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Relato Certamen I: Los Vigilantes

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Adam XV-56 había esperado en su lugar, junto a otros cientos de hombres en la antesala del Inseminarium. Tras escuchar la señal había abandonado a Eva XV-56, su Eva, en el lecho. Había sido su primer encuentro, y tras tres turnos carnales las posibilidades de haber quedado fecundada tenían que ser bastante altas. Eso esperaba, y había pasado el tiempo de pie, en su lugar, dándole vueltas una y otra vez a los extraños ruidos que había emitido su Eva durante su encuentro y a las posibilidades de tener un vástago. Tan solo lo alteró unos instantes el momento en el que los guardias se llevaron a rastras a otro Adam. Aquel desdichado gritaba sin parar… y sin remedio.

-Dicen que ha quebrantado la norma, y no quería soltar a su Eva. Me han contado que sintió –le susurró el hombre que tenía a su lado. -Supongo que será eliminado –le respondió con el tono más monocorde que pudo.


-Eso espero. “El sentir es el comienzo del morir” –recitó el otro. -Lo es. Una vez que todos los Adames tomaron sus posiciones una nueva señal sonó y las grandes puertas del Inseminarum se abrieron. El implacable sol lo cegó tan pronto como abandonó el lugar y se adentró junto a su compañero Adam AB-8 en las anchas calles de la ciudad de Vigilia. Adam AB-8 se mostraba como siempre. No parecía afectado por el encuentro con su Eva. A primera vista era similar a él y al resto de Adames (al igual que todas las Evas) pero su número le cubría toda la frente, y además todos los Vigilantes, los habitantes de Vigilia, sabían diferenciarse. Sabían identificar a sus más cercanos por alguna razón que nadie sabría explicar. De hecho, nadie se molestaba en buscar las razones. No era importante. No era algo a tener en cuenta. -¿Sabes? Creo que mi Eva ha disfrutado muchísimo con nuestro encuentro – le dijo a su compañero. Adam AB-8 se paró y le miró seriamente. -Sabes que es una tarea que deberemos desempeñar una vez cada luna azul hasta que fecundemos a nuestras Evas y nuestro nombre pase a ser el de “Padre”. Sabes que los encuentros del Inseminarium tienen un solo objetivo –le replicó severo.


-Sí, sí… “…asegurar nuestra descendencia, y la supervivencia de la próspera y perfecta sociedad de Vigilia” –le recitó a su amigo uno de los dictados del Liber Próspero. Era el compendio de normas y valores que todos aprendían desde pequeños.


Tras una conversación de poca relevancia sobre su futuro como padres y el papel que deberían asumir al llegar a ese nuevo ciclo de sus vidas, llegaron al vigésimo octavo cruce del barrio dormitorio número 8. Adam XV-56 se despidió de su compañero y prosiguió su camino hasta su barrio: el número 56. Allí se encontraba el cubículo en el que convivía con su progenitor, Padre XV-56. -Adam –le saludó su padre tan pronto como apareció por la puerta. Lo abrazó respetuosamente, ni demasiado fuerte ni excesivamente suave.- Hoy es un gran día. Has dado otro paso más en tu crecimiento.


-Sí, padre. Pero… ¿volveré a verla? –No podía quitarse esa pregunta de la cabeza.


-Si todo ha ido bien, no. Así ha sido desde siempre. Así sucedió con mi padre, y el padre de mi padre, y el padre del padre de mi padre… Así ha sido para todos los Adams XV-56.

–Su padre no lo había soltado de sus brazos.- La inseminación tan sólo es un trámite. Cuando tu vástago aprenda a caminar, si es varón, dejará a Madre XV-56 para que tú lo cuides.


-Pero, yo querría volver a hablar con Eva. Quiero conocerla. Padre XV-56 soltó a su hijo al tiempo que su cara se cobraba un gesto más duro que el granito.


-¡Silencio! ¿Cómo puedes decir algo así? Después de todo lo que has aprendido; de todo lo que te he enseñado… Ahora comentes sacrilegio escupiendo en las palabras de nuestros salvadores.


-No… solo es que…


-¡Silencio! ¿Acaso no recuerdas que la nueva forma de vida que se nos enseñó fue para librarnos del infierno? ¿No te he contado miles de veces cómo nos libraron de la esclavitud y el dolor los Grandes Guerreros Metálicos? -Padre… Padre XV-56 no quería escuchar a Adam. Ni siquiera le miraba a los ojos. Parecía mirar a través de él .– Al poco de llegar en gigantescos barcos para surcar las estrellas, nuestros ancestros fueron esclavizados por demonios. Fueron torturados y masacrados a millares… Durante generaciones sufrieron dolores y pesares inconcebibles… Hasta que llegaron del cielo los Grandes Guerreros Metálicos, comandados por un líder de poderes ilimitados. Arrasaron a los demonios y a sus esbirros… Aniquilaron hasta a la última criatura infecta que se había hecho con nuestra tierra. Y nos liberaron. Adam XV-56 sabía que no tenía nada que hacer. Al fin y al cabo su padre tenía razón, y se lo debían todo a aquellos guerreros de hierro. -Sí, padre, y nos enseñaron una nueva forma de vida para que los demonios no regresaran. No debemos sentir, la mancha psíquica no debe existir en Vigilia, y así seremos libres.


-Di la oración, Adam.


-“Y ellos estarán siempre cuidándonos. Porque son nuestros salvadores”.


-“Y nosotros vivimos en Vigilia. Y somos los vigilantes” –recitaron ambos al unísono. La conversación en la casa de los XV se vio sorprendida por varias detonaciones. A lo largo de las incontables calles de Vigilia resonaron los impactos de varios objetos que se estrellaban en la zona de las factorías. Un conato de miedo se abrió paso en el corazón de Adam XV-56, pero enseguida desterró aquel sentimiento; no debía sentir nada. Sentir era el comienzo de morir.


-Algo va mal, Adam.


-¿Invasores?¿Los demonios?


-O nuestros salvadores. Algo ha venido desde el cielo.

–Su padre se mantenía tan sosegado como siempre. Padre XV-56 corrió a coger el rifle que guardaba en el arcón de metal de la entrada de su cubículo convivencial. Volvió con su hijo sin perder de vista el tramo de calle que se avistaba desde la única ventana del domicilio.


-Adam. Ve a tu puesto de trabajo. Algo ha ocurrido y debes estar allí.


-¿Y tú, padre? -Yo seguiré los planes de emergencia y me concentraré con el resto de padres del barrio en la plaza 56. Adam XV-56 asintió con un rápido movimiento de cabeza y corrió a la puerta. En la calle se encontró a muchos de sus vecinos. Nadie parecía excesivamente nervioso, a pesar de que estaba claro que alguna tragedia había sucedido o estaba a punto de ocurrir. Corrió en dirección al centro de Vigilia, a Torre Atalaya. Él y sus compañeros de la torre eran los encargados de vigilar la ciudad y de custodiar la señal Última.


A pocos kilómetros del barrio 56, en pleno centro del complejo de fábricas de Vigilia, varias decenas de siluetas enormes se dibujaron entre el polvo y el humo que habían provocado las cápsulas de desembarco al estamparse en edificios y calles. Eran humanos gigantescos, enfundados en armaduras metálicas de color azul. Se fueron uniendo por escuadras, al tiempo que la muchedumbre se reunía a su alrededor. -¿Señor? –preguntó por la señal interna uno de los Ultramarines.


-Mantengan posiciones. La misión la dirige el inquisidor Roukh Opensiaris.


En ese mismo momento el círculo de trabajadores de las factorías que los rodeaba tuvo que ensancharse rápidamente, al tiempo que aterrizaba una Thunderhawk.

El gigantesco vehículo aterrizó pesadamente sobre los escombros que habían desperdigado por el lugar las cápsulas de los marines espaciales. La compuerta trasera se abrió y una figura humana casi tan grande y corpulenta como la de un Astartes bajó pesadamente, seguido de un séquito de querubines y servidores de aspecto androide. Los habitantes de Vigilia que se habían reunido en torno a los visitantes se arrodillaron al ver al inquisidor. Roukh Opensiaris caminó hacia delante, seguido por su escolta de ayudantes. Un murmullo se propagó entre los trabajadores de Vigilia. “¡Era su salvador!¡Él y sus Grandes Guerreros Metálicos habían regresado!” Ninguno de aquellos habitantes de Vigilia se percató de la nueva cápsula que se acercaba a gran velocidad hacia el lugar. El habitáculo de metal impactó entre parte de la multitud, aplastando a muchos, y lanzando por los aires a otros, en una nube de sangre, huesos, vísceras y escombros, al tiempo que se hundía en el asfalto, abriendo un nuevo cráter. Nadie salió corriendo.

El embelesamiento ante los visitantes era demasiado grande como para temer por sus vidas. Además, el miedo no era un sentimiento que se podían permitir, y menos ante su salvador. La de que eran los Grandes Guerreros Metálicos se convirtió en certeza cuando las compuertas de la cápsula cayeron pesadamente y el dreadnought del hermano Vandelius salió de su interior. El inquisidor se quitó una esquirla de hueso que se le había clavado en el pómulo e hizo un gesto al sargento Alexandrus para que se le acercara. El gesto de Roukh Opensiaris se mostraba tranquilo y relajado, pero sus ojos ardían de odio, como siempre.


-Alexandrus. Hemos aterrizado a unos cuantos kilómetros de nuestro objetivo. Abrámonos paso hasta la torre central de la ciudad cuanto antes. Utilicen toda la fuerza necesaria para aniquilar a todo habitante que nos encontremos en nuestro camino. -¿Todos? Hasta el momento no hemos encontrado ninguna respuesta hostil.

–El sargento no se encontraba nada cómodo desde que le habían ordenado seguir las directrices de un inquisidor con tan mala reputación como la de Opensiaris. -Todos. No debe quedar nadie vivo… si es que lo están en su situación actual. Los Astartes se reorganizaron en una punta de lanza en torno al inquisidor y su séquito, y abrieron fuego hacia la multitud. Las balas atravesaron cuerpos, desmembraron y decapitaron a cientos de humanos con cada explosión de deuterio, y el prometium encendió un infierno. Pero nadie escapó. Su confianza en los Grandes Guerreros Metálicos era inquebrantable.


Adam XV-56 no había parado en su larga carrera hasta Torre Atalaya. En su camino había visto a los Padres congregándose en cada una de las plazas de los barrios de la ciudad, a los Abuelos y a los Niños reuniendo víveres para llevarlos a los refugios, y a diferentes Adames dirigiéndose a sus puestos de vigilancia y de comunicación. Se preguntó por su Eva. Al igual que el resto de hembras de Vigilia también estaría ordenándose en la otra mitad de la ciudad, al igual que lo estaban haciendo los varones. Llegó a la entrada de Torre Atalaya. Aún entonces, la forma de aquella estructura se le hacía extraña. Era una altísima torre cilíndrica, plagada de ventanas. Su peculiar estructura parecía enfrentada al resto de edificios de la ciudad, cuadrados y de muros casi ciegos. Otros dos Adames le acompañaron a lo largo del largo proceso de identificación y de apertura de puertas de seguridad de la entrada. Hasta el momento tan solo había sido un formalismo un tanto incómodo, pero aquel día parecía más imprescindible que nunca.

Se adentró solo en el elevador y subió hasta la parte más alta de la torre. Salió a una enorme sala plagada de computadoras y habitada una decena de Adames tecleando y observando pantallas. En el centro de la consola de computadoras estaba el botón que todos custodiaban: el emisor para la señal Última. Torre Atalaya era, si no el que más, uno de los lugares más importantes de Vigilia. Era el único lugar desde el que se podía mandar la señal Última en caso de que los demonios regresaran. Nadie conocía las consecuencias exactas de la señal, pero todos sabían que de mandarla nada sería como hasta entonces. La civilización de los Vigilantes daría un paso a una nueva situación desde la que no se podría regresar, así que solo se podía mandar la señal Última como última opción.


-Eres el último que quedaba por llegar –le espetó Adam LH-1. Era el líder de Torre Atalaya, y uno de los Adames más viejos. Adam XV-56 recordó que se debía a que LH-1 aún no había conseguido fecundar a su Eva.


-¿Cuál es la situación? -La franja de factorías ha sido clasificada Zona Roja. Al parecer han impactado varios objetos provenientes de fuera del planeta. Aún no podemos confirmarlo, pero los informes que nos llegan de los puestos de control del resto de Adames señalan que un grupo de seres humanoides de gran tamaño han salido del lugar exterminando a todo aquel que encuentran a su paso. Adam XV-56 corrió a su pantalla. Allí no veía nada más que a los Padres del barrio 56 reunidos en la plaza en posición de defensa. Entre ellos se encontraba su padre. Temió por su vida, pero se obligó a desechar aquel sentimiento. “El sentir es el comienzo del morir”, “El sentir es el comienzo del morir”, se repitió una y otra vez. De pronto vio como se deshacía la línea de defensa de la plaza. Parecía que se disparaban los unos a los otros, pero… aquello era imposible. Encendió rápidamente los micrófonos y las ráfagas de disparos resonaron en toda la sala.


-¡Son ellos! ¡Los Grandes Guerreros Metálicos han venido a nosotros! –escuchó gritar. Era la voz de Padre XV-56. Su padre…


-¡Sacrilegio! –oyó gritar a otros.- ¡Son demonios! ¡Nos están exterminando! Una nueva ráfaga retumbó en los micrófonos. Dos Padres cayeron al tiempo que cada uno de los dos bandos formados se parapetaba tras bancos, farolas y mobiliario urbano. Cogió el micrófono y pulsó el botón para comunicarse con el Adam del puesto de vigilancia de la plaza. –Adam TR-56, informe. ¿Qué está pasando? Tras un breve chirrido de estática, se escuchó la respuesta. -Los Padres del barrio 56 se han dividido en dos grupos y se están enfrentando. Algunos dicen que los Grandes Guerreros Metálicos han venido y otros dicen que son demonios. La situación es de extrema gravedad. Aconsejo clasificar el barrio como Zona Roja.


El líder de Torre Atalaya posó su mano sobre el hombro de Adam XV-56. –Así lo haremos. Otro de los Adames de la torre tiró los cascos a un lado y corrió hacia su líder. -Señor, me temo que vamos a tener que ampliar la situación de alerta roja a toda la ciudad. ¡La escena se repite en todas las plazas de casi todos los barrios dormitorio! En ese mismo momento en la pantalla que mostraba la plaza del barrio 56 aparecieron los humanos enfundados en armaduras metálicas. Abrieron fuego hacia las dos facciones de padres que se habían formado y en pocos segundos la sangre y el fuego fueron lo único que corría en el lugar. El Adam del puesto de vigilancia intentó ponerse en contacto con Torre Atalaya, pero un misil disparado por una gigantesca máquina de guerra bípode lo eliminó junto a la cámara de control y la señal que emitía.

El avance del equipo de asalto imperial no avanzaba tan rápido como Roukh Opensiaris esperaba. Llamó al sargento Alexandrus por el comunicador para que se le acercaba al tiempo que pisaba con sus servobotas el cráneo de uno de aquellos malditos habitantes de Vigilia. La cabeza explotó en un charco de sangre y masa encefálica. Opensiaris no sabía que se trababa del cerebro de Padre XV-56, pero tampoco le habría importado

. -Dígame, inquisidor –suspiró Alexandrus a su lado.


-No avanzamos suficientemente rápido. La misión corre peligro. -Si no hubiésemos comenzado a disparar a diestro y siniestro a toda esta gente…


El inquisidor lo interrumpió.


-No les llame gente. Son parias… ¡Engendros! No merecen ni un ápice de compasión, puesto que suponen un peligro para el Imperio.


-Aún así… Roukh Opensiaris volvió a interrumpir al sargento. No había lugar para la duda ni para conversaciones. Aquel aire filosófico y diplomático de los Ultramarines era lo que más detestaba de aquel capítulo de Astartes.


-Sargento Alexandrus. Tal y como le comenté al diseñar la misión, todos los habitantes de este planeta carecen de alma. Nuestros psíquicos detectaron un agujero negro en medio del Inmaterium, y los pocos que sobrevivieron a la experiencia habían perdido la poca cordura que pueden tener este tipo de humanos. Alguien los ha criado en masa, y suponen un arma que podría hacer temblar los mismísimos pilares del imperio. -Sí, inquisidor.


-Bien. Avancemos lo más rápido que podamos. Pero que sea así o usted y sus hombres conocerán la justicia del Ordo Hereticus.


El caos que se había propagado por la ciudad había llegado a lo más alto de Torre Atalaya. Algunos de los Adames habían perdido el sosiego que caracterizaba a la sociedad de Vigilia. El temor por sus vidas y por que los invasores fueran demonios había sido la chispa que había hecho explotar siglos de temor y autocontención. Las palabras habían dado paso a los enfrentamientos y empujones, y quedaba poco para que la sangre manchara el suelo del puesto de control. -¡Debemos mandar la señal Última! –gritaba Adam RT-40. -¡Eso sería defraudar a nuestros salvadores! –le respondía fuera de sus casillas Adam DW-13. -¡Los demonios están aquí! –intentó advertir Adam SS-12.


-¡No pueden ser demonios! ¡Está claro! ¡Debe de tratarse de los Grandes Guerreros Metálicos! –señaló Adam GH-52. -Silencio. Nadie mandará la señal Última –se impuso Adam LH-1, el líder de Torre Atalaya. Un segundo después su pecho estalló en pedazos y Adam LH-1 se convirtió en un guiñapo. Entonces sí que se hizo el silencio en la sala de control. El inquisidor Roukh Opensiaris y el sargento Alexandrus salieron del elevador. La bocacha de la pistola del inquisidor aún dejaba escapar un hilillo de humo.


-Tal y como os comentaba vuestro jefe, nadie mandará la señal –dijo Opensiaris mirándolos fijamente. Uno de los Adames corrió hacia ellos armado con un triste bolígrafo.


-¡Demonios! El sargento Alexandrus avanzó tranquilamente y de un puñetazo le hundió toda la caja torácica.


-Otro paria exterminado –dijo el inquisidor. -No, no sois demonios. Sois los Grandes Guerreros Metálicos. ¿No es así? No hemos cumplido con vuestras enseñanzas y venís a impartir justicia –proclamó otro de los Adames arrodillándose en medio de la sala.


-Así es –soltó Opensiaris al tiempo que su pistola volvía a rugir terminando con la vida del incauto.


-¿Acaso no hemos cumplido todos los dictados del Liber Próspero? –dijo otro Adam.


-Tú no –Escupió fuego el arma del inquisidor.- Y tú tampoco. –Otro de los Adames se sumó a la lista de muertos.


Adam XV-56 había presenciado la escena inmóvil, congelado en su asiento. Se levantó y tuvo claro que tenía que hacer todo lo posible para disipar sus dudas. -Entonces… ¿Cuál es el primero de los dictados del Liber Próspero? –se atrevió a preguntar. El inquisidor le respondió apuntándole con su pistola.


-¿Cuál es? –insistió. Opensiaris apretó el gatillo pero falló a pocos centímetros de la cabeza de Adam XV-56.


-¿Cuál es? –preguntó desterrando de su corazón cualquier rastro de miedo.


-No lo sé, maldito paria. –El inquisidor volvió a disparar y el brazo izquierdo de Adam XV-56 saltó por los aires a la altura del antebrazo. No cabía duda. Eran demonios. Aún sintiendo un dolor como el que jamás había sentido, antes de que Alexandrus o Roukh pudieran reaccionar, Adam tuvo las fuerzas necesarias para saltar hasta la consola y apretar el gigantesco pulsador que refulgía con una extraña luz verdosa. Su mano derecha se había posado sobre la extraña cruz grabada en el gigantesco botón. La señal Última había sido mandada.


-Por Terr…


Roukh Opensiaris no pudo terminar su frase. Adam XV-56 cayó al suelo al mismo tiempo que el resto de habitantes de la ciudad de Vigilia. Aún quedaban millones de supervivientes, y cada uno de ellos se convirtió en un agujero sediento de energía psíquica. El alma del inquisidor se deshizo y fue engullida por la ola de absorción que surgió en cuestión de segundos. Lo mismo sucedió con las almas del sargento Alexandrus y de sus hombres. La minúscula energía psíquica que quedaba en el interior del dreadnought de los Ultramarines, en el medio cadáver del hermano Vandelius, también fue devorada por aquella onda. El inmaterium se resintió ante aquella brecha que se abría paso en dirección a un lugar lejano.


Lejos de allí, en el mundo necrópolis de Mandrágora el criptotecnólogo Dragorak Rubin corrió a avisar a su señor Inmotekh, el Señor de la Tormenta. -Ha sido antes de lo que esperábamos, pero la Tormenta Negra ya ha sido desatada. -Bien, Dragorak. Y se dirige al mismísimo centro del imperio humano.

FIN


EscritorEditar

  • Volsung

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