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Relato Certamen I: El Eterno Deber

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Ganador en la I Edición de Relatos Warhammer.


Para leer el relato en su formato original, pulsa Aquí


La Stormraven 523 volaba rauda por la atmósfera de Kantis V, rodeada de otras muchas. El cielo era negro, lleno de nubes de color humo. El rugir del motor de las naves, forzado a máxima potencia para llegar al punto de desembarco sin ofrecer un blanco fácil, no llegaba a ocultar el crepitar de las baterías antiaéreas de la superficie, que intentaban desesperadamente alcanzar a las Stormravens antes de que llegasen al suelo. Nada de eso preocupaba a sus ocupantes. Los Caballeros Grises. El Hermano Silorus, como los demás, había pasado ya varias veces por ése momento. Todos estaban con la rodilla hincada dentro de la nave, sin inmutarse apenas por las turbulencias. Juntos entonaban El Cántico de Absolución, las Seiscientas Sesenta y Seis palabras secretas:


"Agradece al Emperador Su Sacrificio, como el resistió nosotros lo haremos”


A Silorus no le faltaba demasiado para cumplir su primer medio siglo como Caballero Gris. Muchas veces se había enfrentado a las huestes demoníacas de la Sangre, del Cambio y de la Podredumbre; pero hasta ése mismo día nunca se había enfrentado a las del Placer. Eran los esclavos de Slaanesh los que le esperaban sobre Kantis V


“Nosotros, que somos los Cazadores de Demonios, combatiremos en Su Nombre por toda la eternidad.”


“Nosotros, La Orden del Martillo, nos sumergiremos en las Sombras Tenebrosas.”

“Buscaremos a aquellos que porten La Mancha, perseguiremos al Más Grande de los Males.”


-Hoy los Cazadores de Demonios tendremos mucho que cazar- Pensó Silorus. En Kantis V, un famoso Mundo Jardín tropical del sector, el Demonio autodenominado Néctar había iniciado una invasión a gran escala, sin que se supiera ni el motivo ni como había podido acceder al plano material.


“Aunque estemos en la Sombra, la Tiniebla no entrará en nuestro corazón.”


“La traición no tocará nuestras almas, el orgullo no penetrará nuestras mentes.”



Por las enseñanzas del Liber Daemonica, Silorus sabía que, a diferencia de las huestes de los otros tres Poderes Oscuros, el Príncipe del Placer no apelaba al ansia de violencia de un guerrero. Ni a su ambición. Ni a su temor a la muerte. Apelaba a sus más bajos instintos. A sus deseos. Esto le generaba cierta intranquilidad, pues era un modus operandi que no había experimentado aún. Sin embargo, estaba seguro de que el intenso entrenamiento al que se había sometido, su fe y sus plegarias al Emperador le ayudarían a mantenerse en pie contra el impuro.



“Nuestra Voluntad será nuestra arma; nuestra Fe, nuestra armadura.”


“Nuestras mentes serán murallas, no caeremos en la tentación.”


Pese a las vibraciones y al ruido cada vez más atronador del exterior, los Caballeros continuaron con su Cántico. Silorus, apodado cariñosamente como “Cicer” (lat.: Garbanzo) por sus hermanos por su total falta de pelo en la cabeza, se concentró en el Salmo para despejar la mente. Precisamente ésa era la labor del Cántico. Pronto estaría en la superficie purgando a todos los que blasfemaban Su nombre. Entonces, entre el sonido de cañonazos, el rugir de la nave y el estallido de algunas Stormravens amigas, el Cántico llegó a su punto culminante. Todos los Hermanos se hallaban en éxtasis, unidos en su férrea voluntad de acabar con lo que encontrasen al salir:


“Aunque solo somos mortales a Su servicio, nuestro es el Deber Verdadero.”



“¡¡Et Imperator Invocat Diaboli Daemonici Exorcisum!!"


Y todos los hermanos rugieron:


“¡¡Imperatoris nomine!!”


Todos los Caballeros se pusieron en pie, asiéndose a la parte superior. Todas las armas cargadas. Todas las armaduras bendecidas. Todos los corazones dispuestos. Las Stormravens lanzaron sus misiles. Las ametralladoras de las naves bramaron con la voz del trueno. Habló el piloto por el sistema de comunicación:


- Área de despliegue despejada. Que el emperador os acompañe.



La voz del Hermano Justicar Helitor, en su armadura de Exterminador, se alzó sobre todo otro sonido:


- ¡Es nuestro momento! ¡No avergonzaremos al Emperador fracasando hoy! ¡Muerte al Impío!


- ¡¡Muerte!!


La nave terminó su descenso y se posó. Se hizo un eterno silencio que no era tal, hasta que, con un chasquido, se abrió la puerta de desembarco.

- ¡Adelante!


Silorus abandonó la nave y puso pie en tierra junto al resto, al mismo tiempo que las demás Stormravens desembarcaban a sus pasajeros; todos ellos miembros de la Hermandad a las órdenes del Hermano Capitán Alaric. En su mano derecha portaba su alabarda Némesis; e instalado en el antebrazo izquierdo, un bólter de asalto; permitiéndole así poder usar ambas manos para portar la alabarda.


La superficie del planeta era un caos. A lo lejos se oía fuego de bólter; y gritos de batalla por un lado, y por otro de dolor y de placer. Habían desembarcado en una explanada de hierba baja, y el entorno estaba lleno de suaves colinas ocupadas por vegetación tropical. Sin embargo, el cielo, habitualmente limpio y azul salvo en la época de lluvias, estaba hoy cubierto por las sucias nubes grises que la Stormraven acababa de atravesar. Además, todo el planeta estaba bañado por una luz anaranjada; como la de un atardecer pero más tenue, sin proyectar sombras. Todo ello le daba un ambiente enormemente irreal al entorno.


La escuadra del Justicar Helitor se desplegó instintivamente a espera de sus órdenes. Silorus ocupó su posición habitual y “encendió” mentalmente su alabarda. Cada Caballero tenía un vínculo muy estrecho con su arma Némesis, pues ésta usaba el propio poder psíquico del Caballero. El poder del arma crecía conforme el portador se hacía más fuerte, y su corte y rapidez reflejaba incluso el estado anímico del guerrero.


- ¡Vamos, no hay tiempo que perder! – Ordenó Helitor – Debemos tomar la colina marcada como H65 en el Holomapa. Los cultistas han establecido allí una posición de artillería que hay que silenciar antes de que nuestros hermanos puedan pasar a otros objetivos.


- ¡Adelante! ¡Adelante!



Otras escuadras de Caballeros habían recibido también sus órdenes y corrían hacia sus objetivos, alejándose de la zona de desembarco. Pero entonces ocurrió. Los Siervos del Placer no pensaban quedarse a la defensiva. Un enorme número de Rastreadoras, diablillas de Slaanesh montadas en bestias demoníacas, atacaron al galope la zona de desembarco entre gritos de combate propios de amazonas. Surgieron desde detrás de la colina más cercana, de improvisto, y con los Caballeros sin tomar posiciones. Hábil movimiento. Bajaron al galope la ladera, mientras todas las escuadras cercanas de Caballeros formaban un muro de puntas con sus alabardas Némesis. Simplemente, estaban entrenados para ello.

Mientras Silorius mantenía la posición con su alabarda, se sintió ligeramente sorprendido por el aspecto de las Diablillas. Otros esclavos del caos eran horribles de ver, repugnantes. Sin embargo, las diablillas se movían y actuaban de forma que, aunque eran seres horribles con zarpas de insecto, el resultado era atractivo. A ojos de un humano común, inexplicablemente sensual. Nada de esto haría mella en un Caballero Gris como Silorius, se autoconvenció éste, y apartó ésos tenues pensamientos de su mente. Las rastreadoras ya se lanzaban a la carga contra su muro de alabardas. Cuando quedaban unos sesenta metros para el impacto, todos los Hermanos abrieron fuego con sus bólters de asalto acoplados. Las rastreadoras ya estaban a tiro. La línea de Caballeros rugió fuego, y un millón de balas bendecidas y autopropulsadas llovieron sobre aquella manada de corceles. Toda la primera línea de rastreadoras cayó junto con sus monturas, consumiéndose en un suave fuego rosáceo, volviendo a la Disformidad. Pero detrás venían más.



- ¡Seguid disparando hermanos! – Tronó Helitor – ¡Devolvámoslas a su pocilga!

Pese a que caían a decenas al ritmo de los furiosos bólters de doble cañón, las monturas se acercaban demasiado.


- ¡Némesis! – Ordenó el Justicar - ¡¡Ahora!!


Silorus, junto a sus hermanos, cambió ligeramente de postura en un instante para empuñar firmemente la alabarda y clavar su parte inferior en el suelo, dejando la punta al frente. Todos se movían al unísono, formando una organizada falange con las puntas psíquicas azules hacia delante. No sería fácil sobrepasarles. El impacto fue brutal. Ésos demonios no tenían miedo y no recularon ante el formidable muro de lanzas. Tanto Caballeros como monturas y jinetes demoníacos cayeron al suelo desorganizadamente. Silorus cayó en la cuenta de que el número de demonios era enorme, muy por encima de lo habitual. ¿Cómo habrían conseguido abrir un portal lo suficientemente grande como para traer a tantos entes de la Disformidad en tan poco tiempo?

El combate se desorganizó. Los Caballeros luchaban en solitario o por parejas en el caos del enfrentamiento. Ya no había formación alguna. Silorus, de momento ileso, buscó su primer objetivo. Trazó un amplio arco con su alabarda y decapitó a una diablilla cercana. Una décima de segundo después apuntó con el bólter a una rastreadora aún montada que se dirigía hacia él y abrió fuego. La montura se desequilibró, y Silorus se desplazó ligeramente hacia un lado para no ser arrollado mientras cortaba limpiamente el costado de la bestia según pasaba a su lado. Jinete y montura ardieron y se esfumaron. Silorus se movía por instinto. Sabía cuándo golpear, donde golpear y a quién golpear. Mecánicamente. Una a una iba abatiendo a las diabillas que quedaban a su alcance, sin sentir ningún odio ni furia. Su cuerpo hacía aquello para lo que había sido entrenado. La Némesis brillaba y segaba con tajos limpios, cortando sin dificultad.


Sin embargo, no estaba siendo fácil. Las diablillas eran seres enormemente ágiles y resultaba difícil acertarles con armas de fuego; y más aún cortarlas con la alabarda. Silorus vio que entre sus hermanos también había bajas. Vio como una de ellas clavaba su zarpa en el hombro del hermano Lafer, incrustándola en la herida y removiéndola con cara de sumo placer. Vio como le arrancaban el brazo y le segaban la cabeza.

Valiente hermano. Inmunda criatura.


Silorus corrió y ensartó a la abominación que había dado muerte a Lafer. Una menos. En ése momento miró a su alrededor entre el caos de la batalla y se dio cuenta de que sus hermanos y él se estaban imponiendo claramente, con más facilidad de la que había esperado. El Emperador era su fuerza y de ningún modo les abandonaría. Silorus rugió y se dispuso a acabar de una vez por todas con las diablillas que quedaban. El resto de sus hermanos, conscientes también de la situación de ventaja, redoblaron esfuerzos. Cada hermano consiguió juntarse con los demás en medio de la multitud; formando, por fin, grupos compactos. Silorus y la mayoría de los miembros de su escuadra lograron reencontrarse con Helitor. Sólo faltaban Ticius y Malenas. Silorus rezó para se hubieran extraviado y se encontrasen a salvo con otras escuadras. -¡Flanco derecho, flanco derecho! – Bramó Helitor - ¡Ya son nuestras! Silorus y los otros tres hermanos siguieron a Helitor hacia el flanco derecho, acabando con las diablillas que les salían al paso. Las que seguían sobre sus monturas, las menos, parecían estar retirándose. Las que estaban pie a tierra pensaban vender caro su regreso a la Disformidad, gritando como brujas histéricas. Había bastantes hermanos muertos en el suelo. Servoarmaduras plateadas manchadas de rojo. Brazos y piernas desparramados de forma obscena. A Silorus cada pérdida se le hacía inadmisible. Cada uno de ellos era un hermano Caballero Gris con décadas, o incluso siglos, de fiel y anónimo servicio a la Humanidad. Cada uno era un héroe… un héroe asesinado por un ser inmundo al que le era casi indiferente volver a la disformidad y que a veces desaparecía del plano material con una burlona sonrisa en el rostro. A medida que seguía corriendo hacia el flanco derecho tras Helitor y sus hermanos, Silorus las odió. Odió a aquellos seres entregados al placer por cuya culpa caían varios de los mejores hombres de la humanidad. Su cuerpo se llenó de adrenalina. Estaba furioso. Cuando la escuadra llegó a un núcleo de diablillas en el flanco derecho, Silorus saltó sin miramientos sobre la que parecía la cabecilla y aplastó su cabeza con el guante de su servoarmadura, de un potente puñetazo. A ésa diablilla no le hizo ninguna gracia volver a la Disformidad. Un segundo después, sin mirar alrededor y sabiendo que estaba rodeado por las compañeras de la caída, asió la alabarda y realizó un rapidísimo giro de 270 grados. En vez de ser atravesadas limpiamente por la hoja Némesis, tres diablillas salieron despedidas por los aires y se desintegraron. Silorus siguió golpeando. La Némesis ya no cortaba limpiamente. Ahora aplastaba. Ahora serraba. Ahora destrozaba. Con las mandíbulas apretadas, Silorus acabó con todas las que tuvo a su alcance. Una por una. Rebosaba furia y el filo azul psíquico de la Némesis crepitaba.

Finalmente, cayeron todas las diablillas del flanco derecho. La escuadra de Helitor se reunió en torno a él. En todos se mostraba el esfuerzo realizado. - La zona de desembarco ya es segura, y el Capitán Alaric ha dado orden de proseguir con los objetivos marcados –indicó Helitor- Pero nosotros nos mantendremos aquí por dos razones –Dijo, añadiendo énfasis- Una es que tenemos que intentar contactar con Ticius y Malenas. Sus intercomunicadores sólo crepitan y puede haberles pasado cualquier cosa. La segunda –Dijo, dirigiendo una furibunda mirada a Silorus- es que el hermano Silorus ha perdido el equilibrio. - Hermano Justic… - Nada de excusas –cortó en seco Helitor- He visto como luchabas. Lo hacías con odio. Deseabas la sangre del enemigo. ¿No recuerdas las enseñanzas de tu Bibliotecario? Cada muerte que realizamos deseando la sangre del enemigo es una ofrenda al inmundo Entre de la Sangre que adora el Caos. ¿Es así como deseas honrar al Emperador? Silorus se dio cuenta de que el veterano Justicar llevaba razón. Contener las emociones. Estoicismo. Toda emoción negativa alimenta al caos y puede llevar a la herejía. Ese era el credo de los Caballeros Grises. Agachó la cabeza y reconoció su error. En sus pocas décadas de servicio era la primera vez que le pasaba. Se avergonzó. Decidió ofrecerle una estricta penitencia al Emperador en cuanto la batalla acabase. - No te preocupes Cicer –Le consoló el hermano Ilius, de su escuadra- El Emperador, en su Santo Trono, sabe que no fue tu intención. Eres un Hermano Gris ejemplar. - Gracias Ilius –Respondió Silorus- Pagaré mi error lo antes posible. - Bien –Zanjó Helitor– Orseus, vuelve al lugar donde repelimos el asalto de la horda e intenta ver si los hermanos Ticius y Malenas están entre los caídos, o si puedes contactar con ellos desde allí. Mi intercomunicador sigue crepitando. Los demás nos quedaremos aquí hasta tu regreso y entonaremos cánticos y plegarias para pedir la bendición del Emperador sobre ésta escuadra y, en especial, sobre el hermano Silorus. - Gracias, Hermano Justicar – Asintió Silorus. Orseus corrió de vuelta hacia la posición anterior de la escuadra mientras que sus compañeros hincaban la rodilla en tierra y cruzaban los brazos sobre el pecho, tal y como habían hecho en la Stormraven. Volvió a oírse el Cántico de Absolución "Agradece al Emperador su sacrificio, como él resistió nosotros lo haremos”

Silorus amaba al Emperador, y le abochornaba haber actuado de ésa forma. Su Sacrificio no merecía quedar manchado por el servicio impuro de sus siervos. “Nuestra voluntad será nuestra arma; nuestra Fe, nuestra armadura.” “Nuestras mentes serán murallas, no caeremos en la tentación.” Silorus se prometió vencer de forma intachable a las inmundicias que habían pisado Kantis V. Esos seres hedonistas que se rebozaban en todos los excesos. Maldita sea… cuanto los odiaba…


Pasado un rato, Orseus volvió con el mismo paso ágil al que se había ido. No queriendo interrumpir la sentida plegaria de sus hermanos, hincó rodilla a tierra y se unió a ellos hasta que acabaron. Cuando hubieron concluido, todos se levantaron y Helitor se volvió hacia Orseus. - Informa, hermano Orseus. - Hermano Justicar, Ticius y Malenas no están entre los caídos. He revisado los venerables restos de nuestros hermanos, he hablado con los servidores que están embarcándolos hacia su descanso en el Santo Titán y he revisado algunas Stormravens antes de que partieran. Simplemente no están ahí. Y sin embargo ni desde mi intercomunicador ni desde las naves de tierra he podido contactar con ellos. Las escuadras que están en combate confirman que no les acompañan. Una sombra cruzó los ojos de Helitor durante una fracción de segundo. Pero fue eso nada más.

- Bien, no podemos esperarles más. Seguro que, allá donde estén, el Emperador les guardará. Es hora de que nos pongamos en marcha hacia H65. Sin una palabra más, los cuatro hombres que formaban la escuadra de Helitor se pusieron en formación detrás suyo, y marcharon a paso rápido tras él. H65, la colina, era el próximo objetivo. En su cima, los cultistas habían establecido una posición de artillería que apenas había dejado de disparar, y que no podía ser bombardeada pues algunas baterías antiaéreas la rodeaban. No era uno de los objetivos principales, pero era indispensable silenciarla. Ya se ocuparían el Capitán Alaric, y los Land Raiders y Servoterrores que le acompañaban, de purgar el lugar donde se suponía que estaba el portal de Disformidad y, por ende, el demonio Néctar.

Tras atravesar unos tres kilómetros de vegetación baja, con extrema cautela pero sin encontrar resistencia, procurando siempre no ser un blanco fácil para algún tirador escondido, se fueron acercando a H65. Sólo se oía el sordo fragor de los lejanos combates y, cada vez más cerca, las detonaciones de la batería que debían silenciar. Ahí estaba, disparando sin pausa sobre los Hermanos en algún punto del horizonte, matándolos u obligándoles a permanecer a cubierto y acorralados. Ésa batería debía de dejar de disparar cuanto antes. Cuando la escuadra de Helitor llegó desde el noroeste, lo suficientemente cerca del inicio de la pendiente que culminaba en la cima de H65, Helitor hizo un gesto y todos se apostaron entre una vegetación tropical más elevada y frondosa que les ocultaba de posibles vigías. Una vez allí, todos ajustaron los sensores de sus cascos para poder obtener el mayor detalle posible de H65; y Orseus le pasó el auspex de mano a Helitor para que pudiera hacer un barrido de la zona.

La situación era la previsible: Los heréticos habían eliminado toda vegetación de la pendiente de la colina para evitar que un atacante tuviera grado alguno de cobertura. El terreno estaba quemado, posiblemente por lanzallamas, y no sobresalía del terreno nada más alto que medio tocón de árbol chamuscado. La única cobertura la suponían los restos humeantes de una Stormraven caída en la cara norte de la colina, seguramente abatida antes de que nadie descubriera que no era buena idea acercarse por aire a H65. La colina tenía un grado bajo de pendiente en su cara sur, y elevado en la cara norte. El auspex revelaba que no era una opción entrar desde el sur, pues como era la pendiente más accesible y la única transitable por vehículos, la mayor parte de los nidos de armas pesadas se encontraban ahí.

Helitor interpretó, mirando al auspex, que dos terceras partes de las fuerzas heréticas que protegían H65 eran Fuerzas de Defensa Planetaria imperial que habían desertado. Su disposición táctica les delataba. Nada extraño ni peligroso, no serían un problema si no se ponían ante sus armas pesadas. Lo preocupante era ése tercio de defensores que no correspondía a ése perfil. Podían ser perfectamente demonios, marines ruidosos o traidores de la antigua tercera legión. - No debemos atacar ésa colina siendo sólo cinco, se esperaba menos resistencia –Aseveró Helitor- Orseus, intenta solicitar apoyo de alguna escuadra que se encuentre en la zona. - Orseus se afanó con su intercomunicador, dando y solicitando su situación a diversos grupos.





- Supongo que lo percibís –Comentó Helitor. Todos los demás asintieron con la cabeza. Lo que percibían era la comunicación psíquica del Hermano Capitán Alaric con ellos, en la que les aseguraba que él y quienes le acompañaban estaban consiguiendo avances en el camino hacia la supuesta posición del Portal, pero que varias escuadras informaban hallarse en problemas por culpa de la artillería de H65. Solicitaba que fuera silenciada cuanto antes.

- ¡Señor! Una escuadra a las órdenes del Bibliotecario Roser estará aquí en unos diez minutos. -Anunció Orseus- A nadie más le es posible venir antes, las Stormraven no pueden acercarse. - Está bien –Dijo Helitor con fastidio- Esperaremos. Es inviable atacar ahora.


Y allí se mantuvieron; con los ojos puestos en el auspex que Helitor tenía en la mano y con los oídos pendientes del atronador sonido de cada disparo de la artillería. Frustrados e impacientes. Sus Hermanos tenían serios problemas por culpa de aquella batería, y ellos no podían hacer nada.


Al cabo de más de diez minutos, la escuadra de Roser llegó a su posición. Sólo venía el propio Roser y los hermanos Lucano y Zestas. Venían a la carrera, acalorados y con muestras de haber estado enzarzados en combate. - Siento el retraso, hermano Justicar –Dijo Roser nada más llegar- Desde que pusimos el pie en éste inmundo planeta, hemos perdido a nuestro Justicar y a tres Hermanos Grises de nuestra escuadra. En toda la zona este hay una enorme resistencia que nos ha acosado incluso cuando veníamos hacia aquí. De hecho, corríamos a reagruparnos con las escuadras de H61 cuando recibimos vuestra llamada. - Gracias por venir tan rápido, Bibliotecario Roser. El Emperador nos guarda; pero tu poder y la habilidad de estos dos hermanos que te acompañan hará más fácil nuestro éxito. Pese a las cordiales palabras de Helitor, tanto Silorus como el resto de hermanos de su escuadra, que habían pasado muchos años combatiendo con él, se daban cuenta de que su Justicar esperaba un apoyo más numeroso y menos exhausto. Percibían, como él, que estaban en el delicado punto de saber que tomar H65 no era un suicidio, cosa que en mentes tan pragmáticas hubiera argumentado un aplazamiento; pero que tampoco sería posible hacerlo sin grandes bajas. Y cada detonación de artillería les recordaba que cada segundo contaba. Helitor usó el minuto siguiente para poner a los recién llegados al corriente de la situación, y exponer el plan: Definitivamente, accederían por la cara norte, la más empinada. Se suponía que, además de los restos de la Stormraven, la inclinación y el terreno más abrupto crearían numerosos puntos ciegos de tiro que perjudicarían a los defensores. - Hermano Bibliotecario, contamos con tu habilidad para ocultar nuestro ascenso a los ojos de los atacantes. Tu labor será imprescindible. - No temas, Hermano Justicar. Haré todo lo que esté en mi mano.

Con un gesto de la mano de Helitor, se pusieron en marcha. Orseus, Lucano y Zestas ascenderían la colina por un acceso que estaba unos trescientos metros más allá, para tener dos puntos de ataque. Helitor, Silorus, Ilius, y los otros dos compañeros de escuadra de Silorus, Vikon y Torgan, formarían el ataque principal. Roser les cubriría con su poder desde unos pasos más atrás.

A la carrera, salieron de la maleza y se pusieron al descubierto. Corrieron a pleno pulmón hacia el inicio de la ascensión.

Los primeros disparos y voces de alarma no se hicieron esperar. Los Hermanos rugieron:

¡¡Por el Emperador y la Santa Terra!!!

Silorus siguió corriendo e intentó localizar a los defensores. Allí estaban, soldados de las Fuerzas de Defensa, disparándoles con ésos ridículos rifles láser de mala calidad desde un saliente. La única diferencia era que todos ellos iban ahora pintarrajeados de rosa, y parecían drogados. Varios iban desnudos. Habían traicionado a su raza por un montón de drogas. Pronto aprenderían su error. Silorus inició la ascensión sin bajar el ritmo de carrera en ningún momento. Toda la pendiente estaba llena de cenizas y no era difícil resbalar. Los impactos láser caían a su alrededor o golpeaban de refilón sin daños. Demasiada distancia aún. Delante iba el Justicar, marcando el camino a seguir. Detrás, sin perderle el paso, Ilius. A Silorus le daba confianza estar con éstos dos hombres. Detrás corría él pendiente arriba, y ya más atrás marchaban Torgan y Vikon. Roser cerraba el ascenso.

Mientras los disparos seguían lloviendo, cada vez más precisos, los Hermanos en su carrera iban pasando entre tocones calcinados, buscando puntos ciegos para los tiradores. Realmente, sólo las Servoarmaduras Aegis les protegían. Silorus midió con el visor de su casco la distancia hasta el núcleo más cercano de tiradores enemigos, arriba a la derecha. Ochenta y tres metros, demasiado lejos como para responder al fuego. El Bólter de Asalto, aunque letal a corta distancia, era casi inútil contra objetivos concretos a más de cincuenta metros.

Justo cuando la tromba de disparos láser empezaba a ser peligrosa, los defensores empezaron a fallar sistemáticamente. Silorus apartó la mirada del camino de subida un momento y descubrió por qué: Parecían desorientados y entrecerraban mucho los ojos al disparar, como si tuvieran problemas de visión. Se paró y miró hacia atrás: Allí estaba el Bibliotecario Roser, con una mano extendida hacia el cielo. - ¡Vamos estúpido! –Le gritó el Bibliotecario- ¡No te detengas! ¿Cuánto crees que podré retenerlo?

Silorus se maldijo por haber perdido la concentración y siguió corriendo hacia arriba. Apretó los dientes. Cinco metros de subida. Cinco más. Ilius, delante suya, resbaló un pie y tuvo que apoyar una mano en el suelo. Los herejes no malgastaron la oportunidad de disparar a un objetivo parado, y un par de impactos alcanzaron la espalda de Ilius. La Aegis aguantó, pero perdió unos segundos preciosos para levantarse. Silorus lanzó una ráfaga de bólter contra la posición enemiga más cercana. Demasiado lejos aún, pero todos ésos cobardes se pusieron a cubierto, dejando de disparar unos segundos. Con suerte habría alcanzado a alguno. - ¡Vamos Ilius! ¡Ya casi son nuestros! Ilius, al momento, reanudó la carrera. Helitor, más arriba ya, disparaba ráfagas cortas y contenidas contra las posiciones enemigas, silenciándolas. Más allá se oían también las ráfagas de Orseus, Lucano y Zestas. El Juicio del Emperador caía sobre ésos herejes.

Allí, a treinta metros escasos, estaban los restos de la Stormraven caída. Si llegaban hasta ella tendrían unos segundos de tregua. Pero entonces ocurrió. Hasta el momento, los únicos disparos enemigos que se oían eran los de los casi inofensivos rifles láser de las Fuerzas de Defensa. Pero de repente se oyó tronar un arma mucho más familiar. Bólters. Bólters herejes. El primer impacto cayó sobre Helitor, cuya servoarmadura de exterminador resistió sin inmutarse. Los siguientes cayeron sobre Ilius y Silorus, que le seguían. A diferencia de los lásers, que se notaban poco bajo la protección de la Aegis, los disparos de bolter golpeaban como puños de acero allá donde caían, haciéndola crujir y agitando todo el cuerpo. Cualquiera de ellos podía abrir una fisura fatal. - ¡¡Corred!! ¡¡A los restos!! Los enemigos, de chillonas servoarmaduras rosas, estaban allí, arriba, en un saliente. Cuatro de ellos, disparando con fuego semiautomático y fallando más de lo habitual gracias al poder de Roser. Uno de ellos llevaba un bólter pesado.

Había un trecho recto y plano de unos cuarenta metros hasta los restos humeantes del transporte, enclavados en una especie de pequeño torrente seco, con terreno abrupto a la izquierda. Helitor, que iba el primero, se desplazó a la derecha en vez de cobijarse bajo los restos para dar fuego de cobertura a sus hombres, que iban detrás algo rezagados, hasta que alcanzasen la cobertura. Disparó en ráfagas más largas sobre el saliente del terreno desde el que los cuatro Traidores disparaban, acompañados de varios desertores.

Era una visión inspiradora verlo ahí, quieto, disparando, sin cobertura alguna; mientras el fuego enemigo caía a su alrededor. Parecía inmortal. El fuego enemigo no sólo provenía de ése saliente, sino de varios otros puntos. Silorus, mientras corría, contó cinco puntos de disparo enemigos.

Ilius, a la carrera, sacó un Orbe Sagrado de su cinturón y sin dejar de correr se desvió hacia la posición de Helitor. Una vez llegó allí, usó todo el impulso de su carrera para lanzar el Orbe contra el saliente. Silorus, que corría detrás, sólo pudo rugir de satisfacción cuando el saliente y sus ocupantes volaron por los aires. Había sido un lanzamiento increíble, de más de treinta metros. Helitor se volvió y se aseguró de que toda la fila cruzase la recta. - ¡¡Vamos!! ¡¡Corred todos a cubierto!!

Silorus llegó bajo la chatarra de la Stormraven el primero; seguido de Ilius, que acababa de lanzar el Orbe. Más retrasado vio entrar en la recta a Torgan, y algunos metros más atrás a Vikon. Se les notaba cansados, no podían seguirle el ritmo a los demás. Los dos cruzaron la recta bajo los disparos de los desertores; mientras Helitor, que seguía a descubierto, les cubría con ráfagas cortas. Pero Roser no aparecía. Iba el último y le habían perdido de vista. - ¿Dónde está Roser? –les preguntó Silorus a Vikon y a Torgan cuando llegaron a los restos. - ¡No lo sé! –Aseguró Torgan, preocupado -¡Santa Terra, creí que nos seguía justo detrás!

Roser no aparecía en la recta, y Helitor seguía a descubierto, disparando. Ilius salió a descubierto también. - Parecéis cansados, hermanos –Dijo Silorus– Tomad un respiro aquí. Volveremos a buscar al Bibliotecario. Silorus volvió a salir bajo la lluvia de disparos y llegó a la posición de Helitor. La servoarmadura del Justicar mostraba las marcas de muchos disparos. Justo en ése momento volvieron a oírse bólters herejes. La situación se hacía insostenible. Ilius corría de vuelta hacia el inicio de la recta para buscar a Roser. Silorus se mantuvo espalda contra espalda con su Justicar, disparando contra los puntos de fuego enemigos, cubriendo a su compañero. Justo cuando Ilius estaba llegando al inicio de la recta apareció Roser. Simplemente estaba exhausto. Iluis llegó hasta su posición, puso una mano amable en su hombro asegurándose de que estaba bien y juntos volvieron por la recta. Ilius disparaba su bólter mientras Roser procuraba mantenerle el paso.

De repente, en el fragor del fuego, se oyó una risotada histérica amplificada. Y un sonido increíblemente grave, que hizo retumbar la tierra. Tanto Ilius como Roser cayeron al suelo. Marines Ruidosos.

Silorus y Helitor dispararon contra el Ruidoso, que estaba sobre una roca a la izquierda. Esperaban que se amedrentase, pero desde ésa distancia no cedió. El sonido cambió. Se volvió increíblemente agudo, más de lo que el oído humano puede tolerar; hasta el punto de resultar insoportable.

El ruidoso disparo y alcanzó a Ilius, que inmediatamente se echó las manos a la cabeza mientras trataba de levantarse. Intentaba sobreponerse al disparo sónico, que debía estar causándole un daño enorme.

Silorus y Helitor siguieron disparando contra el Ruidoso, pero no se inmutaba. Ilius se desmoronó en el suelo tras avanzar unos metros.

- ¡¡Traidor!! ¡¡En nombre del Emperador he venido a darte Su Justo Castigo!! Multitud de relámpagos azules rodearon al Bibliotecario, que se interpuso en la línea de disparo que el Ruidoso mantenía con Ilius. Alzó la mano izquierda y una potente onda transparente chocó y pugnó contra el impulso sónico del Ruidoso. Entonces Silorus lo vio: El otro brazo de Roser sangraba abundantemente. Estaba herido. Por eso se había retrasado. Cicer corrió hacia el lugar donde Ilius intentaba volver a levantarse. Torgan y Vikon, hasta ése momento a cubierto, salieron y se unieron al Justicar disparando contra los otros focos de fuego. Roser, con rostro solemne y ojos encendidos de justa cólera, seguía luchando con el disparo del Ruidoso. Silorus llegó donde Ilius, lo cogió bajo el hombro y lo llevó hacia los restos. El Ruidoso empezó a emitir chirridos, sonidos dispares de agonía. - ¡Nada puede desafiar a Su Poder! Entonces, la onda transparente del Bibliotecario, que hasta ése momento hacía de escudo, salió disparada contra el Ruidoso y, simplemente, lo licuó. Sus restos salpicaron las rocas que se encontraban tras él.

Toda la escuadra, salvo Ilius, estaba a descubierto cubriendo el regreso de Roser; que haciendo un supremo esfuerzo consiguió llegar por su propio pie a los restos. Allí se reunieron todos. Las Aegis de toda la escuadra presentaban daños, pero los de Helitor, Ilius y Roser eran los más preocupantes. - No podemos permanecer mucho tiempo aquí, o todos los herejes de ésta colina se nos echarán encima –Aseguró Helitor- Hermano Bibliotecario, ¿cómo te encuentras? Roser jadeaba exhausto, apoyándose en las rodillas. Parecía haber dejado de sangrar, pero su brazo derecho tenía mal aspecto. - Bien, Justicar. Sólo necesito un instante –Dijo con voz cortada. - Ilius hijo, ¿cómo estás tú? – Siguió preguntando Helitor Ilius reposaba contra un trozo de blindaje ennegrecido; pero se levantó con dificultad, por respeto, cuando Helitor le habló. Se había quitado el casco, y tenía sangre reseca en los oídos y en la nariz. Sus ojos estaban enrojecidos. - Bien, señor. Todos hemos salido de peores situaciones. Helitor asintió y pasó a usar el intercomunicador. - Orseus, aquí Helitor. ¿Cómo van las cosas por vuestro lado?

Todos pudieron escuchar la conversación por el canal común.

- Malas noticias, hermano Justicar. Hemos perdido a Lucano. Cayó con honor, señor. - Que el Emperador le tenga en Su Gloria. ¿Cuál es vuestra situación? - Llevamos un rato cobijados en un entrante del terreno. Los herejes nos acosan desde todos lados y nos han inmovilizado. A menos que se muevan, no podremos salir de aquí. - Tranquilo Orseus. Empezarán a moverse en cuanto nosotros les presionemos. Aguantad ahí. ¿Algo más? - Zestas está herido. Yo estoy casi bien… Sentimos no poder hacer más, señor. Avanzaremos a su orden. - Estáis luchando con valor. Conservaos vivos y salid cuando veáis que el peligro es menor. Nos veremos en la cima y allí daremos Su Justo Castigo a ésos Traidores. El Emperador está con vosotros, hermanos. - Gracias, señor. Nos veremos en la cima. Helitor cortó la comunicación y miró a su alrededor. Silorus supuso que ya habían ascendido más de la mitad de la colina, pero ésa batería seguía disparando y todas las fuerzas de H65 se estaban arremolinando poco a poco en torno a los restos de la Stormraven. Tenían que salir de allí rápido y llegar al terreno llano de la cima. Allí, en terreno abierto, donde pudieran usar las Némesis, los Caballeros Grises encontrarían su ventaja. - Preparaos para seguir la ascensión. Ya queda poco. – Anunció el Justicar- Yo iré primero. Me seguirá Torgan. Después irán, en éste orden, Vikon, Ilius, Roser y Silorus. Ilius y Cicer se asegurarán de cubrir al Bibliotecario para que pueda seguir apoyándonos con su poder. Los demás les iremos abriendo paso.

Todos asintieron, e Ilius volvió a ajustarse el casco. Cuando volvieron a estar listos para salir en orden, Helitor habló. - Recordad el sacrificio del Emperador. Recordad que Él está con nosotros. Somos Su Puño. Recordad por qué luchamos. ¡Lleguemos arriba y démosle su merecido a ésos malnacidos! ¡Et Imperator Invocat Diaboli Daemonici Exorcisum! - ¡Imperatoris Nomine!

Con un rugido propio de los mejores guerreros de la Humanidad, la escuadra de Helitor salió de los restos, disparando en todas direcciones. Roser alzó su mano, la izquierda, al cielo, una vez más; y las mentes del enemigo se ofuscaron. Corrieron hacia el fondo del torrente, hacia el camino de subida más accesible, recibiendo y respondiendo al fuego enemigo.

Rápidamente oyeron bólters traidores. Silorus, que iba al final de la fila, se aseguró de acabar con todos los que ponían en peligro al exhausto Bibliotecario. Sin su poder, morirían acribillados. Los enemigos caían bajo el implacable fuego que los Hermanos repartían a su paso. Silorus los vio desplomarse sobre el terreno, caerse por riscos, desmembrarse. Pero siempre había más. Parecía que detrás de cada roca, tras cada desnivel del terreno, había un enemigo esperándoles.

Las cosas se pusieron rápidamente difíciles. Los Traidores de la antigua Tercera Legión venían bien armados y, pese al poder de Roser, no fallaban más de tres disparos seguidos. Seguían ascendiendo. Cinco metros más. Otros cinco. Silorus apretó la mandíbula. Roser flaqueaba, le costaba seguir el ritmo y mantener su poder activo. Silorus rezó por que el Emperador le diera fuerzas al Bibliotecario hasta que llegasen arriba, y siguió, con los reflejos en máxima alerta, disparando contra cada cuerpo enemigo que se ponía a tiro.

Gritos desafinados. Risas burlonas y estridentes. Soldados, que hasta hace unos pocos días habían sido fieles soldados Imperiales, semidesnudos, drogados y embadurnados en pintura rosa. Nobles hermanos Astartes que un día lucieron orgullosamente el nombre de Hijos del Emperador y que hoy no eran más que una panda de locos drogados. ¿¡Por qué!? ¿¡Por qué habían dado la espalda a todo lo que eran, a su raza, a su gente!? Malditas bestias enfermas. Allí estaban, destruyendo todo a su paso, matando civiles, incendiando mundos; disparando a hombres que tenían valores que ellos mismos, un día, habían defendido con honor. Y todo, por revolcarse en los placeres más extremos. ¿¡Por qué!? Silorus los odió. Los odiaba, no sabía por qué. Los odiaba más que a todos los demás siervos del Caos. Acabar con ellos no sólo era su deber. Se había vuelto… personal. Un disparo más. Sólo uno más de tantos. Pero éste impactó contra el casco de Vikon de lleno y reventó sus sesos. Ilius y Silorus rugieron; hubieran acabado al momento con el tirador, pero entre tanto fuego ni siquiera sabían de donde había partido ése disparo de bólter. Siguieron adelante, disparando; esquivando y dejando atrás el cuerpo de su hermano, en medio de las cenizas del terreno. Cuando vencieran lo llevarían a su descanso.

Un nido de armas pesadas. Ya estaban cerca de la cima. El nido, que tenía un bólter pesado, empezó a disparar sin tregua sobre ellos. Estaba en una posición perfecta, para llegar a la cima tenían que pasar casi por delante de él sin tener donde ocultarse. Los barrería a todos.

- ¡Cubridme hermanos! –Gritó Roser Salió corriendo con más rapidez aún hacia delante, adelantándose a Ilius. Éste y Cicer, no queriendo dejarle desprotegido, le siguieron apretando el paso más aún. Llegaron a la altura de Torgan y de Helitor, que habían parado un instante en el último recodo antes de ponerse directamente bajo el cañón del bólter pesado. Roser siguió adelante sin parar un instante, y con mirada terrible se plantó ante el cañón, que estaba sólo veinte metros más allá. El Traidor que lo manejaba no se lo pensó dos veces y abrió fuego.

En ése momento, Ilius y Cicer salieron del recodo a la carrera, esperando encontrarse lo peor.

Roser avanzaba con paso rápido directamente hacia el Bolter pesado; mientras su operador, atónito, seguía disparando al Bibliotecario a quemarropa sin que éste se inmutase. Lejos de usar su cañón de asalto, el Bibliotecario llegó a la altura del Traidor y le descargó un potentísimo golpe vertical con su bastón, atravesándole el casco y hundiéndose hasta la mitad del pecho. Roser puso un pie en el pecho del Traidor, hizo fuerza y extrajo de nuevo su Bastón. El Traidor cayó al suelo a plomo. El terror se apoderó de todos los enemigos que habían visto de cerca la escena, y corrieron colina arriba. Pero no lo lograron. Roser descargó una potente salva de relámpagos que calcinó a media docena de ellos. Toda la escuadra de Helitor rugió con fuerza. Era el primer enemigo de la colina que caía con un golpe cuerpo a cuerpo. Los Hermanos ya estaban frustrados, rabiosos, de disparar a ratas escondidas. Aquel golpe brutal hizo que la moral de la escuadra se disparase.

- ¡Mirad! ¡Ahí está la cima! ¡¡Adelante!! Ahí estaba, sólo unos sesenta metros más arriba. Y hacia allí empezaron a correr todos, mientras seguían bajo el fuego enemigo. Pero Silorus, que estaba acostumbrado a correr tras el Bibliotecario, le echó en falta. Se volvió y allí estaba, tumbado boca abajo, junto al cadáver del Traidor del bólter pesado. Sin moverse. Justo cuando Silorus iba a volver a por él, una voz le habló. No desde el intercomunicador. Simplemente la oyó. Era Roser. [Silorus, yo ya he cumplido con mi Sagrado Deber. Limpiad éste mundo. Tanto tú como yo sabemos que no hubiera podido llegar hasta arriba] Cicer entendió. Hizo un gesto de asentimiento, se volvió y siguió a sus hermanos colina arriba.

Fuego por todas partes. Disparos. Caos. Traidores riéndose de ellos. Lucano, Vikon y Roser muertos. Sus hermanos corriendo unos quince metros por delante de él. Ésas fueron las imágenes y los pensamientos que ocuparon la mente de Silorus mientras ascendía los últimos metros de la colina. Sin coberturas. Sin el Bibliotecario. Con las Aegis dañadas. Con Odio.

“Sagrado Padre, dame fuerzas para cumplir con mi Eterno Deber” “Dame fuerzas para acabar con todos los que desprecian Tu Nombre” “Dame fuerzas para ser más que un simple mortal” “Dame fuerzas para acabar con éstas bestias que asesinan a tus hijos” “¡Permíteme acabar con ellos!” Allí arriba, el fuego enemigo arreciaba. Justo donde se llegaba al llano de la cima los desertores habían instalado sacos terreros para cubrirse, y desde allí disparaban hacia abajo.

Se oyó un pitido increíblemente agudo, y un Ruidoso disparó desde lo alto. Desde más abajo, Silorus vio como Torgan conseguía evadir el disparo a la carrera, pero como acababa impactando en Ilius, que corría justo detrás. Mientras intentaba seguir ascendiendo, Ilius se llevó una mano a la cabeza. El sonido se hizo aún más insoportable.

Ilius chilló, y una de las hombreras de su Aegis se desprendió. Silorus apretó el paso hacia arriba, intentando llegar a cubrirle.

“¡Padre, permíteme salvar a tu hijo!”

Ilius cayó de rodillas, gritando e intentando en vano cubrirse la cabeza de la onda sonora. Helitor y Torgan iban más arriba y no podían volver a descender bajo el fuego enemigo. El Ruidoso aumentó la potencia.

Silorus llegó a la altura de su compañero cuando su cuerpo se desmoronaba sobre las cenizas. Nada podía hacer. Nada de solemnes despedidas tras décadas de servicio juntos. Su Aegis estaba rajada en un sinfín de grietas de las que manaba sangre a borbotones. No podía hacer nada. Salvo vengarse.

Un bramido enorme salió de los pulmones de Silorus, que no prestó atención a nada más. A nada que no fuera la muerte de ésos blasfemos, veinte metros más arriba. Corrió hacia arriba con un grito de guerra, ignorando a su paso el cuerpo acribillado de Torgan. Sólo Helitor quedaba en pie, allí arriba, llegando a la cima. Con un enorme salto, Helitor llegó y atravesó los sacos terreros, despedazando a varios enemigos con su Némesis. Por culpa de la pendiente, el Justicar desapareció de la vista de Silorus. Se encontrarían arriba.

Justo cuando llegaba a la cima; cuando Silorus, bajo el fuego enemigo, estaba a un paso de los sacos terreros del borde, con infinidad de enemigos apuntándole; un potente sonido grave se oyó y Helitor salió despedido hacia el exterior, atravesando los sacos terreros, como si un gigantesco puño le hubiera golpeado. Su Justicar cayó rodando, inerte, colina abajo.

Ya no había marcha atrás. Si debía morir junto a sus Hermanos, lo haría. Y se llevaría consigo a tantos como pudiera.

Silorus saltó sobre los sacos, blandió su alabarda y acabó con tres desertores que estaban a su alcance. Había llegado. Ésa era la cima. Allí estaba, un enorme cañón imperial fijo al suelo, operado por una docena de desertores. Allí estaban las baterías antiaéreas, cuatro, marcadas con el águila imperial, pintadas de rosa y operadas por desertores. A sus pies, una docena de cuerpos desmembrados por Helitor. A su alrededor, tres docenas de enemigos, entre traidores y desertores.

Silorus hubiera intentado hacer algo. Lo hubiera intentado. Pero en ése momento oyó un sonido increíblemente agudo y el disparo sónico de un Ruidoso cayó sobre él. Se le nublaron los ojos. La sangre de todo su cuerpo se hinchó por la presión, hasta el punto de que parecía a punto de estallar. Le castañetearon los dientes. Algo en su cuerpo crujió. Un increíble dolor se apoderó de Silorus, que sólo pudo echarse las manos a la cabeza. Perdería el conocimiento de un momento a otro. Allí acababa todo. Al menos había muerto como Ilius.


Silorus siguió gritando, con los ojos cerrados con fuerza. Pero no pasó nada.

Seguía respirando, seguía vivo. Atónito, abrió los ojos.

Seguía en la cima de la colina, de rodillas. Pero todo había cambiado.

La colina estaba verde, llena de flores y vegetación. El cielo era azul. La artillería no estaba. No había cadáver alguno. Era como si nunca hubiera ocurrido nada… salvo porque Silorus no estaba sólo.

A su alrededor, formando un semicírculo, se encontraban unos personajes salidos de las peores pesadillas de un Caballero Gris. Diablos de Slaanesh, diablillas, latigueras y dos colosales Guardianes de Secretos. Éstos últimos eran enormes, cuatro veces más altos que Silorus; y tenían dos brazos y dos pinzas, y unas piernas propias de animales. Su pecho mostraba tres pares de senos femeninos. Eran aterradores de ver, lo más aterrador que el Caballero Gris había visto jamás.

Por impulso, Silorus buscó con la mirada su Némesis. No estaba. Y su bólter del antebrazo izquierdo había sido arrancado. Y en ése momento se percató de que no llevaba puesto el casco de combate, que un instante antes estaba en su lugar. Estaba indefenso.

Siguió contemplando a ése coro de monstruosas criaturas, sintiéndose enfermo por momentos, cuando vio que una diminuta figura, en la que no había reparado, avanzaba adelantándose hacia él. Estaba enfrente, justo entre los Guardianes de Secretos. De hecho, éstos parecían cederle el paso, como guardaespaldas, y todo el resto de seres se movían alrededor como si fueran… el séquito, la corte de aquella diminuta figura.

Silorus no salía de su asombro. Aquella diminuta figura, que le llegaba a la altura del vientre, era una muchacha joven. Silorus no podía apreciar bien la belleza de una mujer, pero aquella debía de ser bellísima.

Tenía la piel blanca pero saludable, sin una imperfección. Lucía una cabellera larga de color caoba, con un flequillo recto a la altura de los ojos. Unos ojos grandes, hermosos, inocentes. Llevaba puesto un simple vestido blanco de tirantes, casi transparente. Bajo él se dejaban entrever sus senos, perfectamente formados, de buen tamaño; su cintura, estrecha; y sus caderas, firmes pero femeninas. Una joven con rostro de niña y cuerpo de mujer. Causaba una profunda desazón ver a ésa muchacha hermosa e inocente rodeada de ésos monstruos horribles. Daban ganas de protegerla, de intentar sacarla de allí. Y quizá así lo habría hecho Silorus si no fuera porque el resto de criaturas la trataban con la reverencia de una reina… o de una diosa.

La muchacha llegó hasta Silorus, que como estaba de rodillas tenía que levantar la cabeza para mirarle el rostro.

-¿Quién… eres? – Dijo Silorus, que seguía sin habla. - ¡Ja! ¿Que quién soy? – Dijo la joven, que tenía una voz cantarina, dulce y divertida. La voz más hermosa que hubiera escuchado jamás.- Ay, Silorus… -Movió la cabeza con una divertida negación- ¿Que quién soy? ¿Mandáis a éste planeta a cien de vuestros mejores hombres a buscarme, armados hasta los dientes, y no sabes reconocerme cuando me ves? La joven rió divertida, sin malicia. -Soy Néctar, Silorus. ¿Qué esperabas? -Sonrió ante el bobalicón gesto de asombro del Caballero- ¿Esperabas un monstruo con cuernos, garras, rabo puntiagudo y escamas? ¿Qué echase fuego por la boca? Néctar rió, como si fuera lo más natural del mundo. -Ay, Silorus. Os hacen destrozar éste hermoso mundo y regarlo con vuestra sangre… ¿Y para qué? ¿Para demostrar quién es más fuerte? Hombres… - ¿Y… mis hermanos? -¿Los de tu escuadra? -Néctar puso cara de tener que recordar algo incómodo- Bah, ya no molestarán más al menos. Pobres, unos cuerpos tan grandes y unas mentes tan estrechas… Silorus se fijó en una única cosa que hacía que la presencia de la muchacha no pareciera totalmente humana: Su iris era de un dorado claro, un color nada natural. - Eres un demonio. Eres un monstruo… has matado a mis hermanos… -Silous pronunciaba las palabras con dificultad, con un inexplicable miedo a desagradar a la muchacha. - ¡Agh Silorus! ¡No me decepciones! “Demonio” es una palabra que los humanos usáis para describir algo que no entendéis, que os han enseñado a considerar malo y que tiene unas connotaciones horribles. Es algo injusto teniendo en cuenta que, si nosotros existimos, es porque vosotros nos creáis. Los humanos no sabéis resistiros a nada. Y no tenéis por que hacerlo. No es justo que viváis tan poco tiempo y que no podáis disfrutar de nada por éso que llamáis “moral”, o “deber”. Ésas palabras son sólo la forma en la que vuestros superiores, a lo largo de milenios, os han adoctrinado para que creáis que hacer lo que ellos desean es lo noble, lo justo y lo bueno; privándoos con vuestro consentimiento de lo que queréis hacer vosotros. Os han impuesto una escala de valores que os convierte en esclavos. - ¡Éso es falso! ¡Nosotros protegemos a la Humanidad de seres como tú, que desean torturar y masacrar a civiles desarmados! ¡Luchamos por defender lo que el Emperador construyó con su propio sacrificio! ¿A cuántos matáis cada vez que invadís un mundo? ¿A cuántos más mataríais si no os lo impidiéramos? - Ah, el Emperador… -Néctar alzó la vista, recordando- Tenía un hermoso sueño, y para conseguirlo estuvo dispuesto a asesinar a millones de seres humanos que no le habían provocado y que no eran una amenaza para él. Seres a los que no se les dio opción, a los que encontrarse con los “Iluminadores de la Humanidad” supuso el mayor desastre de su historia. El muy hipócrita quería imponer el amor y la hermandad con un bólter. Silorus, sólo piensas basándote en lo que ves o en lo que siempre te han enseñado. Piensa por ti mismo. Debes ver las cosas desde un punto de vista más elevado. ¿Matar, dices? Sí, hemos matado a humanos desarmados. Te enfadas porque hemos matado a unas cuantas centenas de miles de personas desde que hemos invadido éste mundo. ¿Sabes que, sólo desde que hemos empezado a hablar, han nacido veinticinco veces más personas en el Imperio que las que hemos matado en dos días aquí? ¿Qué son, entonces, un millón de muertos? Un grano de arena en un inmenso mar. Y tú te enfadas por ello. Deberías enfadarte contigo mismo - ¿Por qué? – Preguntó Silorus secamente. - Porque, para cuando acabemos ésta conversación, habrán muerto bajo las órdenes de los Comisarios de tu Imperio tantos humanos como bajo las mías en éstos dos días. Estás defendiendo un Imperio de esclavos y esclavizadores, Silorus. ¿En qué condiciones viven tus hermanos de raza que viven en las ciudades colmena? ¿O en los mundos feudales? Son esclavos desde que nacen hasta que mueren. Todo vuestro desarrollo, todo vuestro imperio… para que hayáis convertido a billones de humanos en esclavos. Abre los ojos, Silorus: hace treinta mil años, cuando tu querido Emperador aún no se había empeñado en demostraros que se merecía vuestra obediencia, tu raza era mucho más feliz. ¡Y nos culpas a nosotros, que hemos nacido de vuestros deseos! Y te enfadas con aquellos de tu raza que me siguen. ¿Por qué? Están desesperados. Saben que bajo el imperio van a morir antes que después, de forma desagradable, y que hasta entonces sufrirán lo indecible. Te asombraría saber cuántos de los que tu llamas “desertores” llevaban días sin comer mientras veían a los poderosos revolcarse en su riqueza y disfrutar de éste mundo jardín. Yo sólo les ofrezco una salida a ésa situación. Prefieren vivir un instante de máximo placer y liberación, rebelándose contra sus opresores, que seguir sufriendo bajo su bota.


- ¡A ellos habrás podido engañarlos, pero conmigo no te será tan fácil! - Para poder engañarte, Silorus, tendría que estarte contando algo que tú supieras sin duda que es falso. ¿Qué parte de todo lo que he dicho es falso, Silorus? Hablas de mentir. Y para mentir hay que tapar una realidad para que el otro la desconozca. Dime Silorus: ¿Qué recuerdas sobre tí mismo antes de ser un Caballero Gris? ¿Qué sabes del origen de la Orden a la que consagras tu vida? - Los Caballeros Grises fuimos creados hace diez mil años, en la Gran Herejía, para luchar contra el demonio y el traidor. Nuestra semilla genética es la del Emperador mismo, su poder corre por nuestras venas.

En ése momento Néctar empezó a reírse como si Silorus hubiera dicho algo sumamente gracioso. Se reía sin poder contenerse, con sincero buen humor.

- ¿¡De que te ríes, bestia inmunda!? –Silorus no pudo aguantar más y estalló, ofendido- ¡¡Mi Sangrada Órden es lo que limpia de basura como tú los dominios de la Humanidad!! Néctar terminó de reírse apaciblemente, sin inmutarse por las palabras de Silorus. Finalmente se enjugó las lágrimas de risa. - ¡Ay, Silorus! ¡Recuerda las lecciones de tu Bibliotecario! Tu orden se fundó tras la masacre de los lacayos del emperador en el mundo de Istvaan V, y antes de la decepcionante batalla de Terra. ¡Piensa! Si vuestra semilla genética fuera la del Emperador ¿En qué os diferenciaríais de los Custodios del trono? Y si tu emperador o su mayordomo el sigilita hubieran intentado preparar una nueva semilla genética a partir de él e implantársela a unos hombres ¿Cómo habrían tenido tiempo de hacerlo en sólo siete años, mientras se luchaba en Marte, en la Luna y se preparaban las defensas de Terra? ¡Tonto! ¡El sigilita simplemente usó algo que ya tenían! ¡Algo que se vieron obligados a desenterrar del pasado! Silorus se quedó turbado. No sabía a qué se refería con lo último, pero no le gustaba como sonaba. Néctar chasqueó la lengua, molesta por la ignorancia de Silorus. - ¿Ves? No sabéis nada sobre vosotros mismos. Por ejemplo, todos tus hermanos recuerdan, aunque sea de forma borrosa, sus primeros años de vida antes de estar en tu orden. ¿Qué recuerdas tú antes de cumplir once años? Era cierto. Nunca le había dado mucha importancia, pero a diferencia de Ilius, de Torgan, de Vikon y de todos los demás, él no recordaba absolutamente nada anterior a sus primeras sesiones de entrenamiento con el Bibliotecario, con la cirugía aún reciente. Y era raro, porque aún los veteranos de siglos recordaban tenuemente escenas de su niñez. - ¿No lo recuerdas, Silorus? ¿No sabes quién eras? ¿Qué te llevó hasta dónde estás? Yo te ayudaré a recordarlo… Yo te haré recordar… Silorus se sumió en lo que parecía un incómodo sueño, hasta que empezó a recordar…


[Un carguero espacial. Otro más. Sucio como siempre. Me llamo… ¿Cómo me llamo? Me llamo… Siló. Estoy en un carguero espacial, con papá y mamá. Estamos aquí porque cuando yo nací, papá dijo que era muy importante que yo llegase a ver el Palacio del Emperador, porque así llegaría a ser un hombre fuerte. Así que cuando yo era bebé, salimos de casa y nos embarcamos de un carguero a otro. Papá me lo ha contado muchas veces. Como vivíamos muy lejos, llevamos muchos años viajando. Nunca permanecemos mucho tiempo en el mismo sitio.

¡Ya estamos llegando a Terra! ¡En unos días llegaremos por fin! En las naves por las que vamos pasando cada vez nos acompaña más gente, peregrinos como nosotros. Papá me dice que tenga cuidado, que muchos no son buenas personas. Hemos conseguido unas mascarillas baratas. Dicen que respirar en Terra mucho tiempo sin una es muy peligroso. ¡Estamos bajando al espaciopuerto! ¡Qué emoción! Pero estoy muy agobiado, hay demasiada gente y estamos muy apretados. Huele muy mal. Papá dice que, pase lo que pase, que no nos soltemos las manos o nos perderemos. La gente empuja. Salimos al exterior. ¡Es enorme! ¡Los edificios son altísimos! Pero está todo muy sucio. Hay señores horribles que chillan hablando del Emperador. No me gustan. Cada vez hay más gente. No podemos movernos ni avanzar. La gente empuja. Casi no puedo respirar. Cojo fuerte de las manos a papá y a mamá, no debemos soltarnos. ¡Me han empujado! Les he soltado las manos. ¡No les veo, no les veo! Tranquilo, no deben estar lejos… ¡No les encuentro! Hay demasiada gente. ¡¡Papá!! ¡¡Mamá!! ¿¡Donde estáis!? ¿¡Que hago!? ¿¡Que hago!? Tengo que salir de ésta multitud o me aplastarán.

Sé dónde están, se dónde están… ¡Tienen que estar por allí! Es un hangar pequeño. Están ahí, seguro. Hay unos señores armados en la puerta, tengo que conseguir entrar sin que me vean. Hay muchos camiones con orugas. Parece que dentro de un rato van a salir al exterior. Papá y mamá están en uno de éstos camiones, ¡pero no sé cuál, son muchos! ¡Van a arrancar los camiones! ¡Tengo que montarme en uno sin que me vean o se irán sin mí! Espera, la contaminación de fuera será peor… Tengo que cubrirme con algo antes.

Llevo mucho rato metido en éste hueco. Los camiones están recorriendo el exterior y todavía no han parado. Me lloran los ojos, se me está escamando la piel. Hay mucha contaminación aquí fuera.

Tengo sed. Tengo frío. Me siento muy mal. Si sigo tosiendo, me descubrirán. Se ha hecho de noche y los camiones siguen avanzando. Estamos en alguna especie de desierto, hay mucho polvo. Tengo miedo, no sé dónde estoy… pero papá y mamá están por aquí cerca. En cuanto paremos los buscaré…

Vuelve a hacerse de noche… Creo que el pelo se me está cayendo…

¡Ya es de día! ¡Hemos parado, por fin! Me he quedado dormido sin querer. Me cuesta mucho moverme. ¡Eh! ¿Dónde está todo el mundo? No hay nadie en ningún camión.

¿A qué huele? Huele como a almizcle. Y como a quemado. ¡Los señores armados! ¿Qué están haciendo? Hay mucha gente. Todos tienen miedo. Hay cosas muy raras. ¿¡Qué están haciendo!? ¿¡¡QUE ESTÁIS HACIENDO!!?? ¿¡¡¡QUE LE ESTÁIS HACIENDO A PAPÁ Y A MAMÁ!!!? ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAGHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!


[(Hay recuerdos que, a veces, es mejor no sacar a flote, Silorus. Pero ahora ya entiendes por qué odias tanto a los siervos del Príncipe del Placer. Es porque tú viste uno de sus rituales, aunque no lo recordabas hasta ahora. Pero no me culpes a mí, yo no soy responsable de lo que hicieron ésos alocados. ¿Verdad que no recuerdas nada más? Te lo contaré yo: Resulta que habías descubierto a un grupo de cultistas del Caos que llevaban ya tiempo aprovechándose de las enormes y confusas masas de peregrinos que llegaban a Terra para secuestrar a algunos, adentrarse en el desierto tóxico hasta donde nadie les buscase para sacrificarlos o aprovecharlos en sus rituales. Y así hubieran seguido haciéndolo si no hubiera sido porque al ver la escena explotaron del todo tus poderes psíquicos. Los Inquisidores de la zona percibieron claramente tu estallido psíquico y llegaron hasta el lugar. Lo único que encontraron fue a docenas de personas sacrificadas al Príncipe del Placer, a dos docenas de cultistas armados carbonizados hasta los huesos, y a ti sin conocimiento, con síntomas de cansancio físico y mental extremos.

Eres un psíquico, Silorus. Lo has sido siempre. Pero cuando eras niño tenías un potencial increíble. Por eso percibiste, aún sin verlo, donde estaban tus padres. Por eso ellos dejaron su hogar cuando naciste tú: Era demasiado evidente lo que eras. Tarde o temprano se descubriría y o te llevarían secuestrado para no volver a verte jamás o te lapidaría el populacho liderado por algún confesor. Todos sabían que tu madre había estado embarazada, no tenía sentido ocultarte. La mejor forma de protegerte era ir de planeta en planeta, de carguero en carguero, para que nadie tuviera tiempo de darse cuenta de que eras diferente. Te amaban, por eso lo hicieron. Y tu padre, en su ingenuidad, creyó que si llegaba a Terra podría pedirle al Emperador que curase tu “enfermedad”.

En definitiva, cuando el Inquisidor llegó a la zona del Ritual se dio cuenta de la situación. Te dio unos primeros auxilios y te llevó, inconsciente, hasta la base de la Inquisición. Allí se debatió mucho sobre ti. Tras comprobar que tus poderes psíquicos eran estables e increíblemente potentes, muchos dijeron que la mejor solución era acabar contigo para evitar correr riesgos. Otros hablaban de usarte para alimentar el Astronomicón. Otros decían que tenías potencial para ser uno de los psíquicos más poderosos del Imperio y que todo eso sería un desperdicio.

Como también habías demostrado una fortaleza física increíble tras permanecer vivo dos días en los desiertos tóxicos de Terra sin protección adecuada, finalmente decidieron que eras un candidato perfecto a ser Caballero Gris. Que ya se ocuparían ellos de acabar contigo si no dabas la talla. Y, por supuesto, te borraron la memoria. Eso sí, para evitar riesgos innecesarios te implantaron en la base del cerebro un pequeño artefacto arcano que suprime la mayor parte de tu poder psíquico, dejando activa sólo la cantidad que tú sueles usar como Caballero Gris. Funciona como la capucha psíquica de los Bibliotecarios, sólo que al ser interna es más efectiva… e irreversible. Y por alguna razón su influencia ha hecho que perdieras el poco pelo que te quedaba. Así que ya sabes de qué es ésa pequeña cicatriz que tienes entre la nuca y el oído derecho.

¿Y qué pasó con aquel ritual? Absolutamente nada. No podía darse a conocer que los cultistas de Slaanesh habían celebrado demoníacos cultos en la Santa Terra, así que como supusieron que a todos los culpables los habías matado tú, echaron tierra sobre el asunto.


Fue tu odio hacia los siervos del Placer, un odio que ni siquiera recordabas, el que te mantuvo vivo durante todo tu proceso de iniciación. Ésa fue la razón por la que nunca, hasta ahora, te habían permitido enfrentarte a los siervos de Slaanesh. Te han engañado, Silorus. - ¡¡No!! – Gritó implorante. Sí. El Imperio obligó a huir a tus padres. Ocultaron su asesinato. Te mintieron. Te despojaron de un poder que era tuyo, para convertirte en un caballero del montón. En alguien que no destacaba, alguien prescindible.

Yo puedo devolvértelo todo, Silorus.

Yo tengo las almas de tus padres. Son mi juguete. Yo sé quién fue el cerebro que organizó los rituales de Terra. Y sigue vivo. Y puedo devolverte tu poder. Tu legítimo poder. El poder que te hubiera permitido salvar a Ilius, a Helitor, a Roser y a todos los demás. Un poder que te permitiría pasar de ser la carne de cañón de tu orden a ser el Paladín que la Humanidad necesita para liberarse de un régimen opresor.

Yo puedo dártelo todo.

Júrame lealtad, Silorus, y pondré la Galaxia a tus pies.





- ¡Está vivo! El Apotecario Fabio inyectó a Silorus una sustancia reanimadora y éste tosió y abrió los ojos. Fabio le ayudó a quitarse el casco. Estaba pálido, desmejorado, ojeroso. Parecía un cadáver. - ¿Estás bien, hermano Silorus? El aludido hizo un mínimo gesto de asentimiento. - Tranquilo, la Stormraven vendrá a evacuarte en un momento.

Estaban en la cima de la colina, rodeados de docenas y docenas de cuerpos mutilados y destripados de desertores. El cañón y las baterías ardían y humeaban. No había ni un solo cadáver de Traidores.

Fabio iba acompañado de una escuadra de Caballeros Grises, que habían llegado en un Land Raider parado algo más abajo. Fabio había percibido la comunicación psíquica del Capitán Alaric en la que le pedía que apoyase a la escuadra de Helitor a toda costa. Le costó encontrar un Land Raider disponible en el fragor de la batalla, pero cuando lo consiguió marchó con su escuadra a toda velocidad hacia H65. Cuando estaban llegando, el auspex mostraba que casi todas las fuerzas enemigas estaban reunidas en la cara norte, por lo que ordenó subir a toda velocidad por la cara sur, cuyos nidos de armas pesadas estaban casi desocupados. Tomar la colina fue sumamente sencillo. - ¿Y mis… hermanos? – Preguntó Silorus pausadamente mientras la Stormraven se acercaba. - Lo siento Silorus. Todos han caído con honor. Debisteis haber subido por la cara sur de la colina. Desde allí lo hubierais conseguido. Todas las fuerzas demoníacas se están retirando ya precipitadamente. No era tan difícil. Silorus dirigió una mirada larga e impasible al apotecario, se volvió y montó en la Stormraven, de vuelta a la Flota.



FIN


AutorEditar

Lord Eledan

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