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Abaddon

Señor de la Guerra Abaddon el Saqueador.

"Yo soy el Archidemonio, el Saqueador de Mundos. Y mis manos serán las que hagan caer al falso Emperador"
Abaddon, Señor de la Guerra del Caos y de la Legión Negra.


Abaddon el Saqueador, antaño llamado Ezekyle Abaddon, es el Señor de la Guerra del Caos y el mayor Campeón del Caos Absoluto de la Galaxia.

Es el comandante de la Legión Negra de los Marines Espaciales del Caos, y se rumorea que fue un clon del Señor de la Guerra Horus, el mayor Traidor de la historia imperial.

En un tiempo fue el hijo favorito de Horus Lupercal, llegando a ser el Primer Capitán de la Legión de los Lobos Lunares (luego Hijos de Horus). Hoy día es infame por las Cruzadas Negras que dirige, terribles campañas militares en las que las habitualmente divididas Fuerzas del Caos se unen bajo su liderazgo y lanzan un ataque en masa contra el Imperio desde el Ojo del Terror.

El más reciente de estos ataques, la 13ª Cruzada Negra del 999.M41, llevó a la captura parcial del vital Mundo Fortaleza imperial de Cadia y a la primera expansión del espacio Caótico en territorio imperial desde la Herejía de Horus.

Historia de una traiciónEditar

La Gran CruzadaEditar

Ezekyle Abaddon Primer Capitán Hijos de Horus boceto

Abaddon antes de la Herejía.

Durante la Gran Cruzada, el Primer Capitán Ezekyle Abaddon fue el comandante de la 1ª Compañía de élite de la Legión de Marines Espaciales de los Lobos Lunares, unidad conocida como la Justaerin, y era reconocido como el mayor guerrero de esa Legión después del propio Primarca Horus. Abaddon era conocido por su orgullo y su personalidad irascible, pues se enojaba con suma facilidad.

Él, junto con Tarik Torgaddon, Capitán de la 2ª Compañía, "Pequeño Horus" Aximand, de la 5ª Compañía, y Garviel Loken, de la 10ª, eran miembros de un consejo consultivo informal de la Legión al servicio de Horus, conocido como el Mournival. Tras la batalla por el mundo designado Sesenta y Tres-Diecinueve, en la que el Capitán de la 10ª Compañía Garviel Loken logró alcanzar al falso Emperador que gobernaba el planeta antes que él, Abaddon recomendó la incorporación de Loken al Mournival para reemplazar al Capitán de la 4ª, Hastur Sejanus, que había sido muy querido por Horus y que había muerto poco antes de la batalla. Abaddon también era miembro de la Logia guerrera de la Legión, la "orden silenciosa" de los Lobos Lunares, inspirada en Logias similares del mundo de Davin, el cual había sido sometido por la XVI Legión hacía muchos años.

Abaddon se opuso notoriamente a los intentos de Horus por negociar con una rama perdida de la Humanidad conocida como el Interex, prefiriendo adherirse a la política establecida por el Emperador: exigir simplemente la rendición o imponer la Obediencia Imperial por la fuerza. Esta actitud se transformó en desesperación después de que Horus fuera herido críticamente por el Gobernador Planetario corrompido por Nurgle Eugan Temba, al regreso de la Legión a Davin, en el puente de su nave espacial estrellada en la luna de Davin. Esta había sido convertida por el Dios de la Plaga en un apestoso pantano infestado con Zombies de Plaga que antes habían sido la propia guarnición del Ejército Imperial de Temba. Este había usado una espada Kinebrach dedicada a Nurgle, conocida como el Anatham, que infectó al Primarca con una toxina tan poderosa que ni siquiera su sistema inmunitario sobrehumano podía derrotarla. Abaddon, junto con otros miembros de la Logia guerrera de los Hijos de Horus, siguió el consejo del Primer Capellán Erebus de los Portadores de la Palabra y llevó al moribundo Primarca a un sanador místico del Templo de la Logia de la Serpiente en Davin, que en realidad era un Hechicero del Caos. Este acto fue algo totalmente contrario a la Verdad Imperial (marcadamente ateísta), y abrió a Horus a la influencia de los Poderes Ruinosos del Caos. Tras la corrupción de Horus y su resurrección gracias al poder de aquellos, Abaddon respaldó completamente a su Primarca y se unió decididamente a él cuando declaró su intención de derrocar al Emperador, acabando por entregar su alma entera al servicio del Caos Absoluto.

Abaddon fue responsable de la derrota y el abandono de Garviel Loken durante la Batalla de Istvaan III en las ruinas de la capital istvaaniana, conocida como la Ciudad Coral. No obstante, Loken sobrevivió al combate y presenció el comienzo del bombardeo orbital del planeta por la flota de las Legiones Traidoras a las órdenes de Horus.

La Herejía de HorusEditar

Ezekyle Abaddon Primer Capitán Hijos de Horus ante Justaerin

Ezekyle Abaddon pasando revista a la Justaerin durante la Herejía de Horus.

Durante los siete brutales años de la terrible guerra civil imperial que fue la Herejía de Horus, el Primer Capitán Abaddon continuó dirigiendo a la Justaerin de los Hijos de Horus, la 1ª Compañía vestida completamente de negro, durante muchas de las acciones más infames llevadas a cabo por las Fuerzas del Caos durante la Herejía, como la Masacre del Desembarco en Istvaan V y la Batalla de Molech, así como la gran Batalla de Terra. Tras la derrota y muerte de Horus a manos del Emperador, Abaddon dirigió un rápido contraataque al frente de los Hijos de Horus para recuperar el cuerpo del Señor de la Guerra en su nave insignia, la Espíritu Vengativo, y se retiró de la órbita de Terra con el resto de la Legión al Ojo del Terror.

RetiradaEditar

Abaddon el Saqueador 13ª Cruzada Negra

Abaddon el Saqueador toma el mando de la XVI Legión para volver a castigar al Imperio.

Cuando los sucesos de la Herejía alcanzaron su trágica conclusión, las Legiones Traidoras comenzaron a abrirse camino fuera de Terra tras la muerte de Horus, y en la anarquía y confusión el cuerpo del Señor de la Guerra fue recuperado por su Legión. Una vez refugiados en el Ojo del Terror, los Hijos de Horus se establecieron en un mundo que fue al mismo tiempo la tumba de su difunto Primarca y la fortaleza desde la que lanzarían nuevos ataques tanto sobre las demás Legiones Traidoras como contra las humeantes ruinas del Imperio. Desprovista de su glorioso Primarca, la XVI Legión se quedó sin propósito ni motivación, y en su desesperación se volvió a cada uno de los Dioses del Caos en busca de un poder renovado, invitándoles a que les concedieran posesiones demoníacas y otros dones disformes cada vez más costosos. Durante todo ese tiempo, la Legión sufrió los rencorosos ataques de sus antiguos aliados. Al final, uno de esos rivales, los restos de la Legión de los Hijos del Emperador, robó el cuerpo de Horus del corazón de su tumba y se lo llevó de allí, lo que algunos creen que se debió a un plan para clonarlo y así crear a un nuevo y mayor Señor de la Guerra que reunificase a las ahora fraccionadas y dispersas Fuerzas del Caos.

El nacimiento de la Legión NegraEditar

Reuniendo aliadosEditar

Ezekyle Abaddon antes de fundar la Legión Negra

Ezekyle Abaddon tras la muerte de Horus y antes de fundar la Legión Negra.

Tras la caída de la XVI Legión y la destrucción de Lupercalios, Falkus Kibre, jefe de la partida de guerra Duraga kal Esmejhak (“el gris que sigue al fuego”), señor de la nave de guerra Ojo Malevolente y ex comandante de los Justaerin, convocó a sus antiguos aliados a una reunión secreta. Entre ellos se encontraban el Hechicero del Caos Iskandar Khayon, líder de la partida de guerra de Kha'Sherhan, así como a Lheorvine Ukris, anteriormente adscrito a los Devoradores de Mundos y líder de la banda de guerra de los Quince Colmillos. La llamada les conminaba a reunirse a bordo de los restos del Crucero de Batalla de los Hijos de Horus Su Hijo Elegido. Nada más encontrarse con ellos, Falkus informó a sus aliados que Lupercalios había desaparecido. El Monumento era historia, convertido en una montaña de cenizas. En cuanto a la XVI, desconocía cuántos habían sobrevivido al brutal ataque de los Hijos del Emperador. A tenor de sus estimaciones, él y sus hombres eran los últimos supervivientes. Habiendo perdido todo, Falkus había recurrido a aquellos en quienes podía confiar; aquellos que habían sido sus aliados en el pasado. También les trajo la terrible noticia de que el cuerpo de Horus había sido robado. La III Legión había tomado el cuerpo para cosecharlo, para cultivar su acervo genético. Querían clonarle. Nadie de los reunidos en Su Hijo Elegido quería contemplar las terribles consecuencias de tal blasfemia. La III Legión esperaba poder poner fin a las Guerras Legionarias con una estrategia abominable.

Falkus estaba en una posición precaria: su Legión había sido aniquilada, la fortaleza de Lupercalios había desaparecido y no tenía ninguna posibilidad de tomar represalias contra Armonía, el planeta de los Hijos del Emperador, con sus escasas fuerzas. Pero el justaerin tenía una última carta que jugar: buscaría la Espíritu Vengativo. Con ella, destruiría Ciudad Cántico y las abominaciones que la III Legión intentaba resucitar. La nave era imposible de ignorar; fue la única nave de la clase Gloriana y la variante Scylla. Pero la tarea que Falkus propuso era casi imposible. Cientos de partidas de guerra habían buscado tan poderosa nave durante siglos y ninguna había regresado. Pero esos cientos de partidas de guerra no tenían ni idea de dónde mirar; Falkus sí.

Para demostrar su jugada, Falkus hizo traer un prisionero. Su nombre era Sargon, ex-miembro de los Portadores de la Palabra y del Capítulo de los Cabeza de Bronce. Antiguo sacerdote-guerrero de los Portadores de la Palabra, Sargon había dejado de lado las enseñanzas de Lorgar. Pregonaba traer la iluminación, pero ya no era la Palabra de Lorgar. Sargon no podía hablar con voz propia a los líderes reunidos, ya que había sufrido una quemadura por plasma que se había llevado tanto su laringe como su caja de voz durante la Batalla de Terra. Utilizando sus habilidades psíquicas, habló a través de un cadáver reanimado, uno de los muchos Hijos de Horus que estaban amontonados en los restos de la nave. Sargon afirmó que no solo había visto la Espíritu Vengativo, sino que también había pisado sus cubiertas y conocía su ubicación: Los Mundos Radiantes, ubicados en el Velo Eleusiniano, en la lejanía del Ojo, cerca del espacio imperial, más allá del fenómeno disforme conocido como Marea de Fuego. Sargon se había entregado a Falkus después tras la destrucción de Lupercalios. Lo hizo alegando que el destino así lo exigía. Sabía dónde estaba escondida la Espíritu Vengativo y traía el saber a aquellos que más lo necesitaban. Aunque Khayon sintió que el sacerdote estaba diciendo la verdad, no fue capaz de sondear su mente para obtener más respuestas. Quien le había enviado colocó poderosas barreras psíquicas que bloqueaban la mente del Portador de la Palabra de intrusiones no deseadas. Tras deliberar, Khayon aceptó ayudar a Falkus. Lheorvine no tuvo la oportunidad de manifestar su decisión; sus enemigos no lo permitieron.

Una pequeña flota de siete naves de los Hijos del Emperador, con un acorazado a la cabeza, surgió de la tormenta de disformidad circundante. Falkus y sus aliados tenían cinco y en muy malas condiciones. El comandante de los Hijos del Emperador se identificó como Kadalus Orlantir, nacido de Chemos, Sardar de las 16ª, 40ª y 51ª compañías y comandante de la Lamento de la Perfección. Este informó al hechicero que no tenía ninguna disputa con Khayon ni con Lheorvine, pero exigió la entrega de Sargon. Ambos señores de la guerra rechazaron audazmente la "generosa oferta" de Sardar. Enfurecido, el comandante de la III Legión lanzó ataques de abordaje contra la nave de Khayon y los restos de la nave donde se habían reunido. En el combate subsiguiente, Falkus y Lheorvine intentaron huir a sus naves, pero la de Lheorvine fue destruida. Utilizando sus artes psíquicas, Khayon pudo hacer un agujero en la realidad que les llevó al puente de su nave y con ello escapar, no sin antes llevarse a Sargon, Lheorvine y varios prisioneros.

El Sacerdote SolarEditar

Cerca del fin de su pregrinaje, cuando la Tlaloc emergió de la Brecha Avernus, sus ocupantes navegaron directamente hacia un cielo lleno de fuego. El brillo apareció en un torbellino de dolor. Mutantes y humanos por igual dentro de la nave retrocedieron ante la luz. Se habían sumergido de nuevo fuera de la telaraña, en una región del Ojo arrasada por el Astronomicón del Emperador. La nave comenzó a girar, arrastrando cuerpos a lo largo de la cubierta mientras los estabilizadores gravitacionales luchaban por mantener el ritmo. La Tlaloc gruñó en un sonsonete desagradable de huesos metálicos forzados. Khayon se proyectó fuera de la nave. Más allá de la chirriante canción del Coro Eterno, resonando dentro de su cráneo, había una conciencia salvaje, vasta e inhumana, ahogándose en la locura, el dolor y el pánico. Esta se aferró a la Tlaloc mientras se disolvía en la Luz del Emperador. El tormento se proyectaba desde la corriente de una mente ahogándose en agonía líquida.

La nave dio otra sacudida, enviando a más tripulantes a la cubierta. Fuera lo que fuese estaba rompiendo la espalda de la Tlaloc. Fue entonces cuando la cosa rugió. Si su control había sacudido la nave, su rugido provocó violentos estremecimientos a través de cada ápice de los huesos de la Tlaloc, reventando los tímpanos de la tripulación a lo largo de las cubiertas inferiores, donde el llanto de la criatura hizo un eco más fuerte. Un temblor más familiar se enterró en la sacudida cuando la Anamnesis disparó andanadas en ambos lados del casco. Cubiertas de armas enteras escupieron su ira hacia el vacío dorado. Un dolor fresco aderezó los gritos silenciosos de la criatura y su rugido draconiano sonó otra vez, lo suficientemente fuerte como para romper varios monitores de consola. El óculo mostró una imagen de la ardiente disolución de la carne que envolvía las almenas en un sudario vivo. La piel rosácea se fundió en el fuego de oro, abriendo millones de agujeros como fosas de lodo mientras el brillante fuego lo devoraba todo.

Algo enorme, algún dragón demoníaco o serpiente del vacío, se aferraba al casco en una locura salvaje, afianzándose y aplastándoles mientras moría bajo la luz del Astronomicón. Sin duda, había estado huyendo por la telaraña, golpeando a la Tlaloc justo cuando salían de nuevo al espacio del Ojo. La luz del Astronomicón, inofensiva para la carne humana y el frío hierro, estaba incinerando a los no-nacidos. Después de un breve combate psíquico, Khayon destruyó a la criatura, rociando la nave con silbantes trocitos de vísceras que se disolvían en el vacío bañado en oro. Tras un último escalofrío, todo quedó en silencio.

Habían llegado a los Mundos Radiantes, más allá de la Marea de Fuego, donde el Astronomicón ardía más fuerte y más brillante. De pronto, Khayon se volvió hacia donde señalaba Telemachon. Allí, sentando en un plácido esplendor sobre mi trono, estaba el fantasma de un dios asesinado.

El rostro del dios estaba cubierto por una máscara de oro brillante, con sus rasgos torcidos en un rictus de lloroso tormento. La expresión era la de la muerte: los ojos abiertos, la boca, incluso los dientes entreabiertos mostrados en oro. El grito de un hombre inmortalizado en el metal sagrado. Afilados rayos de sol destellaban desde los bordes de la cara de metal, formando una cresta de cuchillos de oro. El resto de su manifestación existía en contraste a la oscura ostentación de su casco sagrado. Era delgado, cadavérico, y llevaba una toga lisa de blanco imperial. Su piel no era pálida u oscura, parecía una mezcla acaramelada de ambos, tal vez nacida de la genética, quizás teñida por la luz de un sol natural. Era el Señor de la Humanidad en su forma esquelética y ritual como el Dios Sol, el Sacerdote Solar. Era el Astronomicón, mirando fijamente la eternidad y siendo testigo de la danza de los demonios. Cantaba para siempre en la noche sin fin, añadiendo su melodía al Gran Juego. Era Imperioso, el Avatar del Astronomicón. Y había ido para conminarles a dar marcha atrás.

Entre preguntas y preguntas, su máscara de oro se giraba en un movimiento lento, observando a cada uno de los presentes en el puente de la Tlaloc antes de responder. Su peticion no se debía a que fuesen una amenaza a la Canción o a él, pues era un puente; eran una amenaza para el Cantante. Si persistían, el siguiente verso de la Canción será el fuego y la furia, no la sabiduría y la misericordia. Cada uno de ellos tenía un verso y un coro en la Canción cantada por las gargantas del Coro del Emperador. Advertencias de ascenso, del despertar, de asesinato y fuego entre las estrellas. Todo ello podía ser conjurado si daban media vuelta.

En una lenta ondulación de la túnica, el espíritu se levantó de mi asiento de mando. Telemachon y Khayon mantenían sus armas preparadas, pero fue la pistola de Lheor la que resonó con un estampido rotundo. El proyectil alcanzó a la aparición en el pecho, esparciendo túnicas manchadas y vísceras contra mi trono. Mientras se pudría de pie, el Sacerdote Solar les hizo una última súplica: “Seréis el fin del Imperio. ¿Es esto lo que queríais la primera vez que mirasteis hacia el cielo de la noche cuando erais niños en vuestros mundos de origen?”.

El Sacerdote Solar colapsó, deshaciéndose como la arena cae a través de los dedos sueltos. Había entregado su advertencia.

Los Mundos RadiantesEditar

Alcanzar el Velo Eleusiniano significaba atravesar Los Mundos Radiantes. Solo los locos llevarían sus naves directamente hacia ellos y se enfrentarían a la Marea de Fuego. Aunque la nave de Khayon no podía atravesarla sí podía ignorala, utilizando las rutas de la Telaraña. Aunque la mayoría de los caminos dentro del Gran Ojo carecían de utilidad y fueron destrozados por el devastador grito de nacimiento de Slaanesh, aquellos que sabían dónde mirar encontraron unas pocas avenidas viables. Khayon conocía una de esas rutas de la Telaraña: la llamada Brecha de Avernus. El precio que pagó el hechicero por ese conocimiento fueron seis años de servicio en una partida de guerra de la VIII Legión, dirigida por un guerrero llamado Dhar’leth Rul. Después de aproximadamente un mes de viaje por las profundidades estigias de la Telaraña, la Tlaloc llegó a su destino: Los Mundos Radiantes. Ubicados en la frontera del espacio Imperial, donde chocaban disformidad y espacio real, la mayoría de los mundos de la regió eran inhabitables, perdidos por el conflicto de realidades. Los Mundos Radiantes por siempre verían la luz del Astronomicón.

En mitad de un enorme campo de asteroides ubicado en el borde del Velo Eleusiniano, la Tlaloc llegó al antiguo mundo eldar de Aas'ciaral, o "Canción del Corazón" en lenguaje eldar. En realidad el planeta era la fuente del campo de asteroides, ya que toda una mitad había desaparecido. Y sin embargo Aas'ciaral perduraba, deformado mientras vagaba por la gran nube de restos. Su superficie estaba saturada por tormentas que la cubrían con nubes lechosas y relámpagos que ejecutaban danzas aleatorias. Después de varios días de búsqueda de signos de vida en la superficie, la tripulación de la Tlaloc descubrió una gigantesca nave medio enterrada en la nieve, en el fondo de un profundo barranco. Khayon, Gyre, Lheorvine y Kadalus bajaron a la superficie. Como sospechaban, Abaddon había tomado la Espíritu Vengativo, solo, y la había llevado más allá de la Marea de Fuego, Los Mundos Radiantes, hasta las profundidades insondables del Velo Eleusiniano para después enconderla bajo la superficie de un mundo roto. Tal plan audaz fue abrumador para los marines que habían venido en busca de Abaddon.

Eventualmente los marines se abrieron paso dentro de la nave y comenzaron su búsqueda. Después de muchas horas, un enorme legionario que portaba una servoarmadura erosionada y desteñida de color, saqueada y canibalizada de guerreros de todas las Nueve Legiones, con una larga caída de andrajoso y enmarañado pelo negro enmarcando sus rasgos, ocultando la mitad de su rostro, se le acercó. Sus ojos poseían un oro inhumano y antinatural que convertía su iris en una sombra metálica. En los puños llevaba un bólter, tan simple y maltratado como su armadura de guerra. En lugar de apuntar, mantuvo el arma baja y suelta en sus manos. Después de unas breves presentaciones, el guerrero se pasó los dedos blindados a través de la melena de pelo sucio, revelando una cara marcada y pálida que desafiaba cualquier intento de discernir su edad. La guerra estaba escrita a través de sus rasgos en un entramado de antiguos cortes y las señales de cicatrices. La batalla le marcaba incluso aunque la edad no lo hiciera.

Ya no llevaba la gran armadura negra de los Justaerin, ni su cabello atado en el moño ceremonial de las bandas de trabajo subterráneas de Cthonia. Era una sombra hueca del guerrero invencible que una vez adornó los hololitos de la victoria y las transmisiones de propaganda imperial, pero Khayon le reconoció en el momento en que sus ojos se cruzaron. Había visto esa mirada antes, en Terra, cuando el Palacio ardía a su alrededor. Habían encontrado a Ezekyle Abaddon.

Una visión oscuraEditar

"Nacimos para la batalla, Khayon. Fuimos creados para conquistar la galaxia, no para pudrirnos en el Infierno y morir a manos de las espadas de nuestros hermanos. ¿Quiénes fueron los arquitectos del Imperio? ¿Quienes lucharon para purgar su territorio de xenos y expandir sus fronteras? ¿Quienes sometieron a los rebeldes y asesinaron a quienes rechazaron la luz del progreso? ¿Quienes caminaron de un lado de la galaxia al otro, dejando a su paso un rastro de traidores muertos? Este Imperio es nuestro. Construido mediante mundos quemamos, sobre huesos quebrados, con la sangre que derramamos. Tú también puedes verlo. Lo sientes, ¿Verdad? Una nueva guerra. Una que no nace de la amargura ni cuyo pilar es la venganza; La Larga Guerra, Khayon."
Ezekyle Abaddon a Iskandar Khayon

Abaddon explicó a sus hermanos que fue él quien les había convocado hasta allí. Él había enviado a Sargon a Falkus para atraerlos a la Espíritu Vengativo. Aunque no eran las únicas almas a las que le había llamado, tenían el honor de ser las primeras en llegar. Abaddon buscaba guerreros que desearan ser más que el legado de sus pasados. Sabía que estos guerreros que le habían buscado ya no se consideraban hermanos de sus respectivas legiones. Los nombres de sus antiguas legiones ya no sonaban orgullosos en sus corazones y almas. Ya no eran hijos de sus padres, ni les respetaban y encarnaban sus fracasos. El profeta de Abaddon, Sargon, había investigado las madejas del destino y había visto que había más en ellas que una llamada de linajes sin valor. Pero esa no era la única razón por la que les había convocado. Abaddon sabía que no podía permitir a un Horus renacido. No por destino, ni por los caprichos del Panteón del Caos. El Primer Primarca, burlonamente llamado el “Rey sacrificado por los No-Nacidos”, había muerto en vergüenza y fracaso. El regalo del primer capitán a su legión cuando los abandonó fue dejarlos morir con dignidad. Los Hijos del Emperador y sus aliados ahora amenazaban ese final. Abaddon estaba harto de lealtades frías y alianzas temporales. Si iba a volver a las batallas que asolaban el Ojo del Terror, buscaba algo más real, algo puro. Una guerra que significase algo.

Compartiendo su visión con los allí reunidos, Abaddon sabía que todos podrían llegar a ser mucho más que los hijos de sus padres. Tanto él como aquellos que le precedieron ansiaban una hermandad honesta y verdadera. Todos lo echaban de menos: la unidad de una Legión y sus lazos de lealtad. Su propósito explícito. Su búsqueda enfocada hacia la victoria. Abaddon echaba de menos lo que significaba una Legión y lo que podría hacer. Las Nueve Legiones Traidoras lo eran de nombre, color y restos de su cultura, pero eran una horda, no un ejército, unidas por lealtades desvanecidas y luchando por su propia supervivencia. Donde una vez estuvieron atados por la hermandad y lucharon para ganar, ahora se limitaban a los asaltos y saqueos. Ya no marchaban en regimientos y batallones, sino en bandas y partidas de guerra. Abaddon no deseaba cambiar cómo eran las cosas; deseaba abrazarlas. Sabía que muchos dentro de las Nueve Legiones Traidoras clamaban por ser parte de una verdadera Legión una vez más. La peregrinación de Abaddon con Sargon había sido más que aprender cómo fluían las mareas del Ojo del Terror. Se trataba de buscar a quienes estarían con él.

El antiguo señor de los Justaerin veía la fuerza y ​​pureza verdaderas en lo que se habían convertido. Había una honestidad salvaje en las partidas de guerra. Seguían a los señores de la guerra de su elección en lugar de a los que se les asignaban. Creaban tradiciones arraigadas en sus culturas de origen o desafiaban por completo sus paradigmas de acuerdo con sus propios caprichos. Abaddon compartía su visión de tomar lo que tenían y refinarlo, perfeccionarlo. Tenía la intención de formar una nueva Legión. Una nueva guerra. La guerra real, la Larga Guerra. No la rebelión tragada por el orgullo de Horus y su hambre del Trono. Sería una guerra por el futuro de la humanidad. Horus hubiera vendido a la Humanidad al Caos si con ello hubiera podido sentarse en el Trono Dorado por un solo latido. Los Dioses del Caos existían y no pretendía lo contrario, ni permitiría que un deber sagrado se convirtiera en tal debilidad, como le ocurrió a Horus.

La revelación fue un proceso largo. Ahora Abaddon era más sabio de lo que había sido durante la rebelión de su padre. Había visto mucho más de lo que la galaxia podía ofrecerle, así como también lo que había detrás del velo de la realidad. Pero no era arrogante; sabía que quedaba mucho por hacer y mucho por aprender. Todo lo que sabía con certeza era que había terminado con su peregrinaje en solitario. Entonces Abaddon ofreció a su hermanos un lugar a su lado de la misma forma que habían encontrado el camino hasta él: hermandad. Una hermandad para los huérfanos.

Ataque a Ciudad CánticoEditar

Después de reunirse con Falkus Kibre a bordo de la Tlaloc, los legionarios regresaron a la Espíritu Vengativo. Se reunieron en el puente de mando, donde Horus y sus hermanos una vez estuvieron con sus capitanes presidiendo primero el destino de la Gran Cruzada, y luego decidiendo el destino de la rebelión. Para que las ambiciones de Abaddon soportasen cualquier peso, tendría que darles la victoria. Habló de Ciudad Cántico y de cómo arrojarían una punta de lanza al corazón de la fortaleza. Habló de cómo la Espíritu Vengativo podría navegar con una tripulación raquítica de condenados, guiados por el poderoso espíritu máquina de la nave de Khayon, conocido como la Anamnesis. Abaddon habló de la amenaza planteada por un clon de Horus. Golpearían antes de los Hijos del Emperador se convirtieran en una amenaza inasumible y ganasen las Guerras Legionarias. A Abaddon le traía sin cuidado la vergüenza de la XVI Legión; solo se preocupaba por cortar esas últimas cadenas con pasado. Los primarcas estaban muertos o más allá de las preocupaciones mortales, en las mareas del Gran Juego de los Dioses. Cuando terminó, Abaddon les prometió un lugar a bordo de la Espíritu Vengativo. Formarían una nueva Legión, forjada con sus deseos, no como esclavos de la voluntad del Emperador o proyectados a imagen de sus padres. Estarían unidos por la lealtad y la ambición, no la nostalgia y la desesperación. Sin dejarse seducir por el pasado, ya no serían hijos de padres fracasados.

La primera vez que cualquiera de los guerreros reunidos había visto Ciudad Cántico sería la noche en que oscurecerían los cielos de Armonía. A pesar de la casi aniquilación de los Hijos del Emperador en Skalathrax, Ciudad Cántico seguía sirviendo como un refugio para muchas partidas de guerra de la III Legión y sus aliados. Era un mundo poblado con lunas ricas en minerales reclamadas a su vez por las ciudades-estados del Mechanicum Oscuro. Pese a su tamaño y fuerza, la Espíritu Vengativo no contaba con más de cincuenta astartes para el ataque. Incluso en órbita, sus enemigos les superarían en proporción de veinte a uno. Con todo, Abaddon y sus compañeros legionarios cargarían llenos de audacia y de lealtad, atacando directamente a la yugular. Para ello, Khayon recibió una tarea esencial de Abaddon, pero que le eximiría de la batalla. Iniciado el viaje, el hechicero de los Mil Hijos usó todas sus habilidades psíquicas para arrastar un objeto con ellos.

Después de varios meses de viaje, la Espíritu Vengativo llegó a su objetivo previsto. Tras despertar a Khayon de su estado meditativo, Abaddon le preguntó si estaba listo para cumplir con su deber. A medida que se acercaban a Armonía, los legionarios se vieron acosados por un bombardeo implacable aunque inútil de la flota de los Hijos del Emperador que empezó a rodear su nave. En el momento de la verdad, Abaddon ordenó a Khayon que lanzase la lanza. Concentrando su fuerza una última vez en el inmenso peso que yacía en el vacío, Khayon levantó el manto etéreo que cubría al objeto de la vista. De inmediato, la flota enemiga le apuntó con sus armas. El hechicero se puso de pie, con las manos enroscadas en garras al tiempo que gritó a la ciudad que estaba a punto de destruir. Usando cada pizca de concentración que poseía, Khayon arrojó la lanza hacia Armonía.

Ciudad Cántico estaba preparada para repeler asaltos, demostrándolo con sus bastiones blindados con torres de defensa y cañones antiaéreos apuntados hacia el cielo. Pero luchar contra una invasión era una cosa; resistir un cataclismo otra. Una figura negra se tragó el sol, ardiendo en su descenso terminal. La Tlaloc tenía casi dos kilómetros y ocho megatoneladas de ira antigua y férrea. Una vez navegó las estrellas en nombre de la XV Legión, tripulada por veinticinco mil almas leales. Khayon había arrastrado su cascarón vacío por el Ojo del Terror, justo como Abaddon le había pedido. Y luego lo había arrojado directamente al corazón de la fortaleza de la III Legión. Menos de un minuto después de que entrase en la atmósfera de Armonía impactó en su objetivo, tiempo suficiente para que su población viese el rostro de su verdugo pero insuficiente para hacer algo al respecto. Los sensores de la Espíritu Vengativo registraron actividad tectónica lo suficientemente grave como para enviar temblores al otro lado del planeta. Armonía se sacudió tras el cataclismo. Ciudad Cántico ya no existía. Una vorágine de fuego líquido y violencia estalló hacia todas las direcciones desde hipocentro. Después solo había polvo, cenizas y llamas. Satisfecho de que cumplir su legítima venganza, Abaddon ordenó que su nave insignia volviese a una órbita alta.

Matar a un PrimarcaEditar

A medida que la Espíritu Vengativo ganaba altura, las primeras naves desde la arrasada superficie de Armonía siguieron su ejemplo. Lo hacían de forma caótica, huyendo la condenación. El poderoso Acorazado de la clase Gloriana fue inmisericorde con ellas, enviando a algunas de nuevo al suelo y envueltas en llamas, mientras que otras pasaron intactas. En esas estaban cuando Sargon informó a Abaddon que su objetivo principal había sido detectado: la Pulchritudinous, un Crucero de clase Lunar, variante de casco “alción”, de la III Legión, nacida en los muelles orbitales sobre el Sagrado Marte. Abaddon ordenó a su tripulación que ignorasen al resto de naves; tomarían la Pulchritudinous al asalto. Su acción galvanizaría a los legionarios antes de que llevaran formalmente el negro en sus servoarmaduras. Sería la primera vez que se mostraría el estilo de guerra preferido de la naciente Legión Negra: atacar con una fuerza abrumadora para lograr un solo objetivo. Abaddon había sembrado el caos en el enemigo, y ahora iba a su cuello. Victoria por encima de todo: el mantra de la Legión Negra.

Los taladros y las minas de fusión masticaron su camino a través de las compactas aleaciones de adamantina, como una garrapata aferrada, mientras se abrieron camino en la carne de hierro del Pulchritudinous. Cuando los guerreros de Abaddon entraron en la nave enemiga, lo que les recibió en esos pasillos fue la locura torturada en harapos, con el fanatismo de los necios escrito en sus rostros mutilados. Gritaban para llamar la atención de sus amos, buscando las bendiciones del Dios más Joven, o la suerte necesaria para vivir a través de la muerte que caminaba entre ellos. Escuadras de Hijos del Emperador tomaron posiciones en cruces críticos para defender la nave de su amo, vertiendo fuego bólter por los pasillos hacia la vanguardia Justaerin. Los proyectiles bólter golpearon la armadura de Exterminador con el sonido metálico de un martillo en la fragua; cientos de proyectiles impactando hicieron el ruido del mismo Infierno. En esta ventisca fulminante de proyectiles explosivos, Falkus y sus guerreros avanzaron. Los colmillos y cuernos se separaron, dejando heridas sangrantes en su estela. Algunos fragmentos de armadura fueron destruidos, revelando la carne mutada por debajo. Aún así, caminaron implacables sobre los cuerpos de sus hermanos caídos. Los que les hicieron frente murieron bajo garras y martillos, con cada golpe poniendo fin a una vida preciosa para el Dios más Joven. Los que huyeron compraron sus vidas a costa de orgullo. Telemachon informó que la nave estaba bajo el mando de Fabius Bilis, el “Primogenitor”. También comentó que ya no llamaban a la nave Pulchritudinous, sino Mercado de Carne. Telemachon también informó a sus compañeros que la nave era una fortaleza de horrores. Si el Primogenitor se hubiera preparado para esa eventualidad, ya estarían muertos. Sólo cuando llegaron al apothecarion detuvieron su marcha. Las paredes estaban adornadas con bastidores de carne humana conservada, tarros de contención de órganos e instrumentos quirúrgicos, un laboratorio creado en un matadero y su majestad sangrienta y sucia que no sorprendió a ninguno de los legionarios. Lo que les hizo detenerse fue que el supervisor de este lugar había tenido éxito. Este no era el laboratorio de los que intentaban y fallaban en manipular una de las ciencias más arcanas y defectuosas. Este era el lugar sagrado de los locos que ya habían tenido éxito. Los Hijos del Emperador no estaban a años de distancia de una génesis de la clonación. Ya habían dominado ese saber oscuro. Ya no estaban allí como salvadores; llegaron demasiado tarde para eso. Incluso Abaddon, tan poseído por la lujuria de batalla momentos antes, se detuvo en seco. Se quedó mirando las mesas quirúrgicas sembradas de sangre y los grandes tanques de soporte que contenían perversiones medio formadas de vida. Servidores y esclavos sin mente deambulaban entre la maquinaria, atendiendo todo con una ternura que no tenía cabida en este vivero feculento. Aquí estaba el sagrado proyecto genético del Emperador reconstruido a través del saber demoníaco y el genio mezquino. Una fila tras otra de cápsulas vitales contenían niños mutados y adolescentes deformes, cada espécimen con uno o dos rasgos que apenas les hacían reconocibles.

Fabius Bilis se presentó desarmado, con el blanco y púrpura de los Hijos del Emperador casi perdido por debajo de lo que parecían años de sangre incrustada y moho crecido. Su abrigo estaba igualmente manchado con una suciedad innombrable. Un raído pelo blanco colgaba hasta sus hombros, todo lo que quedaba ahora de una melena vez majestuosa. No era mayor que muchos otros legionarios, pero parecía completamente devastado por el tiempo. Incluso Abaddon, que había visto todo lo que el Infierno tenía que ofrecer, fue sacudido hasta la médula por todo lo que vio a su alrededor y necesitó un momento para convocar las palabras necesarias para una respuesta. Esa fue la destrucción mediante fuego explosivo del laboratorio. Un segundo después, los Justaerin y los demás guerreros presentes se unieron. Los cristales se rompieron. La carne explotó. El metal detonó. Cosas que nunca debieron haber nacido gimieron mientras morían. Cuando los servidores fueron eliminados y la maquinaria fue quebrada por los disparos, los Rubricae y el resto volvieron sus bólters, cañones y lanzallamas a la cubierta, destrozando y carbonizando a los mutantes moribundos con fuego ejecutor. Después de una eternidad, los cañones callaron. Los fluidos goteaban, se levantó vapor y saltaron chispas de la maquinaria rota en el repentino silencio. El mundo entero olía a la sangre putrefacta de las venas de los falsos dioses. Nuevas pisadas de botas resonaron en la misma cámara anexa de la que había salido Fabius. Unas pisadas más pesadas. Medidas, confiadas. Y entonces fue cuando empezó la matanza.

La maza se llamaba Rompemundos. El Emperador se la había regalado a Horus en la ascensión del Primer Primarca a Señor de la Guerra. Horus Lupercal era capaz de empuñarla a una mano, pero la inmensa maza era demasiado aparatosa para que cualquiera de las Legiones Astartes la empuñara con elegancia. Una maza metálica oscura, cuya cabeza picuda era del tamaño del torso blindado de un guerrero. Rompemundos rompió a través de la primera fila de Rubricae, enviando a tres de ellos contra las paredes salpicadas de carcasas. No sólo se estrellaron en una caída desgarbada; se partieron por las articulaciones, con la totalidad de sus armaduras cayendo a pedazos y resonando contra los muros. Fuese cual fuese la astilla de sus almas que se había quedado vinculada a su armadura, había desaparecido en el tiempo de un latido. No era un niño clonado a partir de trozos de tejido y gotas de sangre. No era una abominación medio perdida al toque de la mutación y atrapada dentro de un tanque de contención. Era Horus Lupercal, el Primer Primarca, Señor de las legiones marines espaciales. Tal vez con un aspecto más joven, pero aún así era Horus Lupercal, clonado a partir de la carne fría cosechada directamente de su cadáver preservado en estasis, vistiendo la armadura despojada de su cuerpo muerto.

Lheor y los últimos guerreros de los Quince Colmillos reaccionaron más rápido que cualquiera de sus hermanos. Sus bólters pesados dieron un rugido de león de fuego gutural, golpeando con estruendo como si disparasen contra el Señor de la Guerra del Imperio, con cada proyectil alcanzando al objetivo. Pero incluso mientras los impactos desgarraban la armadura y carne de Horus, su iniciativa sólo consiguió que la maldición les golpease a ellos antes que al resto de nosotros. Rompemundos giró de nuevo, arrojando a cuatro de ellos a un lado de un solo golpe. Chocaron contra la cubierta en un desastre irregular. Ugrivian murió incluso antes de que cayese al suelo. Los leales a Abaddon rompieron filas y retrocedieron, dispersándose hacia los extremos de la sala para escapar de la maza de guerra de esta aparición enfurecida. Los Rubricae, mucho más lentos que los guerreros vivos, marcharon hacia atrás con su paso majestuoso, apenas deteniéndose mientras vaciaban un cargador tras otro de proyectiles alterados por la disformidad en el Primarca clonado. Los disparos destrozaron la ceramita negra del Primarca y volaron trozos del tamaño de un puño de la carne de sus huesos. El dolor enhebraba su aura, pero Horus siguió peleando.

De pronto, una voz le detuvo. Una única orden cortó a través de los sonidos de la batalla, parándolo todo. Incluso cesó el tiroteo. “Suficiente”, dijo Abaddon. Abaddon estaba detrás de Horus. No había gritado la palabra. Apenas había alzado su voz. La absoluta autoridad en el tono de Abaddon era todo lo que requería. En su armadura, Abaddon era el igual del clon de su padre, tanto en estatura como en la furia que emanaba. Horus se convirtió en un borrón, con Rompemundos balanceándose en un arco más rápido de lo que un arma de su tamaño y peso jamás debería ser capaz de moverse. Abaddon no sólo paró la maza, la atrapó. La sostuvo. Agarrándola en esa gran Garra manchada con la sangre de un dios y su ángel. Abaddon cerró su puño. Rompemundos se rompió como lo había hecho momentos antes el hacha de Khayon, Saern, quebrándose contra un arma superior. Trozos de metal cayeron de los dedos guadaña de Abaddon.

Horus hizo una mueca de conquistador con lo que quedaba de su rostro. Un reconocimiento auténtico brilló en el único ojo que le quedaba. El tiempo se detuvo. Las cinco garras de Abaddon se clavaron tan profundamente en el pecho de Horus que salieron por su espalda. Las guadañas empujaron los restos embotados de las espadas de Telemachon, arrojando las hojas rotas con estrépito contra el suelo. El rojo oscuro se extendió por lo que quedaba de la capa de piel blanca atada en harapos sobre los hombros de Horus. La sangre de un dios genético llovió sobre Khayon. El bólter de asalto montado en la Garra tembló tres veces, enterrando seis proyectiles bólter dentro del pecho y el cuello expuesto de Horus. Lo reventaron desde dentro, añadiendo vísceras a la sangre que se derramaba sobre aquellos de nosotros en el suelo. Y así fue como permanecieron, mientras el oro brillaba en los ojos de uno y la vida desaparecía de los ojos del otro. Las rodillas de Horus se doblaron pero Abaddon no lo dejó caer. La boca de Horus se abrió pero no emitió ningún sonido. Si sus últimas palabras encontraron alguna voz, Abaddon fue el único que pudo oírlo. Con un movimiento lento y suave Abaddon sacó la garra del cuerpo de su padre, y en el momento anterior a que Horus cayese, antes de que la luz se apagase finalmente en los ojos del Primarca, Abaddon le susurró cuatro suaves palabras: No soy tu hijo.

Exorcizando el pasadoEditar

"Horus fue débil. Horus fue un ingenuo. Tenía toda la galaxia al alcance de su mano y la dejó escapar."
Abaddon el Saqueador


Con su fortaleza en ruinas y sus fuerzas diezmadas, los Hijos de Horus estaban a punto de desaparecer para siempre de la galaxia, sumidos en una oscura desesperación o la ira incontrolada. Las divisiones entre los capitanes se habían convertido en fratricidios toda vez que la cadena de mando se desvaneció. Su salvación llegó cuando Abaddon regresó de su triunfo en Ciudad Cántico. Abaddon juró ante sus hermanos que tendría éxito allí donde Horus fracasó al derrocar al "Emperador Cadáver" y se autoproclamó el nuevo Señor de la Guerra del Caos. Después, asqueado por cuanto había caído la Legión, acechó entre las ruinas de Maeleum a los demás capitanes, calmando su furia con sus gritos de agonía y muerte. Al final, solo quedó Abaddon como líder de los Hijos de Horus, exigiendo la obediencia de sus hermanos.

Muchos vieron a Abaddon como el legítimo sucesor de Horus e hincaron sus rodillas voluntariamente, mientras que otros reconocieron su fuerza bruta e inclinaron sus cabezas a la fuerza. Algunos dieron la espalda a Abadodn, siendo perseguidos, asesinados o logrando escapar de sus hermanos. Con los Hijos de Horus atados en corto, Abaddon dirigió su atención a Horus, ordenando a sus guerreros que extinguieran todo rastro de su padre y se liberaran de su sombra. A través de sus acciones, el Saqueador había revigorizado a la tropa, reviviendo la vieja idea de que nadie podía interponerse en su camino y que ellos eran los primeros entre las Legiones Traidoras, destinados a heredar la galaxia algún día. Cuando las partidas de guerra de la Legión Negra y las otras fuerzas del Caos se reunieron bajo el estandarte de Abaddon el Saqueador para desatar la primera de sus Cruzadas Negras, las palabras de Horus pudieron escucharse en todos sus labios: ¡Que arda la Galaxia!. La Larga Guerra por el control de la galaxia por el Caos y la Legión Negra había comenzado.

La locura de DrecarthEditar

No todos los guerreros de la XVI Legión juraron lealtad a Abaddon tras la Masacre de los Capitanes. Muchos seguían aferrándose a su adoración a Horus como a un dios, creyendo que un día volvería a dirigirlos y castigar a aquellos que habían abandonado sus juramentos. Otros consideraban que la Herejía de Horus era el fin de su sumisión a dioses y amos; el Emperador y su Horus eran los últimos señores ante los que se inclinarían y no vieron ninguna razón para hacer una excepción con Abaddon. La mayoría de estos renegados desaparecieron en el Ojo y de los registros, aunque algunos prosperaron y volverían para ser una espina en el costado de Abaddon.

Una de estas partidas de guerra fueron los Hijos del Ojo, dirigidos por Drecarth el Sin Vista. Drecarth había sido uno de los capitanes de Horus que logró escapar del caos después de la caída de Maeleum. Abaddon obtuvo informes sobre la fuga y traición de Drecarth por su camarilla de Hechiceros del Caos, quienes también afirmaban que algún día un viejo aliado se alzaría contra la Legión Negra, retorciendo su lealtad con el recuerdo del primarca muerto. Sin malgastar más tiempo, Abaddon hizo un pacto disfrazado de tregua con los Hijos del Ojo y se alió con ellos durante la 6ª Cruzada Negra, en el 901.M36. Abaddon haría de los Hijos del Ojo un ejemplo, una advertencia para cualquiera que considerara desafiar su poder, mas tenía que preparar el escenario para su venganza de tal forma que nadie dudara de su determinación.

Abaddon asedió el mundo forja de Arkreath, ofreciendo a Drecarth y a sus Hijos del Ojo un reparto equitativo del botín. Durante meses, ambos signatarios lucharon codo con codo contra las defensas del Adeptus Mechanicus, bombardeando sus grandes ciudades desde el espacio. Finalmente, los Traidores se alzaron triunfantes en las humeantes ruinas de los grandes Manufactorums, rodeados por los cadáveres tirados en el suelo. Cuando Drecarth extendió la mano como saludo, Abaddon la tomó en la suya, solo para clavar su garra en el abdomen del Señor del Caos. Drecarth vivió lo suficiente para ver a los Hijos del Ojo arrodillarse ante Abaddon antes de que el Señor de la Guerra le arrancase su cráneo y columna vertebral.

Un nuevo campeónEditar

Antes de lanzar lo que sería la 1ª Cruzada Negra, Abaddon comenzó a expandir las filas de la Legión Negra, consumido por el deseo de lanzar un asalto contra el Imperio. Se corrió la voz en todo el Ojo del Terror de que cualquier Marine Espacial que se inclinara ante el Saqueador obtendría un lugar en su Legión Negra y una parte en su gran plan de venganza contra el Falso Emperador. Muchos se burlaron y ridiculizaron a Abaddon por su arrogancia. Sin embargo, las guerras interminables y la corrupción de la Disformidad habían sembrado la desilusión en los corazones de muchos más y la promesa de un lugar en una Legión liderada por un caudillo decidido a continuar la guerra contra el Imperio atrajo a un gran número. La insultante derrota en Terra y otros teatros de operaciones seguía fresca en la mente de muchos y tenían no pocas ganas de derramar la sangre de sus antiguos hermanos. A otros no les importaba de quién sería la sangre que derramarían, solo que Abaddon podía llevarlos a mundos en los que poder arrancar gritos lastimeros a los moribundos y aplastar los cadáveres de sus enemigos bajo sus pies. La leyenda de Abaddon se extendió como la pólvora, y aquellos marines que solo respetaban una fuerza, crueldad y majestad oscuras ya le señalaban como un caudillo del Caos que gobernaría a todos los demás.

Abaddon pronto se ganó una reputación por las aterradoras venganzas que ejercía sobre aquellos que le traicionaban. Algunos legionarios y caudillos demoníacos intentaron usar la Legión Negra para sus propios fines, infiltrándose en sus filas con falsas promesas de lealtad. Otros intentaron susurrar promesas en los oídos de aquellos que habían jurado lealtad a la Legión Negra y ponerlos en contra del Saqueador. Al final, las cabezas de todos y cada uno de esos Campeones y Señores del Caos adornaron el estante de trofeos de Abaddon, amén de destruir sus partidas de guerra y sus fortalezas piedra por piedra; solo los necios o los locos querrían romper sus juramentos a Abaddon el Saqueador.

El nuevo Señor de la Guerra del Caos era un maestro de la manipulación y sabía exactamente qué combinación de miedo, avaricia y vanidad debía influir en las mentes de los hombres y demonios. Otros señores de la guerra iban ante Abaddon simplemente para verificar a este comandante y su Legión Negra por sí mismos, pero se descubrían más tarde abrasando sus servoarmaduras y uniéndose a su causa. A medida que los números de la Legión Negra aumentaban, Abaddon arrasó los mundos del Ojo del Terror con su flota, reclamando más guerreros y esclavos para su causa. Esta vez, el Saqueador tuvo cuidado de no crear un objetivo tan fácil para sus enemigos, y la Legión Negra siguió siendo una formación basada en una flota, deslizándose como sombras a través de la disformidad. A bordo de la Espíritu Vengativo Abaddon dirigió su guerra contra las otras legiones traidoras, sus aliados y sus enemigos, creando un ejército que rivalizaría con cualquier fuerza en la galaxia.

Pactos oscurosEditar

Mientras otros señores de la guerra del caos se contentaban con hacer pactos con un único dios del caos o demonio, renunciando con gusto al autocontrol por una pizca de poder, Abaddon era diferente. En las largas décadas de la Gran Cruzada y los sangrientos años de la Herejía de Horus, él había estudiado la forma en que Horus libró sus guerras y dominado a sus aliados. Lo que Abaddon observó fue, primero, la mano del Emperador y luego la influencia de los Dioses Oscuros, limitando la grandeza de su primarca y conduciendo inevitablemente a su desaparición. Abaddon no cometería semejante error, y aunque juzgaría a los Dioses del Caos como aliados, juró que nunca sería completamente esclavo de ellos.

No está claro cómo Abaddon fue capaz de usar la voluntad de los Dioses Oscuros para sus propios fines sin dejar de ser indemne ante su poder. Algunos dicen que es la sangre que comparte con Horus, alimentando viejos rumores de que él era su único hijo puro. Otros dicen que Abaddon quedó traumatizado de tal forma por la muerte de Horus y la derrota en Terra que su mente fue consumida por el odio y la ira hasta que no quedó nada de su humanidad. Otra historia sostiene que Abaddon nunca fue humano en absoluto, que es una construcción de los Dioses Oscuros, una expresión de su odio por la Humanidad. Cualquiera sea la verdad, los Poderes Ruinosos eligieron a Abaddon para ser su campeón y le obsequiaron con una libertad de voluntad negada a muchos de sus sirvientes, tal vez impresionados por la audacia y la grandeza de su venganza.

Independientemente de cómo se ganó este favor, el período posterior a la destrucción de los clones de Horus durante las Guerras Legionarias y el cambio de nombre de los Hijos de Horus fue un tiempo de guerra y dominación para Abaddon y la Legión Negra. A medida que creció en tamaño y fuerza, ejerció su poder sobre otras partidas de guerra dentro del Ojo del Terror, aplastando y absorbiendo innumerables bandas menores, plegándolas a la voluntad de la Legión y sumando su fuerza a sus filas en crecimiento. Mientras tanto, Abaddon también buscó otras formas tanto para aumentar su poder personal como para aprender todo lo que pudiera sobre el nuevo y peligroso reino en el que se encontraban. El Saqueador ya había descubierto mucho durante su propia Peregrinación Oscura. En sus viajes, había aprendido qué encarnaban y representaban los poderes de los demonios, algo que podía ser controlado y controlado, del mismo modo que un hombre podría controlar a otro. También se dio cuenta de que el Ojo del Terror era un lugar que contenía innumerables dispositivos arcanos, armas prohibidas y mundos perdidos, muchos de los cuales desconocidos para el resto de la galaxia y que podían usarse para sus fines.

La 1ª Cruzada NegraEditar

Y en el 781.M31, cinco iglos después de su retirada de Terra, los traidores al fin regresaron, y el primer capítulo de su larga guerra contra el Emperador estuvo listo para ser escrito con la sangre de los mundos imperiales. Mediante alianzas, amenazas y promesas, Abaddon fue capaz de reunir la mayor fuerza de las Legiones Traidoras vista desde la Herejía, y tomó al Imperio por sorpresa. Los mundos cercanos al Ojo del Terror cayeron en la masacre y el caos cuando las Legiones descendieron de los cielos y los Demonios se abrieron camino hasta la realidad. Solo Cadia, con sus formidables defensas, se mantuvo firme, con sus bravos regimientos luchando desde las imponentes puertas y bastiones de sus ciudades.

Para rechazar la invasión, el Imperio se vio obligado a desviar a muchos de los recién formados Capítulos de Marines Espaciales de la Segunda Fundación desde zonas de guerra de todo el Segmentum Obscurus. Las Legiones Traidoras se solazaron en su regreso del Ojo del Terror, bañándose en la sangre de mundos inocentes y llenando las bodegas de sus naves con esclavos. En una docena de planetas, la Legión Negra demostró ser digna de su caído Primarca y de la habilidad marcial de los Lobos Lunares. Abaddon había elegido bien a sus generales, y cada uno compitió por la gloria mientras la Legión abría una sangrienta herida entre las estrellas.

Zagthean el Roto dirigió a su partida de guerra de la Legión Negra en una orgía de violencia y excesos en el mundo agrícola de Valesia. Para su propio placer oscuro, el caudillo construyó un vasto laberinto de espinas a partir de los huertos de rosas de sangre del planeta, cegando a sus prisioneros y soltándolos en el interior de sus retorcidos túneles, antes de cazarlos a placer. Incontables habitantes pasaron sus últimas y terroríficas horas escuchando desesperadamente en busca de sonidos de persecución, con la piel sangrando por docenas de pinchazos y sus pulmones llenos del enfermizamente dulce olor de las rosas de sangre.

Para no quedarse atrás, Eralak y su Compañía de Rapaxes desataron una sangrienta pesadilla en las colmenas flotantes de Melphia. Matando a millones en su asalto, la partida de guerra de Eralak derribó a docenas de ciudades del cielo arrancando sus complejos dispositivos de suspensión y liberó las energías de sus reactores de plasma sobre las granjas y los campos de la superficie. Creando gigantescos patíbulos a partir de las restantes ciudades arruinadas, el caudillo ahorcó a millones de ciudadanos imperiales, condenando a sus cadáveres a balancearse a la deriva para siempre por los cielos de Melphia para servir como un terrible recordatorio del poder de la Legión Negra.

El mayor logro de la Legión Negra no fueron solo sus brutales victorias, sino también la unidad que había logrado forjar entre los Traidores y sus aliados demoníacos. Aunque los Marines Espaciales del Caos, los Demonios y los herejes se volvían unos contra otros una vez que la resistencia imperial había sido aplastada, en presencia de la Legión Negra mostraban un reticente respeto. Esta era la Legión de miedo y dominación que Abaddon había creado, y sería un ominoso portento del porvenir del Imperio.

La Torre del SilencioEditar

Mientras la crueldad de la 1ª Cruzada Negra alcanzaba su cénit, las ciudades ardían y los habitantes de decenas de planetas eran cosechados para alimentar los oscuros deseos de las Legiones Traidoras. Dejando a su Legión Negra continuar con sus brutales ataques y saqueos en mundos imperiales, Abaddon comenzó con sus propios planes. Utilizando las aullantes almas de la Disformidad, nacidas tras tamañas destrucción y sufrimiento, realizó un pacto demoníaco en secreto. A cambio de todo lo que les había ofrecido, los Dioses del Caos otorgaron a Abaddon el secreto de la localización de la Torre del Silencio de Uralan.

Escondida en las sombras del Ojo del Terror, Uralan era un nombre susurrado en leyendas demoníacas como un lugar en el que los propios dioses escondían sus secretos. Siguiendo las indicaciones de sus Hechiceros, Abaddon descubrió un camino hacia Uralan sin necesidad de traspasar la Puerta de Cadia. Junto a una formación de veteranos de la Legión, cada uno curtido en de cientos de batallas, llegó a Uralan y entró en la Torre del Silencio. En ese momento, los guardianes de la Torre despertaron, antiguas creaciones de energía oscura, cuyas garras atravesaban las almas de los Marines.

Tras una cruenta batalla, Abaddon llegó al propio corazón de Uralan. Allí, las oscuras criptas daban paso a la luz y un viento etéreo. La gravedad estaba invertida, y donde antes Abaddon pisaba la tierra, ahora se encontraba en un mundo reflejado. Siguiendo un camino de árboles retorcidos, entró a un laberinto de piedra antigua, que se desmoronaba y volvía a construir ante sus ojos. Lleno de fantasmas y ecos de aquellos que le precedieron, el laberinto era una demente mezcla de nuevo y viejo, de muros que se combaban sobre si mismos en ángulos imposibles. Por lo que pareció una eternidad, Abaddon vagó por el laberinto, luchando contra los espíritus que lo poblaban e intentaban añadirle a sus filas. Finalmente, al final de sus fuerzas, el Saqueador se preparó para un último envite.

Entonces, desde la locura del laberinto, una figura apareció, una forma perfecta envuelta en una luz dorada. Sin una sola palabra, le encomendó seguirle. Aunque Abaddon intentó verle la cara, esta se mantenía siempre oculta tras una capa de luz. La figura le lideró hasta el centro del laberinto, donde una esquirla de pura oscuridad se encontraba suspendida en el aire. Acercándose a ella, Abaddon sintió la empuñadura de una espada contra su mano, y él la arrastró hacia la realidad: ante sus ojos, la espada Drach’nyen tomó su horrible forma. Alzando el arma, Abaddon se giró para conocer el nombre de su dorado guía, solo para descubrir que este ya se había ido.

AscensiónEditar

Infundidos con el poder del Caos, el poder y la gloria de la Legión Negra crecieron durante la 1ª Cruzada Negra. Bajo el mando de Abaddon, consiguieron aún más victorias y triunfos. Fue un tiempo glorioso para la Legión, y la violencia y el derramamiento de sangre sirvieron para olvidar parte de las memorias sobre la Herejía de Horus y la derrota a las puertas del Palacio Imperial.

Sin embargo, aun con la masacre y terrible destrucción que causó, la Cruzada llegó a su fin. Respondiendo a la amenaza mortal, el Imperio reunió sus recién fundados Capítulos y Legiones Titánicas y los envió contra los traidores. Aun así, decenas de planetas habían sido silenciados, y millones de ciudadanos imperiales fueron arrastrados al Ojo del Terror en medio de gritos y desesperación. Abaddon había medido el poder de las defensas imperiales y comprobado el de su Drach'nyen. Incluso tomó para si el título de Señor de la Guerra, obteniendo así todo lo que en su día había pertenecido a Horus. Nadie en la Legión cuestionó su mando, pues la Cruzada había demostrado con creces su liderazgo.

Para la Legión Negra, su primera incursión fuera del Ojo había supuesto un gran paso para restaurar su posición entre las Legiones Traidoras, forjando un nuevo respeto por los guerreros de armadura negra y su nuevo Señor. Además, Abaddon había demostrado que los Dioses le favorecían, algo que ni siquiera los Primarcas Demonio podían ignorar. El conflicto todavía ardía entre las Legiones, aunque ahora tenían un nuevo propósito, algo olvidado desde la caída de Horus.

El mayor logro de la Legión Negra no fueron solo sus brutales victorias, sino también la unidad que había logrado forjar entre los Traidores y sus aliados demoníacos. Aunque los Marines Espaciales del Caos, los Demonios y los herejes se volvían unos contra otros una vez que la resistencia imperial había sido aplastada, en presencia de la Legión Negra mostraban un reticente respeto. Esta era la Legión de miedo y dominación que Abaddon había creado, y sería un ominoso portento del porvenir del Imperio.

Las Cruzadas NegrasEditar

  • 1ª Cruzada Negra (781.M31) - También conocida como la 1ª Batalla de Cadia.
  • 2ª Cruzada Negra (597.M32) - 2ª Batalla de Cadia.
  • 3ª Cruzada Negra (909.M32) - Conocida como el Asalto de la Hueste de Tallomin. El Príncipe Demonio Tallomin conduce un ataque que es aplastado por los Lobos Espaciales.
  • 4ª Cruzada Negra (001.M34) - Destrucción de la Ciudadela del Kromarca en El'Phanor.
  • 5ª Cruzada Negra (723.M36) - Doombreed, Príncipe Demonio de Khorne, declara la guerra al Adeptus Astartes. Los Capítulos de los Halcones de Guerra y Veneradores son destruidos.
  • 6ª Cruzada Negra (901.M36) -
  • 7ª Cruzada Negra (811.M37) - Conocida como la Guerra de los Fantasmas. Masacre de Ángeles Sangrientos, encabezada por Abaddon, en Mackan.
  • 8ª Cruzada Negra (999.M37) - Conocida como la Recolecta de Cráneos. Lanzada como ofrenda al Dios del Caos Tzeentch.
  • 9ª Cruzada Negra (537.M38) -
  • 10ª Cruzada Negra (001.M39) - Conocida como el Conflicto de Helica. Guerreros de Hierro luchan y derrotan a las Manos de Hierro en Medusa.
  • 11ª Cruzada Negra (301.M39) -
  • 12ª Cruzada Negra (139.M41) - Conocida como la Guerra Gótica. Abaddon el Saqueador intenta capturar  artefactos de los Eldars y las Fortalezas Negras. Al final captura dos Fortalezas Negras.
  • 13ª Cruzada Negra (999.M41) -

Los Elegidos de AbaddonEditar

Elegidos de Abaddon

Los Elegidos de Abaddon: Devram Korda, el Gran Purgador; Ygethmor el Impostor, el Gran Conspirador; Urkrathos, el Gran Destructor, y el Gran Corruptor, Skyrak Slaughterborn.

Los Elegidos de Abaddon son cuatro poderosos Señores del Caos que sirven a las órdenes de Abaddon el Saqueador. No hay en toda la Galaxia una colección más temida e inmisericorde de tiranos, siempre ansiosos por pasar a cuchillo mundos enteros en nombre del Caos. Son tan odiados por el Imperio, que el último despliegue conocido de una Fuerza de Ejecución completa del Oficio Asesinorum se hizo en contra de estos Elegidos, infiltrándose en la nave insignia de Abaddon. Abaddon se enteró del inminente ataque y preparó una trampa para los Asesinos, matándolos a todos y protegiendo a sus Elegidos. Los Elegidos portan varios títulos, reflejando su papel en la Cruzada Negra u honrando actos de particular crueldad que los hayan hecho famosos. Sus miembros siempre cambian, porque Abaddon tiene poca tolerancia con el fracaso en aquellos que le sirven. Los cuatro Elegidos de Abaddon y sus títulos son:
  • El Gran Destructor - Dirige las flotas de invasión de la Cruzada Negra, y es el primero en desembarcar en los planetas. Actualmente el título es ostentado por Urkrathos.
  • El Gran Purgador - En él recae la tarea de asegurarsede que todo hombre, mujer y niño que quede con vida en un mundo conquistado por la Legión Negra sea cargado de cadenas y embarcado en las bodegas de las naves de la Legión, y de que ningún edificio quede sin ser dedicado a los Dioses del Caos. Este puesto lo ocupa actualmente Devram Korda, el Tirano de Sarora.

Portadores de la Desesperación Editar

Los Portadores de la Desesperación son una fuerza de combate de élite dentro de la Legión Negra que sirven como guardaespaldas personales de Abaddon. Seleccionados de entre los Exterminadores del Caos más fuertes y crueles, la llegada de estos temibles guerreros al campo de batalla precede a la llegada del propio Saqueador.

Aspecto y personalidadEditar

Abaddon wikihammer

Abaddon el Saqueador

Antes de la Herejía de Horus, Ezekyle Abaddon consideraba a Horus su legítimo líder y una figura paternal, igual o superior al Emperador de la Humanidad en su estima. Como leal Primer Capitán de la 1ª Compañía de los Lobos Lunares, Abaddon era orgulloso, irascible y capaz de inspirar a los hombres a "llorar por el regreso de Abaddon" si muriera, aunque inexplicablemente se fue volviendo más oscuro y rápido para la ira a medida que la Gran Cruzada se acercaba a su final. Abaddon era propenso al pánico y la desesperación cuando la vida de Horus estaba en peligro, y rápido a la hora de echar la culpa a otros (como al Emperador y al Apotecario Vaddon de los Lobos Lunares, que intentó sin éxito tratar las heridas del Primarca en Davin).

Mostrando al principio una devoción dogmática por la doctrina imperial y la tradicional desconfianza del Imperio hacia cualquier cosa inhumana o alienígena, Abaddon siguió sin dudar a Horus al servicio del Caos y a la rebelión contra el Emperador tras la recuperación de aquel de su herida mortal. Abaddon llegó a creer que la Herejía de Horus era el mejor resultado para la Gran Cruzada, pues permitiría que la Humanidad fuese gobernada por un verdadero líder como Horus en lugar del débil Emperador. A medida que quedaba más y más hechizado por el Caos, empezó a creer que la victoria era lo único importante, y que la adquisición de poder era el legítimo papel de los Astartes, pues debían gobernar sobre sus hermanos "mortales" en lugar de servirles como protectores y guardianes obedeciendo al Emperador. El mero hecho de que el Emperador hubiera intentado reemplazar a los Primarcas y a los Astartes con legiones de oficiales y burócratas "mortales" en el gobierno del Imperio tras la Batalla de Ullanor solo convenció aún más a Abaddon de que el Emperador era un debilucho y un idiota que no merecía gobernar a la Humanidad.

Físicamente, Abaddon era un Marine Espacial verdaderamente imponente, más alto incluso que la vasta mayoría de sus compañeros Astartes. Se recogía el pelo en un alto copete por encima de su afeitada cabeza, y su nariz recta y sus ojos separados recordaban al mismo Horus, algo común entre los Hijos de Horus, aunque no era algo tan marcado como para hacer de él un doble del Primarca.

Abaddon Caos 6 Edición Codex Warhammer 40k Wikihammer

Abaddon el Saqueador, Señor de la Guerra del Caos de la Legión Negra.

Tras la Herejía, la opinión de Abaddon sobre Horus cambió bruscamente, pasando a mirar al derrotado Señor de la Guerra con desdén, desde su punto de vista de que todo lo que importaba era la adquisición de poder. Abaddon salió de la sombra de Horus, algo que quedó reflejado en su comentario "Horus era débil. Horus era un idiota. Tenía toda la Galaxia en su mano y la dejó escapar." Abaddon también mostró el desprecio psicótico por la vida humana propio de la mayoría de Caóticos, y su disposición a infligir una serie infinita de atrocidades sobre otros seres humanos mientras eso le permitiese aumentar su poder. Mediante su habilidad marcial, su poderío personal y el obvio favor que le dedicaron los Dioses del Caos tras la muerte de Horus, Abaddon se ganó el respeto de las demás Legiones Traidoras y se ha convertido en una figura inspiradora para los Marines Espaciales del Caos que habitan dentro del Ojo del Terror. Algunas de las Legiones Traidoras, especialmente los Portadores de la Palabra que dirige el Apóstol Oscuro Erebus, creen que Abaddon no es adecuado para el puesto de Señor de la Guerra del Caos, y que su causa obtendría más victorias si fuese dirigida por un líder con mayor habilidad táctica y menos arranques de cólera.

Las tropas de Abaddon, procedentes de las distintas Legiones Traidoras y de las otras Fuerzas del Caos, saben que no aceptará el fracaso en ninguna de sus formas, igual que sus oscuros amos, y siguen todas y cada una de sus órdenes sin cuestionarlas. Él es el único hombre capaz de exigir la lealtad de todas las nueve Legiones Traidoras durante una Cruzada Negra, algo que ningún otro Señor del Caos ha logrado hacer nunca. Abaddon es la personificación del poder del Caos, el hijo pródigo definitivo cuyo regreso llevará un día el apocalipsis al Imperio de la Humanidad.

ArmamentoEditar

Abaddon es un poderoso guerrero de fuerza y habilidad inmensas. En su mano izquierda porta la Espada Demoníaca Drach'nyen. Drach'nyen es lo bastante poderosa como para destruir a un Land Raider de los Marines Espaciales y arrancar las almas de aquellos a los que ataca con un solo toque. En la diestra lleva la Garra de Horus, una Garra Relámpago única equipada con un Bólter acoplado, tomada del cadáver del mismísimo Señor de la Guerra Horus. Abaddon también posee la Marca del Caos Ascendiente, que le otorga los beneficios de todas las demás Marcas del Caos y lo señala eternamente como el mayor Campeón del Caos Absoluto.

La armadura de Exterminador de los Hijos de Horus que viste Abaddon está cubierta con muchos símbolos, runas y fetiches antiguos que ha ido acumulando a lo largo del tiempo. Entre ellos se encuentra una Runa Demoníaca que le regaló el Demonio-Oráculo de Asellus Tertius, la cual aumenta enormemente su protección contra las armas normales. También es descrito como un demagogo, capaz de atraer a otros seguidores del Caos a su causa contra el Imperio.

Su extraordinaria conexión a los cuatro grandes Dioses del Caos y las múltiples capas de protección demoníaca que lo envuelven hacen que no pueda morir directamente a causa de ningún objeto puramente físico, ni siquiera por un disparo de un Tanque Superpesado como un Baneblade. Como su predecesor Horus, solo el poder de la Disformidad, dominado por un psíquico de inmenso poder y pureza de mente y corazón sin tacha, será capaz de matar a Abaddon el Saqueador para siempre y dejar su alma más allá de la capacidad de resurrección de los Poderes Ruinosos.

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EtimologíaEditar

Abaddon (también llamado Abaddan, Apollyon, Appolyon y Appolion) significa literalmente destrucción, ruina o perdición, y es el nombre hebreo para el demonio identificado como el ángel del pozo o el abismo sin fondo en el Apocalipsis de San Juan de la Biblia cristiana (Apocalipsis 9:11).

MiniaturasEditar

  • Abaddon, Señor de la Guerra del Caos (2ª Edición).
  • Abaddon el Saqueador (Forge World, 54 mm).
  • Ezekyle Abaddon, Primer Capitán de los Hijos de Horus (Forge World).

GaleríaEditar

FuentesEditar

Extraído y traducido de Wikihammer 40K UK.

  • Codex: Caos (2ª Edición).
  • Codex: Marines Espaciales del Caos (Ediciones 3ª, 4ª y 6ª).
  • Deathwatch: First Founding (Juego de Rol).
  • Index Astartes IV.
  • Execution Hour, por Gordon Rennie.