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Relato Certamen I: El Ocaso de un Héroe

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7º Clasificado en el I Certamen de Relatos Wikihammer 40k


La habitación de paredes metálicas desprendía un olor ácido, mezcla de antisépticos y descomposición. Sobre la estrecha camilla yacía el cuerpo decrépito de un anciano. Su respiración era un continuo esfuerzo burbujeante, y solo la enorme maquinaria de soporte vital lo mantenía con vida. El subir y bajar de su pecho era apenas perceptible.


Langman observaba de pié los últimos esfuerzos de su superior por mantenerse con vida. Inconscientemente, se acarició el águila bicéfala que estaba bordada en su guerrera. Miraba conmovido como aquel guerrero, al que ningún enemigo de la galaxia había conseguido derrotar, sucumbía ante el mero paso del tiempo.


En aquella estancia solo lo acompañaban los sonidos de la respiración y de los extraños mecanismos de los aparatos médicos. Por eso se sintió sobresaltado cuando, de los labios cuarteados del anciano, surgió rasposa una sola palabra:

- Agua.

Langman tomó una taza metálica que descansaba en la mesilla, y la llenó en un grifo que surgía de una de las paredes. Casi con reverencia, acercó el líquido a la boca entreabierta del anciano. Este bebió un par de sorbos con esfuerzo, antes de dejar caer pesadamente su cabeza contra la almohada.


- He fallado, Langman.- Dijo con voz rota el anciano.- Todas las batallas ganadas. todas las campañas coronadas con éxito, todos los enemigos derrotados… No han llegado a ningún lado…


- No habéis fallado señor.- Respondió Langman, apenado.- Todos hemos de morir algún día.


- No me refiero a eso.- Una débil tos interrumpió al anciano.- Cuando comencé a luchar, aún cuando era un soldado raso, pensaba que ganaba guerras para lograr un futuro mejor para aquellos que me sucedieran, para mis hijos, para mis nietos, para las futuras generaciones. Soñé con un futuro en que los hombres no tendrían que verse envueltos en más guerras. Y mira la galaxia ahora: es casi más oscura y peligrosa que cuando empecé a pelear por el imperio. Los que nos sigan deberán afrontar atrocidades que nosotros ni siquiera imaginamos.


- Señor…- Trató de interrumpirle Langman. El anciano alzó una mano, lentamente, para callarlo.


- Quizá mi sueño era vano, como el de ese padre que trata de encauzar la vida de sus hijos, inconsciente de que al final serán estos los que han de vivirla, y los que tendrán que enfrentarse a sus propios retos. Pero ¿Se puede culpar a alguien por tratar de proteger a los suyos? Se que no, pero no puedo evitar esta sensación de fracaso.


- Señor, vos no habéis fracasado.- Respondió Langman con fervor.- Vos sois un héroe del imperio.


- Ja.- Rió el enfermo, sin humor, sin fuerzas, sin ganas.- Pronto seré un héroe muerto, una estatua polvorienta sobre un pedestal olvidado, un cita afortunada en los labios de un sabio, un montón de datos y fechas en los archivos de Terra, una inscripción en la fría piedra, un cuento de hazañas en la noche… Pero ya no podré defender a nada ni a nadie, y mis sueños de brillantes futuros quedarán enterrados junto a mí, en la oscuridad de mi tumba.


El silencio cayó en la habitación, solo interrumpido por la respiración trabajosa del hombre que yacía sobre la camilla y el constante ruido de la maquinaria médica. Un agudo pitido rompió aquella ominosa calma. Uno de los monitores advertía que el corazón del anciano se paraba. El aliento del enfermo se apagó.


Casi de inmediato, un afanoso servidor médico entró deslizándose en la habitación. Su mano, llena de pequeños cables, comprobó el pulso del anciano, mientras la mirada vacía de sus ojos artificiales recorría los monitores. No dijo nada, ni hizo nada, pues nada quedaba por hacer. Estaba muerto. Tras desconectar las máquinas, el asistente sanitario dejó la estancia.


Langman se acercó al enfermo y, con un gesto tan antiguo como el hombre, apoyo el índice y el pulgar en los párpados del anciano, cerrando sus ojos para siempre. Se quedó de pié unos instantes, junto a la camilla, pensando que decir.


Finalmente, esbozando un saludo militar murmuró:


- Adiós Señor.


Dio media vuelta y abandonó la habitación. El sonido de sus pasos se fue perdiendo en la distancia, dejando tras de sí un silencio sin respuestas.


AutorEditar

  • Bairrin (Jon Hurtado)

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