Fandom

Wikihammer 40k

Relato Certamen II: Quien trajo la lluvia

7.591páginas en
el wiki}}
Crear una página
Comentarios0 Share

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.

1er Clasificado en la II Edición de Relatos Warhammer

Siluvian, mundo colmena del Segmentum Solar, era el robusto pilar que sostenía toda su región. Único mundo industrial del sector, sus manufacturas e ilimitada producción abastecían a una docena de mundos, los cuales a su vez proveían al planeta de las miles de toneladas de alimentos que necesitaban sus incontables habitantes. Toda la superficie siluviana era un enorme conglomerado urbano, construido a lo largo de cientos de años. Cualquier resquicio de verde o azul ha sido sustituido por la industria. Cientos de colmenas, colosales cúmulos de edificaciones superpuestas, cubrían toda la superficie de Siluvian y proveían al Imperio de un sinfín de artículos.

Los billones de obreros siluvianos trabajaban cada día en semi-esclavitud para sostener a una aristocracia rica y parasitaria. Tal era la situación de los ciudadanos-esclavos que todos poseían electrotatuado un código en la frente, una práctica siluviana muy útil para los registros del Administratum que no hacía sino subrayar el status de los obreros. Este planeta era el hogar de decenas de casas nobles, sociedades de comerciantes y gremios, que competían incansablemente por un poco más de poder. Esto era algo muy común en los mundos imperiales, mas en Siluvian alcanzaba su máximo exponente. El planeta tenía un largo historial de disturbios internos debido a la fuerte agresividad de su aristocracia y población, lo cual era un serio inconveniente para un mundo de cuya suerte depende un sector. Entre los más poderosos del planeta se encontraban la Casa Cyran y la Casa Oxon, dos casas de navegantes que destacaban por sus múltiples tratos y alianzas con el resto de nobles del mundo. Poseedores de inmensas riquezas, las dos casas compartían el privilegio de ser las dos únicas casas de navegantes del planeta. Pero eso tenía que acabar.

Es habitual que entre dos casas de navegantes estallen guerras comerciales. Como norma del Administratum, ambas facciones han de firmar una declaración que limite los objetivos permitidos, las tropas, etc; con el objetivo de prevenir daños colaterales a otras casas o a bienes imperiales. Asimismo, estas declaraciones tienen como objetivo prevenir la destrucción de una casa a manos de otra. Pero la declaración de la guerra Cyran-Oxon fue especialmente ambigua en muchos aspectos, y el gobernador Garbet, que debía su cargo a la Casa Oxon cerró los ojos a esas vaguedades. Todos debían favores a ambas casas y lo que comenzó como una disputa comercial se convirtió en una guerra interna a escala planetaria. Decenas de casas y gremios perdieron y ganaron mucho en esa guerra encubierta y la balanza del poder cambió a menudo. Al cabo de doce meses de los catorce que la declaración estipulaba que duraría la guerra, era claro que la Casa Oxon iba a perder.

Mas este conflicto se vio interrumpido por otro infinitamente más terrible. El apóstol oscuro Asur, de los Portadores de la Palabra, consciente de la importancia del mundo para el sector, avanzó sobre Siluvian desde el mundo demoníaco de Ghalmek. Todas las disputas internas de los nobles hubieron de olvidarse, de lo contrario pronto no quedaría nada que disputar. La Primera Cruzada Siluviana, como se la conocería más tarde, fue la más aterradora guerra que había asolado el sub-sector siluviano. Tres capítulos de Marines Espaciales e innumerables fuerzas de la Guardia Imperial fueron llamados al conflicto. Pero sobre los épicos combates que entre ruina y escombro se libraron nada más se dirá aquí.

Han pasado ya varios años desde aquellos días de horror. En ese tiempo muchas cosas han cambiado. Tras la devastadora invasión y posterior purga del planeta surgieron nuevos cultos y ramas de la religión imperial, fruto de la desesperación y el miedo que gobierna a los civiles tras la guerra. Muchas de ellas no eran sino desviaciones del habitual Culto Imperial, orientadas al consuelo de la población. De entre ellos destacó el culto que más tarde sería conocido como la Fundación. Se trataba de una sociedad dinámica y carismática que pregonaba una doctrina de sumisión, optimismo y consuelo, centrada en el Gran Padre, el Dios-Emperador de la Humanidad. Esta doctrina era conocida como el shakram. Con extrañas artes e intrigas, la Fundación se impuso y anexionó otros cultos menores, hasta convertirse en la guía de las masas. Este nuevo jugador inspiró mucho recelo en las clases altas, más estos ánimos se calmaron cuando el pontífice Kazim otorgó su bendición a la Fundación. Asimismo, el shakram no representaba ninguna amenaza, pues promovía una sumisión y obediencia casi fanáticas, por no hablar de su respeto por las leyes del planeta y el generoso pago de sus impuestos. La Fundación fue totalmente aceptada tras la investigación en Siluvian del inquisidor Vartek, del Ordo Hereticus, quien fue al planeta con el objetivo de comprobar el estado de la población tras la invasión del Caos e investigar cualquier marca de los Dioses Oscuros en la nueva oleada de cultos y doctrinas. Vartek encontró y purgó varios cultos caóticos pero no halló mancha alguna en la Fundación. Tras esto, Vartek se marchó en pos de asuntos más acuciantes.

Hoy día, la Fundación se encuentra presente en casi todos los estratos de la sociedad y fragua planes cada vez más oscuros. Mas en las profundidades de la principal colmena del planeta, la colmena Prime, en el límite del sub-mundo con los barrios obreros, donde ni los tentáculos de la Fundación ni la luz del sol llegan, comienza la historia que cambiará el destino de Siluvian.

Capítulo I: Estrellas en el fango

Entre los barrios obreros y las fronteras del inframundo vivían innumerables almas. Tres de ellas destacaban por sus singulares nombres. Se trataba de dos hermanos y una hermana: Pólux, Antares e Irea. Huérfanos desde hacía mucho, los tres hermanos, jóvenes de cuerpo y adultos de mente, sobrevivían a su manera sin conocer el cielo ni la tierra, sólo la infinita urbe y el miedo de la colmena. El mayor de ellos, Pólux, llevaba varios años enrolado en la Guardia Imperial y sabía mucho del mundo más allá del nivel superior. Sus escasos períodos de permiso los pasaba en Siluvian, con sus hermanos pues sentía que era su responsabilidad cuidar de ellos, siendo el mayor y el más experimentado. Solía contar a su familia historias prodigiosas, de valientes guerreros que luchaban durante meses en atestadas trincheras y de imponentes señores de la guerra que aplastaban cualquier resistencia. Estos relatos distraían y agradaban a Irea, pero no hacían sino avivar la imaginación y el fuego interno del mediano: Antares. Su rostro, duro y con más de una cicatriz, reflejaba el carácter indisciplinado y temerario de su dueño. Antares se movía mucho mejor entre las violentas bandas del sub-mundo que en las factorías de trabajo. Desde siempre se ha movido por esos ambientes poco recomendables para desesperación de su hermana Irea, que teme encontrar su cuerpo desmembrado en algún callejón. Mas Antares hacía oídos sordos a las súplicas de su hermana y, cada vez con más frecuencia, se sumergía en el dantesco mundo de los niveles más bajos de la colmena. Asimismo, estos sermones perdían fuerza día tras día, pues Irea era consciente de que, gracias a las actividades de su hermano era una de las pocas que bebían agua potable en ese nivel de la colmena. En realidad, Antares ya contaba con cierta reputación en el sub-mundo, y con sangre y sudor, más de lo primero que de lo segundo, se había ganado un puesto en una de las bandas más peligrosas de la sub-colmena: los Boreanos, un grupo violento y activo cuyo símbolo era la extraña banda rúnica con la que cubrían sus frentes y su código electrotatuado. Antares se cuidaba mucho de no revelar esta “afición” en los barrios obreros. De llegar a oídos del Adeptus Arbites, tendría suerte si sólo acababa en un pelotón penal. Las leyes siluvianas eran especialmente duras con las bandas rebeldes. Y luego estaba Irea, una rosa nacida en el fango. La suciedad y la desesperanza propias de los niveles bajos de una ciudad colmena enmascaraban su verdadera belleza. Mas las rosas tienen espinas. De sorprendente fortaleza, todos los que la conocían coincidían en lo combativo de su carácter, especialmente los pandilleros que habían intentado conocerla demasiado, como lo sugieren las cicatrices de sus rostros, cortesía de tanto de Irea como de Antares. Al igual que a Antares, Pólux había instruido a Irea en el uso de armas, el combate cuerpo a cuerpo y todo lo que el adiestramiento imperial le había proporcionado. A diferencia de su hermano, Irea trataba de llevar la mejor vida que pudiera lograr de su ambiente, la cual no dejaba de ser la práctica miseria. Y esta pequeña familia trataba de sobrevivir en un mundo que no estaba hecho para la supervivencia del individuo. Pero llegó el día en que el destino trastocó su situación y la de sus dos hermanos.

En los niveles superiores de la colmena se desarrollaba otra clase de drama. Como parte de su batalla política contra el gobernador Garbet; Kosok, señor de la Casa Okt, organizó una campaña de pomposos desfiles por las principales colmenas del planeta en un derroche de gloria y dinero. La ley siluviana dictaba que a un desfile de ese calibre todos los obreros debían asistir y vitorear a la aristocracia de turno, quisieran o no. En ese momento, Pólux se encontraba de permiso con sus hermanos, de manera que acompañó a Irea al susodicho desfile. Antares no asistió al desfile, pues era un momento perfecto para que alguien de una banda demostrase su verdadera utilidad liderando un violento pillaje contra centenares de casas-celda vacías. Si hubiera asistido, tal vez todo habría sido distinto. Ocurrió que el desfile al que acudieron Pólux e Irea se hallaba presidido por el hijo de Kosok, Tharos, el típico niñato mimado criado en un mundo de lujos. Con pesadas ropas doradas y escarlatas, Tharos se erguía a la cabeza de la mejor carroza del desfile, mirando a la sucia plebe que le vitoreaba con forzados halagos como si fuera una colección de su propiedad. Mas entre el ruido y el copioso confeti un rostro que osaba no vitorearle le llamó la atención. Una joven que destacaba entre la multitud como destaca una rosa en un zarzal. A pesar del hollín de los niveles inferiores, Tharos se sintió perturbado por esos ojos esmeralda y esos cabellos negro azabache. Con un gesto de su mano, la carroza se detuvo con suavidad y los guardias del Adeptus Arbites que le escoltaban se envararon. A Irea le dio un vuelco el corazón, temerosa del castigo por la falta de su vitoreo. Si profería un solo halago más vomitaba. De eso estaba segura. Más grande fue su sorpresa y mayor aún su temor cuando el príncipe de la Casa Okt la requisó de entre el público. Los guardias la apresaron sin miramientos y la llevaron a la carroza. Naturalmente, Irea trató de resistirse, mas poco pudo hacer contra la férrea presa de los guardias. El ambiente se caldeó aún más cuando Pólux traspasó el cordón de seguridad y trató de liberar a su hermana. La multitud ya no vitoreaba y empezaban a oírse cobardes murmullos de indignación por ese abuso de poder.

Pólux golpeó a un guardia que le cerraba el paso y se lanzó contra los que sujetaban a Irea. Más guardias acudieron al altercado. La muchedumbre se agitó aún más, su indignación espoleada por la excitación de la pelea. El príncipe vociferó algunas órdenes a sus hombres y más de éstos se lanzaron contra los dos hermanos. Mas mil hombres no eran suficientes para contener al furibundo Pólux. Y finalmente, en el culmen de la pequeña rebelión, el jefe de los guardias del Adeptus Arbites desenfundó su arma y disparó a Pólux. Todo terminó tan rápido como empezó. La muchedumbre enmudeció un instante y luego prorrumpió en desordenado e incoherente griterío, por encima del cual se oían los alaridos de Irea. Pólux, tendido en un lecho de sangre, emitía ahogados gemidos, el único sonido que le permitía el enorme agujero sanguinolento que le atravesaba el costado derecho. Irea fue llevada, por no decir apresada, a la carroza y la procesión continuó mucho más presurosa que antes. El príncipe, sonriente y triunfal a pesar de las complicaciones de la situación, tuvo el dudoso detalle de llamar al servicio de recogida de basuras.

Capítulo II: Ocaso

“La presa es más sabrosa si la cobras tú mismo”. Pensó el gobernador Garbet, de la Casa Xanthis, mientras saboreaba la carne cocida del dhow que hoy mismo habían cazado. Pero esta breve satisfacción le duró muy poco, al invadirle de nuevo amargos pensamientos. Desde la guerra comercial Cyran-Oxon todo había salido mal. Tras la casi derrota de la casa Oxon tantos años atrás su popularidad y favor por parte de otras casas había desaparecido poco a poco. Nadie quería tener nada que ver con quién se puso de parte del perdedor. Y la posterior invasión del Caos no hizo sino empeorar las cosas. Garbet era un hombre de paz que había gobernado en tiempos de paz. La brutal administración inherente a toda guerra había sido un desafío demasiado ambicioso. Muchos eran los que le culpaban de excesivas pérdidas y malas gestiones en aquellos tiempos de masacre. Por si fuera poco, luego llegó la Fundación. Con astutas artes y sutiles maniobras se había infiltrado como un mal parásito en cada sector de su mundo, y él parecía ser el único que se había percatado de ello. Viendo en él a un enemigo potencial, la Fundación dedicó años a socavar su poder y autoridad. Y durante todo ese tiempo, Garbet vio como su persona se difamaba y ennegrecía. Respaldada por la Fundación, Kosok era el favorito de todos para ocupar su lugar y su campaña política no hacía sino reafirmar aún más su posición. Otro gran aliado de la Fundación, el pontífice Kazim, había renegado de él y le había retirado su bendición. Con enemigos en cada esquina y un reinado que llegaba inexorablemente a su conclusión, Garbet había aceptado estoicamente su fin. Carecía de medios, aliados o apoyos para cambiar lo más mínimo su situación. Incluso su maestro de armas y principal guardaespaldas, Togt, había cambiado de bando. Decidido a terminar su vida con dignidad, Garbet se había retirado, junto con su familia y sus más leales sirvientes, a un retiro privado más allá de las nubes.

Este jardín flotante era una reliquia que había pasado de gobernador en gobernador durante generaciones. Se trataba de una enorme plataforma suspendida a kilómetros de altura en el cielo. Rodeada de una cúpula climatizadora, en la plataforma se alzaba un bonito palacio de verano, y más allá selvas, bosques y prados de caza. Un coto privado. Ahora, Grabet y los suyos cenaban tranquilamente la presa que habían cobrado esa misma mañana. Todos, menos Garbet, ignorantes de su verdadera situación. Garbet comió deprisa y luego se retiró a su despacho, de grandes ventanales y bien iluminado a pesar de la escasa luz del crepúsculo, dejando a su familia en el comedor. Cerró la puerta y se colocó frente al ventanal, desde el cual se divisaba la verde extensión de la reserva. Desvió la vista hacia un panel de su mesa sólo un momento. Los misiles ya estaban muy cerca. El fino sistema de defensa los había detectado hace varias horas, pero Garbet no ordenó la evacuación. Ese era un buen sitio para morir. Permaneció frente al ventanal y el paisaje varios minutos más. Desde el comedor se oyeron cristales rotos, gritos de pánico, un mantel y todo lo que sostenía arrastrado sobre la mesa y tirado al suelo. Los ruidosos efectos del veneno que Garbet había vertido personalmente sobre la comida, incluida la suya propia. Esa muerte le parecía mucho más elegante y digna que la que le concedería las baterías de misiles y las bombas. Apenas había atisbado los misiles que asomaban por el horizonte y se recortaban sobre el tenue resplandor crepuscular, su vista comenzó a nublarse. Notó los músculos rígidos y la mente embotada. Mas no mostró evidencia alguna de esos síntomas, en lugar de eso, cerró los párpados. Segundos antes del primer impacto, su cuerpo ya yacía inerte en el suelo.

Capítulo III: Locura

Antares tardó poco en enterarse de todos los detalles del altercado. Las palabras fallarían si intentáramos describir lo que sintió en las angustiosas semanas que siguieron. Libre de las cadenas de la cordura y la reticencia, Antares ascendió en un puesto tras otro entre los Boreanos con ira y sangre. Tras el lucrativo pillaje que lideró el día del desfile, su valor para la banda se había multiplicado y se incrementó aún más gracias a las osadas escaramuzas que realizó en esos días de dolor. Una de las primeras y más urgentes fue tratar de recuperar el cuerpo de su hermano, una empresa imposible, pues los crematorios siluvianos trabajaron demasiado rápido. Llevado por la venganza y la locura, Antares se convirtió en el más temerario de los cabecillas Boreanos. Más de una vez tubieron de arrastrarle a la mal equipada enfermería, si es que se le podía llamar así, para salvarle de alguna lesión fatal resultado de alguna incursión demasiado arriesgada. Pero no hubo corte lo bastante grande ni herida lo bastante profunda como para apartarle de ese camino suicida. Esta osadía alcanzó su punto culminante cuando retó y asesinó al jefe de la boreanos. Luego, siguiendo las leyes boreanas, Antares asumió su puesto y cubrió su frente con la mucho más imponente Banda de Jefe, aún sucia por la sangre del perdedor. Antares tardaría mucho en saber que algo más que la ira le había mantenido vivo en esos meses de desgracia. Bajo su mando y visionario liderazgo, la banda prosperó como nunca antes y se convirtió en las más influyente de la colmena Prime. Mas Antares sabía que ni todas las bandas de la colmena penetrarían en los niveles superiores. Cada día que pasaba, Antares se atormentaba pensando en su hermana y en cómo rescatarla del caprichoso príncipe, más la cruda realidad le ofrecía infinitos impedimentos. No sería hasta la caída del gobernador Garbet y su jardín flotante que Antares tendría una oportunidad.

Las ciudades colmena son conjuntos de edificaciones bastante caóticos, donde hasta el más pequeño espacio es aprovechado. No es raro encontrar grandes edificios construidos sobre otros derrumbados. Este desorden puede llegar a esconder grandes tesoros conocidos como arcanotecnología. Puede ocurrir que un almacén, laboratorio o factoría quede sellado o enterrado durante una invasión enemiga. Tras la invasión la ciudad sigue creciendo, muchas veces sobre edificios semiderruidos por el combate, y las nuevas edificaciones pueden relegar a un nivel muy inferior plantas o zonas que antes se encontraban en la cúspide. Durante cientos o miles de años, la colmena crecerá y se olvidará de ese recinto sellado. Catástrofes tales como un terremoto o un bombardeo o un simple derrumbamiento, pueden despejar ruinosos pasajes hasta ese almacén misterioso, en cuyo interior aguardan maravillosos dispositivos e inventos de otra época, es decir, arcanotecnología. Estas herramientas son siempre muy disputadas por las bandas, pues pueden venderse por mucho dinero en el oscuro mercado del sub-mundo o hasta en los niveles intermedios y superiores. Los utensilios pueden variar desde poderosas bombas hasta inagotables células de energía. Y estos conocimientos ancestrales pueden cambiar la suerte de muchos desgraciados.

Cuando el jardín en llamas de Garbet cayó desde varios kilómetros de altura sobre colmena Prime, iluminando el cielo nocturno con su ígneo fulgor, el poderoso impacto sacudió toda la superciudad. El temblor sacudió todos los niveles de la colmena y los derrumbamientos asolaron las calles toda la noche. Y durante días, el Adeptus Arbites hubo de combatir la oleada de saqueos y altercados que se sucedieron. El agua y la corriente se cortaron en media ciudad y la discordia gozó de un breve reinado. Mas en el sub-mundo, la catástrofe y la ruina dejaron al descubierto un polvoriento pasadizo que serpenteaba hasta un mundo de oportunidades. Un antiquísimo complejo de almacenes y depósitos de la Edad Oscura de la Tecnología. A los pocos días se descubrió ese ancestral complejo y las bandas de toda la colmena se lanzaron a por la arcanotecnología con fiera rapacidad.

Los Boreanos, dueños del territorio en el que se encontraba el valioso yacimiento, fueron los primeros en llegar. Nada más tomar el complejo, Antares dispuso todas las defensas a su alcance para defender su nueva adquisición. Tanto su experiencia callejera como las enseñanzas de su hermano en combate estático le resultaron muy útiles esos días de lucha. Durante semanas, las bandas rivales asediaron el complejo, más ni un solo Boreano cedió en su obstinada defensa, inspirados por la ambición de su líder y las promesas de riqueza de ese lugar. Antares empleó parte de ese tiempo en examinar y catalogar bien las maravillas de aquella mina ancestral. Y a cada artefacto que observaba, nuevas ideas y propósitos surgían en su mente. Muchas eran las reliquias de ese lugar milenario, gran parte de las cuales fue vendida en todo tipo de mercados, más entre todas ellas destacaban dos. Los holotrajes y el mapa. Los holotrajes eran una cara pieza de tecnología ya inexistente en el milenio cuarenta y uno, arcanos dispositivos que conferían a su portador un disfraz casi perfecto. Una joya ideal para cualquier actividad ilegal. El segundo objeto, el mapa, era aún más maravilloso. Se trataba de un recuerdo de los días antiguos, un resto de la era en la que Siluvian aún era un mundo joven, cuando el espacio abundaba y todos tenían derecho a la luz del sol. Este mapa mostraba una red de rutas y túneles olvidados que recorrían las entrañas de las colmenas como si de arterias se tratase. Con estos objetos en su poder, además de un intacto arsenal de armas de la Edad Oscura de la Tecnología, tercera maravilla del complejo, Antares pudo por fin planear el asalto al palacio del nuevo gobernador planetario, Kosok, y el rescate de Irea.

Capítulo IV: Nuevo Orden

El luto oficial por la muerte del gobernador Garbet no duró más de un día en Siluvian. Kosok fue prontamente investido con el ansiado cargo, pasando la Casa Okt a convertirse en la casa real siluviana. Con el valioso apoyo del pontífice Kazim y la Fundación, Kosok fue aceptado sin ninguna oposición. Muchas cosas cambiaron para Siluvian los días que siguieron y la Fundación se hizo más fuerte que nunca. Como primer acto oficial, Kosok eximió a la Fundación de impuestos y le otorgó amplias libertades civiles y políticas. La Fundación se convirtió en la verdadera dueña del planeta con miles de marionetas y títeres en cada estrato de las colmenas y en cada departamento burocrático. El resto de Casas se convirtieron en poco más que vasallos del nuevo orden, ya fuera por la fuerza de las armas, las ideas o la política. Casas pobres que habían dado todo su apoyo y recursos a la Fundación vieron su lealtad recompensada y quienes osaron oponerse cuando la Fundación era joven se vieron privados de sus privilegios y prestigio. No faltaron las escaramuzas armadas y los conflictos de poder en esos días de cambio, pero los tentáculos de la Fundación ahora todo lo invadían y tropas y recursos de todas las organizaciones planetarias se desplegaron contra los enemigos del Gran Padre. Sólo las Casas de navegantes pudieron mantenerse al margen de esta marea, amparadas por su control del viaje interestelar siluviano. Mas este poder fue insuficiente para impedir un misterioso contacto de la Fundación con un comerciante independiente de triste reputación llamado Olium. Sólo los más altos señores de la Fundación supieron de la verdadera naturaleza del encargo. El shakram mostró su cara más oscura y nunca una religión inspiró tanto fanatismo. Desviadas sus enseñanzas del Culto Imperial, promovió un devoción extrema hacia la figura del Gran Padre y a los seres divinos que algún día llegarían para liberarles de sus mísera existencia y unirlos a todos en un solo ser y una sola mente. Siluvian estaba a un paso de la independencia imperial.

Y mientras estos cambios se sucedían en la superficie, Antares trabajaba arduamente para defender su mina de arcanotecnología y preparar el asalto al palacio real. El mapa que allí había hallado mostraba una clara ruta subterránea hasta los sótanos del palacio. Entrarían por allí. No dudaba de que los holotrajes serían vitales en tal empresa, sólo con ese subterfugio podían esperar penetrar lo bastante en palacio. Sin ellos, sus hombres y él mismo no durarían ni un suspiro frente a los entrenados guardias del gobernador. Mas necesitaba más información y esos días gastó mucho dinero y esfuerzo en espías que pudieran trazarle un mapa detallado del interior del palacio. Así se enteró también de que, ya afianzado el nuevo orden, la familia real, incluida su hermana, realizarían una pequeña escapada a su coto de caza privado en Narvia, la única luna de Siluvian, terraformada hacía tiempo y diseñada como un lugar de turismo para la aristocracia. Un humilde mundo paraíso. A la fecha de su regreso al palacio se realizaría el asalto. Ya estaba todo listo.

Capítulo V: Lluvia

Irea, apoyada contra la ventana, observaba a las desagradables hormigas-mantis que, en el alféizar de la ventana, trataban de esquivar la pesada lluvia. Las hormigas-mantis son una fea variedad de insecto, otro producto de los siglos de contaminación y radioactividad en el sub-mundo de las ciudades colmena. Sería difícil discernir si antes eran mantis u hormigas, tan avanzada era la mutación. Estos pequeños monstruitos habían prosperado en el venenoso ambiente de la colmena y a día de hoy podían encontrarse en todos los estratos de la ciudad y ocasionalmente en Narvia. No eran venenosos en absoluto, mas sí tremendamente molestos y desagradables a la vista. A Irea les recordaban a todas las gentes aduladoras y nauseabundas que había conocido durante su estancia en los niveles superiores de la colmena. Ahora esas criaturas mutantes trataban de sobrevivir al fuerte chaparrón que golpeaba el cristal de la ventana con un claro repiqueteo. Una a una, el agua fue limpiando el alféizar de insectos, hasta que la lluvia no dejó ni uno sólo a la vista. Irea se divirtió imaginando que esas hormigas-mantis eran realmente aristócratas corruptos, arrastrados al abismo y a la muerte por una lluvia de justicia imperial. Cuando concluyó este pensamiento, rememoró los acontecimientos más recientes. Casi había sonreído cuando la informaron del “incidente” con el nalot, un feroz depredador que hoy había sido el objeto de muchas maldiciones. Se encontraban en el coto de caza de Narvia, casi al final del retiro lunar. La de hoy iba a ser la última cacería y la mejor. El objetivo era un peligroso nalot, traído desde el sistema Ixio exclusivamente para esta ocasión. Por supuesto, no permitieron a Irea, y en general a las mujeres, pues el machismo imperaba en la Casa Okt, asistir al evento, de modo que Irea se quedó en el pequeño palacio donde se había asentado la familia real durante ese retiro. Y ocurrió que en plena cacería, el nalot atacó al príncipe Tharos con especial fiereza, dejándolo gravemente malherido. Con la cacería inconclusa, los cazadores volvieron rápidamente al palacio lunar donde los mejores médicos siluvianos trabajaron durante un día entero en el maltrecho cuerpo de Tharos. Ahora se encontraba en cama, inconsciente y en reposo. Naturalmente, la vuelta al palacio real en Siluvian se había adelantado, pues los médicos habían asegurado que sólo en el ala médica del palacio real contarían con los recursos necesarios para atender al príncipe. Así pues, toda la Casa Okt se hallaba ahora preocupada y distraída por el estado del príncipe. Tal era el ajetreo reinante, que Irea había planeado una humilde fuga. Con sobornos y artimañas había preparado una ruta para escapar del palacio y su desgraciada suerte. Sólo necesitaba encontrar el momento oportuno, el cual no tardó en llegar. Ocurrió que a los tres días del regreso al palacio, un contingente armado salido de ninguna parte asaltó el palacio, o al menos, eso es lo que le pareció a Irea a juzgar por los sonidos de más allá de la puerta. El momento oportuno. Entre la lucha y el caos, Irea se escabulló aquella noche del palacio real y, sin ella saberlo, también de su propio rescate.

Capítulo 6: Un aliado poderoso

Antares se encontraba ahora en el despacho del gobernador. Tremendamente magullado y dolorido tras una brutal paliza propinada por los guardias, observaba con infinito odio al orondo personaje que, frente a él, se complacía con exóticos manjares y la envidia que creía producirle. Kosok sabía que sólo un dulce de su mesa era más nutritivo y sabroso que cualquier cosa que Antares, o como él lo llamaba, FZ-043; hubiera probado en toda su vida. No era esto lo que Antares tenía en mente cuando comenzó la incursión. Gracias al mapa y a sus holotrajes habían penetrado en el palacio mucho más de lo que él había esperado. Mas cuando los guardias empezaron a sospechar, las contraseñas a requerirse, los hombres a agitarse y las defensas del palacio a registrar lecturas extrañas, fueron pronto e inevitablemente descubiertos. Los informes de los espías no resultaron tan precisos como se habían esperado y hubieron de hacer uso de la simple improvisación para seguir avanzando. Sin embargo, llegados a este punto, los hombres empezaron a dispersarse, ya convencidos de su derrota a manos de los expertos y bien entrenados guardias del palacio. Asimismo, se sentían deseosos de iniciar su propio pillaje en el rico edificio. Mas estos avaros ladrones no hicieron sino perderse y caer uno por uno a fuego y láser. Sin embargo, a pesar de los desertores y las infinitas defensas del palacio, con ira y astucia llegó Antares a los aposentos donde se suponía hallaría a Irea, sólo para encontrar una habitación vacía. Consumido por la frustración, Antares se negó a retirarse a los túneles y quiso continuar registrando el palacio, lo que no hizo sino aumentar el número de desertores y bajar la moral de sus hombres. El combate se prolongó aún mucho hasta que finalmente todos sus hombres cayeron o huyeron y sólo quedó él. Por orden del Jefe de Seguridad Togt, antiguo maestro de armas del gobernador Garbet, Antares fue capturado vivo y ablandado con una fuerte paliza hasta la llegada del gobernador Kosok. Aunque trataron de interrogarle sobre el propósito de tan insensata incursión, Antares se inventó una burlona mentira tras otra y no mencionó a Irea, sabedor de las consecuencias de ello.

Y ahora, Antares, quemado por la ira y la venganza, había sido arrastrado al despacho del gobernador para torturarse con la visión de la riqueza y la abundancia de su enemigo, mas nada de ello hacía mella en su carácter ni le afectaba. Kosok, sin embargo, se deleitaba con esa situación, fantaseando en voz alta con los imaginativos castigos que podría infringir a ese rebelde suicida. Togt ya le había informado sobre lo poco que le habían sonsacado en el interrogatorio. Aún no sabían ni el motivo de la escaramuza ni el origen de la extraña tecnología que portaban, aunque reconocieron fácilmente a los Boreanos y sus bandas rúnicas, de la cual por supuesto habían privado a Antares, mostrando ahora su código de obrero: FZ-043. Así pues, Kosok se entretenía ahora burlándose y riéndose de su prisionero, esforzándose por nombrarle por su código de obrero todo lo posible, con Togt, que se encontraba detrás de Antares y un poco a la izquierda, adornando sus ataques verbales con risas aduladoras. Y ya estaba Kosok terminando su comida y decidiendo el castigo del obrero FZ-043 cuando, sin ningún aviso ni anunciación previos, irrumpió en la sala el más rocambolesco personaje que cualquiera de los presentes hubiera visto jamás. Saltaba a la vista que era un extranjero, uno de muy lejos. Vestía extrañas ropas como de forajido espacial, llenas de correajes, bolsas y compartimentos para raros ingenios e inventos. Botas y guantes magnéticos, un artefacto a la cintura de desconocida manufactura y un sombrero de ala ancha con un emblema en relieve en forma de calavera. Quaroc era su nombre.

El extraño personaje entró en el despacho como si él fuera el gobernador, abriendo las puertas de par en par y avanzando hacia la mesa de Kosok con infinita confianza. Nadie tuvo tiempo de preguntarse cómo es que los guardias le habían dejado pasar, pronto se aclararía ese detalle. Quaroc pasó junto a Togt como si éste no existiera y fue a confrontarse al gobernador. Togt, aún más desconcertado que los demás, no iba a permitir ni siquiera un ademán de esa osadía, mas apenas había agarrado con una brusca mano el hombro del recién llegado y comenzado un comentario aún más brusco, Quaroc le propinó tal puñetazo en la cara que mandó a Togt al otro extremo de la habitación y le dejó impreso en la mejilla el sello de la Inquisición que llevaba en el anillo. El estrépito fue tal que los guardias apostados fuera volvieron la cabeza para saber qué había pasado. Tras esto, Quaroc mostró bien su anillo al gobernador, quien estuvo a punto de atragantarse con el pastel que llevaba sin masticar desde que Quaroc irrumpió en la sala. Lo que ocurrió después es fácil de resumir. En la más breve de las explicaciones, Quaroc le habló a Kosok de la visita sorpresa del inquisidor Dungan, del Ordo Hereticus, a Siluvian. Tras esto, se llevó a Antares de allí por orden expresa del inquisidor. Antares no dijo ni una palabra en todo el proceso, aunque su expresión denotaba su sorpresa. Kosok balbuceó ininteligiblemente varias veces. Togt yacía semiinconsciente el suelo. Para cuando se incorporó, Quaroc y Antares ya salían del despacho.

En la poderosa nave inquisitorial Ojo Imperial el inquisidor Dungan recibió al líder de los Boreanos. Ya desde el principio, Dungan demostró saber mucho de lo que acontecía en Siluvian y de lo que impulsaba a Antares. Éste no hacía sino alarmarse a cada comentario que el inquisidor hacía sobre la muerte de su hermano, el cautiverio de Irea o el complejo arcanotecnológico, y se preguntaba cómo podía saber tanto el imponente agente imperial, mas ¿quién conoce todos los trucos de la oscura Inquisición? Dungan era uno de los mejores en su oficio. A bordo del Ojo Imperial se había labrado una brillante carrera por todo el Imperio, y en la Inquisición todos sabían de su ingenio y eficiencia. Se hacía acompañar de un selecto séquito de ayudantes, entre los que se encontraban el cazarrecompensas Quaroc y el sabio Grak. Al igual que al inquisidor Vartek hacía años, Dungan había sido enviado a Siluvian para comprobar la ausencia de influencias caóticas y asegurar la estabilidad del planeta. Dado el largo historial de disturbios en Siluvian, no era raro que mandaran a alguien de vez en cuando para verificar el estado del mundo. Mas Dungan tenía un interés especial en la Fundación, ese enigmático grupo que tanto había prosperado en los últimos años. Quién sabe qué tendría Tzeentch reservado para ellos. Dungan había recurrido a Antares por una razón muy sencilla, él era el rey del inframundo, el líder de la banda más poderosa de Colmena Prime. Sus recursos en el sub-mundo podían serle muy útiles para sus propósitos, por no decir indispensables. Y Antares tenía la urgente necesidad de un aliado poderoso. No se lo pensó mucho. Accedió a ayudarle con dos sencillas condiciones: la eliminación de su código de obrero y la liberación de Irea. Dungan pensó que eso encajaba perfectamente en su plan.

Capítulo VII: El príncipe invisible

Mientras tanto, Irea se encontraba en un serio apuro. Tras escapar del palacio real, se había escabullido por los muelles de transporte planetario y se hallaba ahora en los humildes niveles de la nobleza menor. Sin sabe muy bien qué hacer ni a dónde dirigirse, había optado por volver a los niveles inferiores en busca de su hermano. Mas tuvo la mala fortuna de cruzarse con un grupo de mercenarios de una de las casas menores, poco importa cuál. Se trataba de esa clase de personas que luchaban todo el día y bebían toda la noche. Ese grupo en particular acababa de salir de la última taberna abierta. Irea trató de volver por donde había venido, con discreción y calma, mas esos mercenarios aburridos ya habían entrevisto algo de su agraciado rostro. Irea apretó el paso. Los mercenarios hicieron lo propio. Antes de que ninguno se diera cuenta, el encuentro se tornó en persecución. En su búsqueda desesperada de refugio, Irea quedó acorralada frente a las inmutables compuertas de una base navegante, una pequeña fortaleza urbana de la Casa Navegante Oxon en los muelles planetarios. Como si el terror de sus gestos pudiera conmover el macizo metal de las puertas, Irea aporreó la cerrada entrada. En los rostros de los mercenarios se perfilaron malévolas sonrisas. Irea aporreó más fuerte.

Poco vio de los que aconteció después, pues sus dilatadas pupilas quedaron prontamente cegadas por el deslumbrante brillo de las ráfagas láser que barrieron el espacio frente a la entrada. La malicia de los mercenarios se tornó en desconcierto y luego en horror, al descubrir que ellos eran los blancos de las torretas del edificio. Frente a la pequeña fortaleza quedaron no menos de cuatro cadáveres, humeantes y chamuscados. El resto no pudo sino huir. Irea, a quién las ráfagas no habían siquiera rozado, quedó inmóvil, presa de la más pasmosa de las sorpresas. Poco después, las puertas se abrieron con un ruido metálico e Irea penetró en la base navegante.

El gobernador siluviano Garbet pasó muchos años intentando eludir su fin. Mas cuando las conspiraciones y la realidad le convencieron de la futilidad de sus esfuerzos, concluyó que él no podría evitar su propio fin, pero sí el de su Casa. Garbet tenía un hijo, de nombre Enfer, a quién mandó en secreto con sus aliados de la Casa Navegante Oxon, prácticamente sus únicos aliados desde la Primera Cruzada Siluviana. Para ocultar su ausencia, el fisiomante de su Casa, su propio hermano, transfiguró a uno de sus cortesanos de mayor confianza y le dio la imagen del legítimo heredero de la Casa Xanthis. Este ardid fue completo cuando estos tres personajes manipularon sus propias memorias, y fue como si nunca hubiera pasado. Sólo el verdadero príncipe, Enfer, recordaba quién era y cuál era su pasado, aguardando, oculto e invisible, el momento propicio para el retorno de la Casa Xanthis al poder. Y su genética era su única prueba de su linaje.

El tiempo pasó, y Enfer se camufló entre sus amigos de la Casa Oxon, quienes tampoco sabían que él era el heredero. Una noche, Enfer salió al balcón de su dormitorio tras varias horas de sueños agitados. Por casualidad su vista tropezó con una encapuchada figura que corría hacia las puertas de la fortaleza comercial en la que se encontraba. Tras ella aparecieron ocho figuras más. Enfer adivinó enseguida la naturaleza de la escena e iba a retirarse de nuevo al interior de sus aposentos cuando, en su agitada huida, la ligera capucha de la primera figura dejó al descubierto un perturbador rostro ovalado. Hechizado por esa aparición y en parte creyendo estar aún soñando, Enfer no pudo soportar la idea de abandonar aquella mujer a los carroñeros que la perseguían. Corrió hasta la sala de control y activó las torretas de la compuerta. Después abrió las puertas y bajó al patio. Hasta ese momento, muchos hombres se habían sentido turbados por los ojos esmeralda de Irea, mas ninguno había sentido lo que Enfer. Enamorado por primera vez en su vida, Enfer acogió a Irea en la fortaleza comercial y su estancia allí fue un luminoso reflejo de su vergonzoso cautiverio en la Casa Okt. Pues Irea también sintió algo completamente diferente a todo lo que había sentido hasta ese momento, y correspondió el amor del príncipe escondido. Por primera vez desde que su hermano muriera entre el polvo y la mugre, Irea se permitió sonreír.

Capítulo VIII: Línea segura

-Ese inquisidor me preocupa mi Señor, eso es todo.

-No tienes nada que temer, Kosok, el Gran Padre te protege.

-Pero, ¿qué hay de Kazim? No me fío de él. Y si...

-Kazim está controlado. Desde hace mucho tiempo. El plan del Gran Padre seguirá su curso. Ellos están a punto de llegar. Este inquisidor no es más que un contratiempo sin importancia.

-Los inquisidores son maestros investigadores, es posible que…

-¿Dudas acaso de la astucia del Gran Padre? Ya hemos pasado por esto antes. Ese inquisidor encontrará lo mismo que su predecesor: nada. Viene en busca de demonios y herejes, nada que tenga que ver con nosotros. Nada encontrará. Concéntrate en tu cometido, pequeño Kosok. Necesitas ordenar tus pensamientos, además de tu casa.

-¿Mi Señor?

-El Gran Padre lo ve todo y lo sabe todo. ¿Cómo permitiste que esa chusma callejera asaltase tu casa? Si no puedes proteger a tu familia, ¿cómo vas a proteger el plan del Gran Padre?

-(Balbuceos entrecortados) No tengo excusa mi Señor.

-Has sido fiel y leal durante muchos años. El Gran Padre es misericordioso. Te ofrece la oportunidad de enmendar esa falta. Mantén bajo estrecha vigilancia a ese inquisidor. De todas formas, no conviene subestimar a ese agente imperial. El Gran Padre no tolerará actos incautos en estos momentos críticos para el plan. Ellos están a punto de llegar.

-Mi Señor, ¿qué hay de Olium? Es posible que el inquisidor le investigue a su llegada al sistema.

-Ya me he encargado de eso. Olium está alertado. Ha superado inspecciones más severas. Nuestro valioso cargamento está a salvo. Ese inquisidor no encontrará mancha alguna; ni en su nave, ni en nosotros. No hay de qué preocuparse.

-Mi Señor, hay algo más. Se trata del cabecilla de la incursión en el palacio…

Fragmento de la conversación entre el gobernador planetario Kosok, de la Casa Okt, y el Primogénito. Comunicación 9343-GHYSL.

Capítulo IX: Los secretos de la Fundación

Los meses siguientes cambiaron para siempre la vida de Antares. A la cabeza de la operación inquisitorial contra la Fundación, Antares por fin tuvo la oportunidad de combatir a sus enemigos en cierta igualdad de condiciones. Sin embargo, nadie había de saber de la conexión del líder boreano con el inquisidor y ésta relación permaneció en el más estricto secreto. Con la ayuda de Quaroc, cuya experiencia fue vital en las primeras semanas de la conspiración, la red de espionaje se extendió por todo el sub-mundo de la colmena y hasta por los niveles de los barrios obreros. Asimismo, el mapa de los túneles secretos hallado en el complejo arcano-tecnológico fue muy útil, y permitió disponer de discretas rutas de un lugar a otro de la ciudad, además de sencillos puntos de reunión. De forma paralela, otro agente de Dungan forjó otra red más escueta y valiosa en los niveles superiores. Sin embargo, el secretismo de la Fundación era extremo y más de una vez expresó Antares su frustración ante la escasez de resultados y las limitaciones de su espionaje. No obstante, Quaroc le espetó que se atuviera a su cometido, en parte para mantenerle alejado del asunto de su hermana, pues Antares desconocía todo lo referente a su fuga. Segura como estaba la Fundación de su invulnerabilidad, no extremó las medidas de contraespionaje, mas capturó a más de un agente boreano y proveyó de abundante información falsa. Este tira y afloja entre el inquisidor y la Fundación duró varios meses hasta que finalmente Dungan vislumbró una oportunidad para desenmascarar de una vez por todas a la Fundación.

Necesitaba que alguien se infiltrara en la catedral de la Fundación y consiguiera sus secretos. Los Boreanos aún conservaban un holotraje, el único que había quedado tras la fallida incursión en el palacio real. Era una misión para un solo hombre. Necesitaba a alguien que estuviera dispuesto a llegar hasta el final y posiblemente morir en el intento. Dungan recelaba de asignar este cometido a Quaroc, dada su ocasional indisciplina, fruto de una valorada independencia. No hubo de darle demasiadas vueltas, pues tan pronto como lo supo, Antares se presentó voluntario. Aburrido y hastiado de la vida de espía, ansiaba acabar la partida de una vez y liberar a Irea. Durante su proposición para la misión, sacó a relucir este espinoso problema, pues hacía meses que no sabía nada de su hermana. Dungan le dijo que ella estaba bien y cosas así, no mencionó nada de su estancia en la fortaleza comercial de la Casa Navegante Oxon. Pero le aseguró que de tener éxito la misión, podrían liberar a Irea. Superado este trance, la determinación de Antares se redobló y Dungan le asignó la misión. Tras recibir toda la información pertinente, Antares se preparó para su segunda incursión en los niveles superiores.

La infiltración tuvo lugar un día de celebración, el Alba, el cual conmemora el inicio de la Fundación. Todo el planeta vistió sus mejores galas y se dispuso a festejar ese día “bendito”. La ocasión no podía ser más propicia. Con la mayoría de los adeptos de la Fundación dispersos por las colmenas en su misión de guiar a las masas. La actividad en los niveles más oscuros de la catedral sería mínima, o al menos eso esperaba Dungan. No sería así en las grandes capillas y alas de culto, donde los más privilegiados gozarían de la santa compañía y las enseñanzas del Primogénito, mano derecha y profeta del Gran Padre. Empleando una vez más los túneles secretos, Antares activó el holotraje, adoptando la enigmática forma de uno de los enmascarados adeptos de la Fundación. Durante horas, siguió el detallado mapa sin que ocurriera nada digno de mención. Empezó a inquietarse cuando se percató de que algunas intersecciones y cruces de caminos no aparecían en el ancestral mapa. El antiguo plano no tardó en quedar inservible en aquel complejo subterráneo. En adelante, Antares hubo de emplear su brújula luminiscente para guiarse por los misteriosos corredores, en completa oscuridad. A medida que avanzaba por las entrañas de la catedral, notó como la humedad del ambiente iba en aumento, dato que el dispositivo de grabación en forma de calavera que Antares llevaba al cuello, objeto que sería su informe cuando se lo devolviese a Dungan.

La forma y el contorno de los túneles se hicieron más refinados a medida que Antares se adentraba más en el entramado subterráneo, hasta convertirse en perfectos corredores de rectas paredes. Antares se hallaba atravesando uno de estos pasillos cuando oyó el cántico de un grupo de fieles que se aproximaba al cruce frente a él. Optó por recogerse tras una esquina y esperar. La comitiva no tardó en aparecer por uno de los corredores laterales. En vanguardia, caminaban dos personas ataviadas con un ropaje ritual. Les habían arrancado los ojos y la lengua, pero no señales de desgarramiento u otras lesiones que sugirieran resistencia. Sus movimientos eran vacuos, como si estuvieran drogados o incluso movidos por otra voluntad. Les seguían una docena de adeptos del más alto nivel, vestidos con túnicas de un diseño nunca visto por el público. Ellos también parecían carecer de ojos, o al menos, de vista. Entonaban un canto solemne y cansino, mientras avanzaban con paso acompasado por el más grande de los corredores del cruce. Antares alteró su holotraje para camuflarse entre el grupo y se colocó el último cuando todos hubieron pasado. Tan ensimismados estaban en el extraño rito, que ninguno de los adeptos advirtió la incorporación. Continuaron el singular viaje durante un rato, hasta que Antares vislumbró en el extremo del corredor una amplia bóveda iluminada. Atisbando su destino, se escabulló por un estrecho pasadizo lateral, apenas una hendidura en la piedra, fruto más de la propia roca que de los albañiles de la Fundación. El pasadizo ascendía varios metros hasta desembocar a siete metros de altura en una de las paredes laterales de gran sala. A los lados de dicha sala había diez grandes pilares prismáticos de unos cinco metros y medio que no alcanzaban el techo, pues sobre ellos se situaban extrañas esculturas, todas iguales y todas mirando al centro de la sala. Desde su posición, Antares no entendía bien la forma de estas representaciones, se figuró que serían estatuas rituales. Para disponer de una mejor visión, saltó junto la escultura más cercana, la cual quedaba a apenas un metro de él, y se ocultó a su lado, casi al borde de la cara superior del pilar. Prefirió no tocar la estatua como precaución de que no estuviera fija a su base. Desde su nueva posición pudo comprobar que la escultura representaba una extraña figura acuclillada que no supo reconocer. Después dirigió su atención al resto de la amplia sala y lo que vio le llenó de un primigenio terror humano.

Presidiendo la sala, había un amplio estrado de múltiples escalones y sobre él, la dantesca criatura alienígena que era el Gran Padre. Hinchado y deforme, el sucio trono sobre el que se sentaba, tan deforme como él, parecía a incapaz de contener el poder de aquella masa. Tenía aspecto de no haberse movido en siglos y, sin embargo, sus extremidades parecían conservar intacto su potencial. Mas era su mente alienígena el más grande horror al que Antares se hubiera enfrentado jamás. Cada leve movimiento de su cuerpo parecía encerrar un propósito oculto e incognoscible para la psique humana, y sus ojos bulbosos reflejaban una sabiduría milenaria. Su sola visión bastaba para evocar en el corazón de los hombres un temor visceral e instintivo hacia su ser. Antares hubo de hacer un hercúleo esfuerzo para no huir de ahí de inmediato, al que siguieron varios y, por suerte, exitosos intentos para no vomitar de puro terror o caer desde lo alto del pedestal de la escultura. Se olvidó por completo de la misión y de por qué había ido a ese horrible lugar. Su atención tardó mucho en percatarse del resto de la progenie alienígena que ocupaba la sala. Entre los pedestales de las estatuas, junto a los desconocidos globos luminosos que brillaban en la sala o formando el pasillo por el que ahora penetraba la comitiva en la que Antares se había refugiado, había una amplia miscelánea de monstruosos híbridos. De horrendas facciones, a Antares no le sorprendió que se ocultaran en tan inaccesible gruta, a salvo del violento mundo de la superficie, tan temeroso de las impurezas y los mutantes. Muchos de aquellos engendros poseían tres o hasta cuatro brazos, y sus narices, ojos y mandíbulas formaban grotescos retratos. Asimismo, todos parecían ser ciegos, aunque no por falta de ojos. Todos entonaban el mismo cántico, profundo y siniestro. Luego Antares se fijó en las dos víctimas al frente de la comitiva.

A medida que se aproximaban al trono para, y Antares estaba seguro de ello, ser sacrificados al dios alienígena, los cánticos se hicieron más rápidos y demenciales. A cierta distancia del primer escalón, la comitiva se detuvo y sólo ascendieron los dos “afortunados”, como probablemente los considerarían. El loco ritmo del canto aumento hasta un nivel, casi doloroso. Antares giró la cabeza para no presenciar el brutal sacrificio. Pero apenas lo hubo hecho, el cántico cesó como de pronto. Asimismo, Antares no escuchó sonido de huesos rotos o sangre desparramada. Inmensamente tenso por el repentino silencio giró la cabeza lentamente para comprobar qué había ocurrido. Todos los presentes se hallaban totalmente inmóviles, indistinguible su movimiento del de las estatuas de la sala. Sólo los dos elegidos se movían mínimamente, pasando el peso de su cuerpo de un pie a otro en un constante bamboleo, influido por quién sabe qué droga, o peor, qué voluntad. Antares también se quedó paralizado ante la escena. Súbitamente, Antares creyó percibir un levísimo movimiento en los ojos del Gran Padre, y durante un momento juraría que le estaba mirando directamente a él. Ese breve momento duró hasta que la estatua a su lado, que no era tal, se agitó como un látigo y le apresó con sus cuatro brazos quitinosos. El antes inmóvil genestealer, liberado por fin de su profundo sopor por el Patriarca, ejecutó la única y clara orden de su señor, motivo de su despertar. Antares experimentó el mayor de los sobresaltos y luego sólo hubo oscuridad.

Capítulo X: Últimas jugadas

Desde el interior del fuerte acorazado urbano que hacía de puesto de mando móvil, Togt impartió las últimas órdenes a las disciplinadas tropas que se disponían a asaltar la fortaleza comercial de la Casa Oxon. El Gran Padre, o más bien sus espías, lo sabía todo y lo veía todo; estaban seguros de que en el interior del complejo navegante hallarían a la fastidiosa fugitiva cuya búsqueda les había traído de cabeza desde hacía tantos meses. Estas pesquisas habían sido realizadas con la máxima discreción. De hacerse público, todos competirían por los jugosos secretos que Irea podría haber escuchado en sus meses de cautiverio, por no hablar del ridículo y la incompetencia para con sus prisioneros que evidenciaría la casa real. Asimismo, la incursión palaciega se había mantenido en el más receloso de los secretos. Un rápido teclear, una orden de mando y el asalto nocturno, programado hasta el más mínimo imprevisto, comenzó. A partir de ese momento, para Togt todo fue bastante sencillo. La maniobra había sido planeada y practicada con la rigurosidad propia de la Casa Okt, multiplicada ahora que era la casa real. Tantas veces había vivido la misma escena, que en un primer momento le pareció un ensayo más. La operación se complicó en sus fases finales, las que contenían un mayor nivel de imprecisión, al no poderse determinar con exactitud la reacción de los residentes del edificio. La Casa Navegante Oxon no contaba con tropas armadas como parte del castigo impuesto por la casa real en relación a su alianza con sus enemigos de la Casa Xanthis, de manera que no hallaron soldados enemigos. A pesar de que los entrenados sargentos de los pelotones podían completar el trabajo perfectamente, Togt prefirió supervisar todo el proceso de registro. Hallaron pocos ocupantes en la fortaleza, y ninguno armado.

La exhaustiva y relativamente breve búsqueda continuó hasta que el pelotón beta encontró por fin un reducido grupo de cortesanos que intentaba escapar por un pasaje secundario. Entre ellos se encontraba el objeto de su búsqueda. De inmediato, los soldados abordaron al grupo para apresar a Irea. No habían recibido orden alguna respecto al resto de fugitivos, de manera que los ignoraron. Éstos, más asustados que otra cosa, se alegraron de que el repentino ataque no fuera con ellos, y no intentaron impedir la captura de la doncella morena. Mas uno de los integrantes del grupo en fuga montó en cólera y se interpuso entre los soldados e Irea, dejando bien claras sus violentas intenciones. Tras un forcejeo y un intercambio de golpes en el reducido espacio del corredor, uno de los soldados le disparó, volándole un brazo. Todo esto ocurrió en escasos segundos, o incluso menos. Los cortesanos en fuga, que apenas habían tenido tiempo de alejarse un par de pasos se alarmaron enormemente por este ataque a uno de los suyos, y mientras los soldados apresaban a Irea, con algo de dificultad fruto de la subestimación, y la aturdían con un potente sedante, los cortesanos retiraron el cuerpo inmóvil del insensato héroe y se lo llevaron en su huida.

Mientras tanto, en órbita, el Cuervo se aproximaba al conflictivo planeta. En su interior, el comerciante independiente Olium sonreía pensando en la riqueza que le reportaría la transacción que pronto realizaría. En la más oculta de las bodegas, aguardaba un valioso cargamento, la carta que daría a la Fundación la mano con la que ganar la partida. Mientras tanto, en el Ojo Imperial, Dungan no tenía la mitad de confianza de la que tenía Olium. No sabía gran cosa sobre la estrafalaria nave que aparecía en la ventana de observación, ni de su tripulación. Tan sólo sabía que contenía algo muy valioso para la Fundación, era todo lo que su espía en los niveles superiores había podido procurarle. Asimismo, tampoco sabía nada de Antares, desde hacía casi dos días, ni del contenido de la grabación que se había, o esperaba que se hubiera, efectuado. En los niveles inferiores, Quaroc tampoco sabía nada. Y los Boreanos comenzaban a inquietarse ante la desaparición de su líder. Entre sus volubles filas no tardaría en aparecer un nuevo jefe. En verdad, Dungan tenía todas las de perder.

Capítulo XI: Jaque Mate

La gigantesca plaza a los pies del palacio real bullía de entusiasmo. Fieles, adeptos, devotos y civiles de todo tipo se apiñaban ansiosos por oír el discurso del Primogénito. Desde el Alba, el Primogénito y sus seguidores habían estado anunciando un gran evento, un día de gloria para el shakram. Habían pasado un par de días desde la bendita celebración del Alba, corrían rumores de una blasfemia cometida en el terreno mismo de la catedral y de la llegada al planeta de un regalo de Ellos. La multitud esperaba ruidosa a que le Primogénito hiciera su aparición en el ornamentado balcón, situado a una altura prodigiosa y diseñado para situaciones tales como aquella, encendidos discursos a una muchedumbre ansiosa. Para ambientar más los desnudos muros, en ellos se habían tendido grandes telas de decenas de metros, con los símbolos y lemas de Fundación en ellos. Todo estaba dispuesto para que le Primogénito encauzara aquella mentes en los propósitos del Gran Padre.

En la elegante sala que daba al balcón se hallaban algunos de los principales jugadores de aquella partida que ya tocaba a su fin. Junto a la entrada del balcón, el Primogénito, ataviado como nunca para aquella ocasión. En el centro, Kosok, de pie, cosa extraña en él; y con la más victoriosa de las expresiones. Frente a él, la criatura maltrecha y torturada que antes había sido Antares. Tras su captura, durante dos días había sufrido las más pavorosas pesadillas que el Gran Padre supo imaginar. Mas su amplia creatividad en este campo fue severamente restringido por su deseo de hacer de él un rebelde fracasado. Hubo de tener mucho cuidado en que sus los tormentos mentales que le infligía no aplastaran su débil conciencia. Todo valdría la pena cuando su humillación pública y posterior ejecución multiplicaran la fe de la plebe en los infalibles poderes de la Fundación. Sería la perfecta guinda para la enorme operación que tanto le había costado y pronto concluiría. Ellos estaban a punto de llegar. Tras esos dos días de diversión lo entregó al Primogénito. Ahora Antares, su carne maltrecha y en los límites de su resistencia, con los ojos vacuos y las ropas harapientas, pues le habían despojado del holotraje, dejándole sólo las vestiduras simples que llevaba debajo; era una pálida sombra del vigoroso líder que una vez fue. Sin embargo, y una vez más, un poder que Antares no conocía operaba en él y le daba fuerzas suficientes para mantenerse en pie, el mismo poder que lo mantuvo vivo en sus florecientes meses como boreano. Apenas escuchaba los desagradables comentarios que Kosok le dirigía, una pequeña venganza verbal hacia aquel individuo que tantos problemas le había dado. Todos esos problemas ya se acababan.

Era mediodía, y la mayoría de la Casa Okt estaba almorzando. Les resultaba raro que no estuviera el obeso Kosok, siempre el más voraz y hambriento de todos. Éste había hecho un enorme esfuerzo por saltarse una comida por primera vez en su vida, o eso había dicho a todos para aparentar fortaleza. Lo cierto es que había comido en abundancia antes de que llegara el Primogénito. Los más espabilados barajaban esta posibilidad cuando el príncipe Tharos, que no se contaba entre los comensales, cruzó la sala portando dos copas del mejor licor de la casa real. Tras dirigirles una sonrisa, se encaminó a la sala donde Togt le esperaba con una amordazada y esposada Irea. Había llegado hacia pocos minutos, tras la fructífera operación de anoche en la fortaleza, y Tharos había deseado felicitarle con un buen trago. Tras un brindis y la promesa de un aumento de salario y otras recompensas, Tharos agarró a Irea por el pelo de la nuca y la llevó a la sala donde aguardaba su padre. Había sido idea de Kosok tan especial encuentro, estaba seguro de que la victoria sería mucho más dulce con el brillo de la amargura en los ojos de Irea cuando viera morir a su hermano. El parentesco había sido descubierto tras la captura y posterior tortura de varios espías Boreanos. Atando cabos, a Kosok no le había costado mucho adivinar la relación entre la cautiva de su hijo y el obrero FZ-043 (aunque ahora que Antares no poseía el código en la frente, hubo de preguntarlo varias veces a sus cortesanos).

Cuando Tharos penetró en la sala con Irea fuertemente apresada, pilló a su padre en mitad de otro insulto. El Primogénito consideró ese un buen momento para salir al amplio blanco y dirigirse al fin a la impaciente multitud. Ese pequeño rencuentro era asunto de Kosok. Qué difícil empresa sería describir las emociones del hermano y la hermana encontrados, después de tanto tiempo y tantos esfuerzos por hallarse. Yo, al menos, no puedo. La mordaza de Irea y la lengua cortada de Antares ahorraron todo comentario, sus miradas fueron lo único que les permitió comunicarse. Apenas se hubieron encontrado, ambos recuperaron súbitamente energía y determinación, determinación que fue rápidamente aplastada cuando Tharos empujó a Irea a una esquina, desenfundó su pistola láser personal y la apuntó hacia Irea con el brazo extendido. Irea no pudo sino quedarse inmóvil, con el extremo del cañón rozándole la sien y su mirada como toda comunicación con su hermano. Antares se sintió más impotente que nunca. Kosok se regocijó en su cruel jugarreta.

Durante varios jugosos minutos, Kosok se deleitó en su jugada, riendo y torturando a la pequeña familia con maléficos comentarios. Debió de ser todo un alarde de oratoria y malévola imaginación, pero Antares e Irea no oyeron ni la mitad de las palabras, despidiéndose mutuamente en silencio. Afuera, se respiraba el fervor creciente de las palabras que el Primogénito dirigía a la multitud. Con cada frase, el público se agitaba más y más y ya miraban al Primogénito como a un semi-dios justiciero, dispuesto a condenar sin piedad a los enemigos del shakram. Y la apoteosis del evento estaba cada vez más cerca. En el interior de la sala, Kosok por fin terminó su propio discurso, y en el éxtasis de una exquisita crueldad dijo sin dejar de mirar a Antares: “Hijo mío, dispara.” A Antares le dio un vuelco el corazón. Kosok saboreó la desesperación de su prisionero. Irea cerró los párpados con suavidad, resignada. Tharos, con la más peculiar de las sonrisas y una expresión que nadie le conocía, giró lentamente la cabeza hacia su padre. El cañón siguió apuntando a Irea. Kosok, con la mirada fija en Antares, no vio estos movimientos de su hijo. El Primogénito permanecía ignorante de lo que acontecía tras él. Repentinamente, Tharos dijo a Kosok, con una voz que no parecía la suya: “Tu hijo está muerto, Kosok.”

La expresión del gobernador cambió de un extremo a otro, se giró con la agilidad suficiente para recibir el disparo láser en el entrecejo, tras un veloz movimiento del brazo de la disfrazada agente Callidus. Al escuchar el sangriento reventón, el Primogénito se giró de súbito, interrumpiendo el grandioso clímax de su discurso. Sólo pudo empezar a agitar los brazos, como invocando una protección, antes de que otro disparo le acertara de lleno en la cara y cayera desde lo alto del balcón a la patidifusa multitud veía su fe sacudida.

Cuando comprobaron que al que habían creído el príncipe de la Casa Okt no tenía intención de dispararles, Antares e Irea se lanzaron uno hacia otro y se abrazaron con ternura. El feliz momento duró tan solo un instante, enseguida volvieron su atención al personaje armado. Éste se limitó a engarfiar uno de sus dedos en su comisura izquierda y estirarla para mostrar las muelas. Se estiró bastante más de lo normal, un efecto controlado de la polimorfina. En el lateral de la última de las muelas podía verse un pequeño símbolo inquisitorial, un simple truco para demostrar su bando. Verificada su lealtad, la agente disfrazada les condujo por los corredores de palacio hasta el túnel secreto que una vez Antares usó para asaltar ese mismo lugar. Escapando por aquella ruta escondida, evitarían a los Aldalyn, los Comandos de la Muerte del Primogénito que ya penetraban en el palacio para tratar de detener al asesino de su profeta. Afuera se oía un gran barullo, mientras la gente era presa del pánico y la confusión. Por el camino pasaron por el comedor, muy tranquilo ahora que el veneno de efecto retardado había operado en los comensales, quienes yacían inmóviles, en el suelo o tendidos a medias sobre la mesa. Asimismo, hallaron a un inerte Togt en el umbral de una puerta entreabierta, con una copa medio rota junto a él. Sekmat, la hábil Callidus que, disfrazada, había perpetrado esos asesinatos, sonreía ante cada nuevo cadáver. Finalmente, los tres fugitivos escaparon de ese lugar de muerte por el pasaje oculto.

Mientras tanto, a miles de kilómetros de allí, en el frío espacio, el Cuervo tuvo al fin noticias del inquisidor del Ordo Hereticus sobre el que les habían advertido. Básicamente, les decía que iban a abordarles y registrarles les gustase o no. Olium sonrió confiado. No encontraría nada. Nadie podía encontrar nada en su nave si él no quería. Seguro de su invulnerabilidad, detuvo la nave y preparó el acoplamiento. Todo se realizó sin incidente alguno, mientras un despreocupado Olium aguardaba en su silla giratoria en el puente de mando, con la vista fija en los paneles que tenía delante. Sólo cuando oyó que se abrían las compuertas del puente se molestó en girar la silla para mirar al inquisidor. Lo que vio le borró su estúpida sonrisa de la cara.

Dungan, flamante con su verdadera armadura del Ordo Xenos y escoltado por cuatro Guardianes de la Muerte, le apuntaba con su bólter personal. Apenas la silla se hubo detenido, el disparo le reventó la cabeza. Ante tan brutal asesinato, uno de los lacayos que estaba junto a las consolas de las paredes hizo un movimiento mucho más brusco del recomendado en presencia de un inquisidor. Uno de los siniestros marines espaciales apuntó su bólter y le disparó en una fracción de segundo. Las vísceras y la sangre del torso destrozado estropearon la mesa de mandos que ocupaba el lacayo. Nadie más movió un músculo. Dungan, seguido por sus imponentes guardaespaldas, avanzó por la sala hasta la consola principal. Nadie se atrevió ni a tragar saliva. Dungan apoyó su palma desnuda contra el panel y, en su mente, preguntó a la nave qué era y dónde se hallaba el valioso cargamento. Y la nave le contestó gustosa. Gracias a sus poderes tecnopáticos, Dungan sabía que las máquinas solían estar mucho más dispuestas a cooperar que los humanos. El cargamento no le sorprendió: una docena de genestealers de Ymgarl. Sus habilidades metamórficas era de sobra conocidas. Todos se hallaban suspendidos en cápsulas de éxtasis. Mientras dos Guardianes se encaminaban a la secreta bodega, Dungan saboteó las cápsulas desde la consola. Los Guardianes tardaron poco en llegar a la cámara, pues era relativamente fácil de alcanzar cuando la propia nave desea que sea hallada. Levantadas las artimañas y las estratagemas, los marines llegaron sin dificultades a su destino. Varios genestealers se hallaban ya muertos, sus mentes violentamente aplastadas por la inadecuada salida del estado atemporal. Otros se arrastraban penosamente por el piso, con sus cerebros lesionados y agónicos por el sabotaje. Toda la cámara fue purgada con fuego purificador.

Cuando volvieron al puente, Dungan se retiró al Ojo Imperial y dio la orden de purificar toda la nave. Ni siquiera alcanzó a oír los gritos de los lacayos de Olium. Satisfecho de su actuación, Dungan sonrió al pensar como habían cambiado las tornas en cuanto recibió la grabación de Antares. A petición de Tharos, o mejor dicho, de Sekmat; habían entregado al príncipe los objetos que Antares portaba cuando fue capturado. Para ellos no tenían ningún valor, no habían logrado identificar la pequeña calavera como un dispositivo de grabación. Pensaron que se trataba de un simple medallón. No era raro que los inquisidores del Ordo Xenos emplearan ocasionalmente artefactos alienígenas para sus propósitos. En verdad, la xeno-tecnología puede ser muy útil, y Dungan se vanagloriaba de aprovecharla al máximo. En cuanto Sekmat le transmitió la grabación, todo se puso a su favor. Después de dar las órdenes de asesinato, ordenó a su eficaz ejecutora que sacara de allí al fiel Antares y a su hermana. Dungan siempre cumplía sus promesas y nunca abandonaba a los suyos. En esto se parecía bastante a un marine espacial. Y a ellos había reclamado inmediatamente después. La Guardia de la Muerte era sólo el principio. Una flota de los Templarios Negros se dirigía ya al planeta y grandes contingentes de la Guardia Imperial se preparaban para partir al mundo colmena. El Imperio haría llover su ira sobre Siluvian.

Capítulo XII: La Caída del Ángel

Pegasus, sargento de los Templarios Negros, aterrizó sobre la parte superior de la enorme grúa con la habilidad acostumbrada, seguido de los marines de su escuadra de asalto. Bajo ellos, en una amplia plataforma tecnológica que no era sino otra pieza más de la parte superior del Manufactorum Arvin, el Gran Padre se disponía a librar su última batalla. Al mando de su guardia genestealer y los Aldalyn, el abominable ser estaba acorralado. Tras él, kilómetros de caída libre hasta las entrañas de la colmena, frente a él y sus fuerzas, el único camino, atiborrado de marines espaciales al mando del Bibliotecario Omius. El final de la Gran Purga estaba cerca.

Los Templarios Negros habían llegado al conflictivo mundo pocas semanas después de la Noche Fanática, la noche de disturbios y confusión que siguió a la muerte del Primogénito, sólo para hallar un mundo entero sumido en el más profundo caos. Con los líderes del Alto Concilio disputándose el liderazgo de la Fundación, la casa gobernante del planeta decapitada y la mitad de los fieles con el ánimo y la fe derrumbados, la desorganización reinante fue un precioso caldo de cultivo para la agitación y las trifulcas globales. La situación empeoró sobremanera cuando se confirmó la desaparición del Gran Padre, el cual había abandonado su refugio subterráneo con la certeza de que Antares podría guiar a las fuerzas imperiales a su santuario. La mitad de la aristocracia planetaria renegó de la Fundación, tratando aprovechando las revueltas para aumentar sus riquezas y su posición. Las fuerzas militares siluvianas, la mayoría de las cuales se hallaban fuera de los ponzoñosos tentáculos de la Fundación y a cuyos oficiales estaba destinados los genestealers de Ymgarl, colaboraron con los ejércitos del Imperio en la ardua tarea de purificar el planeta de toda influencia alienígena. Al bombardeo de la catedral y la ejecución del pontífice Kazim siguieron meses y meses de cacerías y purgas. Administraciones, casas, gremios y hasta poblaciones enteras llegaron a ser destruidas en la feroz operación. El veneno fue sorbido de las venas de Siluvian hasta la última gota, aunque arrastró buena parte de la sangre planetaria consigo.

Y ahora, por fin, los Ángeles de la Muerte del Emperador se disponían a exterminar al monstruoso líder que lo había iniciado todo. Todo estaba calculado. En cuanto las fuerzas del Gran Padre arremetieron contra los marines y el grotesco Patriarca lanzó toda su furia psíquica contra el preparado bibliotecario, Pegasus ordenó a su escuadra el más violento de los saltos, cual les llevó a la plataforma tecnológica y aplastó los endebles cráneos humanos de dos Aldalyn. El Patriarca quiso desviar su atención a esos combatientes, pero Omius presionó un poco más y las fuerzas del Patriarca perdieron terreno. Mientras Pegasus y su escuadra se abría paso por el flanco de las pretorianas tropas del Gran Padre, éste, en su ira y desesperación, multiplicó la fuerza de su embate contra la mente del Bibliotecario. Una oscura marea con la fuerza de mil mentes tronó en el cerebro del Templario Negro, eones de poder concentrados en aquella implacable ofensiva. Omius se tambaleó ante la brutal embestida mental y luego se desplomó con la nariz sangrante.

Pegasus, al ver caer a su superior ante el horror alienígena, fue invadido por la súbita cólera que tanto destaca a los Templarios Negros. Asió con firmeza su chisporroteante hacha de energía y activó sus potentes retrorreactores con un terrible grito de guerra. La propulsión le llevó de lado a lado de la plataforma tecnológica, volando horizontal a pocos metros del suelo y atropellando a un par de enemigos por el camino. El Patriarca, exhausto tras el reciente duelo y cansado tras tantos meses de huida y persecución, no se percató del inminente ataque con suficiente rapidez. En su sorpresa y deformidad, sólo pudo dar un torpe manotazo con tanta fuerza como le permitieron sus hinchados miembros. El marine en vuelo fue interceptado por el golpe del gigante alienígena y su trayectoria desviada a un lado del monstruo, que se encontraba casi en el borde. Mas Pegasus no estaba dispuesto a dejarlo ahí. Tras el inesperado golpe, pasó junto al lado izquierdo del Patriarca y con una asombrosa cabriola, hincó su hacha de energía en el tejido yugular de la criatura. Aunque relativamente blanda en comparación con las placas exoesqueléticas que cubrían varias zonas del cuerpo del Patriarca, la carne del cuello era fuerte y espesa, saturada de tendones. Sin desencajarse el hacha de su blanco, el impulso de Pegasus arrastró también al Patriarca, que lanzó un chirriante alarido. Y así, hombre y monstruo, cayeron al vacío.

Pegasus siempre había pertenecido al cielo y entre sus compañeros, su habilidad en vuelo no tenía parangón. Sus proezas durante el combate singular que libró con el Patriarca en plena caída libre atestiguan ese talento. La extraordinaria batalla no tuvo cuartel. Condicionado por su hinchado y nada ágil cuerpo, el Patriarca se sacudía y agitaba en el aire sin resultado ni objetivo, y el desequilibrio de la veloz caída hacía imposible fijar su fuerza psíquica en el pequeño blanco móvil del cerebro del marine. Pegasus, asido todavía a su furia ciega y al mango de su hacha para proporcionarse de un mínimo apoyo y no salir volando lejos de su rival, desenfundó su cuchillo de caza, una pequeña arma personal; y apuñaló sin tregua el cuello de su enemigo, su costado o cualquier parte vulnerable que en el frenesí de la caída se pusiera a su alcance. El Patriarca manoteaba y pataleaba al aire con escaso resultado, salvo el de algún golpe ocasional a Pegasus, protegido de ataques tan rudimentarios por su servoarmadura.

Por fin, Pegasus halló un punto vulnerable entre las protecciones quitinosas que cubrían el cráneo del Patriarca y allí apuñaló como nunca antes. Notó como la hoja se hundía por la carnosa junta de las protecciones y queriendo acabar de una vez con su enemigo, apoyó todo su pesó sobre el pomo del puñal, algo extremadamente difícil en la confusión de la caída libre. La hoja se hundió aún más. El Patriarca redobló sus alaridos. Finalmente, Pegasus terminó el duelo con una jugada de gracia. Esperó al instante preciso y entonces activó los retrorreactores de su espalda. La propulsión le empujó aún más contra el cráneo de su rival y la presión sobre el puñal se multiplicó. Pegasus notó como el metal alcanzaba un nuevo tipo de tejido y los movimientos del Patriarca se tornaron más espasmódicos y convulsivos, casi antinaturales.

Antes de que la buena suerte le abandonara y su enemigo lograse arrastrarle consigo a la muerte, Pegasus se enderezó como pudo, soltó sendos mangos y activó los propulsores, despidiéndose de él con una última patada. Mientras los motores de su espalda se quemaban tratando de frenar su caída, Pegasus no apartó la vista de la criatura abominable, antes divina, que se perdía entre las nieblas del abismo.

  • Dungan: Tras la Gran Purga Siluviana, el Inquisidor Dungan, del Ordo Xenos, fue nombrado Alto Inquisidor. En el subsector Almund dirigió una campaña de investigación sobre la flota enjambre Karthis, que se había desviado recientemente de la trayectoria que la llevaba al sub-sector siluviano. Tras tomar a Antares como primer y único acólito, Dungan operó largo tiempo en los mundos periféricos del Segmentum Ultima, tras lo cual trabajó durante dos años con los Eldars del Mundo Astronave Galak. Fue asesinado por un lictor tiránido en el planeta Arantor durante la segunda oleada de la flota enjambre Leviatán al subsector del mismo nombre.
  • Antares: Como primer y único acólito del Alto Inquisidor Dungan, Antares desarrolló sus poderes fisioquinéticos bajo el tutelaje de su maestro. Se convirtió en un agente inquisitorial ejemplar y colaboró con su maestro durante todas sus campañas. Como acólito también dirigió una serie de operaciones de espionaje contra los comerciantes de tecnología tau en el Segmentum Ultima. Tras la muerte de Dungan se convirtió en inquisidor de pleno derecho y continuó el trabajo de su maestro contra los tiránidos de Leviatán.
  • Irea: permaneció en Siluvian y se casó con el príncipe de la Casa Xanthis, Enfer, el cual fue declarado Procurador Imperial en cuanto se comprobó su linaje. Ambos tuvieron un hijo de nombre Pólux.
  • Quaroc: continuó tres años más al servicio del Alto Inquisidor Dungan antes de retirarse al planeta Umbriel. Al servicio de Su Majestad Cleón III, Señor de Umbriel, fundó un gremio de espionaje y se convirtió en consejero y luego en canciller de su sucesor, Cleón IV.
  • Sekmat: después de la Gran Purga, realizó nueve misiones más para el Templo Callidus en varios lugares de la Galaxia, entre ellas una al servicio de Antares. Desapareció en extrañas circunstancias durante una misión múltiple en el sub-sector Aqwen. [Informes omitidos por orden Inquisidor Xehm, del Ordo Hereticus]
  • Pegasus: por su valía y proezas durante la Gran Purga Siluviana, le concedieron el rango de capitán. Sirvió durante un siglo y medio en este cargo, tiempo en el cual se labró una excelente reputación entre los Templarios Negros. Fue muerto por los necrones en la Batalla de Aunen, durante la Cruzada de Phobos. No obstante, informes posteriores sugieren que el Señor del Caos Ekceldon, líder de los Demonios, p… [Informes omitidos por orden del Alto Inquisidor Harriaz, del Ordo Malleus]

Extraído de “Crónicas de la Inquisición”, escrito por el sabio Grak.

Autor

Praefactor

Spotlights de otros wikis

Wiki al azar