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La Batalla de Jarelphi, o el Asedio del Palacio de Jarelphi, fue uno de los enfrentamientos más importantes del final de la Herejía de Horus y el asedio más sangriento y cruel después del asalto al Palacio Imperial de Terra. Esta batalla no está apenas documentada, salvo por una saga que cuentan los Sacerdotes Rúnicos de los Lobos Espaciales en las noches más oscuras de Fenris y que se conoce como la Saga de los Hombres Alados. Para ser una de las sagas de los Sacerdotes Rúnicos, está increíblemente bien documentada y pese a que se habla en ella con la típica retórica épica y heroica de la que hacen gala todas las Sagas de los Lobos Espaciales, en especial cuando hablan de sí mismos, parece que aquí está un poco más diluida por los acontecimientos ocurridos.

HistoriaEditar

Caos guerreros de hierro 001

Marine de los Guerreros de Hierro

Al final de la Herejía de Horus (entre los años 014-021.M31), cuando las Legiones Traidoras huían del castigo imperial hacia el Ojo del Terror, un contingente de Guerreros de Hierro se refugió en el mundo de Sergatama VI y tomaron el control de la poderosa fortaleza que dominaba el planeta. Dirigidos por uno de los más grandes campeones de los Guerreros de Hierro, conocido como El Forjador de Armas, y por el Primer Capitán Forrix, transformaron el magnífico Palacio de Jarelphi, sede del gobierno local y una poderosa fortaleza por derecho propio, en una pesadilla de búnkers y barricadas. Jardines exuberantes fueron hechos trizas y arrasados al instalar trincheras y alambres de espino.

Como respuesta, más de un millón de hombres de la Guardia Imperial, avanzando junto con los Lobos Espaciales, asediaron el Palacio, y las batallas libradas fueron crueles y sangrientas. Los Traidores defendían cada metro de terreno con una feroz tenacidad. Sin embargo, una a una, las puertas fueron cediendo hasta llegar al claustro interior del Palacio, donde una sola puerta separaba a los Lobos Espaciales de la victoria.

Se cuenta que pese a que la batalla estaba a punto de decantarse del lado imperial, los Guerreros de Hierro no se lo iban a poner fácil. Los Guerreros de Hierro son maestros en el arte del asedio, y a pesar de toda su valentía los Lobos Espaciales no podían capturar la puerta. Intento tras intento, eran rechazados, y parecía que nada podía romper la sólida defensa de los Traidores. Pero cuando el alba anunciaba el comienzo del centésimo día de asedio, guerreros con armadura negra, con las hombreras luciendo un cuervo blanco, aparecieron materializándose del mismo aire y asaltaron la vía de escape de los Traidores, en la retaguardia, dirigiendo a unas bestias sanguinarias por delante de ellos.

Se dice que ni siquiera una de cada diez abominaciones era capaz de sostener un Bólter, y debía de haber una criatura de cada cien genéticamente estable que pudiera convertirse en un Marine Espacial completo. Horriblemente deformados y con una sed de sangre demente, los monstruos aparecieron arrastrándose y rugiendo con aullidos de rabia y locura, con un sonido tan demencial que incluso encogieron los corazones de los Lobos Espaciales, que recordaban la maldición del Wulfen en su propia carne. Nada podía detener a las criaturas, ni balas ni espadas. Rompieron las líneas defensivas como si fueran una hoja de papel, asesinando a cualquier cosa que se acercase lo suficiente a sus sangrientas garras. Los Hijos de Russ se quedaron mirando asombrados mientras las bestias y la Guardia del Cuervo destrozaban la retaguardia de los Guerreros de Hierro y avanzaban hacia el corazón del Palacio. Tan solo un puñado de Guerreros de Hierro escapó de la matanza, ya que el resto de los Traidores fue masacrado por los bestiales aliados de la Guardia del Cuervo.

Terminado el combate, la Guardia del Cuervo desapareció tan sigilosamente como había venido, dejando tras de sí únicamente cadáveres desmembrados. Solamente dentro de las murallas del Colmillo hablarán de lo que vieron aquellos Lobos Espaciales presentes, y si sintieron asco o pena por aquellas feroces bestias que poseían un inconfundible vestigio de Humanidad, no lo dirán nunca fuera de allí.

FuentesEditar

  • Index Astartes IV.

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