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La Masacre de Istvaan V

Los Manos de Hierro y los Hijos del Emperador se enfrentan en Istvaan V.

El término Masacre del Desembarco es el más empleado para referirse a la Batalla de Istvaan V, uno de los puntos de inflexión más importantes de la gran guerra civil galáctica que afectó al Imperio de la Humanidad el principio del 31º Milenio, conflicto conocido como la Herejía de Horus. Acaecida al principio de la Herejía, representó una de los primeros y más masivos enfrentamientos directos entre las tropas Traidoras del Señor de la Guerra Horus y las fuerzas Leales al Emperador, y se considera uno de los momentos decisivos de la historia del Imperio, ya que marca el momento en el que las Legiones Traidoras quedaron irrevocablemente marcadas como tales y comprometidas con la causa del Caos.

Durante la Masacre tres Legiones Leales de Marines Espaciales (los Manos de Hierro, los Salamandras y la Guardia del Cuervo) fueron traicionados por otras cuatro Legiones que creían que eran leales al Emperador de la Humanidad, aunque ya habían traicionado al Imperio y se habían puesto al servicio del rebelde Señor de la Guerra Horus y del Caos.

Los efectos y consecuencias de la batalla, particularmente entre las Legiones Astartes, siguen vigentes casi diez mil años después.

HistoriaEditar

PreludioEditar

Primarca fulgrim durante herejia

Fulgrim durante la Herejía de Horus.

Hasta poco antes de la batalla de Istvaan V, la rebelión de Horus estaba desarrollándose en su mayoría según los planes. La primera prueba significativa que tuvo que superar dicha conspiración se produjo cuando Ferrus Manus, Primarca de los Manos de Hierro rehusó unirse a la rebelión, a pesar de los intentos de su hermano más querido, Fulgrim. La negativa de Manus forzó a Fulgrim (y a su pequeño contingente de Astartes de los Hijos del Emperador) a abandonar violentamente la reunión, una acción sorpresa que causó un daño considerable a la flota espacial de los Manos de Hierro. Horus, que estaba convencido de que Fulgrim conseguiría convencer a Ferrus Manus, había contado en sus planes con la presencia de la Gorgona en su bando. La noticia de lo contrario (que llegó tarde debido al retraso que sufrió Fulgrim durante su viaje a través de la Disformidad hacia el Sistema Istvaan) irritó al Señor de la Guerra ya que las fuerzas de Horus sufrirían inevitables bajas adicionales, imprevistas e inevitables (que se sumarían a las ya causadas por la extensa duración, tampoco prevista, de la Batalla de Istvaan III, que aún estaba desarrollándose). Horus ordenó por ello a Fulgrim y a la sección de los Hijos del Emperador no asignada a Istvan III que se desplazaran hasta Isstvan V y que crearan allí una posición fortificada.

Fulgrim eligió una fortificación preimperial y una muralla defensiva situada en el borde de la Depresión de Urgall como punto central de la fortificación. Con la ayuda de los miembros del Mechanicum Oscuro que colaboraban con las fuerzas de Horus creó en poco tiempo una vasta red de trincheras, baluartes y fortificaciones en torno a la muralla y a la fortaleza, colocando baterías antiaéreas y silos de misiles defensivos antiaéreos superficie-órbita en torno y tras el perímetro. La fortaleza fue parcialmente reconstruida y reforzada, instalando además un escudo de vacío protector. Toda la instalación serviría como puesto de mando de Horus en la batalla que siguió.

Entretanto llegaban a Terra las noticias sobre la rebelión. En respuesta a la traición al Imperio de Horus y las Legiones enviadas a Istvaan III (los Hijos de Horus, los Hijos del Emperador, los Devoradores de Mundos y la Guardia de la Muerte), Rogal Dorn (Primarca de los Puños Imperiales), siguiendo órdenes del Emperador que acababa de conocer las acciones de Horus a través de los supervivientes leales a bordo de la Eisenstein, envió a siete Legiones completas de Marines Espaciales a la base de Horus en Istvaan V para enfrentarse al Señor de la Guerra y acabar con las Legiones Traidoras. Atacarían en dos oleadas, y quedarían bajo el mando directo y completo del Primarca de los Manos de Hierro, Ferrus Manus. En la primera oleada irían las Legiones de los Manos de Hierro, los Salamandras y la Guardia del Cuervo. La segunda oleada estaría compuesta por la Legión Alfa, los Amos de la Noche, los Guerreros de Hierro y un gran contingente de los Portadores de la Palabra que su Primarca, Lorgar, había estacionado en el sistema.

Morlock Terminator Squad

Exterminadores Morlocks de los Manos de Hierro.

Incapaz de trasladar hasta Istvaan a toda su legión a tiempo (debido a los daños sufridos por la flota en el enfrentamiento con Fulgrim durante su huída de la reunión) , Ferrus Manus decidió viajar en la nave de los Manos de Hierro Ferrum, junto con su élite de Exterminadores, los Morlocks.

Sin que ni Dorn ni Ferrus Manus lo supieran, los Amos de la Noche, la Legión Alfa, los Guerreros de Hierro y los Portadores de la Palabra ya habían rechazado servir al Emperador y habían desertado para unirse a la causa de Horus, habiendo recibido de éste instrucciones de mantener su lealtad al Caos como un asunto secreto.

Al acabar los combates de Istvaan III, Horus trasladó a sus tropas a Istvaan V, instalándose en las obras defensivas de Fulgrim. Las fuerzas de Horus en este momento incluían a la mayor parte de su propia Legión, los Hijos de Horus, así como las de los Hijos del Emperador, la Guardia de la Muerte y los Devoradores de Mundos. Junto con estas unidades Astartes, también comandaba millones de soldados traidores del Ejército Imperial, bajo el mando del Lord Comandante Fayle, y a los Titanes de la Legio Mortis. Un relato del orden de batalla de Horus en Istvaan V afirma que contaba con 30,000 Astartes (Nota: la cantidad de combatientes no está clara, véanse las notas al final de la página).

Parte I: InvasiónEditar

Antecedentes: 339 horas antes del DesembarcoEditar

"Y la sangre de su hermano clamará por él desde la tierra y exigirá venganza..."
Transcripción auto-lingua, Conducto Astropático Trans-Episolon Thule, Retransmisión Sol-Lorin


La primera nave imperial del destacamento de ejecución que penetró en el Espacio Real por el borde del Sistema Istvaan fue la Ad Temperesta, una nave de observación especialmente diseñada de clase Symphalia, perteneciente a la flota de la Legión de la Guardia del Cuervo. Equipada con sudarios anti-auspex y sistemas sensores sin rival entre las naves de cualquier otra Legión (excepto quizá la Legión Alfa), había pocas naves mejor preparadas para la misión planteada al servicio del Imperio. Salió del Empíreo a gran distancia del núcleo del Sistema, trazando una trayectoria diseñada para enmascarar su aparición, antes de usar solo motores gravíticos para impulsarse por su rumbo. Como una sombra negra en medio de la negrura, con el soporte vital y todos los sistemas superfluos desconectados y mudos, su pequeña tripulación de Astartes y servidores potenciados llevó a cabo una silenciosa vigilia en los oscuros y escarchados pasillos y cámaras de auspex de su nave mientras la Ad Temperesta viajaba en una amplia órbita en torno a la estrella de Istvaan, viéndolo todo sin ser vista. Observó y escuchó. Al principio la Ad Temperesta encontró un Sistema desierto, salvo por los fantasmas de los muertos y los débiles ecos de la batalla. Istvaan III había sido antaño una bulliciosa esfera de vida humana que, años atrás, la propia Guardia del Cuervo había conquistado para el Imperio, pero ahora era un cadáver envuelto en hirviente ceniza negra, azotado por las secuelas del virus Devorador de Vida y la furia del bombardeo orbital. Los restos de radiación y los escombros aún tibios demostraban que también se había producido una batalla espacial en la vecindad del tercer planeta, pero de los culpables no quedaba rastro: el área en torno al propio Sistema parecía vacía de naves enemigas.

El torturado estado de Istvaan III al menos parecía confirmar la enmarañada inteligencia de que disponían los Leales: que en Istvaan III se había llevado a cabo una gran traición, y que la sangre de aquellos que habían permanecido Leales dentro de los Hijos de Horus, los Hijos del Emperador, los Devoradores de Mundos y la Guardia de la Muerte había sido derramada amargamente. Pareció entonces que los Leales no podrían vengarse, que los Traidores habían huido de la escena de su crimen, pero los Guardias del Cuervo eran cazadores pacientes, y no abandonaban un rastro tan fácilmente. La Ad Temperesta siguió avanzando, siguiendo los fantasmas de señales de comunicación hasta llegar a una fuente más intensa en el quinto planeta del Sistema. Aquí, a corto alcance, la nave de la Guardia del Cuervo descubrió la verdad: bajo la densa atmósfera superior de Istvaan V se extendía una tormenta de comunicaciones encriptadas de corta distancia, señales de energía medio enmascaradas y el calor de decenas de miles de guerreros de las Legiones Astartes; señal todo ello de que un vasto ejército se estaba atrincherando. Aquí, en Istvaan V, se hallaban los Traidores.

Cuando la información del objetivo fue retransmitida astropáticamente a las flotas Leales que se aproximaban al Sistema Istvaan, fue recibida con una mezcla de fervor belicoso y algo de inquietud. Dada la escala de la actividad oculta en Istvaan V, estaba claro que el enemigo estaba levantando allí una fortaleza de fuerza prodigiosa, sin duda pensada para convertirse en el cuartel general de la rebelión del Señor de la Guerra y en su principal terreno de reunión de tropas. La ausencia de la flota Traidora, sin embargo, era un problema más preocupante, aunque quizá se podía explicar por la necesidad de reunir recursos y suministros apresuradamente desde Sistemas distantes en previsión del inminente conflicto, y si en verdad los Traidores estaban seguros de que ningún contraataque de gran tamaño podía ser lanzado aún sobre ellos, una jugada tan atrevida encajaba con el carácter conocido del Señor de la Guerra. Las pictocapturas de larga distancia de la Ad Temperesta mostraban los estandartes personales de Horus y Fulgrim ondeando sobre las reconstruidas fortificaciones ancestrales de las ruinas de Urgall en Istvaan V, mientras figuras con servoarmadura y la maquinaria del Mechanicum se esforzaban sin cesar por levantar nuevas defensas, y esta prueba condenatoria entre todas fue la que decidió el destino de lo que estaba por venir.

Es importante hacer notar que en esta etapa temprana del gran conflicto aún tenían que desvelarse todas las implicaciones y el rancio horror de la traición de Horus, y tanto sus motivaciones como las asesinas profundidades de su ambición seguían sin estar claras, mientras el Imperio creía de corazón que tenía ventaja tanto en fuerza material como en capacidad de acción. Había aún algunos entre los Leales que seguían totalmente estupefactos por la posible razón de la perfidia del Señor de la Guerra, y mientras la flota de castigo era enviada a aplicar justicia sobre los Traidores, en los consejos privados de aquellos que sabían del asunto (que aún no era ni de lejos vox populi) se hablaba de enajenación mental o locura megalomaníaca por parte de Horus, o incluso del canceroso control de alguna especie alienígena como los Khrave o los Esclavizadores, como posible causa de esta repentina traición. Sin importar esta confusión sobre su origen, el juicio del Imperio sería rápido y salvaje en su ejecución, y la rebelión de Horus, habiendo atraído ya a cuatro Legiones Astartes a su causa, fue considerada más peligrosa que ninguna de las que la habían precedido durante la Gran Cruzada (ya que de hecho había habido varias), pero también se creía en general que Horus se contentaría con crear un imperio propio como rival del Trono. Aunque visto en perspectiva se trata de una suposición falsa, con esta hipótesis en mente la selección de Istvaan (un Sistema estratégicamente situado en el cruce de varias rutas disformes estables, pero a la vez lejos de la sede del poder del Imperio) como base de su rebelde dominio tenía cierto sentido. Igual que lo tenía la idea de un ataque inmediato antes de que el bastión de los Traidores quedase totalmente establecido.

Para Ferrus Manus, la ausencia de las flotas de las Legiones Traidoras en el Sistema Istvaan no era tanto una causa de sospecha como una oportunidad que no debía ser desperdiciada. Mediante el fallido intento de Fulgrim y sus Hijos del Emperador de atraer a Ferrus Manus a la causa de los Traidores y la huida de la Eisenstein de la traición en Istvaan III, el Imperio había sido alertado de la conspiración del Señor de la Guerra mucho antes de que el Architraidor estuviera preparado para ello, y para la sombría mente del señor de los Manos de Hierro, era un error que el enemigo pagaría caro. El momento de atacar era ahora, antes de que la flota enemiga retornase, para aplastar la rebelión con un único ataque combinado. Era un juicio compartido por muchos: habían encontrado los preparativos de los Traidores en desorden, con las disposiciones del Señor de la Guerra aún por cumplir y sus defensas incompletas. El enemigo era vulnerable, o eso creían los Leales.

La erupción de tantas naves poderosas en el Espacio Real a tan corta distancia del objetivo no era algo que se pudiera ocultar a los ocupantes del planeta. Lo que importaba era la velocidad y la furia con la que se llevara a cabo el ataque, y los Salamandras, la Guardia del Cuervo y los Manos de Hierro estaban todos decididos a cumplir esos requisitos con una fuerza enfática; entretanto, en la superficie del planeta un enemigo salvaje mayor que cualquiera conocido hasta la fecha, sus propios hermanos, les aguardaba con la misma resolución. En cuestión de minutos, se desenvainarían espadas contra hermanos juramentados, y se derramaría sangre no solo entre las Legiones que se habían levantado contra el Emperador, sino también entre unas Legiones Astartes enteras contra otras hasta su destrucción. El cataclismo se desataría, y la guerra de la Herejía de Horus comenzaría de verdad.

El plan de ataqueEditar

La decisión de lanzar un ataque inmediato con todas las fuerzas disponibles sobre las posiciones Traidoras en el planeta fue tomada por Ferrus Manus. Como líder veterano de los Primarcas de la primera oleada, el agraviado señor de los Manos de Hierro no toleraría ningún retraso. Algunos informes supervivientes indican que el Primarca de los Manos de Hierro rechazó el consejo cauteloso de Vulkan de aguardar al grueso de los Leales antes de lanzar el asalto, y tomó el preocupado y taciturno silencio de Corax como aceptación, pero en cualquier caso es seguro que Ferrus Manus había trazado rápidamente planes de invasión inmediata antes incluso de haber llegado al Sistema Istvaan, imaginando con su belicosa mente un centenar de posibles escenarios de ataque y defensa, y refinándolos después con los datos de inteligencia enviados por la Ad Temperesta. El reconocimiento de la nave infiltradora de la Guardia del Cuervo había sido concienzudo, detectando que la mayor parte de las actividades planetarias de los Traidores se concentraban en un área identificada por los cartógrafos imperiales como la región de Urgall, compuesta por una amplia altiplanicie volcánica rota por un valle cada vez más estrecho conocido como la Depresión de Urgall. A la cabeza de esta depresión, donde entraba en contacto con la meseta, se encontraba una escarpada sierra de montes y gargantas rocosos, y aquí las medio arruinadas estructuras de una vasta red de fortificaciones de antiguo origen pre-humano habían sido registradas por los cartógrafos imperiales hacía décadas. Fueron estas ruinas antediluvianas las que los augurios de la nave de la Guardia del Cuervo señalaron como el centro de la actividad Traidora, con nuevos bastiones y líneas de defensa alzándose sobre los erosionados muros alienígenas, y sus baluartes largo tiempo vacíos convirtiéndose en nuevos bastiones.

Con el vasto grueso de la meseta volcánica elevándose tras ella, y una traicionera maraña de gargantas, acantilados y desfiladeros extendiéndose por sus flancos, la fortificación era una posición defensiva formidable. La única ruta de gran tamaño para aproximarse y atacar por tierra la fortaleza era la Depresión de Urgall que se extendía sus pies, un erial rocoso y agujereado de arena volcánica negra y escasa maleza con unos veinte kilómetros de ancho en su punto más amplio, y salpicado de mesetas de roca rota y desfiladeros de basalto y piedra pómez. Esta defensa natural había sido reforzada con una red de trincheras y búnkeres cuya extensión no podía determinarse con seguridad desde la órbita. En otros lugares de la región se identificaron otros puestos avanzados menores, mientras que en el límite opuesto de la Meseta de Urgall, a unos treinta kilómetros de la línea defensiva principal, en los cavernosos confines de una garganta particularmente profunda y escarpada, se detectaron varias señales débiles de reactores escudados, lo que según los expertos del Mechanicum indicaba la presencia de Titanes de Batalla ocultos y en reposo.

Incursión: 7 horas antes del DesembarcoEditar

Entrada naves Manos de Hierro en Sistema Istvaan

La flota de los Manos de Hierro entra en el Sistema Istvaan.

Obedeciendo a una señal astropática previamente convenida, las fuerzas de dos poderosas flotas de batalla de las Legiones Astartes, la de la Guardia del Cuervo y la de los Salamandras, rasgaron la realidad con rumbo hacia Istvaan V casi al unísono, una hazaña del arte de los Navegantes rara vez igualada; y a su cabeza se encontraba la Ferrum, el Acorazado clase Gloriana de Ferrus Manus y de la élite de su Legión de los Manos de Hierro. La armada de los Marines Espaciales salió de la Disformidad tan cerca del planeta como se consideró posible, trazando vectores de ataque convergentes, y se lanzó de inmediato a toda potencia hacia el bastión Traidor.

En respuesta llegó una tormenta de señales y brillantes señales de energía desde la superficie planetaria cuando los Traidores se dispusieron a combatir al reaccionar repentinamente sus sistemas de alerta temprana ante la masiva incursión. Se lanzaron misiles orbitales desde lanzaderas móviles ocultas en los desiertos de Istvaan V, elevándose hacia los cielos sobre columnas de fuego, mientras se desplegaban apresuradamente los escuadrones de defensa. Contra un escuadrón incursor o incluso un solo grupo de batalla vengador intentando lanzar un ataque oportunista sobre los Traidores, este despliegue de potencia de fuego podría haber prevalecido, o al menos impedido un asalto terrestre, pero contra la fuerza combinada de dos flotas Astartes, más la Ferrum como vanguardia, fue prácticamente inútil y barrido sin que los atacantes sufrieran una sola pérdida.

A través del impotente tiroteo, las naves Leales se lanzaron al frente, hacia la atmósfera superior del planeta. El aspecto ornamentado y salvaje de los cascos reptilianos de bronce y esmeralda de las naves de los Salamandras contrastaba con el negro de las de la Guardia del Cuervo, más oscuras que el vacío por el que volaban, y a su cabeza iba la despiadada e hiriente espina de hierro de la Ferrum, descendiendo como una lanza arrojada por la mano de un dios enfurecido. Esto no sería un mero bombardeo orbital, ni el impersonal arrasamiento de un mundo desde la fría oscuridad del espacio, sino una invasión, una purga. El enemigo sería atacado de frente, mano a mano, la sangre de los Traidores derramada y los castigos aplicados cara a cara; solo así se limpiaría la mancha de la traición. El honor exigía el enfrentamiento, al igual que la seguridad: Rogal Dorn había ordenado que los hijos díscolos del Emperador debían morir por sus crímenes, y nada menos que sus cuerpos mutilados bastaría para probar la victoria.

Siguiendo la estela de las naves de guerra Astartes venían las de sus siervos, con sus motores esforzándose por mantener el paso: transportes de tropas del Ejército Imperial, macrocargueros llenos de máquinas de guerra y munición, naves de escolta, barcazas de guerra del Mechanicum y una única Arca Titanicus roja como la sangre de la Legio Atarus, la cual se había unido a la flota apenas unos días antes. Rara vez, incluso en el cénit de las conquistas de la Gran Cruzada, se había reunido a una fuerza tan poderosa para atacar un solo punto geográfico, pero aún habrían de desatarse más fuerzas, pues los registros disformes de la armada ya estaban trazando el rumbo de aproximación de las otras cuatro Legiones que se iban a unir al asalto, a tan solo unas horas de viaje del Sistema.

Parte II: La primera oleadaEditar

Desembarco planetarioEditar

"El héroe tiene por tumba la galaxia entera."
Extracto del Manual Memoriam del Ejército Imperial, por el Iterador Kha'rhy Rakal


La furia desatada desde la órbita fue suficiente para rasgar la atmósfera de Istvaan V como la piel de una fruta demasiado madura. Una docena de Barcazas de Batalla y Grandes Cruceros tronaron al unísono y golpearon al planeta. Los cielos sobre la línea de fortalezas de Urgall se convirtieron en un mar de llamas y relámpagos fosforescentes cuando los martillazos de los disparos de lanza y las ojivas de racimo llovieron sobre una veintena de chisporroteantes escudos de vacío y retumbaron contra flaqueantes campos de energía levantados sobre las defensas. Estas barreras de arcana ciencia, a pesar de lo imposiblemente resistentes que eran, no eran infalibles, y aquí y allí se estremecieron y se vinieron abajo, mientras el terreno entre sus parches de cobertura sufría el ataque sin protección alguna. La tierra se sacudió, las arenas temblaron y las rocas y montañas que rodeaban la zona de impacto se partieron y rompieron. Pero sin que los atacantes lo supieran, en los días anteriores a su asalto, el Mechanicum Oscuro que ahora servía al Señor de la Guerra, en cooperación con el vil Fulgrim, había creado una construcción defensiva casi milagrosa en el breve plazo del que había dispuesto, y la mayoría de las fuerzas Traidoras se refugiaron tras murallas con escudos o se atrincheraron muy por debajo de la resistente roca madre volcánica. En otros lugares, sin embargo, el enemigo resultó peor parado. En las llanuras desérticas, los lanzamisiles defensivos móviles de los Traidores, que aún se esforzaban por rearmarse o redesplegarse, fueron barridos de un plumazo, proyectando enormes nubes fungoides de polvo al ser engullidos por las llamas. Asimismo, varias subfortalezas y puestos avanzados, marcados para su destrucción durante la silenciosa vigilia de la Ad Temperesta, fueron arrasados y aplastados al tener unas defensas muy inferiores a las levantadas en Urgall.

Aunque no logró romper las defensas del enemigo en la línea fortificada, el bombardeo orbital cumplió su propósito principal: entretuvo al enemigo y le impidió contrarrestar lo que ocurrió a continuación. Pisando los talones a los macroproyectiles y rayos de energía que azotaban Istvaan V llegaron los Marines Espaciales. Primero descendieron centenares de Cápsulas de Desembarco y Arietes de Asalto, cayendo como una lluvia de acero sobre el planeta, y la carga letal de la Ferrum fue la primera en tomar tierra. En este primer asalto iba el propio Ferrus Manus, hambriento de la sangre de aquellos que habían traicionado a su padre. Medio cegadas y dañadas por el bombardeo y la tormenta de estática y radiación que este había dejado a su paso, las defensas antiaéreas Traidoras tardaron en reaccionar, pero tal era la tormenta de unidades de asalto que venían hacia ellas que aquellas que lograron disparar a los cielos en muchos casos no podían fallar, y nuevas explosiones florecieron en la estratosfera, marcando con escombros incinerados que trazaban estelas como de cometas la muerte de guerreros que nunca alcanzarían las arenas negras de Istvaan V con vida. Pero tal era la implacabilidad de la primera oleada de ataque, y la precisión y coordinación con la que había sido ejecutada, que por cada Cápsula o Garra de Desembarco que era aplastada durante el descenso, una docena o más aterrizaban intactas, vomitando su cargamento de Astartes contra los dientes de las líneas exteriores de defensa Traidoras.

Los patrones precisamente calculados de la Gorgona les habían llevado al mismo borde de los escudos de la fortaleza, muy por delante del matadero previsto y tan cuidadosamente preparado en las laderas de la depresión por los Traidores. Mientras los cielos aún aullaban con el peso del metal en caída libre y la tierra se sacudía con un centenar de impactos de aterrizaje, comenzó la matanza: los Astartes Traidores surgieron de sus trincheras y búnkeres y se encontraron a sus iracundos enemigos ya sobre ellos. La lucha se libró a cortas distancias, una batalla tan salvaje y despiadada como cualquiera de las presenciadas a lo largo de toda la Gran Cruzada, hermano contra hermano, sobrehumano contra sobrehumano, sin dar ni pedir cuartel. Los Bólteres resonaban a bocajarro partiendo ceramita, las armas de sierra aullaban y chisporroteaban al morder las placas de blindaje, o penetraban profundamente en las junturas desatando fuentes de sangre. En unos instantes fue obvio que esta no sería ninguna batalla como las libradas hasta la fecha por las Legiones Astartes, pues aunque eran marcadamente diferentes en temperamento y tradición, cada Legión era aproximadamente igual a las demás en términos de armamento y habilidad. No obstante, ya en estos primeros minutos, centenares murieron y en el sangriento cenagal de brutalidad que siguió a continuación, el peso numérico y el armamento del primer asalto Leal sirvieron de poco, pues la victoria se la llevaron solo los más salvajes y afortunados.

El asalto de choque de la vanguardia había cumplido su misión, y en los siguientes minutos el ejército Leal aprovechó el respiro obtenido para hacer aterrizar más Cápsulas de Desembarco, cañoneras y lanzaderas y así desplegar al grueso de las Legiones de la Guardia del Cuervo y los Salamandras, desatando a decenas de miles de Marines Espaciales en la Depresión de Urgall en formación de combate. Avanzando rápidamente, las Legiones Leales atravesaron en dirección a la lucha el bosque de Cápsulas de Desembarco vacías que se extendía entre ellas y la línea del frente, mientras sus blindados pesados y su artillería aguardaban en las alturas para desplegarse en la zona de desembarco cuando quedase despejada.

42 minutos tras el DesembarcoEditar

Punta de Lanza del Asalto de los Manos de Hierro a Istvaan V

La Legión de los Manos de Hierro avanza por Istvaan V.

"El desembarco en la zona de asalto fue un infierno, un infierno como nunca antes había visto. Como nada de lo que ninguno de nosotros había visto antes, sospecho. Legión contra Legión por primera vez, nuestro enemigo éramos nosotros mismos en nuestra peor versión. Nuestros propios pecados clamaban por nosotros.

"Mi escuadra fue una de las honradas con formar parte del contingente de la Guardia del Cuervo de la primera oleada del asalto, la vanguardia. Nuestro desembarco sería dirigido por el propio Ferrus Manus y nuestro objetivo eran las líneas de defensa justo a los pies de la fortificación; un poco más cerca y nos habríamos estrellado contra sus escudos de vacío. Teníamos una sola misión: asaltar la línea, entretener al enemigo mientras el grueso del desembarco llegaba por detrás de nosotros y emprender la retirada; atraer su atención y sus disparos sobre nosotros. No era una misión con muchas probabilidades de supervivencia, pero nos presentamos voluntarios, todos lo hicimos, así que el propio Lord Corax tuvo que hacer un sorteo para ver quiénes de nosotros lucharíamos en la vanguardia y quiénes irían con el grueso de la Legión.

"Había luchado ya en unos treinta y tres desembarcos con cápsula en territorio hostil, pero nada había sido como esto. Ni los Orkos de Belfagor ni los disidentes Terocrati de Lux Majoris, lo peor que había visto, igualaron la furia que nos recibió, fue como caer contra un muro de disparos incluso aunque el bombardeo de supresión hubiera caído justo antes que nosotros. No sé cuántas Cápsulas de Desembarco fueron derribadas de los cielos antes de poder aterrizar, y sin las Deathstorm no habríamos podido salir con vida de la zona de desembarco.

"La Cápsula de mi Garra se había salido de su rumbo por un impacto de metralla y aterrizamos con dureza, quedando medio enterrados en el muro de contención de un reducto de las trincheras, y empezamos a recibir disparos antes siquiera de abrir las puertas. Salimos disparando en modo automático en medio de una tormenta de balas y en cuestión de segundos estábamos encima de ellos; Hijos del Emperador, pero no como los recordaba. Habían cambiado, estaban retorcidos. Su armadura estaba salpicada de hollín y sangre seca, y algunos tenían collares de huesos y trofeos como si fueran cazadores de cabezas tribales. Nos aullaban, reían incluso mientras nos abríamos camino a través de ellos, podías oír la risa incluso por encima de los tiroteos, amplificada de algún modo por sus cascos, sonaba errónea... enloquecida.

"Fue solo matar a partir de ahí, sobrevivir; no había espacio para maniobrar ni para tácticas. Su armadura era tan buena como la nuestra, nuestras armas estaban igualadas, era un desgaste sangriento, sin ventajas, sin cuartel, sin respiro, solo muriendo. Nos quedamos sin balas en cuestión de minutos, después tenías que saquear a los muertos si podías y seguir luchando.

"Mi Garra se abrió paso, cinco caídos, cinco aún luchando. Los supervivientes fuimos a por los cañones antiaéreos que habíamos visto desde la órbita, a salvo bajo los escudos, pero no desde el suelo, no para nosotros; nada importaba excepto eso, pero el tiempo jugaba en nuestra contra, habíamos agitado el nido de avispas. Con rifles de fusión a bocajarro y cargas de fusión destruimos tres cañones centinela y la conexión de una batería Icarus, pero eso fue todo, estaban sobre nosotros, derramándose desde los búnkeres, surgiendo de túneles en las trincheras. Centenares de ellos, miles, nos estaban aguardando. Soldados Imperiales...antaño, ahora medio locos, había Legionarios entre ellos, Hijos de Horus creo, empujándoles con látigos como si fueran esclavistas.

"Ordené la retirada, mi Sargento estaba muerto y yo era el siguiente en la cadena de mando. Atacar y desaparecer habían sido nuestras órdenes, el estilo de nuestra Legión. El cielo estaba oscurecido por las naves de desembarco, habíamos hecho lo que podíamos por ellas. La horda vino tras nosotros como una marea. Mi Garra tenía a la vista a la punta de lanza del asalto de los Manos de Hierro cuando la carne de cañón de los Traidores nos alcanzó y nos retuvo.

"Entonces llegó el fuego. Eran los Avernii, los Avernii de los Manos de Hierro los quemaron, nos los quitaron de encima con llamas. El fuego me cubrió y sentí cómo me quemaba en un centenar de sitios donde mi armadura se había quebrado, pero yo lo soporté y los humanos no. Las cenizas de sus cuerpos me cubrieron como barro seco, envolviéndome. Se partieron y cayeron como madera podrida cuando me levanté, nunca olvidaré ese sonido. Lo escucho en mis sueños.

"Mi armadura estaba fatalmente dañada, tuve que desconectar la unidad de energía y regresar a las líneas para reaprovisionarme. Así fue como sobreviví: tras rearmarme luché con la retaguardia para defender la zona de desembarco, y escapé de allí con Lord Corax. Ninguno de los que asaltó la fortaleza vivió hasta el final. Solo yo sobreviví de toda mi Garra, yo fui el último.

"El cronógrafo de mi armadura se había quedado fundido por el calor de los lanzallamas Avernii. Solo me di cuenta después. Siete minutos. Todo lo que os he contado ocurrió en siete minutos, tanta muerte en tan poco tiempo, y tanta más que estaba por venir.
"
Extracto del testimonio juramentado de Jaquos Zanak, Legionario Veterano, 5ª Garra de Ataque, 19ª Compañía de Batalla, Legión de la Guardia del Cuervo, asignado a la vanguardia del asalto a Istvaan V


En menos de una hora, ambos bandos, Traidor y Leal, estaban totalmente entregados al combate y estaban aplicando fuerza letal en cantidades equivalentes. Las formaciones de ataque Leales habían logrado desplegarse según el plan previo a la batalla de Ferrus Manus. Frente a ellas, las murallas recientemente potenciadas de la fortaleza estaban incrustadas con docenas de emplazamientos de cañones, puntos de disparo, nidos de cañones Thudd y baterías de armas pesadas, mientras que ocultos tras muros o trincheras, los Tanques Superpesados Traidores aportaron su propia potencia de fuego a la mortal bienvenida preparada para los Leales. Además, las tropas del Ejército Imperial leales a su Señor de la Guerra fueron empleadas despiadadamente como escudos humanos, empujadas fuera de las fortificaciones a centenares para caer ante las armas Leales, donde morían aullando por disparos de Bólter o eran reducidos a cenizas calientes por Armas Volkitas, un gasto de vidas rápido y sin apenas recompensa.

Atacando por el norte hacia la fortaleza, el flanco izquierdo de los Leales fue ocupado por el grueso de la Legión de los Salamandras. Aquí la topografía del campo de batalla ofrecía el acceso más igualado a la fortaleza, pero también se daba la mayor concentración de zigzagueantes trincheras y reductos, destinados a impedir dicho acceso. Estas defensas eran guarnecidas por centenares de los amargamente tenaces guerreros de la Guardia de la Muerte, y los Salamandras se vieron obligados a luchar por cada ensangrentada pulgada de terreno.

Dies irae

El Dies Irae, Titán Imperator de la Legio Mortis.

Con su Primarca Vulkan a la cabeza, los Salamandras convirtieron una trinchera tras otra en ríos de fuego, pero fueron respondidos por la Guardia de la Muerte con sus propias llamas corruptas. Sin embargo, por encima de esta zona de guerra se alzaba una amenaza mucho más terrible: el colosal cuerpo negro del Dies Irae, un Titán Imperator de la Legio Mortis y una de las máquinas de guerra más poderosas jamás creadas por la mano del hombre. Flanqueado por una escolta de Titanes Warhound, su apocalíptico armamento superaba en poderío y en alcance a cualquier otra arma del campo de batalla, y consumió a centenares de Legionarios Leales con cada disparo, amenazando incluso las zonas de desembarco, en las que derribaba a las Stormbirds y Thunderhawks con una facilidad desdeñosa mientras se cernían para descargar a sus pasajeros.

En el flanco derecho había un laberinto de pilas de roca rota, mesetas prominentes y grietas repentinas que cubría un área de más de cuatro kilómetros de ancho, y que varias Compañías de los Hijos de Horus habían escogido como terreno de caza, fortificándolo con líneas aegis, alambre de espino y bastiones prefabricados. Conociendo de sobra su habilidad para maniobrar y entablar una guerra fluida, Ferrus Manus había asignado este flanco al grueso de la Guardia del Cuervo, y en este sector la batalla cobró vida propia, convirtiéndose en una anarquía fracturada de combates de guerrilla entre los veloces ataques desde las sombras de la Guardia del Cuervo y la furia repentina y las crueles tácticas de manada de los Hijos de Horus. Por encima de la maraña de gargantas y mataderos, Corax y sus Compañías de Asalto se lanzaban sobre chorros de llamas, decapitando y desmembrando a sus enemigos como un rapaz atacando desde las alturas, pero los hijos del Architraidor siguieron luchando con denodada arrogancia, siempre letales en el contraataque.

En el centro de la línea, donde el fuego enemigo era más furioso, se encontraba el infatigable Ferrus Manus rugiendo su desafío. La Gorgona lideraba a una demoledora cuña de Exterminadores Morlocks del Clan Avernii, unos mil al inicio del ataque, y a su alrededor se agrupaban los supervivientes de la vanguardia y seis manípulos de Autómatas de Batalla de la Legión de los Manos de Hierro, desplegados para reforzar su avance. El Primarca aplastaba y mataba con sus manos de plata desnudas, desgarrando al enemigo con una rabia inhumana y fría contra la que ni siquiera los Astartes podían resistir. Allí donde la Gorgona lideraba el asalto, los guerreros de los Hijos de Horus y los de los Hijos del Emperador se batían en retirada por igual. Mientras el iracundo Primarca avanzaba, sus Legionarios revestidos de hierro negro le seguían implacables a través de la incesante lluvia de proyectiles como si fuesen hombres enfrentándose a una tormenta, acribillando o aplastando a cualquiera que se acercase a su radio de alcance.

Más cerca de la fortaleza la resistencia enemiga se hizo más pronunciada, y a la sombra de los cañones Traidores, los Manos de Hierro encontraron por primera vez Legionarios de los Hijos del Emperador en los que se había producido un cambio impactante y terrorífico. Su antaño perfecta panoplia de guerra estaba ahora profanada y degradada, cubierta de pieles humanas colgadas como decoraciones de carnaval; habían provocado terribles mutaciones en su propia carne, y aullaban llenos de éxtasis hasta cuando eran reventados por los disparos o cortados por las espadas. Entre ellos había otros Hijos del Emperador, cada uno de los cuales portaba extrañas armas sónicas cuyas discordantes notas eran capaces de rasgar el suelo y partir el aire, y de matar incluso a aquellos protegidos por la inviolable armadura de un Exterminador. Y aunque ni siquiera estos extraños y terribles enemigos podían refrenar a los Manos de Hierro, siguieron lanzándose al combate, si bien eran cada vez más escasos a cada minuto que pasaba.

El implacable avance de Ferrus Manus y sus guerreros no fue en vano. En el terreno que el Primarca había conquistado con tanto derramamiento de sangre, y por detrás de los Manos de Hierro, el grueso de los blindados Astartes de la segunda oleada estaba formando y empezando a avanzar para apoyar al ataque, enviando oleada tras oleada de cohetes Whirlwind y proyectiles Basilisk por encima de las cabezas de los Leales para golpear a la propia fortaleza, manteniendo el ritmo del bombardeo ahora que las naves en órbita se tenían que contener para no arriesgarse a acertar a sus propios aliados. Los Leales obtuvieron aún más ventaja cuando una punta de lanza de treinta Land Raiders y Tanques de Asalto Spartan de los Salamandras se reunió y concentró los disparos de sus cañones láser, atrapando al Dies Irae en una red de luz abrasadora. Tal fue la ferocidad de este huracán de energía que el poderoso Titán Imperator se vio obligado, con su blindaje brillando rojo como un ascua, a retirarse en parte a la sombra del bastión alienígena mientras sus escudos de vacío se recargaban, dejando atrás a uno de los Warhounds de su escolta hecho una ruina ardiente.

Poco después, las últimas naves de desembarco pesadas del Ejército Imperial Leal tomaron tierra, y Compañías Blindadas enteras de tanques Malcador y Baneblade rugieron al marchar al frente, algunos apoyando al bombardeo de la fortaleza, otros separándose para atacar objetivos secundarios atrincherados en las laderas de los montes que delimitaban la Depresión de Urgall. El trueno y la conmoción de tanta artillería desatada en un espacio tan confinado sacudieron la tierra y levantaron grandes nubes de arena negra como si se trataran de un vendaval. Tal era el conmocionante tumulto, que centenares de auxiliares humanos, a pesar de su veteranía en las guerras de la Gran Cruzada, cayeron simplemente de rodillas paralizados por el terror, o perdieron el juicio y tuvieron que ser ejecutados por sus supervisores para que no pusieran en peligro a sus camaradas.

Lenta e inexorablemente, la línea Traidora empezó a combarse peligrosamente hacia atrás.

78 minutos tras el DesembarcoEditar

Devoradores de Mundos masacran civiles Istvaan III

Devoradores de Mundos en combate.

Como si sintieran el peligroso empuje que estaban ganando los Leales, las fuerzas Traidoras se lanzaron al contraataque, y los Primarcas Traidores salieron al combate. Haciendo una salida desde la fortaleza, Angron, sediento de sangre y rugiendo como una bestia de una era perdida y terrible, dirigió una carga que partió en dos la línea Leal como una cuña clavada a martillazos, penetrando entre los Manos de Hierro del centro y la Guardia del Cuervo del flanco derecho, separándolos antes de volverse sobre esta última con sus Devoradores de Mundos, desatando Exterminadores salpicados de sangre con grandes hachas de energía encadenadas a sus manos para poder cargar libremente a través de la maraña de guerreros sin preocuparse de a quién mataban, fuera amigo o enemigo. En el flanco izquierdo grandes nubes de niebla venenosa barrieron las trincheras, disolviendo la carne a través de las brechas más pequeñas en las servoarmaduras, y los aullidos ahogados provocadas por muertes tan desagradables anunciaron la llegada de Mortarion el Segador.

Con amplios barridos de su guadaña, el Primarca de la Guardia de la Muerte cortó a los Salamandras que se cruzaron en su camino, y ni siquiera los firmes Dracos de Fuego pudieron detener su sombrío avance, aunque gracias a su habilidad marcial y a su sacrificio se frenó el número de bajas que causaba. Incluso cuando ya el ataque Leal detenía su avance, más tropas Traidoras aparecieron: la élite de los Hijos de Horus, compuesta por Escuadras Segadoras y Exterminadores Justaerin y dirigida por el temido Abaddon, lanzó una contracarga por todo el campo de batalla con un salvajismo sin freno, mientras que las Escuadras de Apoyo Pesado Traidoras se desplegaron en las colinas exteriores de la depresión para lanzar implacables fuegos cruzados, aunque fueron respondidas por alas de ataque de Deslizadores de Ataque Javelin y cañoneras Storm Eagle, o hechas saltar por los aires por los rayos aniquiladores de las Carronadas Volkitas cuando los Tanques Superpesados Glaive de los Salamandras adoptaron posiciones defensivas en los flancos de las fuerzas Leales. Las cañoneras, liberadas de su carga de Legionarios y máquinas de guerra, lanzaron desesperadas pasadas casi suicidas, volando bajo a través de la tormenta de fuego con sus armas abriendo fuego a toda potencia con la esperanza de cambiar la marea de la batalla, y muchas acabaron derribadas de los cielos como meteoros ardientes.

96 minutos tras el DesembarcoEditar

Escuadra de marines ruidosos

Marines Ruidosos en combate.

Con las líneas de batalla convertidas en un enorme y sangriento punto muerto de carnicerías y tormentas de fuego, los auxiliares de la flota se desplegaron por fin en la zona de desembarco, que acababa de despejarse de naves de desembarco Astartes: unidades del Ejército Imperial, regimientos de infantería pesada, compañías de artillería y destacamentos de Tanques Superpesados marcharon al frente, pero tan confinado era el espacio en que entraban ahora, pues el terreno entre la zona de desembarco y las líneas del frente se habían convertido en un atasco de vehículos ardientes y cuerpos destrozados, que se amontonaron hasta el punto de que ningún proyectil o misil del enemigo que los alcanzase podía fallar. Fue en este momento de confusión y discordia en la retaguardia Leal cuando se envió una señal oculta y se abrieron búnkeres y reductos ocultos en las arenas negras que pisaban los Leales, y de ellos emergieron escuadras suicidas de la Guardia de la Muerte y los Devoradores de Mundos. Donde se encontraron con Legionarios o con vehículos pesadamente blindados, la matanza provocada por los Traidores emboscados fue detenida o al menos contenida, pero donde surgieron en medio de las filas del Ejército Imperial, no hubo nada más que una masacre brutal. Los meros humanos, sin importar lo bien entrenados o equipados que estuvieran, demostraron estar tan indefensos ante los Astartes como niños ante lobos hambrientos.

Punto muerto: 132 minutos tras el DesembarcoEditar

Donde un bando perdía terreno en un sitio, lo recuperaba en otro, y las líneas de batalla cambiaron una y otra vez, sin que ninguno de los dos ejércitos lograse imponerse sobre el otro a pesar de la tremenda destrucción causada por ambos. La sangre cubrió de rojo las arenas negras. Decenas de miles de Marines Espaciales habían muerto en poco más de dos horas de combate, un cataclismo nunca antes visto en un conflicto abierto, y decenas de miles más seguían luchando, maltratados y heridos.

En muchos lugares del campo de batalla los suministros de repuesto no podían alcanzar a los combatientes debido a la densidad de tropas y al implacable bombardeo y contrabombardeo. En esas zonas las hojas sierra se habían roto, las granadas se habían agotado hacía mucho y los Bólteres ya no tenían munición. En ambos bandos se rescató el armamento de los muertos de entre la sangre y la tierra para continuar la matanza, o simplemente se golpearon mutuamente con los guanteletes blindados o con armas vacías reducidas a servir de mazas de metal. Ningún bando estaba dispuesto a ceder terreno y la muerte estaba en todas partes. La batalla siguió rugiendo.

Mientras la matanza en la fortaleza continuaba sin freno, en el extremo más alejado de la Depresión de Urgall un vasto objeto carmesí descendió lentamente mientras recibía disparos antiaéreos que dejaban quemaduras en sus flancos blindados cilíndricos. Era un manípulo de batalla de la Legio Atarus, la Legión Titánica de los Marcas de Fuego, en su macrotransporte, y su llegada había sido justificada por las firmas de calor de otros de su especie que avanzaban a través de la arremolinada tormenta de polvo de la llanura desértica. La Legio Mortis también se aproximaba, y junto a sus colosales pies corrían docenas de tanques Predator y Escuadrones de Reconocimiento Motorizados y de Motocicletas a Reacción procedentes de las Legiones de los Hijos de Horus y los Devoradores de Mundos. Los augurios mostraron que la Legio Atarus estaba superada en número y poderío: dos Reavers y tres Warhounds de los Marcas de Fuego se enfrentarían a un Warlord, dos Reavers, un Nightgaunt y dos Warhounds de los Cabezas de Muerte. Para responder a las veloces unidades blindadas y de ataque rápido de los Astartes Traidores solo disponían de un único cónclave aliado de la Legio Cibernetica, y de un escuadrón de blindados de apoyo del Mechanicum. Los fríos cálculos del Mechanicum estimaron la probabilidad de sobrevivir en menos de un 13% en sus comunicaciones codificadas con la Gorgona, que aprobó su decisión de atacar directamente al enemigo en vez de recibirlo a la defensiva y ser aplastados.

Para la Legio Atarus, la oportunidad de atacar a sus antiguos hermanos de la Legio Mortis no cumplía solo el deseo de aquellos que habían permanecido Leales de castigar a los Traidores, sino que era la culminación de un agravio largo tiempo guardado, que tenía sus raíces en sucesos acaecidos décadas antes de esta batalla. Así fue que con ira justiciera los Titanes de los Marcas de Fuego hicieron sonar sus grandes sirenas y cargaron a la batalla contra su enemigo, y al hacerlo se convirtieron en la primera Legión Titánica Leal en combatir mano a mano con una Legión Titánica Traidora en la Herejía de Horus. La batalla que siguió fue breve pero brutal, con la Legio Atarus atacando con todas sus fuerzas a la masa de enemigos, decidida a infligir tanto daño como fuera posible más que a obtener ventajas estratégicas o siquiera a sobrevivir. De este modo lograron destruir al Warlord Aliento de Trueno, rematado por el puño de combate del Reaver Naga Roja del propio Princeps Marakaru antes de que su núcleo reactor fuese penetrado por el fuego vengativo de la Legio Mortis, lo que a su vez destrozó al Naga Roja y a docenas de tanques enemigos en una tremenda explosión.

A pesar de su completa destrucción, la Legio Atarus logró con su contraataque neutralizar de facto al contingente secundario de la Legio Mortis, obligándolo a retirarse con graves daños para no volver a la batalla. La fuerza de flanqueo Traidora, frenada y maltratada, fue destruida sistemáticamente a continuación por el grupo subyugador de los Manos de Hierro que, al verse incapaz de alcanzar el frente por el atasco de escombros y vehículos, había sido redesplegado por orden de Ferrus Manus para defender la zona de desembarco de todo ataque. La Compañía blindada de los Manos de Hierro acabó rápidamente con los atacantes, que estaban atrapados entre los cañones de los defensores y la furiosa tormenta de fuego atómico provocada por la destrucción de los Titanes en el desierto a sus espaldas. Las últimas Motocicletas a Reacción Traidoras, batiéndose en retirada ante los Manos de Hierro, intentaron ponerse a cubierto entre las ardientes ruinas de los Titanes, pero fueron derribadas y destrozadas por los últimos Autómatas de Batalla envueltos en fuego de la Legio Atarus, implacables en su furia y fieles más allá de la muerte de sus amos.

Respiro: 168 minutos tras el DesembarcoEditar

Hacia el final de la tercera hora de la batalla, el puro peso del desgaste había empezado a obligar a separarse a los dos bandos enfrentados. Las bajas en ambos eran terribles, quizás alcanzando el 40% según algunas estimaciones hechas en medio de la batalla, y con las armas pesadas de los Leales ya desplegadas y desatando un torrente constante de disparos, hasta Mortarion y Angron habían tenido que contener sus asaltos. De un modo similar, los Salamandras y la Guardia del Cuervo habían empezado a retirarse del frente para reformarse y rearmarse, al haber agotado sus suministros en la ferocidad de la batalla. Solo Ferrus Manus y los restos de sus Manos de Hierro se negaron a retirarse y ceder una sola pulgada del terreno que él y su Legión habían ganado con su sangre.

La escala de la matanza era inimaginable y las tácticas habían perdido todo su sentido: un poder suficiente para conquistar Sistemas Estelares enteros había sido liberado en un espacio de solo veinte kilómetros de ancho, y todo lo que quedaba a su paso eran escombros, vehículos destrozados y sangre. Pero, ¿qué se había conseguido con ello? Sí, los Leales habían abierto su zona de desembarco y desgarrado grandes brechas en las líneas de defensa Traidoras, habían expulsado al enemigo de las colinas circundantes y rechazado un flanqueo de la Legio Mortis, pero no habían cumplido sus objetivos estratégicos. La fortaleza del fondo del valle seguía en pie, el enemigo aún estaba atrincherado y sus cañones no habían sido silenciados.

Asimismo, unas formas más extrañas estaban posicionándose entre las filas Traidoras: imponentes y oscuras máquinas de guerra de origen desconocido, figuras encorvadas vestidas de harapos y guerreros con servoarmaduras pintadas con los colores de las Legiones Traidoras, pero también cubiertas de espinas, remaches y trofeos sangrientos, hasta el punto de parecer tan alienígenas como cualquier enemigo encontrado en la Gran Cruzada. La batalla estaba en el filo de la navaja, y cada guerrero presente sabía que la muerte le aguardaba inmisericorde y segura, pues aquí los semidioses caminaban como ángeles exterminadores y la furia de todas las artes sangrientas de la Humanidad se desataba. Todos sabían que, por inimaginable que la carnicería hubiera sido ya, aún estaba lo peor por llegar.

Y entonces llegó la segunda oleada...

Parte III: MasacreEditar

Retirada: 204 minutos tras el DesembarcoEditar

Guardia cuervo Masacre istvaan

Guardias del Cuervo luchando durante la Masacre del Desembarco.

"En solitario, un Legionario es un enemigo formidable tan superior al hombre como el lobo lo es a las ovejas. Unida, atada por lazos de lealtad inamovible, una Legión es una fuerza capaz de extinguir las estrellas sacudir los mismos cielos."
Lorgar Aureliano, Primarca de los Portadores de la Palabra


Una vez más el cielo se oscureció cuando centenares de naves de desembarco, Thunderhawks, Stormbirds y Dreadclaws descendieron a través del torturado aire sobre chorros de fuego. Reluciente azul acuoso, sombrío medianoche, gris granito, profundo carmesí y bruñido acero: la armada voladora llevaba las marcas de los prometidos Guerreros de Hierro, Amos de la Noche, Portadores de la Palabra y Legión Alfa. El poder de estas cuatro Legiones, que ya se habían hecho sus propias famas marciales en los anales de la Gran Cruzada, sería la perdición de una facción y la salvación de la otra, y la crueldad de esa verdad sería demostrada en apenas unos minutos.

Con la rapidez y la experta precisión que solo los Astartes son capaces de mostrar, los recién llegados se desplegaron rápidamente, enviando destacamentos al frente y dedicando el grueso de sus fuerzas a crear una segunda zona de desembarco al sur de la primera. La Legión Alfa pareció reforzar el flanco izquierdo y los Portadores de la Palabra el derecho, mientras que los Amos de la Noche se dividieron y rodearon el perímetro de la zona de guerra y los Guerreros de Hierro aterrizaron justo detrás de la retaguardia del Ejército Imperial al borde de la llanura, y de inmediato empezaron a desplegar bastiones blindados y líneas de defensa, uniendo sus naves y vehículos de asedio hasta formar una fortificación inexpugnable a una velocidad pasmosa. Esta segunda y repentina fortaleza de placas de blindaje miraba desde las colinas a la mole envuelta en humo de la fortaleza de Urgall, y los Leales estaban encajonados entre ambos bastiones. Extendiéndose a cierta distancia de este baluarte, como si no se atrevieran a acercarse a la acerada monstruosidad recién nacida, nuevas oleadas de las demás Legiones siguieron llegando, formando zonas de desembarco terciarias y formando en orden de combate.

Algunas fuentes sostienen que, al producirse la llegada de las cuatro nuevas Legiones, Corax, el habitualmente taciturno Primarca de la Guardia del Cuervo, fue el primero en proponer una retirada de aquellos que ya estaban combatiendo para que los recién llegados pasaran al frente. Su Legión había sufrido mucho en la batalla, como todos los combatientes, y no tenía deseos de gastar más vidas en un desgaste sin sentido si fuerzas superiores aún intactas podían dar un paso al frente. Vulkan de los Salamandras también estaba a favor de la consolidación, pues su Legión había participado en algunas de las luchas más implacables y salvajes al enfrentarse a la Guardia de la Muerte. Las oscuras armas de la XIV Legión habían infligido muchas bajas y casi todos los guerreros de Vulkan estaban heridos y desprovistos de munición.

Ferrus Manus, sin embargo, no quiso ni oír hablar de ello. La retirada era para él impensable, y sin darse cuenta el enclave de Manos de Hierro y otros Leales que se había formado a su alrededor se estaba quedando peligrosamente separado de las líneas Leales. Ordenó a sus fuerzas que no solo resistieran, sino que siguieran avanzando, incluso mientras Corax ordenaba a su Legión que retrocediese hasta la zona de desembarco para abrir paso a los recién llegados, y Vulkan y sus Salamandras empezaban a hacer lo mismo con paso lento pero deliberado. Hay informes sin confirmación de que lo que provocó la ira de la Gorgona y lo empujó a ignorar la voz de la razón en este momento crítico fue avistar a Fulgrim, Primarca de los Hijos del Emperador, entre el enemigo. Antaño su mejor amigo, ahora su más odiado enemigo, al ver al provocador Fulgrim Ferrus Manus dio rienda suelta a su rabia y abandonó a sus hombres para enfrentarse personalmente con su hermano, buscando matar al Fénix y cobrarse venganza sin importar el precio. Los relatos de los pocos que sobrevivieron a lo que siguió hablan de las dos figuras divinas intercambiando golpes devastadores sobre un montón de cadáveres y moribundos, y de la burlona risa de Fulgrim resonando con una claridad imposible a través del estruendo de la batalla. Poco se puede decir con seguridad de lo que sucedió a continuación, salvo que en este momento, cuando la causa Traidora parecía perdida, una única y enorme bengala surgió del bastión negro del Señor de la Guerra, cubriendo el campo de batalla con un brillo sangriento latente. La trampa fue activada y el golpe más cruel cayó.

Traición: 234 minutos tras el DesembarcoEditar

Ferrus Manus Fulgrim

Fulgrim se dispone a acabar con Ferrus Manus.

Desde aquel oscuro día ha habido afirmaciones y refutaciones sobre el rumbo exacto de los sucesos que se produjeron a continuación, de qué Traidor desenmascaró sus propósitos primero, o de dónde golpeó la primera puñalada trapera, pero los relatos de los pocos Leales supervivientes de la superficie del planeta coinciden en que algunos miembros de la Guardia del Cuervo llegaron a acercarse lo suficiente a los Portadores de la Palabra como para reconocer a algunos y llamarlos por su nombre antes de que empezara la matanza. Todas a una, las cuatro Legiones recién llegadas juraron lealtad al enemigo y abandonaron su obediencia al Trono de Terra, declarando su traición con la voz de cien mil cañones. La carnicería fue inmediata y total.

Alcanzados a bocajarro, los incautos Legionarios de los Salamandras y la Guardia del Cuervo fueron segados a centenares por aquellos a los que creían sus hermanos. Maltratados tanques y Dreadnoughts que habían capeado la tormenta de tres horas del combate más infernal jamás afrontado por las Legiones Astartes se vieron atrapados en una granizada de disparos de misiles y láseres desde las filas de sus supuestos aliados, levantando explosivas piras fúnebres en oleadas por toda la línea Leal. Las cañoneras de los Amos de la Noche rasgaron el cielo, dejando caer bombas de racimo y de fósfex mientras aullantes Rapaces Nocturnos seguían sus estelas, y sin previo aviso la Legión Alfa ya estaba entre las apresuradamente levantadas estaciones-apothecarion de la retaguardia, asesinando con eficiencia despiadada mientras sus veloces blindados y escuadras mecanizadas rodeaban a los Salamandras antes de clavarse entre ellos con la precisión de un cirujano. Desde detrás de los acerados emplazamientos de los Guerreros de Hierro, la famosa artillería de la IV Legión habló: sus letales Whirlwinds Scorpius y cañones de asedio Minotaur devastaron los aturdidos batallones del Ejército Imperial y arrasaron las zonas de desembarco de la primera oleada, mientras que sus tanques Cerberus y Typhon avanzaban para destrozar los Tanques Superpesados del Ejército Imperial a corta distancia.

En medio de esta carnicería, Fulgrim de los Hijos del Emperador y Ferrus Manus, antaño tan cercanos como solo podrían estarlo los verdaderos hermanos, se enfrentaron en una titánica lucha a muerte cruelmente igualada. En el transcurso del acalorado combate, Ferrus Manus cayó derrotado y fue decapitado por su antiguo hermano. Fulgrim quedó súbitamente invadido por el dolor al ver a sus pies el cuerpo decapitado de su querido hermano; fue en dicho momento de debilidad emocional, en el que el Primarca de los Hijos del Emperador repudiaba su alianza con el Caos, el Gran Demonio de Slaanesh que habitaba en su poderosa espada demonio le engañó para que bajara sus escudos mentales, poseyéndole. Así, Fulgrim dejó de existir como una entidad independiente, quedando encerrado en las profundidades de su mente y convirtiéndose desde entonces en un testigo mudo de las acciones del Demonio, el cual entregó posteriormente la cabeza de Ferrus Manus a un deleitado Horus, aunque el Señor de la Guerra no estuvo muy contento con la posesión del cuerpo de su hermano por parte del demonio. De la antigua y quebrada línea defensiva surgió un gran aullido de triunfo, y de nuevo los perros de la guerra del Señor de la Guerra salieron a combatir: el berserker Angron y Mortarion, el espectro de la muerte, llevaron a sus Legiones de nuevo a la masacre para satisfacer su sed de sangre, y al fin el mismo Horus salió de su oscuro bastión, liderando a sus guerreros para acabar con los machacados restos del Clan Avernii del difunto Primarca. El Dies Irae, imponiéndose sobre toda la escena con sus sirenas de guerra aullando un toque fúnebre por los Leales, volvió al ataque disparando con sus grandes cañones a los tanques que lo habían herido anteriormente, borrándolos del mapa.

Traicionados, superados en número y atrapados, para los Leales en Istvaan V no había esperanza de salvación o de victoria. Miles habían caído en los primeros segundos de la masacre, pero aún quedaban miles más, y en los corazones de los Salamandras, Guardias del Cuervo y Manos de Hierro supervivientes un odio enfurecido cobró vida rugiente. Escupiendo desafíos hasta el final, siguieron luchando; hasta la última gota de sangre y la última bala, se batieron como los legendarios héroes de antaño y no flaquearon, pero esto ya no era una batalla sino un exterminio. Si antes había habido ordenados asaltos ahora había una carnicería desenfrenada, una arremolinada lucha mano a mano en la que los cuerpos eran desgarrados, desmembrados, profanados, y los Traidores caían sobre los Leales que quedaban como bestias frenéticas, como si escucharan la risa de dioses sedientos.

Entre las filas de los Portadores de la Palabra, una vanguardia de guerreros de armadura carmesí, los Gal Vorbak, degeneró en terroríficas criaturas de pesadilla envueltas en la corrupción de la Disformidad al cargar contra los Leales, mientras que los Devoradores de Mundos avanzaban a golpe de hacha sin preocuparse de a quién mataban: cualquiera que se interpusiera en su camino, fuese amigo o enemigo, se convertía en víctima de su cosecha de cabezas cortadas.

Como en señal de desprecio a semejante trabajo de carniceros, los Guerreros de Hierro tampoco parecían preocuparse por quién caía bajo sus disparos, haciendo caer sus bombas indiscriminadamente en su esfuerzo por destruir por completo sus objetivos primarios mientras el implacable trueno de sus Aniquiladores de Hierro avanzaba segando fila tras fila de Soldados Imperiales en retirada. Una salva de disparos de plasma de los Predators Executioner de los Portadores de la Palabra impactó como una llamarada solar en miniatura entre las naves de desembarco de la Guardia del Cuervo; una horda de Legionarios de gris granito cargó a continuación, sin preocuparse por estar atravesando campo abierto y estar sufriendo bajas por el flaqueante fuego Leal, y con su brillante Primarca Lorgar a la cabeza atravesaron las naves de desembarco y se abalanzaron sobre la base de la Guardia del Cuervo como una marea destructora. Los Gal Vorbak (los Marines Poseídos de élite de los Portadores de la Palabra) saltaron sobre Corax, intentando aplastarle con sus cuerpos en el cuerpo a cuerpo. Sin embargo, el Primarca de la Guardia del Cuervo demostró ser un guerrero tan formidable, que ni los Astartes potenciados por la posesión demoníaca eran rivales para él, y los mató con facilidad. En un intento de detener esta masacre de sus hijos favoritos, Lorgar usó sus normalmente pobres y débiles poderes psíquicos para cargar a través de la multitud de guerreros, llegando justo a tiempo para evitar las muertes de los Gal Vorbak restantes, entre ellos Argel Tal.

Tras un salvaje intercambio de golpes demasiado rápidos para ser seguidos por un ojo mortal, Lorgar Aureliano cayó sangrando a las arenas negras que tanta sangre habían bebido ya. Solo por la inesperada intervención de Konrad Curze, Primarca de los Amos de la Noche, logró Lorgar sobrevivir y el enloquecido Corax ser rechazado, perdiéndosele la pista a partir de ahí por un tiempo. Respecto a Vulkan, él y sus Salamandras al fin se habían reagrupado para librar una desesperada defensa final y fueron quizá los últimos en caer, rodeados por un millar de enemigos y engullidos en un cataclismo de disparos. La Legión Alfa fue la primera en retirarse de la matanza con sus objetivos cumplidos. Después, se dice, los Hijos de la Hidra se marcharon en orden silencioso y en perfecta quietud contemplaron cómo se desarrollaba el último acto de despojo asesino cuando los cañones de los Guerreros de Hierro al fin callaron y el resto se hartó a tomar trofeos, realizar oscuros rituales y desatar por completo su locura.

En las arenas negras de Istvaan V más de 300.000 Marines Espaciales yacían muertos, un Primarca había muerto y dos estaban desaparecidos y se les creía muertos también, habiendo sido sus Legiones prácticamente exterminadas. Con ellos murió el sueño férreo del Emperador de un dominio humano sobre las estrellas.

SecuelasEditar

Por aplastante que fuera la victoria Traidora en la Masacre del Desembarco, pronto se hizo evidente que no había sido absoluta. Varios grupos pequeños de supervivientes habían logrado abrirse camino fuera de la trampa tan pronto se vio que todo estaba perdido, bien abordando una cañonera en mitad del caos, bien deslizándose por los barrancos o las cambiantes y polvorientas llanuras volcánicas; una huida permitida en parte por la sed de sangre de algunos de los Traidores, y por el ansia de coger botín de otros, y por la desconfianza y, de hecho, en algunos casos, desprecio que las Legiones Traidoras parecían sentir las unas hacia las otras ya entonces.

En los cielos sobre Istvaan V, las flotas de guerra de los Leales también habían sido traicionadas y asaltadas y allí, aunque superadas en número, habían logrado plantar más cara de la que hubiera sido del agrado de los Traidores. Las naves Leales, al estar totalmente escudadas y en alerta de combate como correspondía a una zona de guerra, fueron capaces de responder rápidamente una vez resistido el asalto inicial, habiendo sufrido muchos daños pero estando lejos de haber sido destruidas por el repentino ataque de sus supuestos aliados. La batalla espacial resultante había durado muchas más horas que la carnicería en la superficie, y algunas naves Leales siguieron luchando testarudamente negándose a abandonar a su Legión en el planeta a cualquiera que fuera el oscuro destino que les había acaecido, con lo que acabaron pagando el precio definitivo por su lealtad. Otras, gravemente dañadas, o bien fueron puestas en fuga o bien admitieron la futilidad de enfrentarse a un enemigo tan superior en número cuando vieron que las flotas de las primeras Legiones Traidoras regresaban, y lograron escapar del Sistema con los enemigos pisándoles los talones y la venganza latiendo amarga en sus corazones.

La Batalla de Istvaan V había acabado y el traicionero Señor de la Guerra era su vencedor. El torbellino de la guerra galáctica había sido sembrado, y los Dioses Oscuros cosecharían los años de terror y sangre que se producirían a continuación.

La Huida del CuervoEditar

Sons of Corax by MajesticChicken

Artículo principal: Huida del Cuervo.

Corax sobrevivió a la batalla y rápidamente reagrupó a sus Guardias del Cuervo supervivientes, los cuales, para su horror, habían quedado prácticamente aniquilados por la carnicería previa, habiendo quedado reducidos a un porcentaje entre el 10 y el 25% de sus fuerzas originales. Organizó a estos supervivientes (unos 4000) sobre una colina alta. Durante su huida, su posición casi fue descubierta por una columna blindada de Guerreros de Hierro que pasaba por allí. Prefiriendo destruirlos, Corax montó una emboscada con sus Escuadras Tácticas y de Asalto supervivientes y los arrasó, antes de que los Traidores pudieran informar de sus hallazgos y antes de tener que trasladar su escondite.

30 días tras el desembarco, la Guardia del Cuervo oculta no había oído nada sobre los Salamandras o los Manos de Hierro, y sintieron que su futuro pintaba oscuro. Corax ordenó a sus hombres trasladarse a un área conocida como la Cordillera Lurgan y atrincherarse allí, mientras él llevaba a cabo un reconocimiento en solitario del lugar de la batalla. Aunque aún estaba siendo usado por las unidades Traidoras, Corax logró escapar por completo a la detección usando su "invisibilidad" o poder psíquico de ocultación. Aunque el Primarca había informado a sus hombres que el propósito oficial para la peligrosa misión era llevar a cabo un reconocimiento de la zona de desembarco, Corax pasó la mayor parte del tiempo buscando en la meseta de Urgall los cadáveres de sus hermanos caídos, pero no los encontró.

98 días tras la masacre, la Guardia del Cuervo fue localizada y arrinconada por sus cazadores: Angron y sus Devoradores de Mundos. La fuerza de los Devoradores (superando enormemente a los 3000 Guardias del Cuervo supervivientes) atrapó a la resuelta fuerza de la Guardia del Cuervo contra la falda de un monte batido por el viento. Tras el picacho se extendían las llanuras de sal que les habían forzado a llevar a cabo su última y valerosa defensa. Ante ellos se extendía la fuerza combinada de los Devoradores de Mundos, la Legión de Marines Espaciales impulsados por la rabia de Angron, quien avanzó a la vanguardia del ataque rugiendo en busca de la sangre de su hermano. Un mar azul y blanco de Astartes de los Devoradores de Mundos salpicado del rojo de las entrañas de los caídos barrió el valle buscando la destrucción de la Guardia del Cuervo.

Enloquecidos por sus implantes neurales y empujados a un violento frenesí por los inhumanos cócteles de estimulantes, los furiosos guerreros de los Devoradores de Mundos bombardearon las empinadas lomas en las que se habían atrincherado los leales con sus Whirlwinds y su artillería. Cada uno de los guerreros rugía con el ansia de cumplir los juramentos de sangre que habían hecho con su Primarca.

Pero antes de que pudieran erradicar de forma absoluta a los Guardias del Cuervo supervivientes, los Devoradores de Mundos fueron atacados desde un flanco inesperado. Grupos de cazas de anchas alas se abalanzaron repentinamente desde las nubes, lanzando misiles aire tierra a discreción contra los traidores. Grupos de detonaciones provocadas por disparos de armamento orbital destrozaron las líneas de los Devoradores de Mundos, aniquilando a sus compañías de vanguardia. Las explosiones de las bombas incendiarias florecieron en el corazón del ejército al avance, esparciendo promethium al rojo blanco sobre las empinadas laderas. Corax miró con incredulidad mientras los abrasadores pulsos de plasma caían desde la órbita, abriendo enormes brechas en la Legión de Angron.

El rugido de los reactores se volvió ensordecedor cuando aparecieron naves de descenso que bajaron sobre las posiciones de la Guardia del Cuervo sobre columnas de llamas: naves de descenso negras blasonadas con los emblemas de la Legión de Corax. Los Legionarios se desplegaron para permitir aterrizar a las naves de descenso. Tan pronto como sus gruesas patas hidráulicas contactaron con el suelo, sus rampas rechinaron abriéndose y los portones de desembarco se abrieron. La Guardia del Cuervo se enfrentó con incredulidad aturdida a sus libertadores. Las naves de descenso pertenecían a una misión desesperada de rescate enviada por el Comandante Branne Nev, un Capitán de la Guardia del Cuervo que había sido dejado al cargo del mundo natal de la Legión, Deliverance. Las naves de apoyo estaban al mando del Prefecto Valerius del Ejército Imperial. Sin mayor retraso, los supervivientes de la Guardia del Cuervo se prepararon rápidamente para embarcar y escapar a bordo de las naves de descenso, saliendo de órbita y dejando atrás a los babeantes berserkers de los Devoradores de Mundos, cuyo furioso Primarca aullaba fútilmente en busca de sangre.

Entretanto, la Legión Alfa se había infiltrado en la Guardia del Cuervo durante la Masacre del Desembarco, alterando quirúrgicamente a sus operativos para parecerse a Astartes fallecidos de la Legión del Cuervo e insertándolos en la Legión de Corax durante el caos de la persecución llevada a cabo en Istvaan V. Alpharius y Omegon habían sido prevenidos por la organización alienígena conocida como la Cábala de que la XIX Legión recibiría en el futuro un objeto increíblemente importante y secreto que sería de gran valor para la causa de Horus. A través de un oficial de enlace y de otro Astartes infiltrado, hicieron que una flota de los Devoradores de Mundos cesara en su persecución de las naves de Branne, de forma que lograran alcanzar la órbita de Istvaan V, rescataran a los supervivientes y huyeran a Terra, donde conseguirían dicho objeto, que los infiltrados de la Legión Alfa podrían robar posteriormente.

Corax nunca llegó a saber cómo había conseguido Branne llegar hasta Istvaan V, pero estaba agradecido por el rescate. El propio Branne no quería revelar qué le atrajo hasta Istvaan V, ya que consideraba que el asunto era demasiado sensible. Lo que le había empujado a actuar habían sido los repetidos e inexplicables "sueños" proféticos que había tenido Marcus Valerius, el Prefecto de la Cohorte de Therion, el regimiento del Ejército Imperial acuartelado en Therion, y que formaba parte de la Flota Expedicionaria de la Guardia del Cuervo. La terrible absolución a manos de Angron podría haber sido un final válido para la XIX Legión, pero tras considerarlo todo, Corax se sintió aliviado de haber podido sobrevivir para luchar de nuevo en nombre del Emperador. Así pues, Corax pudo abandonar finalmente Istvaan V... pero con sólo 3000 de los 80000 Marines Espaciales con los que había desembarcado.

Leer másEditar

Herejía de Horus.

Batalla de Istvaan III.

Huida del Cuervo.

FuentesEditar

Traducido de Wikihammer 40K UK y Lexicanum Inglés.

  • El Vuelo del Cuervo (Audiolibro), por Gav Thorpe.
  • Codex: Marines Espaciales del Caos (2º de 3ª Edición).
  • Index Astartes III-IV.
  • Realms of Chaos: Slaves to Darkness.
  • The Horus Heresy II.