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Relato Certamen I: La Caída del Ángel

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2º Clasificado en la I Edición de Relatos Warhammer

“Prólogo”

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Segmentum Obscurus.
Subsector Phobos.
Planeta Beta-Phobos-IV.
Estado: Cruzada de los Templarios Negros en curso.

El planeta Beta-Phobos-IV era una resplandeciente joya imperial, a pesar de su proximidad a las rutas disformes. El planeta guardaba una de esas escasas y estables rutas al Reino del Caos en la Galaxia, el Ojo del Terror. Los Astartes Praeses tenían allí una importante base y habían defendido ese enclave con eficiencia mucho tiempo. Pero cuando el Terror llegó, no lo hizo en forma de Demonio, ni de Señor del Caos, ni siquiera de horda herética. Lo hizo en forma de Némesor. El Némesor Rax. Irrumpió en el Subsector como una terrible tempestad y con arcanas artes, despertó al ejército destructor que dormía en las entrañas de Beta-Phobos-IV. El fortificado planeta había aguantado los embates más feroces de muchas partidas de guerra del Caos, pero cuando el mal llega desde las raíces y no desde el cielo, poco pueden hacer unas defensas que apuntan hacia arriba. El Mundo Necrópolis se alzó en todo su esplendor y cientos de miles de tenebrosos guerreros abandonaron sus tumbas. Y cuando los muertos se levantan, las tumbas se llenan de vivos. Millones de ciudadanos imperiales murieron en menos de un mes.

Frente a las fuerzas del Caos, el Subsector Phobos era un enclave vital, que había evitado que cientos de impíos guerreros se lanzasen a la masacre contra el Imperio. El Imperio dudaba de que los xenos guardasen el paso con el mismo celo. Y como factor añadido, aún había reductos imperiales que resistían en el Subsector. Todos eran puntos de partida para una reconquista. Una campaña que asumieron gustosos los Templarios Negros, aliviando a los Astartes Praeses de un enfrentamiento con un rival tan poco familiar en el Segmentum Obscurus. En aquel momento los Templarios que llevarían a cabo la Cruzada de Phobos se encontraban prestando apoyo a los Ángeles Oscuros contra una partida de guerra liderada por un Ángel Caído llamado Ereon. Tras la derrota de su ejército en Vastroth, Ereon había huido a las estrellas y su búsqueda llevaba demasiado tiempo en un punto muerto. Así que los Templarios se alegraron de tener una oportunidad de combatir a los enemigos del Imperio y dejar las tediosas labores de búsqueda en las que de nada servían los bólteres, las espadas sierra o su entrenamiento de combate; labores además en las que los Ángeles Oscuros empezaban a cansarse de su impaciencia e impetuosidad.

Ahora la Cruzada ya está muy avanzada. Ambos bandos han golpeado al contrario con fuerza y han sido golpeados. La batalla final ha comenzado. El frente se ha desplazado hasta los palacios del mismísimo Némesor Rax. Y en las heladas mesetas de Beta-Phobos-IV, varias escuadras de Templarios Negros contienen la embestida del inmortal ejército alienígena, frenando la monstruosa columna de refuerzos que se dirige a la capital.

***

"Servid hoy al Emperador. Mañana podríais estar muertos."

***

La helada lluvia caía con fuerza, como si en lugar de gotas líquidas fueran pequeñas estacas de hielo. Pegasus, Capitán de los Templarios Negros, se agachó un momento para recargar su bólter y comprobó que el número de Templarios en aquel maldito agujero había vuelto a reducirse. El aliento de sus hermanos de armas formaba claras ráfagas de vapor frente al helado aire de las colinas. Pero su mente enseguida se concentró de nuevo en su objetivo, el autómata Necrón que había ocupado el lugar del que acababa de abatir. Entornó los ojos para afinar el tiro y disparó a la metálica calavera. Sabía que no lo destruiría, pero puestos a apuntar a algún sitio, mejor disparar a la cabeza.

El intercambio de fuego duraba ya más de lo que ningún marine podía contar, y habían perdido la conexión con el centro de mando hacía ya mucho. Desde entonces no podían hacer otra cosa que cumplir su última orden: aguantar la posición, mantener la línea y contener a los Necrones. Esos refuerzos no debían llegar al combate principal en el palacio Necrón, donde la situación ya era bastante comprometida. Y en aquella rocosa posición, en aquel paso entre frías cumbres y gélidos glaciares, por muchos Necrones que volvían a ponerse en pie, por muchos Destructores que llegaban y por muchas monstruosidades de metal alienígena que embestían contra ellos; los Templarios seguían disparando, seguían en pie.

La tozudez propia de los Templarios Negros y la heroicidad propia de cualquier Astartes les ayudaban a resistir. Los espectros aprovechaban las imperfecciones de sus sentidos para colarse en sus líneas y sembrar un caos monumental. Las plataformas gravitatorias sobrevolaban su cobertura y presionaban sus posiciones. Pero eran marines espaciales, los Ángeles de la Muerte del Emperador y los avatares de su ira, una furia que en esa batalla vio su máximo exponente. Con infinitas fuerzas, los Templarios contenían a los xenos y los necrones caían por cientos. Pero tan intenso era el fuego de los batallones necrones que su fulgor iluminaba el campo de batalla aún más que el propio sol.

Las granadas ya se habían agotado, el Hermano Semka ató las últimas a su cinto y se lanzó contra el enemigo detonándose a él y a la mitad de los xenos. Había sido un punto álgido del combate, pero la alegría de los Templarios duró poco cuando esos malditos escarabajos repararon y resucitaron a varios abatidos. Después, todo empeoró con la llegada de los Inmortales, que abrieron una sangrienta brecha en la fila de los marines. De los casi cuarenta Templarios iniciales, ahora sólo quedaban 9. Y no durarían mucho más.

Pero eso no importaba. Si iban a morir allí, si el Emperador así lo había dispuesto, así fuera. Para Pegasus y sus Marines no había final mejor que la muerte en combate y al servicio del Emperador; contra Necrones, Orkos, Tau, no importaba; en las Estrellas del Halo o en el Ojo del Terror, hoy o mañana; daba igual. Su deber, su misión era luchar y morir a Su servicio. Eso era para lo que se habían entrenado, para lo que los habían criado, para lo que habían nacido. Pues ellos eran Sus Ángeles de la Muerte.

Cuando la mayoría de los Hermanos empezó a quedarse sin munición, prepararon sus espadas sierra. Pegasus había dado la orden de lanzarse en brutal embestida contra las filas Necronas. No era buena idea. Había visto cómo los Desolladores se habían ocultado tras las filas Necronas, listos para destrozarles en cuanto abandonasen la posición de cobertura y el terreno elevado. A lo largo de la Cruzada ambos bandos habían llegado a conocerse muy bien el uno al otro y los Necrones conocían muy bien el gusto de los Templarios por el cuerpo a cuerpo. Estaban listos y habían tomado precauciones para que no se les ocurriera enzarzarse en un combate a espada sierra y puño de combate.

Cuando tan sólo les quedaban un par de recargas, Pegasus preparó su hacha de energía y alzó la voz:

- ¡Preparad vuestras armas y vuestras vidas, Templarios! Hemos recorrido un glorioso camino de exterminio alienígena por toda la Galaxia y se nos recordará por ello. ¡Encomendad vuestras almas al Emperador y cargad contra los xenos!

Ansiosos como estaban de abandonar aquella maldita cobertura y enfrentarse a los Necrones cara a cara, los Templarios gastaron sus últimos tiros y embistieron contra las filas Necronas. El discurso de su Capitán había reavivado la llama de su ira y furiosos se lanzaron a una muerte a Su servicio. Apenas abandonaron aullando la posición, las filas enemigas se dividieron y salieron los Desolladores Necrones, dispuestos a hacerse con nuevas pieles para sus macabras vestiduras. El contraataque Necrón estaba perfectamente programado y entre los Desolladores había el espacio justo para que las armas Gauss provocaran múltiples bajas en los Marines. Pegasus avanzaba al frente y un disparo Gauss le rozó el casco, desintegrándolo y parte de su rostro también. Cuando los Templarios chocaron contra los Desolladores, comenzó el ansiado combate cuerpo a cuerpo.

Los Templarios combatieron con tozudez y se llevaron a más Desolladores de los que los Necrones esperaban, pero poco importaban sus bajas mientras les quedasen escarabajos reconstructores. Pegasus partió por la mitad a un Desollador y cortó el brazo de otro antes de verse completamente desbordado. Pero aún en esa situación imposible, peleó y se defendió con asombrosa habilidad. Famoso era por su habilidad combativa, sobre todo en el cuerpo a cuerpo, y ese día las hordas de desolladores se enfrentaron a un muy digno rival. Aún acosado desde todos los ángulos, el poderoso Capitán acabó con incontables Necrones. Cortó, aplastó, machacó, y no fue hasta que la tempestad de cuchillas fue máxima cuando el Ángel de la Muerte encontró su fin. No pudo hacer nada contra esa afilada garra que le cercenó la mano que sostenía el hacha. Pero aún sin su arma, combatió a puñetazos hasta que se vio en el suelo y partido por la mitad. No quedó un solo Templario Negro en esa helada meseta.

***

El Gran Mariscal declaró finalmente la Cruzada de Phobos como "fallida". Arthel, el Campeón del Emperador, murió a manos del Némesor Rax, muchos héroes cayeron en aquellos malditos planetas y todas las Compañías sufrieron pérdidas graves. Los Marines Espaciales abandonaron el Subsector; rezando para que los Necrones se establecieran como los nuevos guardianes del paso disforme. El Capitán Pegasus fue declarado "Muerto en combate" y su cuerpo hubo de abandonarse en el mismo campo de batalla en el que cayó.

***

"No hay arte más bello y diverso que el de la muerte."

***

El marine espacial corría más rápido que nunca, en gran parte gracias a sus prótesis necronas, pero también por el simple deseo de seguir viviendo. El opulento necrón estaba cada vez más lejos pero a su arma le sobraba alcance para derribar al marine. Éste presintió el inminente tiro y rodó para ocultarse tras unas rocas justo a tiempo para evitar que un disparo lineal le atravesase la cabeza. Tras tantas jornadas de cacerías, la experiencia le ha enseñado bien cuándo y en qué dirección se realizará el tiro fatal. El necrón se resignó a otra jornada sin suerte y se marchó en dirección al transporte. Según sus cuentas, el tiempo de caza ya había terminado así que el marine calmó sus ritmos cardíacos y se dirigió a su refugio.

Hacía tiempo que esa criatura, antaño poderoso supersoldado del Imperio del Hombre, había dejado de llamarse Pegasus. Según creía, ahora en la corte de Rax le llamaban Urst, el Escurridizo. Tras la derrota de los Templarios Negros en la Cruzada de Phobos, Rax se había establecido cómodamente en el Mundo Necrópolis y la corte de la dinastía había acudido gustosa a festejar su triunfo y comprobar su nueva adquisición. No obstante, el Phaeron Seth había preferido no asistir, pues aborrecía sobremanera los poderes disformes y la cercanía del Mundo Necrópolis al Ojo del Terror le repugnaba. Aún había arcaicos demonios que le guardaban rencor desde la Guerra del Cielo, cuando los necrones regían la Galaxia, viejos rivales de la Disformidad que prefería evitar. Pero felicitó a Rax por su éxito y le recompensó cediéndole el nuevo mundo necrón Beta-Phobos-IV. Los necrones no necesitaron desperdiciar ningún recurso defendiendo el paso, pues tan sólo lo mantenía estable la arcana tecnología del Mundo Necrópolis. Los increíbles mecanismos de sus palacios y monolitos tan pronto estabilizaban el flujo disforme como lo arremolinaban. No era ni mucho menos una salida tan grande y estable como la famosa Puerta de Cadia, no era sino un tosco agujero en comparación con el conflictivo paso. Pero aun así, hubiera sido una bendición para un ambicioso Campeón del Caos encontrarlo. Así, Rax cerró presto el paso y ya no fue sino un turbulento punto más del Ojo del Terror, despareciendo así el peligro de grandes asaltos del Caos.

Como deporte exótico, el Némesor reunió a los prisioneros que había tomado durante la Cruzada y los soltó en una reserva de caza, para que él y su corte midieran su astucia de cazadores con los Ángeles de la Muerte del Imperio. Pero sus prisioneros eran pocos, pues las tácticas de rehenes se revelaron inútiles durante la Cruzada. Así pues recogió a algunos de los marines espaciales cuyos cuerpos no habían sido vaporizados por las armas Gauss y con ancestrales artes, extrañas tecnologías y jugando a ser dios, sus criptecnólogos los reanimaron, sustituyendo si era necesario partes de sus cuerpos por implantes y prótesis. Así, Pegasus volvió a la vida como una diversión para los alienígenas.

La idea de medir su astucia con tan renombrados guerreros gustó mucho a la nobleza necrona y participaban entusiasmados en el juego, seguros de su invulnerabilidad pues los desarmados marines nada podían hacer contra las escoltas de necroguardias. Y de entre todas las presas, Urst se reveló como la más astuta y escurridiza, y en la corte se convirtió en la comidilla habitual. Se ganó fama de invisible, de “incazable” y su cabeza fue el soñado capricho de muchos aristócratas alienígenas. Pero las temporadas de caza pasaban, las vedas se cerraban y los prisioneros empezaban a acabarse. De una forma o de otra, a Urst no le quedaba mucho.

***

Pero Urst el escurridizo poco sabía de todo esto. Durante todo el tiempo que pasó en sesiones de caza de Beta-Phobos-IV, ahora renombrado como el Mundo Necrópolis Heraxord, dedicó todo su intelecto y todas sus capacidades físicas a la supervivencia. Ya no luchaba, ahora sobrevivía. Vio morir a antiguos camaradas delante suya, atravesados por el certero tiro de algún necrón pomposo. Vio como los desollaban y los convertían en trofeos de salón. Su existencia se había reducido a la huida y al sigilo. A vivir escondido y temeroso como el más horrible de los criminales, a ver morir a sus antiguos compañeros, a odiar cada sonido, cada forma y cada ser vivo o necrón.

No sabía cuánto llevaba en aquel infierno de odio y humillación. Mucho, de eso estaba seguro. Ahora era un veterano de aquellas dantescas jornadas. La reserva era enorme, más de los que esos malditos deportistas creían, y Urst conocía todos los trucos. Cada estribación, cada sima, eran parte esencial de sus tácticas. A las pocas semanas, encontró una planta minera a medio construir en las montañas, restos del pasado imperial del planeta. Un refugio perfecto. Protegido del viento y del temporal, ese complejo minero se convirtió en su nuevo hogar. Sabía dónde conseguir alimento, comida pobre, pequeños frutos que daban algunos árboles y criaturas similares a roedores. Tampoco había escasez de agua, pues en las heladas colinas había abundante hielo que fundir. Cualquier humano habría muerto de hambre o sed a los pocos días, pero él era, o más bien fue, un soldado del Adeptus Astartes.

El Adeptus Astartes. El Imperio. El Emperador. Hacía tiempo que no pensaba en eso, pues esos pensamientos no le ayudarían a esquivar un cañonazo lineal. En los primeros días de su primera cacería le movió el carácter y la rabia; rasgos distintivos de los Templarios Negros. Entonces oraba al Emperador a menudo, le prometía venganza por los marines muertos en la Cruzada. Pero poco a poco, las oraciones se tornaron en súplica por el honor perdido, la devoción y la fe se relegaron a un segundo puesto, pues no lo eran de utilidad en sus desesperadas fugas, y el odio hacia los enemigos del Imperio se convirtió en rabia hacia su situación. Desde las cimas más altas, podía ver en la lejanía los palacios de la aristocracia necrona y esa visión le ponía enfermo. Odiaba a aquellos repugnantes xenos con toda su alma. La ira aumentaba día tras día, y se convirtió en su más común alimento y habitual camarada. Se prometió, se juró a si mismo que algún día obtendría su venganza contra los malignos alienígenas que habían tenido la crueldad de concederle esa nueva vida de humillación, deshonra y odio. Pues ahora era una diversión para los necrones y su carne había sido profanada con frío metal.

Muchos de los marines reanimados eran víctimas de los desolladores y hubieron de sustituirse los miembros perdidos y las vísceras mutiladas por prótesis necronas. En el caso de Pegasus habían sustituido la mitad inferior de su cuerpo por fuertes estructuras robóticas, pues en su última carga un desollador afortunado lo partió por la mitad. Su mano izquierda también había sido sustituida por un poderoso puño de metal, la mano que otro preciso desollador le cercenó. Sin duda, estas renovaciones habían sido decisivas a la hora de sobrevivir a las vedas, era más rápido, más fuerte y más ágil que nunca, pero se aborrecía a sí mismo. Ahora era un abominable ciborg, mitad humano, mitad necrón. Por suerte, su mente se había mantenido intacta de cualquier influencia alienígena. Al igual que su rostro, pero esto no era tan encomiable. Durante su último combate en nombre del Emperador un disparó Gauss le había pulverizado el pellejo de la cara. Ahora su cara era una calavera casi descarnada. Sus ojos y ciertos jirones de músculo aún persistían pero su rostro ahora era más demoníaco que humano. Estaba completamente irreconocible. Esto le exasperaba, pues aún si reconquistaban el planeta, en la confusión de la batalla, el primer marine que lo encontrase lo vería como un macabro invento de los necrones, otra de sus burlas a la vida, y atravesaría su cráneo de un disparo.

Pero a pesar de tan negro panorama, día tras día, lo único en lo que pensaba, lo único que deseaba era que se le permitiera enfrentarse a esos xenos despiadados como un guerrero de verdad. Al principio no le pareció un sueño imposible. El Imperio no permitiría que un paso estratégico como ese perteneciera a unos xenos que fácilmente podían permitir que las tempestades del Caos lo atravesasen y provocase incontables muertes imperiales. Pero él no podía saber nada de los mecanismo de las criptas ni que el paso estaba ahora completamente cerrado. Pasaron los días y su desesperación aumentaba. Muchas noches las pasó en las altas montañas gritando rabioso, exigiendo al Emperador, por quien tanto había hecho, que en un momento de tan extrema necesidad, escuchase la súplica de su hijo perdido y castigase a esos alienígenas por la profanación del honor de los Templarios Negros caídos en las cacerías y se vengase de la vergonzosa derrota de la Cruzada. Sabía que eran peticiones vanas. No era ningún novicio. Al final estás solo, nadie viene a ayudarte. Pero debía dar salida a su ira y frustración, pues era de temperamento fuerte y rápido para la cólera. Además, de ese modo se recordaba a sí mismo quién era, quién era su señor y quiénes los objetos de su venganza. Pero sólo obtenía su eco por respuesta. Aunque no siempre.

Los susurros de la Disformidad siempre hablan a quienes están dispuestos a escucharlos, y en las cercanías del Ojo del Terror, las locas voces del Caos y de la discordia, murmuraban en la mente de muchos mortales. Sin quererlo, las voces del Caos se metieron en su cabeza, enloquecieron su juicio y confundieron sus pensamientos, plantando oscuras semillas en su mente.

La rabia se convirtió en su alimento, se volvió incontenible. El dolor se convirtió en su aliado, pues era una negación de la muerte. Se volvió iracundo y la venganza le corroía por dentro como un ácido. Pero estos complejos pensamientos no revolvieron demasiado su cerebro, pues la estrategia de huida del día siguiente era mucho más importante. Sin embargo, los susurros de la Disformidad echaron raíces en la mente del antaño Ángel de la Muerte, y su odio, rabia y humillación fueron un precioso caldo de cultivo para esas oscuras semillas y traicioneros brotes.

Ahora, Pegasus no existía, sino Urst, el Escurridizo; más criatura que hombre, más monstruo que soldado, una muestra de en lo que puede convertirse alguien cuando se le arrastra hasta los límites de la ira y la humillación, cuando lo pierde todo, cuando cada día y cada noche es otra pesadilla, cuando la venganza le roe por dentro hasta el límite. Pero estaban preparándose muchos acontecimientos que Urst no podía preveer ni conocer, acontecimientos que le incumbían y suponían un gran giro de los acontecimientos en el sub-sector Phobos.

***

"Cuando dos discuten, el tercero se alegra."

***

Ereon abandonó las frías estancias necronas del palacio del Phaeron Seth, satisfecho del resultado de la reunión. Había una guerra civil en ciernes. Los espías del Phaeron habían informado a su señor de las intenciones de independencia del Némesor Rax. Con tan brillante historial de victorias y la aristocracia necrona en la palma de la mano, se había hartado de la sombra del Phaeron y planeaba escindirse de la dinastía. Con Heraxord como mundo corona, fundaría su propio imperio, lejos de la tiranía de ese viejo y chocho Phaeron. La mayoría de los nobles necrones estaban de parte de Rax, pues les brindaba más victorias y diversiones de las que jamás les había ofrecido Seth. Así pues, el Phaeron optó por el ataque preventivo. Arrasaría Heraxord y asesinaría a los separatistas. Pero el mando del ejército aún estaba en poder del Némesor, el Phaeron contaba con poco más que unos cuantos ejércitos y los pretorianos de la triarca; una fuerza considerable pero insuficiente para un asalto sin riesgo. Tampoco podía enviar toda su armada pues dejar su mundo corona sin protección no era una opción. Además, la situación ya pintaba bastante mal sin que Rax contase con la posibilidad de abrir repentinamente el paso disforme y una flota del Caos se lanzase contra su armada de asalto. Necesitaba un aliado, pero no cualquier aliado, alguien que conociese los vaivenes de la suerte en el Ojo del Terror, alguien que aceptase un Mundo Necrópolis arrasado en el borde de la peor región de la Galaxia como recompensa. Y entonces, un conocido Ángel Caído cuyo esbirro llevaba tiempo siguiendo esta cadena de acontecimientos por si surgía una oportunidad como ésta, se presentó ante el Phaeron.

Pero Ereon necesitaba un títere. Los Ángeles Oscuros tenían muchos ojos y oídos y si se enteraban de que una partida de guerra era liderada por un Ángel Caído, su alianza con el Phaeron no le protegería de la ira del Círculo Interior. Así pues, necesitaba a alguien para que fuera el cabecilla de su ejército mientras él lo dirigía todo desde las sombras. Necesitaba a alguien tras el que ocultarse. No confiaba lo suficiente en su esbirro Greiss, un astuto heredero de Tzeentch, no lo suficiente como para cederle el mando de su ejército. La cautela le dictaba no arriesgarse así con un demonio del Gran Hechicero, por humilde que fuera. Lo que sí hizo Greiss fue encontrar al candidato perfecto.

***

A Urst se le había agotado el tiempo. La última jornada de cacería había llegado. El evento fue celebrado fastuosamente y todos los pedantes nobles necrones de Heraxord aguardaban ansiosos la noticia de quién cazaría al Escurridizo. Para asegurar que no volviese a escabullirse, la prohibición de no portar instrumentos localizadores y de rastreo preciso había sido levantada. Ahora su ubicación no era un secreto. De no haberse levantado esa ley, probablemente la cacería se hubiese convertido en otra aburrida jornada de vagar por la reserva en busca de alguna pista inútil. Urst no era la única presa de la cacería, también habían sido soltados un par más de marines reanimados recientemente, pero no eran sino un aperitivo, una introducción a la carnaza del día. Un día, una caza que no terminaría sino con su muerte.

Urst olía el ambiente en el aire. Sabía que ese día no sería como los demás, que necesitaría todas sus artes y habilidades para sobrevivir esta vez y que aún así no sería suficiente. La jornada dio comienzo y los cazadores se lanzaron a los bosques y montañas. La reserva era una región laberíntica, sin caminos rectos podría decirse, abundaban tanto los atajos como los callejones, así que, aún teniendo las herramientas de localización, la astucia en el sendero y en la trampa seguía teniendo un peso importante. Urst recordaría ese día como uno de los peores de su vida.

***

La resistencia y flexibilidad de sus piernas alienígenas había sido esencial para sobrevivir a la fuerte caída. Al mirar arriba, pudo ver al deportista necrón dándose la vuelta para buscar alguna entrada a la vasta red minera. Urst se tomó un solo instante para recuperar el aliento, pues todos sus órganos de astartes estaban desgastados tras tanto esfuerzo fugitivo por cada rincón, acantilado, estribación y callejuela montañosa de la reserva. Acababa de saltar a un profundo pozo, una arriesgada entrada a la red subterránea próxima a la estación media construida que era su refugio. Se le habían acabado todas las opciones, cada truco y cada estrategia las había exprimido ya al máximo y próximo el final de aquella pesadilla, había tratado de escabullirse en su guarida. Pero la mala suerte había querido que acabase en un oscuro pozo con un túnel aún más oscuro por salida. Conocía bien los túneles próximos a su refugio pero no reconocía esta nueva ruta, pues nunca se había atrevido a adentrarse demasiado en la oscuridad por miedo a no volver a ver el sol. Pero eso era cuando tenía elección. Ahora sólo había un camino posible, ese oscuro túnel que hendía las entrañas de Heraxord. Y ese fue el camino que tomó.

Pero la persecución no cesó ahí. Como salvajes perros de caza, los escarabajos necrones, reprogramados y reconstruidos por sus señores para la cacería le rastreaban en la fría oscuridad. El túnel acabó por desembocar en una enorme red de cavernas naturales. Un alivio, pues Urst temía que se tratase de una entrada secundaria a las criptas y catacumbas necronas. Pero este temor fue sustituido por otro. Los cazadores le pisaban los talones. Había tenido que confiar en su suerte (algo difícil teniendo en cuenta los acontecimientos hasta el presente) e ingenio para escabullirse por cada sima, cama estrecha fisura y había arriesgado su vida demasiadas veces ya en sólo unas horas. Y si seguía adentrándose en las cavernosas grutas, sabía que se perdería para siempre. Pero si no lo hacía, sería un trofeo en el salón de esos repugnantes alienígenas. Tardó poco en elegir cómo morir. Poco a poco, la distancia que le separaba de la luz del sol aumentó.

***

"Cada paso puede parecer insignificante. Pero todos juntos, conducen a la oscuridad."

***

En todas las mentes mortales hay una vocecita que parece actuar con independencia de los pensamientos. Esa vocecita puede ser una inspiración, una consejera, una herramienta o una perdición. Nos dice qué hacer en cada situación, cómo reaccionar frente a qué; la gracia es que normalmente se la ignora. Bien porque sus sugerencias contradicen las normas sociales, porque obedecerla nos perjudicaría a largo plazo o porque es seguir su consejo nos parece algo imposible. Una voz muy parecida a esa fue la que Urst escuchó durante las amargas horas que pasó en ese infierno de oscuridad y silencio. Tal vez fuera la voz de sus pensamientos, tal vez por fin había perdido la razón o tal vez era la propia muerte, tanto tiempo anhelada.

La cuestión es que una voz esperanzadora y singular en aquel océano de silencio, una voz que le guiaba por los húmedos pasadizos de piedra. Urst la siguió encantado. No le importaba ya nada, y el camino que se le indicaba era tan malo como cualquier otro. ¿Sería su instinto que le aconsejaba en esas oscuras profundidades? ¿Sería por fin la muerte que le guiaba a unas estancias de eterno descanso? Llevaba tiempo queriendo morir y no le importaba adónde fuera, al Trono de Cráneos o a la derecha del Emperador, cualquier sitio era mejor que la veda de Heraxord. Pero poco o nada pensó Urst en esto. Simplemente, siguió el camino.

Si algún sitio donde se pierde de verdad la noción del tiempo es en la absoluta oscuridad. Esto sumado a su ya de por sí deteriorada noción del tiempo, tras tanto en el siempre crepuscular Beta-Phobos-IV, nunca le permitió calcular cuánto estuvo en las pétreas entrañas de Heraxord. Todo era oscuridad. Todo era negrura. Pero de repente, notó algo que no era frío ni pétreo. No sabía lo que era ni tenía forma de saberlo. Podría describirse como un velo de energía interdimensional, una oscura y viscosa sustancia que trascendía el espacio y el tiempo. La voz le pedía que entrase en aquel misterioso portal. La voz nunca le había engañado y la rebeldía de Pegasus estaba profundamente enterrada bajo la mente vengativa y rabiosa de Urst. Había tomado una decisión, había decidido seguir a la misteriosa voz, a la que ya creía la muerte, y tal vez esa extraña puerta era la entrada a la paz, al descanso, a la apacible tranquilidad de los muertos. No lo pensó mucho, tampoco había mucho que pensar, y reflexionar sobre una situación era una costumbre que se perdió en las jornadas de caza, donde el instinto sustituyó a las decisiones meditadas. Así pues cruzó esa arcana Puerta Dolmen, una arcaica reliquia de cuando Heraxord era un flamante mundo corona en la Guerra del Cielo, y el poderoso marine se perdió en la Telaraña.

***

La decepción fue grande cuando la señal de Urst desapareció de los radares e instrumentos necrones. Llevaban muchos días persiguiendo la escurridiza señal por túneles y cavernas. El tiempo que pasaron persiguiéndole había endulzado la posible victoria y había agrandado la gloria de la captura. Pero los cazadores volvieron al palacio con las manos vacías. La frustración de la caza incompleta y el destino de Urst, el Escurridizo, fueron el principal tema de conversación en los días siguientes. Casi todos llegaban a la misma conclusión sobre el fin de la ansiada pieza: habría muerto en alguna profunda sima, aplastado por algún derrumbamiento o el hambre y la sed habían podido con él. Esos razonamientos no se alejaban demasiado de la realidad. Urst murió siguiendo esa voz en la oscuridad, murió en los horribles túneles disformes a los que le llevó la Puerta Dolmen, su mente desollada, mutilada y desgarrada por dementes demonios y cosas peores que moran en los rincones más tenebrosos de la ancestral Teleraña eldar, un lugar que siempre alberga muchos más enemigos que amigos. Pero en el lugar de Urst, el Escurridizo, donde antes Pegasus había enarbolado la devoción imperial y la justa ira como su mayor arma, se alzó Ekzeldon, cuyas macabras hazañas se narrarán a partir de aquí.

***

Ereon reunía a sus tropas. Las fuerzas del Phaeron no serían pocas, pues había cedido incluso un Fragmento del Portador de la Noche para la batalla, pues la victoria debía ser una certeza. Nuevas tropas caóticas de renegados, Perdidos, Condenados, los supervivientes de Vastroth y aliados de las fuerzas de la destrucción se reunían para la guerra. Ereon estaba más que satisfecho con el rumbo que estaban tomando los acontecimientos. Cuando hubiesen destronado a Rax y Seth le cediese Heraxord, convertirse en el guardián del paso disforme le otorgaría innumerables beneficios y renombre. A estas alturas además, su siervo Greiss ya habría sacado a su títere, la cabeza pública de su ejército, de ese planeta maldito. Así que dejó a su oficial táctico, el hechicero Cetus, al mando de la operación de reunión y preparación militares y partió para encontrarse con el despojo que había tenido la mala suerte de haber sido seleccionado como peón para sus maléficos planes.

***

La Disformidad no es un lugar apacible, y menos para alguien con un pasado leal. Los traicioneros senderos de la Teleraña Eldar llevaron a Urst al encuentro de dementes entidades demoníacas que lo arrastraron a las oscuras profundidades del Inmaterium. Durante siglos, su alma experimentó tormentos dignos de titanes y las oscuras semillas latentes desde que fueron plantadas en la mente del Escurridizo allá, en las frías cumbres de la reserva de Heraxord, germinaron con fuerza y rapidez, y rezumaron jugosos elixires de angustiosos pensamientos e innombrables torturas que fueron bebidos con avidez por los demonios del caos.

Vagó sin rumbo y recorrió los infinitos caminos de la Disformidad y sólo la voluntad de hierro y la fuerza bruta le permitieron sobrevivir. Las peores abominaciones del universo asaltaron su cuerpo y su mente. Dirigió bandas de esclavos y proscritos. Escapó de una muerte segura en mil ocasiones en mil reinos de locura. Cada instante fue una lucha desesperada por la supervivencia. Sus prótesis necronas le resultaron particularmente útiles, pues fueron las únicas armas que no podían arrebatarle. La arcana necrodermis de la mano confundía a los entes disformes y los más precavidos partían en busca de presas menos peculiares. La voluntad de vivir de Urst y la furia y destreza de Pegasus fueron factores decisivos para la supervivencia del Desdichado.

Pero había algo más: la venganza. Había jurado vengarse de Rax y no moriría sin haber cumplido ese juramento. Y en las profundidades de la Disformidad, su mente se planteó preguntas. ¿De qué había servido tanta lucha? Tras 10 000 años de guerra incesante, el Imperio seguía en su penoso y perenne estado. ¿Realmente había servido su sacrificio? Millones de ciudadanos imperiales vivían casi en esclavitud y otros tantos millones morían por capricho de corruptos gobernadores o radicales inquisidores. De pronto, veía al Imperio con más claridad, como una bárbara nación de opresión y tiranía. Una nación por la que él había dado su vida, por el Emperador. El Emperador, ese muerto viviente sentado en el lugar más seguro del Imperio desde hace 10 milenios. Manteniendo a la Humanidad en un perpetuo estado de miedo y opresión, mientras que doce hombres velaban por sus intereses personales escudándose tras la excusa de la voluntad del Emperador.

¿Y dónde estaba el Emperador ahora? El Desdichado no podía contar con nadie, ni siquiera con los ocasionales y fugaces aliados a los que les condujo sus fechorías en los Reinos del Caos. Ni el Emperador ni nadie iban a ayudarle. Pero en sus largos viajes y odiseas por la Disformidad vio cosas extrañas y los Dioses del Caos tuvieron mil oportunidades para revelarse a su mente. El Desdichado fue seducido por las promesas y los susurros de esos entes primigenios. Seres que pedían ser alabados, seres que merecían su fanatismo, tanto tiempo reprimido, seres que le concederían recompensas inimaginables. Y lo más importante. Que le concederían su venganza. La furia y la venganza fueron un precioso caldo para los oscuros pensamientos que comenzó a albergar la mente del Desdichado. Bajo el servicio del Emperador sólo había conocido guerra y al final había acabado partido por la mitad en una meseta helada. Pero los Dioses del Caos le ofrecían una nueva vida, rebosante de placeres y poder, sus deseos concedidos y su venganza cumplida. Allá en la Disformidad, había contemplado múltiples veces la oscura gloria de los Señores del Caos, grandes líderes que podían aplastar como a un insecto a cualquiera que osara oponérseles. Las tentaciones del Caos, las oscuras semillas de su mente, las rabiosas emociones de su alma y los horrores de sus odiseas por el Inmaterium, superaron toda disciplina mental, y el Ángel de la Muerte cortó sus alas y cayó en el Caos.

Y el Caos de aquella alma mortal, presente por naturaleza en todos los seres del universo, se derramó con desorden como consecuencia de todas las atrocidades a las que le condujo aquel reino de las pesadillas, consumió su alma por completo. En esos momentos de extrema desdicha, el alma mortal fue llamada Xio por los demonios, que significa “juguete”.

Y en lo más oscuro de la Disformidad, Xio fue desollada y mutilada y reconstruida una y otra vez, pero las fuerzas del Caos de su interior no hacían sino volverse más fuertes alimentándose de los pensamientos de locura, odio y dolor que cruzaban la mente del Desdichado, el dueño de esa alma torturada. Xio fue tan profundamente sumergido en el Caos, se empapó tanto de esa esencia y bebió tanto de ese corrupto elixir que renació y se transformó por completo. Antes había sido Urst, pero aún en aquella identidad, Pegasus existía, enterrado y latente, pero existía. Ahora, ese pasado fue borrado, esa identidad desapareció, y en su lugar ascendió, de las más tenebrosas profundidades del alma mutilada, Ekzeldon. Siglos más tarde, Ekzeldon recordaría ese período con placer, pues todos los siglos que pasó siendo torturado por demonios, tanto de la Disformidad como de su propio interior, fueron una iluminación, un renacer a una existencia superior y más plena.

La transformación fue lenta y tortuosa, algo que Ekzeldon sobrellevó y agilizó con dementes atrocidades en la Disformidad. Temerario y colérico, Ekzeldon midió sus fuerzas con muchos otros habitantes del Empíreo y puso a prueba los límites de su mente con osadas expediciones a confines prohibidos. Lideró bandas, luchó en ejércitos, participó en guerras, rencillas y escaramuzas. Fue capturado, torturado, maldecido, expulsado, desterrado, alabado, temido, odiado, respetado. Y todo ese tiempo, alimentaba sus energías con ira, un sentimiento muy habitual en un Templario Negro, pero que ahora por fin podía utilizar para aumentar sus fuerzas. Podía dejarse llevar por la sed de sangre y desatar su fuerte temperamento sin miedo a saltarse reglas disciplinarias. En tantos viajes y aventuras se familiarizó mucho y bien con sus nuevos amos y poderes y el mundo del Caos. Cada vez comprendía mejor la gloria de los oscuros dioses, deseaba extender su influencia a las mentes menos iluminadas y que aquellas fuerzas, ancestrales y naturales, se impusiesen sobre todas las civilizaciones, pues el caos y la discordia son el estado natural de la vida; la civilización no, es un capricho de las circunstancias. Una broma del azar. Una malformidad del universo que había de ser corregida.

Los recuerdos de aquel período fueron confusos, como casi cualquier cosa en la Disformidad. Y no fue un período corto, en absoluto. El flujo del tiempo fue especialmente perezoso con Xio. En el espacio real apenas pasaron días, tal vez semanas. Pero para Xio fue una larga etapa de muchos siglos. Y ni siquiera los sabios bibliotecarios de los Caballeros Grises allá en las fortalezas de Titán pueden imaginar cuánto es capaz de cambiar un alma abandonada en la Disformidad tanto tiempo. Pero en los siglos venideros, Ekzeldon destacó un singular recuerdo de aquel período.

Fabius Bilis aplicando su maligna genomancia y sus artes genéticas en su cuerpo híbrido. Nunca supo cómo llegó a esa situación. Y a día de hoy sigue sin saberlo y poco le importa. Es unos de sus pequeños secretos. Fácilmente podría suponerse que los planes de Tzeencht cruzaron su camino con el del conocido científico cuando éste buscaba nuevos sujetos para sus complejos propósitos. Sin duda, la necrodermis y el poder del Caos se le antojaron una mezcla interesante y sobre el Desdichado aplicó sus más audaces programas de investigación genética. Siglos después, un corrupto apotecario le dijo a Ekzeldon que poseía la semilla genética más maligna que había visto jamás. Las repercusiones de ese encuentro se apreciarían con mucha claridad en los siglos venideros, como podréis comprobar. El cómo escapó de esos laboratorios de pesadilla o por qué le soltaron también se le antoja hoy a Ekzeldon una pregunta interesante. Una pregunta para la cual aún no ha hallado una respuesta satisfactoria y puede que nunca la encuentre.

Pero esos viejos hechos pasaron y, finalmente, tras tantos siglos, el Desdichado fue rescatado de los caprichos de los demonios y de los azares de la Disformidad y convertido en el cabecilla del ejército del Ángel Caído Ereon.

***

El asalto ya había comenzado. Tras tantas semanas de espera. Por fin había llegado el momento de la batalla, del combate y de la victoria, pero de lo que era más importante, de la venganza. El Phaeron se había quedado en su mundo corona, seguro de que sus oficiales y su aliado Ereon resolverían cualquier imprevisto. Han pasado ya dos meses desde que Ereon y Greiss rescataron a Ekzeldon de la Disformidad y lo pusieron al mando del Séquito del Caído, la partida de guerra de Ereon. En un principio, Ereon receló mucho de su nuevo aliado y se cuestionó seriamente buscar a otro candidato. Miraba el descarnado rostro del ciborg y un escalofrío recorría su espalda. Había escogido a la más abominable de las pesadillas para dirigir su horda. Mucho más grande que cualquier marine normal, con flamígeros ojos ardientes como ascuas, como si las llamas de su temperamento escapasen y se derramasen por esos pequeños orificios, un producto de una mutación en los implantes oculares; la necrodermis se había adaptado al nuevo cuerpo del marine espacial del caos, tanto la mano como la mitad inferior del cuerpo habían ajustado su forma a la nueva talla; la musculatura y el esqueleto se habían desarrollado hasta la talla de un devoto de Khorne, y había órganos y estructuras internas resultantes de la más pura corrupción del Caos, y muchas más dantescas características producto de los experimentos de Fabius.

Su mente demostró ser tan aterradora como su aspecto. Frío, taimado y rápido y terrible para la cólera, dirigía cualquier tropa con puño de hierro, su voz contenía tal fuerza y oscuridad que desobedecerla parecía un insulto a los Dioses del Caos, su palabra era ley y su voluntad un yugo. Furioso y arrollador en el combate, calculador y rápido en la estrategia, fanático en su devoción al Caos, cruel con los esclavos y los débiles. Un prometedor campeón del Caos, pues en su primera vida había sido un venerado capitán de los Templarios Negros y la habilidad y el ímpetu de aquella etapa permanecían imborrables, sólo que ahora eran alimentadas y dirigidas a un propósito mayor.

Tras evaluar pues detenidamente a su adquisición, Ereon concluyó que no habría mejor líder para su horda, y de haberlo, Ekzeldon lo hubiera hecho pedazos. Los que no acababan de aceptar de la estratagema de Ereon quedaron de inmediato convencidos por el nuevo líder, quien doblegó a los indecisos en muy poco tiempo. Se le entregó incluso el Azote del Débil, un macabro látigo con forma de columna vertebral, pero muchísimo más larga, fina y flexible. No obstante, todos sabían que cada orden que les daba Ekzeldon había salido en realidad de la boca de Ereon, pues era él quien realmente dirigía la horda, ocultándose tras su títere para evitar represalias de los Ángeles Oscuros.

No obstante, Cetus veía algo en el joven campeón que los demás no veían. Veía un futuro mucho más brillante bajo su mando. Tiempo llevaba deseando arrebatar el liderazgo a Ereon, pero de hacerlo la tropa se hubiera rebelado contra él. Pero Elzeldon era un líder poderoso, aunque la correa de Ereon le atase tan corto. Cetus sabía que si cortaba esa correa, la tropa seguiría al llegado de la Disformidad, y si él colaboraba en tal complot, luego gozaría de un estatus mucho más alto que el de oficial táctico. Ekzeldon había demostrado en esos dos meses que podía ganarse el favor de todos los Dioses del Caos, luchaba por la destrucción, por la gloria del Caos, no por sus propias ambiciones como Ereon. Pero Cetus ocultó esos propósitos con astucia y esperó el momento adecuado para actuar.

***

El asalto planetario ya duraba 6 días y el combate se recrudecía. Todo se estaba poniendo mucho más difícil de lo esperado. Las tropas de Rax conocían bien el terreno y eran dirigidas por todo un maestro táctico. Los ejércitos necrones eran muy poderosos y aunque las primeras etapas de la guerra se habían desarrollado según los planes de Melet, la nueva derecha del Phaeron Seth, líder de las fuerzas de la dinastía en Heraxord y enlace con Ereon. Pero todo se había debido a lo inesperado del ataque y al ímpetu de todo ataque inicial. La guerra estaba ahora casi estancada, pero aun así Melet, Ereon y Ekzeldon ganaban terreno cada día y lenta pero inexorablemente, los pretorianos despejaban el camino hasta la capital necrona, el mismo bastión donde tiempo atrás los Templarios Negros habían librado la última batalla de su cruzada fallida. Con el fragmento del Portador de la Noche de su lado, los pretorianos de la triarca, las armadas de la dinastía, las hordas de la Disformidad y un furioso comandante ansioso por demostrar su valía a los ojos de los dioses del Caos y sediento de venganza, el día de la batalla final estaba cada vez más cerca. Pero las cosas empezaron a torcerse cuando los Eldar tomaron cartas en el asunto.

Esos entrometidos echaron por tierra los planes de ambos bandos. De alguna forma, el empleo de la ancestral Puerta Dolmen había alertado a los Eldar de los acontecimientos del sub-sectos Phobos. Sus videntes escudriñaron el futuro y llegaron a una conclusión clara: sólo ellos debían ser los guardianes del paso. Pero sus planes iban más allá. Con sus antiquísimos conocimientos y tecnología podían emplear los mecanismos del planeta para cerrar el paso disforme, para siempre. Capturarían los arcanos mecanismos, los bloquearían y ningún mal les sobrevendría desde allí. Pero esto no son más que las suposiciones de Ereon, probables, pero quién conoce los designios de los Eldar y los motivos que les mueven. Es posible que hubiera muchas otras razones ocultas y desconcertantes para el Séquito del Ángel.

Pero poco importaban los motivos de la presencia Eldar, del mundo astronave Ulthwe, pues auguraba malos tragos para los combatientes. Todas las estrategias hubieron de revisarse y todas las operaciones de apañarse, pues contra los Eldar se ha de ser muy cuidadoso. Ni Melet ni Rax salieron bien parados del contacto Eldar, sus calculadas maniobras y emboscadas entorpecían sobremanera a ambos líderes, y la sutilidad de sus guerreros no encajaba sus planes, orientados como estaban a combates directos, fuertes y devastadores, como es costumbre contra los necrones. Pero la guerra avanzó, cada vez más próximo el desenlace, y nada se dirá aquí sobre los vaivenes de la contienda, las intrigas de los altos mandos, las fortunas y desdichas de ambos lados y ambos ejércitos. Pues todo se redujo a una última batalla en las plazas y bastiones de la capital de Heraxord, donde el Némesor traidor se alzaría victorioso sobre los cadáveres de sus adversarios o sería arrojado desde lo más alto de su palacio.

***

"Conquisté miles de mundos en nombre del Emperador y no me ofreció más que su maldito silencio. Ahora sus perros falderos ladran por cada mundo arrebatado mientras los dioses me ofrecen la galaxia."

***

Hacía poco que el poderoso Fragmento había echado por tierra las murallas y líneas de defensa primaria de Uthan; la capital de Heraxord, las fortalezas de Rax, el complejo entramado de criptas, bastiones y palacios del Némesor traidor. La presencia de tropas Eldar era ya una certeza. Las lideraba Zefion, exarca de las arañas de disformidad, maestro asesino y mano derecha del autarca Arion. Melet dirigía el asalto principal desde su puesto de mando móvil, mientras que el Séquito del Ángel abría brecha en el palacio y penetraba en busca de Rax. El pacto con el Phaeron había sido muy claro: quien le trajera la cabeza de Rax, sería el nuevo señor de Heraxord. Y si algo distinguía a la dinastía Zatanum de las demás, era su firmeza y rigidez en los pactos. Pocos eran los tratos con sus Phaerons, pero los pocos que se hacían se cumplían al pie de la letra y con certeza, por mucho tiempo que hubiera pasado y por mucho que las circunstancias hubieran cambiado. Pero los líderes necrones no mueren así como así, y para tal tarea, Seth les había confiado un extraño artefacto, el Báculo del Cataclismo. Difícil era que una partida del Caos contase con las antiguas ciencias y armas como para derrotar a un Némesor de la dinastía Zatanum en un combate mano a mano, así pues, Seth les confió gustoso el Báculo, sabedor de que era su única carta para decapitar a Rax.

Largo y penoso había sido el asedio, lleno de retrasos y complicaciones, pero ahora las cartas de los tres bandos estaban sobre la mesa, y en esa tierra maldita de Uthan, uno de los bandos, uno sólo, se alzaría victorioso. El Fragmento, los pretorianos, los ejércitos del Phaeron y buena parte del Séquito se estaban llevando lo peor del combate, cayendo en todas las trampas de Rax, pero grande era también el genio militar de Melet, y a pesar de los contraataques de Rax, las tropas del Némesor se estaban viendo en apuros, sus posiciones presionadas cada vez más, en gran parte por el imparable Fragmento y por los soldados eldar, que sorteaban todas sus posiciones de emboscada y pozos de tiro, debilitando al ejército con golpes certeros en los puntos más débiles, aprovechando la confusión y el desorden del combate al máximo, abriéndose un sendero de destrucción hasta el palacio de Rax. Pero el ímpetu menguaba y la batalla se torcía. Las tropas de Melet no durarían para siempre, y en un territorio tan controlado por el adversario, era inevitable que éste acabara imponiéndose. La situación se volvía desesperada para todos los bandos.

Así nos situamos en las tenebrosas profundidades del palacio principal, donde la élite de Melet y Ereon han penetrado para acabar con todo de un solo golpe. La élite del Séquito y del Phaeron han abierto una brecha en las gastadas defensas y se lanzan a una última apuesta, entraron en las frías salas para encontrar a Rax y decapitarlo. Ekzeldon encabezaba la expedición, sediento de venganza, con sus flamígeras cuencas más ardientes que nunca; empuñando el Báculo y listo alzarse sobre el inoperativo cuerpo del Némesor. Melet dirigía personalmente la contienda por todo Uthan desde su centro de mando móvil, cuidando que ningún imprevisto comprometiese la arriesgada apuesta. Zefion y sus escuadras estaban más cerca que nunca del palacio, preparados para asestar el golpe mortal al traidor necrón, llevar la cabeza a Seth y que se les conceda a regañadientes la soberanía del paso. “Quien le entregue la cabeza de Rax será el señor de Heraxord.” Ése era el acuerdo, por extravagante que acabase siendo el resultado, ya fuese Eldar, Orko, Caótico o Necrón, el nuevo señor del planeta.

Ahora, Ekzeldon vagaba sólo por los oscuros pasillos. Se había separado del resto en un escaramuza, pues tortuoso era el viaje por las entrañas de aquel palacio alienígena, y cada palmo había de ganarse a base de combatir. Puede que la expedición hubiese sido aniquilada, o puede que le alcanzasen de un momento a otro. No le importaba. Era el momento que había estado esperando en aquella reserva de pesadilla tanto tiempo. Había soñado con ese instante muchas veces, así que gustoso se separó del indiscreto grupo y se adentró sólo en las salas de metal. En su mano buena, la derecha empuñaba el Báculo, y con él, y su furia alimentando a Khorne, la derrota era imposible. Mucho exploró aquella compleja edificación, pues los caminos eran engañosos y se aprovechaban de los límites de sus sentidos. Pero el espionaje había sido un punto central en la guerra y sabían de buena fuente dónde se encontraba el Némesor. Así pues, Ekzeldon se abrió camino por las lúgubres estancias, batallando a menudo, pero no había llegado hasta allí sin ser un curtido veterano en todo tipo de combates, y las luchas contra los necrones, abundantes en sus recuerdos recientes, habían afinado su habilidad con esos xenos.

Finalmente, tras una ornamentada puerta, entró al fin en la cámara de mando. La sala poseía grandes ventanales en lugar de paredes, desde los cuales podía contemplarse toda la extensión de Uthan, pues se encontraba a gran altura en el palacio. Rax siempre había sido reacio a ocultar la gloria de sus estancias en las ciegas tumbas subterráneas. Paneles de datos y extraños mecanismos que la ciencia imperial no podría comprender llenaban las paredes y algunas pocas mesas. Amplia y espaciosa era la sala, orientada a las reuniones de numerosos cargos militares y políticos. Pero un solo y alto necrón había en la sala, inmóvil y tranquilo frente al mayor de los ventanales, en el extremo opuesto al de Ekzeldon. Por fin, se las veía cara a cara con el Némesor traidor Rax.

Éste era incluso un poco más alto que él, con una gran capa formada por placas hexagonales y una poderosa armadura digna de un señor de la guerra inmortal. Su aire y su porte denotaban una infinita autoridad y experiencia. Empuñaba un gran bastón, arma común entre los líderes necrones, pero el suyo parecía aún más mortífero, con refulgentes cristales, brillantes cuchillas y complejísimos mecanismos que a pesar de todo no minaban la letal belleza del artefacto. Una terrorífica reliquia de cuando los necrones gobernaban la galaxia. Pero llamaba también la atención la extraña corona que portaba en la cabeza. A simple vista sólo era una sencilla corona de hierro retorcido, pero en la zona sobre la frente refulgía una gema que parecía contener una tempestad de fuego. Pero Ekzeldon no malgastó energías preguntándose por esos artefactos. Ninguno de los dos perdió el tiempo en charlas inútiles, tanto por la arrogancia de uno como por la sed de venganza del otro. Así pues, Ekzeldon se lanzó a la carga con siglos de ansiada venganza empujándole por detrás.

Grande y épico fue el combate. La destreza e ira del Campeón del Caos, con siglos de combate contra los xenos y odiseas por la Disformidad, potenciaron sus habilidades y le convirtieron en un digno rival para el Némesor. Las energías oscuras habían hecho fuerte a su rival, pero Rax era una leyenda de la Guerra del Cielo, un dios para los mortales, y no cedió ni trastabilló ni un segundo del combate. Las energías disformes chocaron con las ciencias arcanas. La lucha fue más allá incluso de la sala de mando, escalando y desplazándose por toda la extensión del torreón, con tres ejércitos diferentes contemplando el titánico combate, que despedía centellas y relámpagos sin cesar. Por cada llama que vomitaba la espada demoníaca de Ekzeldon, el bastón del Némesor refulgía y lanzaba rayos de la más pura energía. Las más ancestrales habilidades necronas se midieron con todos los poderes de la ira y la ruina. Nadie puede describir con exactitud cada segundo del combate, pues cualquier ser vivo que estuviese a menos de 10 metros de los contrincantes habría sido vaporizado. Pero en una traicionera maniobra, Rax arrebató el Báculo a Elzeldon, poco acostumbrado a sujetar esa clase de arma tan poco familiar, y con un par de deslumbrantes muestras de tecnología y habilidad marcial necrona, incó su báculo en el hombro derecho del marine del caos y las cuchillas seccionaron con limpieza todo su brazo derecho, el cual además sujetaba la espada. Un alarido de dolor rasgó la lluviosa noche. La pelea les había llevado a la azotea del torreón más alto de Uthan.

Un revés y el extremo opuesto del bastón tiraron a Ekzeldon al suelo con violencia. Trató de levantarse pero el pesado pie de Rax se apoyó en su espalda y lo aplastó aún más contra el suelo. Ekzeldon estaba hecho polvo. Las armas necronas del Némesor habían dejado su armadura y su carne astilladas, su furia se había consumido toda en la batalla y las fuerzas se las habían llevado las arcanas artes de los accesorios de Rax. Los Dioses le habían abandonado y se hundía cada vez más y más en un profundísimo pozo de odio. Rax apoyó el cristal del extremo de su báculo en la nuca de Ekzeldon, listo para el remate final.

Y de repente, Ereon. Aparecido como de la nada, recogió el Báculo del suelo y golpeó con él al Némesor en brutal estocada. El impacto alejó a Rax del derrotado Ekzeldon. El necrón debería haber muerto al instante, pero se irguió ileso y miró burlón al Ángel Caído. Éste, consternado, se dio cuenta súbitamente de la trampa del Phaeron. No le había dado ningún Báculo Cataclismo, ni siquiera un Báculo Prosperidad. No le había dado sino un patético juguete, para conducirle a esa situación, para que muriese y ningún ser no-necrón gobernase Heraxord. Sin ningún arma eficaz contra el Némesor necrón y sin ruta de escape posible, Ereon no pudo sino defenderse del repentino ataque de Rax.

La desigual pelea duró sólo hasta que Melet apareció en su transporte de mando elevándose verticalmente hasta la azotea del torreón. Portaba el verdadero Báculo Cataclismo y tras él, como monstruoso guardaespaldas, traía al Fragmento del Portador de la Noche. Ahora la muerte de Rax era una certeza. O no.

Apenas había aparecido Melet, Rax terminó de segar la vida del Ángel Caído e invocó el poder de su corona. ¿Mecanismos de criptas que abrían y cerraban pasos disformes? Sólo medios, intermediarios, tapaderas. Pues el verdadero poder de Heraxord provenía de un Fragmento de C´tan, cuyo nombre no revelaré aquí, oculto y disperso por los kilómetros de maquinaria de todo el planeta. Pero ahora ese poder se reunía en un solo punto. La corona no era sino el artefacto para manejar tal poder, la correa de la bestia, el botón de la máquina.

Dos columnas de fuego sobrenatural se elevaron de las profundidades de las catacumbas necronas y serpentearon por el torreón hasta su cima. En lo más alto de Uthan formaron una flamígera criatura cuya forma recordaba ligeramente a la de un dragón chino. La criatura rugió a su igual y sonó como mil bosques ardiendo al mismo tiempo. Melet apenas dirigió una mirada al nuevo jugador. Era una sorpresa sin duda, pero sabía perfectamente que tenía que hacer para resolver ese contratiempo. La gema de la corona de Rax refulgía como una pequeña estrella. Y así, necrón y necrón, C'tan y C'tan, empezaron a combatir.

***

"Así pues, forcejeamos en el umbral del Apocalipsis."

***

En las tenebrosas profundidades de un pozo de odio, Ekzeldon se consumía. Poco era consciente de la lucha a su alrededor, y poco eran conscientes los demás de su presencia. Derrotado y mutilado como estaba, poco más podía hacer que esperar la ansiada muerte. Ya nunca cumpliría su venganza. Su venganza. ¡Su venganza! Los pensamientos empezaron a agolparse en su maltrecha mente. Aún estaba vivo, aún podía matar. El orgullo y la rabia reavivaron su poder. Rezó a los Dioses Oscuros que le permitieran cumplir su venganza, que le permitieran luchar unos segundos, para que al menos cuando llegase a su presencia fuera un guerrero victorioso y no un despojo y una ruina. Las llamas de su temperamento se reavivaron y él añadió más leña a ese fuego. En sus ojos sin párpados brillaba de nuevo el poder de Ekzeldon, pero también el de Pegasus, Urst y Xio, todos querían venganza, todos querían seguir luchando. De los putrefactos jirones de su hombro derecho creció un correoso tentáculo múltiple, tan manejable y flexible que pudo formar con él una torpe imitación de una mano, lo bastante elaborada como para sujetar un arma o atravesar un cuerpo. Recobró la conciencia y pudo levantarse del húmedo suelo.

A su alrededor, se desataba el Apocalipsis. La lucha entre los dos Fragmentos hería el tiempo y el espacio y abría profundas grietas en el tejido de la realidad. Sólo mirar esa contienda ya era un reto para el intelecto. Pero Ekzeldon pasó por alto esa extraordinaria pelea y dirigió su atención a la de Rax y Melet. El Némesor traidor, aun con sus armas gastadas tras dos combates, no cedía ni un palmo ante su rival e incluso comenzaba a imponerse. Melet sabía que el Báculo no funcionaba si no asestaba con él un golpe fatal, pero su contrincante era muy hábil para la finta y la defensa. Una vez había conseguido herirle y sólo las grietas y fracturas de la coraza pectoral del Némesor eran testigo de ello. Pero Rax se imponía y como el agua erosiona una roca, Melet era derrotado. Llegó al fin el punto culminante, el momento que cambia la historia.

Melet cayó al suelo y el Báculo con él, pero fuera de su alcance. Rax ya iba a rematarle, a clavar su bastón milenario y empalar a su oponente. Pero un grito de guerra rasgó la noche, y la venganza del Caos cayó sobre él. Al oír el brutal alarido, Rax se dio la vuelta, pero Ekzeldon ya estaba sobre él. Al necrón no le costó demasiado desviar el primer embate y ya iba a zafarse cuando el tentacular miembro confundió su maniobra y su estrategia, basada en la manquedad de su oponente. Esta minúscula distracción fue no obstante suficiente para Elzeldon. Aunque estaba desarmado, ¿o no? Su mano izquierda era de puro metal necrón, un recordatorio de su resurrección. Todos los siglos de tormento se concentraron en ese golpe y ese único ataque complació más a Khorne que todos los que había realizado en su vida. La coraza pectoral de Rax, debilitada por el único ataque del Báculo que le había alcanzado, cedió ante la furia de los Poderes Ruinosos.

Todos los mecanismo de su interior fueron destruidos, y las impías llamaradas de ese golpe, una representación material de la furia de Ekzeldon, se desparramaron y escaparon por todas las junturas y oquedades de su torso. Abierto y destrozado, Rax cayó de rodillas. Ekzeldon recogió el Báculo y se aproximó con lentitud al Némesor. Rax no soltó ni una palabra. Ekzeldon llegó a su altura, profirió una blasfemia y una alabanza a los Dioses del Caos y lo decapitó con limpieza. Todo ocurrió deprisa, pero Ekzeldon nunca viviría un momento con tanta lentitud, saboreando cada segundo de esa anhelada venganza. Ató la cabeza de Rax a su cinto, y arrastró el cuerpo inerte hasta el borde de la azotea. Lo alzó sobre su cabeza y gritó, aulló, blasfemó y alabó a los Dioses Oscuros. No hubo ni un solo ser en todo Uthan que no contemplase la épica escena. Finalmente, arrojó el cuerpo necrón desde lo más alto y siguió gritando, aullando, blasfemando y alabando.

Hasta que Zefion le empujó. Había llegado hace poco y había rematado a Melet mientras que Ekzeldon mataba a Rax. Ahora los dos Fragmentos, sin dueño ni señor, estaban totalmente descontrolados. Habían tomado la forma de apocalípticas tempestades, una de miedo, muerte y oscuridad y otra de fuego. Ahora mismo, la realidad no era un lugar seguro y el tejido del universo se rasgaba y arrugaba cada vez más en Heraxord. Pero Ekzeldon no cayó, pues el viscoso regalo de los Dioses Oscuros no sólo le sujetó fuertemente al borde, sino que asió con tozudez la cabeza de Rax, con corona incluida; cuando Zefion quiso robársela en veloz movimiento. Así pues, Ekzeldon volvió con rapidez a erguirse en lo alto del torreón, todavía con los tentáculos asiendo la cabeza, mientras que en el otro extremo, el exarca eldar tiraba del trofeo al que había enganchado una cuerda monofilamento. Y así, Ekzeldon y Zefion forcejeaban por el preciado trofeo mientras a su alrededor rugía el apocalipsis.

Con infinito peligro, un vehículo aéreo eldar, con un enorme cañón de distorsión montado, se aproximaba al torreón para recoger al exarca, pues el salto disforme típico de las arañas de disformidad era demasiado arriesgado con dos dioses estelares retorciendo el espacio-tiempo. Cuando el vehículo estuvo lo bastante cerca, Ekzeldon dio un último tirón consiguiendo el trofeo y cesando el forcejeo y saltó sobre el vehículo. El peso de su embestida lo hizo tambalearse, pero Elzeldon se sujetó con los tentáculos y apuntó el cañón hacia la azotea de la torre. Si se les ocurría disparar, no harían sino pulverizar a su exarca. Zefion se arriesgó a un salto similar, y sobre el blindaje de hueso espectral, comenzó un nuevo forcejeo, cada contrincante tratando de arrojar al otro al vacío.

Mientras tanto, los kilómetros de maquinaria que recorren los entresijos de Heraxord comenzaban a venirse abajo. No había sido sino la fuerza del flamígero Fragmento de C´tan y el celo de Rax lo que les habían mantenido operativos, y cuando dos dioses estelares desatan su imaginación y sus poderes cósmicos, ni siquiera la maquinaria necrona puede resistir la tempestad. Por no hablar de los daños de la guerra, los puntuales sabotajes eldar y las traicioneras energías disformes omnipresentes tan cerca del Ojo del Terror.

Pero ni Ekzeldon ni Zefion podían permitirse pensar en la estabilidad del planeta, pues sus vidas pendían de un hilo. El cuerpo del exarca, ágil y liviano por naturaleza se desenvolvía bastante mejor que la mole de Ekzeldon, aunque éste contaba con sus correosos tentáculos para asirse con relativa seguridad. En el intenso forcejeo, ambos acabaron a escasos centímetros del cañón de distorsión. Desarmados como estaban, Ekzeldon optó por machacar a su rival a base de puño necrón, pero en veloz hurto, Zefion agarró la cabeza de Rax y golpeó con ella a Ekzeldon en la cara. La improvisada maza surtió efecto, pero ya estaba el eldar alejándose cuando los siempre eficaces tentáculos le agarraron por el cuello y lo inmovilizaron. Le golpearon brutalmente contra el cañón y el puño necrón se sumó a la paliza. La masa de Ekzeldon redujo al eldar en poco tiempo, matándolo a golpes mientras que volvía a asegurar su posición en el inestable vehículo con los tentáculos.

Zefion veía su muerte muy próxima, pero aún había algo que podía hacer. Cuando le quitó momentáneamente la cabeza de Rax, Zefion pudo arrancar la gema de la corona y la había ocultado bien en los recovecos de su armadura. Borracho de victoria como estaba, Ekzeldon no vio venir el veloz movimiento que arrojó la arcana gema por el interior del cañón de distorsión. Aun así, tuvo el tiempo justo de matar a Zefion.

Pasa algo muy curioso cuando haces chocar un reactor de Disformidad con una gema que sirve para controlar un Fragmento de C´tan, y el resultado es aún más espectacular si hay dos fragmentos de dioses estelares jugando a los bolos con las leyes de la física, un planeta se viene abajo y hay energías disformes por doquier. Es un coctel destruyeplanetas.

Heraxord entero desapareció del mapa. Nadie puede decir con exactitud qué pasó porque nadie que estuviera allí ha vuelto a ser visto. El paso disforme permaneció tan inestable como cualquier otro borde del Reino del Caos en la galaxia. Las singularidades espacio-temporales, los caprichos de los dioses, estelares o del Caos; y la arcana maquinaria necrona nulificaron el planeta por completo. No quedaron ni cenizas. El vortex resultante se lo tragó todo.

Pero al igual que al final de la Última Cacería, el destino real de Ekzeldon no es claro. Resulta paradójico, pero en estos casos las mejores oportunidades de sobrevivir, o por lo menos no ser nulificado de la existencia, suelen presentarse en el centro del vórtice. Hay quien dice que se convirtió de nuevo en un aventurero de la Disformidad, donde no era ya ningún forastero. Otros aseguran que los designios de Tzeencht le llevaron al servicio de algún otro Señor del Caos y que se forjó una reputación de sangre y crueldad. Según algunos, traicionó al apóstol oscuro Anuvin y a su primer acólito y valiéndose de su horda fundó su propia partida de guerra. Hay quien insinúa que él es el misterioso Gran Corrompedor, el cuarto elegido de Abbadon. E incluso hay quien se atreve a decir que él fue el artífice de la caída en el Caos del capítulo de los Astartes Praeses, los Campeones Estelares, y a día de hoy los dirige en sangrientas cruzadas contra el Imperio.

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Praefactor.

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