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Relato Certamen I: Paladín de Nurgle

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2º Clasificado en la I Edición de Relatos Warhammer


1

Mientras permanecía semiinconsciente entre los restos de material y cajas de herramientas dentro del Chimera, el soldado de primera Nervo Gedron del 56º de Callost recordaba a su hermana. No ocurría muchas veces; no porque fuera algo que quisiera olvidar, o porque no lo recordase con detalle, sino porque le dolía… Y sin poder evitarlo, los recuerdos volvían a la superficie.

2

El sol aún no acababa de hacer su aparición sobre el Monte Paladión, sólo algunos rayos de luz despuntaban por el horizonte, incapaces de derretir los pequeños cristales de hielo que se formaban durante la noche y que ahora, con el amanecer, brillaban como pequeños diamantes abandonados. En aquel monte, desde hacía generaciones, las familias de la capital de Callost acostumbraban a enterrar a sus muertos, pues se decía que desde allí, velaban por la ciudad que se encontraba en sus faldas. Una escalinata de piedra desgastada por los pasos de miles de personas, ascendía rodeando el monte haciendo una espiral poco pronunciada. El trayecto para coronar la cima era largo y cansado, pero servía para preparar el alma para aquellos que en la cima descansaban eternamente.

Por aquella escalinata, la solitaria figura de un hombre joven ascendía lentamente, sin prisa. El joven, abrigado con un chaquetón de cuero sin curtir, no dirigía ni una sola mirada hacia la ciudad, su ciudad. Con la cabeza gacha, se limitaba a contemplar los escalones de piedra, demasiado inmerso en sí mismo. Una ráfaga de viento frío le hizo ajustarse un poco más la chaqueta.

El joven pensaba en la última vez que había ido a poner una vela en la tumba de su hermana… Había pasado demasiado tiempo. Demasiadas misiones en galaxias extrañas, demasiados mundos, demasiado tiempo no vivido.

Cuando el joven llegó al último escalón, se detuvo un segundo. Junto al camino que llevaba al cementerio, crecían unas rosas rojas. Era una variedad propia de Callost, de un color carmesí muy fuerte, llena de espinas pequeñas pero muy afiladas. No solían crecer a esa altitud; se dijo a sí mismo que aquella planta silvestre era una luchadora. Como su hermana. Se acercó y arrancó con cuidado una rosa.

Le costaba un poco encontrar la tumba de su hermana, pero no sintió vergüenza por ello. Desde que se embarcó en la misión de la Cruzada Calliades no había podido volver a su planeta natal, y de eso hacía ya 4 años. El joven recorrió los nichos del cementerio, buscando con la mirada el nombre de su hermana, que finalmente encontró. El nicho, sencillo, a pesar de estar algo sucio, permanecía tal y como lo recordaba. Se acercó a la lápida y con la mano apartó algunos cristales de hielo, para poder leer la inscripción que el mismo grabó para ella. La inscripción, después de 15 años seguía legible: “Nedara Gedron. Fallecida a los 15 años. Ojalá en todos los corazones habitara la valentía que siempre mostraste. Tu hermano.”

El joven se puso en cuclillas ante el nicho, y tras esto comenzó a hablar:

- Hola Nedara. Soy yo. Siento no haber podido venir antes a verte. He estado lejos, luchando, como siempre. Hacía cuatro años que no volvía, y eres la primera con la que hablo. Recibí un mensaje de nuestros hermanos. Me dicen que quieren verme -suspiró y se detuvo un segundo-. Sé que si pudieras me dirías que tengo que ir a verles. No sé lo que haré, pero desde luego no tengo fuerzas, no me apetece fingir interés cuando no lo siento -el joven se pasó una mano por el pelo corto negro. Se detuvo un segundo, pues le costaba decir lo que sentía, pero a ella era a la única a la que le contaba lo que sentía. Y ella ya no podía contestarle-. Últimamente ya no siento nada, nada. No sé qué me ocurre. Siento como me alejo de los demás, y no lo puedo evitar. Lo único que me importaba desde que ya no estás es la Guardia, y ya incluso dudo de eso. No sé qué me ocurre. Porque lo peor no es que me empiece a alejar del mundo, sino que quizás no me importe nada que ocurra.

Del bolsillo interior de la chaqueta extrajo un encendedor y una pequeña vela traída de su última misión, comprada en un mercadillo ambulante justo antes de embarcarse para volver a su planeta. Era aromática, y a su hermana le encantaba. La encendió en el portavelas que había bajo la inscripción. Al poco de encenderla, el aroma dulce y penetrante de la vela le inundó los pulmones. Después de inspirar un par de veces continuó hablando:

- A veces recuerdo aquellas tardes en las que me ayudabas a hacer las tareas de la casa. Las echo de menos Nedara -una pequeña sonrisa asomó en sus labios-. Mañana salgo otra vez. Nos necesitan en otro lugar. Si puedes ayúdame un poco cada noche a no tener pesadillas, ayúdame en la batalla. Lo único que tengo es poder venir a hablar contigo, y no quisiera que la muerte me quitara eso. Cuando vuelva a casa, prometo que acabaré de pintar aquel mural que empezamos. Te lo prometo. Aquí te dejo esta rosa. Es de las que te gustaban.

Se levantó tras dejar la rosa junto a la lápida. Tras esto se dio la vuelta para volver a la escalinata, pero antes se detuvo un segundo y se giró:

- Te quiero, Nedara -susurró.

El sol apareció por el horizonte cuando el joven descendió el último escalón de la montaña.

3

Cuando abrió los ojos, pensó que se había quedado ciego. Todo estaba negro, opaco. Lo único que podían captar sus sentidos era un tremendo dolor por todo el cuerpo. Movió un poco el brazo y supo que no es que estuviera ciego, sino que estaba enterrado bajo una pila de lo que parecía cartón y plástico. Se revolvió y apartó todas las cajas que le cubrían el torso y mientras se incorporaba, cerró los ojos. Parpadeó varias veces para acostumbrarse a la débil luz del interior del Chimera.

Al principio no supo bien lo que estaba viendo. Veía un tanto borroso, y las formas se le antojaban difusas, pero lo que le llamó la atención automáticamente fue el color rojo. Estaba por todas partes. En el techo del vehículo, sobre los mandos del piloto y el comandante, esparcido por el suelo formando lo que parecían riachuelos… Cuando pudo ajustar un poco más la imagen, creyó ver marcas de manos que se arrastraban por aquella sustancia carmesí. Como si se tratara de sangre. De sangre…

¿Sangre?

Intentó gritar al ver aquella escena cruenta, pero el alarido murió en su garganta. A pesar del dolor que sentía por todo el cuerpo y del estado de conmoción en el que se encontraba, la razón se impuso, y esta le decía que toda aquella sangre sería de una pelea que se abría producido allí dentro, y que, si sus compañeros no estaban allí, era difícil que estuvieran con vida.

Apartó con cuidado las cajas que aún le cubrían las piernas, intentando no hacer ruido. El olor a muerte, tan familiar para Nervo, hacía aún más opresivo el pequeño espacio del vehículo. El Chimera estaba ligeramente ladeado hacia la derecha, y al ponerse en pie, se sintió completamente desorientado. Parpadeó varias veces para centrar la visión y poder alcanzar el puesto del piloto sin desplomarse. Sujetándose el costado dolorido, se acercó tambaleante, pisando los pequeños charquitos de sangre coagulada, al sillón que seguía en su sitio, dejando tras de sí unas huellas sangrientas. Se desplomó en el asiento y observó las pantallas holográficas del vehículo: la que correspondía con la parte de atrás del Chimera estaba completamente negra, la del costado derecho y la delantera emitían bien y la del izquierdo de manera intermitente y algo borrosa. El panel de conducción del vehículo estaba intacto salvo las pequeñas perlas de sangre que habían salpicado sobre los mandos. Gracias a la sangre distinguió las huellas dactilares que pertenecerían a Kane, el piloto. Intentó no imaginarse que habría ocurrido para que siguiera conduciendo a pesar de estar perdiendo tanta sangre…

Su mente estaba embotada. Le dolía a rabiar la cabeza, y al frotarse las sienes supo que se había golpeado la cabeza contra algo, pues un chichón le estaba creciendo en la parte de atrás del cráneo. No podía escuchar bien: un intensísimo zumbido le taladraba la cabeza a consecuencia del golpe en ésta. Le costaba pensar. Agachó la cabeza y se puso a mirar fijamente sus pies, para poder centrarse y valorar la situación en la que se encontraba. Se lo había enseñado su instructor durante las pruebas de ingreso en la Guardia Imperial, y Nervo nunca olvidaba una lección. Poco a poco fue aclarando su mente, y el zumbido se fue debilitando. Pero antes de poder pensar en toda aquella sangre, en sus compañeros desaparecidos, en su cuerpo molido, el Chimera averiado y sobre todo, el peligro en el que se podía encontrar, el sonido de una voz le llegó desde el exterior. Era un grito.

Nervo se incorporó rápidamente a pesar de que un acceso de vértigo le llenó los sentidos de nuevo. Se acercó a la escotilla abierta y comenzó a subir por la escalerilla, pero a medio camino se detuvo. Allí también había marcas dactilares que alguien, perdiendo sangre, había dejado en su intento por salir. Pero al fijarse detenidamente, Nervo se dio cuenta de que si alguien quiere subir por una barandilla, las marcas quedan en la parte inferior de los barrotes, no en la parte superior. Alguien había sido arrastrado al exterior, y ese alguien había luchado por impedirlo. Se separó de la escalerilla y buscó rápidamente su rifle láser por todo el desorden del Chimera. Lo encontró bajo una caja de provisiones vacía cerca de donde había despertado. Lo tomó en brazos, comprobó que estaba cargado y se acercó de nuevo a las pantallas holográficas. Buscó nervioso el origen de aquel grito en las pantallas, pero fue en vano. Quien quiera que fuera que hubiera gritado, se encontraba en el punto ciego del Chimera, la parte trasera.

Nervo se acercó lentamente a la escalerilla. Se detuvo un momento cuando un nuevo alarido le llegó acompañado por otra voz. Se notaba la mente mucho más clara que hace un momento. Trepó por los barrotes con una sola mano, mientras que con la otra sostenía su rifle láser. Notaba el aire un poco más frío del exterior. Solo alcanzaba a vislumbrar el cielo lleno de nubes que siempre cubría el cielo de aquella zona del planeta. Llegó a la escotilla abierta, que parecía arrancada de cuajo, y, centímetro a centímetro, se asomó al exterior. Lo que vio le dejo petrificado.

Sus compañeros formaban un pequeño montículo mortuorio sobre un carro tirado por un animal mezcla entre buey y elefante que no supo identificar. Todos excepto uno. Kane. Al instante lo reconoció como aquel que había gritado hacia unos segundos. Éste, sangrando por numerosas heridas que le empapaban el uniforme, estaba tirado frente a un servidor del Caos. Pero Nervo sabía que lo que había hecho gritar a su compañero no había sido el servidor, sino las criaturas que le escoltaban.

En su mente Nervo denominó perros a aquellas dos criaturas, pero se debía a falta de un nombre mejor. Se encontraban dando vueltas alrededor del servidor. Sus garras acabadas en largas uñas parecidas a guadañas se hundían profundamente en el barro putrefacto, dejando marcas amenazadoras tras de sí. Sus cuerpos eran fibrosos, con los músculos fuertemente marcados bajo su piel violácea. De la parte superior de sus lomos surgían crestas carmesíes que parecían estirarse y relajarse con la respiración de aquellas bestias surgidas de la peor de sus pesadillas. Poseían una larga cola puntiaguda que azotaba el aire continuamente. Sus cabezas, también rematadas en una cresta, poseían unas orejas membranosas que parecían capaces de moverse en cualquier dirección. Sus ojos eran negros, sin vida. Sus fauces repletas de colmillos puntiagudos exhalaban nubes de vaho caliente. Nervo sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y sujetó con más fuerza su rifle láser. No parecía que ninguno de los allí reunidos hubiera reparado en su presencia, y desde su posición escondida, escuchó lo que el inmundo servidor del Caos hablaba con Kane:

- Nadie va a venir a ayudarte, escoria, así que deja de gritar ya. Me estoy empezando a cansar de tus lastimeros aullidos -decía aquel servidor del Caos a través del aparato que cubría la mitad inferior de su rostro, y que hacía que su voz sonara hueca, muerta. Tenía la piel blanquecina y apagada. De su cráneo surgían unos lacios mechones de cabello grisáceo. En sus manos sostenía lo que parecía una tabla de datos. Aquellas bestias giraban a su alrededor y miraban hacia su compañero amenazadoramente mientras el servidor continuaba-. Como te he dicho, si me ayudas, tu muerte será tan rápida que tu alma estará en manos de los Dioses Oscuros antes de darte cuenta.

- ¡Que te jodan! ¡No pienso decirte nada, hijo de puta! -le gritó desde el suelo Kane. A continuación, a pesar de la pérdida de sangre y de la agonía que estaría sintiendo, se incorporó y escupió a los pies del servidor-. Esto es lo único que estoy dispuesto a darte. Me das asco, hereje.

El servidor del Caos movió negativamente la cabeza, visiblemente disgustado.

- Es tu última oportunidad. Dime donde están vuestros campamentos -amenazó el servidor dando un paso hacia Kane. Los perros bestiales se pusieron a los lados de Kane, enseñando los dientes.

- No, hereje -se negó Kane firmemente mirando directamente a los ojos al servidor del Caos. Este enseñó sus dientes puntiagudos en una sonrisa sádica.

- Matad a este servidor del Dios Cadáver -ordenó a las bestias con su voz muerta.

Antes de que Kane pudiera siquiera gritar, las bestias se abalanzaron sobre él, una arrancándole la cabeza de un mordisco, la otra destripándole, atravesando sus entrañas con pasmosa facilidad. Su cadáver quedó tirado sobre un charco de sangre que la pantanosa tierra absorbía rápidamente, como nutriéndose de ella. A Nervo le subió una arcada de asco hasta la garganta al ver el cuerpo destrozado de su compañero, pero en el último segundo la contuvo. Volvió a asomar la cabeza pero un objeto sobre el Chimera llamó su atención.

Era una estatuilla de metal negro, pulido y brillante, de unos quince centímetros que representaba a un hombre muy obeso, con una tripa enorme, y unos brazos rollizos, sentado sobre una especie de sillón. Automáticamente lo recogió, sin saber muy bien qué es lo que era, y se lo guardó en un bolsillo del uniforme. Si era de aquel servidor del Caos, se acababa de quedar sin él. Volvió a asomarse por la trampilla y contempló como las bestias arrastraban el decapitado cuerpo de Kane hacia el carro, junto al cual se encontraba el servidor, que de repente, quizás por suerte o por intuición, levantó la mirada de su placa de datos y vio lo que parecían unos ojos asomándose por la trampilla superior del Chimera. Durante unos segundos, ambos se quedaron petrificados.

* * *

Herkal, el fiel servidor de Padre Nurgle, lanzó un alarido señalando hacia la parte superior del Chimera que las bestias habían atacado, mientras que la trampilla del vehículo se cerraba de golpe. Las bestias abandonaron el cuerpo descabezado de aquel descreído adorador del Dios-cadáver, y se acercaron gruñendo en dirección al transporte de tropas imperial, que se había puesto en marcha, haciendo temblar la tierra de alrededor. Se le había escapado un soldado, y se dijo que más tarde debería reprenderse por su torpeza adecuadamente, pero de momento, ese soldado que les había observado desde el vehículo iba a verlo sufrir a sus pies. Primero por ocultarse y dificultar su divina tarea para con el Padre Nurgle. Segundo, pero no menos importante, por creerse capaz de escapar de su merecido castigo. Nadie escapaba a su castigo, y aquella escoria imperial no iba a ser menos.

Las bestias rodearon el vehículo, como intentando hacer salir al imperial con su sola presencia, pero las orugas del Chimera comenzaron a girar rápidamente, lanzando el barro y restos orgánicos que componía el sustrato de aquella zona del planeta por todos lados. Herkal se cubrió el rostro, alejándose unos pasos. El transporte de tropas aceleró hacia delante como un toro desbocado, derrapando por aquel terreno siempre húmedo, que se resistía a las férreas cadenas del vehículo. Las bestias rugieron con rabia, tensando los músculos, a la espera de una orden por parte de su amo.

- ¡Que no escape! ¡Traédmelo vivo para que pueda enseñarle la verdadera naturaleza del dolor! -ordenó Herkal sin dejar de señalar al vehículo que se alejaba lanzado a toda velocidad. Las bestias obedecieron al instante y salieron en su persecución como un resorte.

Sus bestias no fallarían. Aquel imperial estaba muerto, pero aún no lo sabía. De momento, Herkal debía dedicar se atención a otros asuntos de mayor importancia. Mientras las bestias y el vehículo se alejaban en la lejanía, Herkal, discípulo y fiel servidor de Nurgle, buscó en su bolsillo la estatuilla de metal negro, pero ahí no estaba. Intentando no sucumbir al pánico, rebuscó en toda su túnica, y a continuación en el carro que transportaba los cuerpos sin vida de los imperiales. Tampoco estaba.

Intentó no ponerse a temblar al recordar cuál era el otro lugar donde había estado en los últimos momentos antes de interrogar al soldado decapitado, y se dijo a sí mismo, que si sus bestias no regresaban con aquella escoria imperial, no tendría una vida lo suficientemente larga como para arrepentirse de su error. Haría lo que hiciera falta para poder recuperarla. Lo que hiciera falta.

4

Otro crujido del metal al ser golpeado resonó en los laterales del Chimera. Avanzaba a toda la velocidad que le permitía el transporte. No era ningún vehículo de exploración, que atravesaban grandes distancias gracias a su pequeño tamaño, maniobrabilidad, falta de armamento y blindaje, pero a pesar de ello Un Chimera podía ser bastante rápido, y lo podría ser mas si no fuera por aquel terreno cenagoso, que dificultaba que las orugas se sujetaran con fuerza al terreno, haciéndole deslizarse con cada pequeño desnivel del terreno. Y encima aquellas bestias estaban decididas a destrozar cada parte del transporte.

Una de ellas estaba enganchada en un lateral, e intentaba atravesar el blindaje con sus garras. Nervo sabía que aquello era casi imposible, pues el Chimera poseía unas placas de blindaje adicional instaladas hacia poco que harían imposible esa tarea. Pero lo que preocupaba a Nervo no era esa bestia, sino la que se encontraba sobre el Chimera, intentando abrir la trampilla; podía oírla haciendo palanca para hacer saltar la trampilla. Antes de arrancar, Nervo consiguió atrancarla, pero no sabía hasta qué momento duraría así.

Nervo conducía lo más rápido que podía, dando bandazos y giros repentinos, intentando hacerlas caer del vehículo, sin éxito. No había conducido más que un par de veces un Chimera, y fue durante su instrucción, por lo que desconocía la gran mayoría de teclas y palancas que había en el puesto del piloto. Se guiaba gracias a las dos pantallas holográficas que continuaban intactas, desde donde podía ver los intentos de uno de aquéllos perros bestiales por introducirse a través de la abertura que permitía disparar desde dentro a los soldados de la Guardia Imperial. Introducía sus garras a través de ese pequeño hueco, y comenzaba a abrirse paso, pero el hueco era demasiado estrecho para él. Nervo intentó poner en marcha la torreta turboláser que había sobre el Chimera, desesperado, pues sabía que de un momento a otro la trampilla cedería. Desde el puesto del piloto no sabía cómo hacerlo, no conocía tan a fondo los controles. Sólo podía hacer una cosa.

* * *

La bestia tiró con sus increíbles fuerzas de la trampilla, lanzando rugidos de rabia a la vez que intentaba no caerse del vehículo. El viento le azotaba y le obligaba a pegar su cuerpo musculoso al techo del Chimera, para evitar ser arrastrado en un movimiento repentino. Finalmente sintió como la trampilla comenzaba a ceder, y con un rugido de satisfacción la arrancó de sus engranajes. Pero justo cuando se disponía a entrar y capturar a su presa, un chasquido metálico le hizo girar su horrible cabeza hacia su derecha.

La bestia era rápida, pero no lo suficiente como para poder esquivar el torrente de rayos láser que desató la torreta turboláser sobre él. Intentó aullar, pero no tuvo tiempo. Automáticamente quedo partido por la mitad, lanzando su cuerpo en diferentes direcciones, dejando sólo sus garras clavadas en el vehículo.

* * *

Nervo no pudo celebrar que había acabado con una de las bestias, pues al cambiar el asiento del piloto por el del comandante para poder disparar la torreta turboláser, había dejado la dirección del vehículo a su suerte. El Chimera, sin conductor y a una velocidad de vértigo, se estrelló contra un saliente rocoso con una fuerza tremenda, deteniéndose, y lanzando a Nervo contra las pantallas del puesto del artillero. Consiguió no golpearse en la cabeza, pero a cambio se destrozó el hombro, ya de por sí dolorido.

El motor del Chimera se detuvo con un sonido ahogado. Nervo se incorporó sujetándose con el brazo sano en el lateral del vehículo lleno de sangre y material desperdigado, buscando su rifle láser desesperadamente. Lo encontró. Estaba al otro lado del Chimera. Y desde la trampilla, apareció la bestia superviviente, entrando al interior, jadeante, arrastrando una pata trasera, pues el impacto del transporte también le había pasado factura. A pesar de ello, sus garras seguían siendo capaces de desmembrarle de un solo movimiento. A Nervo de cerca le pareció mucho más amenazadora que la primera vez que la había visto. Desprendía un olor a muerte, terrible y caliente. Retrocedió un paso. Estaba acabado.

* * *

La bestia se quedo a menos de dos metros de Nervo, como si estuviera pensando la mejor manera de acabar con él. Su amo había dicho que lo quería vivo, pero había matado a su hermano de camada. Se merecía la muerte. Sin dudarlo un segundo más, saltó con las garras parecidas a guadañas por delante hacia la cabeza del imperial.

* * *

Nervo creía que había llegado su fin. Y sin pensar en lo que hacía ni porqué, metió la mano en su bolsillo y extrajo la estatuilla de hierro negro. La asió en su mano derecha, y la sintió caliente al tacto, cuando al recogerla estaba completamente gélida. Ya no podía hacer otra cosa. Iba a morir. Levantó la estatuilla hasta situarla a la altura de su cabeza, y cerró los ojos, a la espera de sentir como las fauces de aquella bestia se cerraban en torno a su brazo. Se preguntó si sentiría dolor, como su hermana, o simplemente moriría sin saber que había ocurrido. Pero el ataque nunca llegó.<

Nervo abrió los ojos y se encontró a la bestia arrinconada, gimoteando en la esquina del Chimera donde se había despertado hacía poco. Sin dudarlo un segundo, alcanzó su rifle láser y descargó el cargador entero sobre la bestia.

5

Comprobó que no se había roto el hombro, pero aún así le dolía a rabiar. Se hizo un cabestrillo con el kit de primeros auxilios del Chimera y arrastró hasta fuera el cuerpo sin vida de la segunda bestia, por la rampa trasera. Regresó al interior y se arrodilló junto a su mochila. Rebusco en su interior y entre los mapas, raciones alimenticias, cargadores para el rifle láser y demás, encontró las dos cosas que buscaba. La primera era un cuchillo de combate de treinta centímetros de largo, de doble filo y empuñadura de cuero, un cuchillo pensado para el combate cuerpo a cuerpo que nunca le había fallado. Lo besó en la hoja. Era un cuchillo que había pertenecido a su hermana, y para Nervo, era su talismán. Allá donde fuera, su hermana estaba a su lado.

Lo segundo era sus dos enormes revólveres del calibre 45. Eran antiguos, pues hacía centenares de años que no se fabricaban, sobretodo siendo de munición sólida, por eso los guardaba celosamente. Los consiguió en un concurso de puntería con pistola cuando tenía dieciocho años. Nunca presumía de ello, pero sabía que era un tirador inigualable con esos revólveres. Podía desenfundar a una velocidad increíble, casi tanto que había quien afirmaba que no disparaba apuntando, sino que lo hacía por intuición. Realmente ni él mismo lo sabía. Lo importante era que nunca fallaba.

Nervo puso en marcha el Chimera, sabiendo que tenía que alejarse de allí cuanto antes. Mientras conducía, extrajo de su bolsillo la estatuilla. No sabía qué es lo que era aquella estatuilla de hierro que había cogido en el techo del Chimera, pero estaba seguro de que aquel hereje estaría encantado de recuperarlo. Nervo no le haría ese favor.

No quería pensar en lo ocurrido con aquella segunda bestia. No sabía porque lo había hecho, pero aquel simple gesto le había salvado la vida. Pero no era sólo eso. La criatura no sólo se quedo quieta, sino que lo que vio en su rostro le parecía incomprensible. Parecía tener… ¿Miedo? ¿A la estatuilla?

A él solo le parecía una estatuilla normal. Tenía que haber pertenecido a aquel servidor del Caos. La habría olvidado cuando aquellas bestias atacaron su Chimera. Supuso que él se había salvado al quedar enterrado bajo aquella pila de cajas. Pensar que ya había salvado la vida por unas cajas y por una estatuilla. Parecía ridículo.

Pero esa mirada. La estatuilla había demostrado poder sobre aquella bestia. La miró detenidamente. Parecía representar a uno de los Dioses del Caos. Por lo que les contaban del Caos, supuso que pertenecería a Nurgle. La figura mostraba una tripa inmensa y unos brazos como jamones. ¿De verdad podía tener poder una mera estatuilla de un Demonio? Sobre todo del Demonio de las enfermedades. Al pensar eso su rostro se ensombreció.

Pensar en enfermedad siempre le recordaba a su hermana. La recordaba en las últimas fases de su enfermedad. Recordaba el olor dulzón que desprendía, su piel cerúlea, y sobre todo las pústulas que ocupaban casi todo su cuerpo. Nadie podía acercarse a ella. Su hermana había muerto sola en una habitación estanca, mientras Nervo la observaba desde fuera, derramando lágrimas en silencio. Nunca pudo acercarse a ella cuando sufría. Si no se contagiaría. Se recordaba gritando que no le importaba, que quería estar con ella.

El pasado…

Dejó vagar su mente un rato en los recuerdos mientras oscurecía.

* * *

Al rato se dio cuenta de que la mirada se le desviaba hacia la estatuilla. Sin pensarlo un instante, la guardó de nuevo en su bolsillo. El Caos tenía muchas maneras de llamar a los hombres, y Nervo no era tan incauto como para pensar que él era inmune a aquella llamada.

Nunca había sentido demasiado apego hacia el Credo Imperial cuando era un adolescente. La gente le contaba que rezar le proporcionaba un poco de paz, de bienestar. Él les escuchaba y asentía, pero en realidad no entendía cómo podían encontrar la estabilidad soltando una serie de letanías que como mucho servían para tranquilizarse un poco. ¿Pero encontrar la paz? Eso no se lo creía. Detrás de los encendidos sermones que los predicadores imperiales se afanaban en exclamar a los cuatro vientos, Nervo entendía una necesidad imbécil de entender el mundo, cuando, como había descubierto tras la muerte de su hermana, era imposible de entender. Sabía que sus pensamientos se podían calificar de heréticos; si en un acceso de locura se le ocurriera decir en voz alta lo que pensaba, seguramente acabaría el día con una bala en la cabeza y un bonito vestido de plástico. Si acaso. Por ello siempre se cuidaba de asistir a las misas mínimas y realizar los rituales necesarios de alabanza al Dios-Emperador. Y cada vez que lo hacía, no podía evitar quedarse con un regusto amargo en la lengua; quizás por saber que no actuaba de acuerdo a su opinión, pero prefería eso a renunciar a su vida. No es que no creyera en el Emperador, sino que no creía en su divinidad. Para él, como para la mayoría de los Marines Espaciales, el Emperador era un hombre excepcional e inigualable. Pero un hombre. Confiaba más en la seguridad de sus revólveres y de su cuchillo que en los rezos.

Se alegraría de poder deshacerse de ella cuanto antes. Sí, en cuanto llegara, se la entregaría a sus superiores.

Tenía que llegar cuanto antes a la fortificación donde se encontraba el resto de su unidad. Tenía que contarles lo ocurrido, y entregar la estatuilla. Había intentado ponerse en contacto con su unidad, pero la antena de comunicaciones se había roto no sabía exactamente cuándo. Aunque en aquella zona del planeta, las comunicaciones nunca eran buenas debido a las nubes que encapotaban permanentemente el cielo, creando un estado que no era ni día ni noche. Y precisamente por eso había salido con la escuadra a la que pertenecía en aquel Chimera. Debían traer un informe de un campamento situado a 100 kilómetros que había dejado de comunicarse con ellos hacía tres días. No tenían ni idea de su suerte, y Nervo, tras lo que le había ocurrido a él, se esperaba lo peor.

Condujo hasta que se sintió agotado. Paró el vehículo y se acurruco en una esquina de éste. Extrajo la estatuilla de nuevo. A él no le parecía algo malo. Le había salvado la vida. La tenía que devolver. Aunque no era lo importante.

Aquella noche Nervo no durmió nada.

6

Amanecía.

Se encontraba a menos de veinte minutos de su campamento. Estaba agotado. Tenía el cuerpo cubierto de moratones, cortes y podía mover muy poco el brazo izquierdo. Ante él se extendía el mismo terreno que hacía dos horas. Le quedaba poco combustible en el depósito, y empezaba a notar que su límite estaba cerca. Cada vez le costaba más mantener la mirada fija en las pantallas holográficas. Los párpados le pesaban. Le pesaban. Poco a poco, lentamente, Nervo cerró los ojos. El transporte se detuvo.

* * *

Se despertó al escuchar un susurro. Le había parecido la voz de su hermana. Pero su hermana estaba muerta, muerta por una enfermedad que la había alejado de él, y allí estaba solo. Se había quedado durmiendo sobre el panel de conducción, con el motor encendido, y el poco combustible que le quedaba se había agotado. Se frotó los ojos para despejarse. Aún faltaban unos 4 kilómetros para llegar al campamento. Tendría que hacer el resto del camino a pie. De repente, una de las pantallas holográficas captó su atención.

Eran centenares, miles, y miles de criaturas. Formaban una marea verde pestilente, que caminaba arrastrándose sobre sus vientres hinchados, caminando torpemente, arrastrando pesados cuchillos oxidados y garrotes tras de sí. Eran unas criaturas grotescas, deformes, algunas con lenguas, largas y bífidas, con cuernos retorcidos, con el cuerpo lleno de pústulas hinchadas que reventaban, al estar colmadas de pus sanguinolento. Y todas, todas se acercaban, rodeando al Chimera de Nervo.

Este, casi petrificado, se lanzó en un intento inútil hacia el comunicador.

- ¡Puesto avanzado Tertius, 56º Regimiento de Callost, aquí el soldado Gedron! ¡Me encuentro en el cuadrante cinco, siete, siete, dos, nueve, por favor, necesito ayuda urgente!

Nadie respondía, sólo la estática. Nervo se sintió impotente. Las criaturas continuaban acercándose, inexorablemente. Nada podía detenerlas.

- ¡Quien sea, joder! ¡Si alguien me escucha, por favor acudan al cuadrante cinco, siete, siete, dos, nueve!

Tiró el comunicador contra el suelo, desesperado, sabiendo que iba a morir estando tan cerca de su campamento, tan cerca de la ayuda. Pero nadie podía escucharle. Nadie. Estaba solo. De nuevo. Se sintió como aquella tarde en la que murió su hermana. Ya nada podía hacer. Aquella vez murió su alma. Esta vez, le tocaba el turno a su cuerpo.

- ¿Hay alguien ahí? -sonó una voz muy débil desde el aparato de comunicaciones.

Nervo sintió como el estómago le daba un vuelco. Se lanzó a recoger el comunicador, y habló casi aullando de felicidad.

- ¡Sí! ¡Sí! ¡Joder, sí! ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!

- Le recibimos muy débilmente soldado, pero hemos recibido su situación y una patrulla acaba de salir en su dirección. Espere a que lleguen.

- ¡Estoy rodeado de miles de seres del Caos! ¡No tengo tiempo! ¡Tienen que llegar ya!

- Van lo más rápido posible soldado. Resista el tiempo suficiente. La ayuda esta en camino. Resista Nervo Gedron. Resista.

7

Sabía lo que querían. Venían a por aquella maldita estatuilla. No se pensaban detener hasta conseguirla.

Nervo no pensaba entregarla. Le habían dicho que resistiera. Y eso haría.

Aferró los controles de disparo del Chimera. No tenía siquiera que apuntar. La masa de monstruos era demasiado grande. Parecían moverse como uno solo, y ya estaban a menos de cincuenta metros del Chimera. Resistiría.

Apretó los controles de disparo, y descargó una lluvia de fuego láser sobre aquellas criaturas putrefactas, reventando sus cráneos cíclopes, sus estómagos hinchados, matando y destripando a decenas de ellos. Las criaturas emitieron un sonido gutural, como un canto de muerte, que se le clavó en la cabeza a Nervo, haciéndole castañear los dientes. Le parecía que cantaban algo. Algo para él.

"Es tuya. Esa estatuilla es tuya Nervo."

Agotó toda la munición de la torreta turboláser, destrozando centenares de criaturas, pero sin poder detenerlas. Continuaban su avance sobre sus semejantes muertos, cantando, cantando su horrible música. La música no le dejaba pensar, no le dejaba pensar. Tenía que seguir luchando, tenía que defender aquella estatuilla. Era suya. Suya. Esas criaturas no se detendrían. Sólo tenía que aguantar hasta que viniera la ayuda, y entonces nadie se la arrebataría jamás.

"Es tuya. Esa estatuilla es tuya Nervo."

Subió a lo alto del Chimera.

"Es tuya. Esa estatuilla es tuya Nervo."

Sí. Era suya. Suya.

8

Todos los tripulantes de aquella nave de provisiones se miraron asombrados. Habían recogido a aquel hombre de encima de un Chimera destrozado, en medio de la nada. Solo decía que aquella mujer del comunicador le dijo que vendrían. Y que era suya.

Nadie supo decir a qué mujer se refería. Pues no había comunicaciones por aquella zona desde hacía días. El centro de mando había perdido su antena de comunicaciones. Supusieron que sólo sería un pobre chalado.

9

Nervo sabía que dentro de poco se reuniría con su hermana. Papá Nurgle se lo había dicho.

AutorEditar

Roland Gilead

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