolentas. El lanzallamas debía haber explotado. Se quedó mirando a su hermano cuando en una fracción de segundo su cabeza explotó.

Se maldijo con rabia, había sido un estúpido, debería haber protegido el cuerpo y no quedarse mirando. Su bólter rugió hacia la dirección desde donde había provenido el proyectil. Un par de mutantes estallaron en vísceras y sangre. Luego el arma volvió a quedarse sin munición. ¡Maldición!.

- ¡Hermanos, han entrado en la sala de control!.

¿Qué?. Todo iba de mal en peor. Echó una ojeada hacia las puertas y no había duda de que había varios piratas en su interior. Saltó a un lado, esquivó una ráfaga de disparos láser y rodó hacia las puertas dobles. En su camino recogió la espada sierra de su sargento fallecido y de un mandoble salvaje partió en dos a un ser deforme. Inmediatamente activó el canal de voz interno.

- De acuerdo hermanos, debemos entrar en la sala de control y sacar a esas sabandijas fuera.

Luego corrió hacia las puertas y entró en la pequeña sala como un huracán. A sus gritos se sumaron tres más. En un momento cuatro Tridentes se afanaban hombro con hombro en destruir a los corsarios que estaban tratando de tomar los controles del pecio comercial. La espada sierra hizo un gran trabajo.

No estuvo seguro de cuánto tiempo tardaron en despejar aquella cámara, sólo sabía que allí dentro una rabia ciega había tomado el control, y que a pesar del poco espacio había tratado de no dañar demasiado los mandos e instrumentos mientras destrozaba al enemigo.

Notaba los brazos más pesados cuando se apoyó en el quicio de la puerta, se miró las manos. Estaban bañadas en sangre y restos difíciles de clasificar, estaba seguro de que toda la servoarmadura debía presentar el mismo aspecto, el propio casco tenía que estar impregnado pues su visión parecía borrosa y rojiza. Pero encontró cierta satisfacción en ello. A su espalda oyó como se acercaba uno de sus hermanos.

- Lo hemos logrado… - empezó a decir.

Sólo pudo ver a uno de los suyos en pie, y tenía un aspecto horrible. Varias partes de la armadura habían desaparecido, y se sujetaba la zona del estómago de donde parecía salir un hilo continuo de sangre. Tragó saliva. En aquél momento la nave detectó una transmisión entrante y la conectó a la sala de control de manera automática.

- … si queda alguno… debéis resistir... en poco tiempo estarán aquí los refuerzos Hermanos, ¿puede escucharme alguien?.

Finalizada la transmisión un nuevo impacto en la nave anunció un nuevo abordaje. Dudaba mucho que fuera la ayuda que necesitaban. El sistema auxiliar eléctrico vibró y las luces se apagaron por completo durante unos segundos. Las luces de emergencia cobraron de nuevo fuerza y volvieron a su intermitente parpadeo rojizo. Miró a su hermano a los ojos en silencio. Luego, y ante un grito de sorpresa de éste, lo empujó con fuerza al interior de la sala de control mientras él permanecía fuera, cerró las puertas y destruyó el interruptor de apertura. El cierre se bloqueó con un chasquido.

Se quitó el casco mientras se alejaba de las puertas. Su hermano golpeó con fuerza los cristales de alto blindaje gritándole improperios. Lanzó el casco con un ademán y buscó algún arma entre los cuerpos allí tirados. Sopesó primero un hacha, pero quedaba pequeña en su mano, una maza que debió ser ideada para empuñarla a dos manos le pareció perfecta para sostener en la izquierda. Su derecha afianzó la espada sierra. Tenía una espada corta en la cadera, pero la usaría sólo si estaba desesperado, prefería atacar de manera contundente, y la hoja de aquel arma era más para acuchillar.

Afianzó los pies situándose lo más centrado posible hacia los cuatro corredores frontales que confluían en aquél lugar. Sólo quedaron dos entradas más a su espalda. En sólo unos minutos se encontró rodeado por una miríada de corsarios mutados que lo miraban con ojos depredadores. Con un grito gutural comenzó la lucha.

De manera increíble pudo resistir lo que le pareció una eternidad, sus brazos ya apenas le respondían, pero seguía cargado de adrenalina y los mutantes habían perdido su empuje, por todo el suelo podían ver la enorme cantidad de compañeros caídos por un solo marine espacial, y eso los hacía precavidos… y rastreros.

Ya no escuchaba los golpes de su hermano, esperaba que no hubiera caído. Se atrevió a girarse para ver si lo encontraba asomado a las ventanas de las puertas de la sala de control. Allí estaba, los ojos del casco posados sobre él. De repente le hizo un gesto brusco. Giró de nuevo previendo un ataque, con la maza hizo un barrido amplio que golpeó en un cuerpo, y con la derecha trazó un ataque ascendente con la espada sierra que chocó con un mutante sorprendido. Pero sus ojos tropezaron con una sonrisa maliciosa justo en frente, tenía el brazo levantado y él no podía hacer nada para evitar el golpe, sólo tratar de retroceder.

Algo le golpeó el rostro trazando un camino de fuego que le dejó sin aliento. Sin embargo, había conseguido esquivar parte del ataque pues lo que fuera que lo había golpeado chocó con la protección del pecho de su servoarmadura con un sonido chirriante, y su atacante lanzó un grito de sorpresa. Perdió la visión del ojo izquierdo, esperaba que por culpa de la sangre. Su visión con el derecho pareció nublarse un instante, pero aún así con un grito desesperado se levantó golpeando con el hombro a su enemigo, siguió avanzando hasta que chocó con la pared, convirtiendo al corsario en un guiñapo gimoteante.

Giró y golpeó a ciegas de nuevo, esta vez sus armas no tropezaron con ningún cuerpo, y pudo recuperar algo de visión en el ojo derecho. No se atrevió a tocarse la parte izquierda de la cara, su cuerpo mejorado había mitigado el dolor, pero lo sentía como algo sordo y pulsante. Los enemigos lo miraban dubitativos, seguían siendo muchos, pero no confiaban en vencerle con facilidad, quizás en su retorcidas mentes había conseguido anidar una primitiva idea, la de que el animal herido es aún más peligroso. Sonrió, les demostraría que estaban en lo cierto.

[Este relato está basado en un personaje, suyo trasfondo está aquí]

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Autor: Sogad

sogad.blogspot.com.es

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