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Relato Certamen II: El Emperador Protege

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El Emperador Protege.Editar

Otro día, la misma mierda.



Ecko abrió los ojos con el sonido del despertador, aquella maldita máquina le indicaba todos los días que a las seis se tenía que poner en marcha si no quería que el Procurador Giges le cruzase la cara otra vez por llegar tarde al cuartel.

Ecko se vistió rápidamente y se mojó la cara para refrescarse un poco, luego se tomó una taza de cafeína, que para su desgracia estaba helada. Luego se vistió rápidamente y cogió su placa de Agente del Adeptus Arbites. Gracias a podía viajar más cómodo en el transporte que le llevaba al cuartel. El temor de la población de que un Adeptus Arbites tomara represalias con ellos era bastante general. La mayoría de mundos imperiales eran corruptos y los ´´grandes Arbites`` encargados de mantener la paz y el orden, además de que el culto y la devoción al Emperador se cumpliese en todos los rincones infestos de cualquier ciudad eran en la mayoría de casos una auténtica farsa. Ecko sabía de compañeros suyos que se valían de su placa con el Águila Imperial, para poder entrar en locales privados o poder conseguir alimentos sin pagar, ya que eran para una misión de gran importancia. Pero lo que sus compañeros hacían se quedaba corto con los actos de sus superiores. Había oído decir que las casas nobles compraban a los Justicias Mayores para que no les investigase por posesión de drogas o pasase de alto los asesinatos que ordenaban a casas rivales. También se sabía de Magistrados corruptos, que eran comprados para que en los juicios de los nobles y ricos, fallasen a su favor librándose de la cárcel o de penas mucho peores. Pero eso solo eran rumores que no estaban probados.

Ecko se bajó del transporte y contempló la estatua del Emperador que había en la puerta de su cuartel. Como todos los días, sus ojos se posaron en el Dios de la Humanidad y juró protegerla hasta su última gota de sangre.


  • ¿Otra vez con tus juramentos idiotas, Ecko?

  • Si, yo al menos me recuerdo mi deber.

  • Todas las mañanas juras defender a la Humanidad, mientras crees que el

Emperador te observa. Crees que Él, te va a observar a ti, un agente del Arbites en este planeta de mierda, uno de tantos. El Emperador tendrá cosas más valiosas que hacer.

  • ¡Cállate Macar si no quieres que te parta la boca!

  • Inténtalo, si osas dañarme tendrás en cuestión de minutos a los hombres de mi tío, apuntándote a la cabeza, hasta que yo gustosamente te volaría la tapa de los sesos. Además soy Arbitrador, mientras tú solo eres un simple Agente.

  • Macar, recuérdalo muy bien, tú y yo nos graduamos al mismo tiempo y yo era mejor que tú en todas las pruebas.

  • Si, pero a que tu tío no es Justicia Mayor.

  • Agente Ecko, hay trabajo que hacer.


La voz sobresaltó a los dos Arbites. Era Giges, el Procurador de Ecko, un hombre inmenso que no dudaba en usar la violencia para que un subordinado cumpliese una orden. Durante los pocos años que Ecko había estado bajo su mando, había aprendido a temerle y a cumplir sus órdenes a la primera. En cuanto Giges se acercó a los dos rivales, ambos se pusieron en posición de firmes.


  • ¡Descansen Arbites!

  • Procurador Giges- respondió Macar con suave. - Mi tío aprecia mucho su trabajo y dedicación a esta noble institución.

  • Lo que piense tu tío me la sopla. Yo cumplo con mi deber y su tío debería hacer lo mismo.

  • Claro, si no fuese por mi tío, muchas de las familias importantes de la ciudad se dedicarían a realizar negocios ilegales.

  • Pues dile a tu tío, que haga mejor su trabajo. Ayer detuve a varios miembros de la casa Goris, por dedicarse al tráfico de Obscura.

La respuesta de Giges hizo que apareciese una leve sonrisa en la cara de Ecko al ver como había dejado callado a Macar, haciéndole tragar sus palabras de arrogancia. Para su pesar, el Procurador se dio cuenta de aquella sonrisa e increpó a Ecko.


  • Agente Ecko, ¿Qué es lo que le hace tanta gracia?

  • Nada señor. Solo acabo de recordar una cosa.

  • Pues olvídala de inmediato si no quieres que te la haga olvidar yo, y ya sabes mis métodos.

  • Si señor. ¿Trae alguna orden?

  • Si, me acaban de informar de que actualmente hay una gran manifestación en la Plaza Mayor y el Procurador Coto ha pedido refuerzos. Agente Ecko, entre y coja su equipo completo. Luego diríjase al garaje principal y móntese en el Chimera del escuadrón. En cuanto a ti, Macar, busca a tu Procurador y él te dará órdenes.

  • ¡Señor, si señor!- respondieron ambos Arbites al unísono.


Ecko entró en el cuartel y se acercó a su taquilla. Allí se puso el uniforme y encima, se puso la armadura de caparazón, reservada para grandes manifestaciones o redadas peligrosas. Después cogió su porra de energía, su escudo y su casco. Por último cogió su pistola láser y varios cartuchos para su arma. Tras esto se dirigió al garaje donde sus compañeros de escuadrón les esperaban.

El Chimera llegó a la plaza mayor de la capital planetaria y Ecko fue el último en salir. La plaza estaba colapsada, miles de trabajadores furiosos se agolpaban frente a las puertas del palacio del gobernador, reclamando mejores condiciones de vida, de trabajo... Ecko estaba a favor de los ciudadanos pero su trabajo le obligaba a atacar a los manifestantes si estos se pasaban de la raya. Giges dio instrucciones a su equipo para que se situasen en un cordón de seguridad frente a las murallas del palacio. Ecko se situó donde le habían indicado y sostuvo el escudo frente a su cuerpo, formando una auténtica pared defensiva con les escudos de sus demás compañeros.

Sin previo aviso un hombre de mediana edad que por sus ropajes, debía ser encargado de alguna fábrica o almacén se subió sobre una estatua de un águila imperial que había en la plaza. Cuando estaba arriba alzó sus brazos en alto y dirigiéndose a la población les dijo:


  • ¡Hermanos! Estamos hartos de que nos pisoteen continuamente, que nos exploten y humillen en nuestros trabajos.

El público aplaudió y coreó las palabras del orador y Ecko admitió para si mismo que aquel hombre tenía razón.


  • ¡Hermanos! Estamos hartos de que se nos ignore mientras contemplamos con indiferencia la vida de lujos y excesos de nuestros ´´amados líderes``.

  • ¡Hermanos! Derrotaremos a nuestros opresores y llevaremos a este planeta a una época dorada.

Esto último lo dijo prácticamente como un alarido, lo que encendió a los manifestantes que se pusieron a rugir e increpar a los Arbites.

Ecko pensó que aquel orador ya se estaba pasando con sus exigencias y que como siguiese hablando así, la muchedumbre no tardaría en volverse hostil contra ellos. Ecko se sobresaltó al notar un zumbido en su oído derecho, su comunicador vibraba indicando que alguien trataba de abrir comunicación con él. Lo activó para ver de que se trataba.


  • Arbites, soy el Alguacil Encédalo. Corre el riesgo de que la muchedumbre se rebele y realice ataques hostiles contra nosotros. Mantened la formación defensiva pase lo que pase hasta nuevo aviso. Recordad, el Emperador protege.

El orador volvió a retomar su arenga, ahora con una bandera con el águila bicéfala en una mano y una antorcha en otra. De nuevo se volvió a dirigir a la muchedumbre enfurecida, gritando:


  • ¡Hermanos! Hoy será un día glorioso de nuestro planeta, hoy abandonaremos al corrupto Imperio y nuestro primer paso, será acabar con los Adeptus Arbites, los perros falderos de los líderes que pronto morirán. ¡A la carga!

El orador se bajó de la estatua al tiempo que corría hacia la fila de escudos de los Arbites, tras él, todos los civiles que se agolpaban en la plaza le siguieron. La mayoría iba con las manos vacías pero Ecko vio a algunos con piedras, cuchillos, sierras, y los de mayor categoría llevaban pistolas automáticas.

Ecko contempló tras la visera de su casco, como la muchedumbre enfurecida se acercaba a cada segundo que pasaba. Ecko ya había actuado en varias manifestaciones que habían acabado en pelea, pero aquella era diferente. En sus anteriores actuaciones la gente era movida por un ansia de justicia pero aquí la gente corría hacia ellos de una manera diferente. Era el miedo y el pánico lo que hacía a la gente acercarse a la impresionante muralla de escudos. Ecko sostuvo con firmeza su escudo esperando el inminente choque.


  • ¡Escuadrón, impacto inminente! No cedan ni un milímetro, contened a los rebeldes con firmeza, hasta que Encédalo de la orden de contraatacar- rugió por el comunicador Giges.

Ecko miró a su superior y vio como al tiempo que sostenía el escudo, enarbolaba la porra de energía con la mano libre para asestar un potente golpe a aquel que tuviese la mala suerte de chocar contra su escudo. Ecko sabía lo cruel que podía llegar a ser Giges, valiéndose de su gran fuerza para que sus subordinados cumpliesen sus órdenes a la primera sin rechistar. Aun así, Giges era un gran Arbites, leal al cuerpo y al Emperador. Ecko sabía que varias casas nobles que habían intentado hacer que su superior las ayudase usando su cargo y fama. En vez de ayudarlos, Giges había los había detenido y encarcelado por traición al Imperio. Gracias a eso la reputación de Giges aumentó y quedó demostrada que su lealtad al Emperador no tenía precio.

A los pocos segundos de perder de vista al Procurador, Ecko sintió la fuerza de la estampida al chocar estos contra su escudo. Ecko vio a varios hombres intentando hacer que perdiese el equilibrio, pero Ecko valiéndose de su duro entrenamiento y su buena condición física, plantó los pies en el suelo, y mientras apretaba los dientes, se mantuvo firme, con el escudo bien alto, enfrentándose a la muchedumbre enfurecida. Entre el los gritos de la gente y los jadeos de esfuerzo de sus compañeros, Ecko escuchó un alarido de dolor y giró la cabeza a la derecha para ver como un desdichado caía al suelo con el cráneo aplastado, enfrente de donde se encontraba Giges.

Su comunicador volvió a zumbar y lo activó rápidamente.


  • Arbites, les habla el Alguacil Mayor Encédalo, en treinta segundos, rompan filas y carguen contra los rebeldes. Vuestros procuradores os darán órdenes más precisas de vuestro cometido. Corto y cierro. El Emperador protege.

  • Escuadrón- ahora era Giges el que hablaba. En cuanto rompamos la línea defensiva, nuestro cometido será abrir un pasillo entre la muchedumbre para que varias escuadras de Arbitradores vayan directamente a por los cabecillas rebeldes.

  • Si Señor.- respondió el escuadrón al completo

Pasados los treinta segundos, todos los Arbites que formaban el muro de escudos, empujaron con toda su fuerza haciendo retroceder a los que estaban más cerca de los Arbites. A continuación, empuñaron sus porras de energía y se lanzaron en una contracarga. Ecko sostuvo su escudo con la izquierda y con la derecha dio un potente golpe de barrido con la maza que no impactó en nadie pero consiguió hacer que los que iban a por él retrocediesen por miedo al posible impacto. Ecko avanzó junto con su escuadrón repeliendo a los que se acercaban para golpearles. El escuadrón de Arbites avanzó unos cincuenta metros, los distintos miembros del escuadrón se apoyaban unos a otros. Todos iban armados con los escudos y las porras, pero a los Arbitradores Murnur y Desnes que había en la unidad, se les permitía portar escopetas. El primero del escuadrón era Giges, que iba abriendo el camino con golpes indiscriminados de su arma. Sin previo aviso, algo contundente golpeó a Ecko en la espalda, lo que le hizo caer de boca y perder la orientación momentáneamente.

Ecko se levantó rápidamente para ver que le había hecho caer. Ecko vio a un hombre con el torso desnudo que empuñaba una gran barra de hierro. Aquel hombre volvió a esgrimir la barra contra Ecko, pero consiguió esquivarlo y ponerle la zancadilla, haciendo que cayese al suelo, para darle una fuerte patada en la espalda. Ecko recogió su porra que había soltado con el impacto y se puso otra vez en marcha. Al mismo tiempo, una llamada le llegaba por el comunicador.


  • Ecko, ¿dónde mierda te has metido?- le recriminó Giges, que aunque apenas podía escucharlo, Ecko sabía por experiencia que el Procurador estaba muy enfadado con él y a la vuelta del cuartel se iba a llevar una buena bronca.

  • Me han derribado, pero ese cabrón ya está en el suelo.

  • ¡Qué te han derribado! Te vas a llevar una buena cuando volvamos, así que vete preparando. Voy a activar el localizador para que te reúnas con el grupo. Ecko, date prisa, la cosa se está poniendo cruda. Corto y cierro

Ecko reanudó la marcha pero otro potente golpe, este en su casco le hizo detenerse. Ecko se dio la vuelta para volver a ver al hombre que antes había derribado, con la palanca en su mano derecha.


  • Creíste haber acabado conmigo, perro imperial. Tu maldita momia no te ayudará ahora.

El hombre volvió a atacar a Ecko pero logró parar el ataque con el escudo y hacer que el arma rebotase. El Arbites esgrimió la maza con la mano derecha, dando rápidos golpes, que el hombre de la barra detenía con dificultad. Ecko siguió hostigando a su agresor, hasta que consiguió golpearle en el dorso del pecho, provocándole una herida que comenzó a sangrar rápidamente. El hombre gritó y usó prácticamente la fuerza que le quedaba para placar a Ecko y derribarlo. Con Ecko en el suelo, el hombre lo atenazó entre sus piernas y con un grito, hundió la palanca en el casco de Ecko, pero el casco hizo su función y apenas sufrió daños en la cara, pero la visera quedó prácticamente destrozada. Cansado por el esfuerzo, el hombre tiró la palanca, alzó los brazos y se distrajo entre las mieles de su triunfo, pero Ecko todavía no había perdido y se valió de su distracción para soltarse y derribar al hombre con un placaje con su escudo. Con el hombre de rodillas, Ecko enarboló la maza y le dio un golpe en la cabeza, dejando al hombre en el suelo, inconsciente.

Ecko retomó su camino, sin el casco y el cuerpo dolorido. Se introdujo en la muchedumbre enfurecida y pronto se vio asediado por decenas de manos que intentaban agarrarlo y hacerlo caer. Ecko seguía adelante, dando golpe con escudo y maza para apartarse de los que le atacaban. Pero Ecko tenía otro problema más grave, con la rotura de su casco, se le había roto el comunicador y el localizador, por lo que no podía conocer la situación actual de su equipo. Giges lo iba a matar. Ahora avanzaba, pidiendo al Emperador para que le ayudara a encontrar a su equipo o a otro con el que se pudiese unir. De nuevo, sufrió otro percance cuando entre varios le arrancaron el escudo de las manos, perdiéndose entre el gentío. Debido a este problema, se vio obligado a desenfundar la pistola láser, cuya presencia hizo que algunos de las que la veían, retrocediesen asustados por temor a un disparo que podía llegar a ser mortal.

Ecko continuó avanzando llegando a disparar varios cartuchos para alejar a los manifestantes. Mientras corría, Ecko vislumbró a uno de los cabecillas que estaba escoltado por un par de matones enormes. Con un par de disparos rápidos, hirió en el pecho a uno y en el brazo al otro dándole la oportunidad para acercarse al cabecilla. Lo apresó fuertemente contra una estatua cercana y al tiempo que le esposaba le decía:


  • Está detenido, en orden del Adeptus Custodes del planeta Arx Domina del Segmentum Obcurus. Usted ha quebrantado las leyes del Emperador y el Alto Senado de Terra. Será encarcelado hasta que sea juzgado por un Magistrado.

Los dos matones se acercaron a Ecko, uno con una sierra eléctrica y otro con un martillo de dos manos. El Arbites apuntó al cabecilla, un hombre de unos treinta y tantos que estaba en posición fetal, mientras lloriqueaba pidiendo clemencia. Ecko les hizo una señal a los matones por si daban un paso más, dispararía a su líder. Para alegría de Ecko, vio como un escuadrón de Arbites aparecía a lo lejos acercándose a su posición. Ecko arrancó la chapa identificadora del cabecilla, mientras le decía que se estuviese quieto.

De pronto, sintió un fuerte pinchazo en la espalda y se derrumbó por el fuerte dolor. Antes de cerrar los ojos, Ecko vio a un hombre con un gran cuchillo en la mano y una estrella de ocho puntas cosida en el pecho. Justo después se desmayó.

Ecko abrió los ojos, no se encontraba en su habitación. Sobre él, había un techo blanco inmaculado y un olor a limpio que no había olido en mucho tiempo. Súbitamente, un aguijonazo le sobrevino en la espalda, y se llevó la mano de forma instintiva. Para su sorpresa, tenía la espalda vendada y con varias compresas con desinfectante. Se incorporó un poco y vio que se encontraba en una gran habitación llena de camillas con heridos y equipos médicos. Se volvió a tumbar, ahora recordaba lo que le ocurrió en su última misión, un desgraciado le había golpeado y le había hecho que perdiese a su equipo, luego le había dado hasta que le dejó en el suelo y continuó hasta que vio a un cabecilla rebelde. Consiguió llegar hasta él y apresarlo hasta que apareció el mal nacido que le clavó el cuchillo. Luego perdió el conocimiento y no recordó nada más excepto el cuchillo y una estrella de ocho puntas que recordaba haber visto en alguno de sus manuales de instrucción. Ecko escuchó unos pasos y observó como una enfermera se acercaba hasta donde se encontraba.

La enfermera aparentaba unos veinte y pocos y Ecko la consideró como una de las chicas

más guapas que había visto. Su pelo era de color castaño claro, le caía haciendo ondas e intrincados cruces hasta terminar a la mitad de su espalda. Su piel, morena por el sol, le daba un aspecto sensual y bello, no como muchas de las trabajadoras de las fábricas que había visto, que se pasaban prácticamente el día sin recibir los rayos del sol. La enfermera se iba acercando lentamente a él, mientras andaba, Ecko contempló sus perfectas piernas, lisas y suaves. Siguió el recorrido de su cuerpo hasta llegar a sus pechos. La joven, llevaba el uniforme ajustado y Ecko pudo contemplar la perfección de sus senos. Eran redondeados y a cada paso que daban, se movían con ligereza. Mientras llegaba, Ecko no pudo evitar imaginarse desnuda a la enfermera, lo que le hizo que tuviese una erección. Al notarla, Ecko se maldijo por lo que acababa de hacer, ya que si lo descubría podría morirse de vergüenza, eso si por alguna razón no llegaba a oídos de sus superiores. Ecko apartó la mirada de la divina enfermera para evitar pensamientos peores. Cuando estuvo a su lado le dijo:


  • Buenas tardes, soy la enfermera Mary Sharlan.

Ecko se giró para responderle pero no pudo. Al ver su cara se quedó como paralizado al contemplar tanta belleza. Sus ojos, verdes le contrastaban a la perfección con su piel, eran preciosos, parecían dos piedras preciosas que el Emperador hubiese puesto ahí. Su nariz era fina y delgada. Pero lo que más atrajo a Ecko fue su sonrisa, como los labios de la enfermera se arqueaban formando una sonrisa sencilla y dulce. Ecko deseó que esos carnosos labios estuviesen junto a los suyos.


  • Emm, Ecko. ¿Te han cortado la lengua o qué?

  • No- contestó rápidamente. Ecko no pudo evitar ruborizarse e intentó ocultar su cara con las sábanas. -¿Cómo es que sabes mi nombre?

  • Lo pone ahí, en tu camilla.

  • Lo debería haber supuesto, qué tonto he sido.

  • No pasa nada, muchos volvéis desorientados del campo de batalla.

  • Una cosa, ¿dónde estoy?

  • Ahora mismo te encuentras en la planta médica del Cuartel General del Adeptus Arbites. Has tenido que hacer algo importante para que te trajesen aquí.

  • No, tampoco fue para tanto.

  • Cuéntame, ¿qué te pasó?

  • Nada importante, solo perdí a mi grupo en la manifestación y tuve que abrirme paso yo solo, hasta que logré apresar a un cabecilla rebelde.

  • Pues a mí eso me parece muy importante, ¿A ti no?

Ecko se intentó erguir un poco para poder hablar con más facilidad con Angie, pero al poco de haber subido, otro aguijonazo le vino a la herida.

  • No te levantes, no sé que te pasó pero alguien te hincó un cuchillo bastante afilado. Menos mal que llevabas puesta la armadura, si no, seguramente ahora estuvieses en el cementerio.

  • ¿Qué me habéis hecho?

  • Cuando ayer te trajeron aquí, te llevaron directamente a un quirófano. Por lo que he leído en tu informe, te sedaron y te cerraron la herida, bastante profunda. Luego te trajeron aquí y has pasado dormido hasta ahora. No se si te has fijado pero te han puesto varias vendas para presionar la herida y que sane lo más rápidamente posible. Yo misma te he puesto hace poco esas compresas con antiséptico para mantener la zona lo más limpia posible.

En la cara de Ecko apareció una fugaz sonrisa, al pensar que aquellas manos le habían llegado a tocarlo. Volvió a imaginarse a Mary pero esta vez consiguió apartarla de su mente más rápido.


  • ¿Cuánto tardaré en volver a ejercer?

  • No lo sé con certeza. Pero aproximadamente estarás tres días de baja y si es que la herida sana rápido.

  • ¡Pero es demasiado tiempo!

  • ¡Chist! Si el doctor dice que debes pasar tres días de baja, debes pasar tres días de baja.

  • ¡Ecko!

La voz le era familiar y venía del final del pasillo. Ecko giró la cabeza hasta ver a Giges, que se aproximaba dando grandes zancadas hacia él. Se había olvidado del Procurador, el encuentro con Mary había hecho que olvidase a su superior. En un instante recordó la última conversación que habían tenido. Ecko contempló la cara de enfado de Giges y aunque había capturado a uno de los cabecillas, de esta no se libraba.


  • Agente, incorpórese ahora mismo.

  • Disculpe señor, pero el médico le ha ordenado reposo absoluto.- le dijo la enfermera.

  • Lo que diga el médico me la suda. Ahora apártate te mi vista, necesito hablar con mi hombre a solas.

  • Si, como ordene.

Ecko contempló apenado como Mary se alejaba de allí, y maldijo a Giges por haberle apartado de aquella belleza. Además se sintió ridículo e impotente ante los gritos de su procurador.


  • Desobedeciste mi orden de reagruparte con el grupo. Por tu falta, Xarios quedó desprotegido y ahora está varias salas más abajo con una bala en la pierna.

  • Señor, un manifestante me golpeó el casco con una barra de hierro, destrozando el localizador y el comunicador. Hasta que no le dejé en el suelo, inconsciente, no pude continuar. Era bastante grande, me costó varios minutos derribarlo.

  • Fuiste demasiado lento, si lo que me dices es cierto y ese tipo era tan duro, tendrías que haberle volado la cabeza y asunto solucionado. Tu falta no quedará impune, que lo sepas. ¿Y después?

  • Luego continué hasta que encontré a un cabecilla y lo reduje, estaba esperando la venida de un pelotón cuando me acuchillaron por la espalda.

  • Si, el escuadrón kappa-ocho te encontró tirado e inconsciente. Tendrás otro castigo por haberte despistado.

  • ¡Qué! Tenía controlado el perímetro, ese hombre apareció de las sombras.

  • No me contestes si no quieres que te de. ¿Recuerdas algo de ese tipo? ¿Le viste la cara?

  • No. Solo recuerdo que llevaba una gabardina negra y una estrella de ocho puntas cosida al pecho.

  • ¡Una estrella de ocho puntas! ¿Estás seguro de que viste eso?

  • Sí, señor. Me esforcé todo lo posible para ver a mi agresor, pero no pude ver nada más.


Giges se dio rápidamente la vuelta y con su potente voz llamó Mary:


  • ¡Enfermera! Traiga el analgésico más potente que tenga. Este hombre tiene que venir conmigo ahora.

Ecko y Giges avanzaron como una exhalación por los niveles superiores del cuartel general de los Arbites, Ecko caminaba a trompicones, trastabillando, y parándose a cada pinchazo que le sobrevenía en la herida. Cada vez que se detenía, Giges lo agarraba del cuello y empujaba de él, diciéndole entre dientes que se diera prisa, que aquella situación era de máximo riesgo. Todos los Arbites y funcionarios que se encontraban en su camino se apartaban nada más ver la furia de Giges. Hubo un momento donde Giges se detuvo e hizo una llamada por el comunicador. Tras un tortuoso y doloroso camino, llegaron a una puerta custodiada por cuatro Arbitradores y un Procurador. El jefe de la unidad detuvo a Giges y le dijo:


  • Esta sala es de acceso restringido. Solo personal autorizado.

  • Necesito entrar en esa sala. Es una cuestión de vital importancia.

  • Si no tiene un pase, me veo imposibilitado a permitirle entrar.- El Procurador hizo un gesto con la mano y los cuatro Arbitradores y estos bloquearon al instante la puerta.

  • Te exijo que me abras la puerta, soy el Procurador Giges y deberías conocerme.

  • No sé quién es, y como no baje la voz, me veré obligado a detenerle.


En un movimiento Giges se acercó al oído del Procurador y le dijo algo que él solamente escuchó. Los 2 procuradores se enzarzaron en una discusión de cuchicheos y gestos. Al final, el Procurador de la puerta se acercó a Ecko y le dijo al oído:


  • Chaval, es verdad que vista la estrella de ocho puntas en la camisa de ese tipo.

  • Sí, señor. Le juro por la sagrada Terra y el Emperador que la vi.


El Procurador se acercó a la puerta y tecleó en un panel, haciendo que el águila imperial que había estampada se dividiese en dos mitades exactas. Después les hizo un gesto con la mano para que entrasen.

Ecko caminó por un estrecho pasillo hasta llegar a una inmensa sala. Justo en el centro, había una gran mesa, rodeada de altos sillones donde había varios oficiales del Arbites sentados. En las paredes de la sala, colgaban estandartes con el Águila Imperial y distintos símbolos de su organización.

Uno de los oficiales, un hombre de edad avanzada pero que aun así, mostraba una complexión atlética y un porte regio se dirigió a los dos recién llegados y les dijo:


  • Procurador Giges, cuánto tiempo ha pasado de la última vez que le lideré en una misión.

  • Mi señor.- dijo Giges inclinando la cabeza como muestra de respeto.- Creo que la última misión donde participamos fue la Revuelta de los Caballos.

  • Alguacil Mayor Urane. ¿Conoce a estos Arbites?

  • Justicia Mayor Mesh, el ya mencionado fue mi mejor hombre, en mi época de Procurador. Al otro, no le conozco.

  • Mis señores, este es Ecko Hergins, un Agente de mi escuadrón.

  • Giges. ¿Este hombre esel hombre que me acabas de decir que la vio?- preguntó Urane

  • Sí, mi señor.- Giges volvió la mirada hacia su subordinado y le dijo que contase todo lo que le había pasado.


Ecko contó de nuevo todo lo acontecido en la manifestación, desde que se bajó del Chimera hasta que perdió el conocimiento, pasando por la pelea con aquel hombre, la captura del cabecilla y todo lo demás. Cuando terminó, los allí presentes le pidieron que contase otra vez la parte de como había perdido el conocimiento y al hombre que había visto. Tras esto, el Alto Mando de los Arbites del planeta se pusieron a discutir sobre algo llamado el Caos, cultistas y otras cosas que Ecko no conocía. Tras varios minutos de discusión que a Ecko, debido al dolor de sus heridas le parecieron interminables, el hombre que parecía tener mayor rango y edad de la sala se puso en pie y miró a los ojos al Agente.


  • ¿Sabes quién soy, hijo?

  • No, mi señor. Pero por su aspecto diría que es una persona importante.

  • Así es. Soy Ceo, máximo superior del Adeptus Arbites de este planeta. Dime, sabes algo del Caos.

  • No, mi señor. Nunca he oído hablar de él.

  • No me extraña, tu rango es demasiado bajo para que se te confíe esa información. Aunque ahora que lo pienso, tu edad y tu informe indican que tienes mayor capacidad que un Agente. Procurador Giges, me puede indicar porqué Ecko es todavía un agente.

  • Mi señor. No he creído conveniente que Ecko fuese Regulador o Investigador, sus cualidades resultan aptas para la investigación.

  • Pero si podría ser un Arbitrador.

  • Con el debido respeto, mi señor. Considero que todavía no tiene suficiente experiencia.

  • ¡Experiencia!- exclamó el Urane-, Cuando tenías su edad, ya eras Arbitrador, y no porque tuvieses experiencia, sino porque te sabías desenvolver y actuar de la manera correcta. Tu hombre ha sido capaz de capturar a un cabecilla enemigo y no le recompensas.

  • Mi señor, pero no estuvo atento y le apuñalaron por la espalda.

  • Volviendo al tema del Caos.- dijo Ceo- , Ecko, el Caos es una fuerza maligna que quiere destruir la Humanidad. El Caos son mentiras que se agrupan en el corazón del hombre y le hacen perder el camino del Emperador, salvador y dios de la Humanidad. El Caos, es una fuerza maligna que habita en lo más profundo de la Galaxia y aprovecha la debilidad de algunos hombres para que den la espalda a sus creencias y destruyan todo en lo que habían creído. Es por esto que la gente no conoce su existencia. Si todos lo conocieran, el Caos se apoderaría de los más débiles y la Galaxia se vería sumida en llamas. Lo que has visto, la estrella de ocho puntas, es su símbolo principal, tienen otros, pero la mera presencia de esa estrella, indica que hay cultistas en el planeta, que pueden estar orquestando una revolución para acabar con el dominio imperial y vender el planeta a los oscuros deseos del Caos.


Ecko se quedó de piedra al escuchar aquellas palabras. Durante un instante, la herida dejó de doler y entró en un pequeño shock por lo que acababa de oír. Tardó varios minutos en comprender y asimilar la magnitud de lo que Ceo le acababa de decir. La simple definición del Caos aterró a Ecko pero la idea de que esa maldad iba a invadir su planeta natal le dejó de piedra. Giges le acercó un poco de agua, que Ecko tragó lentamente, refrescando su seca garganta. Cuando alzó la vista, Ceo se encontraba a su lado. Era un hombre bastante mayor, que necesitaba apoyarse en un bastón de ébano con un águila bicéfala en el pomo. De la pechera del uniforme, colgaban más de una cincuentena de medallas de todos los colores y tamaños. Ceo agarró a Ecko de los hombros y con una mirada compasiva le dijo:


  • Es normal lo que te acaba de ocurrir. Muchos al conocer la presencia del Caos, se aterrorizan al pensar la existencia de algo tan malévolo. Pero debes ser fuerte, ahora que conoces la presencia del Caos, deberás centrar todas tus ansias y ganas en erradicarlo de la faz de la Galaxia y acabar con cualquier de sus indicios sin el más mínimo miramiento. Pero ten en cuenta, que el Caos es ladino y embustero. Ahora que conoces su presencia, el Caos intentará llevarte a su terreno y corromperte para que seas otros de sus innumerables peones en su lucha con el Emperador.

  • Mi fe en nuestro salvador, me mantendrá firme y el Caos perecerá bajo la espada del Dios-Emperador.

  • Eso es lo que quería que dijeses, pero nunca subestimes al Caos. Ahora dime, que sabes acerca del cabecilla que capturaste.

  • Le arranqué la tarjeta de identificación, creo que la tengo en el bolsillo del pantalón.

  • ¡Y por qué no lo has dicho antes!- exclamó el anciano Ceo.


Eckó sacó la tarjeta y la puso encima de la mesa, cada uno de los miembros del comité la leyó y la fue pasando a algún compañero. En la tarjeta ponía que el hombre se llamaba Berot Sinaroguick y era encargado en una fábrica que producía componentes de radio para Leman Russ. La fábrica se encontraba en el cinturón de producción beta-sigma-ocho.

Ceo volvió a mirar a Ecko.


  • Ecko, ahora baja a la armería y que te den un equipo completamente nuevo. Luego irás a la fábrica con un pelotón de investigación, dirigidos por el Inteligidor Radien. Giges, tú volverás a tu cuartel y prepararás a tu escuadrón por si Ecko y los demás piden refuerzos. Avisaré también a otros escuadrones cercanos. Ahora partid y recordad, ¡El Emperador Protege!

  • ¡El Emperador Protege!.- gritaron todos los que se encontraban en la sala.


Cuando Regulador y Agente estaban saliendo por la puerta, Ecko se acercó a Giges y con una sonrisa le dijo:


  • Señor. ¿Para cuándo mi ascenso a Arbitrador? En la cámara han dicho que lo merezco.

  • Aquí el único que te promociona soy yo. Y cierra ya el pico o te lo cerraré yo de un guantazo.


Un Chimera con la heráldica y los colores del Adeptus Arbites. En el Chimera había once personas además de Ecko. El líder del escuadrón era Inteligidor Raden, que para tener el mismo rango que Giges, era mucho más amable y compasivo. Desde que lo había conocido, Raden le había hablado sobre sus misiones de investigación y de varias redadas recientes. A Ecko le pareció un buen tío, alguien que sin usar la violencia podía mantener el control en su escuadra. Pero todo escuadrón de Arbites necesita una bestia, alguien que como su Procurador, no dudase en usar la fuerza y su brutalidad para obtener información e intimidar a los que interrogaban. Ese era Harden, un Arbitrador enorme, unos cuantos años mayor que Ecko. Durante todo el trayecto, Harden estuvo quejándose airadamente del incómodo trayecto y metiéndose con un Cadete, llamado Basaris que acababa de incorporarse a la unidad. El resto de la unidad la formaban otro Arbitrador y lo de demás eran Investigadores y Reguladores.

El Chimera llegó a la zona de Manufactorum beta-sigma-ocho, y aparcaron el vehículo delante de la fábrica donde trabajaba aquel hombre. Del Chimera bajaron Raden, Ecko, Harden y cuatro hombres más. El grupo de Arbites entró en la fábrica y al instante Harden se puso a dar gritos llamando a un encargado:


  • ¡Por orden de Adeptus Arbites, exijo que alguien nos atienda inmediatamente, bajo pena muerte!

  • Harden, cállate.- le recriminó Raden-, soy tu superior y te pido que bajes el tono. Si cada vez que entras en algún lugar con esa actitud, no te ganarás muchos amigos.

  • Señor, somos el Adeptus Arbites, el uso de la fuerza y la violencia se nos está permitido para cumplir nuestros objetivos.

  • Mientras sirvas en este escuadrón, se actuará los más pacíficamente que se pueda. Esas son mis órdenes y deben cumplirse. Si estás descontento con el grupo, pide el cambio a otro escuadrón.

  • Como usted diga, mi señor.- Harden se apartó de su superior mascullando entre dientes.

  • Ecko.- llamó Raden-, permanece junto a mi todo el tiempo. Preguntaré donde está el hombre que buscamos y luego confirmarás la identificación. No intervengas en ninguna conversación salgo que sea estrictamente necesario. Lo harás bien- le dijo con una sonrisa.


Al poco tiempo, un hombre con un mono de trabajo manchado de aceite y grasa se acercó al grupo de Arbites.


  • Buenos días. ¿Desean algo caballeros?

  • Buenos días a usted.- contestó Raden-, estamos buscando a un hombre que trabaja aquí.

  • Un hombre. ¿Es que ha hecho algo malo?

  • No, lo necesitamos ya que el otro día contempló un crimen y lo necesitamos de testigo.

  • Siempre con mentiras para quedar bien y que no se asusten.- le susurró Harden a Ecko al oído.

  • A veces es necesario la sutileza para no perder un objetivo, la violencia no siempre te da la victoria.

  • Tonterías.- susurró Harden mientras se apartaba de Ecko.

  • Mire señor, aquí no tenemos ningún hombre que haya presenciado un crimen, si no me lo hubiese comunicado.- dijo aquel hombre, intentando parecer tranquilo.

  • Me permite su placa de identificación, por favor.- le pidió Raden.

  • Aquí tiene, podrá comprobar que todo está en regla.

  • Disculpe, en su placa pone que es usted el encargado de esta fábrica.

  • Claro que si, como ahí indica, yo soy el encargado de esta fábrica.

  • Pues en esta placa no pone lo mismo.


Raden le dio a aquel tipo la tarjeta del cabecilla que Ecko había capturado en la manifestación. En cuanto la vio, la cara le torno de color pero se recompuso rápidamente. Ecko vio que aquel hombre estaba sudando y miraba con un nerviosismo creciente al escuadrón de Arbites. Tras varios minutos de silencio, el hombre abrió la boca y dijo lentamente:

  • Agente, esta placa es falsa, no conozco a este hombre para nada. ¡Yo soy el encargado de esta fábrica!

  • Amigo, dinos la verdad, solo queremos ayudar.- dijo Raden con una sonrisa amigable en el rostro.

  • Os estoy diciendo la verdad, no conozco a este hombre de nada y ahora déjenme que tengo mucho trabajo por hacer.

  • No quiero tener que detenerle por negarnos información. Si todos colaboramos siempre es más fácil.

  • Lo siento pero no le puedo ayudar en esto. Si me permiten, voy a volver a mi puesto de trabajo. Que tengan un buen día.


El hombre se alejó a paso rápido. Cuando estaba a punto de girar una esquina, un disparo láser impactó en ella, a pocos centímetros de su cara, lo que hizo que el hombre se detuviese y quedase conmocionado varios segundos. Ese breve espacio de tiempo fue lo que necesitó el autor del disparo para actuar. Como una exhalación, Harden se acercó al hombre y lo agarró del cuello. Justo después lo tiró contra el suelo y se tiró sobre él, hincando su rodilla derecha contra el pecho del hombre, para acabar encañonando al hombre con la pistola láser.


  • ¡Quietecito, pedazo de mierda! No has querido colaborar y ahora vas a sufrir las consecuencias de tus actos.

  • ¡Harden! Enfunda esa arma ahora mismo. Soy tu superior y por tanto debes obedecerme.

  • No, Raden. A quedado patente a la vista de todos que el diálogo no lleva a ningún sitio.

  • Harden, como no muestres más respeto y consideración a mi persona, voy a tener que amonestarme.

  • ¡Amonestarme! Para que. Si al final tengo más huevos que tu y me acabarán ascendiendo.


Ecko se sentía realmente incómodo. Giges era un hombre brutal, pero sabía comportarse y mantener la compostura con sus superiores. Sin embargo, Harden era aun más brutal y apenas tenía la más mínima consideración hacia el resto de su escuadrón. Para más inri, Raden era un líder simpático y bueno, pero no parecía que tuviese el suficiente coraje como para enfrentarse a Harden. Ecko, como el resto de Arbites que había en la fábrica, sabía que si el Inteligidor se enfrentaba contra el Arbitrador, seguramente, Raden acabase muerto o herido y por lo tanto ejecutasen a Harden por su comportamiento. La tensión fue creciendo entre los dos Arbites hasta que Raden le dijo a Harden:


  • Harden, termina tu trabajo. Cuando volvamos al cuartel, te asignaré a otro grupo.

  • Como usted ordene, su excelentísima majestad.- respondió Harden con un tono sarcástico en su voz-, volviendo contigo asquerosa basura, dime donde está el encargado de esta fábrica o lo vas a pasar realmente mal.- Acto seguido, le golpeó con la culata de la pistola en la frente, haciéndole una brecha de la que comenzó a caer sangre.

  • Señor, ese hombre es Berot Sinaroguick, el encargado de esta fábrica.- contestó entre jadeos y aullidos.

  • Venga, dime algo que no sepa, imbécil. ¿Dónde puedo encontrarlo?

  • No lo sé, hace varios días que no viene a la fábrica.

  • Mientes.- dijo mientras le golpeaba la cabeza contra el suelo.

  • Vi...vive...- decía aquel hombre entre jadeos, que cada vez eran más pronunciados y empezaba a escupir sangre.

  • Me lo quieres decir de una maldita vez, o quieres que te mate aquí mismo.

  • ¡No!.- respondió con un grito ahogado-, vive...en la zona residencial...Ciris Mountra... en el sector cinco...casa ciento trein…ta y seis.

  • Muy bien, has colaborado y te perdonaré la vida. No sin antes dejarte un último recordatorio de que al Adeptus Arbites no se les rehúye. Cuando se levantó, le propinó una fuerte patada en la magullada cabeza del hombre, dejándolo inconsciente en el suelo.

  • Señor, ya he terminado. Ves cómo sin violencia las cosas no salen bien.

  • Chicos venid aquí.- Ahora tenemos dos objetivos que cumplir, el primero es ir a arrestar Berot, y el segundo arrestar a este hombre y llevarlo al cuartel, por si se le puede sacar algo más.

  • Señor pienso que lo mejor que podríamos hacer es dividirnos, un grupo iría con el chimera a Ciris Mountra, mientras que otro se quedaría aquí con el preso, esperando que otro vehículo del Arbites venga a recogernos.- esto lo dijo Irmes, un Investigador del escuadrón.

  • Muy buena idea. Haremos lo siguiente. Ecko, Basaris, Harden, Irmes, Ródul, Angie y yo nos desplazaremos hasta Ciris Mountra. Anna, Xavier, Marion, Tobir y Joseph, se quedarán aquí esperando a otro escuadrón de Arbites. Basaris, llama al cuartel y que traigan un camión prisión.

  • Como ordene mi señor.- respondió Basaris.

  • Pues cada uno a su puesto, tenemos trabajo que hacer. Y sabed todos que ¡El Emperador Protege!

  • ¡El Emperador Protege!- respondió el resto de Arbites.


Ecko estaba de nuevo en el Chimera recorriendo las calles de la capital planetaria. Ya faltaba poco para llegar a su destino. Ciris Mountra era un barrio que se encontraba a las afueras de la ciudad. De clase media, pocos trabajadores se permitían poder vivir allí, lo que indicaba que el cabecilla que había capturado tenía dinero, algo que la experiencia había hecho ver a Ecko que casi siempre era malo para ellos. Ecko vio pasar por una de las rendijas del chimera una amplia carretera llena de árboles y estatuas dedicadas al Imperio. Por la acera iban paseando ciudadanos que por sus ropas y estilo, seguramente viviesen allí. Delante de una estatua de un noble imperial, había un hombre de avanzada edad con ropajes de predicador. Ecko escuchó que hablaba sobre la salvación de las almas y el poder divino del Dios-Emperador. Ese tipo de predicadores era usual encontrarlos en la calle y su misión era asegurar y aumentar la fe hacia el Emperador. Ecko había recurrido varias ocasiones a los predicadores para que le aconsejasen, algunos habían sido amables y le habían hecho ver la mirada pacífica del Emperador. Otros solo hablaban de guerra y que solo la sangre y a muerte podían librarlos de sus enemigos.

El vehículo avanzó durante diez minutos más y se detuvo cerca de la casa de Berot Sinaroguick. El escuadrón se bajó del Chimera pero Raden los detuvo con la mano.


  • Esperad, no es bueno que subamos todos. Esta vez solo subiremos Ecko, Harden, Irmes y yo. Ródul, tú te quedarás en el Chimera y vosotros dos, os quedaréis fuera por si hubiera que intervenir en caso de emergencia.

  • Como ordene señor.- respondieron todos excepto Harden.


Raden y los que le seguían llegaron hasta la casa que el hombre de la fábrica les había indicado. Raden se acercó a la puerta y dio dos golpes secos. Al poco tiempo una mujer mayor abrió la puerta.


  • Buenos días señora.- dijo el líder del grupo.

  • Buenos días.

  • Señora, hemos venido a buscar a Berot Sinaroguick. Sería tan amable de avisarlo.

  • Lo siento mucho pero ese hombre no vive aquí. Se han debido equivocar.

  • No, hemos mirado en nuestra base de datos del cuartel de la zona y Berot Sinaroguick vive aquí.

  • Lo siento caballero, pero ese hombre no vive aquí. Y ahora tengo que volver a las tareas del hogar. Que tengan una buena mañana.


Ecko vio como Harden agarraba la pistola, pero le detuvo agarrándolo del brazo.


  • Estate tranquilito, el show de antes fue suficiente.

  • Suéltame ahora mismo o te reviento la cabeza.

  • Hazlo, y mañana todos verán tu ejecución en la plaza Tántalo.


Harden fue a contestarle pero desistió. Ecko se sintió poderoso, como nunca se había sentido. Ya habían sido muchas veces que le habían mangoneado, con Giges no podía hacer nada, pero luego estaban Macar y otros rivales que había tenido. La sensación que le vino al frenar a aquel animal, le embriagó por completo, viéndose como un Arbites invencible. Al fin comprendía lo que era estar por encima de alguien. Pero no podía, había jurado al Emperador defender al Imperio y ayudar a todas las personas, y con ese comportamiento no podía hacerlo.


  • Señora, habrá la puerta ahora mismo o tendré que detenerla por negligencia.

  • Pero que pesados son ustedes agentes.- decía la señora desde el otro lado de la puerta-, les voy a abrir porque veo que me van a echar a perder toda la mañana.

  • Gracias por su amabilidad señora, pero debemos asegurarnos de que Berot no habita en esta vivienda o se ha escondido aquí. Así que por favor, le ruego que nos permita pasar.

  • Sí, sí, sí.- dijo la señora a regañadientes-, les dejaré pasar, pero sean breves que como ya les he dicho tengo trabajo que hacer. Yo misma les guiaré por las distintas habitaciones de esta casa.

  • Muy amable señora, el Imperio necesita ciudadanas como usted.


El escuadrón entró en la casa. Ecko vio que efectivamente, por el estilo de las paredes y los muebles, se trataba de la casa de una persona mayor. Las paredes y las mesas estaban decoradas con pictografías donde seguramente sus nietos, hijos o similares salían jugando o con el resto de la familia. La anciana los condujo al salón donde esperaba otro hombre de mayor edad que dijo ser su marido. Durante el breve espacio de tiempo que habían estado en la casa, Ecko se percató de que no había ninguna insignia imperial, ya fuera un águila bicéfala, una estatuilla del Emperador o algún manuscrito que los predicadores y sacerdotes daban en las misas importantes.


  • Buenos días, soy el señor Glaudus Ponfer y esta es mi esposa Marianna. ¿En qué puedo ayudarles señores?

  • Buenos días a usted, soy el Inteligidor Raden Hizaros, del Adeptus Arbites. Hemos venido aquí a ver al señor Berot Sinaroguick.

  • ¿Berot Sinaroguick? Ese nombre no me suena.

  • A ver si te creen a ti Glaudus, les he dicho que ese hombre no vive aquí pero ellos insisten.- le dijo la señora.

  • No hay para que alarmarse. Caballeros, yo mismo les daré una visita por toda mi casa y les enseñaré todas nuestras habitaciones, para poder solucionar este malentendido en cuanto antes.

  • Señor, el Adeptus Arbites le muestra toda nuestra gratitud y como ya le he dicho a su esposa, el Imperio necesita ciudadanos así.

  • Cariño, voy a ir a la cocina a por galletas. ¿Alguno de ustedes quiere?

  • No, gracias. Estamos de misión y no podemos permitirnos ese lujo.- dijo Raden

  • Síganme, les llevaré a las estancias superiores.


Ecko y los demás subieron al piso de arriba. Entraron en varias habitaciones y encontraron todo correcto. Cuando iban a volver a bajar, Irmes avisó de que había una puerta al final de un largo pasillo, que al estar las persianas bajadas, no habían visto.


  • Disculpe señor, pero al final de ese pasillo he visto una puerta. ¿Podríamos verla?- le preguntó Irmes.

  • Por supuesto. Mi cabeza empieza a fallar.- dijo con una sonrisa en la cara-, adelante, adelante.


El anciano abrió la puerta y nada más abrirla, Ecko escuchó el sonido de un arma amartillándose.


  • Que agradable sorpresa agentes. Para su reconocida efectividad, han tardado demasiado en encontrarme. ¡Qué tenemos aquí! Al imbécil que intentó capturarme el día de la manifestación.

  • ¡Berot Sinaroguick!- gritaron al mismo tiempo varios miembros del escuadrón.

  • Si ese soy yo.- dijo con una sonrisa pícara-, que terrible decepción me he llevado al comprobar que todavía sigues vivo. La cuchillada de mi amigo pretendía matarte.

  • Berot Sinaroguick, queda detenido por incentivar a la población a actos violentos, posesión de armas y convocar una manifestación ilegal.

  • ¿Detenido?, me da a mí que es al revés. Ves el cañón de esta escopeta, ahora mismo está apuntando hacia la cabeza del chico que intentó atraparme. Un solo movimiento, y la pierde.


Ecko se quedó paralizado, su vida había corrido riesgo en otras misiones, pero ninguna como aquella. Pensar que un ligero movimiento del dedo de Berot y se acabaría todo. La tensión aumentaba por momentos y Ecko comenzó a desesperarse. Rezó una breve oración al Emperador por si moría allí. Su cara seguía blanca y su cuerpo sin poder moverse, pero no podía perder la compostura, era un Agente del Adeptus Arbites y debía cumplir su deber.


  • Berot, baja ese arma ahora mismo o tu pena será mayor.- dijo Raden que por primera vez, Ecko escuchaba cargada de nerviosismo-, si bajas el arma no sufrirás la pena de muerte.

  • Crees que me creo tus sucias mentiras. El Emperador cadáver os ha abandonado y en breve moriréis. Y no intentes pedir refuerzos, cualquier mínimo movimiento y este se va al otro barrio.

  • Raden, que me mate. Si así podéis avisar a los demás y detenerme, que así sea.

  • Haciéndote el héroe. Pues eso no te servirá de nada. Te mataré, pero ellos te acompañarán al Infierno.


Berot se llevó la culata al hombro y disparó pero Ecko se aprovechó de la excesiva confianza del traidor con lo que consiguió tirarse al suelo de milagro. Los perdigones impactaron a pocos centímetros de su cabeza y de nuevo dio las gracias al Dios-Emperador por vivir un segundo más. Tras el disparo, todo se volvió un caos. Berot retrocedió a la habitación pero Irmes le agarró de la pierna haciéndole caer, Harden agarró al viejo del cuello y le empezó a propinar puñetazos en la cara mientras le insultaba. Berot intentaba zafarse de Irmes pero Raden le agarró de los brazos e intentaba esposarle, mientras Berot se retorcía. En su último aliento, antes de morir por la mano de Harden, el anciano, entre un alarido consiguió llamar a su mujer. Ecko consiguió levantarse y acercarse hasta Berot, ayudando a Irmes a agarrar a Berot. Raden se acercó a Harden y le dijo:


  • ¡Estás loco! Acabas de matar a un anciano.

  • ¡Qué intentó matarnos!

  • ¡Cabrones! No tardaréis en morir.

  • Cállate. El que va a morir eres tú, y colgado de un poste en la plaza Tántalo.- le dijo Irmes.- Ecko, ¿llevas en tu equipo algunas esposas?

  • No, pero creo que Raden lleva unas.

  • Claro, siempre las llevo. Deberíais llevar siempre el equipo completo. Toma Irmes, ven a por ellas.


Irmes dejó a Berot a cargo de Ecko, mientras que él iba a por las esposas. Cuando las estaba cogiendo, Ecko vio que en su cara aparecía una mueca extraña al tiempo que murmuraba:


  • Pero que cojones...


Al otro lado del pasillo estaba la anciana que les había abierto la puerta. Pero llevaba una granada en la mano. En cuanto la vieron todos, Raden se acercó lentamente diciendo:


  • Señora, deje eso en el suelo. No sé si sabe que es un objeto muy peligroso. Si le han obligado a usar eso, le ruego que lo deje ya que está poniendo en riesgo su vida y la nuestra. Por favor deje esa granada lentamente en el suelo.

  • ¡Nunca! Liberen a ese hombre.

  • Ese hombre es un criminal que debe ser juzgado por crímenes contra el Emperador.


La señora dio un grito ahogado y comenzó a chillar histérica


  • ¡Asesinos! Habéis matado a mi marido.

  • Señora, el era otro de los criminales.- decía Raden, cada más nervioso.

  • ¡No! Lo habéis matado, sucios imperiales. Vuestro maldito Dios está muerto, solo hay un Dios en la Galaxia y ese es el Caos.


Las palabras de la señora turbaron la mente de Ecko, ahora comprendía mejor el poder del Caos. Los demás miembros de la escuadra se quedaron extrañados, hasta Raden parecía no saber lo que era el Caos.


  • ¿El Caos? No invente cosas señora, el único Dios, que existe es el Emperador y baje la granada. Nosotros la ayudaremos a superar este trauma.

  • ¡Nunca! El Caos me dará la recompensa por mis servicios.


Acto seguido, la anciana quitó la anilla y con fuerza de no se sabe dónde comenzó a recorrer el pasillo lo más rápido que pudo. Lo último que Ecko escuchó antes de tirarse al suelo fue el grito de alguno de sus compañeros avisando del peligro inminente. Justo después escuchó la explosión.

Ecko se llevó las manos a la cara, todavía seguía vivo, y por lo que parecía no había sufrido apenas daños. Estaba confuso, fue a agarrar a Berot, pero ya no estaba allí. Se puso de pie para evaluar los daños. La parte final del pasillo estaba destrozada, una sección del techo se había derrumbado y varios tabiques estaban hechos añicos. Ecko buscó con la mirada a sus demás compañeros, al clavar los ojos en Raden, se le vino el alma al suelo. Raden, o lo que quedaba de él, se encontraba a escasos metros de los restos humeantes de la anciana, el Iteligidor, el Arbites más bondadoso y caritativo que Ecko había conocido estaba muerto. La explosión le había dado de lleno, esparciendo sus entrañas y extremidades carbonizadas por el pasillo. De la cara, poco quedaba. Ecko sintió de verdad la pérdida de Raden, en todo lo que llevaban de misión, había mostrado la cara más humana y amable del Adeptus Arbites, cosa que nunca había visto antes. Ahora estaba con el Emperador. Apartó los ojos de lo que parecía ser el torso de Raden. Siguió mirando para encontrarse otro cadáver, el de Harden. El inmenso cuerpo del Arbites estaba tirado en el suelo, con la espalda pegada a la pared. La explosión no le alcanzó por completo, pero había conseguido matar a la bestia. Harden si estaba casi completo, excepto parte de ambas piernas que había perdido, el resto del cuerpo no se había desprendido. Lo que lo mató fueron una serie de quemaduras e impactos de metralla horribles que había a lo largo y ancho del cuerpo de Harden, su uniforme roto, dejaba entrever una enorme raja en su viente, por donde le salían el estómago y parte del intestino. Por último vio a Irmes, que estaba tumbado en el suelo con varias quemaduras graves en los brazos y en la cara, pero para alivio de Ecko, Irmes respiraba con dificultad. A los pocos segundos llegó Ródul, su cara estaba blanca.


  • ¿Qué ha pasado aquí?

  • Una anciana loca ha aparecido con una granada y ha matado a Raden y a Harden.

  • ¡Qué!

  • Lo que te digo. ¿Dónde están Angie y Basaris?

  • Entraron en la casa y vieron a un tío salir por una ventana, lo siguieron.

  • ¡Será hijo de puta! Ahora tengo que seguirles.

  • ¿Qué hago yo?

  • Escúchame con atención, Irmes sigue vivo, pero está grave. Llévalo con cuidado al chimera y aplícale los primeros auxilios. Luego contacta con el cuartel y pide que manden una ambulancia y un escuadrón para que registre la casa. Dile que llamen al cuartel de Plaza Máxima y que Giges contacte conmigo, código dos-nueve-cinco-r. Entendido

  • Si, ahora mismo lo hago todo.


Ecko ya había empezado a correr, la fuerte subida de adrenalina le había dado las fuerzas suficientes para correr como una saeta. Llegó a la ventana que le había indicado Ródul. A unos trescientos metros, había dos Arbites, siguiendo a Berot. Antes de saltar, pidió al Emperador que le diese la fuerza y resistencia suficiente para atrapar a ese cabrón. Activó el comunicador.


  • Agente Angie, Cadete Basaris ¿Me reciben?

  • Si, aquí Agente Angie. Hemos oído una explosión, ¿qué ha pasado?

  • Una puta vieja apareció con una granada. Raden y Harden están muertos. He dejado a Ródul cuidando de Irmes, gravemente herido.

  • ¡Qué! - exclamaron los dos Arbites por el comunicador.

  • Por el Emperador, Raden está muerto.- Eckó notó la voz de tristeza y de miedo de Angie.

  • Sí, pero por lo menos Harden está muerto.

  • Basaris, Harden era un camarada Arbites y aunque su comportamiento fuese malo, nadie se merece morir así.

  • Si... lo siento... ¿Qué hacemos ahora?

  • Continuad siguiendo a ese tío. Es al cabrón que tenemos que capturar. Intentad que disminuya la marcha para que pueda alcanzaros.

  • ¿Cómo?- le preguntó Basaris.

  • No sé, dispararle cerca para que se frene, pero no lo matéis.

  • Ecko, está subiendo a un tejado.- dijo Angie.

  • Seguidlo, yo estaré allí en breve.


Ecko aprovechó una escalerilla que había en uno de los muros de un edificio para llegar al tejado rápidamente. Cogió impulso y salto al edifico de enfrente. Saltó varios edificios más y vio la cabeza de Berot aparecer a unos veinte metros. Desenfundó la pistola lo más rápido que pudo y disparó varios disparos mientras corría. Aquello era sumamente difícil. El primer disparo ni se acercó a su presa, pero el segundo impactó a dos metros de su cabeza, haciendo que se desprendiese algo de gravilla y le dificultase la escalada. Berot se frenó y miró hacia atrás. En su cara apareció una mueca de temor y extrañeza.


  • Joder, ¿pero tú no estabas muerto?

  • No, he venido a matarte.


Berot llegó a la azotea del tejado y continuó su carrera. Ecko miró hacia abajo y vio a Angie y Basaris escalando por las cornisas del edifico. Ya les faltaba poco, pero Ecko no se podía permitir que Berot se alejase. Reanudó la marcha. Berot le sacaba unos seis metros de distancia, pero le costaría alcanzarlo. El esfuerzo de la carrera empezaba a notarse en sus piernas y en el pecho. Además el sudor le molestaba mucho cuando llevaba puesta la armadura. Activó el comunicador


  • Basaris, pégate a mi espalda. Angie, dirígete a los edificios de la izquierda para intentar flanquear.

  • De acuerdo.- respondieron ambos Arbites.


La persecución se desarrolló de manera similar durante varios minutos más. Ecko y Basaris seguían a Berot a través de los tejados de Ciris Mountra. Los tres saltaban de azotea en azotea mientras sorteaban chimeneas, antenas y toda clase de artilugios que en ese momento solo les retrasaban en su misión. Pasado ese tiempo, Berot cayó mal tras un salto y quedó de rodillas varios segundos. Los Arbites no desaprovecharon la oportunidad y se lanzaron sobre él. Basaris lo puso de rodillas y le pisó los muslos para inmovilizarlo, además le agarró los brazos. Ecko se puso delante de él.


  • Berot Sinaroguick. Queda arrestado en nombre del Emperador y el Adeptus Arbites. Sus delitos son.


Berot le cortó el discurso.


  • Vaya otra vez me vais a soltar ese maldito royo.

  • Cierra tu asquerosa boca o me veré obligado a cortarte la lengua.

  • Claro, y después como quieres que confiese.

  • Quien ha dicho que tenga que ser ahora. Volviendo al tema. Queda arrestado por los delitos siguientes: Incentivar a la población a actos delictivos, convocar una manifestación ilegal, esconderse de la autoridad, agresión a la autoridad y huir de la autoridad.

  • Me declaro inocente.

  • Cierra la puta boca de una vez.- le dijo Basaris.

  • ¿Lo has cacheado?

  • Sí, no lleva nada.

  • ¿Basaris tienes esposas?

  • Si, se las voy a poner.


Pero Basaris todavía era algo inexperto y Berot aprovechó la situación. En cuanto Basaris le dejó de prestar atención, Berot se soltó de un brazo y le arrancó la pistola láser del cinturón, para acabar disparándole en el centro del pecho. Basaris cayó al suelo, aullando de dolor. Ya liberado, prefirió huir antes de enfrentarse a Ecko. Ecko se tiró sobre Basaris, tenía un pequeño agujero ennegrecido en la placa pectoral del que brotaba algo de sangre. Basaris estaba tendido cuan largo era, llevándose las manos a la herida y retorciéndose de dolor.


  • ¿Estás herido?

  • Arghh...me duele.- decía entre jadeos-, creo que me ha dado en las costillas.

  • No te muevas mucho, a lo mejor el disparo te ha roto algún hueso y te lo puedes hincar. Se valiente, sobrevivirás.

  • ¿Qué vas a hacer? Ese cabrón se escapa.

  • Iré tras él. Tú quédate aquí, pediré refuerzos.

  • Ecko, caza a ese cabrón por mí.

  • Sí. Toma, pínchate esto, es un analgésico que te aliviará. El Emperador Protege.

  • El Emperador Protege.


Ecko volvió a la persecución, ahora con la pistola desenfundada y con ganas de cargarse a ese cabrón. Ya había hecho bastante daño y ahora iba a pagar por todo. Activó el comunicador.


  • Angie, informe de la situación.

  • Lo veo corriendo con una pistola en la mano.

  • Es la de Basaris, lo ha herido.

  • ¡Por el Emperador! Está bien.

  • Si, lo he dejado tumbado a la espera de que vengan a recogerlo.

  • ¿Vuelvo a su posición?

  • No, hay que capturar a ese hijo de puta sea como sea.

  • De acuerdo.

  • Te desenvuelves bien por los tejados.

  • Gracias, es mi especialidad.


Ecko recibió una llamada por el comunicador.


  • Ecko, soy Giges. Me han dicho que querías contactar con migo.

  • Sí. Señor, estamos persiguiendo ahora mismo a Berot Sinaroguick por los tejados del sector séis de Ciris Mountra. Tenemos a un hombre herido y ese tío no parece rendirse. Necesito ayuda.

  • Ecko, cuando vas a aprender a sacarte las castañas del fuego sin mi ayuda.

  • Ya lo hice en la manifestación.

  • Y acabaste mal. Así no ascenderás nunca.

  • Señor, la cosa es grave.

  • Lo sé. Vamos en dos helicópteros para allí.

  • He activado el localizador del herido y el mío también lo está.

  • Vamos aprendiendo. Corto comunicación.


Ecko corrió durante cinco minutos más. Estaba agotado, ya no podía ni con su alma. Miró hacía adelante, Berot seguía corriendo, pero también daba muestras de estar terriblemente cansado. Se fijó un poco más. Varios edificios más adelante era una posición perfecta para que Angie saltase sobre él. La avisó por el comunicador. Segundos más tarde, la Agente voló hacia el traidor y aterrizó sobre su espalda. Berot cayó de bruces al suelo y Angie dio una voltereta para no hacerse daño. Justo después le dio una patada a la pistola para arrancársela de las manos. Ecko llegó al poco tiempo.


  • Buen trabajo Agente Angie. Su pericia será recompensada.

  • No hay de qué. Solo cumplo con mi deber.

  • Ahora espose a ese cabrón.

  • Como ordene.


Una vez esposado, Ecko agarró a Berot por la barbilla y le dijo:


  • Berot Sinaroguick, queda detenido en nombre del Emperador y del Adeptus Arbites de Terra. Sus deli...

  • ¡Oh vamos! ¿Me vas a soltar esa gilipollez otra vez?

  • No, esta vez he aprendido.


Ecko alejó el puño para propinarle un fuerte golpe en el pómulo derecho que lo dejó inconsciente. Por el sonido, parecía que le había partido algún que otro hueso. El Sol se. Justo arriba de ellos estaba el helicóptero del Adeptus Arbites. Subió por una escalerilla. Allí estaban Giges y varios más.


  • Lo has hecho muchacho.


Ecko notó un matiz de orgullo en las palabras de Giges. Era la primera vez que lo hacía y aquello alegró a Ecko.


  • Si, por fin te he traído a ese cabrón.- dijo antes de cerrar los ojos por el cansancio.


Ecko abrió los ojos. Estaba sobre un incómodo catre. Se bajó de la cama y se puso de pie. Se encontraba en uno de los barracones del cuartel general del Adeptus Arbites. La sala estaba casi llena, ya que según el reloj que había en la pared, marcaba las once menos veinticinco de la noche. Un hombre con una túnica negra se acercó a él.


  • Buenas tardes señor, soy el auxiliar Paulus Grandwor. Me han mandado venir a despertarle.

  • Pues ya estoy despierto.

  • Mejor. También me han pedido que le acompañe a la sala de interrogatorios.

  • ¿Quién le ha dicho eso?

  • Un Procurador, creo que se llamaba Giges.

  • Bien. ¿Le ha dicho algo más?

  • No, no se me ha proporcionado más información. Ahora sígame e intente no despistarse.


El auxiliar llevó a Ecko por los pasillos del cuartel general. En cambio de subir como hizo la otra vez, Paulis lo llevó cada vez más abajo. Al final llegaron a un largo pasillo con diez puertas metálicas a cada lado.


  • Tercera puerta a la derecha, señor.

  • Muchas gracias.


Ecko entró en la habitación que le habían indicado. Era una habitación ancha con una mesa y cinco sillas a su alrededor. Una de las paredes era un gran espejo y en las demás había estanterías y grandes máquinas. En la sala había tres Arbites y Giges.


  • Ecko, por fin apareces. Te estábamos esperando.

  • Buenas tardes, señores.

  • Buenas tardes.- dijeron los tres Arbites devolviéndole el saludo con un asentimiento de cabeza.

  • Ya estamos todos.- dijo uno de los hombres. Comencemos con el interrogatorio de Berot Sinaroguick.- El hombre miró a Ecko-, disculpa mis modales chico, no nos hemos presentado. Yo soy el Magistrado Minos Creansis y estos son los Inteligidores Éaco Eginias y Radamantis Creansis, mi hermano. El plan es el siguiente, mi hermano y Éaco interrogaran a Berot. Mientras Giges, tú y yo permaneceremos en esta sala y me avisarás cada vez que mienta. ¿Todo aclarado?


Los Arbites, asintieron, y los dos Inteligidores abandonaron la sala. Ecko, Giges y Minos se acercaron al ventanal. El Magistrado pulsó un botón e inmediatamente la ventana se volvió transparente por su lado. En la sala contigua, Berot estaba encadenado a una silla. Tenía un gran flemón en el pómulo, justamente donde Ecko le había dado el puñetazo. Además de ese golpe, se notaba que había recibido una paliza. También se le notaba terriblemente cansado. Éaco y Radamantis entraron en la sala y se sentaron en dos sillas que había delante de Berot.


  • Un poco tarde para un interrogatorio. ¿No creéis?

  • Cierre tu asquerosa boca, aquí las preguntas las hago yo.- dijo Éaco, con una cara completamente seria.

  • Usted es Berot Sinaroguick. ¿Verdad ?.- dijo Radamantis.

  • El mismo.

  • ¿Conoce los crímenes por los que se le acusa?- preguntó Radamantis.

  • Si, ese capullo de Ecko me los repitió hasta la saciedad.


Ecko se levantó de su asiento furioso. Pero Minos le agarró del brazo.


  • Ni se te ocurra entrar en esa sala. Es un hombre muy listo y quiere confundirte. Le he estado observando. Ni se te ocurra dar muestras de que estás aquí. ¿Entendido?

  • Si, lo comprendo señor.


Éaco se había puesto de pie.


  • Muestra un poco más de respeto hacia nosotros o me veré obligado a matarte.

  • ¿Sí? ¿Y ahora a quien mierda vais a interrogar?

  • ¡Maldito Bastardo!- le soltó Éaco junto con un puñetazo en la cara.

  • Venga, volved a pegarme, no me haréis cantar jamás. Cabrones.

  • Pero serás hijo de puta.- esta vez le dio una patada en el pecho.

  • Éaco detente, déjame a mi ahora.

  • Si, haber si le sacas algo a este cabrón.

  • Berot, ¿por que nos haces esto?

  • Por qué me resulta divertido y me gusta veros sufrir.

  • ¡Mal nacido!- Éaco le agredió de nuevo, pero esta vez dándole múltiples puñetazos en la cabeza.


Al otro lado de la sala, Minos activó una comunicación privada con su hombre


  • Éaco, sal de hay. Está jugando con vosotros. Ese cabrón sabe lo que hace y se aprovechará de vuestras debilidades.

  • Si, como ordene mi señor.- dijo antes de abandonar la sala.

  • Eso, vete, huye cobarde.

  • Berot, sabes que si colaboras y confiesas quien era el hombre que llevaba una estrella de ocho puntas bordada en la ropa la pena se te reducirá considerablemente.

  • ¿Me puedo fiar yo del Adeptus Arbites? Sois una organización rastrera, que afirma defender al Emperador y defender las infracciones cuando vosotros mismos os hartáis de droga y estáis continuamente con putas.

  • Tus palabras no me hacen nada Berot, sé que son mentira.

  • ¿Ah sí? Y siendo el Emperador tan caritativo, porque os gusta dar palizas a la gente.

  • Berot, el Emperador te está observando.

  • ¡Qué tu maldita momia me está observando, tu querido Dios está muerto y su cadáver putrefacto.

  • Bien, has elegido tu destino. Te he dado una oportunidad y la has desaprovechado. Adiós.


En el otro lado de la sala, Ecko se quedó extrañado


  • ¿Por qué se va? ¿Es que el interrogatorio ya ha acabado?

  • No, pero le falta poco. Te advierto, la escena que ahora contemplarás puede resultarte desagradable.


Ecko se esperaba que ahora entrase una bestia como Harden y le diese una paliza que lo dejase al borde de la muerte, pero aquello no sucedió. En cambio, entraron tres hombres. Los dos de los extremos llevaban el uniforme Arbites completo, y cada uno portaba una escopeta. Ambos llevaban encadenado a un hombre por el cuello, que vestía una zarrapastrosa túnica. Era extremadamente blanco y llevaba un extraño casco en la cara con un ojo pintado en la frente. Aquel extraño se sentó justo enfrente de Berot, y los dos hombres le apuntaron con las escopetas.


  • ¿Qué es eso?

  • Un psíquico.- le dijo Giges.

  • ¡Un brujo! No son peligrosos.

  • Algunos.- dijo Minos. Algunos son una amenaza para el Imperio y hay que matarlos. En cambio, otros se controlan mejor y sirven a las instituciones imperiales, pero siempre hay que tener cuidado. Giges, a tu hombre le falta todavía mucho por aprender.- dijo con una sonrisa. Activó el comunicador-, empezad.


Los hombres le quitaron el casco al psíquico que miró fijamente a Berot. Al principio no ocurrió nada, pero pasado un rato comenzó a dar ligeras convulsiones que fueron haciéndose más violentas. Berot comenzó a gemir y a echar espuma por la boca. Intentaba soltarse de las esposas pero no podía y se hizo varias heridas por la boca.


  • ¡Sal de mi cabeza maldito! El Caos me protege, tus insignificantes poderes no pueden hacerme daño. Arghh. Me duele, la cabeza me arde. ¡Para por favor!

  • Habla y te ahorrarás este sufrimiento.- dijo uno de los guardia.

  • ¡Jamás!- Berot comenzó a llorar y gemir, la sangre le corría por las heridas de los brazos y la comisura de la lengua. Dio un fuerte espasmo y se le pusieron los ojos en blanco. Con una voz antinatural dijo. El Caos ha atacado este planeta. En estos instantes, un ejército de diez mil hombres se agrupa en las montañas Sora para atacar el palacio del gobernador. El planeta será nuestro. Los cuatro lo han ordenado.


Justo después, el psíquico y Berot murieron.


  • Ese cabrón era fuerte, ha aguantado cuatro minutos.- dijo Minos. Pero lo de la invasión del Caos es grave. Giges, hay que decírselo a Ceo de inmediato.


Ecko estaba de nuevo en un Chimera. Esta vez dirigiéndose a las montañas Sora. Durante casi todo el trayecto había estado pensando sobre los acontecimientos recientes. Tras acabar con el interrogatorio, se había declarado la alerta máxima en todo el planeta. Se había avisado y mandado a formar a todos los Arbites posibles y a las FDP. En total eran mil quinientos Arbites y tres mil soldados planetarios. Además llevaban Leman Russ, helicópteros de ataque, cañoneras valquiria y Chimeras armados. Justo antes de partir había pasado por la enfermería pero para su pesar, no había visto a Mary. Si había hablado con Basaris e Irmes que ya se estaban recuperando, al Cadete le faltaban dos días para el alta y al Investigador una semana. Les prometió a ambos que conseguiría la victoria para el Imperio y para honrar la memoria de Raden. Por último cuando ya se reunió con su escuadrón y con toda la demás fuerza, Ceo hizo su aparición. Desde un balcón arengó a sus tropas. Les dijo que el planeta estaba siendo atacado por un ejército de rebeldes que habían dado la espalda al Imperio y que tenían que acabar con ellos. No hizo ninguna mención del Caos, pero para advertirles dijo que poseían brujos que podían engañarlos, así que deberían matarlos en cuanto tuviesen oportunidad. Para concluir acabó exaltando al Emperador y al Imperio, lo que provocó rugidos de aprecio y valentía en sus hombres.


  • Un minuto para llegar al campamento enemigo, preparen su equipo.- dijo Murnur, un Arbitrador de la unidad.

  • Señor ¿cuál es el plan?- dijo Oter, un Agente.

  • Hemos enviado drones espía y han detectado el campamento enemigo. En breve, varios escuadrones de bombarderos atacarán las instalaciones principales y dará comienzo la batalla.

  • ¿Cuál es nuestro papel?- le preguntó Ecko a Giges.

  • Nuestra unidad ha sido seleccionada para combatir por la zona frontal. A todos se os ha asignado una escopeta, una pistola láser, la porra y un cuchillo, así como una armadura reforzada.


Ecko escuchó los motores de los bombarderos pasar por encima del Chimera y segundos más tarde, el eco de una cercana explosión. Giges abrió la puerta.


  • Es la hora. ¡El Emperador Protege!

  • ¡El Emperador Protege!- corearon los demás miembros de la unidad.


El campamento rebelde consistía en una serie de barracones y habitáculos prefabricados colocados cerca de la ladera de la montaña, por lo que le habían contado, el resto del complejo estaba escondido en una serie de cuevas cercanas. Los rebeldes habían talado casi todos los árboles y ahora, aquel paraje natural era una tierra yerma y baldía. A lo largo de todo el campamento, se extendían cables de alambre de espino y pinchos ante-tanque. Lo que más le llamó la atención fue que había un inusitado número de postes donde había empalados cadáveres que por su estado, llevaban varios meses muertos.

El escuadrón se unió con los demás escuadrones que habían sido seleccionados para atacar por esa zona. Detrás de ellos, les seguían varios Leman Russ y Chimeras armados para prestarles apoyo. Avanzaron unos cientos de metros y se encontraron con el enemigo. El ataque sorpresa había sido muy efectivo, los caóticos estaban todavía conmocionados. Ecko vio que la mayoría de ellos eran gente como él, gente sencilla que el Caos había corrompido. No tenían un uniforme estándar, cada uno de ellos portaba lo que tuviese o hubiese conseguido en combate. Solo los líderes llevaban un mejor equipo, pintado con extraños símbolos y la estrella de ocho puntas.


  • Aprovechad su desconcierto, matadlos a todos.- dijo Giges.


Los Arbites amartillaron sus armas y abrieron fuego contra los rebeldes. Ecko vio como muchos de ellos caían al suelo con heridas mortales en la cabeza o en el pecho. Los supervivientes se agruparon y alzaron sus rifles. Pocos segundos después, dispararon. Ecko contempló como el Arbites que había a su lado caía al suelo con la cabeza reventada. Por suerte, el no recibió ningún daño.


  • ¡Recargad! Tenemos que acabar con ello.- gritó el Procurador entre el sonido distante de las explosiones y el tableteo de los disparos.


Sus hombres cumplieron su orden sin vacilar y al poco tiempo, ya estaban disparando otra andanada. Ecko vio como de nuevo, varios rebeldes caían al suelo entre gritos de agonía y dolor. Vio como de nuevo, el enemigo se preparaba para responder con otra andanada. Pero Giges ya lo tenía previsto, y con un grito, desenfundó su cuchillo de combate y se lanzó a la carga. Sus hombres y los que había cerca lo imitaron. Enarbolaron sus armas, que iban desde cuchillos, porras de energía e incluso, espadas sierras. Invocando al Emperador y a un sin fin de héroes y santos imperiales se lanzaron al ataque. Algunos de los rebeldes consiguieron disparar sus armas y acabar con varios Arbites, pero eso no fue suficiente para frenarlos. Ecko se estrelló contra un rebelde, cayendo ambos al suelo, para acabar hincándole el cuchillo en un ojo mientras el rebelde daba un aullido de dolor. Se levantó y evitó de milagro, un bayonetazo que iba dirigido a su vientre, pero que hirió a un Arbitrador. Empuñó la maza de energía y volvió a internarse en el combate. Durante varios minutos, luchó con ferocidad, matando o hiriendo a los rebeldes que tenía a su alcance. Los rebeldes se vieron superados y los pocos supervivientes huyeron en desbandada. Ecko contempló los cuerpos que yacían, sin vida en la tierra. Para su horror, conocía a la gran mayoría de sus compañeros caídos. Reconoció a Fulmen, un Agente que se graduó junto a él. Ahora su cadáver estaba tendido en el suelo con varias cuchilladas en el cuello y en la cara. Vio a más compañeros, pero intentó apartar esas imágenes de su mente para que no le distrajeran. Giges se acercó a él. Estaba sucio por el polvo y por todo su cuerpo se dejaban ver pequeñas heridas con sangre seca. La peor era una que tenía en la cabeza, que seguro necesitaba atención médica.


  • Esos cabrones se han retirado al abrigo de unas cuevas cercanas. Vamos a por ellos, antes de que contraataquen.- le dijo Ecko.

  • Sí, pero antes tenemos que reagruparnos y consolidar la posición. Además han matado a Durgan, Romax y Fardig.

  • Que el Emperador acoja su alma. ¿Y ahora qué hacemos?

  • Del escuadrón solo quedamos activos nosotros dos, Martha, Julien y Saroc. Graula y Dormun están heridos. Va a venir un Chimera con equipo médico pero los demás debemos continuar.- Giges abrió un canal de comunicación con el resto.- Acudid a mi posición, tenemos que perseguirlos.


La escuadra de Giges y algunas más emprendieron la marcha. Al llegar a la boca de una gran cueva, Giges les ordenó detenerse.


  • ¿Qué ocurre?- preguntó un Procurador.

  • No escucháis un sonido de un motor. Esto no me gusta.


Las últimas palabras apenas pudieron oírse. Un potente rugido surgió de la boca de la cueva y al instante, gran parte de los Arbites se vieron sumergidos en una inmensa explosión. Eckó conmocionado se apartó de la cueva y se cubrió detrás de una roca. Giges lo siguió e hizo lo mismo. Justo donde había impactado el proyectil se había formado un gran cráter lleno de cadáveres carbonizados y los restos sanguinolentos de sus compañeros. El sonido del motor se fue haciendo cada vez más intenso hasta que de la cuerva emergió un inmenso tanque. Sus placas eran negras, con gran cantidad de mugre, pinchos y símbolos del Caos por todo su casco. Iba armado hasta los dientes. Ecko distinguió un cañón demolisher en el casco inferior, sobre el que se situaba un bólter pesado. Llevaba también dos cañones automáticos a cada lado y debajo otro bólter pesado. Para terminar, en la torreta había un imponente cañón y una ametralladora pesada. Ecko se asustó nada más ver esa máquina de destrucción y se escondió lo mejor que pudo. Ecko vio cómo se alejaba, disparando sus armas contra los Arbites que habían empezado a huir.


  • Señor, ¿qué cojones es eso?

  • Un Beneblade, un tanque superpesado capaz de acabar con Leman Russ de un trallazo. La pregunta es cómo coño han conseguido hacerse con uno. Hay que cargarse eso como sea, sino estaremos perdidos.

  • ¿Nos ha visto?

  • No, creo que no.

  • Señor, va a matar a lo que queda de escuadrón.

  • ¡Y! No podemos hacer nada, solo rezar por ellos para que puedan ponerse a cubierto. Voy a avisar al cuartel de mando para que envíen un escuadrón al completo de Leman Russ y escuadras de armas pesadas para que lo revienten.


La puerta de la escotilla superior se abrió. De ella salió un hombre con una gabardina roja, con una gran estrella de ocho puntas bordada. Se dio la vuelta y Ecko lo reconoció al instante. Era el hombre que lo había acuchillado por la espalda en la manifestación. Al fin podía verle la cara. Era rubio, con unos fríos ojos azules. Tenía en el ojo izquierdo tatuada la estrella del Caos y en la boca, una horrible cicatriz. Ecko pensó que tendría más o menos, su misma edad. Además, distinguió debajo de la armadura una armadura de caparazón. Agarró un megáfono que había cerca suya y lo conectó a unos amplificadores, que resultaron estar distribuidos por toda la zona de combate.


  • Buenos días, parece que han venido a matarnos. Pues siento decirles que se han equivocado, los que vais a morir vais a ser vosotros. Los cuatro me lo han comunicado. No tenéis ninguna posibilidad de victoria, el planeta será nuestro y luego sacrificaremos todas las almas que lo habitan al Caos. Los cuatro me han obsequiado con las visiones de vuestra muerte. Los mares hervirán, del suelo surgirán enormes torres de hueso y bronce. Una plaga de enfermedades horribles descenderá sobre vosotros, causando la podredumbre y la peste. Vuestras mentes enloquecerán ante los vicios y los placeres ocultos, que jamás habríais experimentado. Contemplaréis horrorizados la verdad y los secretos del Universo, los cuales no seréis capaces de comprender. La realidad romperá y de ella surgirá una hueste de criaturas demoniacas que devorará vuestras almas y roerá vuestros huesos. Estas visiones han sido reveladas a mí, Jiorack el profeta malévolo. Pero el Caos es compasivo con sus servidores. Abandonad a vuestro Dios cadáver y ofreced vuestra alma a los Poderes Ruinosos. Si lo hacéis no pereceréis y se os recompensará con creces. Los que no lo hagáis, tened seguro que tendréis la muerte más dolorosa que se os puede proporcionar.


En décimas de segundo, la confusión surgió entre los leales que estaban luchando. Ecko escuchó gritos por el comunicador, pidiendo clemencia, otros negándose a aceptar las palabras de Jiorack, otros desconcertados y asustados de lo que acababa de decir. Incluso escuchó a algunos que pedían unirse al Caos para no perder la vida.


  • Señor, ese de hay arriba es el que me acuchilló en la manifestación.

  • ¡Qué hijo de la gran puta! Hay que actuar rápido, sino, va a acabar con la moral de las tropas y entonces el Caos ganará. Ecko.- Giges estaba serio, pero a la vez sereno, algo que Ecko nunca había visto-, te voy a pedir algo que posiblemente te cueste la vida. Hay que matar a ese bastardo antes de que siga con su maldito sermón. Eres el hombre más capacitado que conozco para esto y sé que no me fallarás. El Emperador Protege

  • El Emperador Protege.- murmuró Ecko, asimilando todavía lo que le había dicho Giges.


Un segundo después, pupilo y maestro abandonaban la cobertura y corrían hacía el Beneblade, que se había detenido para destrozar una columna de Leman Russ. Consiguieron llegar al tanque sin ser descubiertos y trepar por la parte de atrás, teniendo cuidado con el motor. Cuando llegaron arriba, Giges le dio al líder enemigo un fuerte puñetazo, que lo hizo caer sobre el bólter pesado. Después le disparó pero falló el tiro. Jiorack se levantó y clavó sus ojos en Ecko.


  • ¡Tú! Te maté en la manifestación.

  • Eso es lo que creías. El Emperador me envía a matarte.

  • Tu momia no puede hacerme nada. Disfrutaré acabando contigo.- dijo desenvainando una espada de energía y el cuchillo que Ecko ya conocía.


Dicho esto, los tres se enzarzaron en una terrible pelea. Jiorack, aprovechando su mortal espada, mantenía alejados a los dos Arbites, que sabía que acabaría con ellos fácilmente. Giges y Ecko se lanzaban a por él, en veloces asaltos, para volver a mantener una distancia de seguridad cuando Jiorack contratacaba con su espada. A los tres asaltos, Ecko tenía un corte en el hombre izquierdo y otro en la mejilla. Giges había sufrido una estocada en el muslo derecho. Su enemigo solo tenía un moratón en la cara de otro puñetazo del Regulador. Volvieron a enzarzarse de nuevo. Esta vez, los Arbites parecían tener oportunidades de ganar, pero era una trata de Jiorack, que aprovechó, para zancadillear a Ecko, y luego darle una patada en el pecho. Ecko perdió el equilibrio y resbaló hacia la parte frontal del casco. Tuvo que agarrarse a un pincho para no caer y quedar aplastado bajo las pesadas orugas. Allí contempló impotente como Jiorack golpeaba la cara Giges con el pomo de la espada. Giges perdió momentáneamente la concentración por el golpe y Jiorack hundió su espada en el vientre de Giges.

Ecko gritó de dolor al ver caer sobre el casco el cuerpo sin vida de Giges. El Regulador había muerto, Ecko había llegado a cogerle un profundo resentimiento, pero tras capturar a Berot, todo había cambiado. Había conseguido admirar a Giges y no dudaba que ambos tenían un gran futuro por delante. Pero ahora todo se eso se había desvanecido por completo. Jiorack estaba sobre el cadáver, pavoneándose y el alma se le vino abajo. Pero debía apartar aquellos pensamientos de su cabeza. Giges confiaba en él. Debía salvar el planeta, y vengar a Giges.

Consiguió subir de nuevo y cargó contra su enemigo. Sus armas se habían caído y solo tenía sus puños para acabar con él. Jiorack, le puso una zancadilla a Ecko, cayendo de bruces sobre el frío metal. Allí observó su salvación. A escasos centímetros de él, se encontraba el cuchillo de Giges. Ecko escuchó como Jiorack se ponía tras él y volvía a activar su espada para dar el golpe de gracia. Como pasó con Berot, Ecko aprovechó la excesiva confianza de su enemigo para agarrar el cuchillo y con un rápido movimiento de piernas, levantarse y hacer caer a Jiorack de espaldas. La espada se le escapó de los dedos y fue a parar bajo las orugas del tanque.


  • Ríndete Jiorack, has sido derrotado.

  • ¡Nunca! Tu planeta arderá junto con la Galaxia entera. Los cuatro me lo han mostrado. Acabaré con tu vida y sacrificaré tu alma a los Poderes Oscuros.

  • Eso no va a pasar. Porque, El Emperador Protege.


Ecko hundió el cuchillo con fuerza en el corazón de Jiorack. Escuchó el sonido del caparazón al quebrase y luego de la carne al ser rajada. Había matado a Jiorack, había salvado su planeta, había salvado Arx Domina.

Escuchó el sonido varios bombarderos acercándose hacía allí. Salto del tanque y corrió para ver como explotaba en mil pedazos. Luego calló al suelo y cerró los ojos.


(Varios días después)

Ecko abrió los ojos. Acababa de recordar lo sucedido en su última misión. La muerte de Giges y de muchos de sus compañeros. Pero su sacrificio no había sido en vano. Habían dado su vida por defender su planeta y al Emperador. Ahora le tocaba a él, continuar con el legado de Giges. Se encaminaban a una misión rutinaria a la montañas Sora para comprobar que no había quedado nada de la presencia del Caos en el planeta.

Entró en el hangar donde le esperaba su equipo.

  • Señor todo está listo para que partamos en cuanto lo ordene.- le dijo Basaris, ya recuperado.

  • Partamos de inmediato. Arbitrador Macar, será el encargado de pilotar el vehículo.

  • A mí no me das órdenes, mi tío es Justicia Mayor.

  • ¿Enserio? Y yo soy tu Regulador, y por lo tanto tendrás que tratarme con respeto y obediencia, me has entendido. Tú todavía sigues siendo arbitrador.

  • Si...mi señor. Como usted ordene.

  • Eso me gusta. Ahora voy a pasar lista: Basaris, Macar, Angie, Irmes, Ródul, Xarios, Dormun, Xavier, Graula, Saroc y Joseph.

  • ¡El Emperador Protege!- gritó Ecko.

  • ¡El Emperador Protege!- respondieron sus hombres antes partir hacia su misión.

Autor: El usuario Uriel, Maestro Apotecario de los Martillos de Wikia.

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