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Relato Certamen I: Paraíso Podrido

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'''5º Clasificado en el I Certamen de Relatos Wikihammer'''

El siguiente relato contiene vocabulario ofensivo y violento, no apto para todos los públicos.

El Paraiso Podrido.Editar

Qué fácil es caer en la corrupción del Caos, qué bien conocen los oscuros dioses las debilidades del hombre, cómo interpretar sus deseos y sueños ¡Y qué débiles son los mortales frente a ellos! ¿Cómo rechazar tales promesas, cuando las más dulces palabras te invitan a concederte lo que siempre has deseado?

Nos encontramos en el planeta Itzacoalt. Un planeta tranquilo, poco poblado, un Planeta Paraíso. Destino de los pocos que pueden permitirse unas auténticas vacaciones, Itzacoalt es famoso por sus balnearios y playas, por su desihnibida vida nocturna, por la belleza de sus selvas y animales. Es realmente un rincón de la galaxia de la que vale la pena enamorarse, un paraiso naturalista que habría sido protegido sin ninguna duda por eldars exóditas de no estar situado tan profundamente en el Imperio.

¿Quién se iba a esperar la terrible plaga que iba a azotar el planeta? Dada la naturaleza del mundo, tan impropio de un planeta imperial, siempre se ha tenido cuidado de impedir que surjan cultos o desviaciones perversas, y dada la fuerte presión ejércita por el Adeptus Arbitres y por los periódicos inquisidores que han ido pasando por allí, la corrupción del planeta parecía realmente improbable.


La perdición de Itzacoalt no fue una desviación del culto imperial, no fue una secta creciente inspirada por Slaanesh ni una gran traición del gobernador. Fue una enfermedad, una epidemia tan mordaz y cambiante que pronto sobrepasó los conocimientos médicos de la humanidad. Una peste con tan terribles consecuencias que pocos inquisidores dudarían de la solución.

A los pocos días, el mundo fue declarado en cuarentena, convirtiéndose en una prisión, en una condena mortal para sus habitantes.

A las dos semanas, no existía ninguna voz ya que no aprobara el Exterminatus que estaba a punto de desplegar la flota en la órbita.


La supervivencia. IEditar

- ¡HIJO DE PUTA! ¡¿TE GUSTA ESTO, EH?! ¿TE GUSTA? ¡TOMA MÁS, TOMA, DESGRACIADO, MUERDE AHORA, MUERDE AHORA! ¡JAJAJA! ¡MUERDE ESTÚPIDO CABRÓN!

Que los gritos enajenados fueran acompañados de martillazos contra el cráneo perteneciente a una persona no aliviaba el miedo de Iassa. Se aferró aún más a Lara y gritó de puro terror, sin saber qué estaba diciendo. Hacia rato que la escena era insoportable, ante su continuidad empezaba a creer que no podría asimilar nada más, que iba a estallarle la cabeza para ahorrarse ver qué pasaba a continuación.

- ¡Para por favor, Marius, para, para! ¡Ya está muerto, YA ESTÁ MUERTO! - Gritó Lara, abordada por los mismos sentimientos y náuseas que Iassa.

- ¡Eh, tranquilo, vale, ya está, las estás asustando! Keel sujetó el hombro de Marius con temor a una mala respuesta, ése hombre era peligroso. Maldita sea, peligroso no. Estaba loco.

Giró la cabeza, deteniéndose, para mirarle. Tenía los ojos muy abiertos, inyectados en sangre. La respiración alterada y un escalofriante tic que le hacia enseñar los dientes a menudo, como un cánido, complementaban el cuadro de un demente peligroso.

El demente peligroso al que debían la vida.

- Sí, ya está... Jeje, no ha quedado mucho de él ¿Eh?

- Emperador, creo que voy a vomitar. - Musitó Keel, aún en tensión.

Ciertamente, era mejor ahorrarse la descripción de cómo había quedado el cuerpo. Tres minutos largos siendo golpeado por un mazo no dejaban algo digno de verse.


- ¿Dónde estamos?

- Es un taller o una carpintería, no sé qué hacen aquí. Acabas de... bueno... Matar un trabajador que había cogido a Iassa. La has salvado, tío.

- Ése soy yo, un puto héroe. Vamos, allí hay una ventana, seguro que hay buenas vistas.

Que Marius no recordara lo que acaba de acontecer era un síntoma preocupante, una evidencia más de que había algo en su cerebro que se había apagado para siempre.

Los cuatro se acercaron, Marius había tomado la iniciativa y nadie quería permanecer cerca del cádaver. El tiempo fue aliviando el miedo de las chicas, hasta que finalmente volvieron a hablar.

- Esto es una locura... ¿Cómo ha podido pasar? - Pero a Lara nadie la contestó, ensimismados el resto con observar las vistas que había predicho Marius.

Miraron al exterior a través de un polvoriento ventanal, favorecidos por la altura de un accidente del terreno. Lo que podía considerarse la capítal de Itzacoalt era poco más que una ruina llena de pobredumbre, desesperación y muerte.

La ciudad se había convertido en un tétrico cementerio, un lugar inhóspito y tan hostil que no valía la pena recordar su auténtico nombre; Aquello era algo muy diferente a lo que debería haber sido.

Los edificios estaban construidos pegados unos a otros, ocupando una serie de colinas. La población llegaba a los cincuenta millones, y los dieciséis distritos que la conformaban compartían la misma característica: Una bulliciosa actividad, en casi cualquier sentido existente.

Las urbes de Itzacoalt habían acogido siempre el comercio más exótico, expuesto los placeres legales más atractivos, y los ilegales, y el arte más variado y productivo que uno podía encontrar en cualquier rincón de la humanidad.

Con la desaparición de la energía y las luces, y próxima la puesta del Sol, el cuarteto apenas podía distinguir los vivos colores que decoraban las fachadas, los espléndidos mosaicos de las plazas y calles, las estatuas y todo tipo de obras pictóricas que acompañaban cualquier paseo por las calles: Era una ciudad destinada a la relajación, al arte, al lujo y al placer.

Desde hacía dos semanas, la ocupación de la población era la muerte, el canibalismo, la locura y la histeria. Nadie conocía las causas, sólo que había que esconderse, huir; Sobrevivir de algún modo.



- ¿Habéis oido eso? - Chilló la chica Iassa. Aún tenía los nervios exaltados, pero eso no se lo había imaginado.

- ¡Allí! - Keel señaló. Otro trabajador había tropezado y caido cerca de su colega mutilado.

Ellos habían ascendidos desde allí por las escaleras que daban a una sólida pasarela precedente a las oficinas del lugar. Como el gran taller ocupaba la ladera de una de esas colinas, tan abundantes en Itzacoalt, aún con subir varios pisos era posible seguir al nivel de la calle.

- Tendremos que salir por las oficinas... - Señañó Lara, abrazándose a si misma temblorosa. No tenía tanto miedo como antes, pero naturalmente no le faltaría mucho. Cuando tiraron de ella no dudó en correr.

Marius fue el último en moverse, examinando atentamente al trabajador que acaba de incorporarse.

Estaba desfigurado, le faltaba gran parte de una mejilla como si ésta se hubiera desprendido violentamente o le hubiera sido arrancada. El mono de trabajo estaba oscurecido y sucio, goteaba en algunos puntos: No por aceite, ni por ningún material que pudiera necesitar en algún oficio manual: Sangre, espesa y oscura.

El origen principal de la gran mancha era el costado, totalmente perforado por una estaca de acero. Seguramente sería una pequeña viga, o un tubo de cañería o cualquier objeto semejante; Era evidente que nadie podía seguir vivo con ello.

Y no lo estaba. La mirada pérdida de unos ojos en blanco, el torpe paso y la ausencia de una auténtica percepción del entorno – por eso tropezaba continuamente - habría sido suficiente para identificar a otro engendro de Itzacoalt.

Desde hacía dos semanas, los muertos no morían. Volvían a alzarse y, guiados por sus más primarios instintos, encontraron alimento y presa en los que aún respiraban.

En dos semanas el planeta entero era un cementerio donde los muertos no reposaban.


La incursión empieza. IEditar

¿Qué hacía allí una barcaza de los Marines Espaciales? Pocos individuos podían responder a dicha pregunta. Lo único cierto era que el Exterminatus declarado para el mundo paraíso de Itzacoalt se había retrasado a petición de estos, interrumpiendo los preparativos de la flota con su aparición.

Si habían logrado convencer un inquisidor de retrasar el fatídico bombardeo orbital que devastaría la atmosfera, debía de ser una cuestión realmente importante.

Así pues el Capítulo de los Hermanos del Hierro consiguieron algo de tiempo y prometieron una incursión rápida y sencilla: Una solitaria Thunderhawk partió y atravesó la atmósfera.

La calculada trayectoría pretendia alejar la aeronave de cualquier sistema de detección que pudiera tener tal mundo, relativamente avanzado respecto a los cánones imperiales pero desprovisto de la tecnología habitual de los auténticos mundos asimilados. Era una medida de seguridad totalmente innecesaria, pero seguía el estricto protocolo que estos Astartes no esperaban incumplir.

Así pues el transporte se posó a varios kilómetros del auténtico objetivo, la poblada ciudad capital llamada Zaquealt.

La Thunderhawk los dejó en plena selva: La vegetación fue aplastada primero por la gran mole al posarse y después por los pasos y espadas de los seis Marines Espaciales destacados para cumplir la misión.

El Capítulo tenía grandes esperanzas en la misión, y era lo mejor de la Tercera Compañía lo que había descendido. La operación era sencilla, no desprovista de peligros pero ninguno comparable a un Astartes; Pero aún así su importancia exigía precaución y puede que exceso de medios.

Les esperaba una larga caminata a lo largo de la oscura y frondosa vegetación. Sabían que no había animales especialmente peligrosos por allí, y prácticamente ninguno de ellos representaba más que una molestía frente a un superhombre equipado con servoarmadura, pero el Mal que asolaba el planeta no podía ser ignorado y la precaución les obligó a avanzar más lentos de lo que cabría esperar.

Ya salía el sol cuando llegaron al primer punto de la ruta.

- Estamos en posición, en Alpha. Comenzamos la misión. - Comunicó uno de ellos para la flota, responsable de las comunicaciones a larga distancia. No esperaron confirmación y siguieron avanzando aplastando arbustos y pequeños árboles.



- Honorable Hermano Siegfried, el léctor Auspex muestra señales a 50 metros. Doce, inmóviles.

Siegfried no respondió inmediatamente, giró la cabeza hacia el capellán. Nominalmente él estaba al cargo de la misión, pero hasta ahora el criterio del capellán era el que había guiado todo hasta ahora. El Hermano-Capellán Sibrand estaba allí para darles un apoyo moral y una fortaleza de espirítu que parecía que iban a necesitar ¿Quién sabía a qué horrores se enfrentaría la mente de esos Marines Espaciales? Itzacoalt era un mundo prohibido ahora, cerrado y cuya única expectativa era morir enteramente bajo el Exterminatus que ya estaba preparado. Si algo sabía la escuadra que había descendido, es que no iba a ser un planeta apacible y seguro.

- Adelante, veamos qué es. Preparad las armas, Hermanos. - Afirmó finalmente Siegfried.


Cuatro Marines Espaciales respondieron revisando silenciosamente sus tres bólters y un lanzallamas. La breve comprobación duró apenas unos segundos; Los seis Hermanos del Hierro avanzaron paralelamente en abánico, preparados para lo que pudiera surgir.


Aplastaban y apartaban obstáculos sin ninguna consideración, sin sigilo. Eran los Elegidos del Emperador, los Ángeles de la Muerte. Ellos no se escondían ni entendían de subterfugíos, que el enemigo llegara a ellos fácilmente. Aceleraría su purga, su extinción. Pronto dejaron atrás los árboles y la maleza e irrumpieron en un patio de recreo.


- ¡Sagrado Emperador! ¡Esto es una blasfemía! - Declaró Paul, uno de los hermanos de armas cuando entraron en contacto con lo que había detectado el Auspex.

Delante, doce hombres y mujeres vestidos con las típicas y llamativas vestimentas del planeta estaban... tambaleándose de un lado a otro o devorando cadáveres de otros habitantes. Los bestiales instintos primarios eran lo único que les dominaba; Empezaron a dirigirse torpemente hacia los Marines Espaciales, como titubeantes, al descubrir su intrusión. Les había atraído el ruido y el débil murmullo del comunicador interno de la escuadra.

No tenía sentido. Era evidente que habían devorado a otros, los restos estaban esparcidos por el patio, y no podían estar vivos. Una mujer tenía las entrañas desparramadas ante sí, y aún así se esforzaba en levantarse. A un joven le faltaba un brazo y parte del otro...: Todos presentaban la misma mirada vacía, sin enfocar y sin siquiera dirigir del todo la mirada hacia ellos.

No estaban vivos, pronto se dieron cuenta. Alguna oscura maldad les impulsaba a seguir levantados. A comer.

¿De verdad los considerarían alimento también?


Fue el Hermano-Capellán Sibrand quien reaccionó más rápidamente. - Hermano Ulfrid, limpia sus almas. Envíaselas al Emperador por el camino que puedes proporcionarles.


Pronto la ardiente caricia del promethium encendido abrasó y no tardó en convertir en humeantes cenizas a los zombies. Uno tras otros sucumbieron al poder de las llamas purificadoras, en un exceso necesario.

- Tercera Compañía, adelante, aseguremos el patio. Hermano Werner, escánner Auspex hasta donde llegue. - Siegfried hizo valer su mando antes de que el Capellán pudiera volver a adelantarse.

Sibrand permaneció inmovil mientras los marines tácticos examinaban el sitio. Ya se había planteado y supuesto que sus liderazgos chocarían, pero se había concluido que no entorperecía la misión; Tanto él como el Honorable Hermano Siegfried eran veteranos curtidos, sabían que había que hacerse. El Capellán, además, comprendía perfectamente la situación de su Hermano de Armas: Siegfried era el Campeón de la Tercera Compañía, su lugar estaba en la escuadra de mando de su capitán ¿Cuántos años habrán pasado desde la última vez que tomó el mando directo de una escuadra?


La selva acababa abruptamente, de forma artificial, para dar paso a un adoquinado de colores estridentes (Al menos allí dónde no había sangre o visceras desparramadas) en un patio cuadríngular, amplío y con varias estatuas y fuentes de agua. Bancos de piedra marmólea permitían sentarse y disfrutar del paisaje selvático y de las vistas de la ciudad que crecía tras el patio.

Construida sobre irregular terreno, por lo que desde ahí había que ir ascendiendo, la ciudad de Zaquealt se extendía, bella y natural; Numerosos árboles y plantas decoraban las calles y las cornisas, las fachadas pintadas de colores chillones mostraban a menudo mosaicos y todo tipo de formas arquitéctonicas, dispares entre sí y dando un aire de gran diversidad a la propia ciudad.

Todo Itzacoalt estaba pensado para agradar a la vista y al olfato. Era un planeta de artistas y sibaritas.


- El escánner Auspex a largo alcance delimita innumerables señales, Honorable Hermano. Es como...

- Como si estuvieran todos los habitantes ahí delante, sí. - Intervino Sibrand, acercándose despacio. - Porque lo están, hermanos. Esta blasfemía se habrá extendido a toda la población, y quien muriera por ella no se habrá alejado de dónde podía extender su Mal a otros. La ciudad entera está infestada y muerta.

Ningún Astartes comentó nada, aunque ninguno de ellos a excepción del Capellán tenía idea de lo que ocurría allí. Si les sorprendió o indignó que sólo él tuviera información relevante sobre la misión, se lo callaron. Si así estaba dispuesto, así debía ser; Ellos tenían su misión, pensar era el primer paso hacía la duda, y aquello tarde o temprano debilitaría sus mentes, les haría sensibles de cuestionar su propia fe, cuestionar al Emperador.

Inaceptable. No debían pensar, cumplirían su misión y volverían indemnes, firme su espíritu; Tan sólido y digno como debía de esperarse de un descendiente de Rogal Dorn.

Un nuevo brillo iluminó la tétrica silueta del capellán; Un origen más luminoso y claro que las llamas. La espada de energía del Campeón de la Tercera Compañía en manos de Siegfried centelleó un momento, desenvainada.

- No son rivales ni para uno solo de nosotros. Sigamos, la ruta más directa hacia nuestro objetivo y volvamos a la flota antes de que salga el Sol. Hermano-Capellán, refuerza nuestra voluntad y nuestra fe con las sagradas letanías, aliviará lo que veamos.


Los seis marcharon, acompañados por el canto de las antiguas letanías del capellán, quién era único a la hora de acercar a otros al Emperador.



Los defensores. IEditar

- Estás mordido ¿Sabes lo que significa, colega? - Sí... ¿Te estás quedando conmigo? - No, sólo quiero que entiendas qué voy a hacer. - Me vas a disparar en la cara. Vas a hacer lo que haría yo contigo. - Lo prometimos. - Lo prometimos. - Lo siento, colega. - Te joderá más si no disparas. Aún puedo morir sirviendo fiel al Emperador y a la Jaguar, gracias.

El disparo fue la única respuesta.


Vlady entró en el salón con expresión agría. Los ocho presentes le miraron, hombres y mujeres, sabían a la perfección qué había pasado en la sala contigua.

- ¿Cuál es el plan? - Preguntó uno.

- ¿No te basta con sobrevivir?

- ¿Sobrevivir a qué?

- Pues... A esto ¿no? reforcemos esa puerta y veamos qué podemos conseguir para comer.

- No, éste no es un buen sitio. Estamos muy al centro, aquí hay mucha población. Hay... muchos de ellos. Y esa puerta no resistirá, tenemos que salir de la ciudad.

- O del planeta.

- ¡Del planeta!

- De la ciudad, es el primer paso. Irnos a la selva, donde se concentra menos población. Esto es una ratonera, un suicidio. Acabaremos todos como Eldran.

- No lo nombres.

- ¡Tiene razón! Si nos quedamos aquí... Vámonos, sólo necesitamos buena puntería y un vehículo que nos saque.

- ¡La serrería! La vimos ayer, allí hay un camión y no está muy lejos.


Compañía Jaguar, presente. IIEditar

Nueve soldados avanzaron despacio por la estrecha calle secundaria; cinco a un lado, cuatro al otro, rifles láser cargados y prestos. Los uniformes apenas representaban una auténtica protección, a un auténtico Guardia Imperial les parecerían disfraces.

No había mucha distancia por cubrir, pero cada paso fuera de un edificio asegurado y cerrado era exponerse al mortal peligro de ser descubierto por los horrores producidos por la epidemia.

La ciudad estaba muerta, acabada; No sería mayor problema sino fuera que la misma muerte se dedicara a alzarse y arrastrar a los vivos a sufrir el mismo fatídico e incansable destino. La abominación de deambular tras la muerte en busca de calor y carne era una perspectiva escalofriante, y los restos de la Compañía Jaguar de las Fuerzas de Defensa Planetaría habían jurado, por encima de todo y con un retrato del Emperador como testigo, que no permitirían que ninguno de ellos sufriera ese destino.

Era lo que le había pasado a Eldran. Consiguiendo comida, un atacante surgió de un rincón repentinamente y consiguió morderle en el antebrazo.

Tras dos semanas tratar de contener la epidemia, y tras fracasar de simple y pura supervivencia, tenían muy bien aprendido que un mordisco era fatal. La fiebre mataba al herido, estimándose entre una hora o dos, y luego volvía a alzarse para captar más victimas; Ya nunca sería la misma persona, sería una más de aquellas abominaciones.

Cuando la cosa se fue de madre, el Adeptus Arbites y las Fuerzas de Defensa Planetaria refrenaron como pudieron a los muertos; Pero no había donde evacuar a los civiles, ni a ellos mismos. Muchas unidades quedaron aisladas, la burocracia estropeó la actuación militar, la sede gubernamental se silenció.

Facilitaron la huida de las ciudades de los que pudieron, pero el brote en Zaquealt había sido especialmente rápido, mortal, casi quirúrjico; Allí no había podido hacerse casi nada, no hubo tiempo.

Para cuando el ejército llegó, la ciudad ya estaba invadida, muerta, corrompida. Y les atacó: Con tanta vehemencia y tan mal parados quedaron las unidades que allí habían acudido, que pronto la desorganización, el pánico y el caos les dominaron.

El oficial al mando de la Compañía Jaguar, el Coronel Rickon, les había abandonado a su suerte; Volvió a subir a la aeronave transporte de tropas y él y un puñado de cercanos y afortunados abandonaron Zaquealt, posiblemente también el planeta, dejando a su suerte a setenta hombres y mujeres; Los soldados no se pusieron de acuerdo, no pudieron protegerse adecuadamente ni atrincherarse en ningún lugar, y el pánico no ayudó.

Unos fueron mordidos, y éstos mordieron a los antiguos camaradas que titubearon a la hora de apretar el gatillo. Otros se marcharon con lo que pudieron, y el grupo que ahora cruza lentamente la ciudad en concreto se aisló, se hizo fuerte en un balnearío y se limitó a seguir vivo a través de la rapiña y la fuerza, a esperar a que la situación se calmara y pudieran salir.

Muchos soldados no habían dudado en disparar a sus propios camaradas para hacerse con alguna provisión, con un vehiculo; Fue lo más sensato, y los supervivientes de la Jaguar llegaron a las dos semanas bajo el azote, aunque sin impunidad: De dieciséis iniciales quedaban diez. Nueve, descontando la reciente baja: Tres mujeres, seis hombres.

Etza, Eliah, Valar, Pitt, Balon, Trev, Vlady, Sib y Rheena.

Ahora sólo había calmada y desolación por las calles. Era el momento de salir de allí, no podían seguir más tiempo escondiéndose en un agujero para a los dos días pasar a otro aún más húmedo y perdido.

- ¡Quietos! - Vlady había estado actuando de líder, de sargento, cada vez que salían. Lo habían decidido así porque al parecer tenía cierto don para el mando militar, aunque lo más mundano seguían haciéndolo en una especie de consenso colectivo.

No podían hablar más que en susurros, por los que quiénes no estaban próximos a él lo miraron con curiosidad hasta que el líder provisional incitó a todos a acercarse, a reunirse.

- ¿Qué pasa? - Inquirió Rheena, intranquila por el parón.

- ¿Qué calle es esa que cruza?

- La vía del León ¿Y qué?

- Adeptus Arbites ¿Qué pasó con el Adeptus Arbites en Ciudad?

- ¡Qué coño importa eso ahora! ¡Sigamos! - Interrumpió el razonamiento Valar, impaciente e intranquilo en la calle. Una actitud comprensible.

Varios se sumaron al apremio, pero Eliah rumió y finalmente contestó.

- No tenemos ni idea, no contestaron. Que sepamos, se retiraron antes de que llegaramos.

- ¡El cuartel del Arbites está en la Vía del León! - Recordó de pronto Rheena, y Vlady asintió, satisfecho; Todos entendieron, y quien no hizo parecer que sí. - Y eso era un maldito fortín, no se puede entrar simplemente arañando su puerta.

- ¿Por qué no vemos qué hay? ¿No es mejor un vehículo de asalto policial que el camión destartalado que buscamos?

- Si es que no se los han llevado ya...

- Sí es así, pasamos de largo y seguimos, no nos desviamos mucho. Ante el cuartel tenían un parking descubierto, allí habrá algo que podamos pilotar ¡En marcha, Jaguares!

Esconderse, sobrevivir. IIEditar

- ¡Su puta madre, está cerrado!

Marius aporreó con rabia la puerta tras el último intento de acceder a ella a través del panel. No tenía energía y el acceso era demasiado contundente, algún sólido metal, como para derribarlo.

- Marius... Tranquilo... Podemos probar en la siguiente. - Iassa se le aferró al brazo afectuosamente, había aprendido que así podía controlarlo en cierto modo. Éste le miro, clavando una dura mirada en la mujer.

Masculló algo pero se dejo llevar por ella, reuniéndose con el resto.

En la siguiente puerta, Lara y Keel intentaban abrir una ventana. Esa calle estaba llena de pequeños jardines y casas adosadas, destinadas al alquiler de parejas y turistas, un lugar agradable durante el día, horripilante ahora que la oscuridad y los muertos dominaban la ciudad.

No podían seguir en la calle, era un milagro que siguieran vivos tras dos horas de deambular por Zaquealt.

- ¡Ya casi se abre! - Lara sonrió ampliamente al verlos acercarse y siguió ayudando a Keel a hacer palanca con una barra de hierro, la cerradura estaba a punto de saltar.

Un quejido alargado y pronto un fétido olor les alarmo y Keel soltó la barra cayendo hacia atrás con un gritito poco varonil.

- ¡Mierda, al otro lado hay uno!

Lara paró también y suspiró, extrayendo la barra. Era un buen arma.

- Al menos está dentro, no fuera... - La chica miró a su compañera, Iassa, que se encogió de hombros.

Naturalmente, habían hecho demasiado ruido. Marius gruñió cuando apareció el primero de los zombies, a la carrera, consiguiendo no tropezar entre los numerosos desperdicios de la calle.

Venía por dónde habían venido ellos, así que al menos aún podían seguir avanzando. Aunque Marius lo había visto al menos diez segundos antes, Iassa también lo descubrió.

- ¡CORRED! - Bramó ésta imprudentemente, y empujando a Keel empezaron a huir juntos en dirección contraría. Lara titubeó, y Marius corrió hacia el zombie levantando el martillo de carpintería. Lo interceptó y tumbó de un severo puñetazo, de contundencia suficiente gracias a la aceleración del muerto que tumbó a éste en el suelo.

Allí fuera tarea fácil, y desagradable, desparramarle los sesos por la calzada con el martillo.

- ¡Marius, vámonos, vendrán más! - Llamó Lara, acercándose tras un tiempo prudencial y tiró de él para ir con el resto, consiguiendo cierta docilidad y éxito.

Encontraron a Keel y Iassa algo más adelante, una estorbando al hombre y éste sujetando torpemente la barra de metal ante si; dos infectados se tambaleaban ante ellos, y sólo la poca maña de Keel impedía que los devoraran.

Una mujer de aspecto famélico, obviando el resto de rasgos propios de la muerte, se echo sobre él y consiguió apartarla con un golpe de barra, entonces Keel inauditamente se lanzó contra el segundo zombie pero no le dió con suficiente fuerza y éste lo agarró de un brazo y del hombro y estuvo bien cerca de morderle, sólo el asustado forcejeo del hombre le salvó de que le hincarán el diente.

Para cuando ya empezaba a ser desesperado, pues la mujer muerta se alzó de nuevo, Marius ya estaba cerca; Pateó violentamente la cabeza de la infestada y acudió en auxilió de Keel, descalabrando a su agresor con un martillo.

- ¡SI TE PARAS MUERES, IDIOTA! - Marius, haciendo caso de su propio consejó, se giró sobre si mismo y volvió a patear a la zombie; Sus duras botas hicieron el trabajo del martillo tras la larga serie de patadas.

No tuvieron mucho tiempo para recuperarse; Por delante les vinieron dos más, y por detrás se acercaban – chocándose entre ellos – seis. Estaban en la calzada, a ambos lados tenían los jardines y las casas, sólo tres opciones; Correr hacia un lado, hacia el otro o meterse en alguna de las casas.

Marius se inventó otra opción, y corrió hacia donde había siete de aquellos seres. Había visto algo, reconocido una ventaja de las que necesitaban desde hacia mucho.

En esta ocasión nadie dudo, Keel, Lara e Iassa corrieron hacia la dirección más segura, bordeando a los infestados por los jardines; Allí había más obscátulos y pequeñas vallas que les permitían evitarlos con más facilidad. De hecho a Lara le salvó eso, pues mientras uno de los zombies la perseguía a la carrera otro surgíó de un edificio y de no haber saltado al siguiente jardín – ambos zombies se tropezaron contra la valla de apenas 30 cm. de alto – seguramente habría muerto poco después.

El trío siguió corriendo aún cuando advirtieron la ausencia de Marius.

- ¡Esa casa tiene luz! - Señaló Keel, dos manzanas más adelante, aunque era evidente. El resto de la ciudad estaba a oscuras: Esa humilde casa de una sola planta no.

Pero tenían demasiados infectados sobre ellos, siguiéndoles a trompicones.

- ¡AHORA ES LA MÍA, COMEDORES DE MIERDA! - La voz de Marius llegó con escalofriante claridad hacia ellos: Lo siguiente que escucharon fue un estallido seco, breve, a continuación otro; Pronto la risa de Marius se hizo una con el estridente sonido de su nuevo juguete, una escopeta.

Había visto un miembro del Adeptus Arbites infectado, con la escopeta reglamentaria aún en la mano, no pudó evitar intentarlo.

Alcanzó al trío – Masacrando los infectados, que ante el estrambótico estruendo fueron yendo hacia él dejando en paz a Keel, Lara e Iassa – sonriente y envuelto en sangre.

Además el encontró la llave de la casa iluminada: Disparó la cerradura y la puerta cedió fácilmente.

- ¡Hoy comemos caliente! - Añadió el loco antes de empujarles al interior, incluso él sabía que la munición no seria infinita.


Protectores del Gran Libro. IIIEditar

La verdad es que los supervivientes de la Jaguar se sentían como auténticos veteranos de Cadia. Su instrucción era limitada, de hecho de ellos se esperaba que como mucho desfilaran de vez en cuando o hicieran alguna exhibición.

Pero tras dos semanas de exposición al horror y la muerte viviente cualquiera que siguiera con vida se sentía especial, elegido o al menos infinitamente más hábil que la infinidad de hombres y mujeres que habían caído ya, sea por la misma infección o por haber sido mordidos o devorados.

Vlady no participó a la animada, y susurrante, charla que mantenía el resto del equipo. Ya no avanzaban como una unidad, sino como un grupo armado y despreocupado ¡Hacia tres horas que no veían a nadie, las calles estaban vacías! Los cadáveres se pudrían aquí y allá, pero no les salían al paso, no alzaban la cabeza hacia ellos. Estaban muertos de verdad.

Quizás se había acabado.

O quizá no: El cuartel-fortaleza de los Adeptus Arbites apareció ante ellos, cuando la calle que recorrían se abrió en una gran plaza adoquinada, despejada a excepción de sus ocupantes.

- ¡Desplegaos, alto el fuego! - Graznó todo lo bajo que pudó Vlady mientras se descolgaba torpemente el rifle láser, amedrentado ante la visión que tenía ante si.

La sólida mole del cuartel del Adeptus Arbites ocupaba toda la manzana, construida con materiales marmoléos dando resultado a una fortaleza reluciente y púlida, de planta rectángular con torreones en cada esquina; Numerosos ventanucos de tirador agujereaban la fachada, dando todos a la gran plaza. Unas enormes puertas daban acceso al interior, y una reja menos trabajaba servía como acceso de vehiculos.


Naturalmente no era ni la enormidad del cuartel ni la ausencia de los vehículos que buscaban lo que asoló al grupo:

Un festín. Tétrico y nauseabundo, allí los muertos se pudrían en el suelo, caminaban o devoraban a los derribados ¿Cuándos podía haber? Incontables.

No, no se había acabado. Quizás aún no había ni comenzado.

Cuando era evidente que todo iba mal, muchos pensaron que el Adeptus Arbites les protegería. Allí encontraron las puertas cerradas a cal y tanto, y tras dos días de insistencia también se encontraron con escopetas asomadas a las ventanas; Incluso el tiroteo indiscriminado fue insuficiente, pues al cabo de unas horas la múltitud volvió a reunirse, apartando los muertos para volver a hacerse sitio.

Una vaga esperanza.

Ahora los infestados, los muertos vivientes, habían hecho suya la plaza, donde la desnutrida multitud fue una presa fácil para el Mal que devoraba su mundo. Allí estaban los restos de todo tipo de personas, ni la infección ni la muerte entendía de statús, sin distincciones los que habían perecido allí habían pasado a ser carnaza para los que habían tenido peor suerte, para los que morir no fue suficiente.

- Lar-Lar-lárguemonos. - Musitó Trev, pálido. A Balon se le había caido el rifle, a Vlady le faltó el habla y en definitiva todos estaban demasiado impactados, aterrorizados.

Ya los habían visto antes, la ausencia de expresión en los ojos de los caminantes, el torpe y tambaleante andar, la fetidez de las entrañas podridas y colgantes... Pero incluso ante la lógica más aplastante y sencilla todos ellos, en su fuero interno, habían esperado que... no hubiera tantos.

Se habían encontrado con grupos, familias... Pero... Allí había centenares, demasiados para contarlos, ocupando toda la plaza.

Trev se sobresaltó cuando una de aquellas apestosas criaturas giró la cabeza hacía él y cambio sus itinerantes pasos en su dirección.

Vlady impidió que levantara el láser. - ¡Si llamamos su atención se echaran sobre nosotros! - Susurró desesperado. Cualquier sonido estridente, tropiezo o disparo significaría echar toda una horda de esas criaturas sobre ellos. Aún no habían sido descubiertos, al menos no por más que los próximos a ellos; Dos infectados más cambiaron de rumbo, acercándose lentamente también.

Eran lentos. Y chocaban repetidamente, incluso tropezaban, con los accidentes de la calle o los vehículos mal estacionados: hasta entre ellos. Pero sabían de buena mano que podían reaccionar con asombroso brío ante el rastro evidente de alguien vivo; El olor, el sonido de una voz, el estallido de un motor...

Con más cerca estaban, más aprisa empezaban a caminar las criaturas.

Empezaron a retroceder, apiñados y algunos abrazados entre si; Debían salir de allí, girar el recodo y allí quizás salir corriendo.

Si echaban a correr ahora, ellos también correrían. Un cuarto, muy rezagado, se unió a la inspección y ya eran cuatro las criaturas que poco a poco se les echaban encima.


Quema al hereje. IIEditar

- ¿Cómo actuamos? ¿Purga total? - Uno de los Marines Tácticos, Fadlan, que normalmente mantenía una actitud taciturna y decidida, mantuvó el bólter el alto, titubeando. Ante si toda una serie de atrofiadas y pútridas criaturas se tambaleaban lentamente hacia ellos, inconscientes de a qué se enfrentaban.

El Campeón miró fugazmente a Sibrand, quién asentió antes de pronunciarse claramente moviendo del Crozius de un lado a otro lentamente.

- ¡Atención tercera compañía! ¡Tenéis ante si un insulto a la vida, no son más que viles marionetas de un poder ruinoso y cruel que no debería existir en este universo! ¡MARINES ESPACIALES, LIBERADLES DE SU INFRUCTUOSA EXISTENCIA!


Tres bólters, también una pistola, dispararon. Los potentes proyectiles explosivos atravesaban fácilmente la carne mortecina y podrida de los muertos vivientes, estallando en su interior o más allá de ellos. La quirúrjica puntería de los Marines Espaciales los barrió fácilmente, despejando la calle.

El Hermano-Capellán Sibrand fue el primero en avanzar, tintineando las numerosas cadenas de gruesos eslabones que decoran su armadura. Pasó entre cadáveres y sangre con impunidad, como si no fuera con él.

- Hermanos, sabed que actuáis como debéis y como El Emperador espera de vosotros. Sígamos.

- ¡Espera Hermano-Capellán! - Siegfried se adelantó para reunirse con él y señaló al frente. - Deberíamos cambiar de ruta, habremos alertado a toda la ciudad con estos disparos.

- Admiro tu cautela, Honorable Hermano, pero nadie más que estas aborrecibles criaturas nos esperará ahí.

El chirrido del mecanismo del lanzallamas al arrojar promethium ardiente llamó la atención de ambos; En retaguardia el Hermano Ulfrid calcinó a varios habitantes de la ciudad colmena, infectados. Los disparon les atrajeron, y no tardarían en llegar más.

- Retaguardia asegurada. - Informó cuando las llamas se disiparon.

- ¿Los disparos les atraen aquí? - Inquirió Paul, poniendo un nuevo cargador en el bólter.

- ¡Basta de cháchara, avancemos! Honorable Hermano Siegfried, el exceso de prudencia se convierte en temor, en miedo ¡¿Ángeles de la Muerte, qué sabemos nosotros del miedo?!

- ¡NO CONOCEMOS EL MIEDO! - Corearon los tácticos. El Campeón de la Tercera no discutió y marchó ocupando su lugar en la formación, en vanguardia junto al Hermano Fadlan.


Pronto se demostró que Siegfried tenía razón, y de haberse desviado algunas calles en su avance habrían evitado la emboscada. Pero eran Marines Espaciales, y no era fácil detenerles:


Varios impactos láser y proyectiles sólidos de importante calibre golpearon su posición, obligando a toda la escuadra a coger cobertura donde pudieran: Entre chatarra y muros ya derruidos.

Acababan de entrar en una plaza amplía y llena; Vehículos colisionados y otros tantos abandonados ocupaban la mayor parte del espacio útil. No faltaban los infectados, con su torpe bamboleo, al menos una treintena dispersos. Cuando los Marines Espaciales localizaron el origen de los disparos, respondieron, más para acobardar a los tiradores que para tumbarlos con las primeras ráfagas.

El tiroteo confundió a los infectados; Unos se deslizaron hacia los Marines Espaciales, otros hacía el edificio y varios se quedaron inmoviles.


- ¡Ahí delante tienen un cañón automático! - Declaró el hermano Ulfrid, que como no podía alcanzarlos con el lanzallamas se limitó a calcinar a quien se acercara a ellos.

- ¿Auspex?

- Trece lecturas, la mayoría se mueven pero no se alejan. En el edificio del otro lado, el medio derruido. - Cambian la posición de disparo. - Razonó el capellán, quien levantó una pistola de plasma y apuntó cuidadosamente a un infectado. Lo calcinó impactándole en el pecho.

- ¡Detrás nuestro, se acercan!

- ¡Hermano Fadlan, retaguardia! Hermano Ulfrid, sigue cubriéndonos aquí! ¡El resto, hemos de anular el cañón! - Distribuyo Siegfried automáticamente.

- Granadas. - Gruñó el Capellán y el Campeón no esperó más, saltó su cobertura y corrió esquivando vehiculos por la plaza, obligando al resto de la escuadra a cubrirle. No se molestó a desenvainar la espada de energía, tan antigua y bella arma no merecía ensuciarse con unos pobres desgraciados como aquellos muertos andantes; Despejó su camino a puñetazos y disparos de la pistola bólter, tanto propios como de sus compañeros.

Le dispararon, pero los láseres díficilmente atravesarían la servoarmadura. La mayoría de impactos no eran más que una centelleante luz, molesta, que interrumpía en algún momento los datos del panel interior del casco.

El cañón era otra cosa. Su grueso calibre arañaba la servoarmadura y uno de sus golpes desequilibró al Honorable Hermano, obligándole a chocar duramente contra un camión al poner el hombro contra él y aprovechar su protección. Estaba a mitad de camino, sin amenazas inmediatas. Un poco más y podría lanzar.


- ¿Situación? - Preguntó, desde ahí no veía bien a sus hermanos. Como siempre utilizaban los comunicadores internos de los cascos, no necesitaban estar cerca para hablar.

- Controlada Honorable Hermano. - Respondió Werner, sobreponiéndose a las vetustas y solemnes letanías que había comenzado el capellán. - Hay muchos infectados. Vienen más por detrás y están entrando en la plaza por el oeste.

- No malgastéis munición, no sabemos cuántos hay y podremos necesitarla. No dudéis en... - Siegfried se calló, algo lo empujada débilmente. Se giró y descubrió a uno de los infectados, una mujer delgada, que intentaba arañar su peto, incluso morderlo.

- No malgastéis munición. - Repitió. - Podéis aplastarlos con las espadas y los puños. - Agarró, a modo de ejemplo, la cabeza de la infeliz y torció fácilmente el cuello, dejándola caer inerte después. Cuando abandonó la cobertura fue rodando rápidamente para aprovecharse de otro vehiculo y se incorporó acercándose, descubierto, al edificio y al enemigo atrincherado.

Tuvo tiempo de desembarazarse de dos infectados con la pistola bólter - disparo y manotazo con la propia arma -, antes de empezar a recibir los disparos del cañón automático. Un nuevo acierto le arañó el muslo y un segundo perforó la armadura en el brazo. Ignoró el dolor y arrojó la granada. No espero a ver el resultado que volvió a esconderse de los disparos. No erró y la explosión confirmó el éxito de la maniobra.


En la entrada de la plaza los cuatro tácticos envolvían al capellán, pues éste estaba más centrado en alabar el Emperador y enumerar los males que debían combatir que en disparar su pistola de plasma. Los infectados y los muertos cada vez eran más: Subían por el camino que habían tomado los Marines Espaciales y ya por dos calles secundarias desembocando en trompa en la plaza; Pronto tendrían encima una cincuentena, sino más, de aquellas criaturas.

- ¡Ya no nos disparan!

- ¡Auspex!

- ¡Se retiran! Debe de haber una salida por debajo.

- ¡Tercera Compañía, reuníos conmigo! - Interrumpió Siegfried, subido a un camión para mostrarse claramente.


Retirada con sorpresa. IVEditar

Los disparos lásers silbaban e impactaban tanto en los cadáveres ambulantes como en los diferentes obstáculos que poblaban la calle.

Los restos del ejército planetarío tenían la suerte de que sus armas no eran ruidosas y munición ambundante: Los disparos de los rifles lásers no emitían más que un agudo y breve silbido al proyectar el potente haz energético.

No es que les fuera fácil abatirlos, pero los impactos concentrados terminaban matando (¿O rematando?) a los infestados.

- ¡Dos más por la izquierda! - Informó Rheena,, sin dejar de disparar al frente.

- ¡Apoyo aquí, se acercan! - Tanto Pitt como Valar abandonaron su posición - Un jardín convertido en ruinas por un accidente de automóvil - y se colocaron junto a Soldado 3, 4 y 5 en su posición más rezagada, en mitad de la misma calle.

A pesar de la situación, los avisos y órdenes no pasaban más allá de murmuros; A decir verdad, la ciudad estaba en total silencio desde hacía una semana. Era fácil oírse, y mucho más fácil ser estridente sin serlo.

Ya habían fulminado a casi doce de esos... monstruos, pero aún quedaban al menos otros tantos. Habían conseguido alejarse de la plaza, pero un grupo de zombies les había perseguido y finalmente tuvieron que girarse y disparar.

Parecía que a cada disparo, con cada exaltación o golpe contra algún vehículo, aparecían más. Ya no sólo surgían de la última esquina, sino de algunas casas.

- ¡A la mierda, retrocedamos, volvamos a correr!


Acojieron bien la idea y ordenadamente retrocedieron, disparando esporadicamente sin gran puntería, hasta que una carrera les llevo a otro cruce. Habían dejado atrás a sus principales acosadores.

Allí aseguraron profesionalmente la esquina - Dos infestados, devorando el cadáver de un animal de compañía, no fueron un gran problema - y tomaron otra dirección, de nuevo a paso ligero para marcar aún más distancia. En columna de dos, aprovechando que esa calleja estaba especialmente despejada de vehiculos y ruinas y que dificilmente serían emboscados.

Pasaron de largo del primer cruce de calles que les apareció y empezaron a actuar con precaución en el segundo, hasta desplegarse y tomar ordenadamente el sitio, con precisión militar.

- ¡La ostia! - Exclamó imprudentemente Pitt. Al girar el recodo, se encontró con un cañón apuntándole.

Aunque, claro, sólo el Emperador sabría cuánto tiempo llevaría la tripulación muerta.

- ¿Funcionará? - Vlady se acercó rápidamente, alarmado por la exaltación. Quedó boquiabierto.

- ¡El Emperador lo quiera! - Se emocionó Pitt.

Lo que tenían delante era un tanque ligero, un modelo de cabina descubierta montado sobre orugas destinado a actuar como anticarro y plataforma de apoyo. El planeta producía este tipo de antiguallas con su propia tecnología, sólo se permitían que la infantería fuera realmente equipada con la tecnología puntera imperial. Nadie podía precisar cuándo tuvieron una guerra de verdad.

Además, este tipo de tanques podían decorarlos, repintarlos y utilizarlos como carrozas en desfiles o como vehículos de recreo, actividades mucho más corrientes allí que la guerra.


Que la tripulación estaba muerta se evidenció para Sib, pues al rodearlo para acceder a la cabina por una escalera posterior se vio sorprendido por un soldado, un muerto andante, que cayó del tanque sobre ella.

De no haber levantado el rifle de forma instintiva, en horizontal, seguramente el infectado la habría mordido y desgarrado el cuello. Ambos cayeron, uno intentando desembarazarse y otro alcanzar su presa a través de la obstrucción; Llevaba antifrag y casco, y las visceras asomando por un costado devorado. Vlady y Pitt se echaron encima del combate y consiguieron apartar al infectado a patadas y culetazos; No pararon, sin dejarle levantarse, hasta que pudieron desparramar sus sesos por el asfalto. Era la forma más segura de eliminar un infestado.

Sib se giró y se medio levantó. Mareada, de cuclillas vomitó sin poder contenerse. Esa experiencia, lo cerca que había estado de la muerde, la acompañaría el resto de sus días.


Nadie dijo nada al respecto y se desplegaron en el cruce, temiendo que el grito atrayera a más, o que algún cadáver se pudiera alzar..

Valar trepó al vehículo y empezó a revisarlo.

- ¡No parece estar mal, seguro que hasta tiene combustible!

Un breve y rápido escrutinio inicial le hizo descubrir una pistola láser en el suelo. La recogió y se la guardó automáticamente.

Pronto se congregaron el resto para admirar el tanque: Un transporte sobre orugas era mucho más de lo que esperaban encontrar.

- ¡Ponlo en marcha Valar, vámonos de aquí a lo grande! - Rió Rheena, animada. Cuando éste pudó responder con el rugido del motor, el resto se sumaron a las risas, se abrazaron entre sí. Siempre había algo de esperanza.

Treparon por donde pudieron y la Compañía Jaguar – renombrada entre chanzas por Compañía Acorazada - dominó fácilmente las infestas calles desde su nuevo vehículo, capaz de aplastar y apartar los destrozados restos de civilización de la calzada hacia la salvación temporal de la selva.


Purga al Impuro. IIIEditar

- Muchas lecturas, no se mueven. Al menos una treintena, dentro todas.

Los Marines Espaciales buscaron una alternativa al edificio de tres plantas que acababa de revisar el Auspex. Habían encontrado la calle bloqueada por un gran camión colisionado y parte de una fachada derrumbada; La opción más lógica era penetrar en el edificio, una especie de balnearío o hotel, que quedaba a su izquierda y retomar la calle a través de él, parecía viable.

- Si son esas abominaciones podemos aplastarlas y pasar. - Declaró el hermano Ulfrid, alzando su terrorífica arma para enfatizar su opinión.

- Hablas con temeridad, Hermano Ulfrid. - Interrumpió Sibrand. - Pero no es soberbia pensar que venceríamos sin problemas. Recordad la plaza, armamento pesado y rifles láser. Aquí hay algo más que una epidemia.

Nadie se atrevió a seguir el último razonamiento, por lo que pasaron unos tensos segundos antes de que el Honorable Hermano Siegfried hablara, señalando la frágil puerta del edificio infestado de señales.

- No descubriremos nada si eludimos a los enemigos del Imperio. Entremos, libremos la Galaxia de su tóxica y fútil existencia y dediquemos esta pequeña victoria a la gloria de la memoria del Sagrado Dorn.


El capellán se adelantó hasta la entrada. - Vayamos entonces. Encomendaos al Emperador, pedid su guía y que su mano empuñe vuestras armas. No penséis en lo que veais, no cuestionéis: Eliminad la blasfemía, borradla del mundo y de vuestras mentes, pues nunca debió existir.

Siegfried desenvainó la antigua espada de energía otra vez y esta relampágueo de poder. Seguía reticente a utilizarla, pero sus hermanos se verían inspirados por el brillo y poder de la espada de la Tercera Compañía.


- ¡POR DORN, POR EL IMPERIO! - Gritó temerariamente y los demás corearon. El Hermano-Capellán alzó el Crozius, que también chispeó de energía y lo descargó contra la entrada al bloque; La puerta se dobló sobre si misma y luego estalló en pedazos hacia el interior. Algo pesado cayó con ella, pero antes de que poder comprobar nada una llamarada penetró el hueco abierto y despejó la sala.

Tres figuras ardientes se tambalearon y chocaron entre sí. Su propia luminosidad aclaró la sala, una recepción. No importaba lo que fuera el edificio, los seis Marines Espaciales entraron y aseguraron la recepción, cercionándose de los posibles caminos; Cuatro puertas y una escalera.


- Por aquí. - Informó el Hermano Paul, que comprobó una de las puertas del a derecha. Werner, Auspex en mano, declaró que al otro lado había once señales.

- Granada y espada. - Declaró Siegfried, que se unió a ellos con una granada de fragmentación en la mano; Cuando los Tácticos se congregaron, abrieron la puerta de una poderosa patada y entró la granada. El estallido hizo temblar el edificio y convirtió algunos infectados en trozos diseminados por una estancia ennegrecida y sin luz.

Como la oscuridad no es un gran inconveniente para los Marines Espaciales, estos entraron en una tromba de ordenada destrucción, bólters levantados unos y otros espadas enarboladas; Les resultó terriblemente fácil poner fin a la débil amenaza de los infestados restantes.

Tardaron más en limpiar las espadas que en terminar la breve escaramuza. La nueva sala debía de ser un anexo de la propia recepción o una antesala; Butacones y sofas y varias pantallas en las paredes eran los únicos muebles. Sólo había una puerta, por lo que Fadlan se acercó y la examinó: Era doble, y dos simples agarres ayudaban a tirar. Una gruesa cadena y un candado la cerraban.

- Bloqueada.

Sibrand lo apartó con una mano y descargó directamente un puntapie sobre la cerradura, reventándola junto a la cadena; La puerta se abrió hacia dentro violentamente.

Paul y Werner entraron primero, barriendo desde la mira de los bólteres la nueva estancia; Era tan grande como la recepción, igualmente despejada pero de decoración más sobría. Y una diferencia: Luz.

Mientras que en las otras estancias las luces estaban apagadas, aquí no. De hecho la ciudad entera estaba a oscuras, era una anomalía auténtica; Los dos Tácticos avanzaron despacio, espalda contra espalda y tras ellos empezaron a entrar el resto, prestos y atentos.

- Contacto. - Informó Paul y Werner se giro para comprobarlo y respaldarlo: Mientras que a la derecha no había nada más que un sofa destartalado y algunos cuadros, en el lado de Paul había acurrucadas seis personas, envueltas en una manta, apoyadas contra la pared desnuda.

Con el derribo y el tiroteo ya se habían despertado, pero cuando vieron aparecer la enorme mole de los Marines Espaciales se agolparon aún en la pared en que estaban apiñados, tropezando unos con otros. La aparición de los Astartes no fue algo fácil de asimilar, la mayoría se quedaron mirando boquiabiertos, sin entender.

Finalmente un hombre, el mayor, gritó.

- ¡Estamos salvados! ¡Emperador, estamos salvados! - Y todos empezaron a hablar a la vez, a saltar de alegría, abrazarse. Se habían atrincherado allí, no tenían apenas comida y el agua se había acabado.

No podían salir, y cuando ya empezaban a aceptar la inevitable muerte ¡Salvadores! ¡Nada menos que Marines Espaciales, los Elegidos del Emperador, allí! Sin duda Zaquealt iba a ser evacuado, si habían entrado allí sólo podia ser para llevarlos a un lugar seguro.

Todos vestían con ropas gastadas y mal remendadas. Recordaba vagamente a lo que debían haber sido, miembros de algún servicio hostelero, botones o mayordomos; Ninguno estaba armado y ninguno estaba enfermo, sólo demacrados y algo desnutridos.

Ninguno debía de pasar de la treintena.

Una adolescente se adelantó tímida a Paul, quien bajo despacio la cabeza para fijar los brillantes ojos en ella. ¿Cómo podían agradecerles a sus salvadores su llegada? Cuando Sibrand se pusó al lado de los dos Tácticos, éstos recordaron su deber, un incuestionable mandato destinado a glorificar al Emperador y salvar la Humanidad.

- Borrad la blasfemía, pues nunca debió existir. - Murmuró el Hermano-Capellán y los Astartes volvieron a alzar los bólters.

Esos supervivientes no estaban infestados, pero el Mal y la herejía estaba en sus mentes, en su recuerdo. Dejarles vivos sería permitir que ése horror prosiguiera. No debía existir, y no existiría en sus mentes.

Los supervivientes apenas tuvieron tiempo de entender que los Astartes eran sus auténticos verdugos, no sus salvadores; Al menos éstos tuvieron la piedad de reunirlos limpiamente con el Emperador.

Sólo hubo seis disparos.


Accidentados. VEditar

¡Qué cerca estaban!

Valar y Pitt conducían el trasto, el tanque, mientras que compartían el habítaculo con Rheena y Trev. Sobre las orugas, de pie, estaba Vlady y Balon, y en el frontal se acomodaba el resto, asombrando Sib al colocarse temerariamente en el cañón.

Todo se había simplificado tanto... Podían permitirse disparar a los infectados por diversión, puesto que éstos no lograban alcanzarlos en el tanque; O eran aplastados por éste o simplemente quedaban atrás.

Como Zaquealt era todo colinas y abruptos desniveles el viaje distaba mucho ser cómodo, además de la enorme cantidad de baches y obscáculos.

- ¡Cómo pudo alguien dejarse coger llevando esto! - Burló Sib desde su posición en el cañón.

Fue una pregunta inocente, pero al menos Vlady empezó a darle vueltas al asunto. Era cierto que resultaba una ventaja aterradora frente a ese mal ¿Acaso el conductor enfermó en vez de ser mordido?

Cuando Pitt soltó un grito de alarma y demandó que se sujetaran todo empezó a ir mal, y a tener explicación:

Empezaron un leve descenso que repentinamente se convirtió en una bajada realmente peligrosa, hasta el punto de temer que se volviera totalmente vertícal; Como reacción lógica, cosa que hasta ahora no parecían haber necesitado, frenaron.

Los pilotos frenaron, el tanque no. Las orugas siguieron rodando, acelerándose cada vez con la bajada. El tanque, su salvación, no tenía frenos. En una ciudad donde prácticamente no existía el terreno llano.

El accidente fue inevitable; Cuando la pendiente acabó ya llevaban una velocidad tremenda y fue inevitable que al más mínimo giro el tanque se desestabilizará; El choque contra los restos de un vehículo civil, un coche, provocó que el lado derecho del tanque se levantara, y siguió haciéndolo hasta volcar completamente.

Rheena saltó antes, Vlady salió despedido con el choque, pero Balon, Etza y Eliah fueron aplastados contra el suelo al venírseles el tanque entero encima; Esté quedo totalmente bocabajo cunado finalmente se detuvo contra un edificio.

- No ha pasado, no, no, no, no, nos salvábamos... - Pitt se arrastró del habítaculo de la cabina hacia el exterior, diez minutos después. Valar no había sobrevivido, se había roto la cabeza, pero él parecía ileso y pudo salir del tanque, ponerse en pie.

Trev también estaba allí, aturdido, magullado y cojeando; ayudaba a levantarse a Sib, quien sorprendentemente había sobrevivido a estando en el cañón. Después diría que había caido sobre un jardín, amortiguando el golpe el blando terreno.

Vlady, con una grieta en la cabeza, pudó reunirse con ellos, informando de que Rheena se había roto el cuello al saltar.

Vlady, Trev, Sib, Pitt. El resto había muerto a la vez, de golpe, con violencia, en un accidente de tráfico. Era ridículo, y los cuatro estaban histéricos, asustados ¿Qué iban a hacer ahora?

- ¡Eso ha tenido que oírse en toda la ciudad! ¡Todos los putos infestados van a venir aquí! - Gritó Pitt con las manos en la cabeza.

Trev estaba llorando, y simplemente gesticuló y le dió una patada a lo primero que encontró. Sib artículo algo y finalmente se abrazo a Trev.

Vlady no estaba mejor, pero se dio cuenta de algo, su vista había captado algo fugaz. Se intentó centrar, un poco al menos, para poder fijarse; Sí.

- ¡Allí hay luz!

Aunque nadie le hizo caso, que una de las casas estaba iluminada y hacia ella se dirigió. Habían acabado en una calle amplía, peatonal, zurcada a ambos lados de jardines. De hecho el tanque se había incrustado en uno de ellos.

No estaba muy lejos, tres casas más allá; Vlady no se dio cuenta de que tenía aún el rifle láser hasta que lo tocó por casualidad. Entonces se recuperó un poco y empezó a fijarse por donde andaba; Había cadáveres allí, y cartuchos en el suelo.

Reconoció fácilmente los estragos de una escopeta, se descolgó el rifle y avanzó más cautamente.

Cuando entró en el jardín de la casa iluminada, razonó que el único motivo por el cual hubiera energía allí fuera que hubiera supervivientes, entonces chilló.

- ¡Eh! ¡¿Hay alguien dentro?! Somos soldados de la Compañía Jaguar, Sexta Compañía de las Fuerzas de Defensa Planetaria de Itzacoalt! ¡Voy a entrar, no tengan miedo!

Vlady vio cuando estaba demasiado cerca que habían reventado la cerradura, no cerrado; Empujó la puerta delicadamente con la punta del rifle láser, ahora lleno de dudas al respecto de lo que hubiera en el interior de la casa.

Lo único que vio del interior fue el cañón de la escopeta apuntándole a la cara: La cabeza de Vlady se desperdigó por todo el jardín.


El error, el fin. IIIEditar

- ¡Esto es una mierda, estás loco! ¡No era uno de ellos! ¡Estaba vivo! - Iassa se lanzó sobre el loco, desesperada y sin pretender nada lúcido; le arañó y lo golpeó hasta que esté le dio un revés con la izquierda y la hizo caer.

- Cállate zorra, sólo eres una carga. - Marius la miró desde arriba, manchado de sangre fresca otra vez y con la escopeta sujetada con una sola mano.

Keel retrocedió un poco y Lara lo miró con desprecio. Entendía su cobardía, pero era de esperarse que al menos dijera algo.

- Yo me voy, seguiré sola. - Dijo al final una vez dejo de odiar a Keel, girándose y empezando a caminar hacia la puerta que daba a otra de las estancias, donde sabían que había una ventana que podía servirles de escapatoría si caía la puerta principal.

Un segundo disparo de escopeta la paró, impactando los perdigones contra la pared por delante de ella. Muy cerca, le dio un vuelco al corazón.

- Aquí nadie se va. - Afirmó Marius, tajante.

- ¡Y una mierda, moriremos todos por tu culpa! - Gritó Iassa desde el suelo, con la mano en el moratón que pronto le aparecería en la mejilla. Al gritar salpicó sangre.

- AQUÍ MANDO YO. - Graznó de nuevo Marius introduciendo un nuevo cartucho en la escopeta, demasiado rápido como para que Lara se recuperara del pasmo y se lanzara contra él, como estaba planeando. En vez de ello, se pegó a la pared y esperó, acobardada.

- ¡Lo has matado, lo has matado! ¡Podía salvarnos! - Volvió a insistir Iassa.

- Era un soldado... - Habló al fin Keel.

- Nos habría matado y robado: CALLAOS YA. TÚ, IMBÉCIL, SAL AHÍ FUERA Y TRAE LAS ARMAS DEL MUERTO.

- ¡Si hombre, salir...! - Corrigió de inmediato al verse encañonado y un sumiso Keel se acercó encogido y tembloroso. - ...Va...vale...

- ¡No salgas! ¡Sal tú, tienes la escopeta, sabes qué vienen por el ruido, los disparos los atraerán! - Lara se adelantó con valor y ante su atrevimiento Marius se echó rápidamente sobre ella, agarrándola de la pechera con una mano y prácticamente estampándola contra la pared de nuevo, con el cañón de la escopeta en la barbilla.

- ¿QUIERES QUE LOS ATRAIGA UN POCO MÁS?


Sin mirar atrás el pringado abrió despacio la puerta asegurándose de que no hubiera nadie esperando al otro lado; Así era, todo oscuro y tranquilo. Se adelantó y se agachó a recoger el rifle láser del cadáver sin cabeza, de lo que hace unos instantes era Vlady. Se enganchó la córrea y tiró hasta que consiguió sacarla de debajo del cuerpo; Al girarse, un impacto láser le alcanzó y perforó hasta los órganos internos.

Se desplomó en el marco de la puerta, abrazado al rifle rapiñado, muerto antes de tocar el suelo.

Sib había disparado, desde uno de los jardines. Había oido el disparo, y miró a tiempo para ver el cuerpo de Vlady desplomarse. Trev no estaba en condiciones mentales de hacer nada, y Pitt no quiso escucharla, ocupado registrando el tanque en busca de a saber qué.

Volvió a disparar pero Marius cerró la puerta con un fuerte portazo.

Pero ya no importaba. Los agónicos gritos de Trev pronto informaron de que los infestados habían terminado por llegar. Después de un corto tiroteo, Pitt debió morir devorado también.

Sib decidió dispararse antes de siquiera ver la horda que se había acercado. Ya daba igual, estaban todos muertos, todo por nada, no lo habían conseguido.

...Y una casa iluminada con un cadáver caliente en la entrada, sino dos, fue un cebo irresistible. La próxima vez que su puerta se abrió, fue para dejar paso a los zombies, hambrientos y desapasionados, insensibles a cuántos de los suyos caían ante la escopeta.

Lara murió primero, cuando Marius la arrojó a la maraña de zombies para ganar tiempo y recargar. Luego fue Iassa, quien saltó por la ventana sólo para caer en brazos de uno de ellos, quien consiguió morderla. Llegó algo más lejos, dos jardines más allá, antes de tropezar y ser alcanzada.

Marius rió cuando comenzaron a comérselo vivo.


Matadlos. A todos. IVEditar

- A treinta metros. - Recordó Werner, el resto no contestó.

Toda la escuadra estaba cuerpo a tierra, entre cadáveres fríos y chatarra que en algún momento fueron vehiculos civiles.

Allí el suelo estaba agrietado y con pequeños cráteres; Los infestados muertos y desmembrados daban testigo de una lucha reciente.

El motivo de estar tumbados era que no querían desvelar su presencia demasiado pronto; Las señales que tenían delante no correspondían a infestados, estaban seguros de ello; Delante debía de haber más de aquellos enemigos, los que les dispararon en la plaza. Allí no tuvieron tiempo de comprobar quiénes eran, pero ahora sí iban a tenerlo.

Enemigos y su objetivo, una gran capilla. Construida como un ziggurat, con varios niveles y terrazas, la pirámide-capilla era un lujo arquitécnico de la cual toda la ciudad podía estar orgullosa. Ahora se presentaba como una ruina de lo que debería ser; Los jardines de las terrazas, en la oscuridad, aparecían podridos o quemados, los numerosos pendones que deberían exponer todo tipo de heráldica e inscripciones imperiales estaban vacios o ennegrecidos.

Y el detalle más escalofriante es que las dos Hermanas de Batalla que protegían el complejo y cuidaban los sacramentos estaban clavadas en sus grandes puertas, desprovistas de sus servoarmaduras y de cualquier decencia: Los infestados no habían respetado esos cadáveres.

- Lo tengo, veo uno. - Informó Fadlan, que no se molestó en apuntar con el bólter. - Varón. Lleva antifrag y un rifle láser. No distingo heráldica imperial en su uniforme.

No necesitaron ver más que uno para empezar a encenderse.

- Escuadra, alto. El escanner Auspex nos ha señalado veinte enemigos; Nos han atacado, por lo que son enemigos y traidores. No hay piedad con un traidor, ni tiene otra alternativa a morir. - El Hermano-Capellán hablaba con profundo rencor. La traición era un pecado terrible, y su profunda adversión era pegadiza. Después de todo, las doctrinas del capítulo eran implacables con ello, como todas las organizaciones imperiales.

El odio estaba creciendo en ellos, un odio díficil de controlar, empezaba a instigarles a poner fin al origen del mismo; Los Tácticos estaban empezando a perder el control y la disciplina lentamente, inspirados por el deseo de la justicia.

Sigrund siguió. - Y si vigilan la capilla, es que son profanadores ¡Han venido aquí a robar nuestro objetivo, una sagrada reliquia de los Puños Imperiales, a ensuciarlo con sus sucias manos de traidores! ¡Emperador, no podemos permitirlo ni tenemos medios suficientes para darles el castigo que se merecen, pero allí donde los vamos a enviar sufrirán una condenación eterna por esta vileza!


Fadlan se levantó dispuesto a desenvainar la espada y correr directamente hacía el enemigo que ya había visto. La necesidad de cumplir su deber le animaba a cogerlo con sus propias manos y hundirle su bendecida arma blanca; Así debía morir un traidor, viéndose ensartados por un verdadero paladín de Rogal Dorn.

Fadlan se levantó... o lo intentó, porque el puño y después el peso del Honorable Hermano Siegfried se lo impidió.

- ¡Quietos todos! - Ordenó con furia. - ¡Esa posición está bien defendida, podemos atacar desde la sorpresa! - El Campeón agarró también a Paul, pero éste pudó soltarse y se pusó en pie.

Paul disparó el bólter mientras bramaba y saltaba por encima de los restos humanos y de los vehículos.

- ¡En SU nombre venid a recibir el precio de vuestra deshonra! ¡EMPERADOR, GUIA MI MANO PARA ENVIARTE A TUS HIJOS PERDIDOS! ¡TRAIDORES! ¡BLASFEMOS!

Era cierto que había una veintena, pero lo que cayó sobre Paul no era lo que esperaban los Astartes. Aunque Paul eliminó a dos de esos soldados, una media decena de éstos le devolvieron el fuego.

Como le ocurrió a Siegfried, el Táctico sufrió una lluvía de impactos láser que impactaron en él sin pena ni gloria. Pero una explosión junto a él le hizo caer; Un lanzagranadas.

Para cuando Paul se reincorporó el resto de la escuadra ya estaba tomando posiciones de disparo para cubrirle y también reunirse con él, pero otra explosión de granada y el hecho que un misil pasó por encima de ellos, muy cerca como para estar tranquilos, y colisionó con un camión les mantuvo retenidos en la escasa cobertura que tenían.

Paul rodó y se posicionó y mató a uno de los soldados con lanzagranadas. Era equipo de Guardia Imperial, como mínimo, estaba muy claro eso; Ahora de más cerca podía distinguir claramente las pústulas y la piel mortecina.

Esos soldados habían caido en la enfermedad y la epidemia, pero no se habían descerebrado como el resto. Éstos hablaban entre ellos, se coordinaban y luchaban como auténticos soldados ¿qué estaba pasando allí?

Entonces lo vio. En la plataforma superior de la estructura asomó una figura grande, oscura en contraste al cielo. Un Marine Espacial, una blasfemía andante, un insulto a todo lo que debería a ver sido la Humanidad en vez de caer en la catastrofe de la Herejía de Horus.

La servoarmadura del recién aparecido daba la sensación de derretirse, algo se desprendía de ella cada vez que se movía; Era un líquido denso, que hasta en la distancia se dibujaba putrefacto y nocivo, desprendido por las junturas de la servoarmadura. No había símbolos, sus iconos era la decadencia y la herrumbre de las placas.

Un bólter andrajoso, pero efectivo, se alzó y disparó certeramente contra Paul; El primer impactó le atravesó la rodilla, el segundo explotó en su pecho y los siguientes debilitaron tanto el pectoral que terminaron arrojándole hacia atrás.


- ¡ADELANTE ÁNGELES DE LA MUERTE! ¡DESTRUIDLOS A TODOS! - El Hermano-Capellán Sibrund saltó de su posición apuntando al Marine de la Plaga con la pistola de plasma. Le temblaba el pulso de ira, su fervor era más acercarse rápidamente al enemigo que abatirlo durante la carrera.

Empezó sólo, disparando infructuosamente contra el Marine Traidor, pero pronto se vio rodeado de los Astartes de la Tercera Compañía, formando un temerario abánico de supersoldados avanzando entre los restos de la calle, disparando contra cualquier enemigo suficientemente estúpido como para permanecer expuesto.

Los soldados traidores no quisieron asumir más bajas, ya se acercaban a la mitad de caídos, y empezaron a retirarse. Se escondieron en el interior de la capilla, y el Marine de la Plaga volvió a desaparecer, retrocediendo en lo que debía de ser una azotea.

La escuadra se detuvo alrededor de Paul. Seguía vivo, a duras penas ¡Qué horror que no hubiera un apotecario con ellos, su semilla iba a perderse...!

- Purgar... al impuro... Destruir... los enemigos... del Emperador... Salve Su nombre... Gloria a Rogal Dorn... - Musitaba. Era evidente que Paul aún intentaba levantarse, pero su cuerpo no respondía; Apenas lograba balancearse ligeramente.

Siegfried le administró la Paz del Emperador con un disparo clemente en la cabeza; Paul murió sin soltar su bólter.


Campeones. VEditar

El portón principal siquiera estaba cerrado, así que los cinco Astartes restantes pudieron entrar impunemente. Fadlan y Ulfrid encabezaron la marcha, desplazándose Siegfried detrás para permitir colocar el lanzallamas en vanguardia.

En esta ocasión marchaban en silencio: La gran puerta de la capilla daba a un pasillo amplío para los cánones normales, a los Marines Espaciales les impedía ponerse más de dos en paralelo.

Sólo había una dirección y la siguieron. El suelo y las paredes estaban decoradas con tapices y pergaminos con rezos dedicados al Emperador; También minaretes con velas. Áquel era un lugar santo.

- Escuadra, alto. - Esta vez era Siegfried quién ordenó. Fadlan vigiló el frente mientras que el resto consultaba con una mirada al Campeón de la Tercera ¿Por qué detenerse?

Él bajo la vista. Ya no estaban pisando una alfombra, sino una sustancia pegajosa y de aspecto asqueroso, pútrido; Como un manto de pus. Siegfried se inclinó para tocarlo y se repugnó cuando se le enganchó. A partir de ahí esa... cosa empezaba a cubrirlo todo; Las alabanzas al Emperador aparecian desdibujadas y podridas mientras tal sustancia se comía el pergamino, las paredes empezaban a parecer uniformes.

La Tercera Compañía siguió, ahora temerosa de lo que podía esperarles allí dentro.

- Tened fe en Él, hermanos, pues el Emperador no permitirá que esta profanación quede impune. Venceremos y haremos justicia, barreremos éste error natural y lo que debió ser volverá a ser. - La voz del Hermano-Capellán Sibrund era tan fanática y firme como siempre, pero al resto de Astartes les llegaba su mensaje de forma más vaga de lo habitual. Ante la visión de la corrupción que al parecer se adueñaba de la capilla, las palabras de Sibrund no tenían tanto efecto.

Pero a su vez, la idea de que una capilla fuera utilizada por a saber qué tipo de blasfemía y aberración les enervaba, y ahí entraba el recuerdo de la muerte del Hermano Paul. No podían ser imprudentes, éste sí era un enemigo poderoso.

El pasillo terminó y otra doble puerta abierta servía de acceso al cuerpo principal de la capilla. La escuadra volvió a pararse; Al otro lado estarían esperándoles, y ninguno de ellos había olvidado ni el lanzamisiles ni el Marine de la Plaga.

Pero no podían dar la vuelta si el enemigo estaba justamente enfrente de ellos, ni era aceptable no afrontar la batalla ni podían esperar o buscar una ruta alternativa; Su objetivo estaba en la capilla, habían bajado al planeta para llegar hasta allí y estaban sólo a unos pasos.

- Gloria a Dorn. - Murmuró Siegfried y el resto repitió la formula. - Granadas y protócolo de asalto, no dejéis nada con vida.

Nadie discutió y se dedicaron unos segundos más para dedicarse al Emperador; Después de que el Hermano-Capellán les recordara quedamente su deber para con el Emperador, arrojaron granadas de fragmentación a la sala que tenían enfrente e irrumpieron en tromba: Siegfried junto a Fadlan delante, después Werner y Sibrund y por último Ulfrid.

La capilla principal era grande, redonda, provista de bancos y altares colocados de forma radial entorno a una gran estatua central: La estatua representaría al Emperador, una efigie digna de él, de no ser por la carcoma y la fétida sustancia que no sólo la envolvía, sino que había conseguido disolver la piedra y deformarla hasta hacer de la cabeza y el torso un muñón irreconocible.

Todo apestaba y permanecia cubierto por áquel limo asqueroso; Una tenue luz originada por unas pocas antorchas eran los únicos puntos de luz.

Trece traidores estaban esperándoles, tampoco faltó a su cita el Marine de la Plaga. Les esperaban desde buenas posiciones de disparos; Algunos usaban un cúmulo de bancos a modo de frágil barricada mientras la mayoría permanecía en un piso superior, aprovechando varias pasarelas que quedaban por encima de la capilla principal.

Tras la figura del Emperador, bien cerca del altar principal, el Marine de la Plaga esperaba bolter en alto, sin disparar.


Siegfried y Fadlan soportaron los disparos láser y se apartaron a un lado, disparando bólter y pistola para obligar a refugiarse al enemigo; Werner fue derribado por la explosión casi directa de un lanzagranadas y Ulfrid no llegó a salir del pasillo: El lanzamisiles que tanto temían disparó y su proyectil pasó entre toda la escuadra y explotó en la entrada, derribando a Ulfrid y dañando severamente la estructura, provocando la parcial demolición de la entrada. Si la servoarmadura había hecho sobrevivir a Ulfrid, que se desplomará parte del edificio sobre él lo mató.

Sibrund también cayo al suelo, hacia delante, y de haber sido algo más lento habría muerto también.

Aún sin el apoyo del lanzallamas, los heréticos no eran rivales para los Marines Espaciales, y el lanzamisiles fue silenciado rápidamente cuando asomó para disparar una segunda vez. La pesada arma cayó inofensivamente cerca de la estatua del Emperador.

Werner, con la pierna rígida por daños sufridos por la explosión anterior, avanzó hacia un lado y Siegfried al otro, a pesar del acoso de los disparos láser y de que el lanzagranadas restante seguía atormentándolos; Pretendían flanquear al objetivo realmente importante.

La única cobertura de la que disponia la escuadra eran los bancos de escasa altura y resistencia discutible, puesto que la figura del Emperador quedaba en el centro y no ofrecía una gran salvación.

- ¡PONED FIN A LA PROFANACIÓN! ¡DESTRUID AL DEMONIO, AL TRAIDOR! - Gritó el Hermano-Capellán desde el suelo; Se pusó en pie, despacio, y una vez pudó alzar su pistola de plasma volvió a tambalearse por un impacto directo de lanzagranadas: El proyectil no estalló, sólo impactó, y el capellán lo tomó como una buena señal.

- ¡EL EMPERADOR ESTÁ CON NOSOTROS!

Siegfried se animó ante la perspectiva de entablar combate contra el Marine del Caos, y avanzó más aprisa sorteando obscáculos; La espada de energía vibró y pronto sesgó las miserables vidas que se opusieron en su camino. Werner no podía seguir su ritmo, pero consiguió llamar la atención del marine de la plaga y entablaron una sarta de proyectiles fatales.

Algo favorecía al Marine de la Plaga, la puntería de Werner – aún herido – no podía resultar tan frustrante; Parecía que ninguna de las balas daba en el cuerpo del enemigo. Sin embargo, el implacable servidor del Caos no falló y pronto Werner cayó a un lado con la servoarmadura perforada en el pecho por tres puntos distintos.

- ¡ERES MÍO DEMONIO! - Siegfried saltó la última barricada y se posó cerca del rango de acción del campeón del Caos; Éste se giró hacia él y le arrojó despreciativamente el bólter para descolgarse una gran hacha de hoja oxidada que empuñó a dos manos.

- Acércate, Hermano, acércate para poder apreciar el abrazo que el Padre Nurgle te reserva. - Réplico el caótico. - Que sea conocido como Gribgy, Campeón del Señor de la Descomposición y la Herrumbre, condenó este mundo y te derrotó a ti.

Gribgy se lanzó al encuentro de Siegfried y ambos poderosos guerreros chocaron sus armas; La sagrada espada de energía no pudó quebrar el hacha, embutido de los arcanos y maliciosos poderes de un favorito de Nurgle; La pistola bólter hizo blanco a menudo, pero la servoarmadura desvió la gran parte de los disparos, y los que la atravesaron no parecieron ser un inconveniente para el sirviente de los poderes ruinosos.

Mientras ambos Campeones duelaban a espaldas de la escultura del Emperador, Sibrund y Fadlan estaban poniendo fin al tiroteo. No había muchos enemigos, y pronto se quedaron sin blancos: Rodearon la estatua apuntando en dirección al representante de Nurgle, pero no se atrevieron a interrumpir el duelo.

Dorn valoraba la esgrima y los combates singulares. Estaban presentando un duelo de unas dimensiones pocas veces emuladas, y no se atrevieron a interrumpirlo. Apuntaron y esperaron a que Siegfried y su fe derrotaran al representante del Mal.

Werner hizo un débil movimiento, indicando que aún vivía, pero no parecía capaz de ponerse en pie o recoger el bólter.

Gribgy era un combatiente temible; No era rápido, pero su precisión y su potencia eran mortales, cualquier mínimo descuido se convertía en un certero golpe que hacía saltar trozos o piezas enteras de servoarmadura; Siegfried creyo conseguir ventaja cuando lo desequilibró con un golpe de la pistola descargada, pero cuando alzó la espada para un golpe final se encontró con que Gribgy le tumbaba a él, usando su propio cuerpo para desestabilizarlo con un embiste.

Siegfried cayó hacia atrás, de espaldas, destrozando bancos y aplastando lo que hubiera bajo él; No soltó las armas y tubo tiempo de cruzarlas ante sí para impedir que un poderoso hachazo se incrustara en su torso; Tuvo que resistir la potente presión ejercida por el Campeón del Caos mientras pensaba rápidamente en una escapatoria.

Gribgy reía y rezumaba malolientes y tóxicas sustancias sobre él, seguro de su victoria. No dejo de hacerlo a pesar de que el empujón del Campeón de la Tercera Compañía consiguió alejar momentaneamente el hacha de si y atacarle; Siegfried clavo profundamente la espada de energía por el costado del heraldo de Nurgle, atravesándole hasta sobresalir por su espalda la hoja.

Impávido, Gribgy aplastó la cabeza de Siegfried con el hacha y se apartó aún con la espada clavada en el cuerpo.

Estupefactos, Sibrund y el Hermano Fadlan contemplaron la muerte de su Campeón y como Nurgle se alzaba con la victoria.

- Lo que está muerto no puede volver a morir. - Recitó divertido Gribgy, levantando su hacha por encima de su cuerpo. - ¡Mirad, incrédulos, el poder del Padre Nurgle! ¡Admirad la belleza de su obra!

Aunque Fadlan comenzó a disparar, volvió a ocurrir el mismo fenómeno que con Werner; Los proyectiles del bólter erraban, aún a tan corta distancia. Nada impidió que las sacrílegas palabras de Gribgy se distorsionaran cambiando a un tono tan grave y antinatural que hacia impesable que fueran pronunciadas por el hombre: Un hechizo, o una invocación o una corrupción, tan oscura y tan maléfica que incluso el férreo Capellán Sibrund temió estar perdiendo la locura, se cernió sobre el cuerpo yacente de Siegfried.

El Campeón de la Tercera volvió a levantarse. Prácticamente sin cabeza, se levantó. No podía estar vivo. No lo estaba.

- ¡La bendición de Nurgle ha acogido a vuestro hermano de armas! ¡Mirad, ha recibido Su abrazo y os ayudará a compartir su destino!

Siegfried, o su carcasa vacía animada por la malignidad de Nurgle, recogió su espada desclavándola de un tirón del cuerpo de Gribgy y avanzó hacia el Hermano-Capellán, amenazante y torpe. Los fuertes y descontrolados mandobles que siguieron no eran propios del Campeón, una burda imitación; Sibrund pudó esquivar con relativa facilidad, retrocediendo.

Fadlan gritó de rabia y volvió a disparar, en esta ocasión con algo más de éxito, y de Gribgy saltaron trozos de servoarmadura y pestilencia; El Hermano Fadlan siguió tiroteándole hasta que pudo acercarse y arrebatarle el bólter de un hachazo; Desesperado el leal astartes empuñó con un tirón su espada sierra y la blandió ante si con inseguridad. No iba a poder detener esa hacha.

Sibrund se las apañó bien con la sombra que era el Honorable Hermano Siegfried; Lo derribó con un poderoso golpe del Cruzius, que hizo saltar todo el pectoral de la antigua y venerable servoarmadura de Siegfried; Éste insistio en levantarse y el Capellán no tuvo más remedio que prácticamente aniquilarlo, golpeándole una y otra vez desatando todo el poder de su arma hasta que consiguió poner fin a la amenaza.

Entonces el Capellán alzó la vista y buscó a Fadlan para ayudarlo. Éste era un buen espadachin y se desenvolvía relativamente bien con el seguidor de Nurgle: Seguía vivo, evitando lo peor de los poderoso y hábiles embites del enemigo.

Cuando el Hermano-Capellán se dispusó a cargar, una voz que no esperaba oír a través del intercomunicador le detuvo.

- Al suelo. - Advirtió Werner para ambos. Sibrund no discutió y se dejo caer, Fadlan prácticamente se arrojo tras una barricada, más huyendo de Gribgy que cubriéndose.

Werner había consiguido alcanzar el lanzamisiles y ahora apuntaba al Campeón de Nurgle, quien ni le miró. El disparo cruzaría la capilla y para él no habría peligro, pero la explosión estaría muy cerca de sus dos compañeros.

Malherido y tembloroso, oró brevemente y apretó el gatillo.

El pulso le falló en el último instante, bajando demasiado el arma; El misil impactó en la gran efigie carcomida del Emperador y ´base de la estatua estalló en mil pedazos, reducida a nada; Esquirlas y fragmentos golpearon por todos lados, y Sibrund fue lanzado bruscamente contra la pared por la explosión.

Pero quedaba por acontecer un milagro: La estatua del Emperador cayó, su parte superior intacta aunque agrietada, y todo su peso recayó en Gribgy, aplastándolo horriblemente. Ya no rió más.

- Sagrado Emperador, alabado por todos. - Musitó Sibrund y Fadlan, empujando bancos para levantarse, repitió la fórmula tres veces.

Werner se giro y quedó panzarriba. Había perdido mucha sangre, y seguramente sufría importantes daños internos; Pero seguía vivo, y pronto el juicio de Sibrund le llevó a pensar que podía sobrevivir a la extracción.

- Hermano-Capellán Sibrund de la Tercera Compañía a la Flota. Extracción en la Capilla-Objetivo, confirmaremos zona segura y marcaremos con bengala. Hemos terminado nuestra misión.

Allí ya no había nada que recuperar, estaba todo podrido y corrompido. La única salida era la purga total del planeta, nunca debieron pisarlo; Nunca debieron ver lo que podía llegar a convertirse la gran obra del Emperador.

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